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LEPISMA

Creación y crítica literaria

El arte para Andrey Tarkosvki: anhelo por el ideal

Víctor Hugo López Ortega

 

El arte nace y se afirma ahí donde existe una sed insaciable e intemporal por lo espiritual[i]

 

Andrey Tarkovski, uno de los más reconocidos cineastas a nivel internacional. Además de sus obras cinematográficas sumamente destacables, dejó como herencia al campo artístico en que se desenvolvió una serie de textos magníficos incluidos en el libro Esculpir el tiempo. El primer capítulo aborda los comienzos del Director ruso, el segundo -el cual se detallará en este escrito- tiene como título El arte, anhelo por el ideal, en el que el cineasta expone, de manera breve pero muy concreta, lo que entiende por arte, en específico por “arte cinematográfico”, concepción que sin duda se ve reflejada en cada una de sus películas y brinda una pauta para una mejor apreciación de las mismas.

Para definir cuál es el fin último del arte como tal, el ruso se plantea inicialmente tres preguntas: ¿Por qué existe el arte? ¿Quién lo necesita? ¿Alguien de hecho lo necesita? Inmediatamente la asociación remite a pensar en el poeta y en todo artista, sin embargo, al involucrar a todos los interesados en el arte, ya comienza a considerarse la figura del “consumidor” de arte, es decir, quien lo percibe y aprecia sin haberlo creado, así como aquellos que están implicados en relaciones de comercio de las obras de arte.

Tarkovski asume que el fin del arte “es explicar, al artista y a los demás, por qué se vive, cuál es el sentido de la existencia. Explicar a la gente la razón de su existencia en este planeta o, si no explicarlo, al menos preguntarlo”.[ii] Se refiere al arte sólo como creación, a aquel cuya finalidad principal del creador radica en hacer una obra de arte, y excluye momentáneamente al que tiene como principal objetivo ser vendido.

Inmediatamente incluye referencias a Adán y Eva funcionan para poner en escena el cómo tras haber mordido la manzana del Árbol del Conocimiento, la humanidad quedó “condenada a buscar la verdad perpetuamente”[iii]. La historia bíblica es muy conocida y la seriedad que a nivel de premisa le da Andrey Tarkovski, reflejan el conocimiento del cineasta ruso sobre la religión -presente en varias de sus películas- así como sus creencias. De esta verdad en falta que no cesa de buscarse, deriva la ciencia y una pluralidad de disciplinas y prácticas que tienen como objetivo elaborar un discurso que aclare los misterios del universo, siendo uno de los más grandes la existencia y naturaleza del hombre.

Andrey tiene la idea de un hombre con un “yo” en desarrollo, siempre buscando vincularse con un “universo exterior”, y es la búsqueda de esta unión un factor que influye en la eterna insatisfacción del hombre, una búsqueda que si bien, no brinda respuestas, sí logra evidenciar la carencia de un “yo pleno”. En esta tarea el arte y la ciencia son medios para apropiarse del mundo en busca de una verdad absoluta, teniendo en la tarea de “descubrir” una gran similitud, mas la diferencia que se establece entre ambas es que el arte no sólo descubre, también crea. De esta manera, para Tarkovski el cineasta establece dos formas de conocimiento: el científico y el estético.

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Una vez demarcado el campo artístico dentro de lo estético, se describe el quehacer del artista, el cual se expresa a través de imágenes, las cuales “mantienen una percepción del infinito: lo infinito dentro de lo finito, lo espiritual dentro de lo material, la inmensidad a través de la forma[iv]“. Cumpliendo estos requisitos, el arte se convierte en “un símbolo del universo”. A pesar de que el infinito no puede ser materializado, se puede crear una ilusión a través de la imagen, siendo esta la imagen artística, logrando aludir lo absoluto por medio del acto creativo, y sobre todo, como señala y remarca Tarkovski, a través de la fe, tema recurrente en filmes como Stalker, El sacrificio y Nostalgia. A su vez, el arte funciona como una forma del lenguaje que permite a los hombres intentar comunicarse entre sí, dando cuenta de su realidad. El arte, alejado de beneficios prácticos como la ciencia o su propio comercio que beneficia monetariamente, se trata de sacrificio, siendo este sacrificio la realización de la idea de amor. Andrey critica al artista moderno, quien ya no quiere hacer ningún sacrificio, quien ya no quiere ser un servidor en deuda -la función del artista es crear, antes que vender- y ve en el artista moderno una crisis que lleva a perder el sentido que el arte otorga a la vida humana. Si “la verdadera afirmación del yo sólo puede ser expresada mediante el sacrificio”[v], traduciéndose como acto de amor, no sacrificarse es olvidarse de la esencia del arte. Respecto a la idea de “sacrificio” retornará en capítulos posteriores, dotándola de un sentido más religioso y haciendo claras alusiones a su último filme, que ya desde aquí puede pensarse.

En este sentido, la comprensión de la imagen artística implica además de la aceptación estética, la percepción del sacrificio, provocando un impacto emocional aun cuando el receptor no esté de acuerdo con el punto de vista del autor, porque en la imagen artística el artista “nos revela su mundo y nos fuerza a creer en él o a rechazarlo como algo inútil”.[vi]

Tarkovski menciona sin profundizar la idea del poeta como portador de la imaginación de un niño.[1] Esto lo toma como pretexto para posicionar al poeta no como filósofo ni científico, sino como alguien que toma parte de la creación del mundo, mas no de su simple descripción e interpretación. Referente al arte cinematográfico, Andrey Tarkovski comienza a mostrar su postura que servirá como base a su idea del “Director” como un artista cuyo trabajo fundamental es “esculpir el tiempo”. Una vez habiendo introducido lo que entiende por arte y por imagen artística, señala que en el cine lo fundamental es hablar “a través de las imágenes vivas y no de argumentos”,[vii] teniendo como consecuencia la persuasión emocional, siendo que “la imagen existe como una manera de aprehender la realidad a través de la voluntad”.[viii]

El cine no ha existido siempre, y el ruso lo tiene presente, cuestionándose al respecto el porqué existe el cine y los motivos que llevan a las personas a las salsas para mirar las películas. Sus reflexiones sobre este tema las desarrolla de manera más minuciosa en el capítulo tres, titulado El tiempo impreso. Previamente, se limita a establecer una relación entre el cine y la literatura, siendo dos artes que se dedican a tomar elementos de la realidad y organizarlos, pero mientras para la literatura es necesario usar “palabras para describir el mundo”, el cine no requiere utilizarlas, menciona el cineasta: se nos manifiesta directamente[ix]. Hace referencia a Luis Buñuel -artista ampliamente admirado por Tarkovski- para mostrar ejemplos de cómo la imagen se convierte en un símbolo, e inclusive la obra de un Director, adjudicándole al español un cine que representa el “anticonformismo”, y del lado de la literatura, plantea la posibilidad de pensar en dos personajes de Cervantes como símbolo de la nobleza (Don Quijote) y del sentido común (Sancho Panza), buscando sustentar que una imagen común es un símbolo, pero una imagen artística es un símbolo universal, como los claros referentes de Cervantes que han trascendido a nivel internacional.

La noción que Andrey Tarkovski tiene sobre el arte es notoria en cada una de sus películas, de igual manera los principios que enuncia respecto a la labor del artista cinematográfico. Entiende el cine como un nuevo principio estético propio del siglo XX, como arte que busca ampliar las experiencias vitales de una persona, persuadirlo emocionalmente, y estando de acuerdo o no con lo que cada Director plasma en sus obras -porque siempre es válido estar en desacuerdo con el autor- cuestionarlo respecto a la posición del hombre en el universo, haciendo presente la eterna duda de la existencia y naturaleza del ser.

Tarkovski defiende un cine muy particular, el ahora popularmente llamado “cine de autor” y por muchos también “cine de arte”, que en la actualidad llega a agruparse hasta con el cine independiente y experimental que de alguna manera escapan a los estatutos de algunas grandes producciones norteamericanas que tienen como principal objetivo entretener en un promedio de dos horas al espectador, a tal grado de dividir una obra en dos, tres, cuatro u ocho partes para continuar con el formato de duración al que se ha adecuado la audiencia y tener un mayor impacto en taquilla. Esto tan característico del cine actual, no lo enunció el cineasta ruso, sin embargo, parecía vislumbrar el futuro de este cine, siendo un fuerte crítico en su momento.

