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LEPISMA

Creación y crítica literaria

¿Ya notó que su hijo ve pornografía?

Alejandro Solano Villanueva

 

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Vivimos en una era de hedonismos, en la cual se cree que cada cosa que hagamos debe estar motivada por el placer. En las escuelas donde he tenido la oportunidad de trabajar, siempre me dan la responsabilidad de contagiar a los alumnos el “placer de la lectura”. Los pequeños incautos lo saben e incluso se niegan a leer algo que “no les guste”, es decir, que no les produzca goce. Éste suele ser su argumento más recurrente para no leer cierta novela o empaparse de ciertos temas: “es que eso no me gusta, no lo disfruto”. Lo entiendo. Yo mismo he dejado novelas a la mitad porque simplemente no me entran, no las entiendo o, cayendo en la justificación más ramplona, me aburrieron o “no me gustaron”. El placer intelectual es difícil de formar (sí, se forma, no es natural); supongo que en ello influye la personalidad, incluso el carácter y la sensibilidad, mucho más en un mundo que ofrece pequeños oasis de placer material todo el tiempo: comprar cosas que nos gustan o nos satisfacen, por ejemplo, o los logros en los videojuegos o el consumo de comida chatarra. Todos disfrutamos esos pequeños oasis. En un mundo capitalista, incluso los intelectualoides y los hipsters disfrutan comprando ediciones de colección, acetatos o remasterizaciones de productos supuestamente elevados. En el orden llano de las cosas, no es más que consumismo.

Sin embargo no es mi intención aquí discurrir sobre el placer intelectual, sino de la forma de goce más salvaje y natural: el placer sexual. Yo no sé si haya una forma de educarlo, lo que sí es cierto es que a todos nos llega cierta edad en la que descubrimos que nuestras partes íntimas tienen una función diferente a la de orinar. Creo que desde antes lo presentimos, pero, por alguna razón, nos limitan la información, empezando, claro, por los padres de familia, las normas sociales mojigatas e hipócritas y, finalmente, las escuelas. Entonces caemos en una paradoja: en una era de hedonismos, nos negamos a hablar del sexo como placer con los adolescentes.

Aún manejamos estructuras de pensamiento en las que les decimos a los chicos que la sexualidad es estrictamente reproductiva y que tiene la finalidad de conservar el legado familiar o social. Y se pone peor: hay muchas zonas de México y del mundo en el que se arreglan matrimonios por conveniencia, en el que se trueca a las chicas por una vaca o un pedazo de tierra; se les destina a la miseria, a la obligación fundamentalista de cargar a las crías, de ser guardianas del hogar, anteponiendo su propia felicidad.

Cuando digo esto, se piensa inmediatamente en las zonas marginadas del país; pero, en un mundo que nos dirige, que nos coarta moralmente, la supuesta libertad de elección no es más que dirección castrante: “puedes casarte con quien quieras, pero que no sea feo o gordo”; “tu novia no es alguien que le presentarías a tus papás”; “sólo puedes acostarte con alguien a quien amas”; “recuerda que una señorita que se respete no va a esas fiestas y usa esas minifaldas”; “masturbarse es malo… El niño dios te está viendo…”.

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En una de las escuelas donde trabajé, la maestra que impartía las clases de sexualidad era terriblemente moralista y mojigata; incluso -voy a decirlo-  muy ignorante, lo cual le producía todo tipo de prejuicios. Una vez hablé con ella: me dijo que utilizaba el método del ritmo con su recién adquirido esposo porque no quería embarazarse tan pronto. Sentí pena por sus alumnos. Imaginen: la maestra de sexualidad recomendando el método del ritmo y despreciando el uso del condón y tantos otros métodos anticonceptivos que hay en el mercado y en los cuales se debe orientar a los jóvenes.

Los alumnos tomaron sus enseñanzas -supongo porque no tenían otras-  como regla de vida. Uno dijo una vez: “el mejor método anticonceptivo es la abstención”. Lo cuestioné, le plantee el siguiente orden de ideas: fiesta loca, peda, chica guapa que te pela… ¿abstinencia? Según él: “autocontrol”. Para él, la respuesta más lógica era negar sus propios impulsos sexuales. Cosa que no hará. Espero que para entonces ya sepa sobre el adecuado uso del condón. En el mismo grupo había una chica más sensata que dijo: “pues yo creo que el autocontrol existe cuando yo te digo que sí, que va, pero no hasta que te pongas un condón, por más ganosa que esté”. Ojalá así sea, ojalá que esos chicos disfruten su sexualidad, su juventud, que descubran y juzguen por sí mismos. La apuesta es que sea de manera informada, aunque, como ya se vio, no siempre se les dé la información correcta.

Hablar de otros enfoques de la sexualidad, como la homosexualidad, el placer de las filias o la pornografía, está completamente censurado. Se supone que hay una edad en la que deben tratarse esos temas. ¿Cuándo?, pregunté, nadie nunca me ha respondido eso; ¿Quién debe hablarles? Los padres viven atemorizados con la idea de que sus hijos descubran que pueden ser seres sexualmente activos, incluso niegan sus propios impulsos para no darle un mal ejemplo (volvemos a lo moral) a sus hijos. Eso produce mundos ideales, utopías, en los que el padre solo siente deseos por la madre o a la inversa, aunque en el fondo se sientan terriblemente acomplejados, castrados, infelices.

Los chicos, ávidos de respuestas, van a buscarlas al internet. Y entonces descubren la pornografía. Sí, señor, señora, su hijo ve pornografía. Inmediatamente vienen los juicios, el terror, los gritos, hasta el psicólogo: “Señor, mi hijo es un pervertido”. El chico sólo está descubriéndose, se da cuenta que tiene sensaciones nuevas, que siente impulsos, que le gusta su compañera de salón o su amigo de natación; que su cuerpo cambia y los de su alrededor también; que los besos de la novia son más chidos que los de la madre; que en los sueños ya no hay caramelos. Incluso hay un canal español llamado PornoEducativo que atiende las dudas más recurrentes de manera explícita: masturbación, relaciones sexuales seguras y hasta filias. En medio de todo esto está el chico solo, preguntándose qué le pasa. En el camino del descubrimiento, él o ella se masturban un poco, porque descubre que la sexualidad no necesariamente es reproductiva y que se siente bien dejándose llevar por sus impulsos. Pero eso usted ya lo sabe.

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En fin, quién soy yo para juzgar cómo criamos a la juventud. Los chicos de ambos géneros y de diferentes orientaciones sexuales hablan conmigo porque no se sienten seguros hablando en casa, porque sienten inmediatamente la fusta moral y la distancia entre él y sus padres. Es que ellos no entienden, profe. Tampoco es que yo entienda mejor el mundo. Siempre procuro no ahondar, porque no me corresponde, pero no dejo de escucharlos, eso ya los hace sentir mejor, más seguros.

