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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

enero 2015

Thalassa, donde crecen los árboles rojos

¡Thalassa!,
Es un viento de arena escondido
En la camisa de todo poeta,
La hembra del silencio, sólo huesos
Donde plañen ingrávidas sirenas.
Antonio Leal.

“Aquí inicia México”. Así dice un letrero en medio del Bulevar. A lo lejos, la Megaescultura sin acabar, elefante blanco que ni siquiera llegó a nacer, se ríe de la humanidad desde las alturas. Entre ambos se desliza la metáfora perfecta convertida en ciudad: la ciudad donde nací. Crece la infraestructura, crece el vaivén de los días, incluso la conciencia social parece dejar de lado la timidez. El ruido comienza a imponer su dominio. Le faltan décadas todavía, pero su reino habrá de llegar.
Mientras tanto, el silencio se resiste a desaparecer, encarnado en las formas que armonizan con el viento. Me parece tan ajena en su reticente personalidad compuesta por todas las ciudades: una identidad inexistente de tan mezclada. Un caos de voces, una imposible combinación de nostalgia, trópico y estruendo. En las miradas adustas por el sol, en los huracanes que maceran año con año las calles, en medio de estas improbables características, vive todos los días la poesía.

A pesar de todo.

entrada josé chetumal

No más que una me merece la política.
Chetumal es una ciudad concebida para funcionar en un dinamismo constante aunque poco progresivo: la vida en sus calles se desliza lentamente, azotada por el calor y una languidez inscrita en las dunas invisibles que la humedad sugiere a la mirada. No hay en su espíritu un fuego abrazador que invite a la transformación, pero sí existe una leve necesidad, inconsciente si se quiere, de ir hacia algo más grande.
Vivir en esta ciudad naturalmente poética fue para mí un privilegio a la vez que un desafío, y ahora mismo explicaré porqué: se trata de una pequeña ciudad que presume ser la capital del pujante y juvenil estado de Quintana Roo. Como toda ciudad que a la vez es capital, su principal fuente de trabajo es la burocracia. “Trabajar en gobierno” fue una frase que construyó mis castillos infantiles del porvenir, junto a varias otras: palancas, sindicatos, grillas, política, PRI, PAN, PRD, magisterio. El día a día chetumaleño vive postrado ante la política: en sus serviles periódicos oficiales y en sus tabloides opositores que generalmente carecen de ideas significativas. La política en Chetumal ha sido tan poderosa que lentamente acabó con toda perspectiva crítica que pueda imaginar alguna posibilidad de mejoría y progreso sin tener que estar afiliado a algún partido o sindicato.
Creciendo en este escenario se tienen pocas posibilidades: aceptar la desoladora perspectiva de un futuro inalterable o buscar otra forma de trascender en el mundo sin pisar esos pantanos de vida pública y nepotismo. Con esto no afirmo que los únicos chetumaleños con ansias de cambiar se encuentren fuera de su ciudad, pero hay en esa pulsión por el movimiento una naturaleza que no puede desarrollarse en las limitaciones de un espacio poderosamente fortificado por las paredes de la rutina, del determinismo casi genealógico de las “profesiones familiares”, de la impostura de una cultura donde “sentar cabeza” es igual a una sentencia de muerte, donde el sentenciado es apandado por una cárcel laboriosa y voluntaria, de la cual se le permite salir sólo al haber alcanzado la jubilación.

