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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

octubre 2016

Javier Duarte, las grietas de la máscara

Enrique Padilla

No soy político, lo que equivale a decir que nunca he tenido la oportunidad de ser megalómanamente corrupto, ni puedo presumir saber qué pasa por la cabeza de tantos políticos mexicanos. Pero si existiera el empleo de “gerente de corruptos”, me imagino que el perfil ideal para el puesto es el de un hombre (o una mujer) capaz de robar y ocultar en la misma medida. No sólo de “robar y dejar robar”, como rezan los priistas nostálgicos, sino de encubrir el crimen y mantener la gobernabilidad, o por lo menos, mantener una apariencia de gobernabilidad hasta que le explote en la cara al que venga después. El caso de Javier Duarte es un fracaso redondo (el juego de palabras es intencional): no sólo la gobernabilidad es aquello de lo que más carece Veracruz en este momento, sino que la apariencia de gobernabilidad se ha hecho trizas desde hace tiempo. Bajo la lógica gerencial con que, podría argumentarse, se maneja el Estado mexicano, Duarte es uno de los peores empleados en la historia de la empresa.

            Ver sólo como una farsa, por tanto, la orden de aprehensión girada en su contra por la PGR, es simplificar demasiado las cosas. Por supuesto que hay un componente fársico en lo que ha acontecido en el escenario nacional desde hace unas semanas, desde que el primer involucrado es el actor menos divertido del sexenio. Pedir licencia, anunciarlo en la tele, ¿para qué? ¿Para “mantener las formas”? ¿Para que los titulares no sean que un gobernador en funciones se dio a la fuga? Y la voz gastada de la oratoria, los cortes mecánicos del discurso, las frases hechas, redundantes, de la entrevista: “infamias, calumnias, denuncias sin fundamento”, “esclarecer y dejar todo en claro”, “un servidor, Javier Duarte”. Si se pone pausa, en el video de YouTube, en el momento en que hace la precisión de que fue “la sexagésimo tercera legislatura” la que autorizó tal o cual uso de recursos, es posible leer en su rostro la  incredulidad, la consciencia de ser presa de un guion rígido: en suma, de saberse máscara.

Pero la necesidad de montar la farsa ya es una señal de que la máscara se ha resquebrajado. La verdadera simulación sería una tragedia: un Javier Duarte, armado con la sonrisa del tirano que tanto disgustaba a Shakespeare, entregando Veracruz al siguiente gobernador y retirándose a sus propiedades de Texas, sin que nadie pudiera sino aplaudir o quedarse callado. Parafraseo de memoria: decía George Orwell en 1984 que el ejercicio del poder por el poder mismo era el placer que hacía vivible la vida para los administradores de la mentira. Tenemos, sin embargo, por lo menos el gusto de ver a Duarte en el despojo. Es una catarsis colectiva, quizá, que no remedia los males del país ni de la entidad, pero que, precisamente, en tanto catarsis, no por fuerza obedece a un fin siniestro: nos permite enfrentar la realidad con un poco más de alivio, dejar ir un poco de tensión para pensar con claridad, vigilar de cerca al nuevo gobernador, empezar a reconstruir.

            Suponer que el affaire Duarte es sólo un engaño implica ningunear la investigación que los periodistas de Animal Político llevaron a cabo para exponer su red de corrupción. Y también creer que instancias tan amplias como la PGR y la ASF están compuestas por entes pasivos, hormigas perfectamente alineadas que siguen la estrategia de un jefe o una hormiga reina con una visión. Pero allí hay varias falacias: la primera, que hay un jefe o una élite dictando los destinos nacionales, cuando más bien sabemos que lo que hay es un vacío de poder, disputado y ensangrentado; la segunda, que hay una estrategia, y la tercera, que las personas en esas instituciones, sin ser necesariamente los justicieros que merecemos, no son seres humanos con motivaciones, alcances y una capacidad y quizá deseo de ejercer su propio poder de manera individual. Todos tenemos algo que ganar o perder para estar donde estamos y los funcionarios de la PGR y la ASF no son la excepción. Aprehender a un pez tan gordo y tan abandonado como Duarte (de nuevo, pun intended), es algo que está dentro del ámbito del coto de poder de esas autoridades: es razonable suponer que algo pueden ganar haciendo su trabajo. Después de todo, al tocar el dinero de la federación, Duarte se metió con el tesoro de los otros, rompió demasiados pactos.

