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LEPISMA

Creación y crítica literaria

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe

Enrique Padilla

 

Me gusta mi cuerpo. Me gustaría que tuviera un poco más de músculo, no porque lo necesite (la vida de un escritor/traductor exige poco de las potencias físicas) sino porque no soy inmune al mandato social que, más allá de exhibir una buena salud, hace del cuerpo atlético el símbolo de una condición “más deseable”. También, si lo recorro de arriba abajo, encuentro más mejoras posibles, que puedo identificar con otros tantos preceptos culturales. Me gustaría, por ejemplo, ser más alto, o que la barba de mis mejillas fuera más tupida. Pero mi cuerpo, dentro de lo que cabe, es un buen cuerpo de 34 años, magro, funcional, relativamente sano y cuya resistencia, puesta a prueba de tanto en tanto, a veces me sorprende.

Esta conformidad, si no se le puede llamar aceptación, con la carne que me deparó la genética, no es algo que haya llegado fácilmente. Parte de mi familia es demasiado católica y aún recuerdo ese día incómodo, al comienzo de la pubertad, en que mi padre me sorprendió masturbándome. Recuerdo poco del sermón que siguió, pero sí, en definitiva, la enseñanza de que la masturbación “te quita la gracia de Dios”. Es una historia divertida para contar en una borrachera, pero no lo fue el año y medio, más o menos, que pasé combatiendo los impulsos de mi sexualidad adolescente, sintiéndome derrotado cada vez que cedía, la triste sensación de triunfo cuando conseguía disciplinarme y parar antes de llegar al orgasmo. Por fortuna, la diosa de la verdadera gracia obra por caminos frívolos. Hojeando con sana curiosidad las revistas “para mujeres” que alguien había dejado en casa (creo que fue Elle, pero podría haber sido Vanidades) llegué a un artículo sobre la masturbación femenina. Allí se hacía hincapié en que el cuerpo de una mujer puede sentir deseo y satisfacerlo por sí misma, puesto que se trata de algo saludable y natural. Razoné, con lógica urgente de púber, que si eso estaba bien para las lectoras de esas revistas (las señoras corteses, clasemedieras, bienintencionadas, que eran amigas de mi mamá) entonces, en definitiva, estaba bien para mí.

Debo agradecer a los editores de Elle, por tanto, un significativo vuelco en mi desarrollo, pero no puedo pasar por alto el papel que ese tipo de revistas, junto con tantos mecanismos ideológicos similares, han tenido en el diseño de un patrón de cuerpo para ambos sexos. No me detendré en lo que ello ha significado para la imagen y la sexualidad de tantas mujeres, porque no me corresponde y porque esa crítica la han hecho mejores plumas que la mía, desde Alfonsina Storni hasta Margaret Atwood. Lo que quiero apuntar es que el cuerpo de los hombres está sometido también a opresiones y que, en la medida en que escapa del molde de la virilidad hegemónica, patriarcal y heterosexual, se ve rechazado de una manera más sutil, pero no menos perniciosa, que el cuerpo femenino. Quisiera dejar bien clara mi postura: esto no es una competencia, no se trata de un refrito del argumento “pero los hombres también sufren”,  no puedo acabar de imaginar lo que debe ser para una mujer ser constantemente juzgada por su físico. Tampoco puedo abordar, por falta de argumentos y experiencia, la relación que un hombre con una orientación sexual distinta de la heterosexualidad, en el amplio espectro del género, establece con su cuerpo. Quiero hablar de la serie de imperativos que mutilan la relación que muchos hombres tenemos con nuestro cuerpo, el lastre que ello impone sobre la imagen que nos formamos de nosotros mismos y las consecuencias, con frecuencia bastante nocivas, que tal cosa tiene sobre nuestra conducta.

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe ser fuerte, impenetrable, capaz de cargar cosas pesadas (tengo un amigo que se agravó una hernia intentando demostrarlo). Debe ser, o haber sido, al menos, antes de la proverbial lastimadura de rodilla, bueno para algún deporte. Sus hombros deben ser anchos. El vientre, de preferencia marcado, no debe abultarse. También, por supuesto, debe resistir el alcohol. No sólo eso: debe aguantar la ingesta de gran cantidad de sustancias sin perder el dominio de sí. Un hombre debe ser alto: cualquiera que mida menos de 1.70 corre el riesgo de desarrollar complejo napoleónico. La voz ha de ser profunda. La quijada, cuadrada; caso contrario, una barba abundante es la mayor defensa y afirmación de la propia hombría. El bigotito a lo Cantinflas es motivo de burla. También tener tres o cuatro pelos en el pecho. En cuanto al tamaño del miembro, bueno, ya se sabe. Y si agregáramos a lo anterior las exigencias aparejadas con las cuestiones raciales, nacionales… sería el cuento de la masculinidad nunca acabada de emascular.

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Como resulta lógico, la gran mayoría de los hombres no podemos satisfacer semejante lista de requisitos. Vale la pena preguntarse cuántas guerras se originan, cuánta competencia idiota, a partir de la consciencia de la imperfección de nuestros cuerpos. En qué medida buscamos compensar lo que natura non dio supliéndolo con poder, dinero, verbo, gracia, o bien, “experiencia del mundo”, “saber hacer las cosas”, un motor potente y ruidoso, pura terquedad disfrazada de tenacidad: cómo chingados no.

Ahora, aun si nuestra masculinidad alcanza cierto grado de equilibrio entre lo que el cuerpo es y las muletas culturales que lo sostienen, también debemos lidiar con algo a lo que podría llamarse “culpa laica”: la vergüenza de que nuestro cuerpo no sea lo que la cultura occidental dominante dice que debe ser. Y más todavía: que el pene aparezca muchísimo menos en las series y en los filmes en comparación con los desnudos femeninos (o incluso que los culos de los actores de Hollywood) tácitamente apunta a que en el órgano masculino hay algo sucio, indeseable, que no se puede admitir. Como si, por el solo hecho de tener pene, ya hubiéramos nacido con una mancha original. Cuántos hombres, cuando se muestra un miembro en una pantalla, se ven impelidos a volver un poco la cabeza o a manifestar un cierto grado de cómica repugnancia, como si la misma cosa no les colgara entre las piernas o tuvieran que recalcar de ese modo que no son putos, que ver un pene no les produce el menor deseo. Qué paradoja: subrayar nuestra masculinidad expresando asco por la parte del cuerpo que más define esa misma masculinidad.

La culpa se acentúa con la edad: si no se es George Clooney, el cuerpo de un hombre de más de 50 años parece algo por fuerza repugnante. Sentir todavía deseo: un despropósito, un no resignarse a aceptar la decadencia inevitable, como si la sexualidad tuviera fecha de vencimiento. Y aquí juega un papel también la cuestión de la clase. En comparación con los torsos de los influencers de Instagram, la imagen que los Donald Trump, los gobernadores y empresarios y senior executives del mundo deben tener de su físico no puede ser muy halagadora. La forma en que encuentran aceptación para su cuerpo es la compra de favores sexuales o, como en el caso de Harvey Weinstein, el ejercicio brutal y descarado de su poder. ¿Es de sorprender, entonces, que tantos hombres como ellos se rehúsen a cuestionar o perder sus privilegios, con los costos sociales, morales, económicos, psicológicos que ello implica? Por el contrario, esa posibilidad queda lejos del alcance del cuerpo del obrero, del jodido que trabajó toda la vida y no pudo o no supo garantizar, para su madurez, el beneficio de esa aparente aceptación. Ojo: esto no es una justificación para tantas conductas que desembocan, como se ha puesto cada vez más de relieve, en la violencia contra la mujer. Pero antes de llegar, necesariamente,  a ese tema, quisiera dar todavía un paso intermedio.