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Pese a lo anterior, en Chetumal he conocido a muchas de las personas que más aprecio y respeto, con las que he compartido mis irrisorias metas profesionales, (irrisorias porque literalmente uno de ellos estuvo a mi lado durante los cuatro minutos que duró la carcajada de un fulano que no pudo aguantar la risa cuando le dije que me marchaba a estudiar Letras), mis clásicos personales y gran parte de la cultura popular que conforma mi educación sentimental. Esas personas conservan en su interior el mismo fuego que me movió más allá de mis fronteras y que los ha mantenido cuerdos en medio de una rutilante cadena de producción existencial. Convivir con ellos y sus familias me recuerda el espíritu que habita en mí y que es el mismo por el que siento una singular alegría cada vez que vislumbro sus luces tímidas desde las ventanillas del avión.
Todo esto que escribo asalta mis pensamientos al tratar de imaginar cómo una ciudad tan condenada al ostracismo laboral pudo aflorar en mí y en algunos otros el deseo de dedicar la vida a la literatura. Varios coterráneos míos y de otras generaciones también han destacado en diversos ámbitos, como la investigación científica, los deportes o la actuación, pero la literatura, sea desde la creación o la crítica, se ha visto limitada a unos cuantos nombres que no alcanzan para dirimir una tradición o siquiera una historia. Tal cosa resulta extraña, tomando en cuenta que la actualidad literaria de nuestro país ha alimentado un fenómeno de segregación territorial que ha conformado diversas micro-geografías en donde el acta de nacimiento se ha vuelto parte fundamental del Ars poëtica de sus autores. Tenemos literatura del norte, fronteriza, selvática, del bajío, del sur, del centro-occidente, de la indistinta provincia, del itsmo; y si nos apresuramos, cada estado y algunas ciudades principales están empezando a clamar independencia sobre estas imposiciones regionales.
Pero en Chetumal el agua sigue un rumor denso, sin preocuparse de historias, tradiciones o voces unificadoras.

Sin pasado que repetir
Juan Domingo Arguelles ha llamado a la de Quintana Roo una “literatura sin pasado” y no es difícil coincidir con él. La nuestra es una literatura que se ha visto concesionada a la política de la corrección histórica, al magnetismo populista del “rescate” de la tradición prehispánica, mismo que ha relegado a un segundo término a los intentos literarios que buscan generar una nueva voz, alejada de las fanfarrias artesanales de un folklorismo de mercado. De mi ciudad se puede decir lo mismo. Antes de la aparición de la obra poética de Antonio Leal, a mediados del siglo pasado, casi nada se podía decir de Chetumal en cuestión de escritores. Poco a poco fueron surgiendo autores que moldeaban la palabra fuera de la impronta prehispánica (Javier España, Héctor Aguilar Camín y algunos otros), que lograron alcanzar cierta calidad y reconocimiento, siendo el propio Arguelles quizás el mejor ejemplo de ello.

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Uno pensaría que, siendo cuna de varios poetas, la ciudad tendría cierto desarrollo cultural y de fomento al estudio de la literatura y su práctica. Esto, naturalmente, no ha ocurrido, pues más allá de la saludable tradición de los talleres literarios que gustan tanto a los adolescentes, poetas y narradores en ciernes, no hay mayor política de desarrollo que los estímulos artísticos entregados anualmente que se quedan en su mayoría en manos de quienes fomentan el rescate de la tradición folklórica estatal.
No es que lo anterior sea incorrecto, ni mucho menos, pero sólo demuestra el poco interés que la literatura despierta en la sociedad chetumaleña como medio de vinculación entre la sociedad y la cultura: no abona demasiado al exotismo que tanto se han empeñado en vender. Por otro lado, fuera del premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén (que organizan principalmente la Universidad de Quintana Roo y la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba), tampoco existen certámenes que premien la escritura de autores a nivel local, con los que se podría reunir cierta cantidad de obras que sirvieran de muestra, al menos a nivel turístico, de lo que la ciudad o el estado produce literariamente. Naturalmente esta no es una situación endémica de mi ciudad y estado, pero es muestra de una identidad escindida, donde la cultura pretende formar parte del día a día quintanarroense pero sólo como una posibilidad mercantil y la literatura, como bien sabemos, es negocio de algunos cuantos nada más.

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Y a pesar de esta situación, la poesía fluye en Chetumal. Se siente en el vaivén de las palmas tanto como en el apabullante paso del sol por los tejados. El mar asienta su dominio en una bahía convertida a ratos en burdel, en cantina o patíbulo. En el aparente silencio oficial al cual se ha condenado la literatura en este lugar, se escapan ciertas luces que iluminan intenciones vitales, que enaltecen modestas bibliotecas paternas como faros en medio de un océano de rutinas obcecadas. Emprender el viaje de regreso a este lugar siempre ofrece un enriquecimiento constante desde la contemplación del caer de los días y hasta el dinamismo de las personas que reptan con paciencia por el pasillo citadino del horario laboral. Entre todo esto la palabra sigue imponiéndose, armonizando con el silencio, apareciéndose ante mí como antes lo hizo ante el poeta:

Allá está la ciudad.

