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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

septiembre 2016

Contemplar la belleza

Susana Vera

@Susarlt

 

Justificación

Mi madre siempre se ha preocupado por mi alimentación. Me llevaba, durante el recreo, el desayuno hasta la primaria. Siempre cocinaba para mí y mi padre comida balanceada y durante mi niñez no probé “comida chatarra”. Ocasionalmente, cuando asistíamos a fiestas infantiles, me daba por entregas los dulces de los envueltos o la piñata. Nunca me dio dinero para la escuela: era su método infalible para mantenerme alejada de los caramelos. Derivado de esto último, una niña me aconsejó robarle dinero de la bolsa a mi madre y así lo hice. No recuerdo la cantidad exacta que tomé de su monedero; lo que sí tengo claro es que horas más tarde le confesé mi crimen y ella no se enojó: me explicó por qué no me daba dinero para el recreo y me hizo ver que robar era malo.

            Debido a la cuidada alimentación que mi madre me inculcó, no pude probar los tacos al pastor hasta que contaba con entrados los 7 años. Ella rentó su local comercial a un taquero y él nos regalaba órdenes de tacos. Siempre las pedía sin cilantro y cebolla porque alegaba que no estaban desinfectadas. El sabor de aquellos tacos no vive en mi memoria, se desvaneció quizá porque al no poderlos comer “con todo” sentía que eran falsos y que su sabor era una completa mentira. La segunda vez que comí tacos al pastor fue en la secundaria. Llevaron un trompo y a cada alumno nos dieron una orden con cilantro, cebolla, piña, limón y mucha salsa verde. Ese día fue la gloria y recuerdo muy bien el jugoso sabor de la carne. Me aficioné a los tacos al pastor y a la salsa verde durante aquella tarde de 2002.

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            Desafortunadamente, la edad y la mala alimentación que comencé a tener desde los 15 años convirtieron en un desastre a mi intestino. No puedo comer mucha grasa, mucho picante, mucho café, mucho refresco, mucha cerveza, etcétera. El resultado es el siguiente: sólo tacos al pastor una vez al mes, de lo contrario podría morir en el intento y desmayarme del dolor una hora después de haber ingerido una orden “con todo”.

Las mejores ideas ocurren mientras contemplas la belleza

El otro día, mientras esperaba para que me entregaran mis órdenes de tacos al pastor miraba con detenimiento al taquero rebanar cada pedazo de carne. La quitaba cuidadosamente y con agilidad del trompo, el cual era abrazado por las llamas. El olor característico de la carne abre el apetito a cualquier mexicano o mexicana que, aunque haya comido apenas hace unos minutos, no puede resistir. Hasta la fecha no conozco una persona a quien no le gusten los tacos al pastor (no es que a los vegetarianos no les gusten, simplemente ellos no comen carne, pero existe la soya con saborizante a pastor).

            La idea de rastrear el origen de los tacos al pastor surgió mientras la grasa de la carne empapaba las tortillas colocadas a un lado del trompo. Durante la espera llegué a la conclusión de que los mexicanos consideramos a los tacos al pastor parte de nuestra identidad. Son ese “algo” que nos hace únicos pero estaba casi segura de que México no era precisamente el país de origen de tan delicioso manjar. Fue así que me di a la tarea de rastrear su origen y aquí presento el resultado.

Orgullo PIPOPE

Tras la investigación realizada vía Google, descubrí que el 31 de marzo es el día nacional del taco. Es el día de todos los tacos, no de los tacos al pastor; es por ello que esta información no me ayudaba del todo. Tras investigar en la Wikipedia supe que la idea de colocar la carne en una varilla y ponerla en un asador vertical proviene de Turquía. Ahí no se llaman tacos, el platillo se llama “döner” o “shawarma” y puede ser de pollo, cordero o ternera. Hasta ahí la investigación daba frutos, ya tenía una idea sobre el asado de la carne, faltaba volverla taco.

La Wikipedia dice que los griegos comen un platillo llamado “gyros”, cuya carne se asa de la misma forma que el “döner” pero aquí se sirve envuelta en una pita o en un sándwich; además, este platillo sí lleva cerdo. Esto último lo acerca mucho a nuestros deliciosos tacos al pastor. Ya sólo faltaba saber quién decidió marinar la carne con ingredientes rojos.

 La llegada a México de estos platillos fue gracias a inmigrantes libaneses durante el año 1960. El rastro comienza en el estado de Puebla. Fue ahí donde comenzaron a usar láminas delgadas de carne de cerdo, marinadas con mixiote, especias y una variedad de chiles, para más tarde colocarlas en la varilla de hierro y ponerlas al fuego del asador vertical. El marinado, suponen algunos críticos e historiadores culinarios, ocurrió cuando los mexicanos decidieron copiar la receta de los platillos libaneses y hacer su propia versión. Siendo entonces este el origen de los tacos al pastor.

Los poblanos se adjudican la invención y es por ello que hacen un festival cada año. Los taqueros modernos guardan celosamente el secreto del marinado. Es por ello que cada región del país tiene sus formas, estilos y sazón diferente. Es el consumidor quien tiene que elegir cuál sabor acomoda más a sus gustos. La teoría más fuerte dice que los inmigrantes abrieron locales donde cocinaban sus propias versiones de döner o gyros, sólo que dejaron de usar la pita como parte del platillo y comenzó el uso de la tortilla (típico alimento mexicano). La denominación “tacos al pastor” surge, según se cree, debido a que los libaneses eran conocidos por ser personas del campo y como parte de su trabajo pastoreaban animales.

Me da dos con todo, por favor

Los tacos al pastor no respetan clases sociales. Para poder comerlos se necesitan desde quince pesos hasta sesenta pesos o más. Todo depende del lugar donde se decida comerlos. Puede ser un puesto de la calle, un local sencillo con mesas de plástico o un lujoso restaurant ubicado en una zona exclusiva de la ciudad donde los tacos vengan rociados con una fina capa de verdura (cilantro y cebolla finísimamente picados). No importa dónde se consuman. Lo alucinante es su sabor y el poder que ejercen sobre quien los consume. Uno puede pasar de la depresión a la total euforia con sólo poner en su boca un pequeño trozo de belleza roja.

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Cómo recordar a Héctor

Iván Partida

El martes vi el impasible cadáver de Héctor. No llevaba el reglamentario traje fúnebre, sino la bata de médico que usó los últimos diez años de su vida y un teatral estetoscopio alrededor del cuello. El cáncer que lo mató en cuatro meses le devolvió la delgadez de su adolescencia, la delgadez morena que me acompañó una buena parte de la preparatoria. Hace tres o cuatro años que no hablaba con él.

