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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

agosto 2014

Un acertijo Medieval

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Antes de Cervantes y del teatro español del Siglo de Oro, los venerables antiguos no habían explorado las posibilidades de esos elementos que un análisis literario designaría como atmósfera, perspectiva del narrador o psicología de los personajes –o bueno, quizá sí, algún ejemplo habrá en Plauto o en el Lazarillo de Tormes, pero juguemos por una vez a que el mundo es así de sencillo–. De allí que, cuando tenían la intención de contar algo, tuvieran que esmerarse en las peripecias de la trama o recurrir a los mundos de la alegoría para mantener la atención de su oyente o lector. No estoy criticando; por el contrario, pienso que alcanzaron una envidiable maestría, casi diría que insuperable, en ello.
Un buen ejemplo de lo anterior es el cuento del caballero de la colección de Canterbury recopilada y retrabajada por Chaucer. La historia cuenta el enfrentamiento de dos nobles tebanos, alternativamente entrañables amigos o enemigos, enamorados de la misma dama, la casta y hermosísima Emilia. La pugna de Arcites y Palamón, que así se llamaban, alcanza tales proporciones de honor y crueldad, que el “duque” Teseo, rey de Atenas, se ve obligado a intervenir. Su propuesta es la siguiente: después de un año de preparación, cada uno de los pretendientes de Emilia deberá regresar a Atenas acompañado de cien caballeros, para medir fuerzas con su rival en un fastuoso torneo más parecido a las justas medievales que a los combates griegos. El ganador, previsiblemente, obtendrá en premio la mano de Emilia.
Y aquí es donde la cosa se complica. Arcites, más belicoso que Palamón, decide elevar sus plegarias al dios Ares, señor natural de la arena donde habrá de zanjarse el conflicto. Después de realizar el sacrificio adecuado y elevar sus plegarias, oye una voz suave que le asegura la victoria. Palamón, por su parte, había orado antes en el templo de Venus y obtenido una señal, más ambigua y por completo abstracta, que interpreta como el asentimiento de la diosa. Y Emilia, claro, había también rezado hasta que la mismísima Diana le reveló, a través de un fuego que se apagaba y otro que se reencendía, la clave de su destino.
Trato de imaginarme al lector medieval, o a quien escuchaba, en esa época más oral que escrita, el relato. Él comprende el misterio y sabe que hay una solución, aunque no alcance a desvelarla. Y sabe que esa solución no puede ser tramposa; no puede ocurrir nada ajeno a la lógica, por más que en el mundo del relato se fundan y retuerzan fantasías de cualquier color. Uno de los dos caballeros debe ser el vencedor. ¿Pero cómo puede ser falso un augurio divino, cualquiera de las dos señales aparentemente positivas que emiten Marte y Venus?
Con una malicia que uno no sospecharía, Chaucer dilata la solución. Salta a una escena en el Olimpo, donde Saturno, sin que tenga vela en el entierro, promete hallar un medio que satisfaga a las dos partes. Vienen luego los preámbulos al combate, el esplendor de la corte, las peripecias bélicas, incluso una breve pausa que Teseo propone para refrescarse (algo que siglos después le copiarían los árbitros de futbol). Por fin Arcites, gracias a la ayuda del rey Licurgo, vence. Pero el problema de fondo sigue sin respuesta. Entonces (entonces, entonces) “de la tierra salió una infernal furia provocada por Plutón a ruegos de Saturno, el caballo de Arcites dio un respingo, y al saltar cayó, aplastando al caballero…”
Un escéptico de hoy en día seguro que protesta: pero bueno, eso es lo más caprichoso que he oído en mi vida, cómo que una furia, así nomás, de la nada. Pero lo que está pasando es que los acontecimientos simplemente se acomodan al dato escondido hábilmente por el narrador. En realidad, no importa que la forma de hacerlo sea más o menos creíble: pudo ser una herida que Arcites no había notado, una punta quebrada que produce gangrena, una fiebre a causa del esfuerzo. Una furia, no obstante, nadie podrá negarlo, produce un efecto mucho más espectacular.
La verdadera solución reside en la naturaleza de los ruegos. Palamón, en el templo del amor, pide ganar a Emilia. Arcites, en el templo de la guerra, pide vencer en el torneo, porque confía en que así ganará la mano de Emilia. Pequeño error de cálculo. Ninguno de los dos es defraudado, los dioses no quedaron mal. Después de las exequias de Arcites, Teseo casa a la doncella con el caballero que sobrevive. Así de simple, de justo, de congruente, de simbólico.