El pájaro en la rama.

El sueño quieto sobre la ternura

el ojo abierto que atestigua y cuenta

y el eco y el reflejo petrificados.*

José Antonio Manzanilla Madrid

* fragmento de “Pequeña crónica de la fundación de una ciudad”, de J. D. Arguelles.

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Una carcajada peligrosa. La sátira en los tiempos de la cólera

Hace un par de semanas sucedió aquella terrible matanza en Francia. A Charlie Hebdo le había tocado pagar el precio por levantar la carcajada hasta el territorio de los dioses. Entes vengativos que siempre, a lo largo de la historia humana, mandan a sus fieles hijos a cumplir la misión de exterminar a los desleales y a los pecadores. En las cartas que los apóstoles cristianos mandan a sus seguidores, no sólo los incitan en el amor a Cristo, sino también a tomar las espadas, a vengar al rey de los judíos. Éste es un pretexto conocido para la matanza de musulmanes en las cruzadas que emprendieron los ingleses para recuperar las “Tierras Santas”; en España se expulsaron y asesinaron moros como si fueran bestias, a pesar de su amplio conocimiento y resguardo de las ciencias y las artes. Los musulmanes modernos pasan por este proceso, en el que más que el dogma, están en una cruzada por reivindicar su poder ante la misma sociedad occidental que los mató, expulsó y casi exterminó en los siglos anteriores. Slavoj Žižek dijo en un escrito al respecto: “el ataque a Charlie Hebdo no era un mero ‘horrible accidente pasajero’. Siguió una agenda religiosa y política precisa”

entrada costeño 2Žižek insiste en que este suceso, y otros en otras partes del mundo, México entre ellos, debe ser analizado sin el sentimentalismo hipócrita de los izquierdistas liberales, que no se trata de un problema de tolerancia con los musulmanes, sino de un contenido más profundo de convicciones más allá de las razones y del propio dogma, se trata de una cuestión ideológica ligada a la convicción de la nada… Al poder por el poder. Incluso es fácil coincidir con Žižek cuando dice:

¿Cuán frágil debe ser la creencia de un musulmán si se siente amenazada por una caricatura estúpida en un periódico satírico semanal? El terrorismo fundamentalista islámico no está basado en la convicción por los terroristas de su propia superioridad y en su deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa de la embestida de la civilización global de consumo. El problema de los fundamentalistas no es que los consideremos inferiores a nosotros, sino más bien que secretamente ellos mismos se consideran inferiores. Por eso nuestra condescendiente y políticamente correcta aseveración que no sentimos superioridad respecto de ellos sólo los pone más furioso y alimenta su resentimiento.

El valor que se le otorga al ethos de lo políticamente correcto nos ha llevado a mirar a los otros por encima del hombro. Fingiendo que la sociedad occidental, por más civilizada, es más compasiva. Soberbia social: la misma que llevó a las cruzadas o a las recientes intervenciones en Irak o Afganistán. Soberbia social guiada por el poder que ostentamos desde este lado del globo, la riqueza y la ilusión de la democracia, que nos condena a supervalorar a nuestra amada civilización. Compasión hipócrita de quien lo observa desde la comodidad de su sala. Aparecieron en muchos medios diferentes posturas que hacían una ridícula censura contra la sátira —bastante medianita, hay que decirlo— de la revista francesa: que si creaban desde el prejuicio, que si tenían una suerte de xenofobia contra los islamitas o los musulmanes, que si se trata de una falta de respeto a los valores de inclusión y tolerancia con todos los hombres.