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Everybody knows, la apología de Zack Snyder

Pedro Alejandro

 

Zack Snyder, de igual manera que un asiduo a las lecturas griegas, cree que el pensamiento y la filosofía sólo pueden ser explicados a través de la épica, la odisea y la epopeya. Para él, únicamente existe un camino capaz de abrir las ventanas de la mente y ese trayecto se recorre mediante la gracia plena de un lente cinematográfico cargado con escenas monumentales, simbolismos heroicos y explosiones que despiertan incluso al espectador más aletargado.

Por eso fue ungido por los héroes para narrar sus historias y él, ni tardo ni perezoso, empezó a montar una trilogía fílmica que inicia con Man of Steel (2013) en donde coloca a Supermán, un dios contemporáneo, entre los hombres y hace de su poder un lastre y de su humanidad una cadena. Así, mientras los minutos van corriendo en la pantalla vemos al dios alzarse, dejar los grilletes atrás y coronarse, cual pasión, muerte y resurrección; dejando a los hombre en el lugar que les corresponde, el de humanos y nada más.

En la segunda parte, Batman Vs. Superman (2016), Snyder crea un conflicto aún mayor: los hombres quieren aprisionar a su dios. Batman se transforma en la humanidad misma, la cual, incapaz de gobernarse, intenta someter a otros a su voluntad, convirtiendo al otrora héroe en el villano principal. Una tragedia moderna que encuentra resolución cuando Dios (Supermán) le enseña al hombre (Batman) a ser humano y, por lo tanto, logra la salvación. En este viaje del Ulises moderno, la muerte del héroe es el final.

No obstante, como en las mejores tragedias griegas, lo real es mucho más poderoso y a veces un tanto cómico, porque Hollywood no es lugar para los poetas y todo aquello que Snyder visualizaba empezó a desmontarse como broma siniestra desde la sala de juntas y los escritorios de los ejecutivos de la Warner Bros, donde el que manda es el dinero. Aquel armatoste monetario al que Snyder siempre ha defraudado -ya que nunca ha realizado una película taquillera, sólo esbozos poéticos que dividen a las audiencias y generan tanto amantes como enemigos-.

Así, vapuleado por los críticos, por la publicidad y la competencia desleal, Snyder realizó la tercera parte de su trilogía, que terminó por ser su Moby Dick personal, el último clavo en su ataúd.  Todos asistimos puntuales a la cita de su fracaso, pero lo que no vimos fue el mensaje que encriptó a través de una canción y en una secuencia que revela el significado de su trilogía y el de su sentir.

Tras mirar la secuencia inicial de Justice League (2017) pensamos que estamos asistiendo al funeral de Supermán, al mismo tiempo que suena “Everybody Knows” del trovador canadiense Leonard Cohen (interpretada por Sigrid). Mientras la canción murmura Everybody knows that the dice are loaded/ everybody rolls with their fingers crossed/(Todo el mundo sabe que los dados están trucados, Todo el mundo saca con los dedos cruzados) la imagen nos sitúa en presencia de la tumba del último hijo de Kryptón, que representa no sólo la muerte del personaje sino de la trilogía que había ideado Snyder.

Everybody knows that the war is over 
Everybody knows the good guys lost
Everybody knows the fight was fixed
The poor stay poor, the rich get rich
That’s how it goes  

Everybody knows

(Todo el mundo sabe que la guerra ha acabado
Todo el mundo sabe que los buenos perdieron
Todo el mundo sabe que la pelea estaba amañada
Los pobres permanecen así, los ricos se hacen más ricos

Así es como va
Todo el mundo lo sabe)

El viacrucis que fue producir Justice League cobró la vida de la hija de Zack Snyder, por eso se sabe que los buenos perdieron y las banderas negras pueblan la pantalla. Superman ya no está, ni él ni lo que representaba para Snyder. El director perdió una batalla que no podía ganar. Al final lo que le falló a Snyder fue su propio público.

Everybody knows that the boat is leaking 
Everybody knows that the captain lied
Everybody got this broken feeling
Like their father or their dog just died

(Todo el mundo sabe que el barco zozobra
Todo el mundo sabe que el capitán mintió
Todo el mundo tiene esta extraña sensación
Como que su padre o su perro acaban de morir)

Pero la derrota se presenta con distintos rostros y distintos padres, y en este caso el desolado Snyder quiere dirigirse a los directivos de Warner Bros, quienes recortaron hasta al hartazgo su visión de la trilogía, tal vez le mintieron, y de la cual nadie quiere hacerse cargo ahora.

And everybody knows that it’s now or never 
Everybody knows that it’s me or you
And everybody knows that you live forever
Ah when you’ve done a line or two
Everybody knows the deal is rotten
Old Black Joe’s still pickin’ cotton
For your ribbons and bows
And everybody knows 

(Y todo el mundo sabe que es ahora o nunca
Todo el mundo sabe que eres tú o yo
Y todo el mundo sabe que vives para siempre
Cuando has esnifado una raya o dos
Todo el mundo sabe que el trato está podrido
El viejo Joe el negro aún recoge algodón
Para tus cintas y lazos
Y todo el mundo sabe)

En la pantalla la desesperanza reina, la intolerancia hace casa en la humanidad y se llega a las medidas extremas para tratar de remediarlo; así lo quería representar Snyder, un mundo sin dios. Aquella era la oportunidad inmejorable para conducir estos héroes a una mejor historia, cargada de temáticas filosóficas y debates contemporáneos como el racismo, la xenofobia, la impotencia de los pueblos y las hegemonías. Snyder lo supo y abusó de lo épico, dejando lo “normal” para otros cineastas. Ese fue su error. A pesar de que los tiempos traen nuevos cambios, la gente no se atreve a modificar su pensamiento y prefiere mantener la seguridad de la repetición y las temáticas fáciles.

