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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

agosto 2016

Lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc

Alejandro Solano Villanueva

I

Hace unos años, cuando mi hermana me pidió que hiciera el brindis de su boda, intenté comprarme un traje. Nunca había tenido uno. Cuando las circunstancias lo requerían, usaba algún traje viejo de mi papá. Anduve a la moda de los ochenta gran parte de mi adolescencia. La corbata, el saco, los pantalones perfectamente planchados, además de la talla, más grande que la mía, me hacían sentir increíblemente incómodo. Me veía muy mal, como uno de esos personajes patéticos de novela rusa realista, como un vagabundo que recogió los donativos de un hombre acaso más afortunado que él. Cuando iba a comprarme un traje por fin, preferí no hacerlo y juré que nunca lo haría. Salí de la tienda con una playera de La Liga de la Justicia que usé en la boda de mi hermana, en el brindis.

Sin embargo mi padre se veía muy bien en sus trajes, los usaba con gallardía y elegancia, tenía (tiene) el porte y la presencia que no he podido tener, que quizá no consiga nunca.

No me gustan los trajes ni los uniformes, por eso no fui militar y por eso mismo (y porque me gustaban más las chicas que Jesús) abandoné los estudios del seminario a muy temprana edad. El uniforme, pensaba, nos reprime, limita nuestra creatividad, da la sensación de igualdad en un mundo de individuos desiguales y contrastantes, y nos obliga a mantenernos en los límites que la sociedad y la moral formativa establecen. Para mí, el uniforme era el grillete, el tercer clavo a la cruz, el punto último en el contrato social.

 

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II

Llevaba casi un año sin trabajar. Y los pocos trabajos que conseguí no sólo me parecieron nefastos, sobre todo en una agencia de corrección en la que estuve apenas unos cuantos meses, sino que además estaban muy mal pagados. Hace pocas semanas comencé a trabajar en una secundaria privada, profesor titular de español y literatura. La paga no es mala, hay seguridad social, un buen ambiente de trabajo, grupos pequeños y libertad (con sus límites, como cualquier tipo de libertad) creativa. Es una escuela en la que me hubiese gustado estudiar. Desafortunadamente, está la cláusula del uniforme.

A veces es necesario poner las cosas en una balanza: ¿vivir con la desesperación y la frustración que trae consigo la pobreza, el no poder ayudar a tu pareja con los gastos del hogar, vivir apenas con lo indispensable, pero conservando “tus ideales” y “dignidad” o sacrificar un poco de ello, poniéndote un uniforme, por ejemplo, en pos de tu supervivencia y la de tus allegados?

Fui a Suburbia a comprar los pantalones para armar el uniforme. En la tienda había de mi talla de cintura, pero la pierna era ligeramente más larga de lo requerido. Pregunté si no tenían una talla que me acomodara mejor. La amable señora me ofreció un servicio sin costo en el que podían arreglarme el pantalón para que me embonara perfectamente.

Cuando me tomaban las medidas, mientras me veía en el espejo, pensaba que quizá los trajes de mi padre no estaban hechos para mí, que no me veía mal porque no me quedaran, sino simplemente porque yo no era mi padre, es decir, esa ropa no fue cortada para mí. No me quedó más opción que aceptar que era mi turno de usar el uniforme y hacerme responsable de mi propia vida. ¿Maduré? Eso sería pretencioso, pues también me compré una playera del Guasón y una gorra con la esfera del dragón de cuatro estrellas.

No sé qué sea de mí en los próximos meses o años, pero estoy seguro que quizá un día despierte satisfecho de lo que he logrado con mi vida o, no sé, tal vez siendo una cucaracha. En ese caso, tendré que mandar a hacer mis pantalones con seis piernas y seguir adelante.

Alejandro Solano Villanueva

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Waiting in vain

-José Antonio Manzanilla Madrid

La ciudad de la espera

 Mientras me vuelvo más pasajero que hombre, los meses que corren me han hecho encontrar mayor empatía en las ventanas del autobús que en la cara del señor que vende las flores en la esquina de mi casa. Yo, que me creía tan cercano a todo. El camino, sépanlo desde ahora,  no educa, ni fortalece ni aminora, si no sirve para caer en el encuentro o en la espera. Viajar para esperar, otra de esas paradojas que alimentan nuestra credulidad, a veces llamada esperanza, quizás para hacernos el día más amable.

No importa si nos llamamos Gogo que espera a un fantasma  o Penélope que espera a su marido o George Harrison que espera una disculpa o Walter Payton que espera un hígado o José el que llamó hace dos horas por su comida a domicilio; la espera será siempre una medida de nuestra existencia. Monstruo de los muchos ojos, el que espera crea una relación con su entorno, con el prójimo que añora un rostro o que sabe que puede ser el próximo vagón el que traiga la respuesta del enigma. No es una jugada de dados; el que espera sabe bien, en el fondo más obsesivo de su ser, si aquello que espera habrá de llegar. En una nueva forma de engaño, nos volvemos ignorantes con propósito, encandilados por esa historia, la que nunca hemos vivido, pero que ha sido contada tantas veces: la de la fortuna que recompensa al paciente.

