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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

julio 2014

Crónica antipluvial

Los días nublados no me causan tristeza ni nostalgia ni melancolía, mucho menos activan mi imaginación poética o me llenan de una inspiración reveladora. Los días nublados me inflaman de un rencor dirigido a la humanidad; me encabronan, para ponerlo en términos líricos. Y cuando el cielo decide anestesiar todas las cosas de la tierra con sus gotas, savia para los nostálgicos y los románticos de morral que cantan y recitan versos cursis como el de aquella canción de Juan Gabriel: “mis lágrimas no miras, la lluvia las confunde”, el rencor crece hasta escapar de mi boca en forma de maldiciones indecibles en un espacio público —no nos vayan a caer los de la FIFA o los de la comisión de la familia o los defensores de lo políticamente correcto o los poetas doctos, puristas del lenguaje, con su doble moral.
Pero no ves qué bello cielo encapotado, cómo juguetean las gotas entre las hojas de aquel platanar, cuánta vida se esparce por todos los lugares de la creación, dice de vez en cuando alguna voz a la que le comparto mi sentir. Sólo puedo pensar en mis pies mojados, en el frío que recorre mi espalda, en el clac clac que hacen mis tenis, en la pesadez del mundo, en la lentitud de la gente que camina por las calles; en lo estorboso de sus paraguas —que deberían declararse armas blancas por lo propenso a quedar tuerto en un descuido—, en los olores que se desprenden de la combinación del sudor con el agua que se pudre en los poros de la piel. Entonces no salgas, quédate a observar el maravilloso milagro del semen divino resguardado en tu casa, escribe un soneto, captura cada instante en una fotografía que todos puedan admirar en el Instagram, dice otra voz que no entiende que la contemplación es para la gente demasiado arraigada al pasado, demasiado esperanzada en que las cosas maravillosas sucedan frente a su ventana, en que la inspiración se aparezca como el Arcángel de la Anunciación: “he aquí la esclava del Señor”. A menos de que se viva frente a una tabaquería, como Pessoa, y que se tenga la capacidad de observar al mundo como un continuo devenir de la percepción de la realidad (come chocolate pequeña sucia… que no hay más metafísica que la confitería), como Pessoa, dudo mucho que eso vaya a suceder.
A media cuadra de donde vivimos hay un pequeño french poodle amarrado que siempre me ladra cuando paso por ahí. Apenas me observa a lo lejos, ya escucho sus primeros gruñidos de advertencia, comienza a rascar en el pavimento como si estuviera avisándome que ése es su territorio, que esos dos cuadros de la banqueta son su pequeño reino y que yo, hombre de olor extraño, no tengo el derecho de entrar; aléjate antes de que sientas la furia de mis mandíbulas sobre tu pierna, parece decir. Paso a un lado, cerca de él, para molestarlo, para poner en entredicho su autoridad ante mi andar libre; una vez, incluso, intenté acariciarle la cabeza, tranquilizarlo, hacerle ver que no soy una amenaza para su reino, pero él se asustó y comenzó a llorar. Siempre que ya he pasado volteo el rostro para observarlo a lo lejos; le queda ese semblante triste que me recuerda a la gente que observa la lluvia desde las ventanas de la oficina o desde la seguridad de la habitación; me recuerda al niño al que la madre le prohíbe salir porque teme que la lluvia enferme a su hijo; me recuerda la cara de cárcel de la que hablaba Neruda en algún poema. Un pequeño reino de las nostalgias, una correa que nos ata para defenderlo.
Hay que vencer a la lluvia. En alguna ocasión el señor M… —lo llamo así para no afectar su buen nombre— y yo salimos del Dalí con las mejores intenciones de terminar la borrachera en un table local. Nos gustaba ir al Éxtasis, nos sentíamos cómodos, era nuestra heterotopía, como dice Focault. Esa noche llovía como si Noé anduviera cerca, robándose el ganado de los vecinos; pero aún así decidimos arriesgarnos a buscar un cajero automático y un taxi que quisiera llevarnos hasta Alfredo del Mazo. La luz se fue en todo el centro de Toluca, así que tuvimos que caminar muchas cuadras hasta encontrar un proveedor bancario. Los taxistas no nos querían llevar, les parecíamos peligrosos, incluso uno de ellos nos dio el mejor pretexto que he oído hasta ahora: están muy mojados, nos dijo, me pueden dejar manchado el asiento. Caminamos cerca de una hora bajo la lluvia, hasta que llegamos al Éxtasis; una vez ahí, el anfitrión nos quitó las chamarras y las puso a secar en un lugar caliente, nos sentimos en casa. Tomamos unos tragos que nos calentaron el cuerpo, mejor que una ducha caliente, mejor que cualquier chocolate de la abuelita. Esa noche, en la pista número uno y con una canción de los Black Eyed Peas de fondo, se apareció Violeta, la mujer de la que quedaría prendado el señor M…, y que eventualmente le rompería el corazón. Valió la pena no detenerse a observar la lluvia; a pesar del dolor del señor M…, éste descubrió la vida más allá de la contemplación. Hoy ya no existe el Éxtasis, en Toluca todos los lugares del pecado fueron cerrados para proteger a las buenas conciencias de los peligros de la lujuria y del comercio sexual —como si hubiesen hablado alguna vez con alguna de las chicas—, “el Estado de México es una prepotente existencia moral”, dice el horrible himno que se canta en las primarias mexiquenses.
Dijo Marinetti en su Manifiesto futurista de 1909: “La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo.” La acción ante la contemplación, el movimiento ante la mirada estática. La inacción es renuncia a la existencia. La lluvia cae, no se detiene, cae, siempre cae y destruye todo a su paso y nos da la vida preñando a la tierra: ¿por qué habremos de detenernos nosotros?