Desde hace tiempo sentí que Héctor ya no era mi amigo; sentí que vivíamos en mundos tan distantes que ni siquiera podrían tocarse. Corté comunicación con él porque quería cortar la comunicación con una era que, a pesar de los grandes momentos, consideraba superada. Héctor y el puerto que lo albergó durante tantos años representaban, por increíble que parezca, un tiempo que no me apetecía recodar no por aquellas personas que estuvieron en él, sino por mi incapacidad para ser feliz.

Llegó hasta mi casa la noticia de su repentina muerte y no supe qué hacer, no supe nada. Al final decidí presentarme en su velorio porque en el tránsito de la enfermedad Héctor buscó a varias personas que habían tenido algún sentido para él. Fue avisando a sus amigos y, quizás, despidiéndose sin querer. Desaparecí de su vida por voluntad, años de silencio. Ahora será toda una vida sin dirigirnos la palabra.

Busqué fotos de tome en aquella época y no encontré alguna donde estuviera solo, siempre era parte de un grupo, de una multitud, siempre se rodeaba de gente variada. Pero encontré algunas hojas del juego de rol Calabozos y Dragones con personajes suyos ya borroneados. Héctor tuvo muchas vidas en el pequeño mundo mágico que inventé en nuestra adolescencia. Derrotó, bajo la protección del Dios de la Guerra, a hordas de Goblins, esqueletos, magos terribles, arañas gigantes, sirenas y bestias variadas. Casi siempre fue un sacerdote guerrero que utilizaba su fuerza para arrasar a los enemigos. Realizaba conjuros para sanar y defender; tal vez en esas sesiones, de alguna forma, supo que quería ser médico. No lo sé de cierto, pero me gustaría creer que alguna relación tuvo.

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Era un hombre delgado, pequeño, de voz rara, y con poco éxito entre el sexo opuesto. Trataba de llevarse bien con todos y creo que, a fuerza de malos chistes, amabilidad contenida y una cierta inteligencia emocional, lograba la aceptación de gente heterogénea. Se llevaba con algunos vagos de la prepa, con los niños ricos, con los desmadrosos, con los frikis, con los guapos, las divas, los futboleros e incluso con algún intendente. No sé si alguno fue su amigo de verdad; platicaba con ellos sin que le dieran la espalda, reían en grupo a lo largo del pasillo, atrapaba los chismes que sin querer le daban, pero no estoy seguro que conocieran su vida íntima, sus pasiones, sus frustraciones. Tal vez nadie las conoció.

Pocos le llamaban Héctor, su apodo era “Lápiz” o “Lapicito”. Los primeros semestres utilizaba lápices mínimos para tomar apuntes, retazos que posiblemente heredó de sus hermanos. Para escribir tenía que unir las puntas del índice, el anular y el pulgar para abarcar el talle del lápiz; después, flexionaba de manera inverosímil los dedos para que la cola del instrumento se apoyara en el hueco palmar, esa especie de membrana que se despliega como una carpa entre el índice y el pulgar. Parecía un extraterrestre aprendiendo a escribir.

Un maestro le hizo notar lo curioso de sus lápices y de su forma de escribir y, frente a todos, lo bautizó con voz gangosa como lapicito. “Pase al pizarrón amigo lapicito”, “pase la lista hoy, lapicito”, “lapicito, lapicito, salga a quitar el gis del borrador”. Un día, Héctor pasó la lista y sacó un enorme lápiz de broma, casi del tamaño de una regla, coronado con una goma rosa que parecía la punta de una fresa. El maestro y todos reímos mucho; Héctor enrojeció contento y fue pronunciando nuestros nombres.

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O quizás deba recordarlo como un hombre bajo el sino trágico de las potencias oscuras de nuestro mundo: la enfermedad y la burocracia. Me cuentan que trató su cáncer tarde porque los trámites para ser atendido tardaron mucho; las consultas para revisar el avance de las células rebeldes en su cuerpo fueron pocas y hechas por favor. No sé cuantos meses perdió en las idas y las vueltas, pero sé que todo comenzó un día en su trabajo. Les ordenaron revisar el buen funcionamiento de unas máquinas de ultrasonido. Las probaron en ellos mismos y encontraron en Héctor una pequeña comuna viviente que se negaba a continuar en su sistema, un grupo mucho mejor organizado que los sistemas de salud pública de nuestro país. Lo de Héctor fue un juego desigual, porque inició con absoluta esperanza y todas las desventajas. No sé si  hubiera sobrevivido en una burocracia médica más eficiente, pero sé que no habría muerto con un dejo de desamparo en la boca.

En su velorio asistieron algunos de sus muchos contactos. Tal vez menos de los que hubiera querido, o tal vez más de los que esperó. Hubo pocos llantos de nuestra parte, pero sí mucho desconcierto. Todos esperábamos la edad de los 40 o los 50 para asistir a funerales de compañeros de la preparatoria. Y ahí estábamos, recordando aquel tiempo para conjurar el desconcierto de saber que había uno menos entre nosotros. La mayoría estaban casados y con hijos, hablando de sus trabajos, de sus separaciones, de los proyectos a futuro. Entre todos ellos me sentí adolescente, rebelde joven estudiante de una carrera humanística, sin futuro pero con la gracia de un posible buen porvenir. Por unas horas volví a los 18 años. Héctor rejuveneció para siempre: la quimioterapia que apenas comenzaba lo adelgazó muy pronto, le trajo de vuelta la nariz afilada, los pómulos salientes, los dedos arácnidos, el cuello firme. Por lo menos el tiempo le regresó un poco de lo que alguna vez fue.

Sigo sin saber cómo recordar a Héctor. No sé si quedarme con el sacerdote guerrero que se enfrentó a un hombre lobo y salió victorioso. No sé si sería ese hombre gris que trataba de hacer amigos y conseguir mujeres con un doloroso y torpe entusiasmo; o pensarlo como el niño del lápiz, pasando en voz alta una lista interminable en las mañanas calurosas y soleadas del puerto de Veracruz. Incluso podría recordarlo como un cuerpo vestido de blanco que me invita a reconciliarme con un pasado y una ciudad. Tal vez lo recuerde como un símbolo de la tragedia sanitaria y profesional de nuestro país, como un personaje trágico e irónico que no pudo conseguir atención oportuna, aunque se desenvolvía en las manadas médicas mexicanas, por falta de eso que, en palabras de un amigo enfermero, todo médico debe tener: dinero y contactos.

Tal vez no quiero recordarlo, sino escribir que quiero recordarlo, escribir para responder a una reflexión que nació en la antesala del velatorio: Héctor no tuvo hijos, no hizo una carrera importante en la medicina, no hizo nada, no dejó nada. Escribo para darle un último regalo, para honrar una amistad desgastada pero que significó algo en mi vida. Escribo porque una mañana de julio o agosto, un niño, todavía un niño, se sentó junto a mí el primer día de clases de la preparatoria y me preguntó “¿Eres de aquí, cómo te llamas?”. Escribo para verme de nuevo en esos ojos hambrientos de compañía, que tenían la feliz inocencia de quien no conoce el futuro.

