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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

junio 2014

Cine expresionista en México (the mob rules)

¿Bustillo Oro? ¿Cineasta de vanguardia? ¡Querido autor, el espíritu del crítico lo lleva a acuñar consignas traicionando las ideas!

  1. El expresionismo o la revolución:

En aquellos años (1932-1936), el cine nacionalista o lo que pasaba por tal, más o menos legítimamente, había ganado, primero, el crédito  de una industria maravillada por los avances de los sistemas sonoros confiables, luego, gracias a las enseñanzas de Eisenstein, un criterio estético mucho más definido por parte de los realizadores, periodistas, críticos. Lázaro aún se levantaba: no era izquierdista, ni científico, ni contrarevolucionario, tampoco era socialista o místico. Pero había que invertir en el cine para llegar a las masas. En 1933 hacían falta temas, hacían falta géneros que permitieran asegurar el dominio del mercado interno. Nacionalismo. 400 años después de la llegada de Cortés, la nación sustentaba su identidad en la única tradición cultural de la que se sentía parte: después de todo, México era un país de lengua española. Universal studios producía entonces las versiones en castellano de su propio cine de horror —en nuestro país sólo se estrenó Drácula (1931) en la versión de Carlos Villarías (no la de Béla Lugosi)—.  El subtitulaje no tiene sentido en un lugar de analfabetas; mientras que realizar las proyecciones en su idioma original hubiera sido considerado prácticamente una hostilidad diplomática.

El cine era una industria nueva: un medio de expresión para todos, a condición de que todos fueran unos cuantos. En aquellos años se practicó una constante experimentación genérica que daría excelentes resultados en el plano estético, con respecto a la búsqueda de un estilo unas veces original, otras vanguardista (por ello no siempre bien remunerado) aunque siempre propio. Motivado por las políticas cardenistas, un joven Juan Bustillo Oro (1904-1989) regresaba de España para incursionar en el cine sonoro. Tiempo atrás había montado algunas piezas en el Teatro de Ahora (el teatro de Nunca o del Mes Ante Pasado, lo llamaba Novo), además de haber trabajado de manera cercana con Fernando de Fuentes para películas como El fantasma del convento (filmada en 1933).

Máscara
Máscara: doble negación del deseo y la realidad.

Es en 1934 cuando se estrena su opera vanguardista Dos monjes. Protagonizada por Víctor Urruchúa (Juan), Carlos Villatoro (Javier) y Magda Haller (Ana), el filme plantea un argumento simple: la confesión de dos monjes quienes fueron, en algún tiempo pasado, grandes amigos separados por el amor de una mujer. Pero digámoslo de una buena vez: su crítica es una crítica estética: no moral. Lo interesante de la película es su cuidadosa factura. La formación cinematográfica de Bustillo Oro durante esta época se encuentra marcada por el expresionismo alemán. No podía ser de otro modo. La gran guerra representa en el cine europeo la crisis más aguda, como nuestra revolución armada es la subjetivación de nuestro realismo. Gracias al cine expresionista, las masas entran en la escena: la pantalla podría convertirse en un instrumento de propaganda social, de ataque al maquinismo, al industrialismo. Se trataba de una denuncia de la fragmentación del hombre. En Dos monjes, el drama personal de Juan parece tornarse oblicuo (incluso, homosexual) al seguir la misma lógica de los sueños o el delirio. Por su parte, Javier parece guardar coherencia en su versión de los hechos aunque sea presentado siempre como una fantasmagoría de la cámara. Mientras que en el caso del Prior (Beltrán de Heder) y sus vigilantes nocturnos, la interpretación queda siempre supeditada a la angustiante participación del demonio.

Juego de sombras
Miedo de no ser mas que una sombra.

