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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

marzo 2016

Calcomanía de vampiro sobre mueble

Muy pronto me traga esta noche que ha visto nacer mi relato, y no quiero que a todo esto lo empañe el olvido.

-Andrés Caicedo

nosferatu

Hoy tiré a la basura el mueble donde había guardado mi ropa desde el día en que nací. Posiblemente mis pertenencias ya estaba ahí desde antes de que yo llegara a este mundo, pero ese trasto no podía ser mío antes de que yo “existiera”. Mi padre lo compró, con ilusión –así me lo dijo– cuando supo que yo estaba en camino. Se trata de una cómoda de madera con tres cajones pintados de blanco. Con los años fui pegando en los costados y en la parte frontal estampas de mis caricaturas favoritas. ­

Lo último que recuerdo haber puesto es la imagen de un vampiro; creo que mi apego a esa calcomanía me impidió, durante muchos años, deshacerme del mueble en cuestión. No estaba destruido por completo: sólo un cajón se había quedado sin fondo y la parte trasera se había despegado gracias a la humedad de mi casa. Su fealdad consistía en la acumulación de polvo y mugre a lo largo de 27 años.

Lo saqué a la calle un viernes para que el camión de la basura se lo llevara, por fin. Cargué, primero, cada uno de los cajones hasta la banqueta y arrastré, finalmente, el cuerpo vacío de la cómoda. Lo más difícil fue soltar el mueble una vez que ya estaba sobre la acera. No experimenté remordimiento, pero por un breve momento me arrepentí de mi acción. De repente comencé a extrañar la imagen del vampiro.

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Pasado un momento me di cuenta de que alguien, más tarde, sería el dueño o la dueña de ese mueble que para mí ya era inservible. Alguien arreglaría la cómoda y la pintaría de nuevo, dejando quizás intactas cada una de las calcomanías que con los años había ido acumulando –coleccionando–.

            Más tarde, de noche, imaginé cómo un niño o niña guardaría su ropa en ella y al ver todas las estampas se preguntaría cómo soy (yo, la antigua dueña) y me imaginaría colocando cada una de ellas con el perfecto cuidado que requiere una pegatina. Posiblemente crearía una imagen de mí poco fiel a la realidad y si tenía suerte me construiría un perfil bastante cercano al verdadero.

            Todo esto es posiblemente un sueño. Quizá el mueble fue a parar al basurero y vive ahí con otros muebles abandonados por sus dueños. Es muy probable que lo hayan usado como leña y haya dejado de existir. Tal vez le cayó encima una tonelada de basura y justo ahora está sofocándose con los millones de olores que emanan de los desperdicios que la humanidad acumula. Un simple objeto puede tomar diversos caminos, casi todos de forma inconsciente; por otro lado, yo debo aprender a soltar cada uno de los elementos a los que me he atado a lo largo de mi vida.

Susana Vera

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CÓMO PUEDE LA UV TRASCENDER EL PROTOCOLO DE LA PROTESTA

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Protocolaria. Ésa es la palabra que describe la actitud de Sara Ladrón de Guevara y de los miembros del H. Consejo Universitario en el mitin luego de la marcha del 10 de marzo; lo cual no es, necesariamente, una crítica, porque la gran cantidad de elementos positivos a destacar –la coordinación, su carácter pacífico, la difusión en medios nacionales del mejor rostro de la UV, con su ballet folklórico, su coro y orquestas, sus iniciativas estudiantiles y alumnos en el extranjero– no necesitaba una radicalización del discurso de la rectora. La presión sobre Duarte es patente y múltiple, y no cesará de aquí hasta el final de su mandato. Quizá ni siquiera lo haría con su renuncia.

            El único imperativo era reconocer la conjunción. La rectora cumplió al incluir en sus palabras de la plaza Regina a nuestros desaparecidos, a los pensionados y “los violentados”. Y pareciera existir un resultado directo, no sólo de la marcha sino de las acciones anteriores, en el pago de 40 millones hecho por la Sefiplan a la UV horas después. No obstante, habría que guardar mesura a la hora de cantar victoria, pues la cifra representa menos del 2% de lo reclamado. Así como los universitarios se han volcado a las redes para celebrar la unión, así también es indispensable que mantengamos la vigilancia, mientras Duarte, aún en el poder, siga aferrado a negar el monto total de la deuda.