And everybody knows that the Plague is coming 
Everybody knows that it’s moving fast
Everybody knows that the naked man and woman
Are just a shining artifact of the past
Everybody knows the scene is dead
But there’s gonna be a meter on your bed
That will disclose
What everybody knows 

(Y todo el mundo sabe que se acerca la Peste
Todo el mundo sabe que avanza deprisa
Todo el mundo sabe que el hombre y la mujer desnudos
Son sólo un reluciente artefacto del pasado
Todo el mundo sabe que la escena está muerta
Pero va a haber un contador sobre tu cama
Que revelará
Lo que todo el mundo sabe)

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Mientras el mundo observa cómo todo termina por derrumbarse, cómo nos vamos quedando sin héroes y nadie hace nada por evitarlo –nadie puede–. Mientras unos callan y los malos vencen, se revela que el verdadero protagonista es aquel que está narrando el relato: es Zack Snyder quien se presenta al mundo, aunque intente esconderse en una tímida esquina de la gran pantalla, disfrazado en la metáfora de un personaje más, perdido en el luto que hay en el fondo. Ahí se encuentra él, como un vagabundo triste, sólo, sin dios y sin diablo; hablándose él mismo, convenciéndose de que no lo hizo mal, de que no estuvo en sus manos, escondiéndose detrás de un letrero que habla por él y que sólo reza: lo intenté.

Publican el «thriller colonial» de Eligio Ancona

La noche del 25 de julio de 1792 circuló con rapidez la noticia del asesinato de don Lucas de Gálvez, Gobernador y Capitán General de la ciudad de Mérida, Yucatán. El brigadier se retiraba a la casa de gobierno a bordo de una calesa, cuando al desembocar por una esquina fue herido en la oscuridad. «¡Ah, pícaro… qué pedrada me han dado!», fueron las palabras que dirigió Gálvez a su oficial real, don Clemente Trujillo. El convoy apresuró el camino sin sospechar aún que se trataba de una herida de muerte. Tras arribar a su destino, el capitán se condujo a sus habitaciones donde retiró la mano del costado adolorido, tomando conciencia de la gravedad de la hemorragia que terminó con su vida. Toribio de Mazo y Piña fue acusado del crimen y encarcelado en el fuerte de San  Juan de Ulúa a la brevedad, pese a que pudo comprobar que no se encontraba en el lugar de los hechos. Suele decirse que el acusado lamentaba sus desgracias cada instante de la reclusión, hasta que una serie de eventos afortunados permitió se descubriesen a los verdaderos perpetradores del crimen.

El párrafo anterior parece el inicio de una leyenda colonial, aunque en realidad se trate de un extracto de noticia del finisiglo XVIII. Lógico es suponer que el tema del asesinato de don Lucas de Gálvez resultara tan fascinante para los escritores e historiadores de la península. Historia y literatura conforman en el romanticismo una suerte de binomio indisociable en donde uno forma parte consustancial del otro. Nada más natural que en el siglo XIX, el género de la novela histórica se impusiera como un doble programa narrativo e ideológico, derivado en gran medida de la necesidad de construir una identidad de lo nacional, ejecutando muchas veces una crítica severa hacia los siglos de la dominación española. Novelistas e historiadores reprendieron los vicios, abusos e injusticias por parte de la Corona y de la Iglesia: es decir, introducían una doble herejía a su visión reformista.

Justo Sierra se propuso desarrollar una novela en torno a la muerte del famoso Gobernador de la península, del mismo modo que se había ocupado en La hija del judío, del Conde de Peñalva (otro Gobernador ejecutado). Sabemos, sin embargo, que la obra nunca llegó a puerto. Semejante suerte corrió Eligio Ancona, luego de tocar a la brevedad el tema en el  Tomo V de su Historia de Yucatán, hasta que años después de su muerte fuera descubierto el manuscrito que ahora nos ocupa. Memorias de un alférez narra la historia que llevó al esclarecimiento de los verdaderos asesinos del Gobernador don Lucas de Gálvez. Por esta razón, son muchos los que han considerado la novela como la más lograda de Ancona. Esta peligrosa afirmación no ha salvado a la obra de la admiración sin reserva: más citada que estudiada, cuando no más estudiada que leída. Sea o no sea la mejor, lo cierto es que se trata de una narración cuidada en el manejo deductivo con que expone la intriga. No se trató de una novela por entregas como solían serlo en la época –una novela “escrita en las rodillas”, suele decirse– sino escrita con la paciencia de la memoria. El resultado consiste en que, a diferencia de las obras que le precedieron –desde La Cruz y la Espada hasta Los mártires del Anáhuac–, esta narrativa se aleja del romanticismo épico al estilo de Walter Scott para arribar a los lindes del realismo, rozando por momentos los límites de un “thriller colonial”.

La presente edición crítica que ha sido preparada por Manuel Sol para la colección de Clásicos Mexicanos de la UV, viene acompañada de un estudio introductorio, cronología, bibliografía e iconografía, así como una serie de notas de carácter léxico, histórico y geográfico que guían la lectura a través de las deducciones que motivaron la develación del misterio.

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* Eligio Ancona. Memorias de un alférez. México: Universidad Veracruzana (Clásicos Mexicanos, 16), 2017, 594 páginas.

Un miedo sólido e infantil. En presencia de un payaso, de Ingmar Bergman

 

Víctor Hugo López

 

Life’s but a walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon the stage

And then is heard no more. It is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury,

Signifying nothing.

(Macbeth, Escena V, Acto V)

 

En una escena de la película Fanny y Alexander (1982), el pequeño protagonista es castigado luego de hacer pública su fantasía de ser vendido a un circo. La escena es autobiográfica, como lo son muchas en la vasta filmografía de Ingmar Bergman (1918- 2007): en una ocasión el pequeño Ingmar, impactado por el Circo Schumann, confiesa a uno de sus compañeros de escuela que sus padres lo han vendido al circo y pronto abandonará la escuela para convertirse en acróbata. La confesión pasó de su compañero a sus padres y a la profesora; el castigo fue severo. De esta vivencia Bergman extrae una pregunta: “¿Por qué un niño de siete años siente el deseo de abandonar el hogar y ser vendido a un circo?”[i]

El Circo Schumann llamó la atención del pequeño Bergman por sus colores, su música de orquesta, los animales y la fantasía de trabajar junto a una joven de la que se había enamorado tan solo al verla pasar sobre un enorme caballo blanco. También de este mágico encuentro con el circo, el director sueco guardó un amargo recuerdo, el temor a los payasos, el cual describe con una breve frase: “los payasos me inspiraban miedo y parecían enloquecidos”.

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Fanny y Alexander fue la última película que Ingmar Bergman realizó para la pantalla grande, pero su trabajo continuó con películas para la televisión, elaboración de guiones y obras de teatro. En 1997 aparece la película En presencia de un payaso; Bergman, cercano a los ochenta años de vida, confiesa no saber si será su último trabajo, el cual refleja, además de su madurez como realizador, la pasión del director por el teatro, la música y el cine. La película tiene como tema central la muerte.