Franz Fanon, al hablar de cultura y racismo, afirma que no es posible someter a los hombres a la servidumbre sin inferiorizarlos y que el racismo no es más que la explicación emocional, a veces intelectual, de esa inferiorización. En consecuencia, lo normal, en un sistema colonizador, no es la tolerancia, sino el racismo; el racista, no es la excepción, sino la regla. De manera análoga, en un sistema donde la sexualidad masculina se estimula con exceso, a la vez que se le imponen tantas restricciones sobre su propia sexualidad, lo normal es la producción en masa de acosadores. Sin una educación para abordar y aceptar el cuerpo femenino porque los hombres no abordamos ni aceptamos la naturalidad de nuestro propio cuerpo, los actos de los violadores, los eyaculadores del transporte público, los exhibicionistas de la calle, los machitrolls de redes sociales y los golpeadores de mujeres, se presentan como una necesidad de imponer, penetrar, afirmar la primacía de su cuerpo, obligar al mundo a concederles un lugar, siquiera la mirada o la repulsión del otro, aunque sea por la fuerza. Voy a insistir en que esto no es una justificación: por el contrario, es un lamento. El cuerpo masculino que ejerce la violencia pierde su capacidad creadora, renuncia a la diferencia que lo hace único en relación con las demás personas, diluye el poder de su piel, sus músculos, sus proporciones, en el rostro unificador de la destrucción; desperdicia, en síntesis, la fuerza que reside en su cuerpo para crear una identidad, una forma original de relacionarse con los otros cuerpos y con el mundo.

Dicho lo anterior, quisiera acercarme ahora a la cuestión de la violencia contra la mujer. Yo no soy quién para tirar línea ni creo que una sola persona o grupo, de ningún género o corriente de pensamiento, pueda aportar una solución única e indiscutible a lo que es un problema terriblemente arraigado y complejo. Lo que puedo decir es que, al menos en parte, dicha solución pasa por liberar al cuerpo de los hombres de los preceptos morales, ideológicos, capitalistas, que lo deforman. Crear una forma de la masculinidad menos nociva para todos implica aceptar que el cuerpo de un hombre puede ser vulnerable, permeable, sensible y limitado, que puede encontrar sosiego en la renuncia a penetrar, conquistar, someter. Este cambio de perspectiva no es responsabilidad de “las mujeres”, ni tampoco, en forma exclusiva, de “los hombres”.  De lo que se trata, en realidad, es de una suma de ideas, y así, las fuerzas capaces de influir en la resultante son las fuerzas capaces de crear un nuevo imaginario de lo real: el periodismo, el arte, el derecho, la educación, la psicología, el cine, los programas sociales.

A lo largo de este ensayo he procurado ser honesto.  Con el mismo espíritu, necesito decir que no escribí estas líneas para acusar a otros y lavarme de culpa: bien conozco las actitudes perjudiciales con que he lastimado a distintas mujeres a lo largo de mi vida y que han contribuido a forzar estereotipos sobre mis amigos y compañeros. A ellas y ellos, les pido disculpas. Pero a los hombres que están leyendo estas líneas, especialmente, quisiera decirles que nuestro cuerpo es viril sea cual sea su forma. No dejemos que patrones insertados en nuestra cabeza cuando éramos más vulnerables nos lleven a desperdiciarlo. Un esfuerzo individual puede transformar la inercia de lo social, pero lo más importante: el agradecimiento por lo que nuestro cuerpo es quizá conduzca a lo que puede ser: un acto de apertura.

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Trouble will find me: el streaming de la vida

José Antonio Manzanilla Madrid

 

I have only two emotions

careful fear and dead devotion

The National

En nuestros tiempos, la posesión de bienes lúdicos se ha vuelto un concepto en el que los claroscuros poco a poco han terminado por definir a las personas. El consumidor cotidiano se enfrenta con la necesidad de balancear los deseos con las necesidades, siendo estas últimas las que, por una regla que la mayoría del tiempo es dictada por nuestra endeble economía, determina el rumbo que debe seguir el contenido de nuestros bolsillos.

El ejemplo que soy: en 2006, año en el que me inicié en ese arte magnifico que es el de “administrarnos”, abracé la práctica del coleccionismo. Admiré mis libros y me procuré algunos, conocí el concepto de la librería de viejo y del bazar de intercambios; me fascinaba visitar esos lugares donde lo mismo encontraba casettes de Las Ardillitas de Lalo Guerrero, que sinfonías completas de Beethoven en esos discotes negros que ahora vuelven a estar tan de moda. Era un paraíso nostálgico en el que, naturalmente, me sentía feliz. Y mi economía no sufría demasiado.

Encontraba otro tipo de tesoros: casettes de Super Nintendo a precios irrisorios, consolas antiguas que ya no pertenecían a este tiempo, figuras de acción, tazos, tarjetas de los Monstruos de Bolsillo…las posibilidades eran infinitas, y cada visita al tianguis la realizaba con la fe del que va en busca de un alimento espiritual. Al llegar a casa y regocijarme al ver los tesoros conseguidos, no podía dejar de pensar en las historias detrás de los artículos: qué motivó a sus dueños a deshacerse de ellos, si fue por necesidad o por descuido, si estuvo fuera de sus manos, si perdieron su valor afectivo, si nunca lo tuvieron, si fueron reemplazados o despojados a la fuerza, si su dueño aún vive o ya está muerto, si los años compartidos fueron de felicidad o de tristeza.

Luego pensé que la respuesta podría ser mucho más sencilla: a veces no tenemos espacio para las cosas y debemos desecharlas. Los juguetes sirven sólo para los niños y, cuando crecen, se vuelven innecesarios. La tecnología detrás del vinilo murió y ya no renacerá. Lo mismo que el VHS, la Atari 2600, las cámaras analógicas y los View Masters pertenecieron a un mundo diferente al que nos enfrentamos ahora. El cinismo me hizo suyo en esos días.

Así fue como yo también comencé a ceder en mis empeños y reduje drásticamente mis pertenencias: las películas dejaron de ser parte de los libreros y me convertí en un hackerman para descargarlas; la música, que tantas carpetas ocupó en mi vieja pc de la adolescencia, ahora la encontraba en esas rockolas virtuales que conocimos con nombres tan variados como Jango o Grooveshark. Llené de archivos pdf mi memoria y dejé de obsesionarme con las prospecciones de antaño. Fui devorado por el monstruo tecnológico. Porque, en efecto, no podemos ya negarnos a nuestros implantes digitales: yo mismo poseo varias cuentas de streaming diferentes: desde Netfflix, Crunchyroll, EA Access, Xbox Game Pass, Claro Video, Spotify y Chivas TV, tengo acceso diario e inmediato a miles y miles de contenidos, y si lo extendemos a los otros archivos que la red ofrece de manera legal e ilegal, podemos subir los números a millones. La simulación de poseer algo que ni siquiera podemos tocar.

 


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Aquellas bestias que nos definen desde adentro no pueden ser eliminadas, y tarde o temprano se liberan de las prisiones en donde las abandonamos. Mis preguntas seguían siendo las mismas: al releer ese viejo ejemplar de Asterix que una vez encontré en un bazar, cubierto por la pátina del tiempo, con las páginas rayadas con lápiz y el nombre “MARI” escrito varias veces en sus márgenes, quise ver de nuevo a Mari, leyendo o inventándole historias a los dibujos, imaginándola perdida entre las referencias históricas, viéndola crecer de la mano de las historietas y los cariñositos (una estampa de Corazón Valiente adorna la contraportada).

Volví a inventarle historias a mis viejas posesiones y reflexioné lo frágil que era mi caja de caudales: bastaba una caída de conexión para sumirme en la oscuridad; mi vida era una constante sucesión de streamings y de vacíos, pues nada de lo que se reproduce en tiempo real me pertenece, sólo “accedo” a él. Tal palabra, pensé, no podía definirme.

Así fue como, auxiliado por la compañía amorosa de ciertos cómplices, pude recuperar el tiempo perdido, y volver a hundirme en la búsqueda de los tesoros olvidados. Algunos seguían perteneciendo al mercado de la segunda mano y la oportunidad. Otros ya habían sido revalorados por el mercado imparable y, bajo el sello de “vintage”, empezaron a venderse como artículos de lujo. Tales circunstancias sólo espabilan los sentidos del prospector, y nos mueve a buscar más allá de lo evidente, como diría el buen León-O.