Pienso esto mientras sigo esperando, dentro del gerundio ingrato de lo que tarda en acontecer por completo, a que las cosas se decidan por tomar rumbo; observo, porque no me queda otra posibilidad: observar aquellos con quienes comparto el espacio, a esos otros que también lanzan la mirada a los que cargamos con el peso de lo que no aparece. Observo, en primer lugar, sus ojos: enrojecidos, llorosos, cerrados. A veces se cruzan con los míos, esquivos como siempre, sólo para jugar a las escondidas. Parpadean algunos, otros se fijan en lontananza infinita, en acre coincidencia de necesidades: las líneas del metro, los carteles que coronan al autobús, regalando miradas de complicidad.

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Edward Hooper. Nighthawks

A veces los ojos que observo se dirigen a las manos: barajan el artefacto, el pañuelo, las manos del pequeño o de la anciana. Aprietan indebidamente los cuerpos, escudriñan esos resquicios de privacidad y se apropian de ellos. Esperan en vano la llamada o el mensaje, el grito de la circunstancia. El silencio de la imagen, de la luz que nunca parpadea. Esas esperas a veces duelen más.

Pero hay un momento en que la coincidencia deja de ser esquiva: nos comunicamos, asentimos en algún código indefinido, idioma que no termina de nacer. ¿Tú también esperas, verdad? Lo descifro con cierta tristeza.

Hoy desfila el orgullo

El hombre tiene alas de manufactura amorosa, letreros multicolores enrollados en la mochila; recuerdo el día, la celebración. Allá está él, sin nada qué festejar, ironía viviente con su plumaje límpido, cabizbajo. Deja el celular por un momento y estira el cuello en busca del aire. Invento una historia para darle razones a sus movimientos: “saldremos juntos ese día”.

Alguien decidió no salir.  Podría empezar a buscar entre las etimologías los orígenes de la palabra, pero no hay siglos ni tiempos ni griegos que puedan replicar el rostro que se clava en mi camiseta, ese que sonríe sin razón, girando los talones con una gracia infinita, recluyéndose en la oscuridad de unos lentes aparecidos de la nada. Ya pasaron veinte minutos y la mirada que le lanzo empieza a ser evidente, decido partir. Me niego la posibilidad de conocer el desenlace de su espera, mientras se cierran las puertas del vagón y él sigue sonriéndole a la ausencia, agitando las alas.

Algunos otros emplumados se pelean por los asientos y la voz; entre alaridos de fiesta y reclamaciones, el día apenas empieza a despuntar. Encuentro, entre los colores, un gesto de disgusto. Los solitarios somos, por lo general, así de elocuentes. Ella tiene el receptáculo de su espera al lado: insiste inquiriéndole, preguntando. ¿Por qué? Me acerco disimuladamente, sin éxito, y sólo alcanzo a descifrar sus labios como personajes de mi comedia personal. La otra no contesta, ni observa, ni calla. Entre las dos se levanta el muro del sinsentido, de la pregunta que da otra respuesta. Una hace aspavientos mientras la otra dirige la mirada al túnel ciego.

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Edward Hooper. Summer evening

Me sorprendo dándoles voz a esos viajeros solidarios, asomándome en la intimidad de lo ignorado, conteniendo mis propios deseos para ampliar las posibilidades. Qué tragedias esconden esas manos nerviosas, hacia donde ven los ojos que se alejan con furia, rencorosos de cada asiento vacío, de las incontables bocanadas de aire viciado que lanzan los perezosos, del amargo patetismo del payaso que ve invadido su circo cotidiano.

El metro llega por fin a la estación; dejo que los pasillos guíen la mirada. Detengo el caminar por un momento, a la espera de ser observado. No quiero perder esa remota posibilidad de protagonizar la historia que algún curioso guarde para mí. Hay cosas que sólo viviremos en la fantasía que otro nos inventa. Mientras observamos los itinerarios, las salidas y los arribos, estamos también viviendo otras vidas, amando a tanta gente, odiando a tantos más. Así de generosa es la espera.

José Antonio Manzanilla Madrid

¿Qué es Coffee and Saturday?