Suele decirse que el símil más afortunado para definir esta corriente estética es el de una fotografía de rayos x. El punto es debatible, aunque para un fin diverso esta comparación da una imagen clara de los recursos visuales: la fotografía de trazos, la distorsión de los objetos, la abstracción de las miradas (los close-ups), la secuencia caleidoscópica que registra las aventuras psíquicas de todos los hombres. El cine expresionista hizo máquinas maravillosas, fotografías de lo efímero, capturas purísimas de lo invisible. Pero las masas —Baudelaire lo sabía— que dentro de sí buscan eternidad, no acudieron al llamado. Dos monjes es un logro de la estética vanguardista tardía de los años treinta en México. Isla de lucidez en un mar de confusiones. Curiosamente habrá que esperar a otras películas de Bustillo Oro como Ahí está el detalle (1940), para que ese juego de sentidos en el ánimo solitario del espectador, le de la orientación (por no decir la fama) de un arte propio .

Música de Raul Lavista
Música de Raul Lavista

Diego Lima

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Después del Messenger

Recuerdo cuando en 1999 tuve mi primera computadora de escritorio. Era un muchacho de secundaria en una época en que los celulares tenían el largo de un libro de bolsillo, existían los salones de chat del Hotmail, el Messenger iba en ascenso y el ICQ agonizaba.
Hoy en día los celulares son del tamaño de la palma de la mano y de ser simples teléfonos se han vuelto computadoras portátiles, por ello son considerados el órgano más preciado del cuerpo humano del siglo XXI (o el cuerpo humano se ha vuelto la pieza más preciada de los celulares). Además, en marzo de 2013, el Hotmail y el Messenger, después de una breve agonía, cayeron frente a las nuevas y populares de comunicación: Facebook, Twitter y WhatsApp.

La transformación del mundo virtual, iniciada con la aparición de espacios personales como el Metroflog, o MySpace, desembocó en las redes sociales y las aplicaciones comunicativas que nos revelan un hecho de la sociedad de consumo en el siglo naciente: el final del internet como espacio anónimo, puramente virtual y la colonización del mundo exterior, con la diferencia de clase e ideología nuestro tiempo. A diferencia de otros medios de socialización, el Messenger, las salas de chat y demás sitios de interacción humana previos a las redes sociales, permitían con suma facilidad la construcción de un personaje, de un alter ego. Era una práctica común entrar en salas de chat sexuales y mantener cybersexo con otras personas sin una idea de futuro. Pocos eran los que utilizaban estas herramientas para conocerse, pues la norma social dictaba que una persona sentada frente a una computadora durante demasiadas horas era un paria y las relaciones que pudiera desarrollar en ese mundo virtual anónimo, de intangibilidad, no eran “reales”, o bien, eran per se enfermas, raras. Actualmente no es extraño conocer parejas o amigos que se conocieron gracias a las redes sociales, o por medio de las distintas páginas de contactos. En este valiente nuevo siglo, quien no tiene Facebook, Twitter o WhatsApp, o un teléfono inteligente, es un apestado. El internet ha trocado el anonimato por la exposición: fotos, comentarios, twitts con quejas o pensamientos, acoso cibernético, grabaciones sexuales… El mundo real, con todos sus beneficios y complicaciones, ha devastado la selva virgen del espacio virtual.

Aún recuerdo (tal vez pocos lo recuerden) el encanto de chatear con un desconocido por chatear. Alguien que se decía de Murcia, de Bogotá, o de Monterrey, que cualquier edad, cualquier estrato social, cualquier ideología y, al igual que uno, se dedicaba a navegar esas nuevas aguas que los de mi generación apenas explorábamos. Si la conversación lo permitía, contábamos nuestras historias, o bien botaneábamos banalidades sin ninguna intención de conocer al otro; uno sólo movía los dedos y creaba palabras por el simple placer, fantasía, de hablar silenciosamente con un desconocido a miles de kilómetros. Recuerdo haber tenido conversaciones con una supuesta mujer mayor que yo y que me platicaba sobre su familia, con un boylover que regenteaba una empresa de soluciones computacionales, con una mujer de tetas vacunas, un hombre que tenía un amante joven, rubio y perfecto, que corría todas las madrugadas por la playa, un muchacho púber como yo que odiaba a su familia y su vida de clase alta… era una especie de circo extravagante donde los personajes más inverosímiles podían existir gracias a un pacto entre los conversadores. Era una época virtual un tanto naif, con el encanto deslavado de una película muda.

