Buscar

LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

octubre 2014

Espejo de cuerpo inmóvil (Ciudades desiertas)


Unos ojos vidriosos, crispados, asoman la mirada hacia una ventana blanquecina, la nevada que azota la ciudad sólo deja ver un vidrio empañado y algunos rastros de movimiento, una televisión prendida, unas sombras ondulando en el espejo. Los ojos se dirigen a esa superficie de azogue, la exploran hasta desintegrarla, las astillas desperdigadas por el suelo empiezan a elevarse y dibujan, ahora sí, una silueta, la de su mujer, lista para recibir una segunda penetración, esta vez más violenta, esta vez mejor. El espejo no materializa un cuerpo, sólo procura dibujar un rostro, aquel que ahora lo encuentra y observa, preguntando ¿por qué?


En 1982, José Agustín escribió la novela que todo joven creador del FONCA quiere escribir en estos días pero que es incapaz de hacer. Los temas están ahí: crítica a la nueva burocracia literaria, al organigrama de los fondos de apoyo y los programas de intercambio poético, el viaje al gabacho y las hondas reflexiones que despierta, la crítica al estado yanqui, al feminismo, al machismo, al tabaquismo y al antitabaquismo; la nostalgia por el ideal emancipador del ser ante el mercado, la poderosa atracción de la carretera, el vil desapego por las sensaciones más puras, el alcohol, las drogas, el rocanrol; todo aderezado con una buena cantidad de palabrotas, chistes y referencias sexuales, racistas y homofóbicas.
Al momento de ser publicada Ciudades desiertas, su autor tuvo el mal tino de pedirle a Elena Poniatowska un pequeño texto que definiera (y vendiera) la obra, de esos que van en la contraportada. La Poni se dedicó a exaltar los valores anti-machistas de la novela, su mirada crítica sobre los Estados Unidos y el gran amor que un hombre puede demostrarle a una mujer. Ese tipo de cosas que pueden escribirse sobre cualquier texto:

Este es un libro que le hormiguea a uno en las manos, que se lee de una sentada y lo deja a uno enfebrecido, gozoso, dispuesto al amor. Si hay hombres como Eligio, la vida merece vivirse, si hay chavos así de generosos, ojalá y volviera yo a nacer en este país de machos con sus venganzas de corrido.
CIUDADES DESIERTAS es la primera novela verdaderamente antimachista escrita en México, el primer intento de amar en una forma rabiosa a una mujer. Esta novela inmisericorde y quemante como la nieve es un pedestal, un altar en el que José Agustín eleva a la mujer, le reconoce su libertad y su espacio creador.

portada ciudades desiertasLa verdad sea dicha, la novela de José Agustín no es tan buena como la vende Elenita. Abusa, entre otras cosas, de ciertos perfiles psicológicos contrarios a la norma establecida socialmente, que podrían llegar a considerarse tipos, si no fuera porque éstos conformarían la cara opuesta de los personajes. Su carácter advenedizo y transgresor llega a ser predecible y simplón. De esta manera tenemos a Susana, una escritora empoderada, cansada del vaivén rutinario de la vida cultural en México, indecisa de sus días, feminista rampante, obcecada, sagaz, altanera y rebelde. Abandona a su marido para ir a un programa- taller literario a llevarse a cabo en la insignificante villa de Arcadia, donde supuestamente encontraría su libertad ontológica, simbólica y sexual.
Por otro lado está Eligio, macho mexicano que más que macho es más bien sacatón, actorcito de teatro venido a menos que termina pidiendo limosna laboral en las radionovelas y la Hora Nacional. Llega a su casa siempre gritando y soltando chistes, cargado de cervezas y de amigos, tratando de verle el lado chido al derrumbe inminente de su vida. Eligio se narra compasivo, amoroso, pasional, extrovertido, comprensible, pero al mismo tiempo puede comprar una pistola y amenazar de muerte a todo aquel que ose poner una mano encima a su mujer, incluyendo su mujer misma. Contradicciones a la orden del día. Al percatarse de la desaparición de Susana, vuela hasta el país vecino para reclamar lo que le pertenece. Fracasará, por supuesto.
Lo más interesante de esta pareja, que de tan atípica se vuelve convencional, es como se despliega el arsenal erótico que los circunda, pues no hay un afán de exponer el acto sexual de manera implícita: lo que se busca es la correspondencia, que la lujuria desplegada en los personajes se manifieste en intenciones pero nunca en actos: por ello el juego del voyeur es voz cantante de estos momentos: Eligio verá una y otra vez (primero en sueños y luego en tiempo real) a su mujer en manos de otro, seducido por la inmovilidad de sus miembros, la ardiente sensación que otorga el observarse abandonado, viendo a su mujer penetrada por un polaco albino, con un pene más grande que el suyo, sometiendo a esa joven feminista como si se tratara de la querida de cualquier cacique de rancho.

