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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

mayo 2017

La soledad y el rebaño sagrado

Remember when you lost your shit and
drove the car into the garden,
and you got out and said I’m sorry
to the vines and no one saw it?

The national, “I need my girl”

 

La casa donde dijo sí

Hace más de diez años me despedí de la soledad al partir hacia ella. En 2006 inicié un periplo que me llevó a abandonar mi ciudad natal en busca de un hogar que no respondiera a coordenadas geográficas, sino que lo delimitara las pulsiones del arraigo metafórico. Sentirme en casa allá donde encontrara mi lugar.

La conocí un día de agosto, con frío en las manos y emoción en mi interior. El lugar pronto perdería su encanto y se volvería uno más de esos escarmientos mitológicos para aquellos que osan alejarse de la tranquilidad de las aguas familiares, mares insondables que devoran hombres y sueños. La muerte que simbolizaba la ciudad sin aire me persigue aún ahora. El lugar no le hacía justicia, ella la imponía.

En el inicio de los días las pasiones se volvieron lenguaje: conocerla a través de lo que la había forjado: la obra desde sus materiales, pieza diseminada en momentos, nombres, sonidos e historias. Países y trazos, continentes de tinta y pincel; llené mis sentidos y aprendí a conocer de su voz (suave como la sutileza de sus formas que al mismo tiempo descubría) todos los espacios que contenía en su interior. Conocerla fue aventura perpetua.

Yo le hablé de mis vacíos: de las ausencias y esperanzas que alimentaban los pasos que apenas iniciaba a dar en el mundo. Entre música, libros, superhéroes y aventuras digitales, salió por último la pasión más antigua de mi vida: un equipo de futbol. De nombre ridículo, colores extranjeros, historia añeja y recesiva. Fracaso constante, experiencia en frustraciones. Gloria en sepia.

Ella no desdeñaba la emoción que se dibujaba en mi rostro cuando mencionaba a Héctor del Ángel, cuando le explicaba el apodo del “Pulpo” Zúñiga, o rememoraba las hazañas del Tigre Sepúlveda, del bigotón Jasso o del Tubo Gómez. Entendía (porque eso siempre lo hacía bien), el poder cautivador de ese mito futbolero, los alcances de mi afición y el umbral de gozo y dolor que fluctuaba en mí cada sábado de partido.

Durante diez años nunca vi un partido solo. De entre el marasmo de la mediocridad que sepultó al equipo la última década, siempre pude observar el abismo con un brazo al cual afianzarme. Soledades compartidas, compañía, después de todo.

La casa donde dijo no

La vida cambia constantemente. Ahora parece como si los días tardaran demasiado, las horas se consumen más despacio; los espacios se vuelven más amplios, oscuros, fríos. De entre el eco que se acomoda en las esquinas resuenan, de vez en cuando, sonidos parecidos a la voz del presagio.

Entre el tedio y la desilusión, el auxilio proviene del lugar más sagrado. De repente la esperanza de una alegría futbolera se empieza a respirar en el aire; incrédulo, suelo evitar las grandes expectativas con el fin de protegerme de la caída de Ícaro que acompaña siempre a mi equipo; nacidos para decepcionar, muy a pesar de su historia.

Nació esa afición tan temprano en mi vida que no recuerdo bien sus motivos: quizás fue en el 94 cuando empecé a entender el sentido de rivalidad: mi padre y mi hermano siempre veían con desdén a un equipo de camiseta rayada, de colores claros y jugadores morenos. Ese equipo siempre ofrecía grandes juegos, goles vistosos y ningún campeonato. Pero en algo lograban siempre coronarse: entretenerme.

A los seis años, ver el futbol es una acción prestada; llegas a él desde la necesidad de alguien más, y adquieres conciencia de sus alcances mucho después. El rival odiado siempre cedía ante sus embates, los enemigos azulcremas y rojinegros eran meros aspirantes a su grandeza, nunca verdaderos contendientes. Por eso las chivas del Guadalajara lograron imponerse en mi gusto, convertirse en una profunda pasión. En un paliativo para la tristeza.

Hoy más que nunca necesité gritar esos goles. Necesité sonreír mientras veía a Carlos Salcido imponer su nombre en la historia del club, escuchar al mariachi marcar su ritmo festivo mientras las botargas bailaban al son del himno del equipo. Necesitaba sentir, de nuevo y como no lo hacía desde hace mucho tiempo, la felicidad primitiva de la victoria; no la resignación del esfuerzo máximo, o de la buena competencia: sólo el triunfo me devolvería una noche tranquila.

