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LEPISMA

Creación y crítica literaria

Publican el «thriller colonial» de Eligio Ancona

La noche del 25 de julio de 1792 circuló con rapidez la noticia del asesinato de don Lucas de Gálvez, Gobernador y Capitán General de la ciudad de Mérida, Yucatán. El brigadier se retiraba a la casa de gobierno a bordo de una calesa, cuando al desembocar por una esquina fue herido en la oscuridad. «¡Ah, pícaro… qué pedrada me han dado!», fueron las palabras que dirigió Gálvez a su oficial real, don Clemente Trujillo. El convoy apresuró el camino sin sospechar aún que se trataba de una herida de muerte. Tras arribar a su destino, el capitán se condujo a sus habitaciones donde retiró la mano del costado adolorido, tomando conciencia de la gravedad de la hemorragia que terminó con su vida. Toribio de Mazo y Piña fue acusado del crimen y encarcelado en el fuerte de San  Juan de Ulúa a la brevedad, pese a que pudo comprobar que no se encontraba en el lugar de los hechos. Suele decirse que el acusado lamentaba sus desgracias cada instante de la reclusión, hasta que una serie de eventos afortunados permitió se descubriesen a los verdaderos perpetradores del crimen.

El párrafo anterior parece el inicio de una leyenda colonial, aunque en realidad se trate de un extracto de noticia del finisiglo XVIII. Lógico es suponer que el tema del asesinato de don Lucas de Gálvez resultara tan fascinante para los escritores e historiadores de la península. Historia y literatura conforman en el romanticismo una suerte de binomio indisociable en donde uno forma parte consustancial del otro. Nada más natural que en el siglo XIX, el género de la novela histórica se impusiera como un doble programa narrativo e ideológico, derivado en gran medida de la necesidad de construir una identidad de lo nacional, ejecutando muchas veces una crítica severa hacia los siglos de la dominación española. Novelistas e historiadores reprendieron los vicios, abusos e injusticias por parte de la Corona y de la Iglesia: es decir, introducían una doble herejía a su visión reformista.

Justo Sierra se propuso desarrollar una novela en torno a la muerte del famoso Gobernador de la península, del mismo modo que se había ocupado en La hija del judío, del Conde de Peñalva (otro Gobernador ejecutado). Sabemos, sin embargo, que la obra nunca llegó a puerto. Semejante suerte corrió Eligio Ancona, luego de tocar a la brevedad el tema en el  Tomo V de su Historia de Yucatán, hasta que años después de su muerte fuera descubierto el manuscrito que ahora nos ocupa. Memorias de un alférez narra la historia que llevó al esclarecimiento de los verdaderos asesinos del Gobernador don Lucas de Gálvez. Por esta razón, son muchos los que han considerado la novela como la más lograda de Ancona. Esta peligrosa afirmación no ha salvado a la obra de la admiración sin reserva: más citada que estudiada, cuando no más estudiada que leída. Sea o no sea la mejor, lo cierto es que se trata de una narración cuidada en el manejo deductivo con que expone la intriga. No se trató de una novela por entregas como solían serlo en la época –una novela “escrita en las rodillas”, suele decirse– sino escrita con la paciencia de la memoria. El resultado consiste en que, a diferencia de las obras que le precedieron –desde La Cruz y la Espada hasta Los mártires del Anáhuac–, esta narrativa se aleja del romanticismo épico al estilo de Walter Scott para arribar a los lindes del realismo, rozando por momentos los límites de un “thriller colonial”.

La presente edición crítica que ha sido preparada por Manuel Sol para la colección de Clásicos Mexicanos de la UV, viene acompañada de un estudio introductorio, cronología, bibliografía e iconografía, así como una serie de notas de carácter léxico, histórico y geográfico que guían la lectura a través de las deducciones que motivaron la develación del misterio.

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* Eligio Ancona. Memorias de un alférez. México: Universidad Veracruzana (Clásicos Mexicanos, 16), 2017, 594 páginas.

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Un miedo sólido e infantil. En presencia de un payaso, de Ingmar Bergman

 

Víctor Hugo López

 

Life’s but a walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon the stage

And then is heard no more. It is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury,

Signifying nothing.

(Macbeth, Escena V, Acto V)

 

En una escena de la película Fanny y Alexander (1982), el pequeño protagonista es castigado luego de hacer pública su fantasía de ser vendido a un circo. La escena es autobiográfica, como lo son muchas en la vasta filmografía de Ingmar Bergman (1918- 2007): en una ocasión el pequeño Ingmar, impactado por el Circo Schumann, confiesa a uno de sus compañeros de escuela que sus padres lo han vendido al circo y pronto abandonará la escuela para convertirse en acróbata. La confesión pasó de su compañero a sus padres y a la profesora; el castigo fue severo. De esta vivencia Bergman extrae una pregunta: “¿Por qué un niño de siete años siente el deseo de abandonar el hogar y ser vendido a un circo?”[i]

El Circo Schumann llamó la atención del pequeño Bergman por sus colores, su música de orquesta, los animales y la fantasía de trabajar junto a una joven de la que se había enamorado tan solo al verla pasar sobre un enorme caballo blanco. También de este mágico encuentro con el circo, el director sueco guardó un amargo recuerdo, el temor a los payasos, el cual describe con una breve frase: “los payasos me inspiraban miedo y parecían enloquecidos”.