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Evidenció el crecimiento y aceptación desmedida hacia el cine al que llamó “superficial” por no realizar ese “sacrificio” de amor que se traduce en arte, y por estar repleto de clichés, recurrir a la repetición, en lugar de construir símbolos propios que busquen convertirse en simbolos que hagan referencia a los universales y, sobre todo, cuestionar al espectador. Así, Tarkovski vivió su carrera cinematográfica defendiendo una postura, la de asumir la cinematografía como un medio para crear arte, criticando el cine destinado únicamente a la producción de obras para el ocio; convencido de que el cine debe ser “un medio para explorar los problemas más complejos de nuestro tiempo”.[x]

 

  • Todas las citas son tomadas de: Tarkovski, A. (2013) Esculpir el tiempo. México: UNAM, Centro Universitario de Estudios Cinematográficos

[1] Sigmund Freud aborda el tema de la creación literaria desde la perspectiva del psicoanálisis en su texto de 1908 titulado El creador literario y el fantaseo.

[i] Ibidem, p. 45

[ii] Ibidem, p. 43

[iii] Idem

[iv] Ibidem, p. 44

[v] Ibidem, p.46

[vi] Ibidem, p.48

[vii] Ibidem, p. 56

[viii] Ibidem, p. 62

[ix] Ibidem, p. 69

[x] Ibidem, p. 89

Élites y piojos

Alejandro Solano Villanueva

En la literatura, en el arte en general, en la crítica literaria y artística —me atrevo a decir que en la vida misma— hay una tendencia recurrente a delimitar las obras de acuerdo con un canon específico. Todos lo hemos hecho. Apelamos a lo “clásico” como mero modelo de comparación. Desde ese horizonte suelen hacerse juicios de valor no siempre favorables para la obra o para el autor. Los que nos dedicamos a esto, nos mentimos aludiendo la completa objetividad de nuestro juicio; nos justificamos con nuestros conocimientos supuestamente superiores en cuanto a teorías y modelos canónicos, parloteamos con un montón de conceptos grandilocuentes y ambiguos; para acabar la faena, recurrimos a lo “clásico” de tal modo que pruebe nuestro punto de vista. Así es como nos concebimos, como una especie de élite dentro de la cultura o de las letras o de las artes. Y la verdad es que muy pocos de nosotros sobrevivimos a la prueba del tiempo, que no es más que la trascendencia del pensamiento, es decir, terminamos sucumbiendo ante los juicios de una élite que está por encima de nosotros mismos. Al final, fingimos que siquiera estamos cerca de ella, pero en el fondo sabemos que no es así. Los más cínicos se rinden. Los demás acaban de becarios.

            Hace poco me invitaron a un bar en Xalapa a escuchar un tributo a Caifanes. No soy fan ni nunca lo he sido, pero sucumbí a la presión social. En la entrada del lugar hay una placa que dice, parafraseando, claro, “si a ti te gusta el reaggetón, la bachata, la banda… y todas esas mamadas, este lugar no es para ti. Aquí sólo se admite a auténticos roqueros, quienes conocen el auténtico valor de la música, bla, bla, bla.” Personalmente, desde antes de entrar, me sentí agredido, no porque sea un ferviente seguidor del reaggeton, sino porque me parecía que esa placa establecía un nivel de elitismo. En automático, todas las formas de música popular eran denostadas, así como sus seguidores, quienes, con la misma lógica, no conocen ni aprecian la verdadera música. Incluso adentro del lugar siempre me sentí incómodo: el mesero no nos quiso atender porque no teníamos reservación, los tragos eran caros y de poca calidad, había mantas insistiendo en el elitismo del rock. Una monserga. La banda tocó bien, hay que aceptarlo. Eso no le quitó lo mamón al lugar.

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Casi al final de la noche, un cover de Juan Gabriel le da al traste al elitismo. La gente canta a todo pulmón, celebran la composición popular. Lo cual puede tener dos lecturas: por un lado, la gente ahí presente cree que esa canción tiene mayor valor porque es una versión roquera; por el otro, puede que se trate de una reacción festiva no esperada por el elitismo, una reacción de la masa que se siente identificada con el cantante popular, con la composición en sí, independientemente de que sea rock o cualquier otro ritmo o género musical.

            En todas nuestras estructuras sociales hay élites. En la mayoría de las personas hay una tendencia a acercarse a ellas de algún modo. Lo observo con mis alumnos, por ejemplo, quienes compran su café en el Starbucks. Para ellos no es importante el producto en sí, sino el establishment, los puntos sociales que supuestamente ganan por comprar en esa y no en otra tienda de café —considerando que en Xalapa hay mucho mejores cafeterías—, es decir, con ese acto que parece minúsculo ellos logran acercarse un poco a la élite social a la que aspiran. Piénsese también en la política, por ejemplo; por más luchas sociales, por más movimientos ciudadanos, por más gritos y manifestaciones, hay un sistema que prohíbe que cierto tipo de personas accedan al sistema político, que puedan ser elegidas. Es triste cuando un movimiento social no es más que un intento por acercarse a la élite. Caso del movimiento “Yo soy 132”, del cual ya sabemos en qué acabó.

            Si algo he aprendido en estos años es que ni el mar es democrático, como alegaba Neruda —ahí están las playas privadas—; ni la muerte, como recita el dicho popular —hay de velorios a velorios, de nichos a nichos, de tumbas a tumbas—. Creo que lo único verdaderamente democrático, que no atiende élites ni riquezas son los piojos, sí, los piojos. Pregunte en cualquier escuela privada. Los piojos siempre están ahí para recordarnos que al final de cuentas sólo somos criaturas en el mundo.

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Saulo en el XXI

Iván Partida

 

Hace pocos días vi I Am Michael, película del 2015 dirigida por Justin Kelly en la que James Franco interpreta a Michael Glatze, un comprometido  activista por los derechos de los homosexuales que, tras creerse atacado por un mal cardiaco hereditario, decide dejar atrás la vida gay y abraza las enseñanzas bíblicas y la vida cristiana. La anécdota está basada en un caso real recogido en el artículo “My Ex-Gay  Friend” de Benoit Denizet-Lewis.

Glatze, plantea la película, fue devorado por un vacío espiritual que la vida nocturna y su relación poliamorosa no pudo llenar. La muerte tocó a su puerta en forma de falsa enfermedad y los ataques de pánico que experimentó al sentirse cerca del abismo lo llevaron a buscar respuestas en uno de los libros más conocidos de occidente. Su conversión y el seguimiento casi fundamentalista de los preceptos bíblicos lo llevó a aborrecer su orientación sexual y a “no identificarse más como gay”. I Am Michael  no plantea la historia de un hombre que se volvió feliz por encontrar a Dios, tampoco un hombre que tomó un camino equivocado al zambullirse a la vida religiosa y luchar contra sus pulsiones sexuales, más bien retrata el sentimiento de desolación que experimentan las personas sensibles, con inquietudes diferentes a las de sus contemporáneos. La vida de activismo, bares y amor humano era incapaz de repeler el temor hacia la muerte, el eros era vencido por el tánatos.

La experiencia de Michael Glatze es como la conversión de Saulo en el camino de Damasco: una voz lo detuvo y le dio un giro total a su vida.  Antes respiraba pasión por el mundo gay, pero después de la voz de la muerte, el activista sólo podía expeler fervor por lo espiritual y odio hacia los homosexuales. Probablemente Glatze probó su nueva fe al rechazar el contacto masculino, al alejarse de la felicidad de una pareja gay tomada de la mano. El protagonista es contradictorio y humano porque no rechaza todo lo carnal: se enamora de su compañera de estudios bíblicos y va de la mano por los jardines del recinto, sin embargo no lo vemos en alguna intimidad satisfactoria con mujeres. No es un asceta, pero tampoco es un mujeriego. Acaso el  mayor logro de la cinta reside en mostrarlo como un hombre atormentado, pero decidido.

Esa historia pasó en los 90’, década en que la comunidad queer se sobrepuso al flagelo de la epidemia del VIH y no detuvo su empeño en conquistar visibilidad y aceptación social. La gesta por la inclusión llevó a la instauración del gran derecho que, ciertamente, coronaba la lucha que inició el 28 de junio de 1969 en el norteamericano bar Stonewall: el matrimonio igualitario (mal llamado matrimonio gay). Una vez que el debate sobre las uniones entre personas del mismo sexo tomó su punto más fuerte en Estados Unidos en el 2008, las organizaciones más conservadoras de las naciones latinoamericanas decidieron unir fuerzas para realizar campañas en su contra: sabían que tarde o temprano los estadounidenses fallarían en contener la aprobación de ese derecho y pronto el debate comenzaría en sus territorios.

