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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

mayo 2015

Pasto salvaje

Hoy no es un día común, hoy es un día negro…

Las patas del insecto se movían con lentitud, armonizando con el calor de la estancia y el pesado garrote con el que eran oprimidas sus entrañas. Un garrote informe, con miles de lanzas pulverizando todo su derredor, ahogando el oxígeno que poco a poco se le escapaba. Una de sus antenas yacía inquieta más adelante, carcajeándose de cara al frenetismo patético del condenado; intentaba incorporarse, prolongar la muerte. La agonía se transformó, súbitamente, en un solo y categórico sonido: un crujido, sordo y lapidario.

Estaba hasta la madre de las cucarachas. Habían empezado a anidar en los periódicos, como si en su seno guardaran una fuente secreta de vida y felicidad. Observaba la pila de papeles grisáceos, traspasando muros secretos con recuerdos vagos. Al final se alejaba, algo asqueado, algo triste. Ya había pasado un mes. El teléfono siempre colgando de su cargador, no vaya a ser que me llame y esté apagado. Un mensaje al tercer día. “Todo bien. Voy llegando a la casa, muerta de cansancio. Te escribo pronto”. Más letras. No había manera de despegarse de ellas, infelizmente los códigos se habían vuelto cadenas que reñían constantemente: letras para comer, letras para vivir, para estar triste o contento. Letras como hierros encendidos, letras como guillotinas.

Disipaba la espera con la cotidianidad. El periódico empezaba a hacerlo viejo. Con una intención casi suicida le sugirió a su editor un reportaje completo sobre la nueva franquicia de futbol que el gobernador acababa de comprar: un equipo de media tabla de segunda división, que había sido parte fundamental del discurso político del cacique del estado vecino, ahora se mudaba ahí, a su propia ciudad, negando todos los posibles caminos que el ser humano tenía hacia la redención. Se convocaron concursos: himno del equipo, mascota del equipo, escudo del equipo. Al final, las opciones se reducían: los tapires de tal, las abejas de cual, Monosarañas, pecespadas.  Al final, los manatíes se impusieron, orondos en su imagen, ambiciosos en sus metas, deudores de una tradición añeja y olvidada. Buscó en los archivos para empezar a nutrir su reportaje, el cuál muy seguramente le costaría su puesto, pero no le importó. De esa forma la segunda entrega del especial se encargó de dar cuenta retrospectiva de la historia del único equipo de futbol que la ciudad había tenido en la antigüedad: una comunidad de chicleros desparpajados decidió formar una sociedad civil y un club deportivo. Un ricachón que se encargaba de importar quesos de bola (a los que eran muy afectos los chicleros) se encargó del patrocinio, rodó algunos ultramarinos por debajo de las mesas y de pronto los fondos empezaron a fluir, transformándose, primero que nada, en un ruidoso estadio.

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Lo habían construido en el predio ubicado justo al lado del Cereso, famoso por sus túneles de escape y sus artesanías con bolsas de frituras. Los vigías gozaban en sus atalayas de un espectáculo de hormigas sensacional. Se anunció con bombo y platillo su inauguración y en su sala de medios fueron presentadas las estrellas que se encargarían de forjar la leyenda futbolera de la ciudad: no faltaba crónica alguna, ahí estaban los nombres y las fotos amarillentas del Pulpo Arteaga, el Entenado Cahuich, la Solera Mendoza, Don Manolo (hijo de los únicos “colonos” gachupines de la ciudad) y el Cáncer Becerra, orgullo mestizo de la colonia Solidaridad.

El magnate de los quesos convocó entonces a junta urgente, incluido el gobernador: era necesaria una bomba si queríamos que los manatíes fueran recordados como el único equipo que pasó de segunda a primera división a menos de un lustro de su fundación. Discos telefónicos circularon continuamente, exhaustas manos barajaron papeles y contratos para que, al final, una multitud de 300 personas abarrotaran el ínfimo aeropuerto local para recibir a  Sai Baba Yaga Koné, marfileño cruzado con nigeriano, imponente espécimen de la evolución humana, que con sus 36 años a cuestas todavía podía cargar su maleta sin rueditas. Sai Baba era un trotamundos que ya había sido campeón en Nigeria, Egipto, Chipre, Brasil, Panamá y Guatemala. Su pasaporte era una zona en disputa aunque al final su esfuerzo sólo le alcanzó para defender la casaca de Belice, lugar que amaba y en donde decidió afincarse en su etapa centroamericana, en parte por el exotismo genético de sus habitantes, en parte por ese alucinante queso de bola (que sólo podía conseguir a precio justo ahí) que le alegraba sus tardes de descanso y relajación. Dicen que el queso fue un componente importante de su contratación y era difícil negarlo, tomando en cuenta que las canastas con viandas que las mestizas habían preparado estaban colmadas de ellos. Y así fue recibido, entre vítores y alabanza.