            De vuelta a los gerentes: ido el empleado, la principal tarea es ahora rescatar lo que queda de gobernabilidad, o de apariencia de gobernabilidad. Y no está mal, en verdad no está mal, que incluso una administración tan desacreditada como la de EPN intente sacar la nariz del lodo haciendo un poco de lo que se supone que tiene que hacer. La caída de Duarte no es, desde luego, suficiente, pero sí un signo del sistema intentando remendarse. Que empiece por él. A saber si no es demasiado poco, demasiado a destiempo. También es demasiado pronto para saberlo. Es evidente que alguien le dio a Duarte el pitazo (sí, de nuevo), pero el carácter de farsa depende, en última instancia, de si el “gobernador con licencia” acaba o no en la cárcel. Duarte no es Houdini y si el Chapo cayó tres veces, basta con que Duarte caiga una. Esperemos. Mejor aún: presionemos para que así sea. Estamos en el segundo acto y la obra se sigue escribiendo. El abucheo del público agrieta la máscara: que la jeta del culpable acabe por aparecer, ya sin defensa, como en las fotos en que Rubén Espinosa lo expuso alguna vez.

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Rubén Espinosa/ Aristegui Noticias
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Navegar con el barco de la curiosidad

 

Gustavo Ulises Méndez Martínez

Cuando inicies tu viaje a Ítaca,

ruega que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de conocimiento.

Kavafis

 

 

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A los pocos minutos de enterarme de su muerte, publiqué un mensaje en Twitter, con su respectivo hashtag: “Difundía la ciencia de forma divertida y poco ortodoxa, como nadie lo hace. Sus columnas me harán falta”. Porque fue lo primero que se me vino a la cabeza y porque, además, es la faceta que más conozco y que más me atraía de Luis González de Alba: la de divulgador de la ciencia. Desde luego que no era el único en México. Están Antonio Lazcano, Carlos Chimal y Luis Roberto Castrillón, pero sí de lo pocos que navegaban entre la literatura y la ciencia con el barco de la curiosidad. Ahora que copio y pego mi mensaje de aquel 2 de octubre, caigo en cuenta que escribí “nadie” para referirme a los escritores mexicanos, la mayoría, que nunca palpan ni escriben sobre temas científicos. Minutos después, en otro mensaje, y después de leer algunas reacciones, escribí que solo conocía “a dos escritores mexicanos (vivos) con una gran curiosidad intelectual por el conocimiento, por el saberlo todo”.

            Su obra no solo comprende libros y artículos de prensa, sino también fue compositor y letrista de algunas piezas musicales, y sus libros no sólo eran novelas, sino además ensayos de divulgación e historia. Fundó partidos políticos y diarios. Fundó bares y clubs exclusivos para hombres gay. Y rabiosamente gay, nunca se cansó de demostrar la naturalidad de la homosexualidad. También tradujo poesía de su amor griego Kavafis, y dejó varias polémicas encendidas en su perfil de Facebook, pues lo mismo tenía detractores que admiradores.