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Todo empezó con Lena Dunham

No sólo lo viejo ha regresado a mí. También desperté un gusto por la aventura de la compra de lo desconocido, y ahí es donde encuentro otro de los riesgos que aderezan la vida del prospector: en el mundo digital no accedemos a nada más que a un archivo, pero si compramos una película, un cómic, un libro, un CD musical, somos dueños incluso de sus texturas y sus olores, y de ellos podemos desprender invocaciones y epifanías, encuentros fortuitos, relaciones vitales y, por supuesto, profundas decepciones.

Así llegué a The National, un grupo que hasta hace poco era totalmente desconocido para mí. Tras mi feliz reencuentro con los Red Hot Chili Peppers, entro a la zona musical de Mixup más seguido. En algún vistazo rápido me encontré con su mirada: ya había escuchado una de sus canciones hace un par de años, cuando aún disfrutaba de las bondades de la televisión por cable (otro de los desterrados por la invasión digital), pero no fue hasta hace dos meses que reparé en ellos de manera por demás elaborada: buscando series nuevas para distraerme encontré una llamada Girls, creada por una chica llamada Lena Dunham. Me pareció en extremo simpática y divertida(la serie no tanto, aunque tenía momentos), por lo que busqué diversos contenidos sobre ella, entre los que destacaba su participación como conductora invitada de SNL. Ahí, le tocó presentar a la variedad musical, un grupo de hombres de triste aspecto, bien vestidos y mal rasurados; tocaron una canción que en poco tiempo se volvió en una compañera tanto como una obsesión.

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Supe que ese disco tenía ya un par de años circulando así que fui a la tienda de discos con pocas esperanzas. Para mi fortuna, el álbum estaba ahí, más barato que una película del Studio Ghibli. Mis ojos se toparon con el de la fotografía de Bohyun Yoon, hipnotizándome. Por menos de 150 pesos pude llevarme a casa y escuchar las trece canciones que sugieren una vida perdida y reencontrada (y de la que escribiré próximamente), mientras disfrutaba el librito que traía consigo, admirando las pinturas y las letras que el material compartía. La experiencia del placer melómano es difícil de describir, pero fácil de recordar.

 Solazarnos con nuestras adquisiciones puede parecer trivial y ominoso en una época de carencias y desigualdades, pero en esos pequeños triunfos radican los alicientes que nos permiten salir a enfrentarnos a la vorágine del mundo; con las historias que encontramos y compartimos con nuestras cosas, nuestros libros y música, nuestros amigos y amantes. Los compañeros de nuestra vida llegan a ella de muy diversas maneras: a veces muy temprano, a veces demasiado tarde. Pero siempre, si se vuelven parte de nosotros, nos acompañarán hasta el final del tiempo.

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Monstruos

Susana Vera

@Susarlt

 

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Nunca he creído en los monstruos. Cuando era pequeña nada me daba miedo además de que mi mamá se fuera y no regresara, pero todos los niños temen eso. Solía jugar por la noche en medio de las plantas y árboles que hay en la casa de mis papás. Inventaba historias y tenía muchos “amigos”, todos ellos producto de la imaginación fértil de la niñez, la cual no se limitaba al ser yo hija única y habitar un hogar que por esos tiempos me parecía enorme e interminable: recorrerla era una aventura cada día, siempre encontraba un rincón para explorar. Todos los días había diferentes pistas para unir y un nuevo misterio por resolver se daba lugar a cada momento.

            Como decía, nunca creí que los monstruos existieran, aunque debo admitir que gracias a una de mis niñeras El coco me asustaba algunas veces, sobre todo cuando comenzaba a caer la noche, a pesar de que en mi mente no tenía una imagen clara de cómo lucía; cuando a mitad de la noche dejaba la tibieza de mi cama para ir al baño y caminaba lento, tropezando con las pilas de libros que mi papá aún tiene sobre el piso de toda la casa, entre la penumbra solía sentir la mirada de alguien siguiendo mis torpes movimientos. Estaba segura de que El coco aparecería en cualquier momento y me llevaría con él, entonces jamás me atrevía a voltear la mirada, él estaba detrás de mí y si echaba un vistazo, por breve que éste fuera, le daría fuerza para lastimarme.

            Cuando fui más grande ya había aprendido de memoria el camino al baño y no era necesario que intentara ver entre la semioscuridad por donde iba. En cuanto salía de mi habitación cerraba los ojos muy fuerte y la memoria hacía el resto; al llegar al baño encendía la luz y podía abrir los ojos sin temor. Cuando iba de regreso el mismo ritual ocurría, pero sólo al llegar a mi cama y envolverme en la calidez de las cobijas me sentía a salvo.

            No recuerdo cómo pase de niña a la odiosa adolescente que fui hace unos años, mucho menos viene a mi memoria cómo fui cobrando conciencia y me volví la adulta que soy ahora. El tiempo avanzó rápido y con tristeza me doy cuenta de cómo dejé pasar muchas cosas sin valorar su significado y su peso en mi existencia.

            Hace unas semanas, mientras peinaba mi cabello, escuché un fuerte ruido dentro dl librero (un mueble con paredes y puertas de metal). De inicio pensé que había dejado mal acomodados los libros y que la gravedad había hecho su trabajo, así que no le tomé mucha importancia. Después, una noche, un golpe fuerte me hizo salir del sueño, sé que me quedé despierta un rato porque el vaso con agua que pongo junto a la cama antes de irme a dormir estaba vacío, debí beber toda el agua y no lo recuerdo porque mi conciencia estaba más cerca del mundo onírico que de la realidad.

            Ese mismo día, ya de mañana, encontré la puerta del librero abierta. Lo más probable es que la noche anterior olvidara cerrarlo con llave. Me sorprendió encontrar mi libro favorito fuera de su lugar, salido hasta la mitad de entre la perfecta fila de libros que lo acompañaba. Con emoción lo tomé y lo leí sin detenerme. Recordé que mis papás me lo regalaron cuando salí de 3° de primaria, lo envolvieron en un papel rojo que tenía por adornos unos corazones blancos. No olvido que abrí con cuidado el regalo, vigilando no romper la envoltura y más tarde la usé para forrar un cuaderno que terminó por convertirse en una especie de diario que al mismo tiempo contenía notas de ficción.

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            El libro era El Principito. Quizás sea infantil decir que es mi libro favorito, pero así es. Pasados algunos días, volví a escuchar un ruido dentro del librero, me acerqué y encontré otra vez el mismo libro fuera de su lugar. Esta vez lo leí en voz alta, como si le estuviera leyendo a la niña que solía jugar de noche en la casa de enormes dimensiones y árboles. Al terminar la lectura me di cuenta de que en algún punto la imaginación dejó de construir mundos en los que todo era posible y donde yo podía ser feliz. Fue en ese momento en el que supe que me había convertido en una adulta aburrida y rutinaria (¿acaso hay otra forma de ser adulto?).

            Después de esa noche, de nueva cuenta comencé a mirar el mundo con los ojos infantiles de siete años. La imaginación comenzó a trabajar y mis amigos imaginarios vinieron de visita a mi nueva casa. Es curioso: ellos siguen siendo niños y me dicen que mi cuerpo cambió, que mi voz es diferente, pero de alguna manera con ellos siento que el tiempo no ha pasado.

El último mes de mi vida ha sido el mejor de todos desde que era pequeña. Mis antiguos amigos se han encargado de regresarme la alegría. Hace dos semanas que no voy al trabajo y siento que poco a poco he dejado de ser adulta, he ido olvidando qué es la responsabilidad y lo cotidiano. Lo primero que transformé de mi casa fue el interior, compré muchos juguetes y la comida sana fue reemplazada por dulces, eso es lo que mis amigos me pidieron y como se han portado tan bien conmigo debo complacerlos. Cuando estoy con mis amigos no necesito nada, ni siquiera comer o dormir.

