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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

noviembre 2015

Graciela Iturbide: inventando lo real

Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) comenzó a dedicarse a la fotografía a partir de su ingreso al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México; se inscribe a una clase del reconocido fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, de quien fue su asistente, convirtiéndose éste en su inspiración para desarrollar su vocación fotográfica, construyendo un discurso propio.

Su trabajo fotográfico retrata de forma genuina y sublime las tradiciones de las comunidades indígenas de México como es el caso de las fotografías del pueblo Seri en el desierto de Sonora, así como su famosa documentación retratando a las mujeres de Juchitán en Oaxaca, por mencionar algunas. De igual forma, resaltan sus fotografías de viajes en países como Panamá, Cuba, Rusia, Alemania, Japón, India, Hungría, París, Madagascar, España, entre otros.

La producción visual de Graciela Iturbide es un campo fértil para la reflexión y la percepción por parte del espectador. Iturbide es considerada una fotógrafa crítica y selectiva a la hora de enfocar su mirada a través de la cámara, cuyo ideal artístico se encuentra cercano a la creación de un lenguaje artificial, un mundo en blanco y negro lleno de contrastes en cada imagen. Iturbide realiza una obra que va en pos de una autonomía,  una narrativa visual ligada a la naturaleza de lo simbólico y de la fotografía como experiencia de lo trascendental.

Graciela y los pájaros

La primera foto sobre pájaros hecha por Graciela Iturbide fue tomada durante la década de los ochenta; la autora  confiesa que nunca planeó efectuar una serie en la que los pájaros formaran parte de un sentido protagónico, aunque el tema siempre le ha apasionado desde un punto de vista literario.

Los pájaros, sin embargo, la han acompañado y han fungido como un símbolo de libertad y destreza que proviene de lo cotidiano para ser vistos como animales sublimes que van más allá de ser una especie de la fauna que nos rodea. Precisamente las aves que retrata Graciela Iturbide son elementos que transformaron su propia percepción, en este caso, sobre la muerte.

Sucedió en el cementerio de Dolores Hidalgo en 1978. En la avenida ensombrecida por los árboles yacía un pavoroso cadáver -con su carne desvestida pulcramente por los más diligentes de nuestros amigos emplumados-, el que parecía llevar por sí mismo a la mayor y más delicada fotógrafa de México contemporáneo…. Acto seguido apareció en los cielos, inabarcable, una gran bandada de pájaros por encima de las cabezas de la pequeña procesión funeraria del niño muerto con la fotógrafa a cuestas. Así fueron los pájaros los que prepararon para ella la imagen de la muerte-corporeizada en el cadáver-, sólo para dejarla ir inmediatamente, ofreciéndole una imagen más: la ligereza del vuelo y la libertad de aquellos que son capaces de desprenderse de lo terrenal de los hechos para continuar la vida en otra parte.[1]

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Señor Muerte

 “Señor muerte” es la imagen que da paso a Graciela Iturbide para captar el vuelo y el movimiento de los pájaros. La diversidad de su serie fotográfica sobre pájaros se ha distinguido por distintas composiciones que captan el instante de los pájaros en vuelo, de los que se posan en las ramas de los árboles para descansar, de los que transitan los cielos en parvadas y de los que buscan su alimento en la tierra.

En el texto  El vuelo de los pájaros, hecho como introducción al libro denominado Graciela Iturbide. La condiciones del pájaro solitario,  la escritora y también fotógrafa de origen alemán Corinna Kotch, menciona lo siguiente: “los pájaros han migrado por el mundo de las exposiciones de la famosa fotógrafa, la han acompañado y han atraído su mirada ausente-presente para dejarla deslizarse hacia el cielo”.

A su vez, Kotch explica que desde tiempos remotos, los pájaros han sido cómplices de los seres humanos y ejemplifica diciendo que las aves carroñeras guiaban a los cazadores hasta su presa,  de igual forma los pájaros han sido claves en la historia al fungir como mensajeros o ser “arquetipos divinos, animales heráldicos,  portadores de conocimientos, espías…”. Los pájaros son seres complejos que han formado parte fundamental en diversas etapas de la historia y además han sido siempre la clave de lo inalcanzable y de lo continuamente deseable para los seres humanos: el vuelo, metáfora de la manumisión.

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En su texto El crimen perfecto, Baudrillard menciona que “lo real se ha convertido en un fenómeno extremo, la propia realidad es demasiado evidente para ser verdadera, la realidad es una ilusión y cualquier pensamiento debe intentar fundamentalmente desenmascararla, actualmente es el simulacro lo que asegura la continuidad de lo real, lo que oculta la no verdad, sino el hecho de que exista, es decir la continuidad de la nada”.