            Es un rasgo por demás celebrable el que narradores y poetas conozcan y se aventuren por el ancho mundo. Los que van y saltan los márgenes estrictamente literarios y sin pudor ni permiso leen, discuten e indagan en otros quehaceres. A mí, en lo personal, los escritores que he dado en llamar ombligófilos me resultan aburridos por monotemáticos. En México es moneda de uso corriente. La mayoría de nuestras glorias, aunque dignas de ser leídas, no salen casi nunca de sus temas, algunos exclusivamente literarios, y otros de corte social y político. También están quienes empuñan diversas causas (es comprensible, hay motivos de sobra para estar indignados). Pero es una lástima que teniendo acceso a la tribuna social la ciencia no forme parte de sus temas. González de Alba se quejaba de nuestro desprecio por la ciencia y la tecnología, algo que México comparte con toda Latinoamérica.

            Leer y escribir sobre ciencia es entrenarse con su método de indagación. “La grandeza de la ciencia está en su constante autocorrección. Nada es tabú ni dogma. Por supuesto, tiene filtros para no dejar entrar cualquier tontería y revisar con precisión los ajustes que admite”, escribió González de Alba en uno de sus últimas columnas. Es quizá el punto más difícil porque obliga a descreer y corregirse, a lo que no todos están dispuestos. En la literatura hay corrientes y las corrientes hacen iglesias, capillas. Quien pertenece a una es mal visto por los suyos si parece que se codea con los de enfrente. Están los de izquierda o los de derecha, los existencialistas o los nihilistas. Atreverse a ser outsider es difícil y quien se atreve corre el riesgo de perder público y publicaciones. Y para no perderlas está obligado a rezarle a los santos de su capilla o propalar consignas facilonas. Ojalá los escritores mexicanos se enteren pronto que ya ni los masones creen en sus símbolos y que una de sus labores, como intelectuales públicos, es separar la paja del grano, lo falso de lo verdadero.

            Hace un par de años leí La llama doble, de Octavio Paz, con asombro. Pero me sorprendió cuando en el capítulo “Rodeos hacia una conclusión” vi el nombre de Arthur C. Clarke. ¿Uno de mis autores de la adolescencia, escritor,  inventor y divulgador de la ciencia, fue leído por Paz? Creí que quizá lo había mencionado para efectos argumentativos, pero no: el mismo Paz confiesa líneas adelante que de adolescente fue “lector asiduo de sus libros, fascinante unión de ciencia y fantasía; recuerdo con placer y nostalgia una luminosa tarde de hace más de treinta años, en la que lo vi, sentado con un amigo, en la terraza del hotel Mount Lavinia, en las afueras de Colombo”. En las primeras páginas del libro Paz hace un rodeo por diversos temas científicos, como la cosmología, la física y la evolución. Todo ello parte integral de su largo ensayo sobre el amor y el erotismo. No soy crítico literario para decir si logró su empeño, pero hay algo importante: Paz no era de esos escritores que se circunscribían solo a su tema. Como quien mira el aleph, intentó una visión panorámica de la realidad. Y eso incluye a la ciencia y sus avatares.

Luis González de Alba fue de esas rara avis de escritores entrenado con el método científico, que lo llevó a cuestionar todo lo cuestionable. Fue crítico con el movimiento del 68, por el que pasó dos años en Lecumberri y lo llevó al exilio. Fue crítico de las conclusiones apresuradas del caso Ayotzinapa. Fue crítico de la santificación del terrorismo palestino. Tiró santos, derrumbó templos y machacó becerros de oro. “Mentiras de mis maestros”, ensayo de la revista Nexos y título de un libro, es una indagación de porqué la educación pública, aunque laica, es religiosamente oficialista. De su repaso por la Historia de México no hay prócer ni héroe que quede vivo. ¿Destruía por el placer de la destrucción? En sus artículos de divulgación siempre imprimía un dejo de amargura justificada: esto, que es fascinante, lo están investigando en Israel, Alemania, Reino Unido, pero no aquí, en México, donde hace falta, parecía decir. Es un factor de nuestro atraso económico, entre tantos otros, el miedo generalizado de los estudiantes hacia la técnica y las matemáticas.