Era uno de esos estúpidos sueños en los que trataba de moverse con verdadera desesperación, pero jamás lo lograba. Quizá lo que le impedía moverse, pensó, no sólo era una agencia del alma sino la fascinación ultrajante de ver a su mujercitasanta entregarse tan completa, exhibicionista y desinhibidamente a ese horrendo gorila velludo, Moby Prick. Era intolerable verla campanear el torso con un ritmo espasmódico, ausente, y sí: estaba gritando, aullaba de placer, qué cinismo. Eligio no daba crédito a lo que sucedía: consideraba que cuando menos Susana debía de tener el mínimo tacto de coger sin venirse, y menos aún con tal estrépito. Con él, jamás había llegado a los alaridos que en ese momento profería, el llanto que le brotaba de los ojos bizqueantes, mientras el gorila la sujetaba con fuerza de la cintura y empujaba con todas sus fuerzas.”

En este momento se presenta ese factor innombrable que vuelve a la literatura parte de nuestro ser, anidada en las entrañas: al presentarse esas verdades dolorosas que sabemos ciertas pero callamos para no parecer más débiles de lo que ya somos. El acierto de la obra de Agustín es refrenar ese ímpetu por lo transgresor- convencional y situarnos en una realidad dolorosamente humana, enervante. Compartimos con Eligio su impasividad, la erección simbólica del deseo que nunca está ausente, ese que nos atrapa en los peores momentos y que nos da conciencia de nuestra deplorabilidad: la erección ante el dolor, la humillación, el escarnio, es un vistazo en el espejo de nuestra humanidad, la que negamos.

“Eligio, durante unos segundos, se sintió paralizado: una sensación extrañísima, muy caliente, lo inmovilizó: de alguna manera la imagen de su mujer hablando quedamente con el polaco lo seducía de una forma dolorosa, caliente también; su corazón latía sin control, su garganta y sus ojos se habían resecado; sus manos sudaban y la respiración se le dificultaba, como si le hubieran metido una bola de tierra seca en la boca. Había una cierta delicadeza en las dos figuras junto a la pared, una peculiar intimidad que casi imponía un sello hermetizante.”

voyeurismLo que se mueve es la lividez de un pene aprisionado, de una vagina humedecida, de unos hombros temblorosos y fríos. La inquietud por el ser deseado, intentando saber qué sentirá cuando es otro el que lo toca, lo estimula y sodomiza. Sentirse parte de ese ritual sin más sentidos de por medio que la mirada. Nada más real, nada más doloroso. El velo invisible entre el sexo y la observación se convierte en un espejo: ¿Qué es lo que disfrutamos, al observar? ¿El acto de aquel que en algún momento comprometió su intimidad con nosotros, o nuestros propios esfuerzos por disimular que el placer que sentimos no nos pertenece? Los géneros se disuelven, los discursos hetero-normativos se vuelven letra muerta y las miradas se cruzan en solemne complicidad.

“Mientras más trataba de actuar, mayor era la sujeción que lo dominaba y sólo podía quedarse allí quieto, indemne, viendo lo que no quería ver, lo que le generaba las sensaciones más contradictorias y simultáneas, un desintegrarse de todo su cuerpo, un violento peso en los genitales, un calor que lo quemaba y que a la vez lo congelaba más que nunca. Sintió como si una sombra ardiente, viscosa, se desplomara sobre él y le succionara toda la fuerza, lo hiciera abrir la boca hasta desencajarla casi, los ojos desorbitados, pálido como cadáver y ya con una erección inadmisible, dolorosa, ajena a él, llena de un vigor ultrajante (…) En ese momento también el polaco empujó contra ella salvajemente y Susana ahogó un grito y se desmadejó entre convulsiones, con la boca abierta, saliveante, los ojos totalmente blancos. Eligio apenas reparó en que la mirada que le dedicó Susana había sido la más terrible, un destello de luz neutra, sin coloración, que penetró sin obstrucciones hasta lo más profundo de él como si Eligio sólo fuera una extensión de ella, ambos una célula que vibraba con tal fuerza que acabaría estallando.”