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Perla Canul/ Facebook

Apuntes sobre las inconsistencias ideológicas de la ultraderecha y su Frente Nacional por la Familia

Brianda Pineda

No es nuestro deseo la extinción de la familia. Se equivocan aquellos que al acudir a la marcha nacional que convocó el Frente Nacional por la Familia y protestar contra el matrimonio igualitario y la adopción o idea, absolutamente posible, de formar una suerte de familia, no por en un principio biológicamente artificial, menos real, no dejan de mirar las cosas a través de una óptica determinista. Frente a la catedral un grupo de personas se escudan tras una lona que ostenta una frase cuyo sentido está a un análisis de venirse abajo o sobrevivir apenas por absurdo: ‘Queremos una educación basada en la ciencia y no en la ideología’.

    Ante esa consigna no deja de asombrar cómo el poder de la razón amenaza con someter al misterio y sus diversas formas de hacer frente a la vida, a manos de sus líderes políticos y religiosos y las campañas populares que éstos utilizan y cuyo método suele ser la ignorancia y el llamado borreguismo, encubriéndose tras una falsa amabilidad.

     Como si la complejidad actual del mundo pudiera reducirse a una lección básica de biología, el argumento de estas personas [ideologizadas hasta la médula] es que de la unión primigenia entre hombre y mujer se crea la vida y de la reproducción nace la familia, lo demás son perversiones y actos que afirman que entre nosotros el Diablo aún anda suelto. La naturaleza, concepto que ha servido a cientos de religiones para definir lo que han querido sea su verdad a través de algo tan poco científico y comprobable como el mito, excomulga a un grupo cada vez más numeroso y en cuya voz anida la claridad, el amor y la inteligencia porque su pecado es reconocer lo sagrado de la unión entre dos seres que se aman o, por lo menos, comparten la inquietud pacífica de vivir juntos y tener una vida pública e íntima donde los derechos legales y valores permitan la comunión cultural y el deseo de si bien no pasar desapercibidos -porque no les interesa una aceptación  basada en la anulación- sí pasar por calles, lugares, trabajos, reuniones familiares, instituciones públicas como escuelas y hospitales, sin ser juzgados, o lo que es peor, por ser su forma radical, atacados.

    La comunidad LGBT es discriminada por el sector de ultraderecha que en la mayoría de los casos utiliza como estandarte la bondad y amor de un Jesucristo que “respeta” y no “violenta” a las ovejas negras de su rebaño pero las marca, negándoles acceso al paraíso virtuoso de sus ranchos o instituciones burocráticas manejados por un estado que no por haber lanzado, en voz del controversial por decepción nacional Enrique Peña Nieto, el pasado 10 de mayo, una iniciativa para modificar la Constitución y el Código Civil a favor de una ley que apruebe el matrimonio igualitario, puede considerarse un representante de las buenas causas si pensamos en los actos terribles y absurdos, cuando no de un humor oscuro, como brisa cayendo en las frentes de ciudadanos como vergüenza nacionalista desde que comenzó este siglo. No se puede considerar esto un favor y equivocación más de los gobernantes, señores, sino una necesidad. Necesidad almática y jurídica.

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    Nosotros no vamos a robar bebés, sino a adoptarlos pasando por el mismo proceso legal que cualquiera. No vamos a unir necesariamente nuestra vida con alguien hasta la muerte sino hasta que el deseo y la compatibilidad amorosa, psíquica y social lo permita. No pretendemos sabotear los cimientos de una religión sino alcanzar por igualdad derechos básicos en el manual de supervivencia que es este siglo. No vamos a permitir que esa dicotomía que separa lo bueno de lo malo apunte su dedo inquisitivo y nos señale como el enemigo. Actos repulsivos de fe, crímenes y perversiones, son cometidos desde tiempos remotos por personas de todas las razas, creencias religiosas y lenguas existentes; el peligro está incluso dentro de la iglesia católica, como lo ha revelado la pederastia en las últimas décadas; la turbiedad del alma, más claro ni el agua, va más allá de la orientación sexual de los seres humanos.

     La religión, hablando de nociones primordiales para la educación de los nuestros, es ideología pura y hay que cuidar qué decisiones tomamos con nuestros absolutismos. Esta mañana, durante la marcha solar, un señor de camisa blanca y gesto amable y melancólico se acercó a mí diciendo ‘nosotros te amamos, no creas que queremos lo peor para ti, te respetamos, pero no podemos aceptar lo que piden, son menos, apenas el 0.6% de la población’. ¿No hay en este diálogo una contradicción retórica a todas luces natural? Para empezar sus estadísticas las dio acaso la ignorancia o un fallido ingenio y su sentido del amor, competitivo y condescendiente, aparece a mis oídos como un acto más del orgullo y la homofobia. Puede verse una respuesta indirecta en la voz de un muchacho perteneciente a uno de los colectivos pro-diversidad diciendo por el megáfono: ‘Si tu Dios es amor, ¿por qué odias tanto?’, así como la frase que llevada a cabalidad nos ha sacado  de más de un apuro nacional: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

    Como toda marcha es simbólica, es cierto que a números sorprende cómo nuestro frente opositor contaba con no más de veinte personas mientras el Frente Nacional por la Familia sumaba cientos. Mas hablemos de la estructura comunitaria, el cómo que nos separa de ser solo una suma de animales tomando el sol a siniestra en mitad de la plaza pública. La unidad a la que aspiran en Xalapa la Colectiva Combativa Feminista, la Colectiva lesbofeminista las nihuilas y el Colectivo Akelarre AC, más los que se sumaron a la marcha, está basada en la libertad corporal, a palabras y expresiones, el respeto y cuidado de los que nos acompañan; se está luchando por algo, es cierto, pero no por capricho y a nadie se le obligó ni acarreó a ir.

    Somos representantes de una comunidad que supera ya los millones de personas y perder la voz, dejando que iguales a nosotros nos silencien, sería un suicidio reprochable en más de un sentido. Reconocemos lo sagrado de la vida, lo sagrado existente a la hora de unir a través del rito a dos personas que, no nos engañemos, pueden amarse con o sin documentos pero no acceder a servicios públicos básicos si prescinden de ellos. No queremos corromper a nadie, ni buscamos aprobación o transformar el mundo “a nuestra imagen y semejanza” sexual sino igualdad jurídica y constitucional.