            Por otra parte, hay una matemática de la miseria que tarde o temprano deberá llevarnos a acciones de protesta mucho más incisivas. De 2% en 2% se llega muy tarde a una meta que es urgente y que no está desasida de las circunstancias de la entidad. La UV ha ensayado su fuerza: es indispensable que la ejercite de manera regular. ¿Implica eso una radicalización? No, en el sentido de que ninguna de las acciones a las que pueda convocar cualquier sector universitario, no sólo sus dirigentes, puede salirse de un lineamiento muy claro: afirmar la primacía de la inteligencia por encima de la violencia. Es un auténtico desafío para la imaginación, pues exige hallar los resquicios, los puntos sensibles, los puentes con otros actores sociales y dentro del propio sistema político (por necesidad pragmática, a pesar de la corrupción imperante en él) que acaben por resquebrajar el monolito. Insistamos: como universitarios con criterio y conocimiento, o eso nos decimos a nosotros mismos, no es indispensable esperar la señal de la rectora para intentarlo.

            Hay un sentido, sin embargo, en el que lo protocolario de la pasada marcha histórica puede ser un obstáculo. Dejando fuera la esencial cortesía de saludar el apoyo de la Escuela Normal Veracruzana, la pregunta es en qué medida era necesario mencionar a los funcionarios presentes sobre el templete, como recreando con palabras la sentencia politiquera de que quien se mueve no sale en la foto. En el mejor de los casos, se trata de un lastre burocrático, comprensible incluso en términos generacionales; en el peor, revela lo que ciertos críticos con raíces en el anarquismo han seguido denunciando: la tendencia al oficialismo de Ladrón de Guevara, la posibilidad de que trabaje también por sus aspiraciones políticas o se abra paso hacia un pacto personal con el priismo.

            Como es saludable, muchos no olvidan aún la tibieza con que actuó durante el punto más álgido de las protestas por Ayotzinapa, ni tampoco su casi nula respuesta ante las agresiones sufridas por jóvenes y estudiantes a manos de encapuchados, en junio de 2015. Podría justificarse diciendo que si su interés primordial ya era, desde entonces, defender la universidad tratando de obtener el pago de la deuda, no le convenía distanciarse públicamente del Ejecutivo estatal, como al final tuvo que hacerlo. Las personas cambian, por convicción u obligadas por los hechos; si Ladrón de Guevara sabe encauzar para beneficio de los veracruzanos el ímpetu de su liderazgo, compensará los vacíos de su actuación pasada. Quién sabe si abstenerse de convocar a más marchas con el pretexto de no interferir en la época electoral es la vía correcta. Me parece que no, que precisamente es en los meses siguientes cuando la UV debe involucrarse mucho más en los sucesos de la sociedad a la que se debe, por supuesto que no a favor o en contra de ningún partido, sino en la búsqueda de unas elecciones transparentes y la educación de una ciudadanía motivada e informada.

             La comunidad universitaria le ha demostrado a la rectora con creces su respaldo. La pregunta ahora es hasta cuándo ella y los miembros del H. Consejo Universitario se atendrán a los cauces ya delimitados, una especie de protocolo de la protesta (protocolo: una de las palabras más académicas que hay, con todas sus virtudes y defectos). Quizá sea su primera en plaza Regina, pero no lo ha sido para nosotros y ya hemos paladeado la amargura de reconocer que las consignas, por sí solas, no bastan para edificar ni demoler nada. Si no se reconoce el monto total de la deuda o los pagos se suspenden, ¿Se convocará a otra marcha? ¿A otra y a otra…? ¿Puede (o debe) la UV mendigar sin recursos hasta que, como también se afirma, el próximo gobernador venga a rescatarla, igual a una damisela nada autónoma en apuros? ¿Se esperará “el debido proceso” de las demandas, que puede prolongarse más que el mismo final de la administración duartista? O llegará el momento del último plazo, el momento en que se diga: hasta aquí. Hasta aquí: ¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo puede (o debe) aguantar la UV?