Enrique Padilla

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La vida moderna de Rocko, 18 años después

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En los noventa –años viejos sin computadoras veloces ni internet ni celulares– dos cadenas controlaban la producción y distribución de caricaturas en Norteamérica: Cartoon Netwoork, cuya primigenia barra incluía los clásicos de Warner Brothers y Hanna-Barbera, y Nickelodeon, que programaba un puñado de producciones originales: Rugrats, Doug, Ahhhh! Monstruos de verdad y La vida moderna de Rocko.
Fue ésta última, precisamente, un parteaguas en el desarrollo de la animación occidental contemporánea: un estilo de semillero cuyos frutos aún disfrutamos los fanáticos de las caricaturas: su visionario creador, Joe Murray, se rodeó de gente cuyo talento aún no se agota: Dan Povenmire y Swampy Marsh, escritores y directores de storyboard de Rocko, crearon el último y más grande éxito de Disney Channel: Phineas & Ferb. Tim Hill creó La liga de la acción, el sketch en stop-motion de Kablam! (programa producido por Nickelodeon que apostó por la animación alternativa). Gary Conrad se convirtió en escritor de cabecera de Los padrinos mágicos. Chris Savino ahora dirige Kick Buttowski, medio doble de riesgo, para Disney, y produce Johnny Test, para Cartoon Network. Derek Drymon es el productor ejecutivo de Hora de aventura y Stephen Hillenburg, principal escritor para Murray, es el creador de la caricatura más exitosa de la última década: Bob Esponja.
La trama de La vida moderna de Rocko es sencilla: retrata la vida de un wallaby australiano, Rocko, que emigra a Estados Unidos y se enfrenta a los problemas típicos de una ciudad –llamada O-Town– controlada por una empresa monopólica –Conglom-O, cuyo slogan es We own you: Usted nos pertenece–. El personaje tiene que convivir con sus vecinos, los Cabezagrande: Ed, un sapo mal encarado que siempre está enojado y a quien todo mundo odia, y Bev, esposa aguantona que es amistosa con Rocko y sus amigos: Heffer, un novillo tragón y descerebrado, hijo adoptivo de una familia de lobos, y Filburt, una tortuga paranoica.
Los argumentos de sus capítulos también parecen “adultos”: el problema de nunca llegar a tiempo al trabajo debido al tráfico y la saturación de los espacios de estacionamiento, la truculencia de las instituciones bancarias que ofrecen créditos desmesurados que hacen a los usuarios gastar más de lo que tienen, las adicciones y obsesiones, el abuso de poder, la estupidización que provoca la televisión en el público débil, etcétera.
Hay un episodio (el 42.1, de la cuarta temporada, estrenada en 1996) que resulta particularmente interesante por su certeza político-satírica. Hace dos años escribí, para mi columna #TabulaRasa, un texto que resultó apropiado, pues ahí, en un capítulo que satirizaba la contienda electoral estadounidense (en la que Clinton resultó reelecto a pesar de una campaña de desprestigio que en su contra habían emprendido los medios Republicanos), estaban nuestros candidatos, nuestras televisoras y medios que tomaron partido en la contienda y hasta los #yosoy132. Reproduzco parte de aquel texto a continuación. A la distancia ya no sé si el resumen es de la caricatura o del proceso electoral del 2012. Usted diga:
El capítulo se titula Ed bueno, Rocko Malo, y en él, Spunky, el perro de Rocko, es llevado a la perrera. Al ir a recogerlo, Rocko es confundido con un perro y encerrado también. Ahí sufre malos tratos y violencia psicológica (lo obligan a ver repeticiones de programas televisivos idiotizantes), por lo que al salir decide postularse para dirigir la perrera, con la intención de “revolucionar el sistema”. Al buscar los votos de sus vecinos, Ed Cabezagrande le reclama: “¿qué tiene de malo el sistema ya existente?, son los pensadores libres como tú los que hacen que esta ciudad sea como un grano purulento en el trasero de este país” y decide hacerle competencia, argumentando que Rocko llevará la ciudad a un “caos canino a escala monumental”. Su esposa, Bev, le responde que no podría ganar: “te detesta casi todo el mundo”, dice. Entonces, Ed va al lugar “políticamente adecuado”: la televisora de los hermanos Camaleón, quienes con sus “poderosas técnicas de aumento de imagen”, convertirán a Ed en el “Señor Superpopular”. Le hacen pruebas y diseñan su nueva imagen, basada en hombros anchos y un peinado sugerente. Pero eso no es todo: “no sólo haremos que usted se vea absolutamente grandioso”, dicen los Camaleón, “desacreditaremos a su oponente con rumores injustos”, para lo cual producen un spot que dice:
La caída del imperio Romano, el hundimiento del Titanic… no estamos diciendo que Rocko haya ocasionado todas esas horribles cosas, pero sí lo pone a uno a pensar: usted, ¿qué opina? Así que cuando voten por el perrero recuerden: Ed bueno, Rocko malo.
La campaña está bien organizada: mientras Ed se presenta en actos masivos con grandes posters que muestran su imagen bien peinada, los amigos de Rocko reparten volantes y botones con la leyenda: “Voten por Rocko, es un buen amigo”. Hacia el final de la campaña, los hermanos Camaleón compran las encuestas del O-Town Rag, el periódico local, que anuncia: “Las encuestas sitúan a Cabezagrande mucho más adelante que aquél otro tipo”. Rocko regresa a su casa y le dice a sus amigos: “ya toqué todas las puertas de la ciudad y no hay nada que hacer más que esperar los resultados”. Filburt enciende la televisión para ver la cobertura de las elecciones: el noticiario transmite desde la casa de campaña de Ed Cabezagrande “quien está a punto de ganar sobre aquel mal tipo con que compite”. Rocko llama a la tranquilidad de sus amigos: “el público televidente no se deja llevar por las campañas llamativas, tan sólo les importa la verdad”. Finalmente, el conductor del noticiario anuncia el aplastante triunfo de Cabezagrande. “Es que fue una campaña tan buena, y él tiene unos hombros tan grandes…” dice Heffer.
Hacer las conexiones con la realidad sobra. Con razón yo sentía que aquello ya lo había visto en algún lado.
Lo curioso es que ni de la Historia ni de las caricaturas aprendemos, caray.

