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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

noviembre 2016

Sin título

Itzel Cabrera

Su sonrisa, forzada por  aquella frase que lo escuchó decir siempre: “las mujeres son grises, no me gustan, cuando no sonríen” no dejaba de temblar. El pliegue en su rostro, mucho más serio que años anteriores no tenía vivacidad, no tenía esa provocación de antaño, a pesar de sus 24 años y de que todo era nuevo: jamás había estado en ese lugar, jamás había mirado esos paisajes, ni sentido aquél frío de montaña. Ella, que siempre se maravilló de lo que no conocía, en ese instante el asombro no reparaba en la tea del exterior y, quizá por ello, la línea de su cara se veía vieja. Lo sabía pero prefería sonreír a mostrarse preocupada por su piel descuidada, maltratada. Así avanzó con lentitud en el sendero rocoso, con el viento helado pero el sol ardiente, con torpeza también, pues no era la chica en cuya infancia se habían formado los signos de la belleza; nadie, alguna vez le dijo que era bonita. Su gracia natural le era dudosa, no confiaba pero no podía no seguir, no podía volver el camino y saberse lejos de ese hombre al que amaba, porque sí lo amaba aunque todos le dijeran que no era amor pues “el amor jamás ofende o lastima”. Y de tal modo, sonriente, llegó hasta el cuerpo del amado. Héctor no sabía de qué modo demostrarle, a su vez, en su forma, todo el cariño, las ganas pero también las dudas, la confusión que de igual modo que el amor, quería entregarlo a ella pues para fortuna o lo contrario, también ese era el modo que tenía de amar. Darlo todo significaba dar sus temores, masa amorfa que las chicas anteriores despreciaron, dieron la vuelta sin pensar más y no volvieron a buscarlo. Eran las once de la mañana y no comprendía porque ella se había quedado años, si todas las demás no lo hicieron y saberse así, en el enigma de porqué ella no se ausentó, de porqué decía amarlo, de porqué ese lugar tan sorprendente y él con esa desesperación, lo hacía sufrir. Se citaron en el punto más alto y cercano a la ciudad para aclararse el dolor, después de haber abordado autobuses diferentes aun con salida es la misma ciudad, finalmente quedaron cerca, se encontraron y de haber sido otra época, ella después de la sonrisa, lo hubiera besado y tomado de la mano sin temor y no hubiese existido un previo silencio alargado, pues no lo permitía. Por el contrario, Héctor hubiera visto con preocupación su felicidad y habría pensado en una infidelidad, porque en su intranquilidad, él siempre leyó las bocas de otros hombres, muchas veces las imaginó, otras veces fueron verdad. Pero en ese instante la situación ya era distinta.

La inseguridad, su falsa manera de reír, nada de ahí era gracioso pero ella se empeñaba en creer que alguna vez lo fue. Héctor se sentía mejor conforme tocaba la situación, sin duda porque sabía que de algún modo la sonrisa de ella, aunque hermosa, no era suya. No estaban forjadas de frágiles motivos las imágenes que a media noche caían como cristales en su pecho: ella teniendo sexo con un hombre tras otro, pues ella sí lo tuvo con tres hombres a lo largo de los años de noviazgo. Sin embargo, siempre supo que el amor hacia Héctor estaba intacto, que aunque saliera con otros por el impulso y la emoción, siempre más fuerte su voluntad de lo nuevo, el amor, su amor, estaba definido, abrazado a su interior, ileso, y todos los días renovado por algún detalle de él o en él. Por supuesto, Héctor no lo comprendía y sin tener atroces pruebas, estaba casi seguro, dolorosamente seguro, de las infidelidades de ella, y ahora que ya no la sentía suya porque había desecho el compromiso, tenía una extraña calma. Cada herida, para nada imaginaria en su interior, le empujaban a sentir y reafirmar, que aunque también su amor hacia ella estaba intacto, debía dejarla atrás como tuvo que dejar el hábito de amar a todas a las mujeres que amó antes. Sabía que sería un evento fúnebre, sin embargo, sólo debía tener paciencia y lograr explicarle a ella, que aun cuando la amaba ya no podía tocarla sin pensar en todos esos hombres que debieron tocarla en la completa luz de un cuarto de hotel, porque ella adoraba no apagar los focos. Hacerle comprender que no era que no la amara pero también se amaba a sí mismo y besarla era quemarse, recordarla era golpearse con dureza contra los mecanismos hambrientos de la fantasía, amarla era para él un reflejo de un amor propio estéril y pese a sus esfuerzos por creerle, pese a sus largos oídos que quiso asesinar cuando alguien le decía “ella sale con X” y con una sonrisa él respondía que no, no podía acariciarla más. Lo nacido en los labios de su familia estremecía su pecho, como si la densidad de su cuerpo no existiera y eso era más fuerte, sin duda, que la verdad que ella decía. Y ahora debía explicarle con la más suave voz que ya no quería estar a su lado bajo ninguna promesa ni espera. Si buscase dentro de su cuerpo, ni un órgano suyo podría soportar comenzar de nueva cuenta un cruel noviazgo.