En 1957 apareció El séptimo sello, una de las obras más reconocidas de Bergman y uno de los grandes clásicos del cine mundial. La Muerte cede al capricho del cruzado Antonius Block y acepta jugar ajedrez, regalándole con esta última partida, la oportunidad de reflexionar sobre sus últimos movimientos en el tablero y en la vida. La Muerte es un personaje con un rostro pálido que denota una penetrante seriedad aún en sus ligeras sonrisas, con su vestido negro y su guadaña. Cuarenta años después, en En presencia de payaso, Bergman vuelve a mostrar una imagen de La Muerte; esta vez es una mujer vestida de payaso, inquieta, burlona y por momentos desquiciada.


 

En presencia de un payaso inicia mostrando en letras blancas sobre un fondo negro, un fragmento de La tragedia de Macbeth de William Shakespeare, en específico, las palabras que el Rey expresa cuando se entera que Lady Macbeth ha muerto (Escena V, Acto V). Posteriormente se borran las letras y aparece el protagonista Carl Akerblom internado en un hospital psiquiátrico, dejando caer la aguja sobre un disco para activar el fonógrafo y deleitarse con las primeras notas de “Der Leiermann” (El organillero) de Franz Schubert, último lied de su obra Winterreise (Viaje de invierno). En el poema de Wilhelm Müller -musicalizado por Schubert-  un hombre mira en las calles del pueblo a un organillero que a pesar del inmenso frío que le entumece los dedos y de que nadie quiere escucharlo, continúa dando cuerda a su organillo e ignora las adversidades; el hombre lo mira y concluye:

Viejo extraño,
¿Voy contigo?
cuando yo cante mi canción
¿me acompañarás con tu organillo?

En la película, el tema acompaña la aparición del payaso, manifestación de La Muerte. Cuando éste se presenta ante Carl Akerblom él sabe de quién se trata, reacciona con miedo, se aferra a su cama como un niño asustado, pero es capaz de mantener un firme y breve diálogo con el pícaro payaso que desaparece en la penumbra. En sus Memorias, Ingmar Bergman describe su miedo a los payasos y resume su miedo a la muerte como “un miedo demasiado sólido e infantil”.

En el hospital, Carl conoce al Profesor Vogler, con quien comparte pláticas aceleradas sobre Schubert y la Condesa Mizzi. Carl Akerblom sale del hospital y reúne a su novia, al profesor Vogler y a una actriz para realizar un ambicioso proyecto titulado “La primera y única película del mundo hablada en vivo”. La película tiene como argumento a Schubert en sus últimos días y en su lecho de muerte.

Sobre esta base se desarrolla En presencia de un payaso. Dando paso a las peripecias del grupo involucrado en el proyecto y que acompañan a Carl Akerblom en lo artístico y en lo personal. Para el caballero cruzado en El séptimo sello, se trata de jugar una partida que sabe será la última, de mostrarse fuerte en sus últimos movimientos en presencia de La Muerte; para Carl Akerblom, un viejo que se asusta como niño en presencia de un payaso y que no tiene el mínimo interés de lanzarle un reto, sólo se trata de seguir su pasión como artista.

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[i] Las citas a Ingmar Bergman y las referencias a su vida aparecen en su libro La linterna mágica. Memorias (1987)

 

Prioridades

Alejandro Solano Villanueva

 

Bestialidad del hombre

 

Hace un par de semanas realicé un ejercicio sobre el narrador testigo con mis alumnos. Palabras más, palabras menos, ésta fue la situación que les plantee: estamos parados frente a la ventana y vemos que un perro está cruzando la calle, cuando de repente escuchamos que un coche viene a toda velocidad; inevitablemente, atropella al perro. ¿Cómo contamos la historia si sólo somos testigos? Cuando terminé de formular la pregunta, noté que la mayoría de los adolescentes que estaban en el salón me miraban con desprecio, algunos, incluso, mostraban un franco desencajamiento, una congoja legítima en sus rostros. Pregunté cuál era el problema y una de ellos me dijo: “es que por qué un perrito, profe, pobrecito. Es una pobre vida inocente”. Yo alegué que daba igual, que sólo era un ejemplo para analizar cómo funciona la visión del narrador testigo. Otro compañero reviró —y probablemente fue lo que más me sacó de onda—, dijo que eso era cruel, incluso como ejemplo; concluyó: “no podemos, mejor, matar a una persona… Seguro es más justo, porque cruzó la calle sin fijarse y, pues, es consciente de sus actos… El pobre perrito, no”. Una mayoría abrumadora aplaudió el razonamiento. Como en mi adolescencia, la campana del cambio de hora me salvó de llevar esa discusión más lejos.

Me pregunto cuáles fueron los parámetros bioéticos que consideraron mis alumnos para llegar a la conclusión de que vale más la vida de un perro imaginario que la de un hombre imaginario. Puede ser que solamente se trate de un arranque de ternura provocado por la violencia de la escena. Me pregunto si esa lógica podría trasladarse a la realidad. Yo quiero creer que no y sin embargo el mundo me demuestra lo contrario.

Tengo algunos amigos animalistas que intento respetar en el límite de la cordura. Una vez, en una reunión, una chica declaró abiertamente que ella preferiría —incluyendo la hipérbole— mil veces ayudar a un perro callejero que a un vagabundo, argumentando que el segundo está en esa condición debido a las decisiones que tomó en su vida. Si seguimos esa lógica, el mal del hombre, para ser despreciado por los otros, es la razón; la que se nubla cuando cruzas o la que te condena cuando decides vivir a expensas de la calle.

En los chicos hay una evidente falta de madurez social y emocional. La mayoría de ellos viene de casas con una cierta estabilidad económica que los obliga a vivir en una burbuja, no contactan con el mundo que está más allá de las plazas comerciales o las rejas de las zonas residenciales donde habitan. El segundo juicio es el reflejo de puro y vulgar egoísmo. Eso no quiere decir que ambos casos no estén relacionados, sino que el segundo parece un resultado del primero. Las personas que lanzan sentencias de ese tipo no alcanzaron a formar un juicio empático que los conectara con la realidad humana que está justo frente a sus narices. Supongo que se debe a que muy dentro de ellos hay una especie de deuda o revancha contra la propia humanidad que los ha herido y les ha fallado en un grado tal que es imposible considerar que alguno menos afortunado valga la pena. O quizá los estoy justificando de más y sólo se trata de indiferencia, negación o ceguera. Aun así, estas personas se enmascaran en una supuesta altitud moral, una falta total de mezquindad para con todas las criaturas de la tierra, excepto las de su misma especie, claro.

Mis alumnos, en fin, remarcaron la actitud que describió Roberto Louis Stevenson en el siglo XIX: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación”.

