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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

abril 2017

Ghost in the Shell

2017

Rupert Sanders

por Brianda Pineda Melgarejo

 

The Major: They created me. But they can not control me.

 

Asomamos a la filmografía de cierto director o directora o a la obra completa de algún autor o escritora que nos intriga con ánimos de descubrir el hilo negro, la esencia que da un sentido a su trayectoria. Y si acaso atisbamos las repeticiones propias de la pasión, el mecanismo visual del perfeccionamiento técnico, es innegable que lo que más seguirá sorprendiéndonos es el milagro de lo irrepetible.

En esto último se apoya La vigilante del futuro (Ghost in the Shell, 2017) dirigida por el apenas aprendiz Ruper Sanders que en su haber cuenta tan sólo con la ópera prima, enigmática en oscuridad y sospechosa en verosimilitud, Blancanieves y el cazador (2011).

El film, tan publicitado en los últimos meses, nos entrega una visión sci-fi de la realidad basada en el manga de Masamune Shirow. Nos atormenta en vértigo al mostrar ciudades iluminadas por una inteligencia fantasmagórica, virtual; y al hacer posible a través de su historia una ambición humana: la del ser (entendido en su condición inmaterial de ánima) que se posa, como un camaleón etéreo sobre los cuerpos de las máquinas y sobrevive al vacío metálico de su caparazón hipertecnológico: La empresa Hanka Robotic pretende mediante el proyecto 2571 crear ciborgs que se distingan de los simples mortales y de los robots más sofisticados en poseer lo mejor de ambos mundos: la materialización corporal del progreso y un ghost o lo que aquí trivializado conocemos como alma; para ello el gobierno captura y mata, extrayendo únicamente el ghost, a jóvenes radicales y revolucionarios que dedican su tiempo a ir en contra de lo que impone a las colmenas interminables de habitantes el sistema, sólo así pueden unirlos a las filas de sus ejércitos. De la fusión y experimento nace La Major (Scarlett Johansson) quien al hacer uso de la justicia y moral evocada por su ghost meterá en problemas a quienes desean llevar a cabo terribles planes a través de ella.

Si bien hemos reflexionado sobre las proezas de lo sobrenatural y lo tecnológico al lado de Scarlett Johansson en Under the skin (Jonathan Glazer, 2013), Her (Spike Jonze, 2013) y Lucy (Luc Besson, 2014) el tema de lo inmanipulable del alma humana es nuevo en cuanto a elevación en esta cinta. El carácter heroico de La Major le impedirá adaptarse a una sociedad que ama el progreso a velocidades desquiciantes y atiende sólo a intereses de una monstruosidad industrial peligrosa que devendrá para ella en una catarsis de consciencia. La premisa del film es la importancia de la supervivencia espiritual y moral inherente al ser humano. El ambiente es no por más insólito menos desolador.

La metamorfosis, tópico literario de la antigüedad, se centra en esta ocasión en las máquinas y no como es costumbre en animales. Los cuerpos están extinguiéndose, la supervivencia es asunto de máquinas y hologramas. No hay árboles en este escenario futurista de Tokio. La única aparición de un gran árbol, por demás simbólica, ocurre en medio de la batalla final.

Los seres humanos están alienados, marginalizados por su condición. Sin embargo, el mundo continúa regido aún por la fortaleza y la vileza, en su faz antagónica, del ser. La película recrea la historia singular, irrepetible aún en sus fisuras, del manga. La atmósfera musical a la que se entrega, la astucia sin más pretensión que divertir y dinamizar que la coloca entre los largometrajes valiosos de acción y la virtud de mostrar a sucesiones acertadas el tema del sacrificio (visible en la relación entre la Doctora Ouelet [una magnífica Juliette Binoche] y su creación, La Major [Scarlett Johansson].) la convierten en una obra que consigue ir más allá de los lugares comunes en que bien pudo caer.

Ghost in the Shell es una cinta inclinada al misterio, a veces un misterio infundado por contar en su guion con varios diálogos incomprensibles que terminan por no obedecer a una lógica o verosimilitud pero que bien terminan por olvidarse en la sorpresa de una acrobacia visual más del repertorio; es una obra que perturba en su potencial de presagio; es, en la cartelera comercial del último mes, una de las contemplaciones más curiosas.