Ella de pronto le parecía un monstruo, pero de pronto, también, la parte menos material de su ser le hacía verla como la mujer cálida que lo cobijaba en su tristeza, la otra tristeza formada en el mundo, la que no tenía que ver con su relación, y que ella apagaba con sus dedos fríos. La mujer que amó tanto que hasta buscó una certeza en un yermo sin fondo. Quiso imaginar la convicción de que la eternidad existía para su relación y de ahí que tan duro haya sido el golpe de saberla de tantos por la propia decisión de ella de pertenecerle a todos… ¿Qué era finalmente la pertenencia? Para él, el amor. Si ella decía amarlo debía sólo permitir que sus cuerpos se acercaran pero no el de otros, sólo el cuerpo de Héctor. Si ella permitía otras caricias, no lo amaba, fácil silogismo. ¿Por qué ella dejó penetrar su centro por otros hombres? Por desamor, según él. Por curiosidad, según ella, que nada tenía que ver con la ternura ni con el deseo corporal hacia Héctor.

Pero en ese paisaje todo era diferente ya, la misma montaña caliente era diferente, aunque jamás habían estado ahí, sabían ambos que no debía verse como si fuera el rostro curtido de un cadáver, a pesar de la suntuosidad. Ella miraba con mayor agudeza a Héctor y un miedo abundante, más que el frío, más que el hambre, le quebraba casi la voz. De momento se sintió sola y pensó en los tres sujetos con las que tuvo sexo, tan lejanos para ella, incluso en la penetración, pero tan cosidos en el corazón de Héctor como botones y casi sin abrir la boca se lo dijo “te amo y siempre quiero estar contigo”. Él casi sin mover el rostro le dijo “yo también pero…” y el pero siempre es la palabra definitiva, larga y solitaria, gusano feroz en el cuerpo vivo.

Ella no dejó de sonreír y él preguntó ¿por qué? Ella respondió “porque las mujeres sin sonrisa no te gustan y yo quiero gustarte”. Él miro el paisaje con una media sonrisa, apunto de explotar en llanto pero jamás lo haría frente a ella. Sin darse cuenta, expresó “una de las razones por las que me quedé contigo fue que hasta tu seriedad me gustó y cómo tus ojos de pronto miran quién sabe qué cosa, pero no están aquí y no haces ningún gesto y eres mucho más hermosa que todas las chicas que sonríen” y de prisa guardó silencio, ¿cómo podía decirle eso a la mujer que tanto le hizo lastimarse y que provocó en él un odio terrible a su capacidad de imaginar? Si hubiese sido otro ser podría seguir amándola sin tener que dibujarla en otros brazos y creer encontrarle sabor de otras bocas en su boca. Cuando ella lo escuchó, la repentina felicidad volvió su sonrisa en muestra sincera de su interior. Lo tomó de la mano y le dijo “siempre te he querido muchísimo”, él sintió detonar casi todas las células de su cuerpo y tuvo que orar porque su voluntad no le hiciera abrazarla como antes. Serio, miró y siguió mirando hacia el horizonte y se preguntó qué habría detrás de tanto verde, de tanto paisaje, quiénes miraban y de qué modo el punto tan alto de Veracruz y se preguntó qué haría su madre en Oaxaca, ¿la comida, limpiar, leer? Quería estar con ella y no ahí. Prefería estar hambriento esperando un autobús sin hora de llegada en el calor de las dos de la tarde, que estar ahí.

Como pudo le dijo “Ya no quiero estar contigo, me duele todo lo que pienso. Ya no puedo esperar que se me pase, como siempre lo hago”. Ella le dijo “pero si nos queremos…” él ya no quiso escucharla. Iba a llorar, decidió bajar un poco porque además la altura le provocaba estragos amargos en su cabeza, igual de nítidos que la confusión. Se sentó y de verdad pensó que la vida nunca planea nada, en absoluto. Que la vida no podía ser un camino prefigurado, ni un reloj, ni una serie de sucesos como los ríos que van al mar. La vida no pudo llevarlo a Xalapa a estudiar dos años y conocerla a ella, pues de ser así, no quería ni pensar en Dios.