Como reflexión posterior, surge la duda de saber qué calidad de criterio habrá en los números desorbitantes de seres reunidos llevando a cabo, en estructura, lo que tanto niegan y repudian de marchas por el orgullo gay o carnavales ideológicos: el espectáculo como motor de protesta: un camión con bocinas de alto alcance guía el acontecer de la marcha, el preludio es una simulación de discurso político que habla de la unión entre religiones, incluidos los ateos que quieran unirse a la causa del Dios en el que no creen para hacer frente y contra al peligro que representa una sociedad donde los niños sean educados por dos madres o dos padres; una canción repetitiva y casi latosa lanza el mensaje tiránico de la unión entre “mamá y papá” como “lo natural” y, claro como aún son más aquellos de ánimo y acción becerril, lo permitido. Una canción más, pensando en la juventud, anuncia en una cadencia hip hopera, el triunfo que por ser efe-a-eme-i-ele-i-a tendrán sobre los homosexuales y su deseo de un verdadero estado laico y no figuraciones. Las veinte personas que ya no creemos más esos cuentos resistimos la desventaja sonora y no perdemos el hilo de la protesta. A esto seguirá una serie de instrucciones, ‘echar tres porras’ distribuidas a los que marchan vestidos de blanco en hojas impresas, ‘saltar porque son felices y son familia’ cuando la voz del camión lo diga, ‘avanzar’ por la plaza con rostros de resignación y cierto aire distraído muy propio de todo aquél que ha llegado a un lugar por costumbre u obligación familiar y acaso si bien le va podrá fingir entusiasmo y quitar seriedad a un tema que amerita una conciencia aguda y una lucidez humana.

     Las horas transcurren, la voz ordena acciones burocráticas futuras que, de ser realizadas, permitirán a la iglesia establecer contacto y choques de poder con el estado que no auguran  ningún final feliz para ninguna familia común y corriente. El pueblo está en las calles, haciendo “historia”, repite una y otra vez la voz tras el micrófono y al pasar los minutos uno tiene la siniestra sensación del error: la voz del pueblo continúa ausente, hay una fe y eso es innegable, mas parpadea como un destello de ignorancia y conservadurismo, por una costumbre arraigada en cierto miedo esclavizante. Como instante analógico, ésta marcha guarda un gran parecido con la ceremonia del grito de independencia y bien visto tenemos cómo cada año ha dejado de ser creíble y, salvo algunas carnadas musicales, disfrutable. El final de la marcha disipa las dudas, la voz desconocida pide a todos cantar el ‘glorioso’ himno nacional, observo a uno y otro lado cómo se desvanece la letra en bocas que acuden por automatismo a la orden musical dada, hay muchos que ni siquiera parecen conocerla y otros tantos cuya euforia no deja de ser, como todo fanatismo, sospechosa. Al finalizar la canción que nosotros, constantes en nuestro objetivo, no quisimos escuchar y ahuyentamos a gritos, bailes, consignas arrojadas por el megáfono, la voz monocromática da gracias a todas las personas que obedientes hicieron posible la realidad de su guión y los invita a retirarse porque, por lo menos por hoy, el show ha terminado.

     Es este apenas un episodio más de la lucha, pero los argumentos están puestos sobre la mesa. Si queremos o no ser hijos del engaño será destino y decisión de cada quién y si la unión hace la fuerza no vamos a quedarnos callados ni vencidos por el miedo. A usted, iceberg inamovible, que va por la vida fiándose de valores patriarcales o matriarcales, moldes religiosos e ideales impuestos por la imperfección de las instituciones, más le valdría reconocer sobre la marcha que a su apariencia moral y beatífica ya se le ven las costuras y entonces, sí, posicionarse ante el mundo y sus naturalezas para exigir algo.

 

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Sergio Hernández/AVC Noticias

11 de septiembre, 2016

Xalapa, Veracruz.

Brianda Pineda

Volveré con miembros de hierro (con piel oscura)

Y me veré mezclado en asuntos políticos. Salvado.
Rimbaud

No poco frecuente es el reproche que se hace a los intelectuales por su falta de humanidad, por su distanciamiento de la vida. Y la forma de este reproche hace suponer el nombre de “cobardía” para esta falta de moral contemporánea. Si como afirma Raymond Aarond, “los intelectuales no quieren cambiar el mundo, quieren denunciarlo…”, en nombre de la misma moral se podría exigir el enjuiciamiento de cualquier clase política, de cualquier creación literaria que se diga a sí misma artística. Pero sospecho que de examinar atentamente este extendido sentimiento, no tardaríamos en descubrir el origen falso en que se funda. Y he llegado a pensar que podría ser el caso de Mamadou Mahumoud N’Dongo (Pikine, África, 1970), quien ha recorrido a través de sus libros los parajes necesarios de Dakar, París, Berlín, Nueva York, Ámsterdam –ahora, también México– para decirnos a la manera de André Gide que no existe obra de arte sin la colaboración del demonio, aunque lo opuesto continúe siendo cierto. Esta es la vida oculta de dos asesores políticos en tiempos de Obama.

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Mamadou Mahumoud pertenece a la dinastía peule, en línea directa con El Hajdj Oumar Tall, fundador en el siglo xix del imperio Toucoler. Esto es Senegal, Mali y Guinea. Ha pasado gran parte de su vida en Francia, donde realizó estudios de música, literatura, e inició el desarrollo de un interés por los sistemas de la política internacional. El autor vino a México invitado por la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU 2016), con motivo de la presentación de su más reciente novela traducida al español: La geometría de las variables. Nada más natural que en México sintiéramos fascinación por Mamadou (helás!); nación donde contamos con tan pocas obras literarias que hagan crítica hacia uno de los campos que más se necesita: el de la moral, entendida como una de las forma más alta de nuestra ética. Esa tarde comíamos con Disa cuando me preguntó –con el programa en mano– si acudiría a la presentación de un tratado de geometrías no euclidianas. Y pensé en la Ley de Owen: “Cuando el aire es homogéneo y casi rígido / y las cosas que envuelve no están entremezcladas /el paisaje no es un estado de alma / sino un sistema de coordenadas.”

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La geometría de las variables es una puerta hacia los misterios de las estrategias internacionales de gobierno, que arroja una luminosa visión sobre los enlaces que mantienen los jefes de Estado con el cerrado círculo de intelectuales que los escudan. Pero la trama no resulta una aporía ni un tratado de ética; sí, en cambio, una réplica cargada de dandismo e ironía. Pierre-Alexis de Bainville y Daour Tembely son dos personajes que se dedican al exclusivo empleo del marketing político. Bainville, un veterano a punto de tomar una suerte de “retiro” en Ginebra con logros importantes en el bolsillo, se ha propuesto cuidar de la formación de Tembely, quien ha recibido una invitación para ser parte de los organizadores de la campaña presidencial de John McCain, en Estados Unidos.