Si bien el cine es tan sólo un umbral que sirve a cada persona para entrar a los laberintos propios del autoconocimiento, no habríamos de echar en saco roto una de las reflexiones que sobre la identidad se dan en esta película; la Dr. Ouelet siente el rechazo y el odio de La Major cuando ésta descubre que alguien ha robado su pasado para implantar una memoria falsa en su sistema robótico y, ante la evidencia del sabotaje y el sentimiento de desorientación que experimenta su creación, no puede sino decirle una frase definitiva: “Nos aferramos a los recuerdos como si ellos nos definieran, pero no es así. Lo que hacemos es lo que nos define”.

 

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Alone in the house

 

Iván Partida

 

Después de múltiples acusaciones relacionadas con abusos sexuales a menores, Michael J. Jackson contempló la invasión de su rancho  Neverland. La policía del Condado de Santa Bárbara cateó la famosa propiedad: en la recámara principal del cantante, tras varios candados, los oficiales encontraron una habitación con videos y libros de fotografía llenos de imágenes que los perturbaron: una niña con la soga al cuello, escenas masoquistas, jóvenes desnudos, etc.

Ese contenido (¿enfermo, escabroso, artístico?) es lo que varios medios de comunicación resaltaron hace meses ―en junio de 2016―, cuando se filtraron el video  y las fotos de la pesquisa policial realizada en el 2003. Allí, entre juguetes y archivos personales, descansaba una foto de Macaulay Culkin

con una dedicatoria. El actor es todavía un niño, sonríe exagerado, feliz, como lo hacía Kevin McCallister, el personaje de cine que le otorgó la monstruosa fama.

Miro la imagen, no parece tomada por un pervertido. Más bien es una foto de estudio, reproducida por decenas para incluirla en los portafolios actorales que llegan a manos de los ejecutivos de las casas cinematográficas; o bien, para venderla a los fans en las firmas de autógrafos. ¿Por qué Michael tenía ese regalo en un cuarto cerrado, junto a sus tesoros personales? ¿Amó Michael al niño Culkin? ¿Macaulay amó a Jackson? ¿De qué forma se amaron?

Hay tres posibilidades en esta historia, tres formas de entender el tiempo que estas dos estrellas gravitaron una en torno a la otra. Primero, eran buenos amigos; el cantante veía en el actor todo lo que quiso ser desde niño: blanco, rubio, seguro, sonriente. No ese descendiente de africanos esclavizado por su padre, con la marca de la negrura en la piel. Segundo: el hombre sedujo al niño con una falsa amistad y finalmente abusó de él; aprovechó su poder en los medios y en la sociedad norteamericana para tomarlo como amante mientras los padres contaban los billetes y se peleaban por cada centavo que su vástago producía. La tercera: Hubo sexo, alguna forma de sexo, en la relación de ambos, pero la seducción de  Michael puede ser la de los amantes: no abusó de un niño, sino que lo enamoró.

Esta última posibilidad es inaceptable para muchos. Un niño no puede, desde nuestra visión erótica de las relaciones humanas, enamorarse de alguien, menos de un adulto. La única forma de acercamiento sexual tolerada es el descubrimiento con los pares, con la gente de su edad, de preferencia que sean de distinto sexo. Sin embargo, hay ejemplos diarios de niños que empiezan temprano su sexualidad, incluso que la comienzan con hombres mayores, como el caso del bailarín holandés Rudy Van Dantzig, quien comenzó a los doce años su vida sexual con un militar canadiense; el encuentro con el hombre, lejos de ser brutal o vejatorio lo conmovió de tal forma que tituló su novela autobiográfica de 1986 Para un soldado perdido. Sin embargo, historias como la de Van Dantzig no son moneda de uso corriente. Nuestra imagen del pedófilo es la de un perturbado depredador de menores que puede mostrarse en decadencia total o bien, como el más limpio y tranquilo de los ciudadanos.