Él comenzó a tranquilizarse de nuevo. El amor sí estaba intacto como “un milagro” a todas las veces que debieron llorarse, perdonarse, arrepentirse y hasta quebrar los modales para expresarse el bulto que junto a su amor, se formaba: rencor, oscuro y ardiente, podrido pero dinámico, otra forma de amor que acompañaba al más grande, al que los unía. Alguno de los dos estaba más lastimado y en ese momento ya no era él. Lo sentía cuando la miraba y la recordó en la terminal, cuando él llegó de Oaxaca, la segunda vez que se vieron, con su humilde ropa y sintió la ternura que la hizo mimarla y llevarla a su hogar todas las noches; a la vez sentía una verdadera compasión por sí mismo y su noviazgo. Entre frases inasibles había otras germinadas de su interior, de reclamo, como cuando de niño pedía juguetes y su madre le compraba sólo la mitad de la lista, no por una razón económica, pues nació en una familia de maestros, sino porque pretendía con ese gesto, mostrarle la humildad y aceptación de lo que es la vida. Pensó entonces que la lección o lo que fuera que debía aprender de los engaños de ella, le darían a futuro una condición más genuina, pero pronto estuvo rota esa idea, de pensarlo así, creería que la vida es un línea dibujada antes de que él naciera y no: encontrarse con ella fue sólo azar.

Su boca ya no era su asunto, delineada tantas veces (hasta el hartazgo) salpicada de lumbre blanca y sus manos libertinas entrecortando los suspiros de los otros. Ya nada de ella era su asunto. Nada. Decidió que los pensamientos de rencor, cual si fueran caracoles hambrientos devorasen el amor convertido en semilla indefensa, fuera del abrigo de una madre tierra comprensiva y fuerte. Se imaginó tan duramente aquellos espirales salvajes quebrando la vida para saciarse, que entonces el amor por ella y el deseo  ya no estaban intactos sino destruyéndose, fragmentándose y despareciendo en los estómagos de todos, menos en el suyo. Conforme en su mente todo se volvía ruinas, acabó por saber que saldría de aquel noviazgo, seguramente más herido que nunca, pero saldría, se liberaría. De nuevo, sin sentirlo, un gesto de alegría se formó en su cara. Ella supo que su batalla estaba perdida cuando lo miró; su terreno de gloria, era irrecuperable y entre más recordaba, menos datos tenía para hablar de aquellos hombres con los que con sus cuerpos lastimó a Héctor. Aunque jamás con sus palabras o gestos hizo brotar amargura o dolor, no podía evitar ser el volcán de fuego mortífero en la suave ciudad de tela, en la frágil autoestima y corazón de Héctor. No sabía cuál aspecto debían tomar sus palabras y hasta besarle el vaho era una idea arriesgada porque se dio cuenta que no le estaba permitido tocar a alguien que anhelaba ser un desconocido en su vida. Contuvo el llanto con toda la fuerza corporal de su serenidad, sabía que volverían a su destino por separado, así como habían llegado. Volvió a sonreír y dijo “que tu última visión de mí sea mi sonrisa”. Él solía decirle Cheshire: su herencia indígena forjó en ella pómulos fuertes y labios gruesos y cuando sonreía, su delgadez la hacía parecer sólo una sonrisa etérea en el espacio, como el famoso gato de Alicia. Él adoraba llamarle así y qué coincidencia que así quiso ella desaparecer, dejando en su memoria, como la criatura fantástica, sólo la línea misteriosa e impenetrable.

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Not with a bang

José Antonio Manzanilla Madrid

“Es hacia mi pobre nombre a donde voy.”
C. Lispector

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Lee Krasner. The seasons. 1957

No estaba muy claro cómo terminó en esa casa. Las escenas se disolvían entre el silencio de la noche y los puntos luminosos de los aparatos que dibujaban estrellas rojas y amarillas. Despertó en medio de una oscuridad contagiosa: las palabras que escuchaba en el reproductor no le decían nada: inglés, francés, tagalo, putumayol. La cabeza dolía, como siempre, pero la culpabilidad era más punzante que otras ocasiones. Buscaba marcas en sus brazos, quemaduras, acertijos en la piel. La única herida visible era un corte en el labio que distinguía por el sabor oxidado de su sangre al mezclarse con la saliva residual del alcohol y algún mal recuerdo.

En ese baño desconocido sintió la familiar pulsión en el pene, la confesión fálica del placer que se adereza con la ignorancia. ¿Pero quién? No era una de esas amnesias selectivas dignas de la adolescencia más convencional; más bien una genuina inquietud por entender las circunstancias del momento en las líneas de un rostro difuso. Observando el cielo por la ventana adivinó la hora, dos o tres de la mañana. Muy temprano para no tener conciencia.

