La imagen, voz del lector en la era digital

Víctor Hugo López Ortega

En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin señala cómo, con la expansión de la prensa, la relación escritor-lector se fue modificando en el campo de la literatura. Previo a la prensa, el número de escritores era escaso frente a un creciente número de lectores, lo que posibilitó el invento fue que muchos lectores pasaran “del lado de los que escriben” (40), teniendo cada vez mayores facilidades no sólo para escribir, sino para encontrar espacios en dónde publicar. Ello modificó la relación entre autor y público; el lector, “siempre dispuesto a pasar a ser un escritor”, se posiciona en el mismo estado de autor cuando elabora una crítica (o comentario) sobre lo que ha leído.

Con el desarrollo de la tecnología, los medios para escribir se volvieron accesibles, económicamente, para un mayor número de personas, no así los medios de publicación. Las revistas especializadas, periódicos, novelas impresas, cuentos, etc. implican enfrentar al autor a un filtro: el de la calidad del contenido, ya sea para mantener el estatus y la imagen de determinada revista o editorial, o por su carácter llamativo que deriva en muchas ventas, lo que representa ganancias al medio que posibilitó su publicación.

Desde la década de los noventa hasta el presente, el desarrollo de internet y la computación ha permitido a un mayor número de lectores tornarse “escritores” y publicar; éstos encuentran más apertura tanto en espacios virtuales colectivos (revistas digitales, blogs, foros, etc.) como en páginas personales. Aunado a esto, el capitalismo y la globalización lograron que diversas sociedades se envuelvan en imperativos de consumo de productos y de prácticas particulares, aprisionando al sujeto en el goce de dinámicas radicales y, a veces, contradictorias; se trata de una oferta al consumidor, es decir, el “poder de tenerlo todo”.

En estas sociedades, una de las principales características, descritas desde Marx (1867), es la búsqueda de riqueza. Ésta posibilita, con un “inmenso arsenal de mercancías”, “satisfacer las necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean”, sin importar “que broten del estómago o de la fantasía”. Tampoco interesa “cómo ese objeto satisface las necesidades humanas”, ya que lo que importa al capitalismo es (resumiendo las tres fases del ciclo capitalista en la fórmula empleada por Marx, D – M… P… M’ – D’) convertir el dinero en mercancía y, mediante un proceso de producción, generar mercancía aumentada por la plusvalía, por lo tanto, obtener más dinero del invertido inicialmente.

Hoy no sólo existe un “inmenso arsenal de mercancías”, sino que, con el funcionamiento global del capitalismo, al igual que el desarrollo de la ciencia y tecnología, se ofrece al consumidor la ya mencionada oferta de poder tenerlo todo. Al respecto señala Žižek:

este tipo de ideología de la sociedad del consumo ilustra muy bien lo que Freud ya sabía de las paradojas del principio del placer. Tienes una sociedad que se orienta ostensiblemente hacia el puro placer, pero pagas por ello a través de una serie entera de “no puedes”. Las prohibiciones ocultas: come cualquier cosa que quieras, pero ten cuidado con la grasa y el colesterol; fuma, pero ten cuidado con la nicotina; sexo, pero sexo seguro. Ya la última consecuencia de este principio de placer es que todo se prohíbe en cierto modo (Ayerza).

El capitalismo, por un lado, pone todo lo que está al alcance de la producción en las manos del consumidor; por el otro, las prohibiciones de la misma cultura generan insatisfacción en el hombre, un malestar en la cultura, un capitalismo que crea y destruye. Incentiva al sujeto al goce, en una ideología de tenerlo todo, de acumular, de renovar y, al mismo tiempo, de prohibir y destruir.

El lector al que este trabajo hace referencia es al que convive en estas sociedades, al que consume literatura y está dispuesto a colocarse del lado de los escritores como crítico o comentarista de lo que lee. Ahora bien, ¿cuáles son las prohibiciones en la era digital que articulan el goce de estos lectores-escritores? De inicio es evidente que la literatura, por su relación con el arte, es valorada cultural y socialmente como algo sublime, de ahí que el imperativo de su consumo llegue a permear de valor el acto de lectura.

En la literatura desenvuelta en internet es fácil distinguir múltiples escenarios en donde este incentivo de goce motiva al sujeto lector. Algunos ejemplos de ello son la posibilidad de construir bibliotecas digitales personales con miles de libros, aun en la imposibilidad de leerlos; el imperativo leer, pero no leer a cualquier autor; la oferta de escribir y publicar sobre cualquier cosa, pero no como sea ni en donde sea; libertad condicionada por el otro que será lector y a su vez también un posible escritor y crítico.

