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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

septiembre 2015

43: LA VIDA DETRÁS DE CADA NOMBRE, A UN AÑO DE AYOTZINAPA

En el año que ha trascurrido después de la desaparición de los 43, el programa de Periodismo de Investigación en la Universidad de Berkeley comprobó la participación del Ejército y la Policía Federal en el desenvolvimiento de la tragedia. La Comisión Interamericana de Expertos Independientes desbarató la “verdad histórica” con que la PGR quiso despachar pronto el asunto. Ha llegado a saberse el papel central que desempeña en el caso el incierto destino de un quinto autobús, posiblemente cargado de droga destinada al mercado de Estados Unidos. Por su parte, los expertos del Instituto de Medicina Forense de Innsbruck, Austria, identificaron una muestra de los restos hallados como pertenecientes a Alexander Mora Venancio; apuntaron también la posibilidad de que otra muestra corresponda al ADN de Jhosivani Guerrero de la Cruz.

            En este año transcurrido, el proyecto 43: La vida detrás de cada nombre siguió su propio camino para tratar de asir la vida y la personalidad de nuestros compañeros normalistas y de las víctimas del 26 de septiembre, así como las de sus padres y las personas que los aman. Por medio de Lepisma, cada semana, durante varios meses se subieron a la red ensayos, semblanzas, narraciones y poemas que tomaron como punto de partida lo que llegó a saberse y lo que pudimos averiguar sobre ellos. El trayecto fue posible gracias a la participación desinteresada de más de 50 autores y un largo trabajo editorial. Por fortuna, halló una amplia resonancia: entre otros medios, el portal electrónico proyectodiez.mx retomó los textos y los fue publicando desde hace 43 días en su página.

            La culminación del esfuerzo, sin embargo, ha sido sin duda la publicación del libro 43: una vida detrás de cada nombre por parte de la Universidad Veracruzana y de la editorial Astillero, con prólogo del padre Alejandro Solalinde. El libro se presentó hoy en el programa de los Diálogos Interdisciplinarios por la Paz, también albergados por nuestra casa de estudios –la universidad más peligrosa del mundo, como la han llamado en recientes fechas, de la que es posible sentirse orgulloso, debido a su vitalidad y su deseo de no conformarse con la prédica del poder–. El libro se distribuye de manera gratuita a través de la Editorial de la UV y se puede descargar en pdf aquí.

            Es necesario no engañarse e insistir en que no hay palabras capaces de sustituir a una vida humana. Pero en el enorme esfuerzo que la sociedad civil ha desplegado para arrancarle al sistema de las máscaras un poco de justicia, reside todo aquello que puede convertir a este país en una mejor versión de sí mismo: todo aquello que lo hace todavía habitable. Hablar de Ayotzinapa implica traer aquí la persistencia de la tortuga, esa lección de necedad sobre la que podemos leer en el texto sobre Giovanni Galindo Guerrero. Un año después, los invitamos a leer y compartir.

Enrique Padilla

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I wannabe the minority

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“Se comienza por querer ser diferente, y se termina frente al vértigo de no poder recuperar la semejanza”. De esta forma se refería Germán L. García al genio incomprensible de Macedonio Fernandez, leyenda argentina de quien dicen que en su laboratorio literario (en realidad una serie de pensiones en las que atendía por igual a escritores y prostitutas) inventó a un sujeto llamado Jorge Luis Borges. Exageraciones, probablemente; mi interés, por otro lado, se dirige no a la anécdota en la que descansa la frase sino a la frase en sí. Diferencias y semejanzas. Todo sujeto inicia su propia construcción buscándose en el breviario del ingenio, ese que reside en el espacio que media entre el ego y la comunidad: nace con los ojos puestos en el espejo que el mundo ofrece, pero mientras algunos (los otros) buscan el reflejo, él encuentra una excusa para romperlo.