Buscó en los gabinetes alguna evidencia, una arruga en la frente, la ineludible seña de identidad. Medicinas, condones, aromatizantes y una cantidad inquietante de artículos de higiene bucal; cepillos de dientes con figuras japonesas, heroínas del nintendo: Zelda, Bayonetta, Samus. La princesa brillaba por su ausencia. Levanta la mirada y en medio de los entrepaños del espejo emerge la característica sonrisa de un Vault- Boy; el nivel de la memorabilia adquirió tintes de culto. Observa con cierta satisfacción; quizás el accidente no había sido tan desafortunado. Saborea la sangre de su labio mientras orina. El rostro empieza a tomar forma.

Había sido un día normal, después de todo. Recuerda haber regresado a la redacción, inquieto por las seis llamadas perdidas de aquel número incomprensible. La ingenuidad tiene límites. Tras casi seis meses, Felixmarte concluyó que la soledad de la cual fue pasajero había regresado para emprender de nuevo el viaje; Carlota no volvió a escribir correos, a contestar llamadas ni a aparecerse por las noches. Era un melancólico, qué duda cabe, pero esa misma condición le daba claridad al momento de reconocer cuando la tristeza de lo intuido adquiría la forma pétrea de la realidad.

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Esa consigna lo había tomado de la mano para disipar la tristeza en la maquinaria del consumo. Salió a la plaza comercial armado de dinero, curioso por entender el reclamo más característico de la frivolidad. Siempre había disfrutado una buena película en la oscuridad, el calor radial de la pantalla resplandeciendo, simulando ser otro. Mientras escoge con cuidado, observa la meticulosidad de los empleados que dirigían miradas asesinas a aquellas manos que desordenaban en un segundo lo que habían hecho por horas.

Una de esas manos llamó su atención. Reconoció los aros metálicos y el anillo de calavera. Muchas veces las vio barajando páginas en medio de la redacción, cuando por el capricho de la necesidad le daban también los encargos de cualquier jalacables. Reconoció también ese tic extraño que hacía que el dedo índice abrazara al medio mientras movía las películas como fichas de dominó. Era ella, la que dormía al auditorio del noticiero de las tres, la que ofrecía buenas tardes y buen provecho. La de la mirada de náufrago con la isla reflejada en los ojos.

Hacía un tiempo que ya no trabajaba en esa sección del periódico. El equipo de streaming se había fortalecido y los jalacables tuvieron que adquirir un perfil profesional. Eso alivió a Félix, nunca fue gente que gustara de salir a cuadro. Sentía una profunda depresión cuando observaba el rostro de aquella mujer. Llena de maquillaje, traje sastre, postura política. Una invención consciente. Conocía lo mismo que los demás: que se había casado con un pintor que la utilizaba como lienzo, espátula incluida. El matrimonio duró lo que su turno como conductora del noticiero. Tras esto la perdió de vista, mientras ella se adentraba en el oblivion y el otro se sumergía en su Estigia personal. Las casualidades son violentas, sin embargo. Era ella, entre esa maraña cubierta de negro y níquel entre las orejas. Ella, entre los días que languidecen, entre las miradas furtivas a sus manos, entre la sonrisa que simulaba entender, aconsejar, simpatizar.

 Durante esas escenas perdidas no mediaba un deseo. No se añoraba un olvido. Las cosas, por más que les neguemos esa cualidad, simplemente suceden. Como concurrieron sus ojos −estos sí, en secreta complicidad− ante esa cajita que se adornaba con El acorazado Potemkin, edición de dominio público, cajita de cartón, doce pesos que al pasar por la registradora se convirtieron en cuatro. La cajera observa con desprecio. No se preocupa siquiera de llamar a la supervisora.

Terminaron llevando esa, una de Luchino Visconti y otra más de Tarzán, para no desaprovechar la oferta. Tres películas por doce pesos siempre son un buen augurio. Había cambiado tanto al observarse en sus lentes redondos de reflejos arcoíris. Ella también. Le hizo preguntas genéricas, dónde estás viviendo, cómo ha ido todo, qué tal te sientes ahora. Recordó que tenía tiempo sin hablar con una mujer real durante más de media hora. El camino se convierte en un ensayo, una obra en curso. Sintió el peso de la repetición en sus palabras. “Hablas como si fuera ella”. La convertía. Al darse cuenta empezó a marearse. Se disculpó un momento y fue al baño de la cantina.