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Retrato por Brigitte Sobié (foto tomada de Facebook)

Este viaje que emprende el personaje de la francofonía lo llevará a la obsesiva búsqueda de una identidad que reorganiza el mapa de las fronteras contemporáneas: la discriminación social, el racismo, las estrategias de sometimiento como experimentación de los márgenes que van más allá del color de piel. Viaje también para comprender el rededor de nosotros mismos. Pues, a decir verdad, ¿no todas las élites se parecen, contrario a todos los pobres que en todas partes son pobres de distinta manera? “Obama era visto como un blanco, así como Eminem, el rapero blanco, era visto como un negro y Will Smith, el rapero negro, era visto como un blanco”. Y si sabemos que contenido-forma son unidades disociables sólo en apariencia, se encuentra allí una propuesta de estética, un regreso a la oración como unidad completa de sentido, lo que vuelve el discurso, no pocas veces, una libreta de aforismos.

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Crítica de la moral: he aquí uno de los medios para sobrevivir a una sociedad que se ha vuelto insoportable pero al mismo tiempo, declaración de principios sobre el compromiso artístico del escritor. Mamadou es además de hombre de letras ejecutante de instrumentos de cuerda; en estos personajes como en el músico, el mito de la forma se vuelve parte afanosa de una búsqueda para reencontrar su naturaleza de hombre que se manifiesta en la estructura de la novela: una entrevista con el polémico dramaturgo Lionel Seligman nos presenta a los protagonistas; en Bainville descubrimos los temores de Tembely; Tembely habla de la fidelidad con el Hombre o consigo mismo; la conciencia de sí nos muestra un espejo del mundo que funge como guía moral del artista, pero además que revela las relaciones ocultas de la poesía con la prosa. Cuántas fugas; cuántos regresos amargos.

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Este puede ser el índice comentado de la obra de Mamadou Mahumoud, o las instrucciones de un juego que siempre termina donde comienza. No el rechazo de una clase política concreta sino un intento de hundirnos en lo ignoto para hallar lo nuevo. Ya lo había dicho Baudelaire: “Por lo que a mí se refiere nunca sería amigo de un hombre que hubiera ganado un premio a la virtud; tendría miedo de encontrar en él a un tirano implacable”.

* Mamadou Mahumoud N’Dongo, La geometría de las variables, José Miguel Barajas (trad.), México, Universidad Veracruzana, 2015.

Diego Lima
alimdiego.wordpress.com

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Alfonso Valencia

I-Yo no nací para amar

Siempre he defendido el primer Bellas Artes como un disco esencial. En Nueva Orleáns, durante una reunión con melómanos, me preguntaron: what is the most epic performance you’ve ever seen? Sin dudarlo, respondí: Juan Gabriel en un palenque. Tuve que explicarles qué es un palenque, con todo y eso de las peleas de gallos. -Pensamos que ya no las hacían. Les dije: la primera vez que lo vi en vivo, cantó por horas. Pero ahí no está lo épico. Lo grandioso está en que no hay canción que el público no coreé voz en cuello. Más que un concierto, es un ritual. Pero no pudieron imaginarlo. Muéstranos un video, propusieron. No encontré en youtube una grabación de palenque que hiciera verdadera justicia al monstruo que era Juan Gabriel en ese escenario circular e íntimo. Haré trampa, confesé, y les puse Hasta que te conocí, en Bellas Artes. Veinticinco minutos después, exclamaron conmigo: ¡qué chingón!

Lo vimos, mi madre y yo, tres años seguidos en el palenque de la feria de San Francisco, en Pachuca. Y ahora que está muerto, recuerdo y me doy cuenta: tres conciertos que marcan mi caída y vuelta a eso que llaman depresión. La primera vez, en octubre de 2012, me encontraba en el punto más álgido de un devastador proceso que había arrancado tres meses atrás. El siguiente año fue más amable: vivía en otra ciudad, conocí amigos nuevos. Amores nuevos. Estaba ilusionado y ya no era necesario medicarme: bastaban las cervezas cada tres días en esa etapa de principio de posgrado que es como volver a la preparatoria, sólo que con dinero y cierta sabiduría. Pero en 2014, justo el día del concierto, un desencuentro amoroso me devastó, tirándome de nuevo en esa absurda desolación, en ese sinsentido. Así es que experimenté su música en tres estados distintos, y en todas resultó increíble y reconfortante: la tristeza sin razón, un gozoso estado como de embriaguez perpetua (de alcohol, de amor, de sexo), y un desencuentro que, más que terrible (quién se muere de amor, pues), fue un detonante, una vuelta en u hacia el mismo inexplicable estado: no poder estar bien.

Y ahora, un día después de su muerte, de nuevo, ay, el desencuentro. Rápido. Si no explicable, sí sorpresivo: de un momento a otro el castillo de naipes se derrumba.

Yo no nací para amar, carajo.

II-Depresión / Ansiedad

Decir depresión es ya un cliché. Un mal de muchos. Decir depresión por tristeza. Depresión por desgana, por no querer hacer lo de siempre. Decir depresión como pretexto: uno muy malo porque todo mundo sabe y siempre se banaliza. Depresión como cuando no se quiere salir un fin de semana, pero se termina yendo al billar, contento. Depresión como cuando uno se siente abandonado, y hasta ahí. Depresión como cuando uno nomás quiere estar solo sin darle explicaciones a nadie. Un tropiezo. Fracaso. Decir depresión, así: no. Yo digo una discapacidad. Yo digo: de verdad no poder salir de la cama. Tener miles de cosas en el escritorio y no poder hallar ganas o energía para hacerlas. Yo digo depresión y no digo querer matarse a la ligera: de verdad querer estar muerto y no poder hacerlo. Querer estar muerto y fingirlo desde la médula, desde el cerebro, desde el hipotálamo hipocampo lo que sea. Digo depresión y ganas de arrancarme la piel. Digo depresión y viene con otra cosa que le dicen ansiedad y que no es el sudor de manos y el temblor de los dedos y las piernas que no pueden estarse quietas. Digo ansiedad y latidos discordantes. Digo acabarse las muelas. Digo pensar y repensar y sobrepensar las cosas: tener los ojos como volteados hacia dentro, vivir en un mundo que no existe por improbable, por trágico, etcétera. Digo ansiedad y creo una tesela de catástrofes, de cosas que salen mal a pesar de todo, del sol que brilla y de los amigos que escriben: Ánimo, carnal, todo va a estar mejor. Pero adentro una máquina ya está arrancada y siempre termina estrellándose en un futuro que siempre es presente. Tranquilo, escriben (y lo hacen de corazón, lo agradezco), pero yo hablo de vivir en el pasado, en el arrepentimiento constante, en el inútil qué hubiera pasado si yo… y nunca estar aquí. Hablo, amigos, de no poder estar en el presente. De no poder ver el limonero desde mi ventana y ya. De no poder ver este Piratas contra Cachorros sin pensar en lo que no pasará mañana. No poder leer. Abrir un libro al azar y siempre encontrar algo que me arrastra a un ensimismamiento que me cuesta horas y energía y ganas…

ya el tiempo enloquece

la muerte silba en las puertas

                                                  sus canciones austeras

cuentas con tus dedos los días a jugar

crispas la mirada sobre la luz vacilante

con el cuerpo en vivo

                   presientes el callejón sin salida

caminarás de noche

   si es necesario

has apostado a la travesía

                   de las apariencias    trampas    razones

[Colette Nys-Mazure]