No somos iguales, por supuesto, pero somos muy parecidos. Por ello, al darle forma a nuestra identidad, la empatía se vuelve un estorbo para el desarrollo de la individualidad y el sujeto (llamémosle el diferente) inicia su definición en tanto no es como los otros seres que deambulan por las calles. Rebaño, masa, vorágine. El redil le va pequeño y observa las puertas de soslayo, inquieto por entrar al espacio ideal para las reglas de esa comunidad que inventó y que nadie más que su autor puede modificar.

Luego sacude la cabeza y piensa que el escape está a un clic de distancia. Y lo hace.

Inicia sesión

Camina para encontrar por las calles un perfil desconocido, ignoto entre tantos gestos inconscientes, movimientos diluidos en una conducta desdeñosa, defensiva. No lo halla y sigue buscando aquello que se ha perdido y no brilla ni siquiera por su ausencia. Un espejo de opacidades dinámicas, modulaciones constantes entre gritos y silenciamientos: armas con alcances imposibles, palabras blandidas con inexplicable violencia. Suenan voces desconocidas, rebotando entre las capas de la atmósfera, negándose a callar. ¿A dónde va el rostro que no se encuentra? ¿Tiene ojos, oye, palpa con suficiente intensidad? No se encuentra. Ni siquiera en esos momentos en donde los cuerpos desgarrados por el hambre hacen retorcerse a las conciencias, ni cuando las capuchas señalan con el dedo al indigente con gorra de partido político, cuando los niños son atropellados durante los honores patrios cotidianos o aquel día en el que los cuerpos aparecieron y desaparecieron, abrimos los ojos y seguíamos ahí, iluminados sólo por la luz que se refleja en las ventanas. Cerradas, por supuesto.

La diferencia sería, corazón…

El mundo no se encuentra ahí, en donde los ojos te devuelven el reflejo del hastío, del scrolling pendenciero en esa realidad reducida a las dimensiones de una pantalla. No está ahí, pero estamos nosotros. Alimentándonos de noticias, ideologías y criterios. Las amables coyunturas, siempre al orden del día, nos permiten medir nuestras opciones.

Nos dividimos entre refugiados sirios y boicots a los comercios transnacionales. Se convocan por igual a paros masivos y marchas contra el aborto. La segregación ideológica proscribe la coincidencia y radicaliza a la individualidad. Ahí donde encontramos al mundo, también lo rechazamos. Entre la mofa y el escarnio, manifestamos nuestra naturaleza.

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En medio de esas revelaciones volcánicas, de esas furiosas letras tecleadas con perfecta ortografía, donde aquel asume ser diferente (porque queremos ser diferentes ¿queremos ser diferentes?), no late ninguna perspectiva: nuestra porción de mundo se vuelve el clásico territorio de la razón ante la barbarie, dictando desde el ágora la línea que divide al hombre del salvaje. El salvaje viste colores indecentes, disfruta ruidos sin armonía, goza con el espectáculo del absurdo y somete su criterio a la más banal de las frivolidades: la opinión de ese ojo anónimo que nos engloba a todos cuando iniciamos sesión.

Todos somos sirios: sean de Honduras o del Frente Juvenil Revolucionario, lo que no se refleja en el espejo ideológico es digno de sospecha. El sirio es el que se atreve a cuestionar la acciones indignantes del Estado (pregúntenle a Gómez Leyva o a Ricardo Alemán) tanto como lo es aquella señora jubilada que disfruta Dos Mujeres un Camino sin darse cuenta del poder deformante del engaño televisivo (porque claro, decir que un hombre quiera estar con dos mujeres es un embuste mayúsculo, ¿no?).

