Para Jorge, cuyas falsas golpizas con Around the world de fondo recuerdo con cariño

Todo empezó con Los Simpson, por supuesto

Tengo el recuerdo de un clásico capítulo de Los Simpsons: Krusty cae en la desgracia tras ser reemplazado por Gabo, el muñeco parlante, y para rescatar su carrera decide hacer un gran especial, con la actuación de varias estrellas famosas, entre las que destacaba un cuarteto californiano, de curioso nombre, que había sido engañado por Moe para que tocara en su taberna. Ya en el estudio, Krustofsky les pide que suavicen un poco las partes explícitas de sus canciones, a lo que uno responde con furia: “Ni hablar, viejo, nuestras letras son nuestros hijos”. Claro que al final terminan cediendo y tocando en calzoncillos una versión suavizada de “Give it away”. Nada más supe de ellos por largo tiempo.

Music television

Conocí a los Red Hot Chili Peppers en 1999, pero mi relación real con la música nació un año antes. Tenía diez y estaba próximo a emprender una amarga travesía en la escuela secundaria, el fin del milenio nos mantenía a todos a la expectativa de que los tostadores y las licuadoras no intentaran matarnos cuando se diera el mentado Y2K, por lo que todo lo nuevo parecía ser una invitación al horror. En esa época no era alguien que sintiera especial interés por la música. Conocía, como buen niño noventero criado salomónicamente entre los libros, la televisión y los videojuegos, lo que los demás escuchaban. Oía música como quien escucha las conversaciones ajenas, sin apropiarme de las canciones, de sus letras o sus acordes.

Fue en 1998 cuando regresó el mítico cable a la casa. Pronto comencé a ser un fanático de la programación de MTV, un canal que en aquella época era realmente educativo para neófitos musicales como yo: veía sus programas como documentales, y cada video era una nueva forma de descubrir aquel arte que mucho tiempo había dejado de lado. El impulso por comprar mi primer CD original (así les decíamos, orgullosos) nació de ese mítico Top 20 que en aquel año lideraba Eagle Eye Cherry. Recuerdo mi emoción al escuchar completo el Desireless, pensando que esa música era lo mejor del mundo.

Todavía no había conocido lo mejor del mundo, por supuesto.

Cicatrices

El video mostraba a cuatro sujetos en malas condiciones: sucios, golpeados, desarrapados. Conducían una carcacha convertible por la que parecía ser la carretera del Mojave; el lirismo que desprende la pieza desde su primer segundo me atrapó; lo que salía de los dedos de John Frusciante me hablaba mucho más que la voz de Anthony Kiedis, pues mi inglés infantil sólo había pasado los módulos de Mega Man y King of Fighters.

Quedé, pues, rendido ante aquella canción. “Scar tissue” era el primer sencillo de ese grupo de curioso nombre. Conforme se hacía más popular, el grupo dio a conocer otro video, el que terminó de convertirme a su fe: “Around the world” es todo lo contrario a “Scar tissue”, una composición frenética que me sorprendió por el poder de su bajo (y por el carisma mudo de su bajista) y la destreza lírica de Kiedis. Poco tiempo después, mi hermano compró el casette de Californication; describir mis tardes escuchando aquella cinta sería un exceso de melomanía.

Los Red Hot Chili Peppers fueron el grupo de rock más reconocido de aquel año a nivel comercial, y en MTV les dedicaron varios programas, no sólo para conocer su último disco sino también para recordar su trayectoria. Resultaba que ese grupo que acababa de conocer ya llevaba más de quince años en el negocio; había iniciado como una banda de funk “garagero”, cuyas letras hablaban en un principio de enamorar chicas de secundaria (“Catholic school girls rules”) y de cómo enfrentar a los peligros que acechan al jinete hollywoodense promedio (“True men don’t kill coyotes”). Conocí la versión que hicieron del clásico funky de Stevie Wonder “Higher ground” y volví a enamorarme de Flea y sus pantalones con peluches; luego, lo inevitable: llegar a Blood Sugar Sex Magic, el que sigue siendo su disco más celebrado, el puente entre el garage y el mainstream. No olvido la impresión que dejó en mi infantil conciencia el perturbador video que hicieron para mi canción favorita del grupo, “Breaking the girl”. Muchos años después supe que Kiedis escribió la canción inspirado en una novia de su padre de la cual se enamoró en su adolescencia y con quien tuvo sexo por primera vez. Fue como encontrar el último doblón del cofre del tesoro.