Cuento todo esto porque la película de Kelly me hizo recordar que conocí un Saulo del siglo XXI, y creo que el contexto de luchas políticas y sociales que avivó a los conservadores tiene un papel importante. Saulo ―así lo llamaré― estaba en una página de citas popular entre los hombres antes de la aparición del Grindir. En esa época de principios del siglo XXI, recibí un mensaje proveniente del perfil de Saulo: terminamos en mi cama, no recuerdo cómo. Horas antes de caer sobre las sábanas, al verlo por primera vez, sentí un poco de temor porque no creí que tuviera más de 15 años. Saulo me mostró su credencial de elector para confirmar que lo que estábamos por hacer era legal. Durante varios años sostuve sesiones esporádicas con él, desde el 2007 al 2013 para ser exactos. De vez en cuando platicábamos por messenger, primero, y después por Facebook.  Hasta donde alcancé a ver, Saulo era un muchacho retraído que intentaba ser alegre pero siempre terminaba por caer en la melancolía; tenía mala suerte en el amor porque era delgado, enjuto, moreno, de cabello lacio, cara pequeña, nariz tosca y voz apagada. Los únicos hombres que lo tocaban eran los muchachitos de su barrio que le sacaban dinero a cambio de favores. Saulo tenía problemas en su casa por el divorcio de sus padres y el desprecio de su madre y su padrastro a causa de su notable amaneramiento. Jamás me contó sobre su vida escolar, pero creo que debió ser la misma historia. La ciencia dura y los postulados foucaultianos fueron un consuelo en el que se refugió largos años; incluso trató de predicárselos a sus padres: en algunas sobremesas leyó fragmentos de Historia de la sexualidad y de Vigilar y castigar para que entendieran, no para educarlos académicamente, sino para que lo entendieran. Aquello  fue prédica en el desierto.

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Bartolomé Esteban Murillo. La conversión de San Pablo. Museo del Prado.

Una vez lo vi de lejos, había tratado de ponerse guapo rizando sus cabellos y ajustando su ropa al cuerpo, lamentablemente el estilo no le favoreció. No sé si siguió alquilando novios, yo lo veía por mero placer al cuerpo, pero tampoco lo consideré alguien interesante, atractivo o excepcional, aunque en el fondo me agradara. La última vez que estuvimos abrazados durante unas horas en mi habitación, me comentó que estaba llevando un tratamiento antidepresivo y que le pidió a su médico alguna forma de castración química: no quería sentir más deseo sexual. Desconozco qué golpes fue recibiendo Saulo en el camino de Damasco de la vida, pero estoy seguro que algunos fueron tan duros que acabó por perder la confianza de Foucault y, sobre todo, en la comunidad a la que pertenecía. Imagino el cuadro: los gays lo despreciaban por no llenar los requerimientos mínimos de belleza, por no ser una perra que tronara los dedos al aire, por no tener dinero o habilidades verbales, por carecer del porte del macho, por tener acento de barrio y no tener pecho y abdomen montañosos. Su  familia lo despreciaba por ser el hijo débil y afeminado, la iglesia a la que iba los domingos lo condenaba cada tanto, sobre todo, imagino, cuando la amenaza de matrimonio igualitario iba acercándose como las nubes que presagian la tempestad. En medio de todo eso, del odio, la indiferencia y el dolor, Saulo fue llamado.

Sucedió lento, como la caída de la miel que se adhiere al frasco: la voz de la Iglesia católica lo llamó, lo sacó de la ruta de Damasco que lo precipitaba hacia el fin y le tendió los brazos. Saulo quizás dudó, pero al final abrió los suyos y se unió a ella. Ahora el pequeño Saulo no es más un niño: tiene un trabajo estable, su familia lo quiere, ha encontrado paz en la Institución eclesiástica, ha encontrado paz en los discursos de odio contra el matrimonio igualitario, contra la gente transexual, contra la marcha queer. El odio lo ha religado con lo más conservador de la Iglesia católica, odia con sus amigos, con sus guías espirituales, con sus compañeros en los retiros. Ama lo bello de la vida y odia lo diferente, odia y ama, se ha vuelto un cruzado de Cristo contra la herejía del siglo XXI, se ha vuelto mi enemigo. Aun así, me gusta ver vivo a Saulo, el odio lo ha salvado de su propia destrucción. En algún punto siento que también fue mi culpa, que fui parte de esa pared de carne humana con la que se topó. Por ese motivo, y por otros, no lo he abandonado. A veces platicamos, nos peleamos, nos miramos con desprecio y tristeza. Pero siempre nos miramos, como en un espejo; tal vez pensamos que el otro es una imagen de lo que pudimos ser si nuestra vida hubiera tomado en un camino distinto, si nuestro cuerpo y nuestra piel fuera diferente, si nuestras familias hubieran sido otras.

Bañarse en las aguas del Erdre

 

~Yasmín Rojas

 

“Pálida por la frente

Sobre los huesos fina

Triste en las sienes

Fuerte en las piernas

Blanda en las mejillas

Y vibrante

Caliente

Llena de fuegos

Viva

Con una vida ávida de traspasarse,

Tierna

Rendidamente íntima

Así era tu piel

Lo que tomé

Que diste”

-Idea Vilariño

 

 

Una ciudad al noroeste de Francia con edificios antiguos y algunos modernos, con  automóviles, tranvías, embarcaciones, personas, elefantes mecánicos e historias, cientos de historias, de sueños, alegrías y tristezas.

Ella lo visitó en su embarcación. La de madera en forma de Tipi. Justo frente a la parada “Motte Rouge”. Le dijo que quería conocer su barca. Era una excusa. Sabía lo que pasaría, mas no advertía que sería tan pronto. Tampoco se resistió.

Toca. Él le abre. Cruzan el puente para entrar a la sala. Está tan nerviosa que no le pone atención a la barca, sino a la hermosura de él: sus labios, sus ojos verdes, su frente, su piel. Se quita el bolso. Comienza a hablar de todo y de nada para ocultar los nervios. Él la besa. La toca. Sorprendida, ella se deja llevar. Besa su cuello, es pálido, tiene espinillas. A sus veinticinco años, aún tiene las marcas de la adolescencia. Lo toma entre sus brazos. Algo se apodera de ella, un ardor recorre todo su cuerpo hasta llegar a  sus manos. Ahora es ella quien precisa las reglas.

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“Goza, Gerard . Sufre también”. No soporta las cosquillas. Le pide que no lo haga pero ella no se detiene. Continúa sobre su camisa, en los pezones. No las aguanta. Se vuelve a quejar. “Todo menos cosquillas”, implora. Él no sabe de la inquietud que recorre el cuerpo de ella cuando contempla su inocencia. (Esta noche voy a convertirte en hombre, aquí frente al puente, sobre el río.) No es virgen, lo sabe. Pero las europeas que han estado con él desconocen los senderos de su cuerpo.

“¿Por qué tanta aprehensión?”

“¡Putain! tengo mucho que leer para mi clase esta tarde, guapa”

“Uffff, ya deja de pensar en las obligaciones”.

Tiembla. Está perdido, desorientado. Preocupado. Quizá asombrado porque ella lo llama. Tiembla ante la mirada de la mujer. Cierra los ojos, se deja guiar por ella. No se niega al perfume de su cuerpo. La toma.

La llama. Acude. Esquiva su mirada. Su cabellera descansa su desasosiego entre las torneadas piernas de ella. Esos rayos de sol cuando los dedos de ella transitan hacia su frente, sus pestañas, su pecho inquieto, joven, firme ante su aliento y sus besos. Cierran la luz de sus miradas. Se abandonan al estremecimiento de los cuerpos.

Sierpes tenues, los dedos de él se amoldan al tobogán del cuello femenino, transpiran. No se mueven, pero en el umbral de su vientre el Erdre deslumbra colores.

“Debo contenerme”. Lleva su cuerpo hacia el centro, hacia el recuerdo de haber nacido mujer y él, hombre. La embarcación es movimiento. El ombligo, punto para el encuentro. Ya, sorprendido más no tímido, se abandona a las decisiones de ella. Inhala. Exhala. Su cabellera busca a dios en las pupilas de la amada, desciende a dios en las profundidades. Ya está al alcance de sus dedos. Su desnudez requiere paciencia.

