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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

julio 2015

La voz baja de los exiliados

I
Conversaba una vez con el autor de este libro sobre la versión que Jumbo hizo de “Lo dudo”, pieza memorable del príncipe José José. Él me decía que disfrutaba la forma en que el grupo de rock decidió cambiarle la cadencia y reemplazar algunos acentos para hacerla casi una canción nueva. Escuché recientemente “Lo dudo”, en ambas versiones. Jumbo hizo algo que también nos permite la poesía: apropiarnos de los versos, cantarlos a nuestro ritmo, silenciarlos a momentos, callar cuando es necesario. “Hacer que mis palabras sean tu voz”, deseaba siempre José Emilio Pacheco.

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II
La poesía que Alfonso Valencia (México, 1984) ofrece en El grito circular de la gota que muere en la piel del estanque (FOECAH, 2015) es ideal para el bandidaje: adueñarnos de las inseguridades que rondan en los versos y que repiten, como un mantra desordenado, interrogantes imposibles de responder, preguntas al aire, humores colectivos. No hay vista hacia el futuro cuando el ojo se posa en la cadencia de la muerte. ¿Y qué es lo que muere? El amor, el porvenir, la palabra, el agua, la voz.

¿para qué volver al silencio de los días sin mundo?
¿para qué este galope de lluvia sobre los cristales?
¿para qué arrojar contra la corriente los pasos si la memoria
                también avanza
                                hacia adelante?

Alguien me contó que el exiliado siempre posa la mirada en el pasado, acaso protegiendo lo único que lo conecta con aquello a lo que tuvo que renunciar. Las preguntas que lanza el poema se vuelven los asideros de esa mirada. Y detrás de los pasos que auguran lo que las palabras parecen condenar, los espejos aguardan, impacientes por recibir el aliento de una voz compartida a la vez que solitaria. El agua que no da vida y que apenas alcanza a reflejarla.
Esta agua no concilia: en la superficie conjura los efectos propios de la muerte; un mar con la piel martirizada, como diría Huidobro, por los reflejos violentos, por las palabras sumergidas en el sino de su olvido, por los seres que se estrellan, se amplifican y diluyen con la lentitud agónica de una pesadilla. Un mar convertido en espejo a la vez que abismo, donde el murmullo invita al silencio a ser el testimonio de lo que somos: un manojo de preguntas, una posibilidad de ser y nada más.

lluevo desde la blancura de la gota que ya es brisa
lluevo desde la furia de la lengua
Y muy después luego del viento
del grito de lo que cae y se rompe

Intuyo el dramatismo de los versos. El poemario aloja catarsis en cada esquina, probablemente por la condición pluvial de sus interrogantes. A ratos el tiempo amaina, la vela se deja llevar por una imagen escondida y reticente a ceñirse al vaivén de la precipitación. Pero El grito… es demasiado exigente: la intensidad de la voz pronto vuelve a tenderse en la emulsión que revela las imágenes avinagradas de un tiempo inhabitable para todo, excepto la palabra.

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III
El proceso de darle forma a la sustancia es la segunda parte del poemario. Quizás demasiado explícito en sus intenciones, el cuarto oscuro baña a las imágenes de la memoria, impregnadas por la humedad de lo que revela primero y fija después. Lo que se mantenía distendido sobre la superficie del espejo se encuentra presto a materializarse. Lo que lo inaugura, sin embargo, es una nueva mirada hacia atrás, antes de que el carrete tome forma, antes de que el obturador haga infinito el silencio de los cuerpos. El tiempo de exposición, instante en el que la imagen le deja de pertenecer al mundo y pasa a ser parte de la página:

tu mirar
reconoce mi voz
que se apaga en la ola que rasga las huellas
que solían recordarnos
como la equis roja de los mapas
el lugar donde sepultamos
la música del aire que se calienta tras la tormenta

No pertenecemos a esa agua que silencia todo lo que toca, emulsión inquieta que dota de luz a lo que la penetra desde la oscuridad. Oscuridad, silencio, opacidad. Sepultamos la música para poder escucharla mejor: sinestesia inquietante, próvida en este poemario. El grito… no es un lugar para el remanso de la contemplación. Los versos, líneas carentes de paralelo, se transforman en circularidades incomprendidas. ¿Cuándo terminamos de expandirnos en el silencio de aquello que prolonga su agonía? La sagita de esta circunferencia, el anodino esfuerzo por mantenernos a flote y volver de los márgenes a nuestro centro, sigue siendo la interrogante:

¿tendrán fin las preguntas?/ no
recuerdo ni la arena/ ni el fulgor/
recuerdo el estruendo// las puertas
abiertas/ y el mar/ esperando la
luz
no basta recordar/ necesitamos de
nuevo el agua/ la tierra el polvo/ y
recitar las palabras que ayer/
encontramos vacías y hoy/ son todo
lo que nos queda

Volver la mirada, una vez más. Nostalgias acuáticas, como ese individuo para quien la vida se vuelve frágil esquife ante los ojos del porvenir y que sin orgullo ni pudor atina a confesar que “esta barca sin remos es la mía”. ¿A dónde vamos? ¿Al sordo murmullo de la voz apagada, o al grito circular que en su silencio enfrenta su propia eternidad? “Gritar es cosa de mudos”, dijo hace mucho tiempo el que se cortó la lengua frente al espejo. Ahora, asomamos de nuevo la mirada al azogue, con la navaja en la mano, cortando el aire.
Cosa de exiliados, eso de querer fabricar el silencio.

IV
Una sucesión frenética de preguntas, voz que no se modula y se desgañita hasta agotarse y seguir cantando en el movimiento. Poesía que atiende a la sensibilidad y que canta al oído; quizás demasiado. Certera, por otra parte. Espero que este no sea el mejor poema de Alfonso Valencia, no obstante sea lo mejor que ha escrito hasta ahora. En su incipiente poética, parece que lo mejor es lo que está por decirse, lo que siempre se balancea en el riesgo de nunca ser. No importa. El camino (la travesía) es el alimento de la palabra. Ahí estaremos, seguramente, cuando lo mejor amenace con aparecer y solamente sea una palabra concéntrica perdiéndose en el agua. Exiliándose otra vez.

José Antonio Manzanilla Madrid

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El espía que todos somos

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Comencé a interesarme por la figura del espía apenas hace unos meses, antes no me importaba saber acerca de conspiraciones, traiciones, engaños y secretos. Lo que ahora llama mi atención es precisamente lo oculto, lo que nunca se ha descubierto: a un buen espía nunca lo conoceremos. Un buen espía muere en el anonimato.
No sé mucho del tema; poco a poco he leído notas de revistas y periódicos, sobre todo en internet. Cuando googleas las palabras “espionaje” o “espías” aparecen un sinnúmero de páginas, pero si nos enfocamos en el espionaje del siglo XX, abundarán notas sobre países como Estados Unidos, Francia, Alemania o la antigua Unión Soviética. La historia del espionaje del siglo XX, además de revoluciones y otros sucesos, se construye a partir de las dos guerras mundiales y la guerra fría. Enfrentamientos políticos que desataron catástrofes y también fueron la base para el desarrollo de diversos espías. Muchos de ellos actuaban luchando por sus convicciones e ideologías, otros espiaban impulsados por el poder y el dinero y algunos más seguramente eran forzados, por lo que no les quedaba otro remedio que llevar y traer recados.
El juego del espionaje consiste en engañar. Un espía es definido por el diccionario de la RAE como una “persona que con disimulo y secreto observa o escucha lo que pasa, para comunicarlo a quien tiene interés en saberlo”. El segundo significado de la palabra “espía” dicta de esta manera: “persona al servicio de una potencia extranjera para averiguar informaciones secretas, generalmente de carácter militar”.
En el pasado, el trabajo de un espía consistía en pasar desapercibido, ser una persona gris en medio de otras llenas de colores; además de robar cartas, infiltrarse en sitios ocultos, estar atento para escuchar conversaciones clandestinas, interceptar llamadas telefónicas, etcétera.
Seguro que hoy en día existen espías por todo el mundo, tratando de descubrir los secretos más atroces de nación en nación (seguro aquí tienen que ver las armas, químicas y bilógicas), ya que el mundo está regido por el poder y el dinero, aunque esto nos cause cierta frustración y no nos guste.