Chetumal era una ciudad aún más pequeña en aquello albores dosmileros, pero de alguna manera mi hermano lograba conseguir los discos: By the way llegó a mi rescate durante la peor época de mi vida: maltratado en la secundaria, dándole los primeros abrazos a la soledad, viendo caer a la selección contra los gringos en Corea-Japón. Era demasiado para un joven de trece años que empieza a conocer las múltiples caras de la vida; Los Red Hot Chili Peppers fueron mis únicos amigos, se volvieron familia también, conforme entendía mejor sus letras noté que su cambió lírico no era gratuito: la suavidad de su sonido se había vuelto amanuense de unas letras más sensibles y universales. Por supuesto que el funk, el sexo y la metáfora seguía ahí: /Some come up and some come young/live to love and give good tongue/sit down, get down in the sun/rocket to the woman is on the one/well, I like dirt, well, I like dirt, well, I like dirt/. Nada de eso me espantaba ya. Conocí el deseo a su abrigo, la malicia que en mí surgió hasta hace poco fue incubándose desde aquellas noches en las que, de manera subliminal, me guiaba por sus mandamientos: /hit me you can’t hurt me/ suck my kiss/ kiss me please pervert me/ stick with this/is she talking dirty/give to me sweet sacred bliss/ your mouth was made to suck my kiss/.

No debo engañarme, sin embargo: esa nostalgia que ya me envolvía también era arropada por sus letras. Sí, será el funk, la frenética línea de su bajo, el sexo sin complejos, los acordes ajenos que Dave Navarro ofreció al sonido del grupo, todo ello muy malote, pero la realidad es que me encontraba siempre reflejado en la sutileza de su imponente cursilería: /This is my time/this is my tear/I can see clearly now/that this is not a place/for playing solitaire/tell me where you want me/. De su virtuosa resignación: /I got dosed by you and/closer than most to you and/what am I supposed to do/take it away/I never had it anyway/.

Mi vida con los Peppers ha sido tan volátil como cualquier relación amorosa: tuvimos momentos sublimes (hace diez años, poco después de encontrarme con ella por primera vez), separaciones dolorosas (la partida ¿Definitiva? De John y la llegada de un Josh que jugaba en desventaja) y noches de franca decepción (primero contigo y minutos después con Bruno Mars, ¿Es en serio?). Pensé despedirme para siempre de ellos cuando vimos que lo de I’m with you no iba a funcionar. Pasó el tiempo. Mucho tiempo.

 

We got many moons that are deep at play

Pero uno siempre termina volviendo a aquello que nos invita a mirarnos ante el espejo. Supe, en abril pasado, que un nuevo disco de los RHCP estaba en camino; mi escepticismo estaba por las nubes, pues Josh Klinghoffer seguía en la guitarra y Rick Rubin ya no era parte del equipo. Esto último tampoco era tan malo: su presencia no impidió que I’m with you fuera un trabajo mediocre. Danger Mouse, el genio detrás de Gnarls Barkley y de algunos de los mejores discos de Gorillaz y The Rapture, sería el encargado de producir. Una combinación inquietante, cuando menos. Pocos días después escuché “Dark necessities” y se convirtió, para mí, en un clásico instantáneo. Con nada más en el reproductor que la música, la letra y la portada del disco a venir, puede hacer mía la canción, observar, una vez más, lo fácil que era para mí vivir a su ritmo, identificar mis momentos específicos con sus palabras y su sonido (/You don’t know my mind/ you don’t know my kind/ dark necessities are part of my design/ tell the world that i’m/ falling from the sky/). The Getaway fue liberado en internet poco después y lo demás es historia. Klinghoffer por fin logra imponer su sonido, dejando atrás la estela de Ataxia y cesando en su intento por ser una parodia del virtuosismo inalcanzable de su maestro (aunque sigue homenajeándolo al apropiarse de los finales más intensos). Es un disco de grandes alcances, que navega entre un funk sucio bastante agresivo (“Detroit”, “This Ticonderoga”) otro más melódico y estimulante (“Feasting on the flowers”, “Sick love”), y las nostalgias amorosas musicalizadas a las que el cuarteto ya nos tiene acostumbrado desde By the way (“Dreams of a samurai”, “Goodbye angels”).  El arte, como siempre en el caso de los californianos, es una delicia visual.

Diez años después volví a la tienda de discos; busqué por género primero, luego alfabéticamente, sin éxito. Vi como el tiempo y los nombres se volvían cada vez más extraños ante mis ojos. Barajeé los discos, observé las manos de las personas, vi su impaciencia y entendí nuestra complicidad: todos buscamos ese refugio con cierta impaciencia. Por fin lo encontré. El oso, la niña, el cuervo, el mapache y el zorro, alejándose, sin mirar atrás. Tener claro hacia dónde caminas, sabiendo de dónde vienes. No hay puertas a sus espaldas, sólo una continua acera, una calzada compartida con quienes quieran disfrutar el paseo, los que aceptan los cambios, los que saben perdonar, los que olvidan y liberan, los que pueden nombrar a las particularidades, volverlas cotidianas. Los enfermos que no se tragan aquello de las diferencias entre todos, sino que buscan la comunidad. Los que abrazan su malicia y la vuelven aliciente para su jornada. Los que saben que las despedidas nunca son para siempre. “/Say goodbye my love/ i can see it in your soul/ say goodby my love/ thought that i could make you whole/ let your lover sail/ death was made to fail/.”

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José Antonio Manzanilla Madrid

 

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