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La historia siguiente se desenvolvió con una tierna rapidez: el equipo fracasó en su intento por ascender los primeros tres años, siempre quedándose en semifinales y cayendo en clásicos contra Champotón o Dzidzantún. No hubo mayor tragedia que el retiro de Sai Baba, quien no podía más con la bota de ácido úrico que le colgaba de la pierna, sus pies defraudaron a una pequeña comunidad que asistió fervorosamente a cada encuentro, registrando llenos impresionantes que hacían retumbar las paredes del estadio López Portillo. Las 7 mil butacas acolchadas eran un verdadero hito en la historia futbolera de la región, pues el vulgar cemento no había encontrado cabida como asiento de los fanáticos. Un buen día, el Cáncer fue encontrado muerto, colgado de su hamaca, y el final se precipitó: el importador de quesos sintió que una maldición poseía al equipo y decidió retirar el apoyo. Los chicleros desaparecieron la asociación y el estadio fue abandonado por todos menos por los ecos de gol que lo habitaron desde entonces y que mecían, indolentes, el pasto salvaje de su alfombra.

Toda esa historia auguraba un éxito extraño a la nueva franquicia que decidió honrar sus colores, pero no era necesariamente un clon: la nueva administración decidió fincar sus bases en dos premisas, cantera y experiencia en ascenso. El gobierno empezó a patrocinar los drafts en la zona playera, con la concesión de poder disponer de todos los jugadores que sobraran como activos automáticos. La plantilla de los nuevos manatíes llegó a tener entre sus filas a viejos jugadores de la que todavía muchos llaman Primera A, incluso goleadores que antes habían brillado en Lobos, Correcaminos o el mismísimo Zacatepec. El hijo de la leyenda también pintaba para crack: aún no le alcanzaba para heredar el Cáncer, pero el Tumorcito Becerra honraría, sin duda, la memoria de su infortunado padre.

La ansiada bofetada a la politicada local, con la que pretendía divorciarse de la rutina, nunca se dio. La ironía de su reportaje fue ignorada por los lectores que vieron en ese falso tono heroico una esperanza de grandeza, de vuelta al pasado, de redención definitiva. Los toros de los que era cronista cada domingo pasaron a la historia; ahora trabajaría en la radio, convertido en el relator oficial de los Nuevos Manatíes.

Sonreía ante el espejo como un feliz desgraciado;  su vida era un bello castigo por matar cucarachas.

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José Antonio Manzanilla Madrid

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Regreso a casa

Desde que era pequeña quise escribir sobre esa sensación que aparece cuando viajo en carretera y el paisaje comienza a ser familiar, cuando estoy llegando a casa. Nunca he salido de México pero sí he recorrido algunos de sus estados: mi papá no puede estar mucho tiempo sin subirse a un autobús y conocer pequeñas ciudades, pueblos, monumentos, iglesias, alimentos y costumbres. Así, algunos de mis primeros recuerdos son despertar en el regazo de mi padre o de mi madre porque la luz del sol me lastimaba los ojos al traspasar el cristal de la ventana.

            Fui creciendo entre cuartos de hotel y la recámara de mi casa. Entre sábanas con olores desconocidos y el sabor del jugo recién hecho en las mañanas. He caminado por muchas calles con la intención de descubrir algo nuevo y maravilloso. Pero siempre que regreso a casa miro con otros ojos a la ciudad. Xalapa se despliega lento frente a mi mirada, como un terreno que no he recorrido y la descubro una y otra vez, sin cansarme, sin pedirle nada a cambio, sólo su humor nublado y frío.

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   El redescubrimiento no sólo me ocurre con la ciudad, también me pasa con la casa. Abrir la puerta y oler por primera vez la acumulación de la vida que en los últimos años o meses he llevado. Encontrar la envoltura de un dulce que comí hace dos o tres semanas, debajo de la silla y tener la sensación de que no fui yo quien devoró la golosina. Encontrar los muebles en una disposición diferente, porque con las prisas revolví todo en la casa para encontrar la crema de manos, los lentes de sol, la bufanda que me gusta. Todo esto hace que el hogar se vea como si alguien, un extraño, lo hubiera habitado mientras yo estaba fuera. Y es así como la idea de otro viviendo mi vida me fascina al mismo tiempo que me llena de angustia saberme imprescindible, incluso en mi vida misma.

