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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

diciembre 2015

Nostalgia por el plomo

Corría  diciembre de 1992 o tal vez 1993, cuando Santa Claus me trajo un puñado de burdos soldaditos de plomo. Eran grises, feos, con rebaba en los hombros y los muslos. Los dejé a un lado y me concentré en la  fortaleza medieval de LEGO: sus ocupantes con espadas y arcos de polímero duro y brillante fueron mi mejor regalo en aquella navidad. “¿Y esos muñecos?” Preguntó mi mamá al verlos arrumbados en algún lugar del pino navideños con todo y bolsa transparente.

               Mi padre contó que se los había comprado a un señor en el mercado. En aquella época mi padre dirigía una pequeña estación de policía privada en Ciudad Nezahualcóyotl. La estación, recuerdo bien, era una especie de taller mecánico acondicionado con algunos cuartos improvisados, casi en obra negra, para que pernoctaran los elementos de guardia a los que dirigía y administraba. Una noche, cenando con ellos en los puestos del mercado, vio a un hombre sentarse cerca de una pared que milagrosamente no tenía adosada un puesto callejero. El hombre sacó una bolsa negra de una mochila y dejó caer un ejército de figuras pequeñas; utilizó la bolsa como alfombra y las acomodó pacientemente. Mi padre no le prestó más atención, cenó y regresó con los policías a dar instrucciones y hacer cuentas. Al finalizar el turno dejó algunos elementos de guardia y salió con los demás. El hombre estaba en el mismo lugar, con las filas de soldados intactas mirando hacia los puestos de fritanga y fayuca.          muy-antiguos-soldaditos-de-plomo-y-mas-x-14-juguete-nino-566-MLU4690922287_072013-F

Mi padre vio su cara: desolación. Se acercó a él y el hombre hizo esfuerzos por no llorar. “No se le vendió ni uno, ¿verdad maestro?”- mi padre siempre decía “maestro” o “mano” cuando quería dar un aire de confianza y cercanía a otros hombres, o cuando los desdeñaba. El artesano dijo que no y, quiero pensar, mi padre y él se miraron por un instante. Mi padre fue con los policías que lo esperaban y les ordenó a cada uno que compraran tres o cuatro soldados; así lo hicieron y al final mi padre compró los que sobraban. “Ya no lo vuelva a hacer, maestro”- le dijo-  “A los chamacos ya no les interesan esos juguetes. Mire, yo tengo un hijo y se la pasa todo el día viendo tele o con los videojuegos. Así son ahora”. El hombre quedó en silencio. Supongo que cayó en el mutismo y la tristeza de los que han sido rebasados un momento por la vida, de los que advierten que el mundo ha cambiado de forma inentendible.

-Me dio mucha pena – nos dijo –, se ve que había gastado bastante en hacerlos y creyó que se iban a vender por las fechas. Si no te gustan guárdalos por ahí.

He perdido los soldaditos, el castillo de Lego y muchos otros juguetes que llenaron mis navidades. Durante muchos años me fue indiferente la ausencia de esos regalos; pero ahora que trato de rehacer mis pasos, me topo con la memoria de un acto caritativo, casi peliculesco, del que apenas hoy tomo conciencia plena. Imagino a mi padre, imagino y recuerdo el frío chilango de diciembre que sólo era capaz de repeler el chocolate caliente de los mercados a los que iba con él. Recuerdo nuestros paseos para buscar beduinos, palmeras, borregos, tortilleras, musgo y heno para instalar el nacimiento debajo del pino navideño. Todos estos años pensando en las navidades pasadas y apenas hoy me doy cuenta de la ausencia de los soldaditos hoscos, de la ausencia de mi padre, de la felicidad de los tiempos que corren.

Sucedió un pequeño milagro Hollywoodense de navidad a mediados de los noventa, y de él no conservo ninguna prueba, sólo este recuerdo.

Iván Partida

 

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One Piece y la derrota modélica

En 2006 estudiaba el primer semestre de la universidad, lejos de cualquier cosa que me resultara familiar. De la costa y el calor no tenía más que el recuerdo y la añoranza, avecindada ahora en mi habitación de estudiante que era menos deprimente que los callejones y la mentalidad retrógrada de los habitantes de aquella ciudad. Mis clases y compañeros aligeraban el peso del exilio y la soledad, al menos de lunes a jueves.
Los viernes eran días libres. De compañía, de palabras y de humanidad. Me refugiaba en el candor de las páginas y la radiación televisiva. Entre ambas intoxicaciones descubrí el remanso de la metáfora: las líneas de La isla del tesoro me regresaban entre sueños al mar, la salada expropiación de las pasiones, a los brazos de la suave meretriz incontenible y los deseos proyectados en el interior de una botella.
Una vez cerrado el libro las opciones se agotaban. El punto fijo de la pared nunca se movió a pesar de mi insistente mirada y terminaba rendido ante el encanto maquinal del control remoto. Prender la televisión sin observarla y dejarme arrullar por su parloteo aséptico eran también formas de sobrevivir.
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Entonces conocí One Piece. En un doblaje lamentable, pero todo estaba ahí: la mitología, las aventuras, las bromas que rompían la tensión, el patetismo de los héroes improbables y el océano, inmenso, cubriendo toda esperanza en su regazo. Consulté con Diana (oráculo de toda intuición) y me compartió su colección: las aventuras de Luffy, Zoro, Nami, Ussop y Sanji, los Piratas del Sombrero de Paja; la historia de Eiichiro Oda me conectó de nuevo con aquella devoción infantil que profesé a las leyendas del mar, relatos de piratas que se mueven entre el pillaje, el honor, la amistad y, sobre todo, la derrota.