Quiero decir: la depresión, la ansiedad: la imposibilidad de estar aquí, y eso significa: imposibilidad de vivir: de ser feliz: tropezar, derrotarse y cansar a los demás con lo mismo de siempre: volverse odioso, no salir, no bañarse, encender la televisión, quedarse dormido, pensar en qué carajos está pasando afuera, entusiasmarse con el sol, con el ladrido del san Bernardo, con el ruido de los pájaros y el sol: pensar en la bicicleta en ejercitarse cambiarse de ropa ponerse los tenis y volverse a tirar en la cama a releer lo que ya está perdido a repensar lo irremediable. Y no es que no me esfuerce, que no intente ser como todos: despertar, tener un plan, hacer los deberes, salir mirar el sol y decir: qué puto hermoso día. Es que: simplemente: no se puede. Lo más que he logrado es fingir: simular: que trabajo, simular avances de tesis, simular que me divierto, simular que me importa mi salud: ejercitarme comer bien. Fingir y beber para soltarme la lengua, para dejar de rechinar los dientes y si algo sale mal perdón estaba borracho. Uno aprende a vivir con sus limitantes. Uno aprende a sobrellevarse. A aguantarse a solas. A sufrirse. Es un lugar común, sí: vivir así es un tormento. Por eso, prefiero: vivir así es una farsa. La vida, la felicidad, la lluvia, las patrullas que siempre acechan, los mensajes cada cinco minutos, la boca seca, el estruendo afuera, las luces en los párpados, la televisión encendida hasta la madrugada, el porno, masturbarse, este hueco de placer, la luz roja:

todo:

es:

una:

farsa.

Pero ya me cansé. De vivir así. De no aguantarme a solas ni acompañado ni nada. Vivir así en este cuarto o en el otro que no es mío pero siempre entre las sábanas sin ganas siquiera de pararme a orinar o bañarme o comerme una manzana. Es agotador vivir a escondidas de uno mismo. Mostrar un poco de felicidad cuando en la tele de mi amigo aparece un video de Juan Gabriel mientras bebemos whisky o cerveza en vasos rojos. Emocionarme cuando hablo de libros. De música. De la nueva Orleáns y kajun’s y el pelón igualito a Scott Ian que me ofreció cocaína en el baño. Escribir. Fingirlo todo. Porque ¿cómo dices estoy deprimido si estás sano y tu familia te ama y una chica te ha dado las llaves de su departamento sin pedirte nada más que lealtad a cambio?  ¿De dónde puede brotar la tristeza cuando la escena en la que apareces está llena de amor, gente increíble y una considerable estabilidad? Estar deprimido suena a estupidez cuando todo es luz y árboles llenos de pájaros que cantan al amanecer, cuando la desgracia no te ha tocado ni la vida pateado las bolas.

No lo sé.

Simplemente pasa: algo está desconectado adentro, supongo.

III. Te lo pido por favor

Todo empezó una semana después de las elecciones del 2012. Una semana exactamente. La escena: una chica sangrante, en mis brazos, a solas. Los asientos del corsa plateado manchados de sangre. Mi ropa. Ella. Todo. Médicos. Sueros. Llamadas. No pude dormir en semanas. No pude comer. Sentía que alguien me perseguía. Pensaba, conectaba hechos, personas, sentencias. No dejé de hacerlo: semanas pensando lo mismo, sin poder concentrarme en otra cosa. La terapeuta dijo que algo tenía que ver con el estrés, el trauma y algo que venía de más atrás. Lo trabajamos. O eso creímos. Porque en septiembre todo se fue al carajo: no dormía, no comía, me despertaba mareado, vomitaba el desayuno. Terrible. La psiquiatra dijo: Halcion y Prozac. Y haz ejercicio. Un Prozac en la mañana. Treinta minutos en la escaladora al volver del trabajo. Un Halcion en la noche. Para octubre seguía igual. Y más decepcionado y desesperado, porque esperaba que las pastillas actuaran como analgésicos. Glup, y a los treinta minutos: listo. Como nuevo. Temblaba. Sentía que moriría pronto. Me angustiaba, de verdad: la muerte.

Un fin de semana acabé en el palenque, con mi madre (fan desde que tengo memoria) escuchando a Juan Gabriel. Fue reconfortante escuchar una tragedia ajena a la mía: mi problema no era el desencuentro. No en ese momento. Me emborraché y canté. Tú eres la tristeza de mis ojos es una letra triste, y está bien que se le asocie al amor maternal; pero el verdadero canto de desesperanza es Pero no me dejes nunca, nunca nunca, te lo pido por favor. No puedo escucharla desde entonces.

Un par de días después del concierto, escribí y mandé al diario lo siguiente:

 

Juanga forever…

Crecí en una casa donde se escuchaba a Juan Gabriel. Y hay puntos a los que uno debe volver, ya sea para cerrar el círculo o expandirlo. El sábado volví a un incierto origen: estilo de espiral a la vez antiguo, infantil, y novedoso, vivo: fui a un concierto de Juan Gabriel. Yo, que crecí escuchando su épico y ya legendario concierto en Bellas Artes (el primero, el mejor, el reseñado por el mismísimo Carlos Monsiváis), me encontré con su música en vivo en el palenque de la Feria de San Francisco.

Primero: la espera. Larga sucesión de peleas de gallos: demostración fehaciente de la irracionalidad humana, del gusto por matar, del placer de la violencia: enfermedad scópica de nuestras clases altas, medias y bajas: dos animales que nacen para morir luchando para beneplácito de observadores que de buena fe creen en la suerte y el favor de dioses. Escribe Pfandl, el hispanista alemán: “El trato de los animales, y muy particularmente de los domésticos, es siempre un instructivo espejo de los sentimientos”, y en ese orden de ideas, nuestros sentimientos son absurda y enfermizamente sangrientos: regodeados en la miseria de dos aves de corral cuyo instinto es alebrestado artificialmente para su destrucción: triste espectáculo de masas. Y el dinero corriendo y la riqueza buscando más porque al fin para eso sobra, y la medianía y más abajo buscando la suerte: oteándola en una planilla de bingo de a 50 que gana 2,500. El espectáculo tristísimo de la muerte y el dinero y la pedantería de quien compra una botella de whisky al precio de cinco, o siete.