Para el diferente  −el que sí sabe− la estatura moral de un político corrupto es la misma que la de un campesino que quiere conocer la ciudad, aunque sea de acarreado para dar el grito: ambos venden su dignidad por dinero, aunque a uno le falten más ceros a otro en su cheque. Y el diferente necesita de ambos especímenes: ¿De qué otra forma podría elaborar esa máscara sin conocer los perfiles a evitar? ¿Cómo tener dignidad y conciencia sin gente del otro lado que carezca de ella? En el fondo nunca quiere que se acabe la barbarie, pues de ella se alimenta. Roger Bartra lo dice, por supuesto, con mayor claridad: “la cultura política moderna genera constantemente seres míticos de la otredad peligrosos, amenazadores, que en muchos casos existen pero que son potenciados por una cultura que necesita de estas amenazas para cohesionarse”. Cioran expresó lo mismo algunos años antes, un tanto más lapidario: “nuestra misión es realizar la mentira que encarnamos. Lograr no ser más que una ilusión agotada”.

¿Viernes? No, gracias…

En esa isla cibernética e informe en la que transcurre la vida, gozamos del exilio organizado, de la otredad racionada. Varamos en el archipiélago virtual con las herramientas suficientes para la subsistencia y la militancia. La política es la nueva evangelización. Cual Robinson contemporáneo, el diferente no se aísla por completo, intenta siempre encontrar al otro, moldearlo a su forma, cambiar su sistema para imponerle uno nuevo, mejor. Salvar a ese otro Viernes de ser comido por los caníbales. Gilgamesh siempre fue, al final, más popular que Enkidu.

Qué fácil es ser diferente en estos días.

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José Antonio Manzanilla Madrid

De sapo a príncipe nacional

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El mito de nación

Mi abuela Matilde fue una mixteca que vivió en la Costa Chica de Guerrero sus 105 años de vida. Cuando la visitábamos siempre nos preguntaba cómo era México. Primero pensé que se refería a la gran ciudad, le decía que nosotros vivíamos en Toluca, que era una ciudad fría, que no importaba porque todos vivíamos en México. Mi abuela decía que no, que ella era de Ayutla, que no era mexicana como nosotros. Para ella no había un México como un todo, como una nación, no había símbolos ni grandeza nacional ni estereotipo ni independencia ni revolución. Acaso esto la liberaba de las ataduras del deber ser. Para ella la única patria era su terruño en el Embudo, esa pequeña parcela que se pintaba del rojo de la jamaica en diciembre y de donde caían mangos en abril, esa era su nación, y el pañuelo en la cabeza para aguantar el sol, su bandera. Algunas veces fue a Toluca a visitarnos, pero nunca se sintió cómoda en ese lugar, aparte de que el clima no es muy amable. Siempre volvió a su tierra, como en aquella novela de Ítalo Calvino, a contar cómo era México, cuáles eran sus costumbres, qué tan rara era la gente, la comida, las calles, los ruidos y las iglesias, un lugar que para ella era una fantasía en la que pudo vivir por algún tiempo, una ciudad invisible.

Octavio Paz escribe en el Laberinto de la soledad que no hay expresión más nacionalista en nuestro amado país que el famoso: ¡viva México, hijos de la chingada! Nos da identidad, sentido de pertenencia, nos inflama el pecho de vanagloria patriotera, como cuando el Chicharito mete un gol en cualquier parte de Europa. Ninguna sociedad escapa al cariño patriótico; el mito de la nación nos persigue hasta las entrañas mismas de la tumba: la madre, la tierra, la patria… O como decía aquella vieja canción: “si muero lejos de ti/ que digan que estoy dormido/ y que me traigan aquí//.” Cursilería, diría más de uno, pero tarde o temprano, por obligación o descuido, todos caemos en las garras del patriotismo ramplón.