Perros-y-sus-amos

Humanización de la mascota

No tengo nada contra los perros, incluso me llegan a parecer simpáticos. Cosa que no me pasa con los gatos. Mi problema es con la especie humana, es decir, los dueños de los perros que no hacen más que llenar sus vacíos existenciales con la vida de esas criaturas. Los visten, los miman, los malcrían para evitar vestir, mimar y malcriar a sus propios hijos o, peor, para llamarlos hijo, bebé, mi vida. A mí me parece que éstos son los verdaderos abusadores de sus propias mascotas. Le arrancan su perrunidad a los perros para volverlos cuasi hombres, cuasi ángeles, cuasi dioses. Perrolatría, lo llama Javier Marías.

Almas ausentes de propósito en la vida, como pensara Sartre, vuelcan su ansiedad en seres a los que siempre podrán tener sometidos a su voluntad, en seres que no se revelan ante la excesiva comodidad (quién no quisiera vivir como un chihuahua de París Hilton). Dueña del espacio, la mascota se vuelve ídolo en tierra de creyentes. Y así es como la razón que condena al vagabundo, se vuelve idolatría de la bestia, del Otro al cual se obliga a ser un semejante: humanización de la mascota, bestialidad del hombre. ¡Ay de aquél que cuestiona su dogma… Ay de aquél que injurie a sus ídolos!

Guillermo Manuel Acuña Méndez

Diego Lima

Luego de que Pedro Caffarel comprobara la existencia de Guillermo Manuel Acuña Méndez, el hijo de Manuel Acuña Narro con Laura Méndez Lefort ha sido materia de obligado comentario, a la hora de pasar revista por el año de 1873 en la República de las Letras: interregno donde inicia el mito de Acuña Narro, derivado en gran medida por el suicidio en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina, así como el ascenso en la carrera literaria de Méndez Lefort.[1] Otros integrantes de la sociedad literaria de la época como Agustín F. Cuenca[2], Guillermo Prieto e incluso, el propio Ignacio Manuel Altamirano, participaron directa o indirectamente en los sucesos que rodearon esta unión. Por estas razones, he decidido compartir un par de documentos que hallé en los Archivos Parroquiales y Diocesanos, y en el Registro Civil de la Ciudad de México, con el propósito de aclarar algunos puntos ciegos que se ciñen aún sobre este episodio de la paternidad en nuestras letras.

Estos son los hechos.

Sabemos que Manuel Acuña Narro (1849-1873) y Laura Méndez Lefort (1853-1928) sostuvieron una relación amorosa que se remonta al año de 1872, época de la que proviene el ciclo del coahuilense dedicado “A Laura”. Intermitente, la relación nunca se concretó de manera legal, aunque se puede suponer fue intensa si nos atenemos a la lectura biográfica de la obra literaria de ambos escritores. El noviazgo más bien se prolongó, asediado por conflictos económicos, malentendidos e infidelidades que ocasionaron la ruptura definitiva de la pareja en el primer trimestre de 1873: los dos hicieron público su “Adiós” en los diarios de la capital en estas fechas. Sin embargo, tuvo que ser en el interregno de una larga como tortuosa separación que Laura Méndez quedara embarazada. Esto me lo sugiere el hecho de que el menor, Guillermo Manuel Acuña Méndez, naciera el 23 de octubre de 1873, según hace constar la partida 288 del libro segundo de bautismos de hijos naturales de la Parroquia de la Santa Veracruz:

En nueve [9] de diciembre de mil ochocientos setenta y tres [1873], yo, fray Felipe Aguilera (Venia Parrochi) bauticé solemnemente en esta parroquia de la Santa Veracruz a un niño que nació el veintitrés [23] de octubre de este año, a quien puse por nombre Manuel Guillermo, hijo natural de don Manuel Acuña, difunto hace tres días, y de doña Laura Méndez. Fueron sus padrinos don Guillermo Prieto y doña Úrsula Espinoza, a quienes advertí su obligación y parentesco espiritual. Y para que conste lo firmé con el señor cura. [Rúbricas] Fray Felipe Aguilera.– Licenciado José María Antonino González.

Fe de bautismo de Manuel Acuña Méndez_Especial

Tal cual se declara en el documento eclesiástico, el bautismo se realizó tres días después del suicidio de Manuel Acuña, la tarde del 6 de diciembre de 1873, en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina. Todavía más: el menor se asentó el mismo día que los amigos, Antonio Coéllar y Agustín F. Cuenca, dieron parte a las autoridades del fallecimiento. La ceremonia fúnebre que paralizó la vida en la capital mexicana se llevó a cabo al día siguiente. Guillermo Prieto sobresale en el registro como ilustre padrino del recién nacido, quien por cierto, lleva su nombre. Justo Sierra llegó a declarar que Prieto no sólo había pretendido a Laura Méndez —así lo aseguran José López Portillo y Rojas, y Francisco Nájera—, sino que éste había sido uno de los motivos más fuertes para el rompimiento de la pareja.

Las exequias por la muerte la muerte de Manuel Acuña ocuparon todos los diarios, así como las coronas fúnebres o las notas de carácter sentimental, sin que ninguna hiciera mención de su reciente paternidad. Sea como sea, este no sería el golpe más fuerte que sufriría Laura en esos días. El infante murió víctima de bronquitis el 17 de enero de 1874, poco antes de cumplir los tres meses de edad, según consta en la partida 144 del libro de defunciones del Registro Central de la Ciudad de México:

En la Ciudad de México, a las tres [3] de la tarde del día diez y siete [17] de enero de mil ochocientos setenta y cuatro [1874], ante el [ciudadano] José María Medina, juez segundo del Estado Civil, compareció el ciudadano Agustín Cuenca, natural y vecino de ésta [ciudad], en la calle de Zuleta, número diez [10], de veintitrés [23] años, soltero, periodista, el que manifestó que hoy a las tres cuartos para las seis [5: 45] de la mañana, en la referida casa, falleció de bronquitis aguda el niño Manuel Acuña, de México, de tres meses, hijo natural del finado don Manuel Acuña y de doña Laura Méndez, de Ameca, con domicilio en la referida casa, de veinte [20] años, soltera. Lo asistió el doctor Ruiz Sandoval y se inhumará en el Campo Florido, en primera clase. Son testigos los ciudadanos Miguel Quezada e Ildefonso Estada y Zenea. El primero, natural de ésta en el edificio del Seminario, de treinta y cuatro [34] años, conocido periodista; y el segundo, del mismo origen que el anterior, con domicilio en la calle Cerrada de Santa Teresa, número uno [1], de cuarenta y tres [43] años, casado, escritor público. Con lo que terminó esta acta que les fue leída, ratificaron y firmaron ante el presente juez José Ma. Medina. [Rúbricas] Agustín F. Cuenca.– Ildefonso Estrada y Zenea.– Miguel Quezada.– Es copia que certifica José Ma. Medina.