Susana Vera

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Coffee and Saturday surge en el año 2012 como un blog dedicado a las noticias más relevantes del mundo cultural y artístico. La iniciativa fue idea, primordialmente, de los hermanos Raúl y Pedro Alejandro Vera. Ellos, en conjunto con Sergio López y Víctor Hugo López (que coinciden en apellido pero no son familia) decidieron comenzar a escribir textos que posteriormente publicaron en lo que hoy se transformó en una página web. Más tarde, otras voces y autores se unieron, como Anaid Bustos-Hernández, Carlos C., Daniela Murrieta, Erick Ampersand, Juan Pablo Proal, Luis Romero, Rafael Toriz, Ricardo Carrera, Synthia Franco, por mencionar algunos.

            Si bien Coffee and Saturday se presentó primero como un espacio dedicado a la promoción de la cultura y el arte en la actualidad,  más adelante otras disciplinas fueron incorporándose a la plataforma. En la actualidad podemos encontrar un proyecto musical titulado Audioestopista, video-reseñas sobre cine, literatura, música y cualquier tema de actualidad que resulte interesante, además de una gran variedad de artículos, ensayos, textos de ficción, reseñas y textos varios que hacen de la página web un espacio de amplitud.

            La diversidad de voces y disciplinas ha logrado que esta plataforma cultural tenga resonancia dentro del ámbito de la cultura en Xalapa y los alrededores. Artistas de renombre como Paulo Piña y Denis Fabela se han apoyado en el equipo de trabajo conformado bajo el nombre Coffee and Saturday para llevar a cabo sus proyectos. Además, los miembros fundadores decidieron conjuntar sus ideas en un libro titulado Suspiros y ficciones. Volumen 1. El libro es el resultado del trabajo que fue germinando en las entradas de la página web y por ello decidieron que era tiempo de poner sus ideas sobre el papel.

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   El libro de cuentos es una propuesta arriesgada, en el sentido de que en la actualidad son las plataformas digitales las que más resonancia tienen cuando se trata de mostrar un nuevo producto al público; sin embargo, Suspiros y ficciones posee todas las características para ocupar un lugar dentro de la literatura mexicana contemporánea. Los textos que forman parte de este volumen son de temática variada (amor, ensoñación, escenas cotidianas familiares, ovnis, etcétera); los protagonistas son seres oscuros que rayan en lo melancólico y sus historias con ambientes y personajes decadentes cautivan a los lectores. Cada texto invita a la reflexión y, a pesar de poseer finales alejados de la felicidad, termina por colocar una sonrisa en la boca de los lectores.

            Lo interesante, cabría destacar, es que a pesar de que el libro conjunta cuatro voces diferentes, todas aportan elementos que paulatinamente van conformando ese todo que se llama Suspiros y ficciones. Pudiéramos pensar que por tratarse de una antología narrativa las historias no encontrarían conexión una con la otra; sin embargo, es notorio que el trabajo en equipo se llevó a cabo y el lector puede transitar por los cuentos sin sentir que da saltos o que cae en agujeros narrativos. La lectura fluye de tal manera que es evidente la compenetración que existe entre el trabajo de equipo de Coffee and Saturday. Adicionalmente, el libro de ciento cinco páginas está aderezado con las ilustraciones de Gustavo Santiago. Imágenes en blanco y negro que acompañan a las diez historias del primer libro editado y publicado por el equipo de Coffee and Saturday.

No queda más que invitarlos a realizar la lectura de Suspiros y ficciones. Una obra que abarca todos los gustos y que promueve la reflexión sobre temas cotidianos y otros que no lo son tanto. El volumen de cuentos se puede conseguir en cualquier sucursal de la Librería Rayuela de Xalapa o directamente en la página de Coffee and Saturday.

Susana Vera

N temporadas del infierno

Enrique Padilla

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El infierno comienza con Dante. Aunque se trata de un concepto judeocristiano, la Biblia se limita a apuntar insinuaciones truculentas, como el fuego que no se apaga, el gusano que no muere y el crujir de dientes –eficaz símbolo de la desesperación–. Es al florentino, tal como recuerda Umberto Eco en Historia de la fealdad, a quien debe Occidente su primer imaginario extenso y detallado del lugar del castigo. Con una perversión no menos encomiable que el equilibrio de sus tercetos, Dante transmutó los jirones de sombra que había heredado en un embudo de tortura, donde cada castigo calzaba con la culpa de cada torturado. Sin la coherencia de esa desolación, serían impensables las visiones del abismo de los siglos siguientes.

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Con la llegada de la sensibilidad renacentista, sin embargo, el infierno se transformó y se vio sometido a otras pautas. Resulta revelador que algunas de las pinturas sobre el tema, realizadas durante el nuevo periodo, estén más bien destinadas a ilustrar la visión de Dante (como las de Botticelli o Signorelli), y no a representar el vago infierno bíblico. Un ejemplo menos obvio es el cuadro de Brueghuel Orfeo en el infierno, de 1594, que si bien plasma una visión del inframundo clásico, sugiere también una suerte de carnaval de la desolación, en el que híbridos, serpientes y alimañas se entregan con alegría a la danza quizá originada por la presencia del músico. Este no es el Hades homérico, un sitio frío y monótono en el que las almas humanas, tras haber olvidado su existencia terrena, deambulaban en forma de sombras. Los posibles condenados del cuadro de Brueghel acusan más bien la influencia de la Divina Comedia y del vigor diabólico que escapó de sus páginas.