 Para que el mito pueda subsistir, la sociedad necesita crearse símbolos en los que se viertan los valores que supuestamente definen a una nación: el aplomo de Morelos, la humildad de Juan Diego, el coraje de Zapata, la tenacidad de Jorge Campos. En estas figuras hay cierto reconocimiento de altas cualidades que los vuelven dignos de pasar al inconsciente colectivo, representar los valores de la masa informe, del ciudadano anónimo que busca dónde asirse ante la desesperanza y la finitud. A veces, particularmente cuando una ideología totalitaria interviene en la creación de esos símbolos, pueden incluso constituir toda una estructura moral que deriva en extremos donde la identidad nacional se vuelve la única verdad posible, donde se lleva al punto más tenso la ética del absolutismo patriótico: de Hitler a Donald Trump, hay un sinnúmero de casos sólo en el último siglo. Para decirlo en una frase: hay patriotismos peligrosos.

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Diego Rivera: folclorismo e hipocresía

En nuestra era el nacionalismo se ha confundido con folclorismo. Éste, visto como algo exótico, ajeno a nosotros, se adopta como una alusión simbólica: soy más mexicano porque uso huipiles, soy parte del pueblo olvidado de mi nación. Retórica. Chovinismo.

Diego Rivera, por ejemplo, criticó fuertemente a las ideologías tendientes al universalismo, menos preocupadas por lo que se considera lo mexicano, defendió un arte comprometido, agrarista, comunista; se formó una imagen de mesías del pueblo, como conciencia de la masa. En uno de los murales de la sep, Rivera pintó a Salvador Novo y Antonieta Rivas Mercado, representantes de la perversión antinacionalista, los Contemporáneos. El mural titulado “El que quiera comer que trabaje”, arte realista socialista, se focaliza en estos dos personajes, el primero tiene orejas de burro y va a caer de cabeza; su peine se quedó en el aire; se le han caído los anteojos y en el piso hay algunos objetos que ha perdido: una lira, símbolo del poeta, y la paleta de un pintor, unas flores, un pañuelo, unas monedas, alusiones a su homosexualidad, su dandismo y su burguesía; también hay una revista en cuya portada se pueden apreciar algunas palabras que la enmarcan: “neos”, y al pie una fecha: 1928, que corresponde al año en que apareció el primer número de Contemporáneos. Rivas Mercado está recibiendo una escoba de una revolucionaria de rojo, “es una mujer cuya corpulencia abarca casi la tercera parte del escenario con su vestimenta color bermellón y botas color caqui. La enérgica mujer, morena y mofletuda, que acciona a diestra y siniestra —carrillera y fusil a la espalda—, le entrega a Antonieta Rivas Mercado una escoba para que barra la basura esparcida por el piso”, lo describe Reyna Barrera. Lo que barre Rivas Mercado es el tiradero de los Contemporáneos.

El microcosmos que creo Diego Rivera cuenta cómo el pueblo por medio del trabajo y la lucha debe sacar, eliminar, a los poetas maricones que escriben a la usanza de otras tradiciones, que emulan a Baudelaire, Wilde, Gide, Joyce. Rivera, enceguecido por el mito de la nación, era incapaz de observar más allá del límite que marcaba su abultado abdomen. Rivera quiso ser parte del mito que construyera la nación. Salvador Novo se encargó de desenmascararlo en unas de las mejores sátiras de la literatura mexicana: “La diegada (1926)”, donde lo rebaja, lo desenmascara, lo pone en perspectiva para sus lectores, pero sobre todo se burla de él, se ríe a carcajada suelta para ridiculizarlo, para bajarlo de su pedestal, `carnavalizar para destruir:

El berrendo mural, Tauro eminente,

becerro babilonio, Apis moderno,

chivo de la expiación, hijo del cuerno

que las nubes abolla con la frente,

para darse renombre entre esta gente

de multiversidad y desgobierno

tiene pincel y mugimiento alterno

de rojo y de amarillo conveniente.

Consumado cabrón, buey sin arado,

habla de los burgueses, y alquilado

del Gobierno y de gringos se amamanta.