No debe extrañarnos que en el documento se dé a conocer que Guillermo Manuel fue inhumado en el Campo Florido, al igual que su padre. Tampoco que, quienes otrora fueron amistades del poeta, informaran en el registro sobre el deceso. Llama mi atención, no obstante, que Agustín F. Cuenca declarara ante el juez que compartía domicilio con Laura Méndez, en la calle de Zuleta, número 10. El famoso poeta se casaría finalmente con ella en 1877, por lo que resulta sugerente remontar hasta esta época los vínculos emocionales.

¿Por qué se mantuvo en silencio la paternidad de Acuña? No lo sé de cierto. La verdad en México es singularmente difícil de documentar por el estado de nuestros archivos, hemerotecas, y reglamento de nuestras instituciones de consulta pública. Sin embargo, ante la carencia de una historiografía de nuestra literatura decimonónica, he considerado necesario armar en el terreno de lo posible un relato que de coherencia a estos hallazgos, breve encuentro de aquél que he denominado en otras ocasiones como mi oficio de tinieblas.

alimdiego.wordpress.com

[1] Pedro Caffarel, El verdadero Manuel Acuña (México: Imprecha, 1984). Véanse además Alicia Romero Chumacero, “Laura Méndez y Manuel Acuña: un idilio (casi olvidado) en la República de las Letras”, en Fuentes Humanísticas (México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2009) vol. 21, núm. 38, pp. 23-39; además de Ángel José Fernández, “Ensayo de una poética para Laura Méndez de Cuenca”, en Literatura Mexicana (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2013) vol. 24, núm. 1, pp. 45-63.

[2] Efrén Ortiz Domínguez, “Estudio introductorio”, en Agustín F. Cuenca, Obra literaria (México: Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, 2014).

Dos poemas de Frank Lima

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El Bronx

I hate the Orient in the morning. The kisses are too slow, like breaking of smallpox and the women who have three tits struggle

from one continent to another:

 

Everything trembles in this building when the lovers fuck. They

think they´re putting the salt back in the sand. And the tenants

wonder about the dogs at dawn that rest like the wind on

a gleaming taxi. Why should I leave this swamp? The showers are

relentless, and the water is always hot, as hot as the three small

closets that we have full of show worshipping the small clouds of

underwear, the butterflies of smoke.

 

 

El Bronx

Odio el Oriente al amanecer. Los besos son tan lentos como los brotes de viruela y las mujeres de tres tetas, que torpes

se desplazan de un continente a otro:

 

Todo tiembla en este edificio cuando los amantes cogen. Creen

que le están devolviendo la sal a la arena. Y los inquilinos

se preguntan por los perros que al amanecer descansan como el viento

en el destello del taxi. ¿Por qué habría de dejar este pantano? El agua

de las regaderas es incesante, siempre está caliente, tan caliente como los tres armarios que tenemos repletos de zapatos y que loan a las pequeñas nubes de ropa íntima como mariposas de vapor.

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Hotel Park (Oriente, Calle 110)

 

Mis dedos

estallando con ojos te tocan

en un mar de espumeantes

sábanas

Marco un chupetón en tus muslos

esponjosos

estampo besos gruesos

en tus labios inflamados

tu lengua chapotea en mi oído

Soy el rey del techo

 

La cama zumba de gemidos

mi nariz hormiguea

en los pelitos de ratón

de tus pechos de botella de bebé

que bailan con los resortes

de tu monte enredado

escurre el rocío de la noche

atornillado a mi lomo

como religión

 

Entonces

siniestra segundos

tapan

los relojes de arena

el hedor del amor cuelga del cuarto

como una playera sucia

nos vamos

pero charcos de vida quedan

detrás

del enchufe peludo

huele a milagro

tenemos diez y seis años

Traducción: Yasmín Rojas

 

*Los poemas forman parte del #14 de la revista El corno emplumado, correspondiente a abril de 1965.

Noche de brujas: la muerte de la madre en dos poetas, M.M y O.O

Eloísa del Mar Arenas Torresdey

 

“Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al

alba luminosa”

Alejandra Pizarnik

“La naturaleza las hace brujas…”

Jules Michelet

 

Es tiempo de cosechas, los frutos se recogen y se celebra que estamos vivas. Una atmósfera melancólica nos rodea pues los rituales para la fiesta de Todos Santos ya comenzaron. Se abren los umbrales para la visita de nuestras fieles difuntas que llegan con el viento blanco de los primeros fríos. Como es tiempo de reflexión y agradecimiento a la madre tierra, dadora de vida y devoradora cruel, me parece buen momento para hablarles de mis dos abuelas adoptivas, mis poetas brujas, las que invaden mis sueños y me murmuran al oído las palabras hechizo. Contaré un poco sobre mis encuentros con ellas, el asombro que me producen su obra y vida, y con suerte, despierte en ustedes la curiosidad lectora.

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Leer los poemas de Margarita Michelena es asomarse a lo infinito en toda su siniestra soledad, contemplar la belleza terrible de la noche que habitamos y en su música vislumbrar apenas el misterio de nuestro origen nunca revelado. Vocación de poeta, Michelena asumió su destino de inefables vuelos aperlados y descensos contemplativos, la luz de su canto entre tinieblas, su voz que nombra lo desconocido mientras lo oculta: “La poesía es el instrumento revelador por excelencia, pero la desdicha es que nunca llegas a la verdad final, absoluta, aunque aspires a ella.” (entrevista con Cristina Pacheco, p. 320). A sabiendas del designio, entre embeleso y terror, Michelena me hace ver:

Una estrella de alta combustión.

Una cosa purísima, innombrable.

La construcción de los versos de Olga Orozco es monumental y serpentina, con sus ojos inmensos, es Reina de las Sombras, la seductora de largo aliento. Su universo poético trasciendió los límites de la hoja e impregnó todo aquello que la rodeaba, para multiplicar, incansable, “las posibilidades del yo”. Magia y escritura: hizo adivinación sobre su destino con la cartomancia, los cadáveres exquisitos, las sopas de letras y las máscaras; se vistió de noche para construir castillos a las hadas, domadora de lagartos e incendios; ella es el ser lírico por excelencia, conocedora y nostálgica de su prolongación.

