Cuando estaba en el sexto semestre de la prepa —hace ya diez o doce años, no estoy muy seguro—, hubo un curso de orientación vocacional en el que se nos conminaba, por pláticas y paseos en algunas plantas industriales, a tomar la decisión de estudiar ésta o la otra carrera. La mayoría eran actividades muy técnicas que tenían que ver con habilidades manuales y matemáticas. La verdad es que nunca he poseído tales destrezas: recursé casi todas las matemáticas de la prepa, excepto Cálculo Diferencial, que ya era en los últimos semestres. Tampoco tenía, ni tengo, la pericia manual que se requiere para las más mínimas actividades prácticas: una vez quise reparar el fregadero de la casa y terminé por inundar el departamento en el que habito y el del vecino de abajo. Si me hubiera tocado sobrevivir en los primeros años de la humanidad, seguramente hubiera muerto de inanición a casusa de mi torpeza. Evidentemente no tenía la intención de estudiar una carrera en la que no pudiera sobrevivir. Así que emocionado por la vida que seguía, por la decisión romántica de perseguir mis pasiones, a saber, los sueños, decidí estudiar letras.

orientacion-vocacional-cancun

  El dichoso curso, en resumen, no me sirvió de mucho, o me sirvió para saber qué no quería ser. Algunos años después, ya como profesor de literatura, fui invitado a una prepa a dar una plática que versara alrededor de las ventajas que ofrecía estudiar una carrera de humanidades. Cuando preparaba mi presentación, me di cuenta que sólo iba a venderle espejitos a los ilusionados oyentes. Yo había tenido suerte, tenía un buen empleo, alguien me había dado una oportunidad, pero la mayoría de mis compañeros estaban sufriendo mucho para tener un trabajo que por lo menos les diera para vivir dignamente. Aun así, les mentí, les dije que las humanidades estaban en su mejor momento, y les dije, también, una especie de verdad: que las pasiones deben perseguirse hasta el cansancio.

Creo en ello firmemente, la muestra está en que todavía me dedico a esto. Emigré de ciudad, terminé la maestría, en letras también, y ahora estoy aquí, desempleado, buscando una oportunidad de seguir persiguiendo-me.

Las humanidades nunca estarán en su mejor momento, por lo menos no en este país, y estoy casi seguro de que en muchos otros tampoco. Me refiero a lo estrictamente laboral. Los que egresamos de esas carreras, como todas las personas, necesitamos comer, tener un techo, vestir… sobrevivir dignamente.

Tenía un amigo que estudió filosofía, trabajó dando clases cerca de un año, cumplía como doce horas al día en una preparatoria privada, le pagaban la hora clase muy modestamente, además tenía que revisar, a veces, hasta 150 trabajos finales al semestre, sin contar todas las “evidencias” obligatorias —esas tareítas que encargas para que los alumnos, devotos de todos los santos antirreprobación, puedan seguir con sus vidas alejados de Kant y Kierkegaard, a pesar de su, digamos, debilidad mental— que le iba pidiendo a sus alumnos semana tras semana, los planes de estudio semestrales, mensuales y semanales que tenía que entregar en la dirección, y los días que lo hacían asistir, sin paga pero bajo amenaza, a un curso de actividades didácticas, donde, decía, te ponen a bailar con gente que no te importa en lo más mínimo, te dan una charla motivacional a modo de regaño, y te obligan a abrir tu corazón (“soplarle a tus nubes de negatividad y frustración”) para que te integres con el equipo de trabajo. Le había vendido el alma al diablo por unos cuantos pesos.

rodin

Para acabar pronto, era un digno obrero del pensamiento, pero con una paga inferior a la de un obrero regular. Me pregunto si Foucault, me decía, habrá pasado por tanta mamada. No lo sé, supongo que compararse con las grandes mentes es ocioso, pues muchos de nosotros no estamos ni cerca de su talento, muchos estamos destinados a no ser más que obreros del pensamiento. La última vez que vi a mi amigo ya había renunciado a su trabajo para ingresar a la armadora de la Chrysler en Toluca, de otro modo está imposible, me dijo, si me van a chingar, por lo menos que me paguen bien, concluyó. Parece que ahora le va bien, tiene un auto y una casa, su niña cumplirá tres años en los próximos días y le hará una fiesta. Tiene lo suficiente. Cumplió con la expectativa “neoliberal”, dirán los críticos de la Condesa, de la felicidad. Y no, no renunció a la filosofía, su biblioteca aún crece, sólo optó por sobrevivir.

Hace algunos años, el sacrosanto Estado nos propinó otra estocada más: los programas educativos fueron recortados, se quitó una literatura de los planes de estudio del nivel medio superior (que para muchos es nuestro punto de arranque profesional), se eliminaron materias de historia, filosofía, español y artes. Se apuesta más por el conocimiento técnico, por actividades “útiles” para el desarrollo adecuado del joven. En ese contexto, para qué preocuparse por los personajes fundamentales de la humanidad o por poner acentos en donde deben ir o por aprenden cómo funcionan las tablas de la verdad, si al final de cuentas se espera que algunos de esos preparatorianos se conviertan en personas “útiles” para la sociedad y otros tantos terminen sus días en trabajos mal pagados, explotados, sobreviviendo apenas, carne de cañón de las empresas y la industria. Me refiero, claro, a los más afortunados, a los que pueden estudiar y aprovechar eso, porque hay lugares en México donde no hay tiempo para la educación, hay que tragar, que al hambre uno no se acostumbra.

En fin, ser “humanista”, en comparación con otras carreras, no tiene nada especial, no nos hace ni mejores ni personas más “conscientes”. Ahí andamos, como todos, correteando la chuleta, rajándonos el lomo. Las nuestras son profesiones románticas que se limitan a la pasión que se siente por eso que nos llevó hasta ahí. Pero no deja de ilusionarnos, como a todos, el establishment, por eso buscamos las becas como perros de caza o peleamos con todo por una o dos plazas que se abren de vez en vez en alguna revista o periódico y deseamos que los ancianos, esos vellocinos dorados de la academia, que ocupan los tiempos completos en las universidades se retiren o, en el peor de los casos, Dios los recoja en su seno, para volvernos, a la larga, uno de ellos.

Alejandro Solano Villanueva

Anuncios