entrada costeño 1Las formas artísticas de la risa, particularmente la sátira, han sido censuradas en todos los territorios, en todos los regímenes del mundo, ya sean totalitarios o democráticos, socialistas o capitalistas. Se debe particularmente a su forma de ser agresiva, donde a veces la risa queda silenciada para darle paso ya sea a la censura de ciertos vicios morales, o a la libre declaración del desdén moral, filosófico o ideológico de ciertas personas o grupos.
Esta segunda forma de la sátira no pretende construir desde una base de valores asociados con la moral, sino destruir al blanco del ataque, ridiculizarlo hasta minimizarlo, exponerlo hasta lastimar su orgullo, hasta quebrar sus expectativas. Por lo tanto es el tipo de sátira a la que se le teme con más facilidad: es un encaramiento, una carcajada que revienta en el rostro del rival. A este tipo de sátira se le teme y se le censura, porque con ella se minimiza la supuesta condición divina de los poderosos y de los dioses. Así ha sido desde Aristófanes, pasando por Horacio, Juvenal, Séneca, Quevedo, Alexander Pope, Shakespeare, Cervantes, Molière, Voltaire, Baudelaire, Wilde, Dostoievski, sólo por mencionar a algunos autores que han visto en el espíritu de la sátira un vehículo para criticar lo que consideran que está mal, para censurar la hipocresía social, para humanizar a los que ostentan un pedestal o para recordarle a los dioses que el espíritu humano siempre estará tendiente a desacralizarlos hasta destruirlos.

En México, la suerte de la sátira no ha sido diferente. Desde que Cortés censuró todo ataque verbal en forma de burla contra la autoridad, los poderosos se han encargado de intentar desaparecer las sátiras del plano público. Escribió, por ejemplo, José Joaquín Blanco que durante la colonia “hay un pánico oficial a la burla, que es tan vieja como la propia literatura española”. Fray Servando Teresa de Mier ridiculizó abiertamente a la religión católica, sus formas caducas, sus prejuicios infundados, su corte de ancianos hipócritas, lo que le costó la excomunión. El cuarto tomo del Periquillo Sarniento fue censurado por el virrey Apodaca, porque se consideraba inmoral en su estilo y lenguaje, y atentaba contra el buen gusto y los valores morales, incluso un crítico de la época llegó a decir sobre la obra de Fernández de Lizardi: “Un sepulcro, un calabozo, no pueden presentarse bajo un aspecto ridículo: no me reiré ni divertiré aunque me lo describa Terencio”. Cuando llegó la sátira gráfica a México, los periódicos que se burlaban con caricaturas de Juárez y su corte eran inmediatamente clausurados y los poetas, como el Nigromante o Guillermo Prieto, que se atrevían a burlarse del régimen en turno eran perseguidos, censurados y atacados con sátiras patrocinadas por el Estado. José Juan Tablada tuvo que exiliarse por una sátira titulada Madero-Chantecler. Tragicomedia zoológico-política de rigurosa actualidad en tres actos y en verso, donde animalizaba y ridiculizaba al nuevo gobierno revolucionario.

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Podríamos seguir y seguir enumerando casos así. La cuestión es que en México, y en muchos de nuestros amados países latinoamericanos, no hemos logrado conciliar la risa con una crítica profunda sobre nuestras propias acciones, tradiciones y dogmas. Se debe a que la risa, como dice Jorge Portilla en la Fenomenología del relajo, dirigida en la burla, tiende a negar o a minimizar el valor (lo ético) de una persona, situación o grupo social, religioso o político. Así, la risa burlona, que muchas veces tiende a satírizar, se vuelve reflexiva porque objetiva lo íntimo del valor. Esta risa se niega ante el cariño al dogma, ante la necedad de la tradición y el inexplicable respeto a lo sublime, a lo alto, a lo divino. Entonces se prefiere la “crítica políticamente correcta”, la “opinión constructiva”: ilusiones de la democracia en el que se cree que nuestro decir sirve para algo, que opinar realmente aporta a un cambio social sustancial, a que nuestros lloriqueos por la redes sociales realmente servirán como humus de un mundo mejor. Nada más falso. Valdría la pena considerar lo que escribía Sergio Pitol en El arte de la fuga:

Hay que comenzar a reírse de todo, llegar al caos si es necesario, y hacer posible que los bienpensantes se intranquilicen, ya que buena parte de sus males y de los nuestros proceden de sus limitaciones. Reírse de ellos, ridiculizarlos, hacerlos sentir desamparados; sólo así podría cambiar algo.

