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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

marzo 2017

Seis weirdos antisistémicos que no están en Buzzfeed (Parte II)

 

Enrique Padilla

Antonio Carlos Brown, Filhos do carnaval

 

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Esta serie, filmada y producida en Brasil, se adentra en el mundo del jogo do bicho, una especie de lotería ilegal extremadamente popular, en la que el participante apuesta por cualquiera de 25 animales, muchas veces siguiendo la corazonada de los sueños que haya tenido la noche anterior. En el Rio de Janeiro contemporáneo, Anésio Gebara es quizá el banquero más poderoso del negocio y el padre de Anesinho, Claudio, Nilo y Brown. Este último es director de una escuela de samba, la fachada del centro de operaciones del clan Gebara, a pesar de lo cual no goza realmente del poder ni los lujos bajo cuya sombra creció, ni del afecto o la confianza de su padre. Él y Nilo son bastardos, uno mulato y el otro negro; los otros dos hermanos sí llevan el apellido de la familia. “Estás demasiado moreno para ser hermano de Anesinho Gebara”, le dice un policía que lo sorprende fumando un porro mientras conduce el convertible robado de su hermano mayor.

Un hedonista consumado, que ama por igual el alcohol, la marihuana y la cocaína, la fuerza y carisma de Brown lo hacen muy atractivo para las mujeres. En las escasas dos temporadas de la serie, tiene tres, quizás cuatro hijos , con lo que sigue, involuntariamente, los pasos de su padre. En su gusto por el placer, sin embargo, subyace un impulso autodestructivo que es tanto ambición sin cauce de salida como un deseo de reconocimiento.  Si el sistema es el conjunto de agentes de poder que lo componen, pocos hombres en ninguna serie han sido más antisistémicos que Brown: perseguido por la policía y un grupo rival de la mafia brasileña, con demasiada frecuencia está huyendo, siendo golpeado o escondiéndose en una bodega de juegos clandestinos.

Tanto sus acciones como las fuerzas que se mueven detrás lo van dejando sin espacio. Mientras Claudio, el hijo menor, asume cada vez más el papel de jefe que su padre ha abandonado, el único reducto que le queda a Brown es el carnaval, en su sentido más hondo. Como director de la batería de la escuela, es uno de los pocos hombres que puede dirigir los enormes blocos que desfilan por las calles. Aunque el viejo capo se lo prohíbe expresamente durante los ensayos, Brown alza cuatro dedos en el corazón de la fiesta, que ningún poder puede tocar, para indicar a su gente la introducción de una paradinha, una pausa abrupta en la melodía, un espacio en que los músicos levantan  una nueva cadencia, mediante la cual el primer ritmo, una vez retomado, se intensifica y enloquece de alegría a la avenida. Eso es el verdadero poder: cargado de amargura, impotente, Anésio Gebara observa por la televisión.

 

 

Brenda Chenowith, Six Feet Under

 

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En este drama de HBO sobre la empresa funeraria de la familia Fisher, Brenda sostiene una difícil y fluctuante relación con Nate, el primogénito, y es también amiga de Claire, la hija menor. Nacida en un matrimonio de psicólogos, durante su niñez se descubre que Brenda tiene un coeficiente intelectual muy elevado, lo cual la convierte en un objeto de estudio. Ella responde fingiendo síntomas de enfermedades para confundir a los investigadores y llega al extremo de sólo comunicarse mediante ladridos durante un mes. A lo largo de la serie, tiene que lidiar con la dependencia emocional y los deseos incestuosos de su hermano Billy, aquejado por un desorden psiquiátrico, y con una madre que constantemente la critica para sentirse bien sobre sí misma.

Brenda lucha por hallar un equilibrio entre estas circunstancias y sus relaciones personales. Su temprana exposición al sexo es decisiva: cuando era niña, sus padres sostenían relaciones frente a ella y su hermano, e incluso una noche en que no puede dormir, los descubre en una orgía. Ya siendo adulta, le es infiel a Nate de diversas formas: masturba a uno de sus clientes –ella trabaja como masajista–, asiste a una fiesta swinger donde se va a la cama con una pareja mayor y tiene un trío con dos adolescentes. Su sexualidad, al menos en un principio, no se ve distorsionada por la represión, sino por el exceso, en un entorno donde la promiscuidad, incluida la del propio Nate, parece la norma. Su relación, a causa de las infidelidades de ambos, termina, no sin que ella le diga: “Tú sabes qué clase de mujer soy: la que cogió contigo en un clóset en el aeropuerto dos horas después de haberte conocido”.

Luego de reconocer su adicción al sexo y recibir terapia, Brenda tiene ahora que superar la culpa. Nate y ella lo intentan de nuevo y piensan casarse, pero cuando sufre un aborto dos días antes de la boda, siente que está siendo castigada. Sus temores se manifiestan en su diálogo imaginario con Lisa, la esposa anterior de Nate: “Cada vez que intentas tener una linda vida normal, lo arruinas. Nunca vivirás feliz para siempre sin importar cuántos velos blancos te pongas. Estás demasiado destruida para eso”. Brenda también siente que es incapaz de ser una buena madre para Maya, la hija de Nate y Lisa, y para Willa, la hija que finalmente concibe con él.