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Puede ser que nuestro planeta esté rodeado de satélites que nos vigilan mientras hacemos las actividades más cotidianas. Tenemos en cuenta que las personas más buscadas pueden ser las menos esperadas, los personajes menos probables. Dejemos pues, que la paranoia nos invada, la vida también se trata de inventarnos historias, de escribir ficciones de acción e intriga a nuestro alrededor.
¿Realmente estamos seguros que nuestro vecino, con su cara inexpresiva, que sale todos los días de su casa con corbata en mano y un termo de café para llevar a sus dos  hijos pelirrojos a la escuela, no tiene una doble vida? Llega a una oficina de gobierno, saluda a todos los empleados y a su secretaria con amabilidad, se sienta en su escritorio y enciende un software de monitoreo de cada uno de los movimientos de los líderes de grandes potencias para después entregar información sobre la fabricación de nuevas armas y desarrollos tecnológicos con la finalidad de obtener la manipulación absoluta de los ciudadanos del mundo.
Bueno, ciertamente exagero con el comentario del vecino, pero en nuestro día a día, con toda la información que recibimos de forma tan acelerada y poco meditada, encontramos varias noticias sobre espionaje que muchas veces pasamos por desapercibidas o lejanas. Pero que están cada vez más cerca, la práctica del espionaje está en todos nosotros.
Me refiero a nuestro entorno cotidiano, ahí en ese pequeño pedazo de territorio que parece no importarle a nadie, habita un espía. Éstos existen en todos los lugares, los hay desde los pertenecientes a inteligencias nacionales que toman información poderosa: asuntos que quizá nunca lleguemos a saber y que son de impacto mundial. Asimismo, se encuentran los otros, los que espían en medianos sectores: gobiernos locales, empresas privadas que vigilan a la competencia, instituciones públicas que se disputan puestos políticos, por mencionar algunos.
A un menor nivel también existen espías; están entre nosotros los seres mundanos y “normales” que queremos llevar un perfil bajo para nunca ser molestados y evitar ir a la cárcel, que llevamos una vida en la que tratamos de sobrevivir mediante un empleo, becas o apostamos en invertir en un modesto negocio. Los espías de esta área tratan de conseguir información para acabar con los desayunos en la oficina, diciendo al jefe que se pierden horas de trabajo. Son los que impiden expresar pensamientos contrarios a lo establecido, son los que parecen ser tus amigos, los que se esconden a través de diferentes máscaras, los que se ríen de tu chiste y por dentro piensan en la manera de eliminarte. Seamos paranoicos, el compañero que te brinda una taza de café todas las mañanas, puede estar planeando envenenarte.
Los espías son seres camaleónicos que cambian de cara y de aspecto en un parpadeo, son las personas más invisibles y visibles al mismo tiempo. Quizá todos lo hemos sido alguna vez, quizá lo somos pero nadie nos ha descubierto.


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¿Cómo realiza su misión un espía contemporáneo? ¿Observa disimuladamente?, ¿Continúa robando cartas?, ¿Entrena perros para detectar anomalías?, ¿Se disfrazan y borran sus huellas dactilares?, ¿Operan su rostro y no tienen una personalidad definida?, ¿Usan pelucas? Todas estas preguntas se pueden responder de forma afirmativa, aunque sabemos también que ahora el espionaje se realiza muchas veces desde un cómodo asiento con una computadora frente a los ojos. Prueba de ello, son los “hackers” o “piratas informáticos”, que no necesitan tanta indumentaria para esconderse de los enemigos. Los espías del pasado seguro que se aburrirían al observar a un espía actual, con una joroba que se va acrecentado al pasar de los días y con dedos llenos de comida que pisan un teclado que ya casi está cobrando vida a causa del moho.
Facebook, el espacio virtual en el que pasamos el tiempo necesario para que nuestro cerebro comience a desintegrarse poco a poco, es también un ejemplo de que el espionaje en la actualidad puede ser una tarea fácil. Esta plataforma, aparentemente inofensiva, nos va incitando a otorgar información de nuestra vida. Facebook está plagado de expresiones e inclinaciones políticas y sociales que pueden no importarle a la mayoría, pero que están destinadas para crear una red universal de datos que desatará a una generación de nuevos espías, “autoespías”, agentes zombies creados por la tumba de la KGB, dispuestos a ejecutar cualquier orden.
En este juego de espejos que es el espionaje, nadie está exento, quienes engañan e intrigan en cualquier momento se pueden convertir en víctimas. Seguiré buscando información sobre espías, sobre los que fracasaron en su labor aunque hayan pasado a la historia como personajes heroicos; como lo dije al principio: un buen espía muera en el anonimato. El espía que todos somos está escondido en el sitio más recóndito de nuestro cuerpo, jamás visto ni por el microscopio más avanzado y tecnológico.

Paulina Mendoza (texto e imágenes)

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