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Fanny y Alexander fue la última película que Ingmar Bergman realizó para la pantalla grande, pero su trabajo continuó con películas para la televisión, elaboración de guiones y obras de teatro. En 1997 aparece la película En presencia de un payaso; Bergman, cercano a los ochenta años de vida, confiesa no saber si será su último trabajo, el cual refleja, además de su madurez como realizador, la pasión del director por el teatro, la música y el cine. La película tiene como tema central la muerte.

En 1957 apareció El séptimo sello, una de las obras más reconocidas de Bergman y uno de los grandes clásicos del cine mundial. La Muerte cede al capricho del cruzado Antonius Block y acepta jugar ajedrez, regalándole con esta última partida, la oportunidad de reflexionar sobre sus últimos movimientos en el tablero y en la vida. La Muerte es un personaje con un rostro pálido que denota una penetrante seriedad aún en sus ligeras sonrisas, con su vestido negro y su guadaña. Cuarenta años después, en En presencia de payaso, Bergman vuelve a mostrar una imagen de La Muerte; esta vez es una mujer vestida de payaso, inquieta, burlona y por momentos desquiciada.


 

En presencia de un payaso inicia mostrando en letras blancas sobre un fondo negro, un fragmento de La tragedia de Macbeth de William Shakespeare, en específico, las palabras que el Rey expresa cuando se entera que Lady Macbeth ha muerto (Escena V, Acto V). Posteriormente se borran las letras y aparece el protagonista Carl Akerblom internado en un hospital psiquiátrico, dejando caer la aguja sobre un disco para activar el fonógrafo y deleitarse con las primeras notas de “Der Leiermann” (El organillero) de Franz Schubert, último lied de su obra Winterreise (Viaje de invierno). En el poema de Wilhelm Müller -musicalizado por Schubert-  un hombre mira en las calles del pueblo a un organillero que a pesar del inmenso frío que le entumece los dedos y de que nadie quiere escucharlo, continúa dando cuerda a su organillo e ignora las adversidades; el hombre lo mira y concluye:

Viejo extraño,
¿Voy contigo?
cuando yo cante mi canción
¿me acompañarás con tu organillo?

En la película, el tema acompaña la aparición del payaso, manifestación de La Muerte. Cuando éste se presenta ante Carl Akerblom él sabe de quién se trata, reacciona con miedo, se aferra a su cama como un niño asustado, pero es capaz de mantener un firme y breve diálogo con el pícaro payaso que desaparece en la penumbra. En sus Memorias, Ingmar Bergman describe su miedo a los payasos y resume su miedo a la muerte como “un miedo demasiado sólido e infantil”.

En el hospital, Carl conoce al Profesor Vogler, con quien comparte pláticas aceleradas sobre Schubert y la Condesa Mizzi. Carl Akerblom sale del hospital y reúne a su novia, al profesor Vogler y a una actriz para realizar un ambicioso proyecto titulado “La primera y única película del mundo hablada en vivo”. La película tiene como argumento a Schubert en sus últimos días y en su lecho de muerte.

Sobre esta base se desarrolla En presencia de un payaso. Dando paso a las peripecias del grupo involucrado en el proyecto y que acompañan a Carl Akerblom en lo artístico y en lo personal. Para el caballero cruzado en El séptimo sello, se trata de jugar una partida que sabe será la última, de mostrarse fuerte en sus últimos movimientos en presencia de La Muerte; para Carl Akerblom, un viejo que se asusta como niño en presencia de un payaso y que no tiene el mínimo interés de lanzarle un reto, sólo se trata de seguir su pasión como artista.

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[i] Las citas a Ingmar Bergman y las referencias a su vida aparecen en su libro La linterna mágica. Memorias (1987)

 

Prioridades

Alejandro Solano Villanueva

 

Bestialidad del hombre

 