            Uno de los objetivos de la marcha era saber, siquiera por curiosidad, cuál era el músculo real de la protesta, cuántas personas saldrían a las calles a demostrar abiertamente su apoyo en la primera manifestación convocada por la UV como lo que es, un solo cuerpo docente, estudiantil, administrativo, artístico, científico; compuesto de profesionistas, egresados y jubilados. Se habla de entre 30 y 50 mil personas en todo el estado, según la fuente que se consulte. Para comparar: cifras oficiales hablan de 46 mil manifestantes en la primera marcha contra Peña Nieto, el 19 de mayo de 2012, en la Ciudad de México. Treinta mil personas en Xalapa no es algo nada despreciable para una ciudad con menos de la décima parte de la población del exDF.

            ¿Cuántas de esas personas estarían dispuestas a participar en un esfuerzo colectivo que no implique sólo marchar? En la respuesta a esa pregunta reside la forma de trascender el mero gesto. Más allá de las iniciativas individuales o grupales, la coordinación de una actividad igual de organizada puede ser un contrapeso eficaz, el factor decisivo que acabe de inclinar la balanza, primero, hacia el pago completo y expedito de la deuda, y segundo, hacia una sociedad veracruzana con mayor equidad, seguridad y justicia social. Suena ambicioso e incómodo, pero no es posible quedar satisfecho con menos del 2%. Solo podemos quedar satisfechos hasta lograr un nuevo pacto social en Veracruz. Y de nuevo: no, no se trata de radicalizar por la vía de la violencia. Ni siquiera de irse a huelga, una opción siempre discutible. Debemos ser más creativos. La próxima vez, en vez de marcha, ¿por qué no sacar el aula a las calles? Dar una jornada completa de clases de inglés, contaduría, biología, matemáticas, teatro y, por supuesto, concientización política, en plaza Regina y el malecón del puerto, en Coatzacoalcos, Poza Rica y Orizaba. O emprender media jornada de brigadeo masivo: 30 mil personas repartiendo volantes sobre la situación de la UV, el estado, el país, en lugares adonde la protesta rara vez llega, como plazas comerciales, fábricas, escuelas de enseñanza media. Por supuesto que eso implica riesgos: no hay forma de garantizar la seguridad de todos y cada uno de los participantes en una actividad así; pero si hemos de ser honestos, no hay forma de garantizarla de todas maneras, en el día a día.

            Es muy probable que las alternativas que aquí enuncio suenen demasiado idealistas, cursis, quizá incluso igual de simbólicas. Por suerte, no soy yo, no es una sola persona quien tiene que dar las respuestas, ni la rectora ni el H. Consejo Universitario: es la UV en su conjunto. Si Sara Ladrón de Guevara quiere ser una líder y no repetir el ejercicio vertical de un poder anquilosado, la pantomima de una resistencia que acaba tranzando con los de siempre, lo mejor que puede hacer es interrogar a la comunidad universitaria, recoger sus mejores propuestas, coordinar el esfuerzo de implementarlas. Hay tres preguntas concretas, muy básicas, de inicio. ¿Hasta cuándo vamos a esperar? ¿Qué vamos a hacer después? ¿Cómo tendemos puentes con los demás veracruzanos?

Enrique Padilla

One-Punch Man y Rafael Cadenas observan la vida desde el panóptico

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Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve (…)

Caminaba sobre los dientes del lobo mientras me negaban la entrada al aula de justicia que se desplegaba ante mis pies. Los héroes comunitarios me ofrecían amuletos, discos piratas, menús de anarquía y comida vegetariana para llevar. No comprendía bien los ruidos que emanaban de aquella bodega pintarrajeada y oscura que colgaba el amistoso nombre de “comedor”. Entre la nula presencia que mis pasos reflejaban, abordé el autobús con genuina ignorancia de lo que aquella fábrica de héroes me tenía reservado.