Observó el temblor en las manos y trató de apagarlo con un chorro de agua. La llave no funciona; tiene que conformarse con un bote de yogurt y sacar el líquido de una cubeta colocada a un lado del retrete. Hay posters de Silvia Saint, Houston y Nina Hartley. Gente conocedora, sin duda. Se arrepentía de no tener dioses a quien suplicarles que el baño de mujeres estuviera en mejores condiciones. Luego ya no le importó. No era ella, no era ella.


− ¿Como un escritor fantasma, entonces?

− Algo así. Nunca pensé que fuera algo malo. La plástica no es ya un terreno para la naturalidad. La primera vez que quise exponer tenía 25 años; la de la Galería, becaría FONCA que parecía tener quince, me dijo que debía buscarme primero un curador, un estilista, un diseñador. No se trataba de sólo colgar e invitar a la gente. Era un ritual. Mi ropa no era adecuada. No parecía lo que quería ser, y eso era imperdonable.

− Puedo entenderlo…

−Luego vino la crítica: obras muy distintas, viscerales, masculinas. ¿A qué demonios se refieren? ¿Conocen acaso pintura que no haya sido hecha por hombres? ¿Cómo podrían entender la diferencia en la sensibilidad de cualquier mujer que se dedique a trazar cosas, si su única referencia es una miserable bigotona que sale hasta en las Bohemias? ¿Cómo pueden siquiera entender de lo que hablan si no saben quién carajos es Kauffman, o Sigrid Hjertén, Krasner o al menos la jodida princesita Chato, Sható o cómo sea que se diga?

Félix quiso hablar pero ella levantó el índice impidiendo su intervención. Carrington y Varo no entraban en discusión.

− Entonces pensé mandar todo a la mierda. Necesitaba a alguien que cumpliera con la norma: si hubieras visto qué mono se veía, con esos pantalones entubados, su peinadito que combinaba a Ezra Pound con Roberth Smith; una cámara gigante siempre en el cuello, leyendo cuanta mierda se publicara en Anagrama. Tomaba latte, leía Vice mientras le hacía una mamada, tomaba las fotos más asquerosas de mi cuerpo. Era otra, te juro que era otra, cuando me retrataba.

Quiso prestarle más atención pero sólo sonrió de nuevo a la ironía que aderezaba ya de forma cotidiana su vida. ¿En dónde no se meten los fotógrafos? ¿Qué seríamos sin ellos, que se esfuerzan tanto en tener una vida propia a fuerza de destruir la de alguien más?

− Y así de fácil se convirtió en el autor de mis obras, ese mediocre fotógrafo pintor que nunca pudo conseguir una foto decente del gobernador ni de los pescadores furtivos de langosta ni de los monos arañas en el zoológico. Busqué trabajo de lo que sea: diseñadora, maestra, ilustradora. Correctora de estilo porque estudié una licenciatura, por supuesto. Y de ahí al maquillaje, a las sesiones imposibles en el congreso, a la rutina de la sonrisa. Gastaba todo su dinero en cervezas y papel fotográfico. Una vez se compró un monociclo pero lo devolvió a las dos semanas. Por vergüenza, espero. Desgarraba los lienzos que tenía a medias. Decía que la gente nunca creería que él pinto eso. Tenía razón. Luego desgarró mi cuerpo, tanto que ya no pude regresar a ningún lado.

Agotó su cerveza y pidió otra. Ella observaba la televisión. Cantina ejecutiva. Cuán pocas palabras requiere una mentira. Ahora la observa más a detalle. Podía tener ojos más grandes. Le gustaba. No siempre se encuentra alguien en la calle con la que podemos hablar de videojuegos, de pintura y dolor. Su carrera terminó, aunque el fraude nunca se supo. Él, extrañamente, abandonó la casa un día.

− Dicen que vive con una doctora.

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A Casandra nadie le cree que fue pintora; su mentira data de tiempos mitológicos. Nadie sabe que de su mano salieron esos rostros demacrados, los grabados de esquinas pudorosas, focos rojos y mallas desgarradas. Todos la escuchan pero nadie le cree.

−Vamos a la casa.

Felixmarte entendió entonces el llamado de la profecía en boca de la mentirosa. Ahí estaba ella, ofreciendo su vida como advertencia. Y no sabía cómo empezar a destilar el veneno que lo invitaba a retorcerse, a golpear las paredes que dibujaban una mueca siniestra, la sinuosidad perturbadora de las sonrisas pintadas. La simulación, la impasible resistencia al hallazgo, el descenso a la soledad. No era una mujer de ojos vacíos, no era una dama de blanco que recordara a algún espectro. Era una insignificante oficinista venida a menos, despojada de su único talento, con lentes de armazón dorado, con un olor indescriptible en su cabello que disfrutaba más que ninguna cosa. Su cuerpo no era voluptuoso, más bien compacto. No había líneas, sólo posibilidades inacabadas. Ya había conocido al deseo, pero este era diferente. No entiende por qué lo siente. Él, que había distanciado tanto la mundanidad de su casa, que había luchado por encontrar algo que lo hiciera diferente. Sentía ese calor inquieto en la entrepierna, las cejas arqueadas en una silueta sugestiva. Ni siquiera se parecían. No había un ápice en ella que sirviera para reemplazarla. Ella era frágil, graciosa enfundada en esa camiseta de los BUKISS; bella en su improbable normalidad, en sus manos con callos en los pulgares. En su estampa de presa fácil, enraizada, pequeña, blanquecina.