            Me pregunto si todo lo que tenía cuando era niña regresará a hora, no solo me refiero a mis amigos, sino también a mis temores. ¿Será posible que El coco venga de nuevo? No importa, estoy con mis amigos y nada me puede pasar a su lado, lo malo es que ahorita salieron a jugar y no me llevaron.

            Ojalá no me hubiera comido la última dona de chocolate, mis amigos se enojaron porque no la compartí y me dejaron sola en la casa, como castigo. Quisiera que ya regresaran porque hace unos minutos escuché de nuevo golpes dentro del librero. No creo que un libro se haya caído porque está vacío. Mis amigos al ver mis aburridos libros dijeron que debía tirarlos a la basura y quedarme sólo con uno. Así lo hice y sólo resguardé El Principito.

            Tengo miedo de levantarme del sillón, el ruido comienza a escucharse fuerte. Parece que alguien está dentro del librero y lucha por salir, incluso puedo ver, desde aquí, como comienza a doblarse el metal de las paredes del mueble. No sé qué es lo que está ahí, pero parece que está muy enojado, ojalá no pueda salir. Espero que mis amigos regresen pronto para que juntos podamos defendernos de aquello que intenta escapar del librero. Repito: nunca he creído en los monstruos pero, cuando era niña, El coco me daba miedo.

 

CDG

En esta época extrema, los seres comunes enfrentamos la mortalidad cotidiana. Despertar, desentumir los miembros para ir al encuentro de la incertidumbre, trabajar más horas cada día, mantener los ojos abiertos, escribirnos en el cuaderno, leer poesía; todos ellos actos de resistencia. La muerte nos circunda como si fuera una esencia a la que debamos acostumbrarnos. Muerte por omisión, por insignificancia. Muerte por asesinato, muerte por compasión, muerte por elección. Vida no más que una que se dirige inevitablemente al encuentro de aquella incógnita que nos mantiene en vilo: ¿Cómo será? ¿Sentiré dolor? ¿Qué habrá después?

Alfonso Valencia decide dejar de preguntarse y empieza por asumir el negro de los silencios que prosiguen a cada pregunta. Arremete contra las oscuridades inciertas con el movimiento ondular de la metáfora, de la conversión de nuestro miedo en muerte. El espiral desciende desde una pasarela confortable, en la que nuestros emisarios se vuelven bestias combativas contra la barbarie. Combate inútil, por supuesto, pero combate al fin. Sin heroísmo ni cobardía, la perra blanca, el cocodrilo, el pájaro de alas empantanadas, todos ellos personajes de una tragedia impasible, paseantes que recorren el sendero de los huesos y las vísceras, que mastican el dolor y el miedo para convertirlos en imágenes, en canto sordo, en posibilidad de eco. Ya sólo nos queda el silencio. Las letras que resuenan en nuestro cerebro. Los pasos callados que damos al enfrentarnos al mundo que terminará por devorarnos. El silencio que también nos guía al momento de conocer el miedo y el dolor. El miedo que nos forja y que nos mantiene a nosotros de pie en esta ciudad, en este país, en este momento.

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CDG

El arte para Andrey Tarkosvki: anhelo por el ideal

Víctor Hugo López Ortega

 

El arte nace y se afirma ahí donde existe una sed insaciable e intemporal por lo espiritual[i]

 

Andrey Tarkovski, uno de los más reconocidos cineastas a nivel internacional. Además de sus obras cinematográficas sumamente destacables, dejó como herencia al campo artístico en que se desenvolvió una serie de textos magníficos incluidos en el libro Esculpir el tiempo. El primer capítulo aborda los comienzos del Director ruso, el segundo -el cual se detallará en este escrito- tiene como título El arte, anhelo por el ideal, en el que el cineasta expone, de manera breve pero muy concreta, lo que entiende por arte, en específico por “arte cinematográfico”, concepción que sin duda se ve reflejada en cada una de sus películas y brinda una pauta para una mejor apreciación de las mismas.

Para definir cuál es el fin último del arte como tal, el ruso se plantea inicialmente tres preguntas: ¿Por qué existe el arte? ¿Quién lo necesita? ¿Alguien de hecho lo necesita? Inmediatamente la asociación remite a pensar en el poeta y en todo artista, sin embargo, al involucrar a todos los interesados en el arte, ya comienza a considerarse la figura del “consumidor” de arte, es decir, quien lo percibe y aprecia sin haberlo creado, así como aquellos que están implicados en relaciones de comercio de las obras de arte.

Tarkovski asume que el fin del arte “es explicar, al artista y a los demás, por qué se vive, cuál es el sentido de la existencia. Explicar a la gente la razón de su existencia en este planeta o, si no explicarlo, al menos preguntarlo”.[ii] Se refiere al arte sólo como creación, a aquel cuya finalidad principal del creador radica en hacer una obra de arte, y excluye momentáneamente al que tiene como principal objetivo ser vendido.

Inmediatamente incluye referencias a Adán y Eva funcionan para poner en escena el cómo tras haber mordido la manzana del Árbol del Conocimiento, la humanidad quedó “condenada a buscar la verdad perpetuamente”[iii]. La historia bíblica es muy conocida y la seriedad que a nivel de premisa le da Andrey Tarkovski, reflejan el conocimiento del cineasta ruso sobre la religión -presente en varias de sus películas- así como sus creencias. De esta verdad en falta que no cesa de buscarse, deriva la ciencia y una pluralidad de disciplinas y prácticas que tienen como objetivo elaborar un discurso que aclare los misterios del universo, siendo uno de los más grandes la existencia y naturaleza del hombre.

Andrey tiene la idea de un hombre con un “yo” en desarrollo, siempre buscando vincularse con un “universo exterior”, y es la búsqueda de esta unión un factor que influye en la eterna insatisfacción del hombre, una búsqueda que si bien, no brinda respuestas, sí logra evidenciar la carencia de un “yo pleno”. En esta tarea el arte y la ciencia son medios para apropiarse del mundo en busca de una verdad absoluta, teniendo en la tarea de “descubrir” una gran similitud, mas la diferencia que se establece entre ambas es que el arte no sólo descubre, también crea. De esta manera, para Tarkovski el cineasta establece dos formas de conocimiento: el científico y el estético.

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Una vez demarcado el campo artístico dentro de lo estético, se describe el quehacer del artista, el cual se expresa a través de imágenes, las cuales “mantienen una percepción del infinito: lo infinito dentro de lo finito, lo espiritual dentro de lo material, la inmensidad a través de la forma[iv]“. Cumpliendo estos requisitos, el arte se convierte en “un símbolo del universo”. A pesar de que el infinito no puede ser materializado, se puede crear una ilusión a través de la imagen, siendo esta la imagen artística, logrando aludir lo absoluto por medio del acto creativo, y sobre todo, como señala y remarca Tarkovski, a través de la fe, tema recurrente en filmes como Stalker, El sacrificio y Nostalgia. A su vez, el arte funciona como una forma del lenguaje que permite a los hombres intentar comunicarse entre sí, dando cuenta de su realidad. El arte, alejado de beneficios prácticos como la ciencia o su propio comercio que beneficia monetariamente, se trata de sacrificio, siendo este sacrificio la realización de la idea de amor. Andrey critica al artista moderno, quien ya no quiere hacer ningún sacrificio, quien ya no quiere ser un servidor en deuda -la función del artista es crear, antes que vender- y ve en el artista moderno una crisis que lleva a perder el sentido que el arte otorga a la vida humana. Si “la verdadera afirmación del yo sólo puede ser expresada mediante el sacrificio”[v], traduciéndose como acto de amor, no sacrificarse es olvidarse de la esencia del arte. Respecto a la idea de “sacrificio” retornará en capítulos posteriores, dotándola de un sentido más religioso y haciendo claras alusiones a su último filme, que ya desde aquí puede pensarse.