Su cadena. Debe quitarle la cadena con delicadeza. Es un tesoro de la India. Se la quita. Después, uno a uno, los botones de su camisa negra ceden ante el giro envolvente de sus dedos. Le sorprende la fragilidad de su piel. No hay defensa en él. Nada lo protege. Es transparente. Es sólo poros. No hay dique para este amor. Está rendido, limpio, quebradizo.

Son ya desnudez. Hombre y mujer. Muerde sus pequeñísimos pezones. Cuenta, una a una, las fronteras hacia su interior. No hay temor. Unión. Están, sin darse cuenta, por encima de los estremecimientos. Apoya su espalda sobre la cama; es gozo en descenso hacia sus labios. Las manos sujetadas a sus hombros. Cómo mira a una mujer ofreciéndole sus dos frutos; cómo acuna su boca cada una de las sorpresas nunca imaginadas, venidas desde el trópico. “Las europeas no tienen pechos”, dice. Toma sus manos, las pone sobre sus pechos, luego recorren su cintura.

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Por fin, están unidos, sus manos tiemblan y se hunden en la curva generosa de las nalgas. Bebe, después, el aire caliente de su boca. Marfil a marfil, el deseo canta. Sus senos lo invaden y la luz de sus ojos verdes estalla en maravillas. En las vegas del Erdre. “Por fin estás contigo y en mí”. Y la premura, el ansia de fragmentarse  les amenaza. Se desboca, brinca. Aspira a romperse en agua. Y ella lo detiene.

Su cintura, la de él. Son el centro del calor. “¡Bésame! ¡Merde! Penétrame. Entra en mí. Sal. Sudemos para que salga el sol del Erdre. El sol que aún no he visto en este lado del mundo pero dices, existe. Toma de mí el valor para convertirte en hombre. Tómame y conviérteme en mujer. Anda. Mírame encima de ti.” Cabalga segura, paciente, plena de ternura. Buscan el centro de su origen; la fortaleza, buscan.

“Je t’aime”.

Callan. Abren su piel, el sonido de los poros, la suavidad de la erección: las luminosas lajas del orgasmo silencioso se dan.

“Moi aussi, je t’aime”.

Olvidaron cerrar la ventana de la embarcación. Mientras sus risas navegan las aguas agitadas del Erdre, la ventana dona su frío viento. Nantes es lluvia y frío esta noche. Mas no para ellos. En su gozo, sólo el río y su música, el colorido diverso de los peces, los patos y las mariposas, las pequeñas olas arribando a los márgenes. Porque este río también se mide por olas, por soles y por alas.

“Anda, Gerard, descansa.” Se abandonan al azoro de descubrirse atados a su desnudez. Acurrucan sus sorpresas; duermen felices.

“Dios, por qué el frío.” El frío deposita su amanecer entre las aguas del río. Saben que todo terminará pronto. Lo hablaron desde el primer día, pero decidieron continuar y se volvió caricia el gris del cielo, y fuego el frío. La ventana, claro. Abierta. Aunque no se daban cuenta. El silencio está siempre presente. No saben si es mañana o tarde pero sonríen. El fresco dulce de ese viento les devuelve su calor.

“Gerard, Gerard”

Atado a su nombre, el roce de sus labios. Su brazo es firmeza sobre su vientre, sobre su diminuta cintura aún húmeda. Despierta completamente. El frío ingresa a la embarcación, a las cobijas. El rumor de sus besos se instala poco a poco, levemente, en lo frágil de su cuerpo. Ascienden sus labios por la cordillera de su cuello. Le instalan brisa. Cada línea de sus dedos conversa con su cabellera. Son fortaleza y ternura ahora. Les nacen colores. ¡putain! Nace la música. Pececitos en torno del vientre.

“Sigue, sigue. Más abajo. Hacia el origen. Nos encontraremos también”.

Dagas amorosas abren surcos. Corre el agua. Deposita el amanecer su sonrisa. Los labios se abren. Se besan. Y es ausencia el cuerpo, sonido la mujer, grito la pareja. ¿Dónde el vientre? El Erdre “¿dónde me has guardado el alma? ¿Cuándo se alejó el frío y se alojó el calor en mi interior?” Contenta la entrepierna. Feliz el beso de la mujer. Viva el alma del hombre. El surco estalla luminosidades. Ya no dagas de frío. Ella voltea hacia la ventana, ve el verde puente, las aguas inquietas y se acuerda de su tierra.

El Erdre, todo el mundo debe bañarse en las aguas del Erdre.

 

 

Fama e infamia de Manuel Acuña

Diego Lima
Fundación para las Letras Mexicanas

Manuel Acuña (1849-1873) es el rostro más conocido en nuestra galería de escritores románticos. La segunda mitad del siglo XIX, imprescindible para entender el devenir del México moderno, fue la cuna del poeta coahuilense. En este siglo vivió de manera apresurada, todo el tiempo en circunstancias adversas, dejando tras de sí una obra poética perfectible aunque colmada de palmas, triunfos, laureles, tal como expresó Justo Sierra. Y pese a que sabemos que la vida de un poeta son sus poemas, en el caso de Acuña esta certeza parece invertirse siempre en peligroso retruécano. Tras el suicidio la tarde del 6 de diciembre de 1873, la obra en su conjunto se antoja tan vicaria al momento de pasar revista de su nombre por nuestros manuales e historias de la literatura, que cabe preguntarnos si la admiración ciega no es —como escribió Villaurrutia a propósito de Ramón López Velarde— sino otra forma de la injusticia. Yo mismo he intentado leer la poesía de Acuña en diversas ocasiones [*], invocando inevitablemente al fantasma del escritor no porque la obra no baste, sino porque en éste la literatura se ha urdido con la vida en un binomio tan intrincado e indisociable, que tal vez aquello que llamamos vida tampoco encuentre su existencia plena sin obra que la denuncie.

Sabemos que las ideas materialistas que Manuel Acuña heredó de Ignacio Ramírez, principalmente, así como de los textos doctrinarios o científicos que frecuentaba tanto en la Escuela Nacional de Medicina como en las logias masónicas, condujeron esta obra poética hacia un violento escepticismo de carácter puramente sentimental, aunque no por ello carente de profundas meditaciones. Encontrar una explicación materialista del mundo y del destino del hombre, es la condición latente en los artículos periodísticos publicados por Acuña en El Libre Pensador (firmados no con su nombre sino bajo el pseudónimo de «Leunam»), especie de teoría de una praxis que en el interregno de la poesía lo hizo preguntarse unas veces —parafraseando a José Luis Martínez— “si en el sepulcro concluía la vida del hombre”, o si allí, en la tumba, surgía para el escritor enamorado otra forma de la eternidad: la de la fama. Ningún poema ha sido tan citado ni parasitado en este sentido como el “Nocturno”, dedicado a Rosario de la Peña. En esta composición escrita en 1873, el triple impulso del erotismo, el recuerdo de la casa de infancia, así como la obsesión cada vez más acentuada de la muerte se descubren como eje macabro sobre el que giraba esta atormentada cosmovisión.

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Hacia 1920, cincuenta años después de su muerte y a propósito del traslado de los restos del poeta a la ciudad de Saltillo, Coahuila, la República de las Letras vivió una especie de resurgimiento por el tema de Manuel Acuña que vino acompañado de la publicación del libro de José López Portillo y Rojas, Rosario la de Acuña, donde se evoca de nueva cuenta su romántica biografía para dar exposición de la génesis del “Nocturno”. El libro de López Portillo no aporta elementos para el estudio de la poesía de Manuel Acuña (se mueve en la peligrosa dimensión de la anécdota, de lo improbable, del recuerdo); importa, sin embargo, como referencia de un ambiente de época en que el mencionado poema se había convertido en el más citado y parasitado de México. Ya desde 1882, los versos se prestaban para el chiste o la broma de ingenio fácil. De este modo lo demuestra una publicidad que en La Patria hace de “A Rosario” su línea argumental:

Pues bien: yo necesito
decirte que te quiero
decirte que te adoro
con todo el corazón;
que es tanto lo que sufro,
que es tanto lo que lloro.

Que sólo un frasco de Aceite de San Jacobo,
podrá aliviarme la reuma y mitigar mi aflicción.

