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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

marzo 2014

“Petrificada petrificante”, de Octavio Paz

 

 Octavio Paz cumpliría cien años el día de hoy; su estela intelectual alcanza todavía nuestros días, matizada de polémicas, cuestionamientos, críticas y admiración, factores todos que enriquecen la mirada a su vida y pensamiento. Su poesía, por otra parte, resiste el embate del tiempo y siempre ofrece la oportunidad de leerla de nuevo sin anteojeras ideológicas ni predilecciones filiales. Al final, es la palabra lo que hace trascender al poeta.

El siguiente poema fue publicado por primera vez en la revista Plural en 1973; el autor utiliza el espacio para guiar los versos por distintas latitudes de la página. Para apreciarlo completamente, ofrecemos las siguientes imágenes, mismas que pueden ampliarse al hacer click en ellas.

 

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Transmilenarios

 

1. Generación del despertar milenario: infancia análoga y juventud en la nube. Fincados en la materialidad, en lo físico de los deseos, cedimos ante la seductora e ilimitada virtualidad. Tuvimos que. Adaptamos nuestro gusto fincado en el objeto a la ilusión perfecta de la pertenencia digital. Fuimos de la unicidad de la “copia limitada”, de la “edición especial”, a la reproducción infinita de archivos, de copias exactas y perfectas.Pasamos del tesoro físico a la biblioteca en la palma de la mano, a la colección resguardada en discos y dispositivos de cada vez mayor capacidad. Y luego vimos cómo esa capacidad de almacenamiento aumentaba hasta volverse inútil. Entonces pusimos atención en la velocidad y no en la memoria: pasamos a una etapa que nos obligó a estar siempre conectados, porque para acceder a lo deseado basta un clic, deslizar un dedo sobre la pantalla.

Pasamos de querer tenerlo todo, a tenerlo todo, a la mera posibilidad de tenerlo todo. Curiosa mutación de nuestros deseos, marca indeleble de nuestra generación: del todo a la nada.

2. Me refiero a las generaciones que despertaron en el tránsito de un siglo marcado por la guerra y la ilusión de progreso socioeconómico (y cuyas décadas finales fueron el agónico canto de un cisne atrapado en la inmundicia industrial de un mundo que progresa cueste lo que cueste), a uno cuyo signo indescifrable es la continua mutación: pura inestabilidad e incertidumbre (porque sus primeros años han sido el derrumbe de los ideales más inmediatos, el continuo esfuerzo por construir un mundo nuevo sobre las bases de otro que se niega porque, aunque cercano temporalmente, es infinitamente distante en la experiencia tecnológica). Generación que tira la brecha para alejarse de aquello que los define desde la prehistoria tecnológica: tan vanguardistas como hace 100 años, pues. Generación del ciclo filtrado tecnológicamente: se sabe igual a todas y por eso se declara única e irrepetible. E insuperable.

3. Experimentamos el suceso personalísimo de la imaginación, rendimos el debido culto a la imagen (en toda la extensión de la palabra) y asistimos al gozo efímero del instante. Ya no nos preocupa la eternidad porque la hemos visto derrumbarse: lo que creímos estaría ahí sempiternamente aparece ahora bajo el terrible signo del Error 404 – File not found. Vimos la imaginación que ideó el futuro y tuvimos la suerte de verlo en acción. No tuvimos falsas esperanzas (carros voladores, sirvientas-robot, colonias lunares): nuestro presente es el futuro que nos prometieron: terrible, desesperanzador. Lo que aprendimos de la cultura pop noventista se volvió nuestra terrible realidad: la apatía que se cura con un cañonazo en la boca o un pinchazo en el brazo. Suicidio e intoxicación holográficos, virtuales: mera añoranza de tiempos que vivimos de oídas y en la pantalla de MTV, cuando aún era bueno, decimos.

4. Generación inmóvil a la vista pero capaz de conectar (y descubrir) el mundo en un instante, sin guías ni tradiciones que seguir. Generación que aglutina tres décadas que convergen en el culto irremediable al i-life style, el onanismo de la autopromoción narcisista on-line, el ensimismamiento en oscuros e intrincados pasatiempos, la creencia de oídas en la ciencia y la negación sistemática de todo lo que no sea dosmilista, hasta de nosotros mismos.