Recientemente vi una colección de pinturas tituladas “En el trono”, de Cristina Guggeri Krydy, que creo que resume perfectamente lo que se viene diciendo aquí: cuál es la mejor manera de humanizar, igualar y al mismo tiempo ridiculizar a los poderosos: en el baño, en el momento íntimo de la defecación. Porque todos cagamos, hasta los que creen que sus mierdas son divinas. Sátira fina, bien pensada, el arte al servicio de la risa.
En fin, lo de Charlie Hebdo es una tragedia, pero no creo que sea un atentado contra la Libertad de expresión, esa mujerzuela con cara de princesa refinada que se sienta en las piernas de los bienpensantes, creo que se trata de un atentado contra el derecho sagrado a reírnos, a vilipendiar a los dioses con nuestra vulgar carcajada terrenal, a desacralizar a los hijos de la soberbia que no defecan piezas de oro, sino mierda, como todos los demás.

Alejandro Solano Villanueva

Malena o la utilidad del biógrafo

En Malèna (2000), la famosa película de Giuseppe Tornatore, una impecable Monica Bellucci encarna al recurrente pero adorable estereotipo de la puta de corazón de oro. Después de perder a su marido en el frente de batalla, su personaje aprende a utilizar su sensualidad para llevar una vida de privilegios en la triste Italia de fines de la Segunda Guerra. La justificación argumental para ver a Mónica Bellucci enfundada en ligerísimos vestidos y medias transparentes es el desamparo en que la sumen las disposiciones del régimen fascista y la envidia de las mujeres de su pueblo, incapaces de tolerar la atracción que la viuda ejerce sobre sus maridos.

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La historia de Malena se relata por medio de la mirada de Renato, un niño de doce años que está enamorado de ella y la espía a toda hora. Fiel a su musa, acaba por convertirse en su biógrafo. No sólo es capaz de reconstruir la vida de Malena en retrospectiva, sino de reconciliar sus dos aspectos, el de la condena pública y el de las tribulaciones privadas. El caso de Malena evidencia así varias de las reflexiones que Erving Goffman, en el libro Estigma. La identidad deteriorada propone en torno a la idea de la biografía personal. El personaje de Monica Bellucci presenta una identidad múltiple que contradice la noción de una biografía única y totalizadora y exhibe con literal desnudez el castigo que una sociedad mojigata impone al doble estigma de la belleza y la inmoralidad. Su voluptuosidad divide a los que la rodean entre quienes condenan su crimen y quienes tratan de poseerla, de gozar de un cuerpo cuya excepcionalidad, paradójicamente, lo ha convertido en cosa pública, en terreno de todos.
La mirada de Renato revela además al espectador hasta qué punto esos acontecimientos de la vida privada, que en el papel no revisten mayor interés para nadie y tendrían que formar parte de la biografía oculta de una persona, se convierten en las acciones de una celebridad. Malena es incapaz de poner ningún tipo de restricción sobre lo que revela o no de sí, como si revelar sus curvas implicara perder el control de la información sobre su identidad –un control que todos nosotros efectuamos todo el tiempo para protegernos de los demás–. Cualquiera de sus vecinos pareciera saber quién es y compartir una biografía suya, matizada según el influjo de uno u otro estigma. El film comprueba esa aseveración de Goffman sobre “el famoso” y “el infame”, de quienes, dice, “poseen más aspectos en común que los que cualquiera de ellos tienen con esos individuos que los mayordomos o los periodistas especializados llaman don nadie”.

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Malena, al final, tiene que agradecerle a Renato no sólo el reencuentro con su esposo, que no estaba muerto, como suele suceder, sino también el transmitir a los demás, los de fuera y dentro del celuloide, una visión más integral de su historia. A la presunción de los hombres y mujeres del pueblo, ya en la posguerra, que suponen conocer hasta lo más recóndito del alma de la exviuda sólo porque han poseído o humillado su cuerpo, él opone los hechos que presenció y que él mismo contribuyó a forjar. Es un extraño biógrafo, entonces, porque resulta decisivo para la reivindicación de Malena, sin contar siquiera con el reconocimiento de la misma.
Afortunada ella y afortunados los espectadores, si son capaces de reconocer en el film más que un cuerpo despampanante o una historia de crimen y castigo nostálgicamente contada, sino un drama no por doméstico menos intrincado que las grandes epopeyas humanas. Malèna, en ese sentido, es la perfecta antítesis de una telenovela o de muchas novelas decimonónicas: no triunfan las comadres, celosas detentadoras de la moral, sino la bella transgresora que reúne en un mismo vaivén la pureza de la víctima y la soberbia de la diva.

Enrique Padilla

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