“Y así es como las cosas terminan”, piensa mientras camina detrás de ella rumbo a su casa. El mundo acaba y el sólo recuerda a Eliot advirtiéndole que la estridencia nunca acompaña los finales. En la sutileza del gemido que compartieron (gemidos, otra cosa que las diferenciaba), supo que la casualidad iba a comenzar su camino: not with a bang but a whimper. Finge sorpresa, como ya sabíamos que lo haría.

[Conoce más de Felixmarte aquí y aquí]

Llámeme: el profe

Alejandro Solano Villanueva

Invitaron a un “escritor local destacado” a un evento escolar en la secundaria donde trabajo. Me lo presentaron porque se supone que, siendo yo el profesor de Español y Literatura, el más idóneo para conducir su plática sería este servidor. “Mire maestro -dijo la persona que me lo presentó- él es Alejandro, nuestro profesor de Literatura.” “Ah, hola”, respondió él dándome un apretón de manos; después dijo con tono casi clemente: “todos los profesores de Literatura son aspirantes a escritores, ¿no es así?” Rió y me dio la espalda. Primero no le di importancia al comentario, pero después, cuando íbamos rumbo al salón donde sería la charla, me sentí un poco atacado, es decir, ¿Por qué yo o cualquier otro profesor de lo que fuera tendría que ser un “aspirante” a un estatus más elevado (en el imaginario de las profesiones, quiero decir)?

Es como si un profesor de Física no fuera más que un aspirante a físico nuclear o atómico; como si ser profesor fuera un limbo para los que no lograron la trascendencia en sus áreas de profesionalización, lo cual no es sólo denigrante, sino francamente estúpido. Al final alguien me habló en el patio, me retrasé y cuando por fin llegué al salón de la plática, ésta ya había comenzado. La silla que iba a ocupar mi persona se quedó vacía o, mejor dicho, sirvió para que el ego del “escritor local reconocido” pudiera tener espacio para expandirse.

            Esa experiencia me recordó el comentario que me hizo un “amigo” académico cuando recién comencé a trabajar en la secundaria: “¿No crees que sólo estás desperdiciándote? Con tu maestría ya podrías estar dando cátedra en una universidad.” Bueno, ya estuve dando clases en el nivel superior y, la verdad, no hay mucha diferencia entre los chicos de secundaria y los de la facultad, salvo porque unos creen que ya saben todas las respuestas de la vida: pedantería juvenil, quién no ha padecido de ese terrible mal. Este “amigo” académico, con sus intentos por establecer “vías teóricas originales para comprender el fenómeno literario desde horizontes metarracionales(¿?)”, es de los que se queja todo el tiempo en las redes sociales del pobre nivel académico de la población, de los que critica el nivel de lectura de los mexicanos, de los que, ya saben, intenta explicar todo con la verborrea de los prefijos y sufijos: repensar, metapolitizar, supraesterotipación neológica narratológica … En fin, qué se yo, soy sólo un profesor de literatura en el nivel básico: no un escritor reconocido, no un académico universitario, sólo, orgullosamente, un profesor de literatura.

         maestro

   Todos sabemos lo importante que es tener una buena educación a temprana edad, que es fundamental en el desarrollo personal y social, pero, al parecer, no todos están convencidos de que la labor docente sea del todo digna, al menos no como una muestra de éxito profesional.

Ah, si los mamones (perdone usted, no se me ocurre otro adjetivo) -porque muy talentosos no son- estuvieran todos los días frente a grupo quizá cambiaría su perspectiva sobre lo que se hace. Quizá se impresionarían de lo que pueden llegar a aprender de los propios alumnos —sí, ya sé que es un lugar común, pero no por eso deja de ser cierto—, de que, como dijo alguna vez Malva Flores, en la literatura y en la vida lo que importa es la empatía; involucrarse, luchar desde adentro contra los vacíos del propio sistema, contra los prejuicios y las estupideces. Si los mamones supieran todo lo que sacrifican mis colegas de todas las áreas para poder llevar a cabo su labor, el compromiso con el que se paran frente a un montón de chiquillos para intentar dejarles algo de lo que con esfuerzo se ha llegado a saber. En fin, si los mamones se comprometieran más con lo que critican y menos con su propio, reducido, irrisorio, horizonte de conocimientos, quizá valorarían la labor docente de otro modo. Pero bueno, qué sé yo, soy sólo un profesor de literatura.