Esos corsarios se volvieron mi obsesión. En ellos recaía la fantasiosa responsabilidad de ser felices, de buscar una plenitud alejada de los preceptos del “deber ser”. En sus aventuras se dirimían las caras más variadas del espectro de lo humano, disfrazadas en la charada de lo inverosímil, el súper poder de lo extraño y posible.
Sus méritos eran muchos: la valentía se codeaba con la amistad y pronto se convirtieron en un símbolo aspiracional, en un modelo de comportamiento. La estocada, sin embargo, sería más didáctica que cualquier lección moral. Porque en el momento en que la admiración se convertía en plenitud, en que los piratas parecían ser invencibles y omnipotentes, la realidad plantó cara y se volvió compañera de sus días.

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Y es que era la derrota lo que me acercaba más a ellos: su inevitable fracaso en un mundo habitado por seres más violentos, más orgullosos y rapaces. Y su caída tampoco se daba por falta de práctica: cada uno de los piratas guardaba un pasado en el que la desolación servía los mejores platos. Allá donde una perdía a su madre, otra se despedía de toda su historia y las personas que lo construyeron. Todos parecían compañeros de Cioran cuando, motivado seguramente por las luces de su siglo, dijo que “la experiencia me ha enseñado pocas cosas. Mis decepciones me han precedido siempre.”
El dolor, que parecía sólo formar parte del pasado, se convirtió en moneda corriente. Ser vencido era la única manera de encontrar un motivo para seguir en pie. En este momento, ya había convertido a One Piece en mi metáfora diaria; recuerdo a Elizondo cuando decía que sólo al nivel de la vida cotidiana la poesía cobra su significado más intenso: Entendí muchos de mis días con la travesía de esos piratas. La fantasía más disparatada podía explicar mi querella con la realidad. Una realidad que, valga decirlo, estaba llena de derrotas. Pero en esto tampoco soy nada especial; todos perdemos más de lo que ganamos. Entre el deseo y la frustración, el desencanto se vuelve la tabla con la que flotamos en el mar de las posibilidades, manteniendo a duras penas esa fuerza inquietante que nos hace preguntarnos ¿Por qué lo intentamos otra vez?
Somos adictos a los golpes, los rudos golpes.

Rodrigo Lira (1949- 1981) es uno de esos fracasados ejemplares. Era un poeta chileno que se tomó muy en serio el ideal de Hölderlin, aquel que se propuso madurar su canto al nivel de los dioses, aun cuando esto le arengara unas vacaciones permanentes entre los silencios de las sombras. La esquizofrenia ayudó en ambos casos, sin duda. Lira nunca destacó mientras caminaba entre nosotros: su máximo logro es un premio organizado por una revista llamada La bicicleta, un par de menciones honoríficas (cuando aún los poetas las aceptaban) y el reconocimiento de los entusiastas de las historietas, gracias a sus guiones para Cabrochico y Panchito en la tierra de la fantasía. Su poesía, brutalmente sincera, estaría    –de haber sido escrita ahora– siendo reseñada en los mejores círculos de nuestra intelligentsia: como transgresión, como testimonio postautónomo, como literatura alternativa (esa simpática lat-alt-lit). Durante su vida, sin embargo, sólo le valió para la renta de un departamento en el cual se suicidó un 26 de diciembre, desangrándose en su bañera; pintoresco regalo de cumpleaños para su mejor amigo, aquel que estaba retratado en el espejo.

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Lira, como todo gran poeta, hizo versos que sobrevivieron a su mano. Por eso, la sangre corriendo por los azulejos del baño se convirtió en aliciente para quien buscase la mirada del derrotado, del pasajero del mundo que llega tarde a todo, del eterno aspirante a nada. Son, al final, los mismos golpes que nos pegan a todos. Su dolor nos despierta en ese ring adoquinado por el que caminamos siempre para continuar masacrándonos, al menos durante un roud más. Y cuando lo pienso a la par de mi experiencia con One Piece, todo se vuelve una sinfonía descriptiva: el poeta clarifica esa fantasía que define mi realidad

Nada ha muerto
sólo mi mirada
desolada
os digo que nada ha muerto
que me jugué las cartas,
los poemas
y todo se carcome
hasta la bestial soledad
el inencontrable muerto amor,
que no vale la pena
un vino tibio. Rojo
alegorías
la puerta se ha cerrado.
de ahora referencias

Los golpes hermano, los rudos golpes
en la crónica roja documentando
mi silencio
los golpes hermanos, los rudos golpes.

Abrazar el espíritu defectivo del vencido puede apuntar –y con justa razón– a cierta mediocridad, a un conformismo ramplón que nos vuelve leones temerosos lamiendo heridas eternamente. La victoria observa con desdén, acompañada de su reducido séquito, a aquellos que vadean entre el fango de las probabilidades. Permanece inmóvil, estática, casi muerta. Es probable que su entelequia sea el objeto de nuestros sueños, pero más allá de su presencia sólo se proyecta el vacío. La derrota no ofrece nada, sólo esperanza. ¿Cuántas veces volverás a levantarte? Esa pregunta impulsa las velas de los piratas de One Piece.
Rocky Balboa, el humanista boxeador, le explicó un día a su hijo que aquello que mide la fortaleza de un hombre no son los golpes que le propinamos a la vida, sino la potencia con la que ésta nos subyuga, sabiendo que nos pondremos nuevamente de pie. El pugilista sexagenario es nuestra mejor metáfora al caer: te levantas, escupes sangre y sonríes. Encomiéndate al fantasma de Beckett. Fracasa de nuevo, fracasa mejor.

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José Antonio Manzanilla Madrid

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