            Luego están los perros. Me reciben con la mirada desconcertada, como si no me reconocieran. Me huelen (mi olor cambió desde que salí de casa, huelo a extraños), me miran y me vuelven a oler con la esperanza de reconocerme de alguna forma, no lo hacen del todo. Incluso ellos que han permanecido en el ambiente cerrado de la casa huelen diferente, se ven diferentes, ya no son los que dejé al partir, son otros que se les parecen pero los delatan los ojos, sus ojos son diferentes: no son mis perros, pero igual los dejo quedarse, pues si los saco a la calle yo terminaría muriendo de tristeza en una casa llena de recuerdos (lugar común de la literatura, de la vida: de todas partes).

            El regreso a la realidad más duro es cuando han pasado varios días las ventanas cerradas y hay que llegar a desempolvar los cuadros, las lámparas, los libros, la mesa del comedor, el control de la televisión, el asiento del baño. Todos esos pequeños detalles a los que poco a poco se les va devolviendo la vida, es decir, aquellos objetos que volvemos a usar cuando regresamos a la cotidianeidad tampoco son los mismos. Dejaron de ser nuestros porque dejamos de usarlos, de nombrarlos, de animarlos con nuestros movimientos, con la energía emanada del cuerpo presente.

            Todas estas ideas se me ocurren mientras me tumbo en la cama y miro el techo sin reconocer ninguna de las líneas que veo, sin estar familiarizada con el olor de la almohada ni con los ruidos que entran por la ventana. Todo se ha movido un poco, nada está como lo dejé al salir apresurada porque el autobús se iba sin mí, la pasajera más importante. Aquí es donde un pequeño dolor al corazón se apodera de mí, como si intentara sacarme del estado melancólico en que me encuentro. Y es que mi cerebro no alcanza a procesar la información que recibe: reconoce el entorno, pero al mismo tiempo sabe que no es un lugar familiar.

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La sensación de orfandad aparece como una luz encendida sobre mi cara y caigo en cuenta de que estoy sola en el mundo. Seres pasajeros son mis amigos, mis padres y todos los que circundan mi entorno; al final, poco a poco, van a partir. Y así, entre todos esos pensamientos voy familiarizándome, de nuevo, con mi almohada, con la taza de café que me mira desde la mesa, con el televisor que me grita desde el otro lado del cuarto que no estoy sola, que él está ahí para esos momentos de tristeza y para hablarme, en forma de infinitas voces, sobre temas intrascendentes, pero a fin de cuentas divertidos, llenos de color y sin sentido alguno.

            Pero los regresos son difíciles, son un quiebre no sólo de la realidad sino también de lo que no lo es, de eso que habita en cada persona. La mente también se fractura, se divide entre la memoria del viaje acabado de realizar y la vida que al regreso se intenta retomar. Es, y sigo con la queja, como mirarse al espejo y portar un rostro no sólo diferente sino deformado por alguna fuerza ajena que no se vio venir.

            Regresos, de eso se trata este texto, pero cuando lo termino ya me he mimetizado de nuevo con los muebles de mi casa, con la silla en la que estoy sentada mientras redacto estas líneas, con el olor de los perros que ahora ya es imperceptible. El televisor, ahora, ya no es una tabla de salvación, se convirtió en el peor de mis enemigos y permanece en la esquina opuesta, callado, mirando la pared y sin alimentarse de la corriente eléctrica. Regreso, pues, a la rutina, a lo mismo, a la música acompañando las ideas que lento fluyen a través de la yema de mis dedos. Bebo mi familiar cerveza y me repito: necesito salir de esta habitación, caminar por otras calles para encontrarme a mí misma, pues aquí, entre todos estos objetos que conozco de memoria, la sensación de encarcelamiento aumenta y equivale a perderse, uno mismo, en sus propias costumbres.

 

Susana Vera

@Susarlt

UNA POÉTICA EN UNA VIÑETA

La obra de Jis, monero tapatío que se volvió famoso, casi por casualidad, después publicar algunas caricaturas en El Chamuco, resulta poco menos que inclasificable. Escatológica hasta lo vulgar, pero lo bastante consciente de ello como para poner en mise en abyme sus propias secreciones, muchos de los lectores habituales de la revista –que la compraban por el gusto de la parodia política– solían quejarse de “La Chora” y “El Santos contra la Tetona Mendoza”, secciones que Jis firmaba junto a otro monero jaliciense, Trino.
En el número 66 del año 3, fechado el 23 de agosto de 1998, empezó a publicarse “Mátalas callando”, tira realizada sólo por Jis, sin previo aviso ni explicación de ninguna clase. Se trataba de un conjunto de viñetas que, por si fuera poco, no parecían tener una conexión directa entre sí, y presentaban diálogos como el que sigue, entre un doctor y su paciente: “Doctor, me salieron unos hongos en la espalda”. “Híjole, y se ven buenísimos! ¿Me los regalas?”.