Las fotografías de Graciela Iturbide son imágenes que dialogan con la “realidad” pero que a la vez la transforman en ilusión, en un espejismo que es codificado por nuestra percepción, los elementos de sus fotos, los pájaros, los paisajes, sus personajes retratados son elementos “reales” que de alguna manera se vinculan con lo onírico, porque las imágenes que realiza Iturbide muchas veces parecen desprenderse de un sueño. Percibimos sus fotografías como un simulacro que, como dice Baudrillard, da continuidad a lo que creemos “real”.

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Paulina Mendoza

 

[1] ITURBIDE, Graciela. Las condiciones del pájaro solitario, Texto introductorio de Corinna Kotch. Trad. Héctor Orestes Aguilar. México, D.F: Dirección General de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2013, p.11.

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El berrinche de los héroes

Los héroes son brutales. Así era en la antigüedad clásica, con Aquiles profanando el cuerpo de Héctor y Hércules degollador de sus propios hijos, y así es hoy en día, con Rambo poseído por el ritmo de la metralla y Wolverine envuelto en el frenesí de sus propias garras de hueso. Y así era también en el Medievo: la Chanson de Roland, piedra fundacional de la literatura francesa, palabras más, palabras menos, detalla con grotesca complacencia las hazañas del más famoso de los caballeros carolingios, entre las que se cuenta partir a un jinete por la mitad hasta quebrarle al caballo el espinazo.

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      Cuando uno piensa en el tópico del chevalier lo primero que viene a la mente son virtudes cortesanas: el comedimiento, la discreción, la abnegada valentía. Para Roland, en cambio, enfrentarse a un ejército veinte veces mayor que el suyo es una oportunidad para acrecentar su propia gloria. Cuando su amigo Oliverio lo insta a pedir ayuda, exclama: “¡Desatino fuera!/Toda mi fama, perdida en mi tierra./ Durandal basta, si la hora nos llega:/ mis guardas de oro quedarán bermejas” (Durandal, por cierto, es su espada; algo tendría que decir una sexóloga de hoy sobre esa obsesión de los guerreros por darle nombre a su armamento). Y no hay que olvidar que fue su intervención “movido por la cólera” en el consejo del emperador lo que le ganó la fatídica encomienda de defender la retaguardia en Roncesvalles.

            No hago una lectura anacrónica. Estamos en la inmensa pradera del mito, donde cabalgan Amadís y el Quijote, el Rey Arturo y el Príncipe Negro. De cualquier manera, el Roland de la Chanson, con todas sus exageraciones e imprecisiones históricas, está más cerca de los caballeros de la realidad, viscerales y ávidos de poder y riquezas, que el modoso Lancelot del ciclo artúrico, quien sólo gracias al auxilio de un amigo se atreve a recibir un beso de la bella Ginebra. Basta para contraste la conducta de los nobles franceses en la batalla de Agincourt, cuya ambición de honor y riquezas los llevó a romper filas en cuanto avistaron al enemigo, poniéndose al alcance de los arcos ingleses y contribuyendo así al cada vez más olvidado renombre de Enrique V.

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            Mi punto es que Roland, o Roldán para los hispanohablantes, no por eso deja de ser un héroe, y uno de los mayores, si entre sus méritos cuenta haber inaugurado una de las mayores tradiciones literarias de Occidente. He mencionado sus defectos; lo justo es recordar también sus cualidades. Su lealtad, por ejemplo, se ve simbolizada en el sueño del anciano emperador, donde aparece como un lebrel negro que defiende a su amo de un oso y un leopardo juntos. Y su respeto por los vínculos filiales queda demostrado cuando se niega a maldecir a Ganelón, su padrastro, el traidor que urde la emboscada. Y claro que hay algo de contradictoria humildad en el momento de su muerte, rasgo final que acaba por humanizarlo:

Recostado bajo un pino está el conde Roldán, vuelto hacia España su rostro. Muchas cosas le vienen a la memoria: las tierras que ha conquistado el valiente de Francia, la dulce; los hombres de su linaje; Carlomagno, su señor, que lo mantenía. Llora por ello y suspira, no puede contenerse. Mas no quiere echarse a sí mismo en olvido; golpea su pecho e invoca la gracia de Dios:

-¡Padre verdadero, que jamás dijo mentira, Tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos, Tú que salvaste a Daniel de los leones, salva también mi alma de todos los peligros, por los pecados que cometí en mi vida!

La emoción de la carga de caballería, el retraerse del aliento cuando se da el grito de batalla de los francos –¡Monjoy!–, si acaso sigue al alcance de un lector moderno, a pesar de que por los campos bélicos de nuestro mundo ya no cabalga nadie digno de encomio, se debe a que libera, en virtud de un acto de magia simpática, la propia fe reprimida del espectador. No es que la brutalidad se justifique al servicio de algo superior, de un ideal o de la cristiandad o de una dama. Es que deviene, por fin, movimiento. Se apresura ya, con vértigo, el momento del último desengaño. Eso es lo que hermana a los héroes de hoy con los de ayer, y los hace admirables todavía, a veces a pesar de sí mismos.

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Enrique Padilla

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