Poco relevante desde el punto de vista de los estudios literarios, aunque curioso, tal vez único en su tipo para comprender el grado de fama que alcanzó la obra y figura de Manuel Acuña durante el siglo XX, es Lauros de la noche. Por el pie de imprenta tenemos noticia de que el libro fue editado en el Centro Espírita “Manuel Acuña” en 1931, y es obra del médium Ismael Gómez, quien transcribió las composiciones que “el alma del poeta” dictó desde “ultratumba”. Producto de estas sesiones, de las que desconocemos el método empleado, son los “Sueños místicos”: colección de trece poemas completamente desconocidos del coahuilense —además de una versión apócrifa del “Nocturno” —, y dos prosas, una intitulada “La voz de los muertos”.

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Son muchas las variaciones jocoserias que circularon en la época de manera oral, cuando no pocas las que, de buscarse con paciencia de alquimista, pueden hallarse en los periódicos nacionales. Fue así como me encontré de pronto y sin previo aviso con esta parodia firmada por J. M. Madrigal en El Diario del Hogar, que más tarde se reproduce en El Contemporáneo —no en Contemporáneos, las erratas no se equivocan—, el bisemanal independiente editado en San Luis Potosí a principios del siglo pasado. Supongo que la publicación del poema es caprichosa e intermitente aunque sólo tengo consignadas estas dos versiones. Para fines estrictamente de divertimento filológico he realizado la transcripción del mismo, así como la actualización ortotipográfica, salvo en los casos, claro, en que el juego de la parodia consiste en la acentuación errónea en sexta (la nostalgía del verso 12, por ejemplo). Emulando a Antonio «Toñito» Castro Leal he decidido enmendar la composición, agrupando este romance por estancias o estrofas de diez versos, a la manera del “Nocturno”.

 

Nocturno…[**]

Parodia de Acuña

[I]

Pues bien… yo necesito

quitarme de soltero,

mandar a nora mala

mi eterno envejecer.

Mi vida, así no es vida,

¡Caramba! yo me muero

Si no hallo a la muchacha

de rostro placentero,

que pronto se resuelva

a hacerse mi mujer…!

[II]

Yo quiero que se acaben

mis negras nostalgías

mis fúnebres insomnios

mi tétrico sufrir.

Estoy que ya no como

desde hace muchos días,

pensando que se alejan

las dulces alegrías

que mis primeras novias

hiciéronme sentir.

[III]

De noche, cuando pongo

mis sienes en la almohada

y miro que se extinguen

las luces del hotel,

cavilo mucho, mucho

y al fin con voz airada,

me dice la conciencia:

«no sirves para nada,

en vez de sangre tienes

horchata o aguamiel».

[IV]

Mas no, yo siento el alma

henchida de amargura

por mis arterias corren

las lavas de un volcán.

En mis ensueños gratos

de amor y de ternura,

paréceme que escucho

la voz del señor cura

leyendo la cartilla

con su piadoso afán.

[V]

Paréceme que miro

la nave del santuario,

las velas encendidas,

y junto al altar

el rojo monaguillo

moviendo el incensario

mientras que el campanero

desde su campanario

contempla allá a lo lejos

las puertas de mi hogar.

[VI]

Por eso, ¡oh, lindas pollas!

¡Deidades de mi tierra!

Yo imploro, arrepentido

piadosa compasión.

Ya el santo matrimonio

lo juro no me aterra,

ante una de vosotras

yo iré como a la guerra

llevando por bagajes

mi ardiente corazón.

[**] “Nocturno”, en El Diario del Hogar, Año XXIII, número 190 (domingo 24 de abril de 1904): p. 2. Más tarde, el mismo se reproduce en El Contemporáneo, tomo IX, número 1745 (jueves 9 de junio de 1904): p. 2.

“I’m not a typical latina girl” Princess Nokia in da house, bitches

Eloísa del Mar Arentas Torresdey

Soy una mujer feminista en deconstrucción constante, tengo 29 años, me asumo bisexual no binaria y mantengo una relación amorosa lésbica. Nací y crecí en Ciudad Juárez, Chihuahua, frontera con El Paso, Texas. En los comienzos de la guerra contra el narcotráfico que declaró el nefasto de Felipe Calderón, migré a Xalapa, Veracruz para seguir estudiando. Nunca sentí mucha pertenencia al barrio donde mi familia se estableció en la border, pues mi madre y mi padre no permitieron que creciera en las calles por la situación extrema de violencia, lo cual no implica que no ame el lugar donde crecí y reconozca a la gente que ahí vive en su lucha diaria de supervivencia. Así pues, me siento identificada con las expresiones artísticas que surgen al margen de lo establecido como canon, por eso tengo un profundo interés en las raperas.

El arte que Destiny Frasqueri (Princess Nokia, antes Wavy Spice) levanta en la escena del hip-hop actual me tiene cautivada. El proyecto musical de esta mujer es poderoso y eso se percibe tanto en el detalle como en el conjunto de su propuesta cultural. El primer tema que escuché de ella fue “Tomboy”, de su nuevo album 1992,[1] y quedé fascinada. Después me enteré que el video fue dirigido por su amiga Milah Libin, otra joven artista y escritora de Nueva York que impulsa el arte underground; juntas crearon Smart Girl Club, una colectiva que brinda espacios seguros para mujeres creadoras.

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Princess Nokia cumplirá 25 años este miércoles 14 de junio, nació en el Jacob Riis Houses, un vecindario de clase obrera ubicada en el Lower East Side de Nueva York, es de ascendencia puertorriqueña y recupera sus raíces como afrodescendiente en un contexto racista, sexista y heteropatriarcal. Ella es una artista independiente que sabe muy bien del mainstream musical capitalista como el monstruo terrible que espera devorar propuestas artísticas subversivas para seguir con el blanqueamiento (whitewashing) o la apropiación de aquellos elementos culturales de un grupo en resistencia para despojarlos de su significado. Por eso, se enorgullece al decir que ha rechazado al menos cinco contratos musicales por ser insuficientes. Ella usa el internet como la plataforma más poderosa para dar a conocer su música; sin embargo, argumenta que todo artista underground asume sus raíces y las imprime en el mundo innovando el arte en general, por lo tanto considera justa y necesaria una remuneración por ese trabajo: “underground art deserves to be on the top of an editorial or an endorsement”/ “el arte underground merece estar en la cima de un editorial o de una firma”. También señala que el capitalismo es asqueroso. Estas declaraciones las da en una entrevista mientras se fuma un par de porros de mariguana.

Cuando escuché “Tomboy” me dejé llevar por la espiral de ritmos recurrentes que logra con el estribillo: “who dat is hoe that girl is a tomboy”/ “quién es esa puta esa chica es una marimacho”, y pensé que un término despectivo en un principio (tomboy/marimacho), una vez reapropiado, lo transforma en una oda a la deconstrucción genérica y la autodeterminación:

Como Princess Nokia puedo proyectar los aspectos multidimensionales de mí misma que no podría expresar con el nombre de Wavy Spice. Puedo aventurarme en cualquier terreno musical o en el personaje de mi elección sin confusión. Estoy haciendo música mundana, música que hablará con todo tipo de gente, chicas banjee del ghetto en Harlem, las novias adolescentes en el Oriente Medio, chicos homosexuales en el este de Asia. Las etiquetas ya no importan. Mi nueva música es cósmica y tridimensional, y realmente hablará de quién es Princess Nokia. Princess Nokia es sonido. Es progresión. Es todo lo que soy.[2]

En la primera escena del video de “Tomboy” aparece Princess Nokia cargando un balón de basketball, sonriendo, en medio de otras dos chicas de color. La estética del ghetto inunda la pantalla, ellas lucen pantalones deportivos tumbados, tenis, sudaderas holgadas y joyas de oro; aparece el barrio con sus altos edificios de multifamiliares, luego el interior de un departamento, su abuela, una pared tapizada de retratos donde podemos ver a Destiny de pequeña. En otra escena la vemos desbordando sensualidad mientras fuma un gran porro frente a una ventana, en otra viste una piyama rosa y come un cereal en un plato hondo de plástico, también se la ve con sus amigas entrando a un parque skater.