Mi paseo por la UNAM fue quizás la imagen más lúcida que he tenido de mi vida. Vapuleado por las maquinarias burocráticas de dos universidades en menos de una hora y media, sentí que mis esfuerzos no podían retribuir nada a aquella arte de la cual me volví beneficiario desde que mis ojos aprendieron a leer. Pensé, al mismo tiempo que la mirada se posaba en esos jóvenes proscriptos de la uniformidad, que a lo mejor no estaba hecho para esas grandes ligas. Ni un artículo en revistas indexadas, ninguna plaquette de poesía autogestiva, no más que algunos congresos internacionales (todos en territorio nacional) y sin una sola mención de la palabra “frontera” en los textos que he escrito en los últimos años. La novedad y yo no habíamos coincidido en ninguna fiesta importante.

Regreso a la Ítaca personal con el ánimo pulverizado, preguntándome sobre el porvenir de mi vocación. El dinero va y viene, se consigue de diversas formas y se diluye siempre de la misma manera. Sostener mi vida, pues, no era lo que me inquietaba, esa noche al menos. El imbécil que decidió que la literatura sería la trinchera ideal contra la realidad se enfrenta pronto a la encrucijada de las valoraciones: ahí estaban los jueces, los que decían que tu perspectiva del arte era muy “barroca”, difícil de ser explicada mediante diagramas y cuadros. Porque hablas de autores canónicos, poco actuales, inmiscuyéndolos en debates superados. Condescendientes, señalan tu ignorancia de lo que está sucediendo en el mundo; de las vidas literarias de Knausgård, de Caicedo y su primera piedra en McOndo o de la narrativa teórica de Martín Kohan.

Me sorprendo poco después, involuntario espectador de una polémica literaria en internet (porque hasta para eso la novedad nos ha alcanzado),  incapaz de simpatizar con ese rencor vivo de la crítica mexicana “de verdad”, caricatura con monóculo, que se vale de una fuga de estupidez editorial para arremeter violentamente contra aquellos que te enseñaron tantas cosas, contra los seres y libros que disfrutaste, a pesar de todos. Incapaz de simpatizar con los que se burlan de tu gusto por la reflexión, de tus autores que no tienen ninguna “utilidad” –como si la literatura se midiera así–; de los que se mofan de tu interés por continuar en la indagación crítica, de querer ser “profesor” y dar clases de los autores que adoras, de formar parte de la barbarie del pensamiento y el lenguaje.

Hice entonces lo único que podía rescatar los desechos de sensatez que no había perdido todavía: ver caricaturas. La poesía, por suerte, me sorprende en lugares cada vez más cotidianos.


[Yo]
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo («Ud. es muy quedado, avíspese, despierte»)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada en cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil (…)

Saitama es un aspirante a salaryman –aspirante desempleado, por supuesto– de 25 años, gris y depresivo. Camina por la calle recordando sueños infantiles e improbables mientras se dirige a una entrevista laboral tras haber fracasado en otra entrevista laboral.  En su camino se encuentra a un cangrejo antropomórfico que da rienda suelta a un frenesí maligno y sangriento, en búsqueda de un niño travieso que le había dibujado unos pezones en su pecho mientras dormía.

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Ignorado incluso por esta bestia (debido probablemente a su desánimo por la vida y una soslayada tendencia suicida), Saitama sigue su camino y se sorprende al encontrarse, algunas calles más adelante, al niño causante de la afrenta al monstruo. Comprendiendo rápidamente que será presa fácil ante aquella criatura desequilibrada, resuelve entonces su vida: ser lo que soñó cuando niño, al menos en los últimos instantes de su existencia. Auxiliado por la suerte, Saitama logra una improbable victoria ante el cangrejo, recuperando el deseo de vivir que la realidad le había despojado a fuerza de golpes cada vez más rudos. Decide entonces someterse a un entrenamiento que lo vuelva actor principal de aquella aspiración infantil. Sería un héroe, no por convicción o destino, sino por el simple placer de serlo.