En este sentido, la comprensión de la imagen artística implica además de la aceptación estética, la percepción del sacrificio, provocando un impacto emocional aun cuando el receptor no esté de acuerdo con el punto de vista del autor, porque en la imagen artística el artista “nos revela su mundo y nos fuerza a creer en él o a rechazarlo como algo inútil”.[vi]

Tarkovski menciona sin profundizar la idea del poeta como portador de la imaginación de un niño.[1] Esto lo toma como pretexto para posicionar al poeta no como filósofo ni científico, sino como alguien que toma parte de la creación del mundo, mas no de su simple descripción e interpretación. Referente al arte cinematográfico, Andrey Tarkovski comienza a mostrar su postura que servirá como base a su idea del “Director” como un artista cuyo trabajo fundamental es “esculpir el tiempo”. Una vez habiendo introducido lo que entiende por arte y por imagen artística, señala que en el cine lo fundamental es hablar “a través de las imágenes vivas y no de argumentos”,[vii] teniendo como consecuencia la persuasión emocional, siendo que “la imagen existe como una manera de aprehender la realidad a través de la voluntad”.[viii]

El cine no ha existido siempre, y el ruso lo tiene presente, cuestionándose al respecto el porqué existe el cine y los motivos que llevan a las personas a las salsas para mirar las películas. Sus reflexiones sobre este tema las desarrolla de manera más minuciosa en el capítulo tres, titulado El tiempo impreso. Previamente, se limita a establecer una relación entre el cine y la literatura, siendo dos artes que se dedican a tomar elementos de la realidad y organizarlos, pero mientras para la literatura es necesario usar “palabras para describir el mundo”, el cine no requiere utilizarlas, menciona el cineasta: se nos manifiesta directamente[ix]. Hace referencia a Luis Buñuel -artista ampliamente admirado por Tarkovski- para mostrar ejemplos de cómo la imagen se convierte en un símbolo, e inclusive la obra de un Director, adjudicándole al español un cine que representa el “anticonformismo”, y del lado de la literatura, plantea la posibilidad de pensar en dos personajes de Cervantes como símbolo de la nobleza (Don Quijote) y del sentido común (Sancho Panza), buscando sustentar que una imagen común es un símbolo, pero una imagen artística es un símbolo universal, como los claros referentes de Cervantes que han trascendido a nivel internacional.

La noción que Andrey Tarkovski tiene sobre el arte es notoria en cada una de sus películas, de igual manera los principios que enuncia respecto a la labor del artista cinematográfico. Entiende el cine como un nuevo principio estético propio del siglo XX, como arte que busca ampliar las experiencias vitales de una persona, persuadirlo emocionalmente, y estando de acuerdo o no con lo que cada Director plasma en sus obras -porque siempre es válido estar en desacuerdo con el autor- cuestionarlo respecto a la posición del hombre en el universo, haciendo presente la eterna duda de la existencia y naturaleza del ser.

Tarkovski defiende un cine muy particular, el ahora popularmente llamado “cine de autor” y por muchos también “cine de arte”, que en la actualidad llega a agruparse hasta con el cine independiente y experimental que de alguna manera escapan a los estatutos de algunas grandes producciones norteamericanas que tienen como principal objetivo entretener en un promedio de dos horas al espectador, a tal grado de dividir una obra en dos, tres, cuatro u ocho partes para continuar con el formato de duración al que se ha adecuado la audiencia y tener un mayor impacto en taquilla. Esto tan característico del cine actual, no lo enunció el cineasta ruso, sin embargo, parecía vislumbrar el futuro de este cine, siendo un fuerte crítico en su momento.

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Evidenció el crecimiento y aceptación desmedida hacia el cine al que llamó “superficial” por no realizar ese “sacrificio” de amor que se traduce en arte, y por estar repleto de clichés, recurrir a la repetición, en lugar de construir símbolos propios que busquen convertirse en simbolos que hagan referencia a los universales y, sobre todo, cuestionar al espectador. Así, Tarkovski vivió su carrera cinematográfica defendiendo una postura, la de asumir la cinematografía como un medio para crear arte, criticando el cine destinado únicamente a la producción de obras para el ocio; convencido de que el cine debe ser “un medio para explorar los problemas más complejos de nuestro tiempo”.[x]

 

  • Todas las citas son tomadas de: Tarkovski, A. (2013) Esculpir el tiempo. México: UNAM, Centro Universitario de Estudios Cinematográficos

[1] Sigmund Freud aborda el tema de la creación literaria desde la perspectiva del psicoanálisis en su texto de 1908 titulado El creador literario y el fantaseo.

[i] Ibidem, p. 45

[ii] Ibidem, p. 43

[iii] Idem

[iv] Ibidem, p. 44

[v] Ibidem, p.46

[vi] Ibidem, p.48

[vii] Ibidem, p. 56

[viii] Ibidem, p. 62

[ix] Ibidem, p. 69

[x] Ibidem, p. 89

Élites y piojos

Alejandro Solano Villanueva

En la literatura, en el arte en general, en la crítica literaria y artística —me atrevo a decir que en la vida misma— hay una tendencia recurrente a delimitar las obras de acuerdo con un canon específico. Todos lo hemos hecho. Apelamos a lo “clásico” como mero modelo de comparación. Desde ese horizonte suelen hacerse juicios de valor no siempre favorables para la obra o para el autor. Los que nos dedicamos a esto, nos mentimos aludiendo la completa objetividad de nuestro juicio; nos justificamos con nuestros conocimientos supuestamente superiores en cuanto a teorías y modelos canónicos, parloteamos con un montón de conceptos grandilocuentes y ambiguos; para acabar la faena, recurrimos a lo “clásico” de tal modo que pruebe nuestro punto de vista. Así es como nos concebimos, como una especie de élite dentro de la cultura o de las letras o de las artes. Y la verdad es que muy pocos de nosotros sobrevivimos a la prueba del tiempo, que no es más que la trascendencia del pensamiento, es decir, terminamos sucumbiendo ante los juicios de una élite que está por encima de nosotros mismos. Al final, fingimos que siquiera estamos cerca de ella, pero en el fondo sabemos que no es así. Los más cínicos se rinden. Los demás acaban de becarios.

            Hace poco me invitaron a un bar en Xalapa a escuchar un tributo a Caifanes. No soy fan ni nunca lo he sido, pero sucumbí a la presión social. En la entrada del lugar hay una placa que dice, parafraseando, claro, “si a ti te gusta el reaggetón, la bachata, la banda… y todas esas mamadas, este lugar no es para ti. Aquí sólo se admite a auténticos roqueros, quienes conocen el auténtico valor de la música, bla, bla, bla.” Personalmente, desde antes de entrar, me sentí agredido, no porque sea un ferviente seguidor del reaggeton, sino porque me parecía que esa placa establecía un nivel de elitismo. En automático, todas las formas de música popular eran denostadas, así como sus seguidores, quienes, con la misma lógica, no conocen ni aprecian la verdadera música. Incluso adentro del lugar siempre me sentí incómodo: el mesero no nos quiso atender porque no teníamos reservación, los tragos eran caros y de poca calidad, había mantas insistiendo en el elitismo del rock. Una monserga. La banda tocó bien, hay que aceptarlo. Eso no le quitó lo mamón al lugar.

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Casi al final de la noche, un cover de Juan Gabriel le da al traste al elitismo. La gente canta a todo pulmón, celebran la composición popular. Lo cual puede tener dos lecturas: por un lado, la gente ahí presente cree que esa canción tiene mayor valor porque es una versión roquera; por el otro, puede que se trate de una reacción festiva no esperada por el elitismo, una reacción de la masa que se siente identificada con el cantante popular, con la composición en sí, independientemente de que sea rock o cualquier otro ritmo o género musical.

            En todas nuestras estructuras sociales hay élites. En la mayoría de las personas hay una tendencia a acercarse a ellas de algún modo. Lo observo con mis alumnos, por ejemplo, quienes compran su café en el Starbucks. Para ellos no es importante el producto en sí, sino el establishment, los puntos sociales que supuestamente ganan por comprar en esa y no en otra tienda de café —considerando que en Xalapa hay mucho mejores cafeterías—, es decir, con ese acto que parece minúsculo ellos logran acercarse un poco a la élite social a la que aspiran. Piénsese también en la política, por ejemplo; por más luchas sociales, por más movimientos ciudadanos, por más gritos y manifestaciones, hay un sistema que prohíbe que cierto tipo de personas accedan al sistema político, que puedan ser elegidas. Es triste cuando un movimiento social no es más que un intento por acercarse a la élite. Caso del movimiento “Yo soy 132”, del cual ya sabemos en qué acabó.