Alejandro Solano Villanueva

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“Leer es sexy” y otras confusiones

Para Diana

Hoy en día es muy común ver campañas en favor de la lectura espontánea (por contradictorio que esto parezca). Lo mismo en la calle o en los medios de comunicación, vemos a luchadores, cantantes, actrices y uno que otro escritor (¡wow!) pugnar de maneras simpáticas por una cantidad saludable de lectura diaria: 20 minutos. Dicha cantidad supongo que fue establecida en base a estudios cuantitativos que relacionaban la práctica lectora con los dividendos comerciales que una lectura no mayor a 20 minutos puede atraer: ¿tu camión dura 20 minutos en llegar a la casa? ¡Ponte a leer! ¿El pastel debe estar 20 minutos en el horno? ¡Ponte a leer! ¿Los tacos de canasta te cayeron pesados y debes estar más de lo que deseas en el baño? Bueno, en este punto ya sabrán lo que se recomienda…
Pueden llamarme snob o desconsiderado, pero creo que la lectura es una de esas cosas que no deberían promocionarse como si fueran actos civiles valerosos, semejantes a no tirar basura o ayudar a los ancianos a cruzar la calle. La explotación mercantil de un acto que se supone nace al interior de la individualidad más pura (¿o acaso existe algo más puro que la relación entre la palabra y el ser?) conlleva a prácticas comerciales que consumen ingentes recursos para escupir cantidades industriales de libros de toda ralea: la literatura, que dicen que a veces se toma en cuenta en medio de este proceso de producción editorial, fácilmente queda cubierta entre todo tipo de publicaciones que ayudan al ciudadano promedio a cumplir con ese requisito cultural indispensable en los días que corren: leer.