Faith Hollald.6_Untitled_from_the_Voyeurism_Series_largeUna mirada cruzada entre amantes es casi un cliché de la vida. El duelo de resuellos ante la muerte chiquita es la imagen viva del erotismo ñoño, recalcitrante, aquel que todavía ensalza al misionero y exime de culpas a la virgen, todo sea por amor. Pero cuando la mirada es lejana y nace desde el seno del otro que sucumbe ante lo ajeno ¿De qué estamos hablando? Quizás siempre quisimos ser derrotados para poder sentir lástima de nuestro reflejo. Quizás los brazos velludos en torno a esa espalda tornasol, las nalgas firmes que nuestro amante sujeta para penetrar a esaquenosoyyo, los olores que no nos pertenecen, el placer que no provocamos, todo eso no sea más que una pantomima, una inquietante charada de lo que creemos prohibido, porque nuestra estabilidad mental nos obliga a creer que lo que deseamos es un rostro propio, una mirada familiar, una voz reconocible. Nos mantiene cuerdos creer en las personas, en la construcción que hacemos de sus sentidos, en el despojo subjetivo al que las condenamos. Así de fácil dejamos de sentir y empezamos a vivir. A través del otro nos volvemos espejo; aprendemos a disimular, a hacer exactamente lo que los demás esperan. Así de fácil, como rompernos en mil pedazos cuando ese reflejo alza por fin la mirada, descubriendo unos ojos que no le pertenecen y que le preguntan ¿Por qué?