En un contexto heteropatriarcal que oprime a las mujeres en todos sus aspectos, considero esta propuesta como un canto de rebeldía maravilloso que muestra la belleza que no esperan ver aquellos seguidores de un modelo impuesto por la supremacía blanca, sexista y racista. Me interesa retomar la idea del erotismo que propone la lesbofeminista norteamericana y negra Audre Lorde:

Lo erótico es un recurso que reside en el interior de todas nosotras, asentado en un plano profundamente femenino y espiritual, y firmemente enraizado en el poder de nuestros sentimientos inexpresados y aún por reconocer. Para perpetuarse, toda opresión debe corromper o distorsionar las fuentes de poder inherentes a la cultura de los oprimidos de las que puede surgir energía para el cambio. En el caso de las mujeres, esto se ha traducido en la supresión de lo erótico como fuente de poder e información en nuestras vidas.19075163_10155269375926542_351402484_n

En la sociedad occidental, se nos ha enseñado a desconfiar de este recurso, envilecido, falseado y devaluado. Por un lado, se han fomentado los aspectos superficiales de lo erótico como signo de inferioridad femenina; y, por otro, se ha inducido a las mujeres a sufrir y a sentirse despreciables y sospechosas en virtud de la existencia de lo erótico. (Audre Lorde en “Usos de lo erótico: lo erótico como poder”).[3]

Desde mi reflexión, “Tomboy” es la invitación admirable a romper con las imposiciones de un sistema que nos obligan a ser de cierta manera por el hecho de juzgarnos a partir de nuestros genitales. Lorde teoriza sobre el erotismo que las mujeres afloramos en nuestros entornos y propone su rescate como la vía más importante para nuestro autoconocimiento, defensa, crecimiento y creatividad; se trata de recuperar el placer que nos ha sido arrebatado. Princess Nokia mantiene como eje esta idea y con ella trabaja contra las violencias a las que estamos expuestas las mujeres, sobre todo aquellas mujeres de color, que son pobres y no heterosexuales. No estamos frente a una chica que solamente le gusta rapear, Destiny sabe muy bien lo que hace, por qué, cómo y para quiénes. Todo arte verdadero es político, lo personal es político, el feminismo es una ética para la supervivencia y con todo ello, Princess Nokia rompe paradigmas y contribuye a la armonía del universo desde lo local hacia lo global por medio del hard work, del trabajo aguerrido dentro de una comunidad en resistencia. Es la crazy G, su barrio la respalda, la manada la respaldamos y la honramos.

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Referencias:

princessnokia.org

https://www.vice.com/en_us/article/princess-nokias-metallic-butterfly

http://prrra.es/princess-nokia-y-el-orgullo-de-ser-una-bruja/

Videos:

https://www.youtube.com/watch?v=AH-LyInSNYw

Ella es la big sister:

[1] http://princessnokia.org/1992

[2] http://bullettmedia.com/article/hear-wavy-spice-transform-into-princess-nokia-on-nokia/

[3] Audre Lorde. (2017). La Hermana, la extranjera (extractos). Oaxaca: Fusilemos la noche. Una edición basada en la traducción de LIFS, Lesbianas Independientes Feministas Socialistas, disponible en: http://glefas.org/download/biblioteca/feminismo-antirracismo/Audre-Lorde.-La-hermana-la-extranjera.pdf

La soledad y el rebaño sagrado

Remember when you lost your shit and
drove the car into the garden,
and you got out and said I’m sorry
to the vines and no one saw it?

The national, “I need my girl”

 

La casa donde dijo sí

Hace más de diez años me despedí de la soledad al partir hacia ella. En 2006 inicié un periplo que me llevó a abandonar mi ciudad natal en busca de un hogar que no respondiera a coordenadas geográficas, sino que lo delimitara las pulsiones del arraigo metafórico. Sentirme en casa allá donde encontrara mi lugar.

La conocí un día de agosto, con frío en las manos y emoción en mi interior. El lugar pronto perdería su encanto y se volvería uno más de esos escarmientos mitológicos para aquellos que osan alejarse de la tranquilidad de las aguas familiares, mares insondables que devoran hombres y sueños. La muerte que simbolizaba la ciudad sin aire me persigue aún ahora. El lugar no le hacía justicia, ella la imponía.

En el inicio de los días las pasiones se volvieron lenguaje: conocerla a través de lo que la había forjado: la obra desde sus materiales, pieza diseminada en momentos, nombres, sonidos e historias. Países y trazos, continentes de tinta y pincel; llené mis sentidos y aprendí a conocer de su voz (suave como la sutileza de sus formas que al mismo tiempo descubría) todos los espacios que contenía en su interior. Conocerla fue aventura perpetua.

Yo le hablé de mis vacíos: de las ausencias y esperanzas que alimentaban los pasos que apenas iniciaba a dar en el mundo. Entre música, libros, superhéroes y aventuras digitales, salió por último la pasión más antigua de mi vida: un equipo de futbol. De nombre ridículo, colores extranjeros, historia añeja y recesiva. Fracaso constante, experiencia en frustraciones. Gloria en sepia.

Ella no desdeñaba la emoción que se dibujaba en mi rostro cuando mencionaba a Héctor del Ángel, cuando le explicaba el apodo del “Pulpo” Zúñiga, o rememoraba las hazañas del Tigre Sepúlveda, del bigotón Jasso o del Tubo Gómez. Entendía (porque eso siempre lo hacía bien), el poder cautivador de ese mito futbolero, los alcances de mi afición y el umbral de gozo y dolor que fluctuaba en mí cada sábado de partido.

Durante diez años nunca vi un partido solo. De entre el marasmo de la mediocridad que sepultó al equipo la última década, siempre pude observar el abismo con un brazo al cual afianzarme. Soledades compartidas, compañía, después de todo.

La casa donde dijo no

La vida cambia constantemente. Ahora parece como si los días tardaran demasiado, las horas se consumen más despacio; los espacios se vuelven más amplios, oscuros, fríos. De entre el eco que se acomoda en las esquinas resuenan, de vez en cuando, sonidos parecidos a la voz del presagio.

Entre el tedio y la desilusión, el auxilio proviene del lugar más sagrado. De repente la esperanza de una alegría futbolera se empieza a respirar en el aire; incrédulo, suelo evitar las grandes expectativas con el fin de protegerme de la caída de Ícaro que acompaña siempre a mi equipo; nacidos para decepcionar, muy a pesar de su historia.

Nació esa afición tan temprano en mi vida que no recuerdo bien sus motivos: quizás fue en el 94 cuando empecé a entender el sentido de rivalidad: mi padre y mi hermano siempre veían con desdén a un equipo de camiseta rayada, de colores claros y jugadores morenos. Ese equipo siempre ofrecía grandes juegos, goles vistosos y ningún campeonato. Pero en algo lograban siempre coronarse: entretenerme.

A los seis años, ver el futbol es una acción prestada; llegas a él desde la necesidad de alguien más, y adquieres conciencia de sus alcances mucho después. El rival odiado siempre cedía ante sus embates, los enemigos azulcremas y rojinegros eran meros aspirantes a su grandeza, nunca verdaderos contendientes. Por eso las chivas del Guadalajara lograron imponerse en mi gusto, convertirse en una profunda pasión. En un paliativo para la tristeza.

Hoy más que nunca necesité gritar esos goles. Necesité sonreír mientras veía a Carlos Salcido imponer su nombre en la historia del club, escuchar al mariachi marcar su ritmo festivo mientras las botargas bailaban al son del himno del equipo. Necesitaba sentir, de nuevo y como no lo hacía desde hace mucho tiempo, la felicidad primitiva de la victoria; no la resignación del esfuerzo máximo, o de la buena competencia: sólo el triunfo me devolvería una noche tranquila.

La imagen de Carlos Salcido -el lavacoches que conquistó Heindhoven y Guadalajara, que sometió con su velocidad al grandísimo Zanetti y al violento Coloccini- levantando el trofeo fue el final de una noche que recorrió todos los senderos de la memoria. Vi de nuevo la playera de la libertadores 2005 en su cuerpo, y el abrazo que compartimos a la distancia cuando el Bofo doblegó a Toluca en el mismo averno. Seguí mis pasos reflejando los suyos mientras caminábamos por aquellos callejones sin nombre. El recuerdo disipó por un momento la soledad, la incertidumbre y el hastío. Pude verla de nuevo.