En una serie donde uno de los temas más importantes es la familia, Brenda sublima el entorno profundamente disfuncional donde creció para construir un hogar en que crezcan sus hijas, contra ese discurso sobre la mujer que afirma que alguien que se divirtió tanto como ella, una slut bag como ella, nunca podrá ser “maternal”. Atea, creativa y directa, se convierte también en terapeuta especializada en niños sobredotados.

 

 

Tyrion Lannister, Game of Thrones

 

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Es posible que no haya un “medio-hombre” más célebre, dentro y fuera de la pantalla, que Tyrion Lannister. Aunque no de balde nació en la familia más rica y poderosa de Westeros, cualquier fan de Game of Thrones sabe que desde su nacimiento ha sido un marginado dentro de su misma familia, un hecho que se resume bien en la opinión que su padre, Tywin, tiene de él: “Eres una criatura rencorosa y malformada llena de envidia, lujuria e ingenio vulgar”. Y aunque no todo marginado es un crítico, en Tyrion hay algo esencialmente a contracorriente de una sociedad tan estratificada como la de King’s Landing: empatía por quienes ocupan las posiciones más vulnerables de esa sociedad. En sus palabras, “tengo cierta inclinación por los lisiados, los bastardos y las cosas rotas”.

La principal característica de Tyrion, sin embargo, que se topa de frente ya no digamos con la revuelta realidad creada por George R. R. Martin, sino con casi cualquier realidad, es una inteligencia puesta al servicio del bien común. Al carecer de destreza física y habilidades guerreras, tiene que recurrir a la palabra para esquivar las situaciones en que la violencia se vuelve decisiva. Para prueba, está su actuación como Mano del Rey. Su entendimiento de los rivales y sus motivaciones es algo que supera la capacidad de sus antecesores en el cargo, como el tan llorado Ned Stark, y la forma en que expone y se deshace de las piezas menores que pueden tropezarlo, como Janos Slynt y el gran maestre Pycelle, aportan dos de los momentos más hilarantes de la trama.  A pesar de su escaso garbo, sabe actuar con decisión en momentos cruciales y conseguir que actúen hombres que no tendrían por qué obedecerlo: “No peleen por un rey, no peleen por sus reinos. No lo hagan por honor ni por gloria ni por riquezas, porque no obtendrán ninguna. La ciudad que Stannis va a saquear es suya. La puerta que está golpeando es suya. Si entra, será su casa la que arda. Su oro el que robe, su mujer la que viole”.

Este deseo de proteger el reino, así como su dominio de las palabras, le ganan la amistad de Varys, un eunuco, el amo de los espías, otro ser extraño y al mismo tiempo inmerso en las tramas del poder.  Pero Tyrion no es un héroe. Su afición por el vino y las prostitutas lo hacen bastante más comprensivo de las debilidades humanas que los distantes caballeros de las sagas, de donde deriva que las impurezas no son algo que pueda erradicarse, sino algo con lo que es necesario pactar. Con la séptima temporada en puerta, y a reserva de los giros de la trama que la serie acostumbra, esta debería ser una buena época para que el infame Tyrion Lannister ejerza su talento plenamente dentro del ejército a toda vela de la Madre de los dragones.

 

 

 

Esta lista por supuesto que es arbitraria y para nada exhaustiva. Hay muchos otros rebeldes y excéntricos de series sobre los que vale la pena escribir, pero intenté dar preferencia, en la mayoría de los casos, a aquellos cuya calidad rebasa su fama. Por supuesto que se agradecen las sugerencias.

            Para leer la primera parte de esta lista, puedes dar clic aquí

 

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Seis weirdos antisistémicos que no están en Buzzfeed (parte 1)

 

Enrique Padilla

En las buenas series, además de los poderosos y las víctimas, los bellos y los ambiciosos, suele haber personajes que ponen en cuestionamiento la realidad que los rodea. Se trata de seres con frecuencia enfrentados a las reglas de su mundo, ya sea completamente fantástico o que tenga la civilizada misoginia de la industria de la publicidad. Su función dentro de una narrativa es clave, porque su mirada expone la complejidad del universo ficticio, de modo que resulta tan ambivalente como el que llamamos real.

Omar Little, The Wire

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Crecer en los guetos de Baltimore no es nada fácil y mantener un código de honor mientras le robas a narcotraficantes para vivir lo es todavía más. El de Omar Little se resume bien en una frase: “Nunca le he apuntado con mi arma a un ciudadano”; es decir, a un trabajador, a alguien que no está dentro del “juego” de la venta de drogas y demás actividades implicadas que son el principal horizonte de la juventud negra de la ciudad. Por si esto no fuera difícil en sí, Omar se ha formado una reputación que infunde temor sin ocultar su homosexualidad: en un mundo dominado por matones y padrotes, es un ser marginal en la propia orilla de la marginación.

Al asaltar por igual a los dealers de las esquinas que a los grandes capos como Avon Barksdale y Proposition Joe, sin que le importen en nada sus disputas o acuerdos sobre el territorio de cada quien, Omar dinamita un sistema sobrecargado de pólvora. En una jungla de jerarquías que se rige por el lema “compra por un dólar, vende por dos”, Omar es un anarquista que no hace ninguna de las dos cosas ni obedece a nadie. Cuando se apodera de la mercancía de algún jefe, le cobra al mismo para devolvérsela, invirtiendo la relación. Es una sangría permanente en el libro de cuentas. Quizá por eso los niños que lo han visto ir de cacería, siempre con su escopeta de dos cañones sobresaliendo por debajo de su gabardina y mientras silba una nana para dormir, juegan a ser él, el único hombre que hace lo que quiere y se opone a los grandes jefes en calles donde a veces no puede hacerlo ni siquiera la policía.