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Creado en 2009 por un fulano que decidió bautizarse ONE, One-Punch Man es una parodia social que pronto se volvió famosa por la peculiar historia que nos cuenta, reflejo voluntario de su autor y de muchos otros que han sucumbido ante la tranquilidad que supone cesar los esfuerzos de ser algo importante. Mangaka por diversión, los dibujos de ONE son simples monigotes que apenas logran cumplir alguna exigencia estética, aumentando el patetismo de la historia. Alejado de los grandes mangas shonen que pululan por el mundo, las aventuras de Saitama son una burla constante del género y de la vida misma: al lado del fiel Genos (un cyborg que lo admira y quiere como a un maestro) emprende un viaje al fondo del abismo burocrático que hay que atravesar para ser un héroe “de verdad”.  Poco le vale ser el hombre más poderoso de la tierra (un golpe le ha bastado para acabar con todos sus enemigos): falla en las evaluaciones, casi nadie lo reconoce y muchos creen incluso que sólo se trata de un farsante. Lidiar con esta paradoja existencial supone el verdadero quid de la fábula.

ONE y su obra fueron descubiertos por un mangaka “de verdad” llamado Yusuke Murata –creador de Eyeshield 21, la única historia de fútbol americano que combina las glorias del emparrillado con metralletas– y lo convirtió en uno de los fenómenos populares más destacados en Japón y más allá de sus fronteras. One-Punch Man es ahora un manga de estéticas envidiables (anime incluido) y objeto de culto, que ha renovado el interés en el ejercicio, el dibujo aficionado y la vida misma. De su autor original todavía no conocemos ni el nombre real. Parece ser feliz así.


 

[Yo]
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi
flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del juicio final.

Fue nuevamente mi oráculo personal quien me invitó a conocer esta fascinante historia; un extraño regocijo me invadió: ¿Por qué si todos se identifican con La Maga, con Pegaso Zorokin, Alfonso Zayas o los fulanos soñadores de Eternal Sunshine of the Spotless Mind, yo no podría hacerlo con One-Punch Man? Esta simpática metáfora de la mundanidad, del conveniente vaivén del ánimo cotidiano frente a las trampas de la simulación, restituyeron la alegría que me había arrebatado la maquinaria literaria. Ser, al final del día, es lo que importa. Simular o parecer, formar parte del registro indexado de quienes gestionan lo que somos ante el mundo, representa sólo una parte más de la vida, no la vida misma.

Soy un continuo ensayo de esas ambiciones infantiles que coloqué en la pared, imitando a Rocky mientras entrena frente al  poster de Clubber Lang; fallo en trascender la vida con la muerte. Afortunadamente no estoy solo ni hay diferencia que me segregue. Mantenernos de pie sólo nos da pretexto para sorprendernos de nuestra habilidad para humillarnos a nosotros mismos. Macedonio Fernández lo pensó también, mientras veía caer una gran cantidad de escritores ante la fama de la muerte auto-infringida: “el suicidio ha hecho escritor glorioso a algún mediocre; antes de él puede llegar a esa “segunda edición” que calma tanto; el suicidio que espere hasta tener razón”. El silencio de la intimidad lectora es la supervivencia a ese suicidio simbólico que ejecutamos de vez en vez.

One-Punch Man me recordó que el placer de mi existencia se remite a la simpleza de la felicidad más cercana, la satisfacción de corresponder a las expectativas que me exijo al despertarme: respirar, sonreír, sobrevivir un día más. Lo demás es lo de menos, como el sabio dijo tantas veces. La tradición, la academia y la escena literaria pueden esperar un rato más; todavía me quedan muchas caricaturas y unos cuantos libros por disfrutar.

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José Antonio Manzanilla Madrid

Oficio de tinieblas

I. La ataxia de Manuel Acuña

Pocas vidas nos fascinan tanto en el siglo XIX como las de los poetas; no menos de éstas son tan célebres como la de Manuel Acuña. En vista de este superfluo argumento es necesario que precise el objeto de mi observación.

Sabemos de la vida de Manuel Acuña a través de su muerte, la que aconteció en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina, la madrugada del 6 de diciembre de 1873. El cuerpo fue hallado por Juan de Dios Peza en el cuarto número 13, del corredor bajo del segundo patio del edificio. Se dice que su cadáver fue inyectado por alumnos de la misma institución, y expuesto por dos días; la inhumación se programó para el miércoles 10 de diciembre.