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No hay mucho qué decir sobre el fútbol. Un deporte que combina la simpleza del gol con la táctica más encarnizada e inteligente. La vida es un paseo constante por diversos sufrimientos, como para elegir la agonía gratuita de la afición futbolera. Somos juzgados por “fanatizarnos” con el espectáculo imbécil de la pelota de hexágonos, que nos vuelve insensibles al mundo durante poco más de dos horas. Puede que tengan razón, no lo sé.

Lo que sí sé es que esta doceava estrella me devolvió, por una noche, una parte de mi vida que ya no volverá. Como la palabra que transporta a la evocación, Salcido y compañía le reintegraron su razón de ser a mis sentidos.

José Antonio Manzanilla Madrid

 

Televisión fraterna

Alejandro Solano Villanueva

I. Nana Tele

 

No lo voy a negar, fui un niño criado por la televisión. Sería deshonesto presumir que leí mi primer libro a los cinco años, a esa edad estaba más preocupado por lo que le pudiera pasar a Don Gato que por las aventuras de Tom Sawyer. Como en muchos hogares clasemedieros, la televisión era el único sistema de entretenimiento, de distracción, punto de fuga para la apretada vida laboral y nana de los latosos infantes que se pasaban las tardes enteras buscando la manera de hacerle la vida más complicada a sus padres. Mi madre recuerda con especial cariño las tardes en que ella y yo nos colocábamos frente al televisor: ella veía su telenovela para después darle paso a los Thundercats, era un momento especial que compartíamos. En este sentido, sería más honesto llegar a la conclusión de que concebí mis primeros razonamientos literarios y mis primeras nociones de estructura narrativa solamente a partir de los programas televisivos que veía.

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No tuve la oportunidad de entrar al mágico mundo de la televisión de paga, me limitaba a ver lo que pasaban en la tele abierta, ya saben, las caricaturas de la época, las series gringas ochenteras, los noticieros, el futbol, las coberturas de las olimpiadas o los mundiales, las telenovelas y más noticieros: por la mañana, a la hora de la comida y en la noche. Mi padre veía los tres y nosotros con él, al no haber más aparatos transmisores en la casa. La rutina era ver el noticiero de Lolita Ayala mientras comíamos —aunque pocos años después mi padre, mi familia siguiendo su ejemplo, renunció a todo lo que tenía que ver con Televisa—, comentar alguna noticia y la explicación de mi padre sobre algún concepto que yo no entendiera, sobre todo los relacionados con economía: ¿qué es la inflación, cómo que llegó la devaluación más terrible en la historia, por qué Salinas es un culero?

A pesar de ello, mi padre siempre intentaba alejarnos del aparato “apendejador”, buscaba que hiciéramos otras cosas, que nos concentráramos en el juego, en el arte o en los libros. Así llegué a mi primer libro de poesía, a los álbumes de estampas, a la preparación religiosa, a los equipos vespertinos de basquetbol, al cine, al teatro, al circo, a las luchas de los jueves en la Arena Toluca y a la Alameda los domingos. Al regresar a casa, siempre se volvía a encender el aparato, como si fuera un saludo para el miembro de la familia que se encontraba ausente, como si se extrañara, en lo más profundo, la presencia del televisor en nuestras vidas, en nuestra libertad.

II. Dime qué ves y te diré quién eres

 

Estoy a punto de cumplir 56 días de incapacidad. Los primeros fueron terribles; no podía valerme por mí mismo. Extrañaba mi trabajo, salir a la calle, estar con mis alumnos, el ritmo de la vida y el estrés cotidiano; me sentía atrapado en el pequeño departamento, extensión de la cama de hospital; llegué, incluso, a sentirme muy triste, rayé en la depresión. Naomi, a pesar de su infinita bondad, no se daba abasto con mis cuidados y sus actividades cotidianas. Fue cuando recibimos la ayuda de mi madre, vino a Xalapa a atenderme, por lo menos hasta que pudiera valerme por mí mismo sin el riesgo de que me desangrara o volviera la infección. Con mi madre en casa, tuve que adaptarme a sus modos e intentar hacerle la vida lo más sencillo posible. Así que volvieron, casi sin querer, los viejos hábitos de infancia y la televisión se volvió un protagonista constante en el devenir de la convalecencia.

Con mi madre, veíamos la televisión casi toda la mañana: Venga la alegría, películas de la era del Cine de Oro, el noticiero matutino y el de media tarde (aún no puedo tener televisión de paga), incluso comenzamos a seguir una telenovela de producción gringa para el público hispano: El cuerpo del deseo. La historia era interesante, aunque predecible. No obstante, esto fue de suma importancia para animar el alma apesadumbrada por el dolor físico y el encierro. Incluso, a veces, ella se sentaba conmigo a ver las series que dejé pendientes en Netflix, como Flash, por ejemplo.

Al sentirme mejor, me comencé a quedar solo en casa, a intentar tomar mi ritmo. También cambió la forma en que veía la televisión. Los programas de tele abierta ya no me parecían tan atractivos, las películas en blanco y negro ya no llamaban del todo mi atención. Me volqué casi completamente a Netflix, la caja de pandora posmoderna. Terminé de ver varios programas que dejé pendientes, como Between, una serie dirigida a un público adolescente que comencé a ver con mis alumnos en un taller, la cual es una exótica combinación entre los argumentos y los motivos de El domo de Stephen King y El señor de la moscas de William Golding. Sin duda se trata de una historia interesante y entretenida que conserva la estructura de la serie de misterios y busca poner en entredicho tanto la capacidad humana para organizar una sociedad sin que ésta se derrumbe a pedazos como los motivos bioéticos que tiene un gobierno para decidir el exterminio en masa.

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Deambulé por el universo Netflix, pasé por Love, una hipsterísima Chick-flick con la que no pude conectar; comencé, con Naomi, Girlboss, dirigida a un público emprendedor, joven e increíblemente superficial… Tampoco conecté. Veo las series comerciales que me llaman, como Gotham, The Black Mirror, Cooked o Modern Family, y las que le interesan a Naomi, como Pretty Little Liars o Easy. Nunca he visto Game of Thrones, por ejemplo, ni me mueve la curiosidad. Aunque siempre ando en busca de cosas que ver para pasar el rato, ejercicio de fuga, y, si se puede, que permita reflexionar otros asuntos.

En esta búsqueda fue como llegué a Las chichas del cable. Una serie que conjunta historia con reflexión y discusión sobre temas contemporáneos, enmarcada en un contexto histórico específico: los años veinte, el lapso entre las dos grandes guerras, la novedad y la estridencia de las maquinas, el comienzo de la liberación femenina y la constante amenaza de un golpe de estado militar en España. Las telefonistas se enfrentan a un mundo donde lo masculino gobierna política y moralmente con mano dura y en completa impunidad. Estas mujeres tienen que luchar contra las vejaciones de un sistema que no les permite ser libres ni en lo personal ni en la defensa de sus derechos. Los temas que se discuten aún permean en nuestra sociedad, como el maltrato físico y psicológico que sufren algunas mujeres en el matrimonio, la libertad sexual, el aborto, el derecho a una profesión en igualdad de condiciones con los hombres, incluso se plantean temas históricos como la lucha por el sufragio de las mujeres y la búsqueda de un código penal que proporcionara algún tipo de defensa contra los abusos, en todos los sentidos, de la sociedad machista de la época.

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Esta serie, sin duda, fue una de mis favoritas: es corta, está bien contada, incluso a veces es hasta un poco melodramática, a la usanza de la telenovela, pero no deja de lograr puntos de dramatismo, desde el punto de vista teatral, bastante intensos y hasta catárticos. Las situaciones son concisas y claras, lo que es resultado de un guion inteligente y bien informado.

La televisión, al igual que el cine, es entretenimiento y arte a la par, una cosa no necesariamente está peleada con la otra. Hay mucha televisión de mero entretenimiento, algunos programas, incluso, son terriblemente bajos, hasta vulgares (en la acepción negativa de la palabra); la industria no permite luchar contra eso. La televisión cumple con un papel fundamental en el hogar, permite que el obrero se aísle de sus problemas cotidianos, que el adolescente forme una visión sobre el mundo que los circunda, que el ama de casa sueñe más allá del infame estrés del hogar. Yo mismo busco escaparme de mis angustias con el aparato receptor. Supongo que es normal. Sólo espero que esta era no sea un prólogo de la historia de Fahrenheit 451. No me atrevo a juzgar a mi madre o a mi bella esposa por sus gustos televisivos, prefiero entenderlas a través de lo que la pantalla proporciona. Dime qué ves y te diré quién eres.