Para que no los llene de defectos,

le pondrán los muchachos arquitectos

un asta aquí —donde le crece tanta

Hay una cierta defensa ética contra los valores que la masa asumió como suyos a través de la prédica de Rivera, pero para Novo esto no es más que hipocresía, una máscara para ganar adeptos entre la masa, un discurso vacío que la gente se tragaba. Rivera nunca levantó un azadón. En ese momento aún se tenía fe en la victoria de la revolución, en la ascensión del pueblo al poder. Esperanza que se transformó en ideología y derivó en populismo, en folclorismo costumbrista. El dandi, Novo, observaba desde lo alto del pedestal burgués y se reía del magnífico espectáculo que se desarrollaba frente a sus ojos.

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Diego Rivera en los billetes de $500

Diego Rivera al final alcanzó el pináculo del mito de nación, del chovinismo ramplón. En el México actual, el chovinismo es una moneda de cambio más o menos lucrativa. El sentimiento nacionalista da buenos dividendos. Está comprobado que es uno de los motivos que más mueven a comprar algo, lo que sea, desde los Converse con pedrería huichol hasta las hamburguesas de Mc. Donals con la nueva salsa mexicana. Ante el avance acelerado de la globalización, parece que nos aferramos con más fuerza a nuestra identidad. Queremos ser universales, bilingües, modernos, pero sin dejar de creer que solamente en México se hace la mejor comida del mundo, están los paisajes más bellos y aquí está la gente más solidaria y amable que jamás vayamos a conocer.

Romanticismo que sirve hasta para los pesimistas: éste es el peor país del mundo, la peor corrupción, la peor pobreza, la peor gente, la más ignorante, “nos merecemos lo que nos pasa sólo por el hecho de haber nacido aquí”; pero si Zapata cabalgara de nuevo, si entendiéramos las cursilísimas enseñanzas que nos dejó Frida Kahlo en sus cartas, si oyéramos más a Moncayo y menos a Juan Gabriel, seguramente habría menos ignorancia, habría más justicia, estaría a nuestro alcance la libertad… Patriotismo soez disfrazado de pesimismo. En pie de lucha desde el Starbucks enfundado en la playera Adidas con la imagen de Villa a la Andy Warhol mientras grita que la Arrolladora es para ignorantes… en Polanco escuchamos a Lila Downs, una verdadera mexicana… Y Diego Rivera, como un pecador que va a misa, con su cara de sapo en los billetes de $500.

Pedantería, nada más.

No dudo que como mi abuela haya muchas personas despreocupadas por la identidad, porque ésta es una construcción, un ideal, una ciudad invisible. La patria y el concentrado de sus valores son un privilegio para los que escriben la historia laudatoria de los vencedores, parafraseando a Walter Benjamin. Nuestro segundo romanticismo viene de la Revolución para acá y se expresa como una melancolía deforme en la que se observa a lo lejos el honor de los héroes consumido por las fauces del tiempo. Y entonces…

¡Qué viva México, hijos de la chingada!

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Alejandro Solano Villanueva

En la llanura del alba

(Variación sobre un mural de Desiderio Hernández Xochitiotzin)

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Marchamos juntos, pasamos sierras y barrancos y el viento nos insulta y abre surcos en nuestro pensamiento. El mundo es tan nuevo que rebasa la jícara de nuestro asombro. La sangre del dios circula en cada ser, piedra o coyote, luna o culebra; nuestros pies no han acabado de imprimir su relieve, cuando se hace evidente que no todo ha sido definido. Sin ruido ni polvo, la montaña de espinas que en el último crepúsculo imantaba la vista ha sido nivelada. El espíritu no se halla satisfecho todavía: borra y desdibuja, lo mismo afuera que adentro, en el valle de nuestra memoria. Qué recordaremos cuando el mural haya sido terminado.