Alfonso Valencia
@jalfvalba2

La delgada línea rosa

maricones

Iván G. Partida Partida

Una mañana el educador y psicólogo Agustín Ernesto Estrada Negrete se caracterizó como Alban, personaje de la película La jaula de las locas, para interpretarlo en un evento contra la homofobia el día 17 de mayo del 2007. En la fotografía que aparece en línea del diario La Jornada, se puede ver a Negrete tomado de la mano con su madre, rodeado de mujeres y niños; su vestido rojo destaca entre la multitud, también su cara alerta, sus ojos preocupados. Para todos los que conocen el caso Negrete-Peña Nieto no será difícil ver en la expresión de la fotografía un atisbo de la fatalidad que se cernirá sobre este profesor: después de participar en el evento es cesado de su cargo, y reclamar al gobernador mexiquense una explicación, éste le dirá: “en las instituciones públicas no se quiere a los maricones”. La historia completa puede ser leída en la nota en línea de La Jornada escrita por Víctor Ballinas el 12 de julio de 2009, o vistos en la página youtube dónde se subió un reportaje de Denisse Maerker.

El caso del profesor recuerda al famoso, y a medias olvidado, “Baile de los 41”, nombre con el que se bautizó a una redada de un domicilio particular en la Ciudad de México donde se llevaba a cabo una fiesta travesti, novelada y explotada con morbo por la prensa del México porfiriano de principios de siglo XX; las ilustraciones corrieron a cargo de José Guadalupe Posada. El “Baile de los 41” se convirtió en leyenda, pues se asegura que varios personajes de la alta sociedad mexicana estuvieron presentes en la fiesta, incluido un pariente de Porfirio Díaz, el asistente número 42, que fue borrado oportunamente de la lista de detenidos, quedando solamente 41 implicados.