Diario de un cura rural, de Georges Bernanos

 

Georges Bernanos (1888-1948) fue un escritor francés que se ocupó de abordar desde su primera novela, Bajo el sol de Satanás(1926), temas relacionados con el cristianismo y su influencia en la sociedad, poniendo énfasis en la soledad del hombre, la desigualdad económica y la vida rural. Diario de un cura rural, publicada en 1936, está narrada en forma de diario sin fechas, escrito por un cura recién egresado del seminario, quien describe los tres meses iniciales a cargo de su primera parroquia.

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Narrar en forma de diario puede parecer un recurso fácil porque posibilita hablar en primera persona sobre cualquier vivencia del pasado, ilusiones sobre el futuro, lo que está sucediendo al momento de escribir y cualquier pensamiento que tenga el protagonista. Sin embargo, el autor debe hacer que su personaje hable conforme a características particulares  sabiendo que desde la primera palabra su protagonista envejece. Por ejemplo, por mencionar otras obras escritas en forma de diario, en La invención de Morel (1940) el texto parece escrito por un hombre maduro en busca de respuestas (el fugitivo) y éste narra lo que observa desde la sorpresa hasta el terror; por su parte, en el Horla es posible ver que quien habla es alguien tocando cada vez más la psicosis.

El Diario de un cura rural refleja ser escrito por un joven sacerdote con amplios conocimientos teóricos, pero con pocas nociones sobre la práctica, hecho que le causa temor, dudas y tristeza, siendo éste el eje que le permite esbozar numerosas reflexiones sobre las nuevas vivencias en su parroquia y contrastarlas con la teoría y los recuerdos de infancia. A esto se suma su estado de salud crítico: un frecuente dolor de estómago y una sensación constante de debilidad.

Para Maurice Blanchot, la escritura en forma de diario “es una confesión sin confesor”, un lugar en donde la escritura, al estar ligada a la idea de poder observarse a sí mismo, resulta más sincera. No obstante, esta búsqueda de sí mismo se orquesta como una ficción, porque independientemente de cómo hayan sido las cosas, al escribirlas éstas parten del plano imaginario, es decir, de los recuerdos, y a su vez se moldean con los recursos literarios de quien redacta.

Constantemente el cura realiza observaciones sobre su relación con la escritura del diario. La pregunta sobre el porqué se encuentra escribiéndolo tiene como primera respuesta el deseo de prolongar en las hojas las conversaciones con Dios, encontrando dos problemas que enuncia de la siguiente manera: “El razonamiento deja cómodamente en la sombra lo que deseamos mantener oculto”.

La solución para este problema es el proponerse escribir lo primero que pase por su mente sin llevar a cabo una selección de palabras y es aquí en donde encuentra el segundo problema:

Jamás me atrevería a escribir lo que cada mañana confío a Dios sin la menor vergüenza”.  Es consciente de la intimidad que conlleva un diario y de lo revelador que puede tornarse. Se reprocha al decir que “Uno debería hablar de sí mismo con un rigor inflexible”, pero también nota que esto no se puede hacer por completo. El cura concluye su breve reflexión con una pregunta que deja abierta: ¿De dónde surge esta piedad hacia uno mismo?.

La relación del protagonista con el diario va cambiando. Primero observa cómo comienza a llenarse de cosas cotidianas aparentemente sin utilidad, pero a las que estamos anclados sin notarlo, hecho que le provoca malestar. Posteriormente reflexiona sobre una presencia que emerge del diario:

Tenía la esperanza de que el diario me ayudaría a fijar mi pensamiento, que se esfuma siempre en los raros momentos en que puedo reflexionar un poco, sin embargo, me descubre el sitio enorme y desmesurado, que ocupan en mi pobre vida esos mil pequeños sucesos cotidianos de los que algunas veces me creía ya librado… ¿pero por qué fijo sobre el papel lo que, por el contrario, debería esforzarme en olvidar? […] Al escribir hay una presencia invisible que no es Dios. Una especie de yo con otra esencia.

El joven cura siente que al escribir surge otra presencia y otro rostro, tiene la fantasía de que el diario será leído, a pesar de que sólo él lo leerá. Se pregunta angustiado “¿Qué rostro surge? ¿acaso el mío?”.