Como divulgador de la ciencia su curiosidad intelectual no era gratuita ni superficial: su libro sobre la física cuántica desgrana hasta el tema más complejo de esa rama fascinante de la ciencia, sin necesariamente recurrir a fórmulas matemáticas. Por ejemplo, uno de los comportamiento más extraños del mundo subatómico es el hecho, observado, que una partícula pueda estar en dos sitios al mismo tiempo (superposición de estados). Y si esto no era ya de por sí suficientemente extraño, los últimos experimentos encontraron algo más: que una partícula puede viajar por un lado y una de sus características, por otro. Este fue el tema de su columna de julio en Nexos: “El gato cuántico de Cheshire”, por aquel pasaje en el cual Alice mira la sonrisa de un gato pero no el gato a la que pertenece. ¿Cómo explicar este fenómeno? González de Alba cierra su columna con esta metáfora: imagínese recibir dos paquetes llegados por mensajería, uno con la escultura y otro con la belleza de la escultura. Un contrasentido, sí, pero descubierto.

maravillas

Nada mejor que una metáfora para desenredar lo “enredado”. Por ejemplo, un relato literario de la historia de la física cuántica, la que nació en 1900 para explicar los fenómenos del mundo subatómico que comenzaban a observarse y que no se rige por las leyes de la física conocidas hasta entonces, la llamada “física clásica”. Maravillas y misterios de la física cuántica es el esfuerzo de González de Alba para contar ese relato fascinante sobre esta nueva física y sus “contrasentidos”, con metáforas y referencias filosóficas y literarias. El penúltimo capítulo es una indagación sobre la conciencia humana. Las neuronas no se comunican de manera directa, sino por medio de neurotransmisores a través de las dentritas. Entre dentritas hay un espacio libre, llamado espacio sináptico. En ese espacio corren los transmisores en una operación llamada sinapsis. Dentro de las dentritas hay unos órganos llamados microtúbulos, y lo que sucede dentro de esos microtúbulos puede estar dictado por las maravillas de la nueva física. Lo que se pregunta González de Alba, junto con Roger Penrose, es si ahí está la clave para el origen de la conciencia animal, que no exclusivamente humana (páginas atrás refiere un comportamiento consciente de uno de sus dos perros, de cómo uno engaña al otro para roer un hueso). Si en ese microscópico espacio entre neuronas está la puerta de entrada al mundo platónico de las ideas. Si todo lo que creamos no es, en realidad, un descubrimiento.

Nota a pie de página

 

                                                             Yasmín Rojas

Para J y A

 

 

Fue bueno despedirnos: amar nos dolía tanto. Suele ocurrirle eso a toda pasión que busca ser perfecta. Desde esos días, estás solo y estoy sola. Mas viviremos: Porque para tu piel, mis manos. Tú y yo sabemos que las calles y los árboles, los edificios de metal y los cristales, el polvo y la basura, todo cuanto existe, sabe que tú y yo, también sabemos, que ellos viven, que soñamos su esperanza, su discreto roce de manos y pupilas.

         Tú tendrás tus palabras, me lo has dicho. Yo, para tus incertidumbres y verdades, únicamente la escritura. Ésa, quien marca, quien recuerda, testigo fiel de toda ausencia. Escribir es documentar. Escribir es testar el vacío. Escribo porque tú no estás conmigo .Y desde este paisaje de tinta, te descubro. Serena y firme, navego en las siete letras de tu nombre; navego en las siete letras de tu nombre para constatar mi calidad de inocente museógrafa.

         (Curiosidad de anticuarios: a mi piel la cruza nueva estría de gozo: tus perplejos apellidos. En ellos advierto que fuimos sólo una contrariedad de la tristeza. Fuimos un juego de opuestos que se odian, como en el amor, a tiempo. Y a tiempo fue el adiós).