La imagen de Carlos Salcido -el lavacoches que conquistó Heindhoven y Guadalajara, que sometió con su velocidad al grandísimo Zanetti y al violento Coloccini- levantando el trofeo fue el final de una noche que recorrió todos los senderos de la memoria. Vi de nuevo la playera de la libertadores 2005 en su cuerpo, y el abrazo que compartimos a la distancia cuando el Bofo doblegó a Toluca en el mismo averno. Seguí mis pasos reflejando los suyos mientras caminábamos por aquellos callejones sin nombre. El recuerdo disipó por un momento la soledad, la incertidumbre y el hastío. Pude verla de nuevo.

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No hay mucho qué decir sobre el fútbol. Un deporte que combina la simpleza del gol con la táctica más encarnizada e inteligente. La vida es un paseo constante por diversos sufrimientos, como para elegir la agonía gratuita de la afición futbolera. Somos juzgados por “fanatizarnos” con el espectáculo imbécil de la pelota de hexágonos, que nos vuelve insensibles al mundo durante poco más de dos horas. Puede que tengan razón, no lo sé.

Lo que sí sé es que esta doceava estrella me devolvió, por una noche, una parte de mi vida que ya no volverá. Como la palabra que transporta a la evocación, Salcido y compañía le reintegraron su razón de ser a mis sentidos.

José Antonio Manzanilla Madrid

 

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Televisión fraterna

Alejandro Solano Villanueva

I. Nana Tele

 

No lo voy a negar, fui un niño criado por la televisión. Sería deshonesto presumir que leí mi primer libro a los cinco años, a esa edad estaba más preocupado por lo que le pudiera pasar a Don Gato que por las aventuras de Tom Sawyer. Como en muchos hogares clasemedieros, la televisión era el único sistema de entretenimiento, de distracción, punto de fuga para la apretada vida laboral y nana de los latosos infantes que se pasaban las tardes enteras buscando la manera de hacerle la vida más complicada a sus padres. Mi madre recuerda con especial cariño las tardes en que ella y yo nos colocábamos frente al televisor: ella veía su telenovela para después darle paso a los Thundercats, era un momento especial que compartíamos. En este sentido, sería más honesto llegar a la conclusión de que concebí mis primeros razonamientos literarios y mis primeras nociones de estructura narrativa solamente a partir de los programas televisivos que veía.

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No tuve la oportunidad de entrar al mágico mundo de la televisión de paga, me limitaba a ver lo que pasaban en la tele abierta, ya saben, las caricaturas de la época, las series gringas ochenteras, los noticieros, el futbol, las coberturas de las olimpiadas o los mundiales, las telenovelas y más noticieros: por la mañana, a la hora de la comida y en la noche. Mi padre veía los tres y nosotros con él, al no haber más aparatos transmisores en la casa. La rutina era ver el noticiero de Lolita Ayala mientras comíamos —aunque pocos años después mi padre, mi familia siguiendo su ejemplo, renunció a todo lo que tenía que ver con Televisa—, comentar alguna noticia y la explicación de mi padre sobre algún concepto que yo no entendiera, sobre todo los relacionados con economía: ¿qué es la inflación, cómo que llegó la devaluación más terrible en la historia, por qué Salinas es un culero?

A pesar de ello, mi padre siempre intentaba alejarnos del aparato “apendejador”, buscaba que hiciéramos otras cosas, que nos concentráramos en el juego, en el arte o en los libros. Así llegué a mi primer libro de poesía, a los álbumes de estampas, a la preparación religiosa, a los equipos vespertinos de basquetbol, al cine, al teatro, al circo, a las luchas de los jueves en la Arena Toluca y a la Alameda los domingos. Al regresar a casa, siempre se volvía a encender el aparato, como si fuera un saludo para el miembro de la familia que se encontraba ausente, como si se extrañara, en lo más profundo, la presencia del televisor en nuestras vidas, en nuestra libertad.