            Si algo he aprendido en estos años es que ni el mar es democrático, como alegaba Neruda —ahí están las playas privadas—; ni la muerte, como recita el dicho popular —hay de velorios a velorios, de nichos a nichos, de tumbas a tumbas—. Creo que lo único verdaderamente democrático, que no atiende élites ni riquezas son los piojos, sí, los piojos. Pregunte en cualquier escuela privada. Los piojos siempre están ahí para recordarnos que al final de cuentas sólo somos criaturas en el mundo.

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Saulo en el XXI

Iván Partida

 

Hace pocos días vi I Am Michael, película del 2015 dirigida por Justin Kelly en la que James Franco interpreta a Michael Glatze, un comprometido  activista por los derechos de los homosexuales que, tras creerse atacado por un mal cardiaco hereditario, decide dejar atrás la vida gay y abraza las enseñanzas bíblicas y la vida cristiana. La anécdota está basada en un caso real recogido en el artículo “My Ex-Gay  Friend” de Benoit Denizet-Lewis.

Glatze, plantea la película, fue devorado por un vacío espiritual que la vida nocturna y su relación poliamorosa no pudo llenar. La muerte tocó a su puerta en forma de falsa enfermedad y los ataques de pánico que experimentó al sentirse cerca del abismo lo llevaron a buscar respuestas en uno de los libros más conocidos de occidente. Su conversión y el seguimiento casi fundamentalista de los preceptos bíblicos lo llevó a aborrecer su orientación sexual y a “no identificarse más como gay”. I Am Michael  no plantea la historia de un hombre que se volvió feliz por encontrar a Dios, tampoco un hombre que tomó un camino equivocado al zambullirse a la vida religiosa y luchar contra sus pulsiones sexuales, más bien retrata el sentimiento de desolación que experimentan las personas sensibles, con inquietudes diferentes a las de sus contemporáneos. La vida de activismo, bares y amor humano era incapaz de repeler el temor hacia la muerte, el eros era vencido por el tánatos.

La experiencia de Michael Glatze es como la conversión de Saulo en el camino de Damasco: una voz lo detuvo y le dio un giro total a su vida.  Antes respiraba pasión por el mundo gay, pero después de la voz de la muerte, el activista sólo podía expeler fervor por lo espiritual y odio hacia los homosexuales. Probablemente Glatze probó su nueva fe al rechazar el contacto masculino, al alejarse de la felicidad de una pareja gay tomada de la mano. El protagonista es contradictorio y humano porque no rechaza todo lo carnal: se enamora de su compañera de estudios bíblicos y va de la mano por los jardines del recinto, sin embargo no lo vemos en alguna intimidad satisfactoria con mujeres. No es un asceta, pero tampoco es un mujeriego. Acaso el  mayor logro de la cinta reside en mostrarlo como un hombre atormentado, pero decidido.

Esa historia pasó en los 90’, década en que la comunidad queer se sobrepuso al flagelo de la epidemia del VIH y no detuvo su empeño en conquistar visibilidad y aceptación social. La gesta por la inclusión llevó a la instauración del gran derecho que, ciertamente, coronaba la lucha que inició el 28 de junio de 1969 en el norteamericano bar Stonewall: el matrimonio igualitario (mal llamado matrimonio gay). Una vez que el debate sobre las uniones entre personas del mismo sexo tomó su punto más fuerte en Estados Unidos en el 2008, las organizaciones más conservadoras de las naciones latinoamericanas decidieron unir fuerzas para realizar campañas en su contra: sabían que tarde o temprano los estadounidenses fallarían en contener la aprobación de ese derecho y pronto el debate comenzaría en sus territorios.

Cuento todo esto porque la película de Kelly me hizo recordar que conocí un Saulo del siglo XXI, y creo que el contexto de luchas políticas y sociales que avivó a los conservadores tiene un papel importante. Saulo ―así lo llamaré― estaba en una página de citas popular entre los hombres antes de la aparición del Grindir. En esa época de principios del siglo XXI, recibí un mensaje proveniente del perfil de Saulo: terminamos en mi cama, no recuerdo cómo. Horas antes de caer sobre las sábanas, al verlo por primera vez, sentí un poco de temor porque no creí que tuviera más de 15 años. Saulo me mostró su credencial de elector para confirmar que lo que estábamos por hacer era legal. Durante varios años sostuve sesiones esporádicas con él, desde el 2007 al 2013 para ser exactos. De vez en cuando platicábamos por messenger, primero, y después por Facebook.  Hasta donde alcancé a ver, Saulo era un muchacho retraído que intentaba ser alegre pero siempre terminaba por caer en la melancolía; tenía mala suerte en el amor porque era delgado, enjuto, moreno, de cabello lacio, cara pequeña, nariz tosca y voz apagada. Los únicos hombres que lo tocaban eran los muchachitos de su barrio que le sacaban dinero a cambio de favores. Saulo tenía problemas en su casa por el divorcio de sus padres y el desprecio de su madre y su padrastro a causa de su notable amaneramiento. Jamás me contó sobre su vida escolar, pero creo que debió ser la misma historia. La ciencia dura y los postulados foucaultianos fueron un consuelo en el que se refugió largos años; incluso trató de predicárselos a sus padres: en algunas sobremesas leyó fragmentos de Historia de la sexualidad y de Vigilar y castigar para que entendieran, no para educarlos académicamente, sino para que lo entendieran. Aquello  fue prédica en el desierto.

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Bartolomé Esteban Murillo. La conversión de San Pablo. Museo del Prado.

Una vez lo vi de lejos, había tratado de ponerse guapo rizando sus cabellos y ajustando su ropa al cuerpo, lamentablemente el estilo no le favoreció. No sé si siguió alquilando novios, yo lo veía por mero placer al cuerpo, pero tampoco lo consideré alguien interesante, atractivo o excepcional, aunque en el fondo me agradara. La última vez que estuvimos abrazados durante unas horas en mi habitación, me comentó que estaba llevando un tratamiento antidepresivo y que le pidió a su médico alguna forma de castración química: no quería sentir más deseo sexual. Desconozco qué golpes fue recibiendo Saulo en el camino de Damasco de la vida, pero estoy seguro que algunos fueron tan duros que acabó por perder la confianza de Foucault y, sobre todo, en la comunidad a la que pertenecía. Imagino el cuadro: los gays lo despreciaban por no llenar los requerimientos mínimos de belleza, por no ser una perra que tronara los dedos al aire, por no tener dinero o habilidades verbales, por carecer del porte del macho, por tener acento de barrio y no tener pecho y abdomen montañosos. Su  familia lo despreciaba por ser el hijo débil y afeminado, la iglesia a la que iba los domingos lo condenaba cada tanto, sobre todo, imagino, cuando la amenaza de matrimonio igualitario iba acercándose como las nubes que presagian la tempestad. En medio de todo eso, del odio, la indiferencia y el dolor, Saulo fue llamado.

Sucedió lento, como la caída de la miel que se adhiere al frasco: la voz de la Iglesia católica lo llamó, lo sacó de la ruta de Damasco que lo precipitaba hacia el fin y le tendió los brazos. Saulo quizás dudó, pero al final abrió los suyos y se unió a ella. Ahora el pequeño Saulo no es más un niño: tiene un trabajo estable, su familia lo quiere, ha encontrado paz en la Institución eclesiástica, ha encontrado paz en los discursos de odio contra el matrimonio igualitario, contra la gente transexual, contra la marcha queer. El odio lo ha religado con lo más conservador de la Iglesia católica, odia con sus amigos, con sus guías espirituales, con sus compañeros en los retiros. Ama lo bello de la vida y odia lo diferente, odia y ama, se ha vuelto un cruzado de Cristo contra la herejía del siglo XXI, se ha vuelto mi enemigo. Aun así, me gusta ver vivo a Saulo, el odio lo ha salvado de su propia destrucción. En algún punto siento que también fue mi culpa, que fui parte de esa pared de carne humana con la que se topó. Por ese motivo, y por otros, no lo he abandonado. A veces platicamos, nos peleamos, nos miramos con desprecio y tristeza. Pero siempre nos miramos, como en un espejo; tal vez pensamos que el otro es una imagen de lo que pudimos ser si nuestra vida hubiera tomado en un camino distinto, si nuestro cuerpo y nuestra piel fuera diferente, si nuestras familias hubieran sido otras.