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Yasmine Asadi

    Nos deshicimos –consta en mi diario– la ventura que abril presintió entre las cuatro paredes de mi cuarto y confirmó mayo en un día de cuyo nombre sí quiero acordarme. Ya podemos odiar a la memoria. Amarla. Estamos solos, no vacíos. Tú afirmarás: “Pequeño era, apenas un carajito de sonrisa, visto a través de un cristal deshaciéndose en su rostro, pero era cuanto ella tenía”. A mi turno, sin biógrafa, confesaré: “Todo. El último aliento. El epitafio de la ternura”.

         Ha sido excelente volver la espalda. Agradezco la opción, pues lágrimas no me guardo al inaugurar tus lágrimas. Tú tampoco conoces cómo librarte de la fiebre que es saber que llevamos nuestros nombres esculpidos en la lápida más limpia del cariño.

         (Que se joda nuestra historia, que la borren quienes jamás, como tú y yo, acertaron el centro de la alegría. Anda: seamos puro olvido, nota a pie de página, sin lugar de edición, sello editorial, ni fecha.

         Fue bueno decir adiós. Fue bueno porque acaba con todo: la culpa es sólo nuestra.

         -Sabes, fue bueno despedirnos. Y el amor… eso que para ti fue juego, para mí fue… eso, azaroso, difícil, sin otra apelación que tus siete letras… ¿El amor?… por cuanto me corresponde… que se vaya al diablo o, cuando menos, a piel y calor que sí, verdaderamente, lo merezcan.

         Nota a pie de página: Entre tus siete y mis siete, letras de dos seres que se amaron, únicamente Adrián. Ojalá pueda perdonarnos.

         Pero él no lo sabrá. Jamás podré decírselo.

-Yáspora

Breve historia de algunas ausencias

Eloísa  del Mar Arenas

Para B. y para V.

“me he querido mentir que no te amo,

roja alegría incauta…”

Gilberto Owen

 

“Y al oprimir la pluma,

algo como la sangre late y circula en ella,

y siento que las letras desiguales

que escribo ahora,

más pequeñas, más trémulas, más débiles,

ya no son de mi mano solamente.”

Xavier Villaurrutia

 

Lo más cercano que he estado de experimentar la ausencia es cuando me desprendo de las costras que yo misma me provoco al rascarme la piel con goce obsesivo. Mi vida privilegiada no me ha dado mayores ausencias que esos huecos, cráteres de gelatinosa pureza roja, separados y distantes de su costra protectora, oscurecida y deliciosa. Sin embargo, la sombra de la muerte en efecto me persigue y, como tanto lo imaginó Villaurrutia, me hace la ronda diciendo: “Aquí estoy, ¿no me sientes?”. En lo personal (y lo personal es político), este año me ha resultado bastante sospechoso, por decir lo menos, y en pocos meses o de una noche a la otra me encuentré con las caras más duras de la vida. De manera muy breve les contaré cómo me he quedado sola y cómo es que eso me hace pensar en los otros.

El invierno pasado trajo consigo la desunión familiar. Pensar que ambos padres se separarían hizo que despertara en mí la calma en vez de producirme angustia o tristeza; por fin, la familia enviaría mensajes sinceros de su descoyuntamiento. Recuerdo que, desde pequeña, deseaba que esto sucediera; sin embargo, por una u otra razón nunca se llevó a cabo. Ni siquiera en esta ocasión. Las costuras deshilachadas las volvieron a surcir entre ellos. Los involucrados recogimos nuestros pedacitos de cristal roto y nos alejamos un poco entre sí. Pienso que esto es ausentarse por voluntad propia. Hasta aquí nada grave.

La primavera llegó con su vorágine revolucionaria e hizo que emprendiera el vuelo de la oscura cueva donde había vivido por 4 años y medio. Esta es mi primera ausencia del año. Abandoné un proyecto de vida en común y han pasado varios meses sin que la tristeza sane del todo. Ahora sí, un vacío me habita pues perdí a mi amigo primigenio y estar juntos (por el gusto de estarlo solamente) ya no es una opción. Antes pensaba que la angustia se vive aprisa y estaba equivocada porque es peor una que corre lenta por las venas. Todavía no sé si habrá un fruto colgando de alguna rama:

Naturaleza, nada tuyo ya me conmueve,

ni los campos fecundos, ni los ecos lejanos

de dulces pastorales, ni las pompas del alba

ni la solemnidad doliente del ocaso.