Sin embargo, no se pueden soslayar los beneficios de este nuevo momento en el internet. Además del escándalo fácil, la fama efímera y la payasada viral, las redes sociales han permitido la creación de una comunidad virtual mucho más sólida que aquella que rememoro. El Twitter y el Facebook se han convertido en una herramienta indispensable para compartir información valiosa sobre la vida cotidiana, o sobre lo que sucede en otras partes del mundo. Ha permitido que la diversificación de opiniones rompa el cerco de los medio de comunicación hegemónicos. Que las estupideces de personalidades públicas los revelen como son en realidad; ha estimulado nuevas formas de decir, de concebir el humor y el mundo. Las aplicaciones de los teléfonos inteligentes han dado pie a novedosas formas de relacionarse con el mundo y la tecnología: aplicaciones que permiten tener una pequeña enciclopedia de la fauna y flora local en la palma de la mano, o indican el estado del tiempo y previenen a los agricultores de eventos meteorológicos adversos para su oficio; otras, por ejemplo, mandan periódicamente información sobre sexualidad a mujeres de comunidades semiurbanas, literalmente la tienen al alcance de la mano. La Real Academia resuelve dudas sobre el español por medio del Twitter y las luminarias de cine y televisión están a un click de distancia.

El final del Messenger, como la mayoría sabe, simbolizó el final de una época en el internet, de ese momento que lanzó a toda una generación a un tipo distinto de comunicación, de jergas, y que los preparó para el advenimiento de las redes sociales y éstas, como todo en la vida, serán el trampolín a otras nuevas formas de entender y compartir información.
Nuestro papel como ciudadanos de este tiempo vertiginoso, en el que la vida exterior ha levantado sus condominios en las pasturas virtuales y ha obligado a extinguirse a distintas especies primigenias que las habitaban, es no volvernos instrumentos de la tecnología. Es ridículo ver a gente en el cine que revisa su correo y atiende a sus redes sociales y sus mensajes de texto mientras “ve” una película por la que han pagado un precio nada despreciable. Recuerdo que cuando era ese muchacho catorceañero, mis padres me reñían por estar con la cabeza inclinada jugando en mi gameboy, por verme tan apartado del mundo exterior; ahora todos los catorceañeros inclinan la cabeza para vivir en la nueva, pulida y retocada realidad virtual que les da un sentido de pertenencia que todavía no alcanzo a comprender del todo. Tal vez el mundo se esté acabando, cayendo a pedazos, y esa virtualidad controlada, sin sombras, sea una mejor realidad que la exterior. Algunos opinan que eso es evadirse y enajenarse, que el auge de las redes sociales y los teléfonos inteligentes es producto de una sociedad de consumo hambrienta por novedades obsoletas y modas absurdas, creo que tienen razón. Pero ¿se puede culpar a alguien por buscar una mejor realidad?

Durante mucho tiempo el Messenger fue mi única forma de comunicación con el exterior, ese programa me unió con mucha gente que ahora forma parte de mi vida y a la que le debo mucho. Las formas de socializar cambian, la manera en que miramos a los demás cambia. Pero creo que si esa forma de comunicación mantiene su esencia, el hambre de conocer al otro, el deleite de hundirse en la otredad y conocer otra forma de pensar y de ver el mundo, no deberemos temer al maremágnum de la tecnología. Los celulares y las redes sociales mutarán o desaparecerán, son sólo instrumentos, vehículos, que nos ayudan a navegar en el mundo moderno; esos aparatos, esos programas, no somos nosotros.

Iván Partida

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