Luego, ya tirándole a la media noche y después de catorce o quince gallos muertos, la sangre se tapa con arena y se monta un entablado que cubren con una lona cuadriculada, colocan sillas (de plástico, nothing fancy) para músicos y coristas, marcan los bordes y extremos con cinta reflejante (no vaya a ser que la estrella se caiga… de nuevo), sale la banda, tocan un poco, preparan el ambiente y de pronto, pfff: luciendo un traje gris tirándole a lila y unos zapatos (que desde acá se veían comodísimos) azul pastel, el divo, el mismísimo Juanga sale al escenario entre gritos y aplausos.

El lugar atestado: literalmente no cabía nadie más: o sobreventa irresponsable o apartamiento compulsivo de lugares: el caso es que en la zona prole: general sin boleto numerado (léase: entrada ganadera), el asardinamiento era insoportable: incompatible con la anatomía del mexicano, que necesita espacios y relajamientos y no conoce de flexibilidades.

El sonido: terrible. ¿Planeación acústica? ¡Pa’ qué! ¿Pruebas de sonido? A lo mejor, pero como si nomás no. El sonido en el palenque, un lugar circular, con techo alto y mucha lámina, mezclaba lo salía de un par de hileras de bocinas colgantes que apuntaban a quién sabe dónde…

Pero Juanga es Juanga, punto. A pesar del lugar y el sonido terribles, a pesar del sobrecupo y los guaruras de pedantes funcionarios y amigos de un amigo del góber, Juanga es Juanga: su sola presencia, leyenda viviente, basta para impresionar al más deprimido y triste de todos los ahí presentes: yo. Qué chingón. Siempre he sido fan. Su música me ha seguido en borracheras y en esa tristeza festiva que da cuando uno está mejor que nunca.

Hasta sin cerveza hubiera cantado. Todas. Me cae.

IV- Estoy sólo, triste, abandonado

Aquí estoy, de nuevo: derrotado. Justo anoche escribí una remembranza de la tercera vez que vi a Juan Gabriel en vivo: justo antes, Marcela me había dicho que no, que siempre no. Y obviamente el concierto del divo en el palenque de Pachuca resultó un afilado bálsamo: un lugar común del regodeo en el dolor, de la miseria y la piltrafa en que uno se convierte cuando el amor se diluye y uno no tiene una liana salvadora, una explicación eficaz al por qué a mí, que todo lo hice bien. Y en aquel concierto, Juan Gabriel cantó la curva del amor: del enamoramiento que deslumbra a la luz del que renace, pasando por el feliz encuentro con el ser amado, la rutina que vence y el desamor, la sal en la herida, el placer del sufrimiento.

  • El cobarde enamoramiento del que no se atreve, del que acecha desde un pésimo poema con harto sentimiento: No se ha dado cuenta que me gusta, no se ha dado cuenta que le amo, ay.
  • El que, valiente, amenaza, con estoperoles y hartos güevos: Que conste amor que ya te lo advertí, que no descansaré hasta que seas mía nomás.
  • El que triunfa y resulta un cursi, un enamorado sin estilo: Gracias a ti no siento tristezas, ni dolor, hoy soy muy feliz.
  • El que se cansa, irremediablemente, porque uno no puede andar trepado toda la vida, ni hablar: No cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor.

Y luego:

  1. El que busca otro camino: A él lo quiero, a ti te he olvidado: ya no te aferres…
  2. El que se clava, caray: Por eso aún estoy, en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente.
  3. El que acepta lo irremediable del amor, su término por canje, ciego ante el sufrimiento del otro: Ya te pedí perdón, tú no me quieres perdonar, ¿qué quieres que yo haga?
  4. El que se hace el fuerte, ardido: Soy insensible a heridas de amor, jamás exclamo un ay de dolor.
  5. El que se resigna, feliz: No hay como la libertad de ser, de estar, de ir, de amar, de hacer, de hablar, de andar así sin penas.

Les digo: unas horas antes de ver a Juan Gabriel en el Palenque, Marcela me dijo que ya no. Que estaba confundida y esas cosas. No me di cuenta que estaba enamorado hasta que confesó: estoy viendo a otra persona. Me partió la madre. Quince días antes mi amigo había muerto y yo recaí en una depresión perra que me había incapacitado desde octubre de 2012. Llegamos tarde al Palenque porque, a diferencia de los dos años anteriores, teníamos boleto numerado. Comprendí, entonces, eso del gozoso sufrimiento. Ver y escuchar a Juan Gabriel celebrar el enamoramiento, el amor perro, el desencuentro y el resurgimiento de las cenizas (No vale la pena lo que tú me quieres porque es muy poquito) y el canto orgulloso del ardido (Tú no me vas a hundir, te juro por mi madre no me vas a hundir), en estricto orden, fue reconfortante. De las mejores borracheras de mi vida, de los mejores conciertos de mi vida. Así, aprendí a humillarme en secreto: porque a él le falta lo que yo tengo de más, ajúa. Semanas más tarde, escuchando una y otra vez el Primer Bellas Artes, borracho, escribí y mandé al diario lo que sigue: un modo de purgarme.

La industria del desamor

Contexto.

Yo, El Reyezuelo, El Cabronazo (ustedes, quienes me conocen, saben a lo que me refiero), El Que Juró No Caer En Su Trampa, El Que Hablaba En Amor… aquí me tienen, derrotado, entre las sábanas desde el sábado, tirado. Si me conocen, si de verdad me conocen, les debe sonar extraño: Yo Sufriendo Por Amor. Pero así es, queridos: Heme aquí, destrozado, con el corazón hasta el estómago y el pecho ardiente; aquí, vuelto una baba espesa, un leño humeante que no guarda ya el aroma de lo que ardía.

Consuelo.

Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, la clave para la realización, dice el poeta. Que te partan la madre, que te corran del trabajo y que te destrocen el corazón, dice mi padre. Tiene sentido. Plantar un hijo, tener un libro y escribir un árbol suena a terapia pachamama: “incide positivamente en tu entorno y crecerá tu espíritu”. #Bullshit. Lo de mi padre es una auténtica forja del carácter: putazo limpio para hacer callo. Me abraza y creo siente mi dolor, porque se estremece. Y es que de verdad duele: algo quema adentro, y a uno le entran ganas de rascarse; se siente distinto el pulso, algo como descompuesto que sólo se arregla, a medias, con el sueño. La muerte es la pérdida irreparable, la ausencia obligada por el destino; el desencuentro amoroso es impuesto desde la subjetividad del otro, desde el confort de quien, con la mano en la cintura, fingiendo un dolor que ya está sanado, explora las posibilidades de salvarse antes de caer en la desesperanza. Sí, amigos, ustedes entienden: a veces te cambian sin explicación alguna, y cuando el abismo se abre ante sus pies, la liana salvadora de un bastardo de buen peinado se lleva a tu chica mientras tú te derrumbas. Así. Si lo sabré yo, El Hijo De Puta.