Ya me río del arte, del hombre, de los cantos,

de los versos y de los viejos templos griegos,

de las torres que al cielo alzan las catedrales;

ya con los mismos ojos miro a malos y a buenos.

No creo en Dios, abjuro y reniego de todo

pensamiento, y en cuanto a la vieja ironía

y el amor, bien quisiera que no me hablaran más.

Cansad[a] de vivir, con miedo a la muerte,

mi alma está dispuesta a todos los naufragios,

semejante a un esquife, juguete de la mar.

(Paul Verlaine, “La angustia”)

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El verano enloquecí como quien, por los calores, va al río esbelto a refrescarse y, por imprudencia, se pierde en la corriente quedando al borde del ahogamiento. Me quise construir una utopía y me sirvió para dar algunas brazadas hacia otra orilla. Pero, ni mi cuerpo de lumbre ni el cuerpo acuoso eran ya los mismos: “La poesía es muchas: palabras que transmutan apenas cruzas este río.” (Jorge Humberto Chávez, “El río”). ¿Será como algunos afirman que las ausencias se reinician tal y como pasa con el miedo o los problemas? Supongo que, más bien, tiene que ver con la resolución de nuestros propios asuntos. Además, la ausencia total es la muerte.

El otoño es mi estación favorita, me convierte en una hoja amarilla que cae y baila con el viento. Mi ciclo, entonces, comienza aquí porque Aroma y yo éramos las amadas ausentes. Hasta ahora, nada grave porque reencontramos nuestras soledades: “Esa mujer me espera / si estoy o si he partido, / y seguirá encendiendo / las luces de mi casa / por encima del tiempo / y la memoria.” (Waldo Leyva, Cierto color violeta y la partida”).

Hay otras ausencias atroces, infernales y sistemáticas. Madres y padres atormentados porque una de las camas de su casa está vacía y no se tiene la certeza de la muerte, no se sabe dónde ese cuerpo amado. “No hay paz”, dicen, mientras que descubren otros huesos desconocidos. Entonces, ellas y ellos abrazan ese tormento y buscan en los desiertos, en el monte, con las serpientes y sus mordeduras, con el sol y el hambre. Lo que queda vergonzosamente exhibida es la ausencia de estado de derecho. No hay más justicia que la que se agencian las personas por medio de la organización común de sus despojos.

Dice E.M. Cioran sobre el tema de las ausencias que “la tristeza surge cada vez que la vida se disgrega; su intensidad equivale a la importancia de las pérdidas sufridas; de ahí que sea el sentimiento de la muerte el que provoque la mayor tristeza” (“Sobre la tristeza”, 74). La dignidad de una madre, de un padre o hermanos que buscan a un familiar por desaparición forzada, da un vuelco sobre esta idea y trasciende el umbral de la tristeza como una prueba del verdadero heroísmo. Los he escuchado decir incansables: “por encima de mi muerte seguiré luchando”.

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Referencias:

Chávez, Jorge Humberto. (2013). Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto. México: FCE, ICA, INBA, CONACULTA.

Cioran, E. M. (2009). En las cimas de la desesperación. México: Tusquets Editores.

Leyva, Waldo. (2005). Ocultas claves para la memoria. México: Ediciones Fósforo.

Solecito de Veracruz: https://www.facebook.com/colectivo.solecitodeveracruz/

Varios. (2012). Contemporáneos. Antología. Xalapa: Universidad Veracruzana.

Verlaine, Paul. (1972). Antología poética. Barcelona: Editorial Bruguera.

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