Primero conocí los versos de la poeta argentina, Olga me habló de la víspera de su muerte desde ultratumba pues fueron los Últimos poemas (2009) donde por primera vez escuché su voz. Al poco tiempo, comencé a leer a Margarita y recuerdo que los poemas “Dualidad” y “A mi hijo sin vida” me mostraron zonas antes no exploradas en mi experiencia lectora.

Mi primer descubrimiento, un tanto irrelevante si ustedes gustan, no deja de ser interesante y aportar, al menos, pistas sobre el espíritu de época que marcó nacimiento, vida y muerte. Ambas vivieron en dos latitudes distintas, pero casi los mismos años: M. M. nació un 21 de julio de 1917 en Pachuca, Hidalgo (celebramos el centenario de su salida a la luz “en un mundo enemigo / jubiloso y extraño”); a los 81 años murió en la Ciudad de México, un 27 de marzo de 1998 (el año entrante se cumplirán dos décadas de la “fecha oscura” sobre su frente). O.O. nació en Toay, La Pampa un 17 de marzo de 1920 (presumiendo vida y salud, pronto alcanzamos la conmemoración de sus cien años) y a la edad de 79 entró en el “sueño perdurable”, un 15 de agosto de 1999, en Buenos Aires.

En pleno término de la Segunda Guerra mundial, las dos comenzaron a publicar muy jóvenes: nuestra poeta mexicana en 1945, Paraíso y nostalgia; Orozco en 1946, un poemario titulado Desde lejos. A partir de entonces, su trayectoria poética labró gloriosos caminos lejos de los reflectores y, sin embargo, ambas fueron consideradas verdaderas poetas dentro de un ambiente literario donde los hombres predominaban.

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En Los juegos peligrosos (1962), de Orozco, hay un poema que se titula “Si me puedes mirar” en el que la hija poeta, “desamparada criatura”, habla a su madre muerta en busca de protección y guía: “Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana”. En el poema, la madre ausente habita otra dimensión inaccesible a la hija y, sin embargo, acude a consolarla en su lamento:

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,

sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,

o me ordenas las sombras,

o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado

cualquier día,

o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.

Por otra parte, Michelena escribe “Lección de cosas”, un poema en tres cantos dedicado a su hija Andrea y publicado en El país más allá de la niebla (1968). Es al inicio de la tercera parte donde la voz de la madre poeta, “inextinguible espiga”, le anticipa a su hija el suceso de su muerte. El ritmo es lento, el tono grave, versos endecasílabos y eneasílabos hermosamente dispuestos transmiten la trágica e inevitable noticia:

… Sobre mi frente

hay una fecha oscura, hay una hora

de soledad, hay una noche

aguardándome encima de los ojos

y que habrá de bajar a devorarme.

Al cierre del poema, la voz de la madre se sobrevive en las palabras y trasciende también el poema mismo en la corporeidad de la hija:

Nunca te diré adiós. Yo no podría,

viéndote, dulce hazaña del rocío,

inscrita en la belleza de las cosas,

despedirme, en la muerte, de mí misma.

Es importante señalar la sincronía en los dos poemas, aunque la hija poeta cante a su madre para revivirla en las palabras y la madre poeta cante a su hija para mantenerse viva, ambas disponen un orden de cosas en donde contemplamos la eternidad enraizada en sí mismas y conscientes de la continuidad de su sangre en los tiempos, deciden nombrar el misterio que las envuelve. Son suyos los dominios de lo poético, brujas de la palabra reaparecen apenas se las lee, nos invade su espíritu para revelarnos la fugacidad y permanencia de nuestro ser y el poderío de la madre más allá de la muerte.

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Referencias:

Michelena, Margarita. (1996). Reunión de imágenes.

Orozco, Olga. (2009). Últimos poemas. Barcelona: Bruguera.

                          (2012). Poesía completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

Pacheco, Cristina. (2001). Al pie de la letra. México: Fondo de Cultura Económico.

 

 

Distante

Iván Partida

Aquel primero de septiembre desperté con la pesadez y los nervios del viajero novato que está a punto de salir de su país. La odisea era la siguiente: de Xalapa, Veracruz me transportaría al aeropuerto internacional de la ciudad de México, de ahí esperaría unas 3 o cuatro horas para tomar un avión que haría escala en Chile para, al cabo de otro puñado de horas, volar hasta Córdoba, Argentina.

Los aeropuertos internacionales son una torre de Babel del siglo XXI; las nacionalidades y los idiomas caminan, se cruzan, chocan, se disculpan y siguen su camino, se sientan en las mesas de fast food, beben coke, diet coke, zero coke, comen burritos-wraps vegetarianos , o se instalan con gritería infantil a rendir culto a Ronald McDonald.  En esta nueva Babel se puede llegar al cielo otorgando una hecatombe monetaria a los sacerdotes del culto aeronáutico.

Mientras esperaba el despegue cambié mis pesos por la lingua franca del mundo, el dólar. Comí un wrap y esperé. En esa mesa pasaron hombres silenciosos, una familia española con insoportables niños pequeños, una francesa de inglés rudimentario y que, apenas agotaba sus recursos lingüísticos anglosajones, se limitaba a sonreír. Acaso el mayor incidente fue escuchar a una mujer mayor, mexicana, que le contaba a otro mexicano más joven sobre los motivos de su viaje: tenía un hijo de cuarenta años con un tumor en el cerebro en alguna ciudad de España e iba a reunirse con él para ayudarlo, o quizá, pensé, para decirle adiós.

Pequeñas anécdotas sin importancia llenan el viaje: una niña vomitó y fue convocado un médico entre los pasajeros para que la revisara, cambiaron tres veces la puerta de embarque en Chile y los que viajábamos  hacia Córdoba nos convertimos en manada nómada y quejosa que se movía pesadamente de un lado a otro, jalando maletas, niños y nuestra propia masa corporal magullada por las ocho horas de vuelo. En ese pequeño incidente atestigüé en vivo la furia argentina llena de reclamo italiano mezclado con el muy hispánico “hijodeputa”. Al final, ya en el aire, todos iban calmados y en silencio mientras las turbulencias azotaban el avión en el trayecto a Córdoba.

En Córdoba Capital saltaron más las cosas parecidas a México que lo diferente. En mi primer recorrido para conocer la Universidad donde realizo la Estancia bibliotecaria vi basura producida por las jodas (fiestas) del fin de semana, gente que no respetaba los semáforos y cruzaba la calle con la destreza y seguridad de las gacelas, estudiantes jalando maletas para ir a sus pueblos o regresando de ellos, perros callejeros, vegetaciones propias de climas áridos y agrestes; me sentí como en casa, unido por ese cordón de plata que evita que el cuerpo y alma se separen durante los viajes oníricos.