Cortejo fúnebre

Javier Santa María escribió la crónica del deceso para El Siglo Diez Y Nueve. En la “Editorial” narra que el viernes 5 por la noche, con el pretexto de ordenar sus papeles, Acuña estuvo en su habitación en compañía de un amigo, Juan de Dios Peza, hasta tarde, so pretexto de escudriñar sus archivos personales; luego, al amanecer, despidió a su acompañante y se acostó a dormir, despertando hasta la tarde del sábado. Fue en ese momento cuando tuvo que poner en orden su habitación, hacer él mismo su cama, lavarse el rostro y el cuerpo, y después escribir las cinco cartas que se encontraron: una para su madre, otra remitida a Antonio Cuéllar, dos a otras personas de su estimación y la última a Gerardo Silva. Se le vio al poeta salir a medianoche a caminar por la plaza de Santo Domingo; pocos minutos después volvió, se vistió con ropa limpia y es probable que así, trastornado por la caminata nocturna, haya escrito las siguientes líneas con errores en la redacción:

Lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importen a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mimo es el culpable. —diciembre 6 de 1873. Manuel Acuña. 

Olvidada entre los legajos de El Diario del Hogar del 10 de enero de 1897, encontré una nota a propósito de la primera exhumación del cuerpo en el Campo Florido, que el lector de la HNDM no puede detectar por la tipografía del título. El documento que transcribo a continuación llamó mi atención porque el autor, Dr. Manuel Flores (homónimo de otro famoso poeta), compañero de estudio de Acuña, realiza un diagnóstico post mortem de la ataxia que atormentaba a al escritor durante la última parte de su vida. Esta descripción coincide con la realizada por Juan de Dios Peza, en la que se nos muestra un Acuña no sólo sin atractivo físico sino con rasgos de alguna enfermedad congénita tan cara en el siglo XIX: ojos grandes, salientes, como si le saltaran de las órbitas; rápido en el andar y algo defectuoso en la palabra.

No existen muchos retratos de Acuña pero aquí está aquél que… “tras de la lucha impía en que romper al cabo consiguió, la cárcel que al dolor le retenía”:

Diario del Hogar

MANUEL ACUÑA[1]