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            Somos los cuatrocientos. ¿Pero eso qué significa? Y al instante, piedras pulidas por un río invisible, aparecen los conceptos, las palabras. Somos las numerosas navajas de obsidiana. Somos hijos del puñal del relámpago y del sexo escarpado del desierto. El universo a veces se sacude, pero es fuerte su raíz, que compartimos. Marchamos juntos: atravesamos una llanura parda por donde corren visiones del futuro, venados que nunca alcanzaremos a cazar. Sólo de vez en cuando nos refresca, nube de guerra, la inmensa sombra del cuerpo de nuestro padre.

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Enrique Padilla

Hormigas

Ramón López Velarde provenía de una familia católica que en los primeros años de su vida, trasladándose a Aguascalientes, le brinda una profunda educación religiosa en el Seminario Conciliar de Santa María de Guadalupe, misma que contrasta con la educación liberal y el acercamiento a lecturas prohibidas por la iglesia que en 1906 el Instituto de Ciencias aporta a su genio y posterior desarrollo creativo. Con la experiencia provinciana que le concede nacer en Jerez, Zacatecas, es sorpresiva la mudanza del poeta a la capital del país. Las calles del centro histórico de la Ciudad de México por las que caminó López Velarde aún conservan el eco de sus pasos.

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Derrumbadas las paredes que cuidaron el sueño del poeta y escucharon sus conversaciones telefónicas nocturnas con la dama que inspiraría los versos y la infinita melancolía de Zozobra, poemario publicado en 1919, dos años antes de que, luego de abandonar un recinto teatral, la muerte -disfrazada de cálida mujer- atendiendo al ruego del poeta: sin desfigurar su cuerpo, lo acompañó en un último paseo a un sitio evocado en algunos de sus poemas: el cementerio.

En 1917, antes de que Margarita Quijano rechazara la idea de casarse con Ramón López Velarde por (cuentan algunos) su compromiso con Cristo, el poeta escribió uno de sus mejores poemas: Hormigas. Aquí la discusión eterna entre forma y contenido no encuentra asidero: se complementan. Veintiocho versos alejandrinos, formados por un sentido rítmico donde rimas sin sonsonete asoman, rimas que matizan la lectura en voz alta concediéndole cierta elegancia fúnebre. A casi un siglo de su escritura, si bien la lectura de López Velarde es una lectura sin prisa, que exige el detenimiento y la curiosidad del lector, el poema mantiene ese tono de secreto y conversación íntima característico de Velarde:

A la cálida vida que transcurre canora
con garbo de mujer sin letras ni antifaces,
a la invicta belleza que salva y que enamora,
responde, en la embriaguez de la encantada hora,
un encono de hormigas en mis venas voraces.

Fustigan el desmán del perenne hormigueo
el pozo del silencio y el enjambre del ruido,
la harina rebanada como doble trofeo
en los fértiles bustos, el Infierno en que creo,
el estertor final y el preludio del nido.

Algunas de las obsesiones que el poeta nunca abandonaría asoman en los versos: el amor por las mujeres: sencillas, castas, dotadas de una belleza sin pretensión que guarda en su recato la elegancia del rostro sin maquillaje. Dentro del laberinto del tiempo, la sangre devota de López Velarde es la misma que se esconde en las ‘venas voraces’, donde ‘un encono de hormigas’, responde cual carta urgente, a la melodía hipnótica del enamoramiento.

Otro de los tópicos del poeta es el silencio. Silencio creador donde el abismo asoma sus profundidades, palacio donde la ‘amada de otros tiempos’ se une a él dentro de una esfera dorada sin necesidad de la palabra. El pozo del silencio pero también el ruido imaginado como un enjambre, el ruido de una ciudad que asombra a las abejas que abandonaron su impasible colmena.

Hormigas canta a la vida y a la belleza femenina pero es fiel a la fascinación por la muerte que el poeta experimentaría a lo largo de su breve vida. Las hormigas atraviesan por su sangre animadas por una violencia amorosa, el deseo inalcanzable que atormentó y guio al poeta. Es curioso que uno de los versos haga mención del ‘estertor final’, último gesto de moribundo que tuvo López Velarde muerto debido a una bronconeumonía.

Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo
y han de huir de mis pobres y trabajados dedos
cual se olvida en la arena un gélido bagazo;
y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,
tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno,
tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo
como réproba llama saliéndose de un horno,
en una turbia fecha de cierzo gemebundo
en que ronde la luna porque robarte quiera,
ha de oler a sudario y a hierba machacada,
a droga y a responso, a pabilo y a cera.

Es a través de los sentidos por donde la poesía de López Velarde avanza con paso firme y deja eco en las habitaciones que guardan ciertos nombres y poemas pero están más llenas de olvido y de versos fantasmas. El olor del pan recién salido del horno, la harina rebanada como doble trofeo en los fértiles bustos o la lengua asomando como réproba llama saliéndose de un horno. Hablar de lo desconocido es posible a través del poema, el carácter religioso del poeta lo lleva a evocar los rituales eclesiásticos y transformar el espacio en una iglesia por medio del olor a sudario o la llama encendida que desata el aroma de la cera; a modo de presagio el poeta anuncia el abandono de las hormigas, la sangre inmóvil y la apagada fuerza de sus manos y la noche redonda con la luna, el viento frío que a modo de hechizo roba el alma de la mujer amada desplazándola así a un ambiente funerario, posiblemente su funeral.

La metonimia aparece en este poema como recurso primordial del poeta, la parte por el todo, las manos son el hombre, la boca la amada, la harina es el pan. Es mediante una evocación erótica de la mujer que ocurre el presagio: cifra de eróticos denuedos, manjar y adorno, firma quizás de sus versos es la boca, boca que habrá, como todas, de ocultarse bajo la tierra.

Hormigas es también un discreto coqueteo, un ruego al amor y a la vida, contrario al López Velarde de los primeros poemas a quien dichos versos pudieron haberle parecido un atrevimiento. En este poema se arrodilla pidiendo a la amada permiso para que las hormigas caminen por su boca apurando, cual fruto maravilloso concedido en última instancia al moribundo, el beso: mismo que calmaría la sed del hombre asceta de los desiertos árabes. El amor de los cuerpos salvaría al poeta de la muerte.

Y si el primero en morir no fuera él sino la amada, el beso cobraría entonces otro significado: sería para el luto un aroma, un recuerdo necesario para curar las heridas de la ausencia, un alimento y al mismo tiempo un veneno.

Antes de que deserten mis hormigas, Amada,
déjalas caminar camino de tu boca
a que apuren los viáticos del sanguinario fruto
que desde sarracenos oasis me provoca.

Antes de que tus labios mueran, para mi luto,
dámelos en el crítico umbral del cementerio
como perfume y pan y tósigo y cauterio.

Enemigo acérrimo del lugar común, Ramón López Velarde se distingue entre los poetas mexicanos por su audacia lírica. No el desborde sino la armonía de los sentidos, el don de recorrer espacios íntimos y revelarlos a través de la poesía como un viejo truco de magia capaz de asombrar a cualquiera. Vicente Huidobro diría con elocuente razón ‘el adjetivo cuando no da vida, mata’, y el poeta compartiría esa verdad trazando inusuales adjetivos en sus versos, enfatizando lo cotidiano con una poesía novedosa, expresando la “majestuosidad de lo mínimo”, como diría José Luis Martínez.

A pesar de todos los cambios el polvo no ha cubierto por completo la obra del poeta, si bien sus libros no se encuentran con tanta facilidad en las librerías, y los lectores del país disminuyen atraídos por el deslumbramiento del televisor , la computadora o cualquier medio enajenante que sirva de escape a la realidad, también es cierto que su poesía, sostenida por el espíritu, sigue dialogando con lo que hay de humano en el hombre, que el tono de su conversación reconforta y alivia y que en el silencio de la lectura o la compañía de su voz a través de otras voces sobrevive la grandeza de los buenos e irremplazables poetas.

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Brianda Pineda

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