El segundo paso de este proceso centra su atención en el consumidor: el libro, al final del día, es poco atractivo como producto comercial: habrá entonces que hacer de su consumo una experiencia nueva, poderosa visualmente; ahí es donde el verbo leer se vuelve performativo y nos encontramos con un nuevo tándem comercial: leer también implica una acción social: se vuelve físicamente plausible y consignable, una actitud, un look; en una frase: leer es…
Llegado a este punto surge un elemento que siempre está ahí para vincularnos con nuestras pasiones y necesidades más primitivas: el sexo; y nuevamente los Estados Unidos dan la pauta para enseñar cómo venderlo de distintas maneras. Tomemos con ejemplo el caso de The Outdoor Co-Ed Topless Pulp Fiction Appreciation Society (OCETPFAS). Las casas editoriales nunca muestran la cara (¿mención por omisión?), pero misteriosamente aparecen en los parques públicos jóvenes bellas, con un estilo visual muy parecido al de las suicide girls Las bibliófilas ninfas aprovechan las recién promulgadas leyes de Nueva York que permiten a las mujeres (lo cual veo perfecto) pasearse y leer (o correr, bailar o hacer un pic- nic), semidesnudas, entre los arbustos y los lagos artificiales con patos que espero no sean artificiales, la última obra de la saga de Catherine DeVore, Abraham Lincoln Presidential Fuck Machine, entre otros libros. Un acto sugestivo, por decir lo menos.
Ahora, no estoy criticando la libertad que tiene todo individuo de salir a la calle y leer desnudo lo que se le antoje; lo que refleja un claro deterioro del concepto es el hecho de que la nueva sexualidad en la literatura se extrapole hacia el acto físico y deje de nacer en la intimidad de las páginas. Suena romántico e ingenuo, lo acepto, pero tan genuino como no lo puede ser una lectura “espontánea” por una mujer desnuda en el parque. ¿Por qué todas las chicas parecen modelos? Esta nueva percepción del acto de leer ha sido cuestionada de distintas formas, poniendo en tela de juicio esa frase que nos enerva a algunos y encanta a otros: “leer es sexy”.

Es probable que la fascinación por el acto de leer sea distinto en cada individuo, pero esto no exime de un sutil elemento sexista a estas nuevas tendencias que buscan conjuntar la lectura con un estilo visual que tienda hacia lo sexualmente atractivo y convencionalmente bello. Puedo entenderlo pero me sigue pareciendo banal y peligrosamente estereotipante. Me reconozco más como un seguidor de la fascinación de la lectura: lo que podemos descubrir en la cara del lector, en la emoción que desprende esa relación indescriptible; Cristian Vázquez lo planteó de manera ejemplar, hace ya un tiempo: “Porque nos gusta ver leer no solo a personas bellas, sino a toda clase de gente: mujeres y hombres, jóvenes y viejos, gordos y flacos, blancos y negros. Puede que Marilyn Monroe o Paul Newman sean sexies leyendo el Ulises o el New York Times, pero no necesitan de la lectura para serlo. Lo que nos gusta de una persona que lee es verla sumida en un mundo extraño, que no tiene nada que ver con el entorno que la rodea, mundo del que apenas podemos obtener mínimos indicios a través de su cara, sus expresiones, sus microgestos. Es decir, la cara de un lector es una suerte de ventana al mundo creado por el libro. Mejor dicho: el mundo creado por la conexión entre el libro y él.”
Y, al final ¿Qué es lo que sí me parece sexy? Aquello que sensualiza y excita desde el pensamiento, el lenguaje que puede reflejar una fantasía, un deseo factible, una posibilidad innegable de compartir un espacio y un tiempo paroxístico con el otro que nos complementa, incluso si ese otro no es nadie más que nosotros mismos. Sexy es, por ejemplo, La hierba roja, de Boris Vian: “Sintió los dedos frescos que le acariciaban el rostro, buscándole la boca, y que le deslizaban una cereza entre los labios. Dejó que se calentara durante unos segundos antes de morderla, y se puso a roer el huidizo hueso. Folavril estaba muy cerca de él y el aroma de su cuerpo se mezclaba con los perfumes de la tierra y de la hierba. (…) Por encima de ellos se abrían brechas de vacío acosadas por una oscuridad inmóvil que, por momentos, sustraía las estrellas a su vista. Se durmieron en silencio, el cuerpo contra la tierra cálida, en el perfume de las flores de sangre.”
Dormir en medio de las flores de sangre, ¿Puede haber algo más sexy que eso?

José Antonio Manzanilla Madrid

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