José Antonio Manzanilla Madrid

Anuncios

La desaparición de los normalistas o el asesinato de la inteligencia

banner-marzo-negro1

En teoría, en los países democráticos o que se asumen como tales, el Estado detenta el monopolio de la fuerza con el fin de salvaguardar las libertades más preciadas del individuo. Para los clásicos de las ciencias políticas, como Maquiavelo, un buen gobierno se distingue de un mal gobierno según el buen o mal uso que hagan de ese poder.
No es un secreto que en México dicho acuerdo ha sido roto en numerosas ocasiones por un uso injustificado de la violencia de parte del Estado; lo que sí pareciera ignorarse es que este exceso en el uso de la fuerza física responde más bien al problema contrario, es decir, a la debilidad básica de un gobierno que hace un uso deficiente del poder para solucionar los conflictos naturales que surgen en el interior de una democracia. Para decirlo en pocas palabras: como el Estado mexicano es un blandengue, quienes lo componen tratan de parecer fuertes reprimiendo con dureza las manifestaciones de crítica u oposición.
Esta clase de abuso del poder se ha agudizado a causa del terrible momento histórico que vive nuestro país. En este octubre de 2014, el hallazgo de los 28 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, en fosas comunes cerca de Iguala, ejecutados por policías municipales coludidos con la delincuencia organizada, es un ejemplo más de la macabra falta de reflexión de quienes empuñan las armas. El abuso es tan descomunal que resulta inverosímil, genocida. El primer rasgo del horror lo da la confusión de los policías, quienes de acuerdo con las versiones periodísticas que corren, pensaron que los normalistas iban a manifestarse en contra del informe de la esposa del presidente municipal, presidenta del DIF de la ciudad —evento que seguramente a nadie le importaba un carajo—, cuando en realidad sólo se dirigían a recaudar fondos para la marcha del 2 de octubre en el DF.
No hay tragedia en la literatura que iguale el costo de este azar. Lo más absurdo es que el diálogo más escueto habría podido aclarar la situación y evitar la pérdida de media centena de vidas, donde se cuentan las seis personas que murieron en el sitio de la balacera, entre ellos dos futbolistas y un ama de casa
A quienes creemos en el lenguaje o trabajamos con él, debe resultarnos especialmente desconcertante que la palabra no pueda saltar una franja tan estrecha, no reciba la oportunidad de ejercer su función mediadora, su carácter de puente, molde o vehículo de las ideas, en primer lugar. En El águila y la serpiente, Martín Luis Guzmán narra cómo convenció a Villa de no ejecutar a los prisioneros capturados tras reprimir la rebelión de su subalterno, Maclovio Herrera. El argumento del escritor, eficaz en su simplicidad, es que si esos hombres se dejaron aprehender, renunciaron a la posibilidad de morir matando, y por ende, al desarmarlos, Villa aceptaba la obligación tácita de respetar su vida. Domando su furia, a diferencia de en otras ocasiones, el general se dejó persuadir y envió por telégrafo, angustiosamente pero a tiempo, la contraorden que cancelaba su primer mandato, el fusilamiento expedito.
Sin importar su grado de veracidad, el episodio anterior encarna una de las verdades que la ficción ha intentado mostrarnos una y otra vez: el poder de una palabra a tiempo para conjurar la violencia o prevenir su resurgimiento. Más de un siglo después, eso no ocurrió en Iguala, aunque no hacían falta ni la conciencia de Villa ni la sagacidad de Martín Luis Guzmán. Hubiera bastado un interrogatorio a la usanza de cualquier agente de tránsito: ¿a ver, qué quieren, adónde van? Sin embargo, México se ha convertido en un país donde los rangos en la base de la inteligencia y el poder, el maestro normalista y el policía municipal, no pueden encontrarse. Si no pudieron toparse en el aula, es difícil esperar que lo hagan en cualquier otro sitio. Y en lo alto de la pirámide, no creo que la situación sea mejor. ¿Es posible imaginarse a un gobernador o a un jefe de plaza leyendo la opinión de Gabriel Zaid?
El asesinato de los 28 normalistas de Guerrero tiene una doble dimensión simbólica entre sus múltiples factores sociales, culturales e históricos. Por una parte, se trata de la supresión, de la pérdida de hombres (¿y mujeres? No he encontrado una fuente que lo aclare y dé en su caso las cifras) que pudieron haber comunicado el conocimiento a la sociedad, una lesión tanto más dolorosa en tanto más amplia es la carencia de ese tipo de personas en el entorno rural. Es, literalmente, el asesinato de la inteligencia. Por otra parte, y con esto vuelvo a mi punto de partida, la tragedia es también evidencia de la estupidez de las autoridades, a todo lo largo y ancho de las estructuras del gobierno mexicano, incluso para ejercer la represión. Trato de imaginar a un jefe de la policía al cual la frontera entre los derechos humanos y sus atribuciones como perro del poder le parezca nula. Aun en ese abismo de la nada ética y moral, un poco de creatividad puede conducir a una decisión práctica, que conserva en sus puestos a los interesados. En vez de disparar, llevar a “los manifestantes” a los separos. En vez de ejecutarlos y enterrarlos, “calentarlos” un poco, ver si en verdad no tienen motivos ulteriores que “amenacen” a sus jefes inmediatos, regresarlos a su pueblo. Pero se elige disparar, la bala antes de la palabra, con el resultado paradójico de que ahora el alcalde con licencia de Iguala, José Luis Abarca Velásquez, y el jefe de Seguridad Pública municipal, Felipe Flores, han tenido que darse a la fuga. Y el cuestionamiento, por supuesto, ya llegó, debía alcanzar al perredista Ángel Aguirre Rivero, gobernador de Guerrero; a su moribundo partido político; al secretario de gobierno Miguel Ángel Osorio Chong, quien de acuerdo con las declaraciones de René Bejarano, citadas por el periodista Alejandro Páez Varela (Sin Embargo, 6 de octubre de 2014), debió haber investigado al alcalde de Iguala en el 2013, por el asesinato del también perredista Arturo Hernández Cardona, pero prefirió no hacerlo por motivos políticos.
Y ello nos conduce, por último, a la lacerante pregunta: ¿quién dio la orden? No obstante, se trata de un misterio de relevancia engañosa, porque la orden no debiera haber importado si los policías municipales fueran capaces de plantease la alternativa de no jalar el gatillo. Pero en México, por supuesto, los hombres con las armas saben obedecer, no reflexionar. Entonces, ¿quién ordenó disparar? Según la prensa, “habría sido un líder de la organización criminal ‘Guerreros Unidos’, conocido como ‘El Chuky’” (Animal Político, 6 de octubre de 2014). ¿El Chuky? ¿De verdad el Chuky es la persona encargada de tomar semejantes decisiones en el día a día del ejercicio del gobierno? Ya sabíamos que en esta crisis de gobernabilidad profunda, los polos del poder real se han desplazado a entes fuera del estado, pero es muy desalentador pensar que ni siquiera descansan en los autonombrados “hombres fuertes”, sino en la iniciativa atroz de cualquier simio con una pistola semiautomática. Pero qué nos sorprende si el mismo presidente de la república tiene en su currículum nada más y nada menos que un episodio como el de Atenco.
Dudo mucho que ningún hombre con mercenarios a su mando llegue a leer estas líneas, pero si éstas hallaran un poco de la suerte de Martín Luis Guzmán, quisiera decirles que la mejor decisión que pueden tomar, si en verdad les interesa conservar el poder, es dar la orden terminante de dejar de disparar. Que nos den siquiera una tregua: si son capaces de mantener a raya a sus perros, las palabras quizá puedan ocupar el silencio de las armas. Ese breve espacio es lo que diferenciaba a Villa de los actuales caciques de corbata. Por mímica o por presión social, Osorio Chong, en su diálogo con el IPN, se ha visto obligado a comprenderlo. Quién sabe si será el único. Los jefes, los machos, los poderosos, en la eyaculación precoz de sus disparos, me han parecido siempre niñitos asustados en las garras de los monstruos en su cabeza. Pero su pesadilla nos puede arrastrar a todos.