Alfonso Valencia

@jalfvalba2

Dos tazas de buena suerte

Hay un cierto aire de coincidencia, de destino si se quiere, en que un grupo de personas pase a la historia como promotores de una revolución humanística o literaria. Es como si el universo confluyera, como si los planetas se alinearan en un momento predicho por los mayas o por alguna otra de aquellas civilizaciones legendarias.
Recuerdo que cuando cumplí veintidós años escuché en la televisión que yo había nacido el mismo día, mes y año que un futbolista importante; incluso, para colmo de males, hasta compartíamos el apellido materno. Después de reflexionarlo mucho, me di cuenta de que a pesar de los pesares ese hombre que estaba en la televisión, con su pastel de cumpleaños y sus modelos de Corona besándole las mejillas, no tenía nada que ver conmigo, que pudieron haber nacido miles de personas el mismo día, mes y año que yo, pero eso no nos hermana de ningún modo. Quizá fue una forma de consolar mi propio espíritu, lastimado en su egolatría de sentirse “único e irrepetible”, o quizá fue un efecto de “despersonalización social”, una confirmación de que mi Yo es “único e irrepetible”. Sin duda, este detalle mínimo del surgimiento de la existencia en el mundo no es suficiente para que se nos agrupe en una “generación” —mi maestra de primaría se regocijaba en decirnos “ustedes pertenecen a la ‘generación X’”, lo cual nunca entendí del todo—, mucho menos para prometernos la trascendencia en la memoria colectiva.
Algunos sociólogos consideran que las generaciones se miden por lapsos de tiempo en espacios determinados, por camadas, como se dice en el mundo de la zoología; es decir, los que nacimos en años más o menos cercanos y en México pertenecemos a la misma generación, por ende, debimos haber tenido una experiencia cultural y epistemológica más o menos parecida. Desde esta perspectiva, el futbolista de la televisión y yo somos de la misma prole; aunque nunca nos hayamos visto ni nos hubiésemos interesado en la existencia del uno o del otro. Quizá sea cierto; cómo saberlo sin un juicio a posteriori; quién sabe, quizá un historiador futuro ponga al atleta y al borracho en una sola página generacional “que cambió la concepción del mundo” o quizá estemos condenados a ser olvidados juntos; pasajeros casuales en un barco histórico circunstancial, como los que iban sufriendo a Ulises en su regreso a Ítaca; estamos hermanados en el futuro y mamamos de la teta de la circunstancia.
En el terreno de las artes y las humanidades, varios “consagrados” han tenido que sufrir este encajonamiento circunstancial, como cuando se pone a Dostoievsky y a Tolstoi en la repisa que dice “generación del realismo ruso”, aunque sus obras, vidas y peripecias hayan sido diametralmente opuestas. Afortunadamente ésta no es la única respuesta posible, hay otra menos positivista, pero un poco más lírica, más romántica si se quiere. Se trata del destino, de la buena suerte que logra conjuntar a un montón de personas talentosas en el mismo espacio y tiempo. Tan sólo es necesario pensar en las generaciones de artistas y pensadores que han cambiado la forma de percibir el mundo, como la generación del 98 o del 27 en España o El Ateneo de la Juventud en México o los miembros del Grupo Orígenes en Cuba o Los Beats en Estados Unidos, por ejemplo. Los integrantes de estos grupos se encontraron en situaciones históricas precisas; comieron y bebieron juntos; compartieron amantes e incluso se amaron entre ellos. Y sin embargo la historia no los recuerda solamente porque se asociaron por su correspondencia sociocultural, sino también por la extraordinaria competencia de los personajes involucrados en los grupos. Uno no sale a la calle esperando encontrarse con un Buñuel en ciernes para marcar un parteaguas en la cultura del país; solamente un Dalí afortunado es capaz de semejante proeza o ¿cómo nos explicamos que Cintio Vitier y Lezama Lima, dos de los poetas cubanos más ejemplares, hayan coincidido en su naturaleza de pensamiento y en sus intereses literarios?
Se podría hacer un estudio estadístico del asunto, sacando el número de probabilidades de que una cosa así suceda, pero quizá no alcancé para explicar la magia del acontecimiento. Y es que hablo de conexiones orgánicas que no están limitadas por simples razones sociales, como la “novela de la revolución” o el “boom latinoamericano”, sino de una suerte de “espíritu de época” que permite la conjunción de los talentos más allá de las propias circunstancias históricas; una suerte de rebelión contra el olvido, de golpe con guante blanco a la circunstancia.
En fin, quizá el futbolista tenga suerte y pase a la historia como parte de una generación de dechados de talento o quizá sólo se le recuerde como parte de una alineación titular en un equipo sin glorias, como el Atlas; no lo sé, las generaciones del futuro —bonita paradoja— lo juzgaran y quizá, con un poco de suerte, el futuro no tarde mucho en olvidarnos.