Al verle andar se comprendía que debía tener alas. La Naturaleza, al crearlo, descuidó lamentablemente sus condiciones de equilibrio. Le dio por base de sustentación dos muñones deformes, inadecuados a la marcha y a la estación de pie, siempre enfermos y siempre adoloridos. No andaba; tropezaba.Visto de lejos parecía cojo, y de cerca atáxico [2]. No había para él calzado posible y el que gastaba y apenas toleraba se lo ornaban en una piña [3]. Incapacitado de caminar en los zarzales y en los pedregales de la vida real, tomó su partido y se lanzó al espacio, entre las nubes, cerca de los astros y se hizo poeta. Todo lo que su cuerpo tenía de torpe y de pesado tenía su espíritu de ágil, de etéreo. Era un desequilibrado del cuerpo y no, como todos los poetas, del espíritu. Incapaz su humanidad de subir una escalera, su alma en cambio escalaba a menudo el cielo, y formaban el más extraordinario contraste la reputación tortuosa de su marcha con el vuelo amplio, rectilíneo y audaz de su inspiración. Lo conocí muchos años antes de ser su amigo. Veíalo discurrir, cayendo y levantando, por los corredores del colegio, con el Nebrija cerrado bajo el brazo y los ojos abiertos del lado del cielo; pero un sentimiento de respeto me mantenía alejado de él. Había leído y admirado su “Ramera”, que nos lo reveló como poeta y no me atrevía a terciar con aquel grave hombre. En aquella época no había para mí, nada más admirable que un poeta. No pasaba día sin que intentara yo, sediento de poesía, rimar o medir un verso, y jamás podía conseguirlo. Aislado a todas las sociedades literarias de la época, veía desfilar ante mi vista asombrada toda una pléyade fácil, inspirada, profunda, que versificaba como las aves cantan o como las tormentas rugen, sin esfuerzo y sin fatiga, y de mi impotencia nacía no la baja envidia sino la más espontánea admiración. Acuña, especialmente, me cautivaba. Su versificación musical y natural, su inspiración noble y levantada, su originalidad, el sello profundamente personal de sus creaciones y sus tendencias filosóficas, constituían para mí el más admirable conjunto de dotes, y si encontrábamos más vigoroso a Sierra, más fácil a Peza, más profundo a Castelló, ninguno, a mi juicio, me parecía a la vez tan vigoroso, tan fácil, tan profundo. Con el tiempo he discernido que mi preferencia de entonces, si bien exagerada no carecía de fundamento y de explicación. Hay poetas en quienes predomina la fuerza como en Justo Sierra; otros que se caracterizan de preferencia por la gracia como Juan Peza, y otros en los que impera sobre todo el buen gusto como en Gutiérrez Nájera. Acuña a la vez era fuerza, gracia y gusto. “La Ramera”, “El hombre”, “A los muertos de la Filoiátrica”, son fuertes; “La vida del campo”, “A la luna”, son graciosos; y es del más estupendo buen gusto la melancolía dulcísima de su último soneto “A un arroyo”. Cuando pude tratarlo y conocerlo, comprendí que el hombre valía en él tanto como el poeta. Dulce, afable, corazón de oro, desprovisto de envidias, incapaz de odios, no supo sino hacerse amar y tuvo el excelso mérito de hacer enmudecer las envidias que brotaban ante su paso. No recuerdo haberlo visto encendido de ira, ni haber visto brotar de sus labios la injuria; su sátira parsimoniosa siempre era fina y delicada, antes acariciaba que ofendía y lo amábamos tanto por su buena índole cuanto por su incontestable superioridad. Otra cualidad inestimable: jamás protestó contra la miseria ni se sublevó contra la adversidad, ni hizo a nadie confidente de sus amarguras y dolores. Parecía feliz y aparentaba vivir contento con su suerte. No tenía o lo disimulaba, conciencia de superioridad de sus méritos y jamás hablaba de sí mismo. Que había un drama terrible en su existencia, que una herida profunda sangraba en su corazón, venimos a inferirlo de su trágica muerte; pero la víspera aún sonreía y charlaba como niño. Ni una sombra de melancolía, ni un resabio de amargura, ni una lágrima, dejaron entrever su decisión firme, inquebrantable y ya antigua de morir; no traicionaron su idea fija ni sus sombríos y tenebrosos orígenes. Todavía encontró un retruécano para anunciarme su trágico fin. Habíamos convenido en que me daría escrita de puño y letra una de sus poesías: Venga usted mañana —me dijo—, y se encontrará “Ante un cadáver”. Y así fue en efecto, al día siguiente me encontré ante un cadáver: era el suyo. Pormenor cruel: aquél estoico que murió sonriendo, lloró sin cesar después de muerto y sus mejores amigos recogieron piadosamente aquellas lágrimas, las primeras acaso que brotaron de sus ojos [4].

Diego Lima

[1] Dr. Manuel M. Flores. El Diario del Hogar. Año XV núm. 100 (domingo 10 de enero de 1897): 1. [2] Ataxia: Med. Conjunto de fenómenos nerviosos, notables por la irregularidad del progreso de las enfermedades a que van unidos, y que indican siempre una afección cerebral más o menos grave. Atáxico: Med. Dícese de lo que tiene algo de irregular, y se aplica ordinariamente a la calentura, cuyos accesos no siguen ningún tipo determinado. Gaspar y Roig. 1853. NTLLE[3] Es decir, sin espacio para los dedos.[4] Sin sentido metafórico, el macabro hecho fue consignado también por Peza: Sea por el efecto del embalsamamiento, sea porque los tejidos se estrecharon por la rigidez, el hecho es que de los cerrados ojos del poeta estuvieron brotando lágrimas constantemente: lloraba, como lo había dicho en una estrofa: “¡Cómo deben llorar en la última hora / los inmóviles párpados de un muerto!”.

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