Pero Omar no es un ejemplo de moral ni de heroísmo. Cuando colabora con la policía, no lo hace por respeto a la ley, sino porque se venga así del asesino de Brandon, su novio. Su moral, en todo caso, es mero pragmatismo. Él mismo lo deja en claro cuando un abogado intenta desestimar su testimonio al acusarlo de aprovecharse de la situación de crimen en las calles: “Igual que usted. Yo tengo la escopeta. Usted tiene su portafolio. Todo es parte del juego, ¿no?”.


Peggy Olson, Mad Men

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A primera vista, no hay nada revolucionario en la nueva secretaria de la agencia de publicidad Sterling Cooper, pero durante una prueba de Belle Jolie, cuya fortaleza es el amplio catálogo de sus lápices labiales, el carácter único de Peggy Olson se revela en una bellísima secuencia en cámara lenta, donde se limita a contemplar a las demás secretarias, que se abalanzan sobre los nuevos colores y sonríen coquetamente al espejo mientras se los aplican. Al final, cuando un ejecutivo le pide los pañuelos desechables que permitirán saber qué colores se utilizaron más, Peggy se los entrega diciéndole: “Aquí está tu cesta de besos”. El ejecutivo parece impresionado de que una secretaria pueda usar un lenguaje metafórico y le pregunta qué color fue su favorito. Ella responde: “No creo que nadie quiera ser uno de cien colores en una caja”. Su respuesta la lleva a participar en la creación de la campaña de la marca; al poco tiempo se convierte en redactora de la agencia.

La carrera de Peggy es una lucha constante con la condescendencia de los hombres del medio, en la que cuenta con el apoyo de Don Draper, el genio creativo detrás de la agencia, a la vez que debe soportar sus absorbentes exigencias profesionales. La vida personal de Peggy también se entromete en sus aspiraciones: durante una cita, un periodista de izquierda la reprende por trabajar en una corporación y le informa que la lucha por la igualdad de los negros es más importante que los derechos de las mujeres. Por otra parte, al crecer en una familia católica tradicional, Peggy tiene que soportar el juicio de su madre y su hermana luego de dar en adopción a un bebé que no deseaba. La moral de su familia cobra forma en la insistencia de un joven sacerdote, quien se empeña en “redimirla”, lo cual finalmente la lleva a abandonar la congregación.

A pesar de los obstáculos, la carrera de Peggy avanza con rapidez. Gana un premio, se convierte en jefa de redactores y, cuando Don sufre un colapso emocional, asume su papel como directora creativa. Aunque no se considera una persona “política”, Peggy es una feminista en la práctica, cuya seguridad, creatividad, compromiso profesional y capacidad de negociación abren y transforman un sector reservado a hombres de traje que beben whiskey. “El trabajo es 10 dólares. La mentira es extra”, le dice a Roger Sterling, antes de sacarle 400 dólares, una pequeña fortuna para la época de la serie, por un trabajo del que no deben enterarse los demás socios.


Floki, Vikings

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Igual que el personaje histórico en el que está inspirado –el primer escandinavo que navegó a Islandia, según las sagas, porque Noruega era “demasiado caliente”–, Floki nunca se siente muy a gusto en el lugar donde se encuentra. Buen amigo del protagonista de la serie, Ragnar Lothbrok, lo apoya en su intento de empujar las fronteras de su mundo contra la voluntad del conde reinante, a quien ambos deben obediencia. Se convierte así en el constructor de un nuevo tipo de barco, más rápido y ligero, capaz de alcanzar las costas de Inglaterra, Francia e incluso el Mar Mediterráneo: un pionero tanto del arte de la navegación como en el campo de los avances tecnológicos. Su carácter teatral queda de manifiesto durante el saqueo a una iglesia: Floki bebe del cáliz en el altar y escupe el vino, luego sonríe y se acerca gesticulando a la aterrada feligresía.

A pesar de su amistad con Ragnar, no por eso deja de cuestionarlo, ni le pide su bendición cuando se casa con su compañera de muchos años, Helga, por considerar que Ragnar “clama todo”, pero no puede reinar sobre su matrimonio. Aunque es un devoto de todos los dioses nórdicos, se siente mucho más atraído por Loki, al punto de que llama a su hija como una giganta, la primera esposa de este. Floki camina de puntillas sobre la línea entra la lealtad y la traición, un límite que finalmente cruza cuando asesina a Athelstan, un monje convertido en pagano, consejero y amigo de Ragnar. Cuando este lo descubre, le impone un castigo ejemplar. Tal como en uno de los mitos del embaucador, Floki es encadenado en una cueva y solo consigue dormir mientras Helga sostiene un cuenco sobre su cabeza, para evitar que lo despierten las gotas que resbalan del techo. Floki representa así a un tipo especial de rebelde: aquel que nunca se siente cómodo bajo el poder, aun cuando tenga un lugar asegurado en su sistema; está dispuesto a perder sus privilegios con tal de seguir los impulsos de su naturaleza.