Alejandro Solano Villanueva

Generación Vacía

I belong to the ______ generation but
I can take it or leave it each time (…)
Richard Hell and the voidoids

Escucho esta canción mientras recuerdo un programa de televisión llamado “Seven ages of rock”, una mirada documental al desarrollo y la evolución de la música rock anglosajona en la sociedad occidental de los últimos cincuenta años. Releo estas líneas y otras inquietudes borran el recuerdo.
¿Estoy evocando un programa de televisión a través de una canción escrita en un idioma que ni siquiera es el mío? ¿Yo, una persona con un título en Letras Españolas? ¿Qué tan patético es eso? “Es una cuestión generacional”, dirán.
Es una cuestión generacional que el recuerdo de un medio de comunicación tan diabólico como la televisión sea el detonante de una reflexión acerca del tiempo y de las personas. Es entendible. Vivo un tiempo en el que los referentes no se relacionan directamente con sus dueños. “Vivo en un tiempo”. Esa también es una frase generacional.
Pero ¿Qué pasa cuando decido negarme a vivir en un tiempo, cuando deseo no ser parte de ninguna generación? Intento anular la voracidad del tiempo para reivindicar mi individualidad. Me explico: No tengo un tiempo: pertenezco al tiempo, a una elipsis de la cual me suprimo. De esa manera, no hay un ancla que me someta a la asimilación generacional, tomo decisiones sin patrón determinado, puedo decir una cosa y arrepentirme de ella dentro de dos días, tres meses o cien años. Pertenezco a una generación vacía, puedo salir y entrar de ella cuando quiera.
Sólo así explico los diversos fenómenos que me empujan hacia un lado u otro del camino: puedo regodearme leyendo La Isla del Tesoro pero debo mantenerlo en secreto: mi generación lee otras cosas. Parece que las únicas aventuras que una persona de mi tiempo conoce son las que enfrenta Žižek a la hora de grabar sus documentales.
¿Por qué no lees autores de tu generación? Preguntas nacidas de llevar un libro de Verne al café. Soy culpable de crímenes generacionales espantosos: no disfruto mucho de los escritores vivos, no gozo con el cine de ese que llaman “de arte”, jamás reí con ese espantoso programa llamado 31 Minutos, nunca he visto la cocaína ni desfilé para defender el petróleo, la soberanía nacional y al Festival Hell and Heaven cuando lo quisieron boicotear.
Negarse a una generación no implica soberbia intelectual ni imbecilidad crónica: es una de tantas elecciones que podemos hacer en nuestra vida. Las generaciones son tan artificiales como los medios por los cuales se propagan: donde éstas existen no hay vida, responden únicamente a necesidades culturales puntuales que serán derrocadas cuando representen un obstáculo para el progreso de las generaciones posteriores. El tiempo ofrece una página en blanco en la que pueden escribirse más cosas además de tradiciones y rupturas.
Decido entonces no ser parte de un término operativo, de una categoría cultural. “He nacido demasiado tarde, en un mundo demasiado antiguo”, leí una vez en una historieta de Ásterix el galo. Esa es la voz del progreso que alimenta la voracidad juvenil de las generaciones. Yo, afortunadamente, nací el día que debía hacerlo.

José Manzanilla

Generaciones Literarias

Si la literatura no es un escape de la realidad sino un encuentro con ella, 2014 será un año determinante para conocer los caminos que recorrerá el binomio indisociable “vida / literatura” en el nuevo milenio. Prueba de ello es el centenario del nacimiento de Octavio Paz (1914-1998), celebración acompañada del ocaso de grandes poetas intelectuales desde José Emilio Pacheco hasta Leopoldo María Panero. Si los hados nos favorecen, la culminación de un ciclo generacional (la de aquellos escritores nacidos antes de 1950) vaticina el surgimiento de caminos inhóspitos pero inevitables en nuestras letras, del mismo modo que a la muerte de Rubén Darío una nueva generación de jóvenes se formaba en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria. Estamos a la espera de un espíritu más nuevo pues nunca antes el epíteto “hijos del limo” contuvo tantas significaciones para la literatura mexicana. Así, el tema del primer número de Lepisma: creación y crítica literaria surge como una interrogante frente a nuestro tiempo.

Las generaciones no se miden por su historia biológica (parece una obviedad pero no está de más decirlo) sino por sus correspondencias sociales, culturales, literarias. Aquellos escritores reunidos para la comodidad de la historia bajo el signo de “generación” participan de un espíritu afín; por ello podemos hablar de “generaciones sin época” más nunca de una época sin generaciones. Ellas han determinado claramente los ritmos históricos mediante los cuales se comunican, heredan, o transgreden, los ideales creadores de la tradición literaria mexicana. Pero, ¿cómo se conforman las generaciones? ¿Qué hilos conductores rigen el diálogo entre sus individuos? ¿Poesía de juventud, libertad, sociedad sin clases frente a conservadurismo hegemónico o contraposición racional? ¿Cómo se suceden las distintas perspectivas? De uno o de otro modo, las generaciones parecen poner siempre en práctica la actitud crítica de los jóvenes frente a la de sus predecesores (¡hemos encontrado lo más nuevo: lo que simplemente, se encontraba en el pasado!). El resultado del diálogo es la existencia inasible pero real de la tradición literaria.

Pensar en cómo las generaciones establecieron correspondencias vitales es mirar la tradición literaria como una línea limpia, siempre recuperada a través del escorzo de los siglos.

Diego Lima
Universidad Veracruzana

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