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Sería hasta el siguiente número cuando los editores ofrecerían una especie de justificación: “Jis se quedó solito en Zapopan, mientras Trino sigue en París… para paliar su tristeza, el primero se ha dedicado a fumar quién sabe cuánta mierda. He aquí una muestra del nivel de delirio que ha agarrado el máster Jis en su soledad”. Las caricaturas, surrealistas, lúdicas, perfectas en el montaje de sus propias reglas, eran de un humorismo tan sutil, que podían resultar herméticas por completo si entre el lector y el microcosmos contenido en cada cuadro no se llegaba a esclarecer cierto dato omitido, un vínculo, sin embargo, implícito en sí o en las viñetas alrededor.
“Mátalas callando” es un antecedente claro de la sección “Otro día”, también de Jis, censurada en su momento en el periódico Milenio. Jis, aunque a su pesar quizá, viene a ser en esencia un intelectual, según cierta definición de Umberto Eco: un transmisor de “valores críticos” a la vez que alguien que pone de manifiesto las “contradicciones sociales”. Que la naturaleza de esos valores y la forma en que se expone esas contradicciones no sean evidentes es justo el problema a resolverse aquí. Hay que pensar, por ejemplo, en la siguiente imagen: Es de noche. Una pareja está en la cama. “Te acabo de reportar a la policía. Les dije que eras un monstruo”, dice la mujer a su acompañante, quien, en efecto, tiene tres ojos, un rostro semejante al de un perro y un rictus de sorpresa y confusión.

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La viñeta es un signo –o varios–. Está en el lugar de algo que, en palabras, podría describirse con ese título de Pitol, La vida conyugal, o la cotidianidad de la pareja, o la intimidad o el imprevisible resultado del sexo. De igual modo es un momento de crisis, porque la primera impresión que deja es de desconcierto. De entrada hay sólo dos cosas inobjetables: la pareja ha compartido un momento de intimidad, por lo menos, lo que explica la reacción del acusado, y la llamada de la mujer ha sido inmotivada, porque ambos estaban durmiendo. Estos hechos conocidos forman una paradoja, pero el efecto humorístico que rige el conjunto de las viñetas orienta la interpretación: sólo en un mundo en que la escena de un monstruo en la cama con una mujer es de una absoluta normalidad, el diálogo implica una ironía. Claro, esto ya es un nuevo signo, y le sigue otro, el que el monstruo sea acusado de ser precisamente lo que es, algo que, se supone, había sido aceptado por la mujer al momento de compartir la cama con él. Los signos, suelta la rienda, se suceden con rapidez, como se esperaba: hay una parodia de las relaciones personales, hay también una inquietante posibilidad apenas esbozada: es posible despertar en cualquier momento de la noche, expuesto por alguien en quien solía confiarse.
Vaya rápido una serie de viñetas cuyo sentido es alucinante, pero cuyo vínculo con el lector puede construirse a partir de los elementos alrededor. La imagen es de las más normales; es la última de la serie y “explica”, en cierto grado, el carácter de la tira. Un jinete monta un caballo en un prado. Junto a ellos vuela una mariposa. El jinete: “¡Amor al arte!”. El caballo: “¡Amor!”. La mariposa: “¡Yeah!”. Hechos relevantes: la existencia, en “La Chora” (la tira que Jis firma con Trino), de un personaje, la vaca Juana, que cuida como suyos a los hongos alucinógenos que crecen de su excremento. Asimismo, que en un segundo prado conversen dos vacas: “¡Híjole, me tragué unos hongos y creo que me cayeron mal! ¡Ug!”. “¡Aguanta, es la pura subida! ¡Relájate y empieza lo bueno!”. Eso y el preámbulo sobre lo que se fuma el autor, permiten vislumbrar el dato omitido que explica la viñeta del jinete, el caballo y la mariposa: la probable euforia que provoca el consumo de hongos o de algún otro tipo de droga. Imbuidos de esa necesidad de expresarse, siquiera por yuxtaposición, cada personaje exclama algo que le parece imprescindible, o mejor impostergable, expresar.
La última viñeta, por tanto, en su inverosímil brevedad, es por derecho propio un manifiesto. Explica la sección, efímera, pero de un nivel técnico y sintético exquisito, y podría leerse como la poética misma, breve y directa, de la caricatura de Jis.

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Enrique Padilla

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