Concluido su castigo, sin embargo, el talento de Floki vuelve a ser necesario. A fin de evitar las dos fortalezas de un río, idea una auténtica obra de ingeniería: un sistema de poleas para subir los barcos a lo alto de un acantilado y un camino de troncos que permiten desplazarlos entre el bosque. Sus incursiones y aventuras continúan aún después de que Ragnar pierde todo su poder. En una historia que aún no termina, Floki es un bromista atormentado por visiones de los dioses y de la oscuridad inherente a una sociedad tan violenta, donde la muerte es tan común, como la Escandinavia vikinga. “Somos una familia tan feliz… Las familias no son felices… Me siento atrapado en toda esta felicidad”, le dice a Helga en uno de sus raros momentos de calma, mientras observa a su pequeña hija a la orilla del mar.

concluirá el próximo jueves

Lleno de maravillas: la peculiar vida de Owen Suskind

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Todo era felicidad para Cornelia y Ron Suskind  hasta que un día Owen, su hijo menor, desapareció. No lo secuestraron criminales, no sufrió un accidente, o fue víctima de negligencia parental. Owen estaba físicamente con ellos, pero faltaba: no dormía, sus movimientos eran torpes, hablaba incoherencias, no atendía a los llamados y, en general, se comportaba de forma rara.  Años después, Owen dirá: “Era difícil para mí comprender  lo que la gente decía. Todo estaba distorsionado”.

Sus padres, olfateando las pistas de la desaparición, fueron con un especialista infantil que, después de varias pruebas, dio con el paradero del niño: autismo. Era la década de los noventas y a los Suskind les dijeron que probablemente su hijo no volvería a hablar. Sin embargo, en cierta ocasión, el pequeño repitió deformada una frase que la bruja Úrsula le dirige a Ariel en La sirenita: “Juicesurvoz” (“Just your voice”), pero las esperanzas de los padres se desmoronaron cuando el médico señaló que se trataba de una manifestación de ecolalia. Es decir, Owen no entendía lo que decía, sólo imitaba los sonidos del habla.

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Tiempo después, celebraron el cumpleaños del hijo mayor, Walter, con una fiesta llena de niños. Al final, el festejado se quedó triste y solo en el patio. Owen  siguió a sus padres hasta llegar a la cocina, los miró expectante y dijo: “Walter no quiere crecer, como Mogli o Peter Pan”, después corrió hacia algún lado de la casa. No se trataba de ecolalia, su hijo comprendía y, llegado el momento, era capaz de verbalizar esa comprensión y comunicarla de manera efectiva. El hijo pródigo había regresado de su exilio utilizando películas animadas.

La vida de Owen Suskind y su íntima relación con las películas de Disney es el centro del documental  Life, Animated (2016) dirigido por Roger Ross Williams y basado en  las memorias Ron Suskind.  La película no es una simple biografía de un joven con autismo y con una devoradora pasión por películas para niños. Es un relato sobre la dificultad de crecer en un mundo hostil que plantea dudas a cada paso sobre cómo debemos comportarnos, cómo debemos actuar y qué mecanismos tenemos para reconfortarnos.

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La película no es un gran documental, no tiene la maestría narrativas de obras que ya se han vuelto ejemplos en la tradición norteamericana como Man on Wire (2008), o Searching  For Sugar Man (2012), tampoco habla de personajes famosos como en Amy (2015), What Happened, Miss Simone? (2015), carece también de un compromiso social patente como Winter on Fire (2015), I Am Not Your Negro (2016), 13th (2016); ni apela al escándalo y la crítica a la sociedad estadounidense como la más reciente ganadora de los premios Oscars O.J.: Made in America (2016).

Sin embargo, Life, Animated, por más íntima y pequeña que sea, se puede equiparar al listado anterior porque nos permite ver y entender nuestra realidad de una manera distinta. Williams construye un espejo deformante que refracta los miedos y anhelos de la audiencia: Owen captó en los gestos exagerados de los personajes animados de Disney  ciertas claves de la comunicación humana. Uno de ellos fue el lenguaje ­ ―articulación, tono, ritmo y significado de las palabras―, y el otro es la forma en que nos acercamos, entendemos, experimentamos y socializamos el mundo y a los demás: las formas de cariño filial o amistosas, la crueldad, el amor, la tristeza, el dolor, la ira, la esperanza. Con ese arsenal, el protagonista se enfrenta al mundo transformándose en una especie de caricatura viviente para lidiar con la vida. Los sinsabores y los retos de su lucha cotidiana se expresan de manera exagerada, caricaturesca y gracias a esa exageración,  a esa personalidad abierta y maniquea (como muchas películas de Disney) es más fácil intuir y entender nuestras propias preocupaciones y triunfos. Owen es un espejo deformante porque nos enseña a ver el mundo como aprendió a verlo; por eso conectamos con él, no porque tenga autismo, sino porque es  y no es como nosotros. Puede enternecernos de manera superficial su habla infantil, su cuaderno de dibujo donde habitan los únicos amigos de su infancia, los sidekicks de la extensa filmografía de Disney, puede extrañarnos su movimiento de brazos, los ruidos de diferentes tonos que hace mientras mira en algún lugar de su propia mente, hacia la lejanía. Pero lo entendemos porque también se decepciona (como nosotros) cuando las galletas que prepara con mucho amor salen del horno espantosas y mal cocidas; porque, como a nosotros, la realidad le duele y le apura a encontrar un trabajo en el que su dulzura y su conocimiento cinematográfico sean útiles. Ese grado de profunda empatía puede sentirse de manera patente cuando, a la manera de un niño sabio, Owen marca al teléfono de su madre y le hace una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez, aunque sea en voz baja: “¿Por qué la vida está tan llena de dolor injusto y tanta tragedia?”