II. Dime qué ves y te diré quién eres

 

Estoy a punto de cumplir 56 días de incapacidad. Los primeros fueron terribles; no podía valerme por mí mismo. Extrañaba mi trabajo, salir a la calle, estar con mis alumnos, el ritmo de la vida y el estrés cotidiano; me sentía atrapado en el pequeño departamento, extensión de la cama de hospital; llegué, incluso, a sentirme muy triste, rayé en la depresión. Naomi, a pesar de su infinita bondad, no se daba abasto con mis cuidados y sus actividades cotidianas. Fue cuando recibimos la ayuda de mi madre, vino a Xalapa a atenderme, por lo menos hasta que pudiera valerme por mí mismo sin el riesgo de que me desangrara o volviera la infección. Con mi madre en casa, tuve que adaptarme a sus modos e intentar hacerle la vida lo más sencillo posible. Así que volvieron, casi sin querer, los viejos hábitos de infancia y la televisión se volvió un protagonista constante en el devenir de la convalecencia.

Con mi madre, veíamos la televisión casi toda la mañana: Venga la alegría, películas de la era del Cine de Oro, el noticiero matutino y el de media tarde (aún no puedo tener televisión de paga), incluso comenzamos a seguir una telenovela de producción gringa para el público hispano: El cuerpo del deseo. La historia era interesante, aunque predecible. No obstante, esto fue de suma importancia para animar el alma apesadumbrada por el dolor físico y el encierro. Incluso, a veces, ella se sentaba conmigo a ver las series que dejé pendientes en Netflix, como Flash, por ejemplo.

Al sentirme mejor, me comencé a quedar solo en casa, a intentar tomar mi ritmo. También cambió la forma en que veía la televisión. Los programas de tele abierta ya no me parecían tan atractivos, las películas en blanco y negro ya no llamaban del todo mi atención. Me volqué casi completamente a Netflix, la caja de pandora posmoderna. Terminé de ver varios programas que dejé pendientes, como Between, una serie dirigida a un público adolescente que comencé a ver con mis alumnos en un taller, la cual es una exótica combinación entre los argumentos y los motivos de El domo de Stephen King y El señor de la moscas de William Golding. Sin duda se trata de una historia interesante y entretenida que conserva la estructura de la serie de misterios y busca poner en entredicho tanto la capacidad humana para organizar una sociedad sin que ésta se derrumbe a pedazos como los motivos bioéticos que tiene un gobierno para decidir el exterminio en masa.

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Deambulé por el universo Netflix, pasé por Love, una hipsterísima Chick-flick con la que no pude conectar; comencé, con Naomi, Girlboss, dirigida a un público emprendedor, joven e increíblemente superficial… Tampoco conecté. Veo las series comerciales que me llaman, como Gotham, The Black Mirror, Cooked o Modern Family, y las que le interesan a Naomi, como Pretty Little Liars o Easy. Nunca he visto Game of Thrones, por ejemplo, ni me mueve la curiosidad. Aunque siempre ando en busca de cosas que ver para pasar el rato, ejercicio de fuga, y, si se puede, que permita reflexionar otros asuntos.

En esta búsqueda fue como llegué a Las chichas del cable. Una serie que conjunta historia con reflexión y discusión sobre temas contemporáneos, enmarcada en un contexto histórico específico: los años veinte, el lapso entre las dos grandes guerras, la novedad y la estridencia de las maquinas, el comienzo de la liberación femenina y la constante amenaza de un golpe de estado militar en España. Las telefonistas se enfrentan a un mundo donde lo masculino gobierna política y moralmente con mano dura y en completa impunidad. Estas mujeres tienen que luchar contra las vejaciones de un sistema que no les permite ser libres ni en lo personal ni en la defensa de sus derechos. Los temas que se discuten aún permean en nuestra sociedad, como el maltrato físico y psicológico que sufren algunas mujeres en el matrimonio, la libertad sexual, el aborto, el derecho a una profesión en igualdad de condiciones con los hombres, incluso se plantean temas históricos como la lucha por el sufragio de las mujeres y la búsqueda de un código penal que proporcionara algún tipo de defensa contra los abusos, en todos los sentidos, de la sociedad machista de la época.

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Esta serie, sin duda, fue una de mis favoritas: es corta, está bien contada, incluso a veces es hasta un poco melodramática, a la usanza de la telenovela, pero no deja de lograr puntos de dramatismo, desde el punto de vista teatral, bastante intensos y hasta catárticos. Las situaciones son concisas y claras, lo que es resultado de un guion inteligente y bien informado.

