Enrique Padilla

En las buenas series, además de los poderosos y las víctimas, los bellos y los ambiciosos, suele haber personajes que ponen en cuestionamiento la realidad que los rodea. Se trata de seres con frecuencia enfrentados a las reglas de su mundo, ya sea completamente fantástico o que tenga la civilizada misoginia de la industria de la publicidad. Su función dentro de una narrativa es clave, porque su mirada expone la complejidad del universo ficticio, de modo que resulta tan ambivalente como el que llamamos real.

Omar Little, The Wire

all-in-the-game-yo

Crecer en los guetos de Baltimore no es nada fácil y mantener un código de honor mientras le robas a narcotraficantes para vivir lo es todavía más. El de Omar Little se resume bien en una frase: “Nunca le he apuntado con mi arma a un ciudadano”; es decir, a un trabajador, a alguien que no está dentro del “juego” de la venta de drogas y demás actividades implicadas que son el principal horizonte de la juventud negra de la ciudad. Por si esto no fuera difícil en sí, Omar se ha formado una reputación que infunde temor sin ocultar su homosexualidad: en un mundo dominado por matones y padrotes, es un ser marginal en la propia orilla de la marginación.

Al asaltar por igual a los dealers de las esquinas que a los grandes capos como Avon Barksdale y Proposition Joe, sin que le importen en nada sus disputas o acuerdos sobre el territorio de cada quien, Omar dinamita un sistema sobrecargado de pólvora. En una jungla de jerarquías que se rige por el lema “compra por un dólar, vende por dos”, Omar es un anarquista que no hace ninguna de las dos cosas ni obedece a nadie. Cuando se apodera de la mercancía de algún jefe, le cobra al mismo para devolvérsela, invirtiendo la relación. Es una sangría permanente en el libro de cuentas. Quizá por eso los niños que lo han visto ir de cacería, siempre con su escopeta de dos cañones sobresaliendo por debajo de su gabardina y mientras silba una nana para dormir, juegan a ser él, el único hombre que hace lo que quiere y se opone a los grandes jefes en calles donde a veces no puede hacerlo ni siquiera la policía.

Pero Omar no es un ejemplo de moral ni de heroísmo. Cuando colabora con la policía, no lo hace por respeto a la ley, sino porque se venga así del asesino de Brandon, su novio. Su moral, en todo caso, es mero pragmatismo. Él mismo lo deja en claro cuando un abogado intenta desestimar su testimonio al acusarlo de aprovecharse de la situación de crimen en las calles: “Igual que usted. Yo tengo la escopeta. Usted tiene su portafolio. Todo es parte del juego, ¿no?”.


Peggy Olson, Mad Men

Screen-Shot-2015-05-17-at-7.23.44-AM-800x430

A primera vista, no hay nada revolucionario en la nueva secretaria de la agencia de publicidad Sterling Cooper, pero durante una prueba de Belle Jolie, cuya fortaleza es el amplio catálogo de sus lápices labiales, el carácter único de Peggy Olson se revela en una bellísima secuencia en cámara lenta, donde se limita a contemplar a las demás secretarias, que se abalanzan sobre los nuevos colores y sonríen coquetamente al espejo mientras se los aplican. Al final, cuando un ejecutivo le pide los pañuelos desechables que permitirán saber qué colores se utilizaron más, Peggy se los entrega diciéndole: “Aquí está tu cesta de besos”. El ejecutivo parece impresionado de que una secretaria pueda usar un lenguaje metafórico y le pregunta qué color fue su favorito. Ella responde: “No creo que nadie quiera ser uno de cien colores en una caja”. Su respuesta la lleva a participar en la creación de la campaña de la marca; al poco tiempo se convierte en redactora de la agencia.