Owen entiende que es parte de este mundo y a la vez no. Esa característica anfibia de un protagonista que se mueve entre la realidad de las películas y la exterior, se transfiere al filme por medio de secuencias de animación que ilustran pasajes de la biografía de Owen: la primera conversación con su padre gracias a un Iago de peluche, el bosque donde viven los sidekickers, el mal que anida allí y que se desató cuando los acosadores de su secundaria le dijeron que incendiarían su casa y matarían a sus padres, el valor que encontró en Rafiki para vencer el miedo a los otros.

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El documental  no deja de lado a aquellos que rodean al protagonista y son afectados por su condición: los padres que aún sufren por la pérdida de un hijo idealizado desde su nacimiento; el hermano Walter, atribulado porque debe hacerse cargo de Owen cuando sus padre mueran y no sabe bien si podrá; y aquellos compañeros de escuela que salieron del ostracismo de sus condiciones mentales gracias al club de cine que el joven Suskind organizaba semanalmente para ver y discutir algún clásico de la casa Disney: extraían lecciones de vida que les ayudaban a entender la vida cotidiana.

Life, Animated aparece en momentos difíciles para su país de origen: la división política e ideológica que provoca día a día la administración del magnate Donald Trump. En ese sentido, el documental se une a un grupo de películas que si bien llevaban tiempo gestándose en las casas productoras, o en  los guiones de sus creadores, aparecen justo en las candidaturas de los Oscars del  2017, año más tremendo de la ola trumpista: Moonlight, Arrival y Fences. Los tres, al igual que Life, Animated, pueden entenderse como ensayos sobre la incapacidad de comunicarnos de manera profunda, sobre los peligros del silencio, la incomprensión y el odio. De entre todas ellas, el documental sobre el joven Suskind es la obra más íntima, sencilla y delicada, la que tiene una nota de profunda esperanza naif. El propio Owen muestra cómo se unen el mundo cotidiano y el fantástico mundo de Disney en un discurso ofrecido en Francia. Son esas palabras las que resumen la vida del protagonista, el sentido de la película y, de alguna forma, la vida aquellos que nos hemos sentido diferentes e inseguros:

“La manera en que la gente ve a aquellos con autismo es que no quieren estar rodeados de otras personas. Eso es un error. La verdad sobre la gente autista es que queremos lo que quieren los demás, pero a veces nos equivocamos y no sabemos cómo conectarnos con la gente. Fui acosado en el colegio. El futuro me parecía tan aterrador e incierto, yo no quería crecer. Sólo veía al mundo pasar desde mi  campanario, cómo el Jorobado de Notre Dame. El jorobado no termina como algunas películas: Cuasimodo no se queda con la chica, pero es muy bien recibido por la sociedad luego de un largo y duro viaje; entonces ya no es un marginado. Eso es más o menos lo que me pasó a mí. Ahora, cuando me veo en el espejo, veo a un hombre autista orgulloso, fuerte, valiente y listo para enfrentar un futuro brillante y lleno de maravillas.”

Iván Partida

El ardid de los cerdos

Durante los trece años que he dado clases de pintura a los niños de la primaria he visto cientos de barquitos compuestos con siete u ocho líneas, playas con un sol en la esquina superior derecha, bosques completamente verdes y casitas con techo triangular bajo las nubes; sin duda los temas predilectos de los más pequeños a la hora de elaborar una obra original. A los más grandes se les pide que pinten algo relacionado con su taller de literatura. Al finalizar el curso cada niño presenta su trabajo y lo acompaña de una historia. Los profesores y algunos padres asisten a la presentación anual, siempre aplaudiendo con mucha energía sin tomar en cuenta la calidad de los trazos y el discurso. Hoy, por primera vez, un niño no recibió aplausos, pero el silencio y la inerte expresión de quienes asistimos fue el sello perfecto para atribuirle mayor genialidad a su obra titulada Canto IX, en la que figuraban personas muy felices junto a un jabalí muerto y un cerdito alegre portando esmoquin.

El mensaje que se impregnó a la pintura fue breve. El texto que leyó susurrando el autor de once años decía lo siguiente: Durante el taller de literatura leímos los primeros diez cantos de la Ilíada. El canto IX es muy interesante porque Artemisa enojada envió un jabalí muy fuerte y agresivo que logró matar Meleagro. En la actualidad el ser humano aun mata cerdos, pero muchas personas que defienden a los animales están dejando de comer carne y hay familias que adoptan pequeños cerditos y los tratan como si fueran mascotas. Meleagro fue admirado como hoy admiramos a quienes están en contra de la violencia hacia los animales. En casa tuvimos un cerdito y mi abuelo siempre decía que cuando Artemisa se enoja podemos comernos a los cerdos o darles un hogar.

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Inevitablemente el silencio entre el público fue un respiro para digerir las palabras de un niño de once años que, después de haber leído algunas páginas de la Ilíada, confeccionó un mensaje en defensa de los animales. La profesora de literatura se quedó atónita porque alguien se interesó más en el jabalí que en el famoso Aquiles, personaje con mayor número de apariciones en las pinturas presentadas este año. Yo pasé del asombro a la serenidad, notando cómo aquel cerdo yorkshire vestido con esmoquin y el jabalí muerto que parecía un enorme cerdo hampshire, me transportaban con nitidez a mi infancia, sobre todo a las tres semanas que pasé en casa de mis tíos cuando tenía nueve años, lugar donde aprendí a diferenciar las razas de cerdos más comunes gracias a la extravagancia con la que se dirigían a ellos.