En ambos casos, el “Baile de los 41” y el profesor, el travestismo se consideró una afrenta social y moral; el acto lúdico, de performance, realizado por Negrete y por los porfirianos, un acto público y el otro privado, despertó el odio de sus contemporáneos en el poder y decidieron quitarlos del camino. Ahora bien, entre estos eventos, que abren cada uno un siglo en nuestro país, se encuentra en la opinión pública una doble ramificación en el trato hacia la figura homosexual: la tolerancia y el escarnio; cabe preguntarse ¿Qué vuelve a una parte de la población homosexual sujeto de tolerancia y a otra, en contraste, sujeto de odio? Podría decirse que en un país machista, como México, el homosexual es tolerado siempre y cuando su afeminamiento (o también su “amachorramiento”) sea escondido, es decir, cuando el sujeto gay y/o lesbiana, no se noten como tal. Esto es en parte cierto, sin embargo, sabemos de casos en que el afeminamiento o su contraparte es tolerado: en cantantes, actores o artistas.
México, país de contrastes severos, tiene entre sus filas cantantes como Juan Gabriel, actrices como María Félix o escritores como Salvador Novo y Jorge Cuesta que si bien han sido objeto de burlas o “sospechas” sobre su sexualidad, ocupan un lugar importante en la cultura libresca y popular de nuestro país. Cabe resaltar que otros países tienen una relación ambigua y tirante con la homosexualidad de sus artistas; podemos tomar como ejemplo a Italia y el cantante Lucio Dalla, que vivía con su pareja y cuya sexualidad era secreto a voces. A su muerte, los medios italianos maquillaron o borraron cualquier referencia hacia su homosexualidad, ante las voces de protesta en redes sociales, muchos tomaron partido por ensalzar su obra ante cualquier “error” que haya cometido en su vida (para más información recomiendo consultar En Italia no hay homosexuales en la página de internet dosmanzanas). Otro ejemplo lo encontramos en cineastas como Pier Paolo Pasolini, figura importante en el boom del cine italiano en los setentas; Pasolini murió de forma misteriosa y su fallecimiento fue achacado a un asalto perpetrado por un prostituto; así, el artista contestatario fue destruido no por el estado, sospecha que hasta nuestros días continúa, sino por su propio “vicio”.

En el lado mexicano tenemos a Salvador Novo y Jorge Cuesta, figuras que ocupan lugares importantes en la literatura mexicana y que fueron criticados por sus detractores en función de su homosexualidad. Sin embargo jamás fueron objeto de redadas ni ataques directos. ¿Por qué? Salvador Novo estuvo siempre del lado del poder, fue funcionario público y reconocido escritor; a pesar de ello, o tal vez por ello, pudo ejercer “descaradamente” (digo descaradamente porque no podemos hablar de una libertad de expresión sexual) su condición homosexual. Jorge Cuesta se casó y tuvo un trágico final con experimentos químicos que buscaban resolver los misterios de la conciencia, hay quien dice que su muerte estuvo relacionada con una locura, producto de su sexualidad. Cualquiera de los dos finales: el de una muerte tranquila (Dalla, Novo), o el de leyenda negra y morbosa (Pasolini, Cuesta), demuestra que en nuestra cultura, el homosexual artista puede ser tolerado y perdonado siempre que no dañe al poder o socave de alguna manera la imagen de las instituciones que tanto ha costado forjar, siempre que el artista homosexual se ocupe de cosas que no incomoden a la vida pública puede existir. Es por ello que la Doña, Juan Gabriel, Dalla y muchas figuras artísticas y de la cultura popular de cada país pueden sobrevivir en sus contextos, siempre y cuando no traten de poner en tela de juicio al poder, exigir cambios sociales, o incluso tratar de normalizar la homosexualidad desde su posición de artistas o figuras públicas; ¿qué pasaría si Juan Gabriel comenzara a cantar sobre los hombres (“querido, dime cuando tú vas a volver”)?

