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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

junio 2016

El valor del placer y el dolor

Víctor Hugo López Ortega

Paisaje en la niebla, de Theodoros Angelopoulos

@vic_train

Sólo los hombres de corazón puro pueden percibir a los ángeles, enamorarlos y corromperlos al darles un motivo para envidiar la mortalidad; un motivo para arrebatarle a la muerte las almas de hombres decadentes que con la mínima caricia de los seres divinos retoman el amor por la vida. Ése fue el escenario que en 1987 planteó Wim Wenders en El cielo sobre Berlín (Las alas del deseo), una de sus películas más galardonadas en donde la pregunta sobre el sentido de la vida se manifiesta cuando los ángeles no logran comprender cómo a pesar de la fragilidad del ser humano ante situaciones dolorosas, siempre hay algo que suplica por el rescate. Esa curiosa pregunta que los Monty Python y los personajes de Trainspotting han enunciado de manera literal, pero que el cine ha adoptado de manera sugerente desde sus inicios de la mano de clásicos como Chaplin, Buster Keaton y Roberto Benigni, autores de culto como  Theo Angelopoulos, Ingmar Bergman y Béla Tarr, o directores más recientes como François Ozon y Darren Aronofsky, entre muchos otros, siempre poniendo la respuesta en boca del espectador.

Los inmortales de Wenders saben que la vida es un viaje corto, pero los mortales sabiéndolo o sin saberlo, viajamos, y a veces es mejor no saber, otorgando a la ignorancia sobre el futuro la capacidad para sorprendernos, encontrando en cada sorpresa la inherente relatividad con la que es posible percibir el tiempo, en un viaje a través de días cortos, largos minutos y múltiples acontecimientos que posibilitan construir recuerdos y aprender a ritmos diversos.

En Alemania los ángeles de Wenders viajaron del cielo a la Tierra y en el camino reflexionaron y aprendieron todo lo que les fue posible sobre lo que les era inimaginable: el peso de la mortalidad. Un año después, en 1988, Thedoros Angelopoulos proyecta Paisaje e la niebla, una de sus más bellas películas, en donde los protagonistas no son dos ángeles explorando el mundo terrenal, sino dos niños que sin conocer cómo es el mundo fuera de su casa, viajan de Grecia a Alemania con el propósito de encontrar a su padre, en donde inevitablemente aprenden lo mismo que los celestiales personajes en su viaje: el peso de la mortalidad y su belleza.

El cine de Angelopoulos es inconfundible, sus road movies son además, viajes a través de la historia de Grecia y Europa, la política, el arte y la humanidad. Son filmes radicales, embelesan o aburren, nunca caen en la indiferencia. Paisaje en la niebla aparece en 1988, veinte años después de su primera obra. En el periodo previo (de 1968 a 1988), El viaje de los comediantes (1975) y Viaje a Cytera (1984) fueron las películas que lo consolidaron como un director de festivales. La primera por su pretenciosa realización, con largos planos, una atmósfera teatral y diálogos poco naturales, junto a su peculiar duración de casi cuatro horas; Viaje a Cytera, casi diez años después, por su meticulosa dirección de arte, largos planos secuencia similares a los de todas sus obras, un tema político inmerso cuidadosamente en el guión que nunca descuida la trágica  historia del anciano protagonista, y la grandiosa música de Eleni Karaindrou.

Paisaje_niñosniebla

Paisaje en la niebla se encuentra justo en un punto intermedio, considerando que Theo Angelopoulos trabajó durante cuarenta años, y que después de ella el cineasta griego realizó sus mejores obras, teniendo un estilo muy definido con recursos técnicos repetitivos, pero no agotados. Por ejemplo, el uso de tonos azules, ambientes lluviosos, frialdad y silencio, travellings acercando al espectador a la intimidad de los personajes, restaurantes y bares en donde algún artista se engrandece tocando su instrumento, actuando o simplemente peleando con sus similares. La música de Eleni Karaindrou también se convirtió en una constante, regalando en cada película composiciones más bellas, consagrándose como compositora y referente de la música griega contemporánea.

Los protagonistas de Paisaje en la niebla son los hermanos Voula y Alexandros, la niña entrando a la pubertad y el niño en plena infancia. Al iniciar el filme dejan saber al espectador que tienen presente la historia del Génesis, libro que sirve de guía durante la historia. En la oscuridad se escucha la narración: “En el principio todo era confusión y no había nada en la Tierra…”; también saben por las historias que les cuenta su madre que su padre, a quien no conocen, vive en Alemania. Decididos a encontrarlo, inician solos su viaje hacia Alemania. Como en el libro bíblico, hombre y mujer situados en un mundo nuevo, junto al Árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia, serán seducidos por la idea de conocer.