Eran vacaciones de verano y mis padres querían hacerme un favor recreativo y académico enviándome las tres semanas de descanso con mi tío Abel, su esposa Agnes -una intelectual inglesa y fanática de Dickens, orgullosa de llamarse así por Agnes Wickfield- y mis primos Oliver de ocho años y Estella de doce; sus nombres indudablemente fueron elegidos por mi tía. La intención de mis padres era que aprendiera inglés jugando con mis primos y platicando con mis tíos, idea que no me desagradaba, los cuatro hasta la fecha son personas extremadamente amables. Al final del enorme patio de la casa tenían seis cerdos, todos habían llegado como regalos de amistades internacionales, y por ser regalos el trato que recibieron siempre fue respetuoso; tres cerdos yorkshire, un hampshire, un landrace y un pietrain que inspiraba terror por sus manchas. Entre todos ellos los de origen inglés eran los más queridos, sobre todos los yorkshire (quienes desde pequeños usaron ropa) y el hampshire por su imponente color negro.

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Oliver me enseñó lo básico sobre los cerdos. A su corta edad ya se había ganado el adjetivo de “raro” por ser retraído y tener como pasatiempos alimentar a los cerdos y un peculiar gusto por los videojuegos sangrientos, los cuáles jugaba durante horas a pesar de sufrir pesadillas. Su hermana Estella tenía inclinaciones similares, desde pequeña amaba los animales y su amor fue creciendo a la par con su afición por las películas de terror y asesinos seriales. Algo muy común en familias radicalmente católicas como la de mis tíos.

El verano que pasé con ellos fue muy lluvioso. Desde aquel entonces mi gusto por la pintura y el dibujo ya era conocido por la familia, hecho que los motivó a ubicarme en una habitación del segundo piso con una ventana que permitía presenciar todos los colores del paisaje. El primer día, después de comer, subí para descansar, pero antes de tocar la cama, la irisada tarde cautivó mi mirada y me quedé inmóvil frente a la ventana en una especie de trance que duró varios minutos. Vi cómo al cesar la lluvia los árboles comenzaban a moverse y los cerdos corrían a comer lo que les dejaba Oliver. Cuando reaccioné y me dispuse a acostarme, toda mi ropa estaba afuera de la maleta, con manchas de lodo que llegaban hasta la cama. Mis tíos no dijeron mucho, pero Estella culpó a Oliver, idea que yo aprobé con disgusto.

Ese mismo día tuve dificultad para dormir, el sonido de pasos dentro de la habitación me despertó constantemente; luego la mente me saboteó al adherir la sensación de una mirada observándome sigilosamente entre la oscuridad. Prendí las luces y no había nadie, me calmé pensando ser víctima de una cruel broma de mis primos, sobre todo por lo que había pasado en la tarde. Me convencí al amanecer cuando su madre los regañaba por haber dejado abiertas las ventanas de la cocina; la lluvia junto con el viento nocturno arruinaron un cuadro de la última cena. Estella lloraba y Oliver reía cínicamente. El reproche se debía en mayor medida a esto último. Seguramente si las ventanas se hubieran quedado abiertas y entraba algún ladrón, pero el cuadro quedaba intacto, ningún reclamo se hubiera emitido.

Aquella tarde volví a buscar la singularidad del atardecer en la ventana de mi habitación y luego de unos minutos el sonido de pasos junto a la cama me perturbó. Al voltear, el cerdo hampshire me miraba y se paseaba con un vestido color amarillo que resaltaba el negro de su cabeza. No pude evitar que mi cuerpo se estremeciera por el horror, hasta que Oliver llegó por el cerdo y muy emocionado me contó el cómo es uno de los más queridos y cuando era pequeño le permitían pasearse por toda la casa. Esa noche dormí profundamente y al fin logré descansar.

Al día siguiente me quedé en el comedor con mis tíos después del desayuno hasta que el grito de Estella cortó la plática. Furiosa corrió a la cocina con el cerdo hampshire usando uno de sus vestidos y golpeando a Oliver por ponérselo. Mientras mi tío Abel intentaba calmar a Estella, Oliver negaba todo y soltaba una inicua carcajada al mismo tiempo que abrazaba al cerdo y bailaba con él creando un espectáculo siniestro.

El día retomó la normalidad y nuevamente dormí en paz. Al despertar escuché los gritos de mis tíos enojados en el fondo del patio. Me asomé por la ventana y los vi junto al establo de los cerdos. Miré la cara pálida de Estella contemplando los cerdos, cuando giré la cabeza casi caigo al suelo por los escalofríos que me provocó mirar a dos de los queridos cerdos yorkshire destripados y a Oliver sentado al lado de ellos con las manos llenas de sangre. Oliver no comió y cuando todos cenábamos tomaba agua y la escupía en su plato. Estella volvió a gritar reclamándole la escena del vestido, el haber vaciado mi maleta y ensuciado mi ropa y lo culpaba por haber matado a los cerdos, a lo que él respondió enterrándole un tenedor en el brazo y corriendo a su recámara.