Negación.

Nunca se sabe: la culpa se desplaza horizontalmente: Todo El Universo, menos uno, El Doliente. En el desamor todo conspira contra nuestra felicidad. Pero si uno mira detenidamente, si uno se da el lujo de descentrarse y buscar, entonces caerá ante el asombro de lo obvio: ¿cómo putas no me di cuenta? Creemos en el amor porque nos enseñan que salva, que se basta a sí mismo para redimirnos de la soledad, para zanjar el futuro en un par de palabras mágicas, brillantes. Y pronunciarlas, oh dioses, conecta sin más a los espíritus, que de un momento a otro cosen sus sustancias para formar un esperpento de dos corazones que no siempre laten al mismo ritmo. Así de carajo nos enseñan el amor: ejemplos mal dados y vicios ancestrales nos educan al respecto. Y erigimos el amor en la mezquindad más recalcitrante, en el egoísmo más impío. En el amor nos definimos como individuos, paradójicamente. Y no sabemos –ni cómo enterarnos– que el amor contiene su propia muerte. No, chicuelos, no viene de fuera: el amor es la muerte, el trecho insalvable de quien, estando en el amor, quiere seguir amando (o amar a otros, para acabar pronto).

Mal de muchos.

Escucho el radio porque, durante la etapa más perra del desencuentro, la memoria siempre juega en contra, la muy culera. Cualquier detalle –estúpido, banal e impreciso– recuerda el rostro de lo perdido, cualquier palabra sus frases, cualquier personaje de videojuego su rostro asombrado. Entonces uno se retrae del mundo esperando que allá afuera, en la cotidianidad, los referentes directos que despiertan la espina no nos alcancen. Pero sucede que afuera, en el mundo real, en eso que llaman el diario, lo más usual es andar jodido por una morra que se largó con un cabrón al que conoció hace apenas un par de semanas, o en franco desgañitamiento con rolas de Juan Gabriel. Todo es desamor: todo es dolor. En todas las estaciones, los frescos (y estúpidos) locutores “debaten” variaciones del mismo tema universal: “¿continuarías la amistad con el ex de tu mejor amiga?”, “hoy hablaremos de cuando te ponen los cuernos, pero bien puestos”, “llama para contarnos cómo superaste esa relación de años”, “te diremos cómo superar a tu ex en tres semanas”… Carajo, y uno sintiéndose especial con su dolor, único e irrepetible.

V- Perdóname, mi amor, por todo el tiempo que te amé te hice daño

*

Yo disfrutaba del cotilleo hasta que me volví epicentro. Y es terrible. Me volví una palabra atroz, un innombrable: el diablo mismo. En boca de desconocidos debo ser un perro, un mequetrefe, una amenaza despiadada: un personaje culero, inmisericorde y orgulloso. Sí, amigos: perdí amistades y al amor por un chisme. Un mensaje que no debí enviar, una duda sembrada. Qué hacerle. Escribía el principio de este texto cuando fui bloqueado de Facebook sin explicación alguna: forma actual de decir: a la chingada. Esta persona no está recibiendo mensajes tuyos en este momento. Debería decir: Esta persona te ha mandado a la verga. ¿Para qué ocultar lo obvio? Respiré. Confirmé que el bloqueo no fuera un error (como si no supiera) y leí: De verdad lamento que no pueda seguir con esto. Formalidad que desmadra: como cuando escriben para decirte que tu libro no será publicado. Lo lamentamos. El Bellas Artes de Juan Gabriel estaba girando en la tornamesa. Lo apagué, como si él hubiese tenido la culpa. Ya no pude concentrarme. Es el dolor, sí: ¿quién carajos no se volvería pequeño? Es el desencuentro del que ya hablé antes. Pero también es ese retorno a la incertidumbre, a caminar sobre hielo. Volver a pensar en dosis: había abandonado el tratamiento por dos razones: 1) me sentía muy bien y  2) los crueles efectos secundarios del Escitalopram (quienes lo han tomado, lo saben). Llamé a mi terapeuta. Tenía mucho que no lo hacía. Se sorprendió. Le dije: no quiero sentirme de la chingada. Pues no lo hagas, respondió. #Gracias. No fueron los chismes, el problema eres tú, y lo sabes, dijo con güeva. Me senté en el escritorio. Envié un par de mensajes desesperados (quién no lo ha hecho): Te amo desde que te di una aspirina en mi casa y supe que contigo todo valdría la pena. Nada de regreso.

**

Abrí un libro.

Uno encuentra respuestas en la poesía. Creo que la auténtica poesía arroja verdades absolutas. Siempre. Y entonces leo a Tadeus Aludra, el alter ego libertino de Luis Antonio de Villena. Leo este impresionante poema: Tadeus se dice a sí mismo: El amor debe estar lejos. Vive en su sagrada y poderosa imposibilidad. Su futuro será vivir dentro del deseo. Perpetuar su deseo cumplido. Y hasta ahí todo está leve. Todo flota sobre lo que ya sabemos: siempre amamos lo que no tenemos o lo que ya perdimos. Pero luego, Tadeus explica por qué el amor nomás no se le da. Dice: No he tenido esa suerte. Me arrastraron ojos, labios y piernas y un vago y potente afán de fornicación. Y, ya sabiéndose condenado, confiesa: Pero quiero fabricar mi capilla al Amor. Porque sólo ahí perdura. Y concluye, como para darse un tiro: Tuve al amor y lo dejé pasar. No me bañé dos veces en su mismo río. Construiré tu capilla en mí, elevaré tu icono de plata –viejo dueño mío– y daré gracias porque sólo te perdí hasta el infinito. Y ese, inevitablemente, –sexo, manos, luz– será nuestro destino.

***

Tuve al amor y lo dejé pasar: pasaba todo el día en su cama. Acostado. No trabajaba, no hacía nada. Me paraba cuando estaba por llegar y me duchaba y usaba la secadora para que no creyera que había pasado todo el día echado, sin hacer nada. Absolutamente nada. Porque sólo cuando llegaba me sentía con ganas de estar bien. Porque uno puede estar enamorado, y eso a la depresión le vale madre. Porque uno puede estar de lujo, y aun así ver amenazas en todas partes: en esa araña, en el tanque de gas, en el aromatizante de ambiente, en lo que dicen de uno, en las mentiras, en las verdades. Y ver hacia adentro, vivir en el pasado, en el futuro, nunca en el presente, hace que uno termine por abandonar silenciosamente todo.

****

Tuve al amor y lo dejé pasar.

Perra vida.

Alfonso Valencia

 

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