Bañarse en las aguas del Erdre

 

~Yasmín Rojas

 

“Pálida por la frente

Sobre los huesos fina

Triste en las sienes

Fuerte en las piernas

Blanda en las mejillas

Y vibrante

Caliente

Llena de fuegos

Viva

Con una vida ávida de traspasarse,

Tierna

Rendidamente íntima

Así era tu piel

Lo que tomé

Que diste”

-Idea Vilariño

 

 

Una ciudad al noroeste de Francia con edificios antiguos y algunos modernos, con  automóviles, tranvías, embarcaciones, personas, elefantes mecánicos e historias, cientos de historias, de sueños, alegrías y tristezas.

Ella lo visitó en su embarcación. La de madera en forma de Tipi. Justo frente a la parada “Motte Rouge”. Le dijo que quería conocer su barca. Era una excusa. Sabía lo que pasaría, mas no advertía que sería tan pronto. Tampoco se resistió.

Toca. Él le abre. Cruzan el puente para entrar a la sala. Está tan nerviosa que no le pone atención a la barca, sino a la hermosura de él: sus labios, sus ojos verdes, su frente, su piel. Se quita el bolso. Comienza a hablar de todo y de nada para ocultar los nervios. Él la besa. La toca. Sorprendida, ella se deja llevar. Besa su cuello, es pálido, tiene espinillas. A sus veinticinco años, aún tiene las marcas de la adolescencia. Lo toma entre sus brazos. Algo se apodera de ella, un ardor recorre todo su cuerpo hasta llegar a  sus manos. Ahora es ella quien precisa las reglas.

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….

“Goza, Gerard . Sufre también”. No soporta las cosquillas. Le pide que no lo haga pero ella no se detiene. Continúa sobre su camisa, en los pezones. No las aguanta. Se vuelve a quejar. “Todo menos cosquillas”, implora. Él no sabe de la inquietud que recorre el cuerpo de ella cuando contempla su inocencia. (Esta noche voy a convertirte en hombre, aquí frente al puente, sobre el río.) No es virgen, lo sabe. Pero las europeas que han estado con él desconocen los senderos de su cuerpo.

“¿Por qué tanta aprehensión?”

“¡Putain! tengo mucho que leer para mi clase esta tarde, guapa”

“Uffff, ya deja de pensar en las obligaciones”.

Tiembla. Está perdido, desorientado. Preocupado. Quizá asombrado porque ella lo llama. Tiembla ante la mirada de la mujer. Cierra los ojos, se deja guiar por ella. No se niega al perfume de su cuerpo. La toma.

La llama. Acude. Esquiva su mirada. Su cabellera descansa su desasosiego entre las torneadas piernas de ella. Esos rayos de sol cuando los dedos de ella transitan hacia su frente, sus pestañas, su pecho inquieto, joven, firme ante su aliento y sus besos. Cierran la luz de sus miradas. Se abandonan al estremecimiento de los cuerpos.

Sierpes tenues, los dedos de él se amoldan al tobogán del cuello femenino, transpiran. No se mueven, pero en el umbral de su vientre el Erdre deslumbra colores.

“Debo contenerme”. Lleva su cuerpo hacia el centro, hacia el recuerdo de haber nacido mujer y él, hombre. La embarcación es movimiento. El ombligo, punto para el encuentro. Ya, sorprendido más no tímido, se abandona a las decisiones de ella. Inhala. Exhala. Su cabellera busca a dios en las pupilas de la amada, desciende a dios en las profundidades. Ya está al alcance de sus dedos. Su desnudez requiere paciencia.

Su cadena. Debe quitarle la cadena con delicadeza. Es un tesoro de la India. Se la quita. Después, uno a uno, los botones de su camisa negra ceden ante el giro envolvente de sus dedos. Le sorprende la fragilidad de su piel. No hay defensa en él. Nada lo protege. Es transparente. Es sólo poros. No hay dique para este amor. Está rendido, limpio, quebradizo.

Son ya desnudez. Hombre y mujer. Muerde sus pequeñísimos pezones. Cuenta, una a una, las fronteras hacia su interior. No hay temor. Unión. Están, sin darse cuenta, por encima de los estremecimientos. Apoya su espalda sobre la cama; es gozo en descenso hacia sus labios. Las manos sujetadas a sus hombros. Cómo mira a una mujer ofreciéndole sus dos frutos; cómo acuna su boca cada una de las sorpresas nunca imaginadas, venidas desde el trópico. “Las europeas no tienen pechos”, dice. Toma sus manos, las pone sobre sus pechos, luego recorren su cintura.

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Por fin, están unidos, sus manos tiemblan y se hunden en la curva generosa de las nalgas. Bebe, después, el aire caliente de su boca. Marfil a marfil, el deseo canta. Sus senos lo invaden y la luz de sus ojos verdes estalla en maravillas. En las vegas del Erdre. “Por fin estás contigo y en mí”. Y la premura, el ansia de fragmentarse  les amenaza. Se desboca, brinca. Aspira a romperse en agua. Y ella lo detiene.

Su cintura, la de él. Son el centro del calor. “¡Bésame! ¡Merde! Penétrame. Entra en mí. Sal. Sudemos para que salga el sol del Erdre. El sol que aún no he visto en este lado del mundo pero dices, existe. Toma de mí el valor para convertirte en hombre. Tómame y conviérteme en mujer. Anda. Mírame encima de ti.” Cabalga segura, paciente, plena de ternura. Buscan el centro de su origen; la fortaleza, buscan.

“Je t’aime”.

Callan. Abren su piel, el sonido de los poros, la suavidad de la erección: las luminosas lajas del orgasmo silencioso se dan.

“Moi aussi, je t’aime”.

Olvidaron cerrar la ventana de la embarcación. Mientras sus risas navegan las aguas agitadas del Erdre, la ventana dona su frío viento. Nantes es lluvia y frío esta noche. Mas no para ellos. En su gozo, sólo el río y su música, el colorido diverso de los peces, los patos y las mariposas, las pequeñas olas arribando a los márgenes. Porque este río también se mide por olas, por soles y por alas.

“Anda, Gerard, descansa.” Se abandonan al azoro de descubrirse atados a su desnudez. Acurrucan sus sorpresas; duermen felices.

“Dios, por qué el frío.” El frío deposita su amanecer entre las aguas del río. Saben que todo terminará pronto. Lo hablaron desde el primer día, pero decidieron continuar y se volvió caricia el gris del cielo, y fuego el frío. La ventana, claro. Abierta. Aunque no se daban cuenta. El silencio está siempre presente. No saben si es mañana o tarde pero sonríen. El fresco dulce de ese viento les devuelve su calor.

“Gerard, Gerard”

Atado a su nombre, el roce de sus labios. Su brazo es firmeza sobre su vientre, sobre su diminuta cintura aún húmeda. Despierta completamente. El frío ingresa a la embarcación, a las cobijas. El rumor de sus besos se instala poco a poco, levemente, en lo frágil de su cuerpo. Ascienden sus labios por la cordillera de su cuello. Le instalan brisa. Cada línea de sus dedos conversa con su cabellera. Son fortaleza y ternura ahora. Les nacen colores. ¡putain! Nace la música. Pececitos en torno del vientre.

“Sigue, sigue. Más abajo. Hacia el origen. Nos encontraremos también”.