El lector-escritor se ubica en un aparente espacio de libertad para consumir y decir lo que le plazca sobre lo que consume y, como menciona Barthes, “para que haya libertad tiene que haber un poco de prohibido” (179). En referencia al lector que se vuelve escritor y crítico, entra en juego lo público y en ello la cuestión de la imagen, siendo que el lector deberá regular fragmentos de su vida privada para construir una imagen dirigida al otro lector, imagen que no tiene soporte únicamente en su comentario sobre los libros, sino en los perfiles creados en los diversos espacios virtuales en donde se desenvuelve (blog, red social, etc.). El otro al que se dirige regula su libertad, pone en juego su deseo de encuentro con otros lectores, con la aprobación, el dinero, los likes o la confrontación.

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En la era digital, cualquiera puede ser lector y escritor, o al menos la oferta se hace para todos. Existe la posibilidad de crear una imagen de lector crítico sin necesidad de títulos que certifiquen altos grados académicos. Esta oferta es capturada por muchos, dando paso a una realidad en la que, a pesar de que se insiste en remarcar que en México y en algunos otros países no se lee, es un hecho que abundan los lectores y los críticos en internet, quienes, ya sea en sus páginas personales, periódicos, redes sociales, canales de video, foros, etc., se multiplican y dan apertura a preguntas como: ¿Hay un amor por la lectura y expresarlo demuestra un gran interés por su promoción o hay un amor por la imagen pública que el espacio digital permite construir?

Tal vez todo esto se amalgama, pero lo evidente es que en el lector que pasa a ser escritor, ya sea por amor a la promoción de la lectura o a una imagen virtual que puede construir para proyectar a los demás, hay una necesidad de ser escuchado, un contenido latente que cada lector-escritor quiere expresar y que es difícil de descifrar —tomando en cuenta que es particular—. Sin embargo, si se considera que esto constituye un fenómeno masivo, también es posible pensar en un contenido latente a nivel social tras manifestar cierto punto de vista al realizar esta práctica. Entonces, ¿qué simboliza la imagen del lector y qué insiste en enunciar la práctica del escritor en la era digital?

En primer lugar, cabe destacar las consideraciones de Blanchot sobre el comentarista, a quien denomina como “una criatura ambigua condenada a la soledad” (69); ambigua porque en él conviven “la pasión del lector y la lucidez conquistadora de los autores”; la pasividad del lector y la libertad del escritor se transforman en una criatura que se adueña del texto, “abandonándose a él”. Para Blanchot, el comentarista da sentido a la obra o, mejor dicho, revela su sentido latente y cumple una de las funciones más difíciles “preservar y liberar al pensamiento de la noción de valor, y consecuentemente también abrir la historia a lo que en ella se separa de todas las formas de valores y se prepara a una especie totalmente distinta de afirmación” (14).

Pero la criatura condenada a la soledad no cumple su difícil tarea sólo con su escritura, porque la escritura no se basta a sí misma, debe salir al encuentro, hacer una marca en el campo del otro y, a su vez, reconocer dicho acto. Al respecto menciona Morales:

Publicar no es solamente editar un texto o un escrito, es necesario que el sujeto reconozca ahí la implicación de su marca. La publicación, como la escritura en sí misma, no basta para sostener a un sujeto dentro del mundo del intercambio, es necesario que la publicación ocupe la función de acto de inscripción (46).

Más adelante menciona que “publicar es hacer que el nombre propio, al ser nombrado por otro, sea reconocido” (46). Un reconocimiento que, fuera de pensarlo en el plano del prestigio o la falta del mismo, supone un acto de creación, de construcción de una imagen como escritor; un escritor que, además de hablar sobre un texto, escribe su figura y nombre de autor en el campo del otro. Construye una imagen con la que se auto-proyecta, produce una voz que lanza a todos aquellos dispuestos a simbolizarlo como autor e interpretarlo, dando lugar al intercambio que representa todo proceso de comunicación, el cual, de alguna manera, puede pensarse en dos sentidos: el de producción y consumo y el de comunicar e interpretar.

Para Echeverría esto significa lo mismo cuando enuncia que “producir es comunicar, proponer otro valor de uso; consumir es interpretar, validar ese valor de uso encontrado por otro” (188). El sujeto que produce tiene una intención transformativa; el sujeto consumidor descifra, es decir, quien comunica tiene la intención de que su mensaje sea interpretado, quien consume absorbe significaciones. Se establece un contacto que hace evidente la necesidad humana de producir y reproducir la forma de su sociabilidad, haciendo del lenguaje “la instancia en la que el auto-proyectarse y el auto-realizarse del sujeto social encuentran su instrumento más adecuado” (Echeverría 193).

Por otro lado, retomando las consideraciones de Benjamin, quien veía como positivo el gran acceso a la obra de arte que permitió la época de la reproductibilidad técnica, es visible que el acceso se potenció en la era digital, en la cual no sólo es posible llegar a la obra, sino también hay una mayor oportunidad de tomar la postura de perito hacia ella. Aquí, Benjamin encuentra un riesgo en el cambio de relación entre la masa y el arte.