El trabajo cosmizador de Margarita Michelena o La muerte que nombra y crea al mundo

 

Alfonso Valencia

[Leído en la Sala Abundio Martínez del Centro de las Artes de Hidalgo, el 27 de marzo de 2017]

 

 

Cuando me invitaron a charlar sobre Michelena para conmemorar su aniversario luctuoso –y aún desde antes, cuando me preguntaron si estaba interesado en participar en las festividades de su Centenario­– dudé. No por las razones inmediatas y fáciles que llegan a nuestra mente y que son las mismas que han mantenido a Michelena y a otras autoras en las sombras: la ruptura entre una poética femenina y una masculina, la cual, aunque inexistente (quiero decir, y contradiciendo a Paz: no existe tal cosa como “poesía femenina” ni “poesía masculina”), es capaz de limitar nuestras perspectivas de lectura y ponerle costosas fronteras a nuestros acercamientos críticos.  Tampoco había en mi negativa una razón de género, aunque pudiesen dudarlo (porque todo, en nuestra época, es digno de sospecha). Dudé por la poesía misma. Yo escribo, y la poesía de Michelena me contagia de un aliento que, desgraciadamente, no poseo. Ahora quiero escribir lo más diáfanamente posible porque escribo del mundo terrible en el que estamos (vivo en Veracruz, la fosa clandestina más grande del mundo según insensibles reportes oficiales), y para hablar de ese terror ya no podemos seguir en el eufemismo del lenguaje, en el matiz: hay que ser precisos si se quiere hablar de lo que vive y duele, de lo que lastima. Uno no puede andarse por las ramas. Por eso no quería dedicarme a leer detenidamente a Michelena: porque ella, sí, le canta a un dolor universal y profundo, pero lo hace desde la precisión poética, y yo, ahora, ante la atrocidad, quiero hacerlo con la precisión del lenguaje simple y llano: quiero decir muerte y que se lean los muertos de este país. Quiero escribir noche y no que sea una alegoría de un orden superior o profundo del ser: quiero escribir noche y que sea la noche por la que pasamos, el luto obligado de un país que se desquebraja. Quiero escribir del miedo al encierro y a la muerte y no deberá leerse como una metáfora del exilio y la pérdida del amor primordial y el origen: mi miedo al encierro es al secuestro y mi miedo a la muerte es a terminar en una fosa, ser un cráneo más en este cementerio que es México.

La misma Michelena ya advertía este problema poético: concebía la palabra como ente histórico y justo ahí identificaba el problema primordial de la creación poética: Hay que decir, escribe, con un lenguaje histórico, cosas intemporales, cosas simultáneamente sumergidas en la margen del tiempo –el río cambiante de Heráclito- y cosas suspendidas al margen del tiempo. Para decirlo de manera prosaica: hay que hablar, con un lenguaje limitado, de cosas infinitas y sustanciales. Y ese es un problema que comparto con ella: ¿cómo hablar de la muerte con estas palabras, del dolor, del miedo y de la tierra que, literalmente, devora a sus hijos destazados, asesinados, violados? El lenguaje no alcanza para la muerte, la noche ni el dolor (ni para Dios, claro: por eso también Michelena escribió poesía religiosa, en cierto sentido).

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Pero Michelena no se queda en la identificación de un problema fundacional de la poesía: ofrece un camino: escribe: Las palabras crean cosas al nombrarlas. La tarea del poeta, entonces, es nombrar y, así, descubrir, revelar lo que antes del orden del poema era confusión oscuridad, caos. Michelana, pues, entiende la palabra como una alternativa al caos: a la oscuridad, y al miedo mismo que puede ser ausencia, muerte. De ahí que, en su proceso, el poema surja honesto y fuerte desde el dolor que destruye y edifica, desde la felicidad negada, desde una derrota que es inevitable pero tan hermosa como para cantarse (como hizo Badelaire, pues). A este proceso, le llama el trabajo cosmizador de la palabra poética, y apunta que es un trabajo de constantes fundaciones, de constantes reducciones de la nada y constantes aumentos de ser.

¿Dónde, pues, si no en la poesía entendemos la nada y la fundación misma del ser, del espíritu? Heidegger proponía que la poesía es la fundamentación del ser por la palabra. Por eso se confunden, en sus orígenes modernos (que Michelena comparte), poesía y filosofía, poesía y pensamiento (pensamiento complejo y verdadera explicación del mundo, no simples charlas de café): poesía y vida son una misma cosa.

La muerte, decíamos, fue un tema predilecto de Michelena, y la noche. Su universo poético, diríamos, es una lectura desde el medio siglo XX, del romanticismo filosófico y fundamental, y por lo tanto eterno, de Novalis (en quien encontrara la lección poética que le permitiría explorar con buen norte la creación: la poesía es la realidad última de los seres y las cosas) hasta el alegato rabioso y desencantado de Baudelaire (cuya traducción del Spleen de París le ganaría el respeto y admiración de Octavio Paz, quien dijo que se trataba de “la más pura y sensible, la mejor que se haya hecho en nuestra lengua”).

Leer a Michelena, evidentemente contagiará la perspectiva que traigo, y por eso dudaba. Pero, luego pensé: se trata de una autora que necesita ser rescatada. Punto. Hablo de un rescate no en el sentido institucional (aunque los homenajes se agradecen), ni en el sentido editorial, siquiera: hablo de un rescate crítico, desde el pensamiento. La ausencia de Michelena en el ejercicio crítico y académico del país es insultante: por un lado, la figura de Octavio Paz acapara los estudios de “intrigas” en el que figuras como Michelena quedan reducidas a sus relaciones con el propio Paz, con el gran Montes de Oca, Efrén Hernández, Ernesto de la Peña… Relaciones que el más morboso atribuirá a la belleza de la poeta, y no a su cautivante inteligencia y erudición, lo cual siempre termina siempre siendo más seductor que cualquier otra cosa. (No es mentira, pues, que Margarita tenía comiendo de su mano al Club de Toby de la intelectualidad de su época: o sea al Club de Octavio). Decía: en estas perspectivas, las escritoras quedan reducidas o a sus relaciones con el poder intelectual masculino, o a lo que éste poder dice de ellas: tal parece que sólo conocemos a Margarita por lo que Octavio dijo o escribió. En realidad, nuestra intelectualidad no la ha leído: incluso la investigación sobre mujeres en la literatura sólo la toma como referencia, un dato antecedente al fenómeno actual que acapara el interés de nuestros investigadores. No ha llegado aún una lectura crítica de su obra, y es necesaria. No para la poesía (así como a las estrellas les es indiferente la astronomía, así a la poesía le importa un bledo la crítica o la academia), pero sí para el pensamiento y el espíritu crítico que intenta arrojar luz sobre el pasado.

Yo creo que el mejor tributo es hablar sobre las ideas que su obra arroja sobre el mundo. Margarita fue, desde su inicio, una iconoclasta. La leo y llega a mí la hermosa frase de R. L. Stevenson: If you have to ask, you probably shouldn’t be a writer. Una iconoclasta, una rebelde. Por un lado, su obra parte de una forma (diríamos una “franca combinación imparisílaba” o “verso libre”) que se rompe, que se desquebraja: nos engaña: parece proponer una estructura estable para su poema, pero las rimas (consonantes además: las más odiadas por la crítica) aparecen irregularmente y la destruyen: quiebran el ritmo. La poeta edifica una figura constante que se deshace. Edificar y destruir, esto es: rebeldía en la forma.

Y, por otro lado, nos ofrece, como ya dije antes, una precisión en el decir que, paradójicamente, vuelve misterioso el poema, pero no desde la Poesía misma, no desde su sublimación de la experiencia del Yo Poético que nombra y crea un mundo terrible que ya era terrible desde antes del tiempo, sino desde nuestra ignorancia que se decanta por la forma fácil y la estructura conocida y no por la profundidad y el arriesgarse a desenmarañar el misterio: último fin del lector de poesía. Michelena no tiene lectores en un mundo donde hemos olvidado que leemos no para encontrar La Verdad Incuestionable, sino para, humildemente, hallarnos, digamos, lo más puros que sea posible, en lo que otro siente y escribe. Esto es: identificación máxima, empatía suprema. La poesía, y la de Michelena específicamente, no es cosa de Verdades: es la aceptación de una batalla de uno con uno mismo.

 

 

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