Estella ya había visto un número inimaginable de películas de terror para su corta edad, lo que la llevó a moderar una discusión con sus padres en donde enumeró todos los actos de Oliver y concluyó que no necesitaba ayuda de un médico sino de un brujo o un sacerdote. Sus padres coincidían y yo no paraba de temblar ante la seguridad con la que lo decían. Las constantes pesadillas, las espeluznantes risas, las bromas, la agresión a las figuras religiosas, atacar a su hermana, bailar con los cerdos y matarlos fingiendo no recordar, todo junto en un niño de ocho años de pronto generó en la casa una atmósfera espantosa. Una curandera llegó al día siguiente y confirmó las sospechas de todos: lo de Oliver era un problema ajeno a la ciencia. Cuando intentó sanarlo, él la mordió y arrepentido suplicó piedad a sus padres, asegurándoles que él no había hecho nada de lo que se le acusaba.

Oliver durmió toda la noche, pero todos los demás no pudimos dormir, pasos y risas se escuchaban intermitentemente por toda la casa. El sueño nos venció al amanecer, pero los gritos de Oliver en el establo nos despertaron a los pocos minutos, corrimos y encontramos al cerdo con manchas muerto y a Oliver con una pierna herida peleando con los demás. Inmediatamente mis tíos lo llevaron al hospital en donde detuvieron la hemorragia de su pierna. Pasó toda la tarde dormido en casa y los vendajes por momentos absorbían un ligero color rojo cuando la curandera recitaba murmurando a causa del miedo.

Pasaron tres días en los que reinó la tranquilidad, Oliver aún en cama se recuperaba sin actuar extraño y todos nos turnamos para cuidarlo. Cuando Estella llevó comida a los cerdos corrió hacia la casa y sin gritar ni dar explicaciones notamos cómo su rostro languidecía, advirtiéndonos con sus ojos perdidos fuera de este mundo que algo terrible había sucedido nuevamente en el establo. La cabeza negra del hampshire se había teñido de rojo y algo se lo había estado comiendo; esta vez no pudimos culpar a Oliver y la ausencia del culpable nos horrorizaba más que la matanza. La curandera volvió para despedirse y asumir su incompetencia. Mis tíos desesperados fueron en busca del sacerdote más cercano, un viejo de sesenta y tres años que aparentaba un lustro más de vida. Escuchó atento toda la historia. No quiso ver a Oliver, pero pidió que le mostráramos los cerdos: sólo quedaba el landrace danés y un yorkshire vestido con saco un elegante saco negro y un collar de perlas. El sacerdote tembló, pudo ahogar un grito, pero le fue imposible ocultar el pavor que le provocaba la acicalada criatura.

Utilizó el teléfono y en menos de cuatro horas llegaron seis sacerdotes. Durante la espera nos explicó el motivo de su miedo y nos adoctrinó sobre la seriedad del problema al que nos enfrentábamos. Lo que estaba en el establo no era un simple cerdo yorkshire con un fascinante porte inglés engalanado con prendas humanas, sino un animal que había recibido la maldad de los cerdos de Galilea que se aventaron al vacío luego de que Jesús mandara los demonios sobre ellos. Cuando cayeron, algunos demonios lograron diseminarse y alcanzar el mar Mediterráneo, viajaron por toda Europa y sólo pudieron encarnarse en los cerdos.

La única solución era matar al cerdo. Lo primero que hicieron los sacerdotes fue ahogarlo, soportando el triste lamento que tienen los cerdos moribundos. Los ojos del animal se tornaron completamente morados y su piel pasó de un tenue rosado a un oscuro gris que parecía componerse de cenizas. Entonaron juntos palabras religiosas durante horas y finalmente lo quemaron. El tío Abel, Agnes y yo, presenciamos el agobiante rito de cerca, Oliver estaba atento mirando desde la ventana de mi habitación junto a su hermana. El cerdo murió y todos nosotros, distinguidos y orgullosos defensores de los animales, vivimos uno de los momentos más alegres de nuestra vida al sentir cómo la maldad nos abandonaba.

Víctor Hugo López

 

Impresiones de un viaje a Francia: la aventura y los amigos

De tal manera es pura, libre de toda atadura terrestre, de tal manera está poco enraizada, aunque maravillosamente en la vida.

-André Breton, “Nadja”[1]

 

Estábamos los dos frente al atardecer, yo, recién descendida del avión. Un viaje de once horas en el que no dormí ni un segundo. Era demasiada la adrenalina, la tristeza, la felicidad, una mezcla de sentimientos que aun anidan en mí. El frío, el viento helado, la lluvia. Era París. Y se nos arrugó el cuerpo. Aunque Luis ya es habitante de la gran ciudad burguesa, la tormenta de esa tarde lo sorprendió. Nos miramos. Notó mi felicidad, me dijo, “contra viento y marea pero llegaste”. Lejos estaba ya mamá y sus recomendaciones. Lejana también la mirada firme de mis hermanos. Sólo nosotros y esa ciudad con grises atardeceres, con su aire dañándonos los huesos, acalambrando el valor. No me sentí sola, Luis tomó el papel de mamá y me guió los primeros días. Me presentó a sus amigos arqueólogos y ya desde la primera noche comenzó la vie boheme. Fuimos a dos pubs y pude sentir la hospitalidad de la cultura francesa la cual es muy difícil que salga a flote. Tuve suerte. Después, durante un mes, me fue casi imposible volver a encontrar la amabilidad en otras personas a mi arribo a Nantes. Ahora, ya en Nantes, ha cambiado, amigos de otras partes del mundo han llegado para dibujarle una sonrisa a los días pluviosos.