 

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Pero el infierno y sus demonios, relegados por los paisajes bucólicos, asumieron otras máscaras y nueva vida allí donde era necesario apuntalar con el terror la fe de los nuevos creyentes. En un lienzo del siglo XVIII de Cuzco, Perú, una muchedumbre de almas trata de escapar de demonios tan rústicos que resultan hasta simpáticos. Hay fuego, claro, y de sobra. Hay también dos calderos, uno a la izquierda y otro a la derecha, y en el centro una rueda metálica: con el avance de la metalurgia, hasta las torturas comenzaron a obedecer la mecánica del progreso. Algunos pecadores destacan entre la multitud; son el “abaro” (sic), que come dinero (o lo vomita, según se lo vea), y el sujeto al “castigo de la Embriaguez”. En trazos cercanos, una colosal cabeza de monstruo tiene el buche repleto de indígenas y, encima de una delgada capa de tierra, en dulce convivio campestre, amables demonios tratan de seducir a los débiles de fe.

 

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A esta altura de los siglos, las visiones del infierno se han multiplicado quizá como un revelador síntoma de nuestro propio crujir de dientes. Desde Gustav Doré y su recreación del abismo dantesco, pasando por los proverbios de William Blake, el trasfondo religioso no ha desaparecido, pero se convertido en un asunto casi secundario. La cultura de masas, por su parte, ha producido una inmensa y retorcida muchedumbre de demonios y condenados, como las visiones del mundo de los cómics que representan Spawn o Hellboy. Entra tantas, una de las propuestas más originales es la del creador contemporáneo Wayne Douglas Barlowe, cuyo trabajo es arte por derecho propio, aunque también, significativamente, haya servido de inspiración para series televisas y películas.

 

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En 1999, Wayne Douglas Barlowe completó un guion y un libro cuyo título común fue Inferno: Rebellion on Hell. Los condenados, protagonistas indiscutibles de los imaginarios previos, aparecen ahora sólo de manera muy esporádica: solos, o bien como simples detalles de una escena más amplia. Poseen cuerpos deformes, mutilados o en proceso de metamorfosis, pero también, por paradójico que suene, parecen haber alcanzado una rara perfección, igual que si se hubieran adaptado a la energía oscura de su entorno, al punto de confundirse con las criaturas nativas. Una fusión parecida ya se halla en Dante, en el canto XXV, donde serpientes y hombres se enlazan violentamente para engendrar un nuevo ser.

 

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El énfasis de Barlowe está más bien puesto en los demonios. Ya no son los típicos seres cornudos, alados y serviles de la iconografía medieval y barroca. Aunque muchos conservan alguna traza humana o animal, son frecuentes los casi amorfos, las masas, los cúmulos de carne con un solo órgano definido que permite conjeturar su origen. Desde luego, abundan los híbridos.

El eje rector del infierno de Barlowe viene a ser su orden estamental, o mejor dicho, su carácter civilizado. Sí, desde luego, sigue tratándose de un mundo caótico en el que hasta los mismos demonios están obligados a defenderse de seres más antiguos y salvajes que ellos, pero detrás de cada cuadro hay una historia, en las dos acepciones de relato y de serie de acontecimientos del pasado. Una viñeta narrativa acompaña a cada pieza en acrílico. Traduzco las dos líneas al pie de la llamada Streets of Dis: “La capital del infierno es una populosa metrópolis de muchos millones de habitantes. Un nudo de calles innumerables, las arterias de la ciudad está saturadas por bandas de almas obreras y demonios de toda descripción”. Su inquietante y deliberada semejanza con las grandes urbes del mundo contemporáneo es un homenaje implícito al nombre latino de la ciudad imaginada por Dante –Dite, en las versiones en castellano–.

 

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En el infierno de Barlowe, los demonios de mayor jerarquía, señoriales y ociosos, suelen representarse en posturas lánguidas, serenas, contemplando las sórdidas ciudades que han creado o un punto cualquiera del paisaje. Desde la lejana caída, han evolucionado al punto de sufrir, también ellos, a causa quizá de los milenarios tormentos que infligieron, la discreta llama de la angustia existencial. Se han convertido, incluso, en seres poseídos por la nostalgia. ¿De otros tiempos, de otras guerras, de su perdida naturaleza angélica? Más bien de los viejos infiernos, cuando sólo tenían que preocuparse de atormentar adecuadamente a los pecadores.

 

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