Pero, claro, hay diferencias entre México y Argentina. Acá (ellos dicen “Acá” y pocas veces “Aquí”) los refrescos son gaseosas, fajar es robar y franelear es nuestro fajar, el camión se dice colectivo o bondi, mamada es pete, el hueso de la aceituna se dice carozo; el desayuno habitual consta de dos medias lunas (cuernitos pequeños), un café con leche, un jugo de naranja, una medida de manteca y una de mermelada o dulce de leche (pedir cajeta en estas tierras es como pedir panocha en México).

Anécdotas dialectales aparte, jóvenes y adultos argentinos tienen un tema pasional en su vida, incluso más que el futbol: la política. La gente por acá tiene la polémica en su sangre: peronistas, kirchenristas, macristas y otros tantos que desconozco. Acaso las heridas dejadas por la dictadura han vuelto al argentino un ciudadano preocupado por vigilar a sus gobernantes. El mexicano promedio conoce alguna cosa de política, sobre todo cuando se hacen los circos para las elecciones presidenciales; pasados esos shows mediáticos, vivimos en el descontento y en la indiferencia ante las bestias que nos gobiernan pero, sobre todo, ante la polémica política ―que no tiene mucho que ver con la grilla o las acusaciones estúpidas entre cabecillas de partidos o entre títeres contrahechos que presiden los municipios o las zonas de las grandes ciudades―, con la tradición de cada partido y sus acciones en la vida del país. Ya sea derecha o izquierda, los argentinos entran con discursos fuertes en la palestra de la política en la vida cotidiana, en la charla familiar o la lucha de las redes sociales y comentarios en foros de internet.

Justo un día antes de mi llegada hubo protestas en varias ciudades del país, incluida la Nacional de Córdoba, por el retorno de un fantasma que se aferra en la memoria colectiva de esta nación: el caso Santiago Maldonado. Desconozco los detalles, sólo sé que era un artesano y tatuador que desapareció durante un operativo de represión a la comunidad indígena de los mapuches, quienes reclamaban la propiedad de tierras en la provincia de Chubut, bajo la ocupación del Grupo Benetton (el de la ropa). La imagen de Maldonado y el escándalo que ha significado su desaparición, el reciente descubrimiento de su cadáver en las aguas del río Chubut, la autopsia y los reclamos por una versión oficial de los hechos que “no acaba de cerrar”. Las protestas por su muerte y los manejos poco claros son las llamadas de atención de una ciudadanía que no ha olvidado el terror de las bombas de la plaza de mayo en 1955, la furia del grupo guerrillero Montoneros que ejecutó al  expresidente Aramburu en 1970, o la sublevación que seis años después instalaría el terror fascista tras el derrocamiento de Isabel Perón con el Proceso de Reorganización Nacional. La ciudadanía argentina joven conoce el miedo por boca de los padres, de los hermanos, porque, en ocasiones, hay ramas amputadas en su árbol familiar, en el de un amigo o de un conocido; por eso no puede ser indiferente a la política, a las disputas del poder y los cambios ideológicos de su sociedad. Cerrar los ojos ante la política sería callar y conceder la posibilidad de otro infierno.

Otra cosa de Córdoba: hace mucho no sentía la seguridad de caminar a medianoche por la calle, de no leer en los periódicos sobre decapitados y temer encontrar la muerte en una balacera azarosa. Crimen y puñaladas hay por todos lados, como buen mexicano que soy no dejo de mirar de reojo a la persona que va detrás de mí, trato de caminar por las calles más iluminadas y concurridas y guardo mis objetos de valor lo mejor que puedo.

En este lugar tan distante, a 6,650 kilómetros más o menos de la ciudad donde vivo, he encontrado a gente que me ha tendido la mano y me ha hecho sentirme menos solo, menos ajeno de todo lo que me rodea. El hostal donde vivo (jóstel, pronuncian acá) es un sitio de vivienda y paso de gente variada, por ejemplo, en estos casi dos meses que he vivido como pensionado en un cuarto de nueve camas conocí a dos venezolanos, un colombiano, un gringo al que le robé la cama en una borrachera furiosa, a un chileno, un ecuatoriano, una española, y un brasileño. Quizá más nacionalidades que no recuerdo, porque a veces los extranjeros duermen una noche, unas horas apenas, y desaparecen con la luz de la mañana.

No siempre hay aventuras graciosas en esta vida comunal que llevo en Córdoba, una semana me tocó dormir con un mitómano que decía que era cardiólogo, radiólogo, infectólogo y economista, y que estaba dispuesto a contarle su vida a todo ser vivo que tuviera el infortunio de mirarlo a los ojos más de cinco segundos; los ojos de ese hombre, natural de Buenos Aires, buscaban gente distraída para atacar: una vez desperté, giré la cabeza a la derecha y vi como el hombre me miraba fijamente, así que corté la comunicación dándole la espalda y regresando al sueño. En esa misma época una muchachita chilena que estudiaba medicina se instaló un par de días en la cama baja de la litera donde duermo, ahí creó en un minuto un ecosistema de ropa, libros, maquillaje y perfumes que desbordó los límites de su colchón e invadió las camas vecinas. La chilena, supe después, había sido expulsada de otro lugar y no tenía a donde ir, al final pudo más la cordura y le pidieron que se fuera al cabo de tres días. Ella, aferrada, duró en el hostal hasta el último minuto que pudo, se escondió en la terraza primero, cuando la descubrieron, dijo que iba a recoger sus cosas, se agazapó en las sombras del cuarto de nueve camas y comenzó a doblar sus playeras de tal forma que tardó una hora más. La chica se fue a las ocho de la noche, cargando sus maletas, supongo, y buscando algún otro incauto que le diera asilo. El tercer personaje de esa época dura fue una mujer que cargaba un demonio y que pretendía exorcizar con litros de cerveza, era desalentador ver bajo su cama las caguamas vacías y  ella arriba, dormida, como en un nido de vidrio opaco.

La vida nómada tiene muchas aventuras, pero no me gustaría seguir ese camino, soy un hombre árbol y cada trasplante significa un proceso doloroso del que tardo en recuperarme. A estas alturas extraño mi hogar, mi familia, mis amistades, a mi novio y mi poder adquisitivo, para mí la vida en Argentina es una vida distante, vivida por otro; acaso mi cuerpo está aquí, con los estudios, las fiestas, las aventuras, pero mi alma está allá, en mi hogar, en la casa materna frente al mar, en el frío lluvioso de la montaña xalapeña, en un país que se desmorona y al que estoy unido por un precioso hilo de plata, a pesar del dolor, a pesar de la distancia.

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