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¿Qué me trajo a Francia? El deseo de conocer el viejo mundo, de ver si era cierto que la poesía es azul y viene de Francia, de escuchar y aprender bien la lengua (había llevado cursos en la preparatoria), de encontrarme con otra cultura que según pensaba, son más liberales de pensamiento. También alejarme del terruño, del nido familiar. Francia me parecía un edén para sembrarle viajes a mi imaginación. No sé. Nací con pata de perro. Aun desconozco el término de mis búsquedas, pero desde muy chica todos los horizontes me parecían tacaños para el hervidero de mariposas que alborotaban mis paisajes. Seguro que fue la inquietud de mis pies, porque si no de dónde habría yo sacado estas ganas de aventurarme por todos los caminos. No me arrepiento pese a las dificultades de las primeras semanas. El choque cultural fue fuerte. Sí, hubo días donde la melancolía se apoderaba de mí. Donde deseaba regresar a casa para platicar con familiares, para cuidar de mi madre, para reír con mis amigos. Sentí cómo todas mis expectativas del país galo y su gente se esfumaban. Ahora, a casi dos meses de la estancia, percibo ni un paraíso ni un infierno. El lugar tiene sus pros y sus contras. Aun no quiero afirmar nada. Todas son meras impresiones. Por un lado, me ha sorprendido tanta belleza, es hermoso, eso sí. El espacio es maravilloso; por otro lado, un espacio no es nada si no la habita alguien, como bien dice Paul. Los habitantes de estos terruños son especiales. Al principio, poco amigables. Una muralla parece rodearlos siempre. He perdido la cuenta de las veces que he escuchado el “je ne comprends pas” y abandonan la plática; con el tiempo, esa incomunicación va desapareciendo y la amistad comienza a filtrarse, siempre y cuando esa amistad no rebase jamás los límites. Ésto dentro de su propio círculo de conocidos, hablar con la otredad es otro asunto; pero existen quienes sí intentan acercarse al otro, pocos, pero los hay. Luis y sus amigos, por ejemplo, son la excepción.

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¿Que si son fríos los parisinos? A primera vista, creo que sí. Serios también. Por momentos, pueden ser alegres aunque contenidos. No estentóreos como nosotros, pero en ciertas circunstancias (después de varias pintas o copas de vino de Bordeaux), se percibe una pequeña sonrisa que intenta aflorar en sus rostros. En Nantes, cambian un poco los semblantes. Ya no es un rostro marcado por preocupaciones, sino más relajado, aunque serio, siempre serio. Hay, sí, una cultura del respeto al otro que noté a mi llegada a Nantes. Al cruzar la calle, el peatón tiene la prioridad. Los conductores jamás tocan el claxon. El sonido del motor avisa al caminante que debe apresurarse. El silencio es importante. Al caminar por las calles “nantescas”, escucho mis pasos. La vida aquí es apacible, silenciosa. Sin duda, buen lugar para meditar y contemplar. En París, no tanto. Allá predomina el bullicio. Como en toda metrópolis. En Nantes aprecio este silencio, pero a veces puede llegar a entristecer. Entonces es cuando uno agradece la alegría de los nuevos amigos extranjeros – Beatriz, Marie Ann, Nathalie, Samantha, Mario, Mayank, Nacho, Vigneshwar y Vu. Cada semana nos juntamos para compartir horizontes, comida, historias, culturas; bailamos y cantamos con distintos ritmos e incluso nos comunicamos con distintas lenguas, pero nos entendemos porque la música y el júbilo no tienen fronteras. Ellos son sencillos como el viento, el mundo necesita más seres así. Personas cálidas que tienden puentes en lugar de levantar muros.

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Amigos de la universidad aun no tengo. Tan pronto termina la clase, todos se van a sus casas. Con Beatriz he convivido más. Estudia filosofía en Xalapa pero nos conocimos en Nantes. Cuando nos perdemos, juntas encontramos el camino. Bajo la lluvia, el viento, los edificios grises, manchones que se mimetizan con el entorno, seguimos caminando con la misma confianza que da estar en una ciudad conocida. He ahí el optimismo del latinoamericano, el entusiasmo, la hermandad.  Aunque la negrura nos envuelva, la llama que llevamos dentro, puede más. Varias veces el desaliento ha querido arañarnos. Pero nos buscamos y eso crea esperanzas. La amistad es buena cobija aun en las madrugadas de la grisácea Francia.

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Después recordamos la noche que nos conocimos, cuando fui a esperarla a la terminal y nos encontramos rápidamente-pues era el único punto rojo entre un paisaje de humo negro- fuimos a mi cuarto de dimensiones minúsculas y corrí al baño para vomitar toda la ensalada que en la tarde había comido mientras ella esperaba fuera del baño. Al recordar esa anécdota, nos reímos a carcajadas en el tram de Nantes, porque con la risa se nos va también nuestro miedo. Poco a poco nos acostumbramos al temblor que este viaje produce. Renace la confianza y el deseo de apoderarse del futuro. No nos importa que todos se nos queden viendo.

 

Yasmín Rojas

[1]  Véase revista El Corno Emplumado / The Plumed Horn (núm, 6, abril 1963).p. 25. Trad. Agustí Bartra

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