Dagas amorosas abren surcos. Corre el agua. Deposita el amanecer su sonrisa. Los labios se abren. Se besan. Y es ausencia el cuerpo, sonido la mujer, grito la pareja. ¿Dónde el vientre? El Erdre “¿dónde me has guardado el alma? ¿Cuándo se alejó el frío y se alojó el calor en mi interior?” Contenta la entrepierna. Feliz el beso de la mujer. Viva el alma del hombre. El surco estalla luminosidades. Ya no dagas de frío. Ella voltea hacia la ventana, ve el verde puente, las aguas inquietas y se acuerda de su tierra.

El Erdre, todo el mundo debe bañarse en las aguas del Erdre.

 

 

Fama e infamia de Manuel Acuña

Diego Lima
Fundación para las Letras Mexicanas

Manuel Acuña (1849-1873) es el rostro más conocido en nuestra galería de escritores románticos. La segunda mitad del siglo XIX, imprescindible para entender el devenir del México moderno, fue la cuna del poeta coahuilense. En este siglo vivió de manera apresurada, todo el tiempo en circunstancias adversas, dejando tras de sí una obra poética perfectible aunque colmada de palmas, triunfos, laureles, tal como expresó Justo Sierra. Y pese a que sabemos que la vida de un poeta son sus poemas, en el caso de Acuña esta certeza parece invertirse siempre en peligroso retruécano. Tras el suicidio la tarde del 6 de diciembre de 1873, la obra en su conjunto se antoja tan vicaria al momento de pasar revista de su nombre por nuestros manuales e historias de la literatura, que cabe preguntarnos si la admiración ciega no es —como escribió Villaurrutia a propósito de Ramón López Velarde— sino otra forma de la injusticia. Yo mismo he intentado leer la poesía de Acuña en diversas ocasiones [*], invocando inevitablemente al fantasma del escritor no porque la obra no baste, sino porque en éste la literatura se ha urdido con la vida en un binomio tan intrincado e indisociable, que tal vez aquello que llamamos vida tampoco encuentre su existencia plena sin obra que la denuncie.

Sabemos que las ideas materialistas que Manuel Acuña heredó de Ignacio Ramírez, principalmente, así como de los textos doctrinarios o científicos que frecuentaba tanto en la Escuela Nacional de Medicina como en las logias masónicas, condujeron esta obra poética hacia un violento escepticismo de carácter puramente sentimental, aunque no por ello carente de profundas meditaciones. Encontrar una explicación materialista del mundo y del destino del hombre, es la condición latente en los artículos periodísticos publicados por Acuña en El Libre Pensador (firmados no con su nombre sino bajo el pseudónimo de «Leunam»), especie de teoría de una praxis que en el interregno de la poesía lo hizo preguntarse unas veces —parafraseando a José Luis Martínez— “si en el sepulcro concluía la vida del hombre”, o si allí, en la tumba, surgía para el escritor enamorado otra forma de la eternidad: la de la fama. Ningún poema ha sido tan citado ni parasitado en este sentido como el “Nocturno”, dedicado a Rosario de la Peña. En esta composición escrita en 1873, el triple impulso del erotismo, el recuerdo de la casa de infancia, así como la obsesión cada vez más acentuada de la muerte se descubren como eje macabro sobre el que giraba esta atormentada cosmovisión.

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Hacia 1920, cincuenta años después de su muerte y a propósito del traslado de los restos del poeta a la ciudad de Saltillo, Coahuila, la República de las Letras vivió una especie de resurgimiento por el tema de Manuel Acuña que vino acompañado de la publicación del libro de José López Portillo y Rojas, Rosario la de Acuña, donde se evoca de nueva cuenta su romántica biografía para dar exposición de la génesis del “Nocturno”. El libro de López Portillo no aporta elementos para el estudio de la poesía de Manuel Acuña (se mueve en la peligrosa dimensión de la anécdota, de lo improbable, del recuerdo); importa, sin embargo, como referencia de un ambiente de época en que el mencionado poema se había convertido en el más citado y parasitado de México. Ya desde 1882, los versos se prestaban para el chiste o la broma de ingenio fácil. De este modo lo demuestra una publicidad que en La Patria hace de “A Rosario” su línea argumental:

Pues bien: yo necesito
decirte que te quiero
decirte que te adoro
con todo el corazón;
que es tanto lo que sufro,
que es tanto lo que lloro.

Que sólo un frasco de Aceite de San Jacobo,
podrá aliviarme la reuma y mitigar mi aflicción.

Poco relevante desde el punto de vista de los estudios literarios, aunque curioso, tal vez único en su tipo para comprender el grado de fama que alcanzó la obra y figura de Manuel Acuña durante el siglo XX, es Lauros de la noche. Por el pie de imprenta tenemos noticia de que el libro fue editado en el Centro Espírita “Manuel Acuña” en 1931, y es obra del médium Ismael Gómez, quien transcribió las composiciones que “el alma del poeta” dictó desde “ultratumba”. Producto de estas sesiones, de las que desconocemos el método empleado, son los “Sueños místicos”: colección de trece poemas completamente desconocidos del coahuilense —además de una versión apócrifa del “Nocturno” —, y dos prosas, una intitulada “La voz de los muertos”.

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Son muchas las variaciones jocoserias que circularon en la época de manera oral, cuando no pocas las que, de buscarse con paciencia de alquimista, pueden hallarse en los periódicos nacionales. Fue así como me encontré de pronto y sin previo aviso con esta parodia firmada por J. M. Madrigal en El Diario del Hogar, que más tarde se reproduce en El Contemporáneo —no en Contemporáneos, las erratas no se equivocan—, el bisemanal independiente editado en San Luis Potosí a principios del siglo pasado. Supongo que la publicación del poema es caprichosa e intermitente aunque sólo tengo consignadas estas dos versiones. Para fines estrictamente de divertimento filológico he realizado la transcripción del mismo, así como la actualización ortotipográfica, salvo en los casos, claro, en que el juego de la parodia consiste en la acentuación errónea en sexta (la nostalgía del verso 12, por ejemplo). Emulando a Antonio «Toñito» Castro Leal he decidido enmendar la composición, agrupando este romance por estancias o estrofas de diez versos, a la manera del “Nocturno”.

 

Nocturno…[**]

Parodia de Acuña

[I]

Pues bien… yo necesito

quitarme de soltero,

mandar a nora mala

mi eterno envejecer.

Mi vida, así no es vida,

¡Caramba! yo me muero

Si no hallo a la muchacha

de rostro placentero,

que pronto se resuelva

a hacerse mi mujer…!

[II]

Yo quiero que se acaben

mis negras nostalgías

mis fúnebres insomnios

mi tétrico sufrir.

Estoy que ya no como

desde hace muchos días,

pensando que se alejan

las dulces alegrías

que mis primeras novias

hiciéronme sentir.

[III]

De noche, cuando pongo

mis sienes en la almohada

y miro que se extinguen

las luces del hotel,

cavilo mucho, mucho

y al fin con voz airada,

me dice la conciencia:

«no sirves para nada,

en vez de sangre tienes

horchata o aguamiel».

[IV]

Mas no, yo siento el alma

henchida de amargura

por mis arterias corren

las lavas de un volcán.

En mis ensueños gratos

de amor y de ternura,

paréceme que escucho

la voz del señor cura

leyendo la cartilla

con su piadoso afán.

[V]

Paréceme que miro

la nave del santuario,

las velas encendidas,

y junto al altar

el rojo monaguillo

moviendo el incensario

mientras que el campanero

desde su campanario

contempla allá a lo lejos

las puertas de mi hogar.

[VI]

Por eso, ¡oh, lindas pollas!

¡Deidades de mi tierra!

Yo imploro, arrepentido

piadosa compasión.

Ya el santo matrimonio

lo juro no me aterra,

ante una de vosotras

yo iré como a la guerra

llevando por bagajes

mi ardiente corazón.

[**] “Nocturno”, en El Diario del Hogar, Año XXIII, número 190 (domingo 24 de abril de 1904): p. 2. Más tarde, el mismo se reproduce en El Contemporáneo, tomo IX, número 1745 (jueves 9 de junio de 1904): p. 2.

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