Enrique Padilla

banner-marzo-negro1

REFERENCIAS:
(Todas las fuentes fueron consultadas por última vez el 6 de octubre de 2014).

Arteaga, Alejandra. “Me preguntaron en el Semefo: “¿está segura que quiere verlo?”. (Entrevista con Marissa Mendoza, viuda del normalista Julio César Mondragón). Disponible en http://www.milenio.com/estados/normalistas_asesinados-matanza_en_Ayotzinapa-Normal_de_Ayotzinapa-policia_Iguala_0_382762094.html?utm_source=Facebook&utm_medium=Referral&utm_term=Estados&utm_content=Enlace&utm_campaign=Milenio.
Bobbio, Norberto. “La crisis de la democracia y la lección de los clásicos”. Disponible en http://www.belgranounr.com.ar/blog/wp-content/uploads/2012/01/Bobbio_La_crisis_de_la_democracia_y_la_leccion_de_los_clasicos.pdf.
“En cuatro fosas clandestinas en Iguala hallan a normalistas desaparecidos”. Disponible en http://www.periodicocentral.mx/2014/nacional-seccion/en-tres-fosas-clandestinas-en-iguala-hallan-a-normalistas-desaparecidos.
“Encuentran restos de normalistas de Ayotzinapa”. Disponible en http://www.lopezdoriga.com/detalle/9050/nacional/estados/hallan-cuerpos-en-fosa-clandestina-de-iguala.
“La historia de Julio César Mondragón, estudiante asesinado de Ayotzinapa”. Disponible en http://www.proyectodiez.mx/2014/10/02/la-historia-de-julio-cesar-mondragon-estudiante-asesinado-de-ayotzinapa/44132.
Muñoz, Alma, y Saldierna, Georgina. “Ángel Aguirre sin responsabilidad en desapariciones y asesinatos: Zambrano”. http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/04/angel-aguirre-no-tiene-ninguna-responsabilidad-en-las-desapariciones-y-asesinatos-zambrano-5392.html
Páez Varela, Alejandro. “Tres veladoras para los normalistas”. Disponible en http://www.sinembargo.mx/opinion/06-10-2014/27850.
“Policías entregaron 17 normalistas al crimen organizado; habrían sido asesinados: PGJ-Guerrero”. Disponible en http://www.animalpolitico.com/2014/10/reportan-hallazgo-de-fosa-en-iguala-investigan-si-se-trata-de-normalistas-desaparecidos/

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