Es evidente que Michel Jackson era pedófilo y  homosexual, basta escuchar la historia del primer encuentro íntimo con su novia: “Recuerdo que una vez me dijo que fuera a su casa, que también quedaba en Beverly Hills, para hacerme algo. […] Todo lo del sexo. Yo estaba aterrado […]. Estaba aterrado, porque nunca había hecho algo así. Fui a su casa y traté de aparentar que era un hombre de mundo; y ella apagó las luces de su cuarto,  abrió las cortinas. Se podía ver la ciudad sobre el acantilado, era hermoso. Me pidió que me acostara en la cama, y lo hice. Ella se acercó lentamente y me tocó los botones de la camisa, como para abrirlos, y yo me cubrí la cara. No dejé que me desabotonara y ella se apartó. Ella sabía que era demasiado tímido, eso es lo que pasó.” [1]

En las palabras de Jackson no hay picardía, apenas un dejo de nostalgia, pero no por la situación, sino por el paisaje lejano de la ciudad. En la entrevista, mientras narra, su cara transita entre la vergüenza, la incomodidad y el asco. No es una anécdota agradable o graciosa, es angustiante; incluso parece casi una escena de violación, de terror infantil por las pulsiones desconocidas que moverían la vida de Jackson en el futuro. El muchacho que falla con la hembra dispuesta porque en el fondo sabe que no pertenece a su mundo. Él estaba destinado a comprar reliquias kitsch en los centros comerciales con miles de admiradores rodeándolo, estaba destinado a sufrir la metamorfosis del vitíligo, a perder el cabello por un accidente en un concierto y vivir con implantes, a caminar en su Neverland entre niños de todas las razas, estaba destinado a caer como Ícaro y morir por la sobredosis de un sedante blanco al que llamaba “mi leche”. Era un niño perpetuo, un Peter Pan que nunca le dio la oportunidad a Wendy.

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Quizá encontró años después, en los niños, aquella seguridad que jamás le ofrecieron los adultos. Sabemos que Michael fue maltratado como una bestia de circo durante su infancia: el padre azotaba a los hermanos Jackson con todo lo que podía si fallaban en los ensayos que realizaban en casa para presentarse en la televisión. Era tanta la saña del señor Joseph Walter Jackson, que el pequeño Michael  temblaba y vomitaba de miedo al verlo.

Maculay Culkin, el pequeño rubio de Home Alone, también sufrió por el monstruo de la fama: a los diez años, tras su breve y meteórico ascenso, sus padres pelearon la custodia por amor… al dinero. Al igual que Michael, Macaulay experimentó la tortura de padres explotadores, las confusiones del estrellato y el doloroso silencio del fin de la fama, con la subsecuente decadencia física y mental que devora a muchos niños del espectáculo. Pero antes del declive, antes de las drogas, el divorcio, la delgadez extrema y las apariciones esporádicas en televisión, existió un tiempo que él mismo, nos dice, considera dorado: la vida en Neverland durante temporadas en los años noventa.

Jackson, después del éxito de Culkin en Home Alone, habló con la gente que tenía que hablar para que el niño apareciera en el video de la canción Black or White de 1991. A partir de ese encuentro se volverían inseparables. Macaulay  jamás lo olvidaría, jamás lo dejaría solo, ni siquiera cuando las acusaciones de abuso sexual llovían. Siempre sostuvo que no hubo acercamientos indebidos o abuso sexual, que cuando dormían juntos lo hacían en cuartos separados.  Numerosos sitios de internet señalan que Culkin confesó en una rueda de prensa que Jackson abusó varias veces de él, pero que no se atrevió a confesarlo por temor a represalias. Sin embargo, no existen grabaciones de esa supuesta rueda de prensa, ni fuentes fidedignas que avalen las “citas” de esa conferencia. Él mismo no ha concedido entrevistas dando fe de los abusos.

La relación entre el actor y el cantante siempre estará cifrada por el misterio, porque misteriosa y extraña era la personalidad de Jackson. Me pregunto si las declaraciones que Culkin hizo al jurado cuando lo llamaron para testificar por los escándalos de violación fueron ciertas en la medida en que él considero cierto que no hubo abuso: que el acercamiento de ambos fue una ilegalidad consensuada. Creer esto es entrar en la polémica de la sexualidad infantil. ¿Por qué extrañarse de un niño con sexualidad temprana en un mundo donde un adolescente en “perfecta edad reproductiva” teme a la intimidad con su novia? ¿O acaso la vergüenza y el abuso fueron tan intensos que Macaulay decidió creer en una amistad virginal que nunca fue tal? ¿Con qué sentimiento escribió la frase del autógrafo que Jackson guardó?