Los hermanos viajan hacia la madurez, en cada paso se enfrentan con algo nuevo, la vida y la muerte pasa frente a sus rostros, horrorizando al pequeño Alexandros; el conocimiento del bien y el mal debe aprenderlo Voula a través de experiencias mágicas y dolorosas. El camino es largo, lleno de obstáculos, la vista es limitada y la duda sobre qué hay más allá de la niebla sólo tendrá respuesta en la escena final.

El toque de Angelopoulos dota de maestría la narración y como si de una pieza musical se tratara, otorga gran valor a todos los silencios. Los personajes principales se desarrollan de manera excelente, y aunque diversos secundarios tienen tropiezos, los que más peso tienen en la historia desempeñan adecuadamente su papel.

El uso del campo y fuera de campo brinda una de las mejores escenas de la película. SPOILER. Cuando Voula y Alexandros deciden recibir ayuda de un camionero para seguir avanzando por la carretera, el precio es alto y anunciado. Voula es violada en la parte trasera del camión; en contraste con la violenta escena de Irreversible de Gaspar Noe, Angelopoulos sólo muestra cómo la niña corre, es alcanzada y encerrada en la parte trasera del camión, luego una toma fija de la puerta cerrada se encarga de proyectar la crudeza durante varios segundos, en un silencio para pensar, sentir y tomar un respiro que permita escapar de la asfixiante atmósfera FIN DEL SPOILER

Diversas escenas se destacan, por ejemplo, el momento mágico en que la nieve deja a los adultos encantados, todo se detiene cuando la alegría habita a los niños; las largas caminatas por la carretera entre la niebla y la luz tenue; la mano saliendo del agua; el amor a primera vista de Voula; y el cuadro más emotivo, el que emerge en la escena final.

Si los ángeles de Wenders aprendieron lo que es el amor y el dolor únicamente observando, los mortales de Angelopoulos lo hicieron en carne propia, sin espíritus que lograran animarlos y mantenerlos de pie, sólo con la incertidumbre de ilusiones efímeras, aprendiendo que si bien, la luz y las tinieblas son cosas distintas, siempre amanece y anochece, y hay en cada persona un poco del día y la noche. Los dos hermanos griegos fueron engañados, violentados de diversas maneras, pero también recibieron no de los ángeles, pero sí de otros hombres, el aliento en los actos de ayuda sincera, en las nociones de bondad, y vieron que eso era bueno.

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El Áyax de Sófocles dice a su hijo: “Un don te envidio ahora: eres inconsciente a tus infortunios. La vida más feliz es la de ser inconsciente a sus infortunios. Ha de llegar el día en que conozcas lo que valen el placer y el dolor”. Estas palabras las dice al inicio, cuando él ya sabe lo que es mentir y se encamina a la muerte, a su suicidio. En Paisaje en la niebla bien caben estas palabras para describir la situación inicial de los niños, y también son válidas para Adán y Eva. Bendita sea cierta dosis de ignorancia, porque todo saber tiene su precio, sin embargo, la niebla en el paisaje, la que oscurece el camino y la mente del hombre, velando la ignorancia, no sólo está para evocar la tristeza y frialdad del camino, o convertirse en tinieblas, también está para atravesarla como lo hacen Voula y Alexandros, quienes se vuelven conscientes de sus infortunios conforme siguen su camino, y logran conocer el valor del placer y el dolor.

Cuando inicia el filme sólo conocen la primera parte del génesis, esa que determina que en el principio todo era caos, y se lamentan por desconocer su final, acto seguido, emprenden su viaje –viven, crecen- y su visión sobre el mundo, la vida y los hombres se vuelve más amplia, logrando conocer cuál es el paisaje más allá de la niebla.

 

 

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The Traveler

Yasmín Rojas

 John Berryman

[Traducción de Yasmín Rojas]

El viajero

 

Ellos me señalaron en la carretera, y dijeron

“Ese hombre tiene una manera curiosa de alzar su cabeza”

 

Ellos me señalaron en la playa; dijeron,

“Ese hombre jamás será como nosotros, por más que lo intente”

 

Ellos me señalaron en la estación, y el guardia

me vio dos, tres veces, pensativo y rotundo.

 

Tomé el mismo tren que el otro tomó,

al mismo lugar. Si no fuera por esa mirada

y esas palabras, seríamos todos iguales.