La carrera de Peggy es una lucha constante con la condescendencia de los hombres del medio, en la que cuenta con el apoyo de Don Draper, el genio creativo detrás de la agencia, a la vez que debe soportar sus absorbentes exigencias profesionales. La vida personal de Peggy también se entromete en sus aspiraciones: durante una cita, un periodista de izquierda la reprende por trabajar en una corporación y le informa que la lucha por la igualdad de los negros es más importante que los derechos de las mujeres. Por otra parte, al crecer en una familia católica tradicional, Peggy tiene que soportar el juicio de su madre y su hermana luego de dar en adopción a un bebé que no deseaba. La moral de su familia cobra forma en la insistencia de un joven sacerdote, quien se empeña en “redimirla”, lo cual finalmente la lleva a abandonar la congregación.

A pesar de los obstáculos, la carrera de Peggy avanza con rapidez. Gana un premio, se convierte en jefa de redactores y, cuando Don sufre un colapso emocional, asume su papel como directora creativa. Aunque no se considera una persona “política”, Peggy es una feminista en la práctica, cuya seguridad, creatividad, compromiso profesional y capacidad de negociación abren y transforman un sector reservado a hombres de traje que beben whiskey. “El trabajo es 10 dólares. La mentira es extra”, le dice a Roger Sterling, antes de sacarle 400 dólares, una pequeña fortuna para la época de la serie, por un trabajo del que no deben enterarse los demás socios.


Floki, Vikings

Floki_Season4_SideB

Igual que el personaje histórico en el que está inspirado –el primer escandinavo que navegó a Islandia, según las sagas, porque Noruega era “demasiado caliente”–, Floki nunca se siente muy a gusto en el lugar donde se encuentra. Buen amigo del protagonista de la serie, Ragnar Lothbrok, lo apoya en su intento de empujar las fronteras de su mundo contra la voluntad del conde reinante, a quien ambos deben obediencia. Se convierte así en el constructor de un nuevo tipo de barco, más rápido y ligero, capaz de alcanzar las costas de Inglaterra, Francia e incluso el Mar Mediterráneo: un pionero tanto del arte de la navegación como en el campo de los avances tecnológicos. Su carácter teatral queda de manifiesto durante el saqueo a una iglesia: Floki bebe del cáliz en el altar y escupe el vino, luego sonríe y se acerca gesticulando a la aterrada feligresía.

A pesar de su amistad con Ragnar, no por eso deja de cuestionarlo, ni le pide su bendición cuando se casa con su compañera de muchos años, Helga, por considerar que Ragnar “clama todo”, pero no puede reinar sobre su matrimonio. Aunque es un devoto de todos los dioses nórdicos, se siente mucho más atraído por Loki, al punto de que llama a su hija como una giganta, la primera esposa de este. Floki camina de puntillas sobre la línea entra la lealtad y la traición, un límite que finalmente cruza cuando asesina a Athelstan, un monje convertido en pagano, consejero y amigo de Ragnar. Cuando este lo descubre, le impone un castigo ejemplar. Tal como en uno de los mitos del embaucador, Floki es encadenado en una cueva y solo consigue dormir mientras Helga sostiene un cuenco sobre su cabeza, para evitar que lo despierten las gotas que resbalan del techo. Floki representa así a un tipo especial de rebelde: aquel que nunca se siente cómodo bajo el poder, aun cuando tenga un lugar asegurado en su sistema; está dispuesto a perder sus privilegios con tal de seguir los impulsos de su naturaleza.

Concluido su castigo, sin embargo, el talento de Floki vuelve a ser necesario. A fin de evitar las dos fortalezas de un río, idea una auténtica obra de ingeniería: un sistema de poleas para subir los barcos a lo alto de un acantilado y un camino de troncos que permiten desplazarlos entre el bosque. Sus incursiones y aventuras continúan aún después de que Ragnar pierde todo su poder. En una historia que aún no termina, Floki es un bromista atormentado por visiones de los dioses y de la oscuridad inherente a una sociedad tan violenta, donde la muerte es tan común, como la Escandinavia vikinga. “Somos una familia tan feliz… Las familias no son felices… Me siento atrapado en toda esta felicidad”, le dice a Helga en uno de sus raros momentos de calma, mientras observa a su pequeña hija a la orilla del mar.

concluirá el próximo jueves

Anuncios