Junto con estos pensamientos, describe su incapacidad para dirigir la parroquia. La misa casi siempre está vacía, no parece tener autoridad sobre el pueblo. Sus vínculos sociales más sólidos son con el viejo cura de Torcy, con quien mantiene largas pláticas en una relación de maestro-alumno y, mediante cartas, con un ex compañero del seminario. Regularmente se encuentra solo, sin dinero, alimentándose con pan y vino.

Es así como el lector puede ver que la escritura de un diario se convierte en una manera de escapar del silencio y la soledad. En palabras de Blanchot “es una manera de rescatar el pequeño yo y no perderse en la pobreza de los días”. Siendo la soledad y la pobreza dos de los temas que más se elaboran en la novela, ambos desde la mirada de un joven que cree en Dios, pero que, en la intimidad, cuestiona las prácticas de su institución religiosa.

Sobre la pobreza el protagonista detalla un extenso diálogo que tiene con el viejo cura. Sorprendido y confundido escucha cómo, para su superior, el pobre es el mejor público de la Iglesia porque su misión es dar ilusión. Una analogía ilustra la idea: “Háblale a un enfermo de cáncer de la cura y estará atento a lo que dices… háblale a un pobre de la salvación y se acercará”. La iglesia no tiene como objetivo terminar con la pobreza, sino ser un soporte que ilusiona con un paraíso en otra vida para quienes, a pesar de sufrir injusticias (en este caso económicas), son justos con los demás.

De acuerdo con los ideales del viejo cura, un sacerdote debe ser un líder similar a un militar y lamenta que no hayan podido formar un imperio. Para el joven protagonista, la Iglesia debe reformarse constantemente para protegerse de los peligros del exterior y un sacerdote debe mantenerse altruista.

Sobre la soledad, prácticamente toda la novela se teje en la misma. Se escribe en la soledad, en una que es sufrimiento. Conforme el cura escribe y hace una lectura de los días pasados, se enfrenta a la angustia de palabras que le dicen:  “tú eres eso” o bien, “tú eres ese” que se presenta en el texto como otra conciencia que escucha mientras escribes.

¿Quién es ese que se hace presente? ¿Quién es ese a quien el joven cura reconoce en su escrito? Un sacerdote incapaz de dirigir a su comunidad; con un enorme deseo por hacer el bien, pero sin lograrlo; un joven que cada día se siente más débil y enfermo. Débil no sólo físicamente sino también en el sentido espiritual, porque conforme lee su diario siente que ha fracasado y que además de estar solo, también “la gracia” lo abandona y la fe se aleja.

Cuando se reconoce en su texto y encuentra algo de sí mismo en cada línea se asume como alguien atado a los defectos; pero también como un hombre ejemplar, con muchas virtudes. Un hombre que huye, mucho más que otros, al pecado y, sin embargo, sufre sintiéndose solo y fracasando constantemente en su tarea. Al final, lo atormenta el fantasma que evoca la lectura del diario.

El malestar se hace evidente en notas en donde se aclara que ha arrancado páginas al diario, borrado frases con rayones, e incluso surge en él un deseo por dejar de escribir que se encuentra con una realidad en donde ya no puede dejar de redactar el diario. Se siente en complicidad con un enemigo interior que lo lleva a un castigo voluntario y a encerrarse para lograr comprender cosas que no se comprenden.

El lector puede ver que el cura pasa de preguntarse ¿quién soy? a ¿Por qué fallo? ¿Qué quiere Dios de mí, mi parroquia, el pueblo, los superiores, mi amigo? ¿Por qué la soledad pesa tanto y puede tornar a uno mismo en enemigo?

El peso de la soledad es un tema que Georges Bernanos toca en diversas obras, por ejemplo, en Nueva historia de Mouchette (19337). Como un paréntesis, cabe destacar que tanto Mouchette como el Diario de un cura rural, han sido adaptadas al cine por el francés Robert Bresson, siendo dos de sus mejores películas. Y es que Bernanos detalla realidades en donde los personajes más correctos socialmente se enfrentan a realidades que invitan a reflexionar en dónde está Dios, en dónde está su gracia, ¿queda algo de él en las personas?

Diario de un cura rural no es una novela que promueva el cristianismo o que esté en contra, a pesar de su contenido. Es una obra que reconoce cómo en occidente la religión judeo – cristiana ha logrado crear impacto en la sociedad. Bernanos enuncia la aparente falta de respuesta de Dios, su silencio y la pregunta sobre si existe o no, parece no ser tan importante cuando alguien tiene una opinión fija. En este caso, lo que al autor le interesa resaltar es en que medida las personas, a través de sus actos, son capaces de pensar en el otro.

Víctor H. López

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