Los personajes de los que hablamos pertenecen, qué extraño decirlo, al siglo pasado; en la actualidad podemos pensar que la proliferación de personajes homosexuales en la televisión, el cine o la literatura, ya sea mediante la caricatura, la comedia, el retrato costumbrista o el retrato equilibrado y normalizador son una avance enorme en cuestiones sexuales y que el “Baile de los 41” está quedando en el pasado, pues ahora las luminarias como Ricky Martin, Tiziano Ferro y demás, son aceptadas, queridas y mueven a la masa como cualquiera. Esto en parte es cierto, los avances son palpables y los derechos poco a poco se consiguen; incluso existe una llamada “economía rosa” que designa al homosexual como un consumidor de alto calibre al que se le pueden vender servicios y productos específicos, no tienen hijos, viven solos generalmente, y por ello el dinero les sobra. Esos homosexuales pueden pagar un departamento en alguna de las zonas de tolerancia que la “economía rosa” ha creado. Ahora bien, para el ciudadano de a pie, común y con recursos bajos o modestos, esos avances, por lo menos en nuestro país, no son todavía parte de su vida cotidiana. Vemos las fotos de Ricky Martin, su hijo y su novio paseando en la calle como una exclusiva del Tv notas con pies de páginas que describen de manera respetuosa la imagen. Las luminarias y los artistas son percibidos como seres excepcionales, sus excesos, sus errores, sus triunfos, son atendidos por la audiencia como parte del espectáculo, de la obra, y por lo tanto de la ficción que los rodea, por ello, los que no inquietan son respetados. Ahora, trate usted, lector, lectora, de pasear por la mayor parte de las ciudades de la república mexicana con su novio (a) de la mano, empujando una carriola y verán cómo el respeto y la tolerancia, se desvanecen a cada paso que den. Ser homosexual ya no es ilegal, pero la vida homosexual plena, como la justicia en este y otros países, aún es un artículo de lujo.

Este artículo de lujo dibuja una línea que no se permite cruzar al gay, lesbiana, transexual, travesti o bisexual. En muchos países no existe el matrimonio, o en el que existe es sólo en algunos estados y quienes quieran casarse deben peregrinar en su propio país para hacer valer un derecho civil; no hay una ley de género completa e integral que ayude a disminuir los problemas que conlleva la reasignación de sexo, no se permite la transfusión de sangre, en pocas palabras, no se permite ingresar al homosexual en la sociedad: “que no entre su familia entre las nuestras, que no me confunda con su apariencia, que su sangre no entre en mí”. Y cuando una mañana alguien decide levantarse para realizar una fiesta con más de cuarenta asistentes, o bien, decide caracterizarse, travestirse para recordar que tiene derechos, es cuando se despierta en la pesadilla de Kafka:

Hace aún muy pocos días
Que en la calle de la Paz,
Los gendarmes atisbaron
Un gran baile singular.
Cuarenta y un lagartijos
Disfrazados la mitad
De simpáticas muchachas
Bailaban como el que más.
La otra mitad con su traje,
Es decir de masculinos,
Gozaban al estrechar
A los famosos jotitos.
Vestidos de raso y seda
Al último figurín,
Con pelucas bien peinadas
Y moviéndose con chic.

(Poema sobre el “Baile de los 41” extraído del artículo Homosexualidad en México de wikipedia.org).

“Me subieron a una ambulancia. Ahí fui golpeado y amenazado: ‘El gobernador no quiere maricones en el sistema educativo. Si insistes en regresar, te vamos a quitar la vida, y si denuncias que te golpeamos, te vas a arrepentir, loquita. Es un delito ser homosexual y haberte vestido de mujer fue un mal ejemplo para la niñez’”.

(Declaración de Agustín Ernesto Estrada Negrete extraída de la nota publicada por Víctor Baillinas en la Jornada el viernes 21 de Junio de 2009, p. 35.)

El que no esté dentro de su casilla deberá vivir la furia de la homofobia institucional porque ha roto el pacto implícito de nuestro contexto cultural: ha cruzado la línea que divide que a los ciudadanos de primera clase y los de segunda, ha roto uno de los últimos apartheid de nuestra sociedad del siglo XXI, ha cruzado imprudentemente la delgada línea rosa.