La televisión, al igual que el cine, es entretenimiento y arte a la par, una cosa no necesariamente está peleada con la otra. Hay mucha televisión de mero entretenimiento, algunos programas, incluso, son terriblemente bajos, hasta vulgares (en la acepción negativa de la palabra); la industria no permite luchar contra eso. La televisión cumple con un papel fundamental en el hogar, permite que el obrero se aísle de sus problemas cotidianos, que el adolescente forme una visión sobre el mundo que los circunda, que el ama de casa sueñe más allá del infame estrés del hogar. Yo mismo busco escaparme de mis angustias con el aparato receptor. Supongo que es normal. Sólo espero que esta era no sea un prólogo de la historia de Fahrenheit 451. No me atrevo a juzgar a mi madre o a mi bella esposa por sus gustos televisivos, prefiero entenderlas a través de lo que la pantalla proporciona. Dime qué ves y te diré quién eres.

El trabajo cosmizador de Margarita Michelena o La muerte que nombra y crea al mundo

 

Alfonso Valencia

[Leído en la Sala Abundio Martínez del Centro de las Artes de Hidalgo, el 27 de marzo de 2017]

 

 

Cuando me invitaron a charlar sobre Michelena para conmemorar su aniversario luctuoso –y aún desde antes, cuando me preguntaron si estaba interesado en participar en las festividades de su Centenario­– dudé. No por las razones inmediatas y fáciles que llegan a nuestra mente y que son las mismas que han mantenido a Michelena y a otras autoras en las sombras: la ruptura entre una poética femenina y una masculina, la cual, aunque inexistente (quiero decir, y contradiciendo a Paz: no existe tal cosa como “poesía femenina” ni “poesía masculina”), es capaz de limitar nuestras perspectivas de lectura y ponerle costosas fronteras a nuestros acercamientos críticos.  Tampoco había en mi negativa una razón de género, aunque pudiesen dudarlo (porque todo, en nuestra época, es digno de sospecha). Dudé por la poesía misma. Yo escribo, y la poesía de Michelena me contagia de un aliento que, desgraciadamente, no poseo. Ahora quiero escribir lo más diáfanamente posible porque escribo del mundo terrible en el que estamos (vivo en Veracruz, la fosa clandestina más grande del mundo según insensibles reportes oficiales), y para hablar de ese terror ya no podemos seguir en el eufemismo del lenguaje, en el matiz: hay que ser precisos si se quiere hablar de lo que vive y duele, de lo que lastima. Uno no puede andarse por las ramas. Por eso no quería dedicarme a leer detenidamente a Michelena: porque ella, sí, le canta a un dolor universal y profundo, pero lo hace desde la precisión poética, y yo, ahora, ante la atrocidad, quiero hacerlo con la precisión del lenguaje simple y llano: quiero decir muerte y que se lean los muertos de este país. Quiero escribir noche y no que sea una alegoría de un orden superior o profundo del ser: quiero escribir noche y que sea la noche por la que pasamos, el luto obligado de un país que se desquebraja. Quiero escribir del miedo al encierro y a la muerte y no deberá leerse como una metáfora del exilio y la pérdida del amor primordial y el origen: mi miedo al encierro es al secuestro y mi miedo a la muerte es a terminar en una fosa, ser un cráneo más en este cementerio que es México.

La misma Michelena ya advertía este problema poético: concebía la palabra como ente histórico y justo ahí identificaba el problema primordial de la creación poética: Hay que decir, escribe, con un lenguaje histórico, cosas intemporales, cosas simultáneamente sumergidas en la margen del tiempo –el río cambiante de Heráclito- y cosas suspendidas al margen del tiempo. Para decirlo de manera prosaica: hay que hablar, con un lenguaje limitado, de cosas infinitas y sustanciales. Y ese es un problema que comparto con ella: ¿cómo hablar de la muerte con estas palabras, del dolor, del miedo y de la tierra que, literalmente, devora a sus hijos destazados, asesinados, violados? El lenguaje no alcanza para la muerte, la noche ni el dolor (ni para Dios, claro: por eso también Michelena escribió poesía religiosa, en cierto sentido).

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Pero Michelena no se queda en la identificación de un problema fundacional de la poesía: ofrece un camino: escribe: Las palabras crean cosas al nombrarlas. La tarea del poeta, entonces, es nombrar y, así, descubrir, revelar lo que antes del orden del poema era confusión oscuridad, caos. Michelana, pues, entiende la palabra como una alternativa al caos: a la oscuridad, y al miedo mismo que puede ser ausencia, muerte. De ahí que, en su proceso, el poema surja honesto y fuerte desde el dolor que destruye y edifica, desde la felicidad negada, desde una derrota que es inevitable pero tan hermosa como para cantarse (como hizo Badelaire, pues). A este proceso, le llama el trabajo cosmizador de la palabra poética, y apunta que es un trabajo de constantes fundaciones, de constantes reducciones de la nada y constantes aumentos de ser.