Pensando en la literatura, y en la ya señalada transición del lector a escritor, se abre para el espectador (lector) la posibilidad de posicionarse como “un experto que emite un dictamen sin que para ello le estorbe ningún tipo de contacto personal con el artista”, hecho que puede desembocar en opiniones que se ubican únicamente en el plano del “valor exhibitivo”. Lo positivo de esta proliferación de escritores es, además de posibilitar la emergencia de nuevos artistas, remarcar que “el gusto por mirar y por vivir se vincula íntima e inmediatamente con la actitud del que opina (…) vinculación que es un indicio social importante” (Benjamin 44).

No obstante, el aspecto negativo en la modificación de la relación entre la masa y el arte lo constituye la actitud “retrógrada” frente a las obras, talante que se torna progresivo, restando importancia social al arte cuando se vuelve convencional. Este hecho, para Benjamin, en parte se deriva del mismo arte en su pretensión por ser accesible a las masas, en una ya mencionada dinámica capitalista que enuncia como obligación cultural el consumo de la obra por el simple hecho de ser arte, en ocasiones, sin detallar más, sin profundizar en el por qué o en sus elementos. Menciona Benjamin: “quien se recoge ante una obra de arte, se sumerge en ella; se adentra en esa obra. Por el contrario, la masa dispersa sumerge en sí misma a la obra artística” (53).

Recordando lo planteado por Echeverría sobre producir y consumir equiparado a comunicar e interpretar, la masa en lugar de sumergirse en la obra, la ahoga, la consume y la asimila de manera práctica; incluso puede sofocarla cuando su uso deriva en lo superficial, en ser sólo adorno u objeto que está bien visto. En el campo de los lectores, cuando responden al llamado de la lectura y la escritura, a su imperativo, de forma superficial, existe el riesgo de que se realicen, bajo el nombre de “crítica”, opiniones que se centran más en calificar una obra como buena, mala, bonita, fea, aburrida, vieja o nueva que en preservarla como algo que eternamente se hace, conforme brotan de ella múltiples sentidos.

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En resumen, en la era digital, en la actualidad, cuando cualquier lector puede construir una imagen en nombre de la literatura, inscribirse en el campo del otro, extender su voz a otros millones de lectores; lector que se crea como escritor y se autonombra, se escribe mientras escribe, es decir, es él mismo “un efecto de sus propios textos” (Bercovich, 35), lo descrito por Echeverría sobre la necesidad humana de producir y reproducir la forma de su sociabilidad, una necesidad de auto-realizarse como sujeto social, parece cumplirse.

A pesar de que se llegue a pervertir la crítica literaria o la obra de arte, en nombre de la literatura (como obra de arte) y del acto de leer y escribir como algo aprobado socialmente, la relación entre arte y sociedad parece derivar en una intención por seguir al pie de la letra aquello descrito por Marx, quien menciona que lo que interesa al capitalismo es la riqueza a costa de producir mercancía que apunte a satisfacer cualquier deseo humano, en este caso, la variada oferta de espacios virtuales para crear sitios personales o colectivos y múltiples espacios en donde puede desenvolverse la literatura (por ejemplo, los programas para la digitalización de libros y su descarga).

Estos sitios son la respuesta a un deseo del hombre al que la tecnología debió salir al paso, el deseo de comunicar, de hablar y escuchar, de hacer aparecer la imagen y la voz para mantener, en palabras de Blanchot, “ese espacio de resonancia en el cual un instante se transforma y la realidad, indefinida, de la obra se circunscribe en palabra” (11); es decir, mantener un espacio para la palabra crítica, para que la imagen del lector aparezca y desaparezca intermitentemente, para que la voz que produce se consuma y, una vez interpretada, quede en silencio, dejando hablar a las obras, en este caso, la literatura.

Referencias:

Ayerza, Josefina (2015). “Las prohibiciones ocultas y el principio del placer. Entrevista con Slavoj Žižek”. 1992. Web. 21 Abr. Diponible en: http://www.geocities.ws/zizekencastellano/entrprohibicionesoc.html

Barthes, Roland (2004). Lo neutro. Trad. Patricia Willson. México: Siglo XXI.

Benjamin, Walter (1989). Discursos interrumpidos I. Trad. Jesús Aguirre. Buenos Aires: Taurus.

Bercovich, Susana (1996). “Las escrituras del sujeto”. Escritura y psicoanálisis. Helí Morales Ascencio. México: Siglo XXI.

Blanchot, Maurice (1990). Lautréamont y Sade. Trad. Enrique Lombera Pallares. México: Fondo de Cultura Económica.

Echeverría, Bolívar (1998). Valor de uso y utopía. México: Siglo XXI.

Lacan, Jacques (2009). Escritos 2. Trad. Tomás Segovia. México: Siglo XXI.

Morales, Helí (1996). “De tatuajes y garabatos; el síntoma como escritura”. Escritura y psicoanálisis. Helí Morales Ascencio. México: Siglo XXI.

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