Pudieron ser amigos, sólo amigos. Quizás el pequeño actor nunca escuchó las posibles masturbaciones de Michael en la otra cama, mientras éste se solazaba con mirar el cuerpo dormido, el obscuro objeto del deseo que, esta vez, no lo aterrorizaba. Michael puedo haber abusado, o no, de otros niños, pero en este caso, se negó a tocar o insinuarse a su invitado predilecto.

Tal vez El Rey del pop, con toda su realeza erecta, descendió a la cama del niño y poco a poco, pero sin ceder terreno, fue tocando y forzando los lugares del placer: un beso, una fuerte caricia en la entrepierna y más allá. El niño, pienso, se dejó hacer con la resignación de quien ya se sabe devorado por una fiera de fuerzas superiores; acaso entre el asco y la tristeza creyó escuchar la palabra mágica del director de cine, “corten”, verbo que regresa al mundo a su estado cotidiano.

La última vertiente de esta relación, recordemos, es la más difícil. La pedofilia es poco estudiada fuera de la patología y de la visión judicial. No es posible ignorar la gran cantidad de menores, generalmente niños, con secuelas de una violación por parte de un adulto. ¿La pedofilia es causante de las violaciones, es la única manera de relacionarse de un pedófilo? Recordemos que hasta hace unas décadas los homosexuales “depredaban” en los baños, no por gusto, sino por imposición social. La falta de estudios imparciales y las trabas morales hacen de las relaciones sexuales entre niños y adultos un campo minado y lleno de niebla. En esa niebla mortal, quizás, los dos íconos pop se encontraron y caminaron juntos, descubriendo los peligros las maravillas de una tierra prohibida, lastimándose y sorprendiéndose sin poder evitarlo.

 Aun cabe la posibilidad de que esa noche, la noche en que imagino que todo se reveló, Culkin abrazara a Michael y  sintiera la excitación de ambos, que reconociera que a sus diez años, entre sus brazos, temblaba el Dios de una generación entera. Sus labios, imagino, estremecían al Dios. Sintió, tal vez, un poder mucho mayor que el dinero, los amigos, los videojuegos, que la mismísima fábrica de sueños del cine; un gran poder que le sería negado, y que buscó durante toda su vida, sin éxito. Y entonces Michael, supongo, volvía a ser niño, pero no el niño negro que era rechazado por su color, su nariz o su cabello; pudo ser ese niño blanco que tenía enfrente, sin necesidad de decolorarse para disimular el vitíligo, sin rebanarse la nariz. Ahí descubriéndose y descubriendo, Michael Jackson  fue por última vez.

Probablemente ninguna de las tres versiones que imagino sea la correcta, pero ante la falta de declaraciones o pistas irrefutables, queda la posibilidad de preguntarse qué impulsó Macaulay firmar el autógrafo. Acaso fue el regalo de un amigo nada más. O tal vez escribió la frase que Jackson le dictó para tenerla como trofeo en el armario que encerraba a sus demonios. Incluso pudo ser algo espontáneo: cuando su anfitrión pidió un recuerdo para almacenarlo en su santuario de las cosas preciadas, Macaulay escribió la frase que le valió largas temporadas en el rancho de Neverland, la frase que nació de su boca cuando abrazó a Michael en aquella noche en la que, quiero pensar, estuvieron en igualdad de condiciones porque se reconocieron como niños explotados, dolientes, abandonados; la frase con la que el actor convocó el deseo del otros, la frase que en el 2003 los oficiales de la ley de Santa Bárbara California encontrarían al forzar las cerraduras de la recámara secreta: Don´t leave me alone in the house!!!

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[1] La entrevista se encuentra en el documental Living With Michael Jackson (2003), conducido por Martin Bashir y dirigido por Julie Shaw.

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