¿Dónde, pues, si no en la poesía entendemos la nada y la fundación misma del ser, del espíritu? Heidegger proponía que la poesía es la fundamentación del ser por la palabra. Por eso se confunden, en sus orígenes modernos (que Michelena comparte), poesía y filosofía, poesía y pensamiento (pensamiento complejo y verdadera explicación del mundo, no simples charlas de café): poesía y vida son una misma cosa.

La muerte, decíamos, fue un tema predilecto de Michelena, y la noche. Su universo poético, diríamos, es una lectura desde el medio siglo XX, del romanticismo filosófico y fundamental, y por lo tanto eterno, de Novalis (en quien encontrara la lección poética que le permitiría explorar con buen norte la creación: la poesía es la realidad última de los seres y las cosas) hasta el alegato rabioso y desencantado de Baudelaire (cuya traducción del Spleen de París le ganaría el respeto y admiración de Octavio Paz, quien dijo que se trataba de “la más pura y sensible, la mejor que se haya hecho en nuestra lengua”).

Leer a Michelena, evidentemente contagiará la perspectiva que traigo, y por eso dudaba. Pero, luego pensé: se trata de una autora que necesita ser rescatada. Punto. Hablo de un rescate no en el sentido institucional (aunque los homenajes se agradecen), ni en el sentido editorial, siquiera: hablo de un rescate crítico, desde el pensamiento. La ausencia de Michelena en el ejercicio crítico y académico del país es insultante: por un lado, la figura de Octavio Paz acapara los estudios de “intrigas” en el que figuras como Michelena quedan reducidas a sus relaciones con el propio Paz, con el gran Montes de Oca, Efrén Hernández, Ernesto de la Peña… Relaciones que el más morboso atribuirá a la belleza de la poeta, y no a su cautivante inteligencia y erudición, lo cual siempre termina siempre siendo más seductor que cualquier otra cosa. (No es mentira, pues, que Margarita tenía comiendo de su mano al Club de Toby de la intelectualidad de su época: o sea al Club de Octavio). Decía: en estas perspectivas, las escritoras quedan reducidas o a sus relaciones con el poder intelectual masculino, o a lo que éste poder dice de ellas: tal parece que sólo conocemos a Margarita por lo que Octavio dijo o escribió. En realidad, nuestra intelectualidad no la ha leído: incluso la investigación sobre mujeres en la literatura sólo la toma como referencia, un dato antecedente al fenómeno actual que acapara el interés de nuestros investigadores. No ha llegado aún una lectura crítica de su obra, y es necesaria. No para la poesía (así como a las estrellas les es indiferente la astronomía, así a la poesía le importa un bledo la crítica o la academia), pero sí para el pensamiento y el espíritu crítico que intenta arrojar luz sobre el pasado.

Yo creo que el mejor tributo es hablar sobre las ideas que su obra arroja sobre el mundo. Margarita fue, desde su inicio, una iconoclasta. La leo y llega a mí la hermosa frase de R. L. Stevenson: If you have to ask, you probably shouldn’t be a writer. Una iconoclasta, una rebelde. Por un lado, su obra parte de una forma (diríamos una “franca combinación imparisílaba” o “verso libre”) que se rompe, que se desquebraja: nos engaña: parece proponer una estructura estable para su poema, pero las rimas (consonantes además: las más odiadas por la crítica) aparecen irregularmente y la destruyen: quiebran el ritmo. La poeta edifica una figura constante que se deshace. Edificar y destruir, esto es: rebeldía en la forma.

Y, por otro lado, nos ofrece, como ya dije antes, una precisión en el decir que, paradójicamente, vuelve misterioso el poema, pero no desde la Poesía misma, no desde su sublimación de la experiencia del Yo Poético que nombra y crea un mundo terrible que ya era terrible desde antes del tiempo, sino desde nuestra ignorancia que se decanta por la forma fácil y la estructura conocida y no por la profundidad y el arriesgarse a desenmarañar el misterio: último fin del lector de poesía. Michelena no tiene lectores en un mundo donde hemos olvidado que leemos no para encontrar La Verdad Incuestionable, sino para, humildemente, hallarnos, digamos, lo más puros que sea posible, en lo que otro siente y escribe. Esto es: identificación máxima, empatía suprema. La poesía, y la de Michelena específicamente, no es cosa de Verdades: es la aceptación de una batalla de uno con uno mismo.

 

 

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