 

Simplemente estudié mapas. Intenté nombrar

los efectos de movimiento en los viajeros,

miré a la pareja que podía ver, la maldición

y las bendiciones de esa pareja, su destino.

 

La decepción por ellos practicada en la estación.

Su valor. Cuando el tren se detuvo y ellos supieron

el final de su viaje. Yo también descendí.

 


The traveler

 

They pointed me out on the highway, and they said

“that man has a curious way of holding his head”

 

They pointed me out on the beach; they said,

“that man will never become as we are, try as he can”

 

They pointed me out at the station, and the guard

looked at me twice, thrice, thoughtfully and hard

 

I took the same train that the other took,

to the same place. Were it not for that look

and those words, we were all of us the same.

 

I studied merely maps. I tried to name

the effects of motion on the travelers,

I watched the couple I could see, the curse

and blessings of that couple, their destination.

 

The deception practiced on them at the station.

Their courage. When the train stopped and they knew

the end of their journey. I descended too.

John Berryman

¡Es la hora de embriagarse!

 

Charles Bukowski me parece un mal poeta. Es probable que su popularidad se asiente en la “inmoralidad” o en la “polémica” que se mal presenta en sus versos arrítmicos y huecos, sobre todo huecos. Esa es mi opinión, claro está. Lo que verdaderamente me llama la atención es la popularidad que alcanza entre un sector muy específico de la población lectora (o los que presumen serlo). Desde hace algunos años, a Bukowski se le ha puesto en el pedestal lírico, un lugar que evidentemente no merece. Siendo francos, quizá, los que alaban al poeta estadounidense o no han conocido a más poetas o no han bebido los suficientes litros de alcohol que permiten a la inteligencia llegar a cierta claridad de razonamiento.

El alcohol, el alcoholismo y los arrebatos sentimentalistas (por llamarlos de algún modo) que emanan de ello son los motivos principales de Bukowski. Es comprensible que entre los jóvenes llame la atención un tema que está en asociación directa con el crecimiento, con la evolución humana, con la ruptura entre la identidad que está latente a nacer y el orden establecido por la moral y la castidad hogareña. El alcohol representa el primer acercamiento del hombre a la libertad, a la rebeldía, a los mundos posibles que se gestan desde las entrañas mismas de la embriaguez y el placer. Nos encanta esta dicotomía y luchamos fervientemente por nuestro sacrosanto derecho humano de experimentarla.

Ningún poeta ha escapado a la tentación de dedicarle algunos versos a esta dicotomía, desde Santa Teresa, que describe con singular furor su embriaguez divina, su placer físico dado por la llegada de lo omnipotente a su cuerpo, hasta Baudelaire, que en Spleen de París escribe:

Hay que estar siempre ebrio. Todo consiste en eso; es la única cuestión. Para no sentir el peso horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de un foso, en la triste soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a las olas, a las estrellas, a los pájaros, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es; y el viento, las olas, las estrellas, los pájaros, el reloj os contestarán: “¡Es la hora de embriagarse!” Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos; embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud, como queráis.

El placer y la embriaguez, la libertad y el espíritu humano que se niega a entregarse a las fauces del Padre Tiempo. El hombre espera toda la semana, toda la quincena, el mes, el año, la vida para poder pasar unas cuantas horas ebrio, alejado de la incansable rutina, de la mezquina existencia que se posa sobre nuestros hombros hasta volvernos seres pequeños, ínfimos, miserables. Nos gusta estar ebrios porque es el único estado posible en el que el hombre imaginario que somos en lo profundo, como el de aquel poema de Nicanor Parra, puede ser, existir.

Al llegar la resaca, nuestros ojos otrora alegres miran el mundo con el grisáceo filtro de la realidad, y lo observamos como a aquellas viejas fotos familiares que sólo sirven para estar sumergidos en la nostalgia, para contar a los muertos. La resaca es el castigo terrenal por habernos acercado un poco al lugar de los dioses a través de la ebriedad.

Mi abuelo Arnulfo no era un poeta, sólo un hombre que disfrutaba trabajar en el campo. Él, un día de mi atropellada adolescencia, me dijo que no me avergonzara cuando estuviera borracho, porque en la ebriedad se conoce el color de las almas de la gente. Deduzco: los que se niegan a embriagarse o tienen algo que ocultar, o simplemente prefieren negarse a dejar libre su verdadera naturaleza.

En fin, hasta entre los borrachos y los poetas hay categorías. Para mí, Bukowski fue un mala copa utópico y apenas un limitado versador.

viejo

Alejandro Solano Villanueva

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