El cine en los tiempos de los Best Sellers

gringos locos

Susana Vera

 @Susarlt

Ir al cine, querido lector, se ha convertido en la tarea más difícil de llevar a cabo. Por eso aquí les presento una lista de las cosas que se deben hacer antes, durante y después de asistir a disfrutar del séptimo arte.
1.- Hay que ponerse guapo o guapa (es posible que en dicho recinto uno se encuentre con amigos, familia o lo peor de todo: exparejas).
2.- Intentar llegar a tiempo: la ciudad cada vez es más caótica y aunque no pase ningún accidente automovilístico siempre hay un pendejo que tuvo un mal día y se para a mitad de la calle para gritarle al conductor de junto.
3.- Circular entre el mar de gente que abarrota el centro comercial es el segundo mejor ejercicio que he conocido en mi vida (del primero no se puede hablar aquí); las personas deciden caminar por los pasillos como si tuvieran comprado el tiempo: lento y abarcando todo el espacio para no dejar pasar a los que venimos detrás.
4.- Comprar los boletos, desde hace unos meses, se ha convertido en una pesadilla. Antes conseguías la entrada, ibas por tus palomitas y te formabas para entrar a la sala. Podías escoger el lugar que quisieras, si eras de los primeros en formarte. Ahora, los asientos están numerados y todas las veces he tenido que sentarme separada de mi acompañante, sólo por un cliente caprichoso que, en vez de escoger el asiento de la orilla, ocupa el de en medio.
5.- Comprar las palomitas sigue siendo prácticamente igual, el único cambio es que ahora los alimentos pueden ser pedidos en tamaño “extra”: un hot dog extra-largo, unas palomitas extra-grandes, unos nachos con tres hileras de tortilla y queso, un refresco jumbo. Fomentar la gordura está bien.
6.- Sentarse a ver la película es la mejor parte de todo, a pesar de que pocas producciones de los últimos años valen la pena. Los problemas surgen cuando detrás de uno está un narrador o narradora empedernida que se la pasa describiendo lo que ve en la pantalla. Otros casos son los y las que gritan en las películas de terror. También están los que gustan de hacer predicciones como: “él fue”, “él es el asesino”, “lo va a matar”, “se escondió allí”, “vas a ver que al final…”. Los peores, sin duda, son aquellos que, o se emocionan demasiado o no entendieron ni madres, me explico en el siguiente punto:
7.- Al salir de la sala tienes dos opciones; por un lado están los entusiastas que dirán: “no manches, está bien perrona”, “lo más chido que he visto en mi vida”, “la amé D-E-M-A-S-I-A-D-O”, “qué buena película”. Por el otro lado escucharás a los que la odian: “ni mi tiempo perdido”, “ay, qué horror de película”, “pues no entendí bien si al final se murió”, “pero sí se casan, ¿no?”. Y bueno, los y las que no sabían bien a qué iban, pero sienten la necesidad de aportar alguna crítica: “se veía bien buena”, “viste sus abdominales”, “se ve tan bien con ese maquillaje”, “no puedo creer que se vea tan gordo”, “ya está viejo, me gustaba más en Titanic”, “viste los vestidos que traía la chica. –¿Cuál? –Pues con la que se casa. –¡Ah!”.
8.- Si usted es como yo, querido lector, que no disfruta, bajo ninguna circunstancia, las multitudes y sus comentarios llenos de sabiduría, le recomiendo efectivamente salir de su casa, arregladito o arregladita, pero en vez de pelearse por el mejor lugar frente a la pantalla del cine, mejor compre o alquile una película. Luego, regrese a su casa, haga palomitas o, mejor aún, cocine una exquisita cena que pueda acompañar con vino o cerveza y dispóngase a disfrutar de 120 minutos sin bebés llorando, madres callándolos, señoras impactadas por el galán, mujeres adultas hablando sobre el vestuario, hombres y adolescentes murmurando cuando sale la heroína en pantalla, vecinos de asiento que mastican y respiran más fuerte de lo normal y todas esas cosas que sufrimos cuando decidimos aventurarnos en el mundo e intentamos encajar.
Punto extra: Apague su celular, querido lector. Déjese llevar por la historia, los efectos, el soundtrack, las imágenes, los diálogos. Verá que así la película le sabe mejor y hasta podrá decir de todo corazón: no manches, está bien perrona.

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