Hace un par de semanas realicé un ejercicio sobre el narrador testigo con mis alumnos. Palabras más, palabras menos, ésta fue la situación que les plantee: estamos parados frente a la ventana y vemos que un perro está cruzando la calle, cuando de repente escuchamos que un coche viene a toda velocidad; inevitablemente, atropella al perro. ¿Cómo contamos la historia si sólo somos testigos? Cuando terminé de formular la pregunta, noté que la mayoría de los adolescentes que estaban en el salón me miraban con desprecio, algunos, incluso, mostraban un franco desencajamiento, una congoja legítima en sus rostros. Pregunté cuál era el problema y una de ellos me dijo: “es que por qué un perrito, profe, pobrecito. Es una pobre vida inocente”. Yo alegué que daba igual, que sólo era un ejemplo para analizar cómo funciona la visión del narrador testigo. Otro compañero reviró —y probablemente fue lo que más me sacó de onda—, dijo que eso era cruel, incluso como ejemplo; concluyó: “no podemos, mejor, matar a una persona… Seguro es más justo, porque cruzó la calle sin fijarse y, pues, es consciente de sus actos… El pobre perrito, no”. Una mayoría abrumadora aplaudió el razonamiento. Como en mi adolescencia, la campana del cambio de hora me salvó de llevar esa discusión más lejos.

Me pregunto cuáles fueron los parámetros bioéticos que consideraron mis alumnos para llegar a la conclusión de que vale más la vida de un perro imaginario que la de un hombre imaginario. Puede ser que solamente se trate de un arranque de ternura provocado por la violencia de la escena. Me pregunto si esa lógica podría trasladarse a la realidad. Yo quiero creer que no y sin embargo el mundo me demuestra lo contrario.

Tengo algunos amigos animalistas que intento respetar en el límite de la cordura. Una vez, en una reunión, una chica declaró abiertamente que ella preferiría —incluyendo la hipérbole— mil veces ayudar a un perro callejero que a un vagabundo, argumentando que el segundo está en esa condición debido a las decisiones que tomó en su vida. Si seguimos esa lógica, el mal del hombre, para ser despreciado por los otros, es la razón; la que se nubla cuando cruzas o la que te condena cuando decides vivir a expensas de la calle.

En los chicos hay una evidente falta de madurez social y emocional. La mayoría de ellos viene de casas con una cierta estabilidad económica que los obliga a vivir en una burbuja, no contactan con el mundo que está más allá de las plazas comerciales o las rejas de las zonas residenciales donde habitan. El segundo juicio es el reflejo de puro y vulgar egoísmo. Eso no quiere decir que ambos casos no estén relacionados, sino que el segundo parece un resultado del primero. Las personas que lanzan sentencias de ese tipo no alcanzaron a formar un juicio empático que los conectara con la realidad humana que está justo frente a sus narices. Supongo que se debe a que muy dentro de ellos hay una especie de deuda o revancha contra la propia humanidad que los ha herido y les ha fallado en un grado tal que es imposible considerar que alguno menos afortunado valga la pena. O quizá los estoy justificando de más y sólo se trata de indiferencia, negación o ceguera. Aun así, estas personas se enmascaran en una supuesta altitud moral, una falta total de mezquindad para con todas las criaturas de la tierra, excepto las de su misma especie, claro.

Mis alumnos, en fin, remarcaron la actitud que describió Roberto Louis Stevenson en el siglo XIX: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación”.

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Humanización de la mascota

No tengo nada contra los perros, incluso me llegan a parecer simpáticos. Cosa que no me pasa con los gatos. Mi problema es con la especie humana, es decir, los dueños de los perros que no hacen más que llenar sus vacíos existenciales con la vida de esas criaturas. Los visten, los miman, los malcrían para evitar vestir, mimar y malcriar a sus propios hijos o, peor, para llamarlos hijo, bebé, mi vida. A mí me parece que éstos son los verdaderos abusadores de sus propias mascotas. Le arrancan su perrunidad a los perros para volverlos cuasi hombres, cuasi ángeles, cuasi dioses. Perrolatría, lo llama Javier Marías.

Almas ausentes de propósito en la vida, como pensara Sartre, vuelcan su ansiedad en seres a los que siempre podrán tener sometidos a su voluntad, en seres que no se revelan ante la excesiva comodidad (quién no quisiera vivir como un chihuahua de París Hilton). Dueña del espacio, la mascota se vuelve ídolo en tierra de creyentes. Y así es como la razón que condena al vagabundo, se vuelve idolatría de la bestia, del Otro al cual se obliga a ser un semejante: humanización de la mascota, bestialidad del hombre. ¡Ay de aquél que cuestiona su dogma… Ay de aquél que injurie a sus ídolos!

Guillermo Manuel Acuña Méndez

Diego Lima

Luego de que Pedro Caffarel comprobara la existencia de Guillermo Manuel Acuña Méndez, el hijo de Manuel Acuña Narro con Laura Méndez Lefort ha sido materia de obligado comentario, a la hora de pasar revista por el año de 1873 en la República de las Letras: interregno donde inicia el mito de Acuña Narro, derivado en gran medida por el suicidio en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina, así como el ascenso en la carrera literaria de Méndez Lefort.[1] Otros integrantes de la sociedad literaria de la época como Agustín F. Cuenca[2], Guillermo Prieto e incluso, el propio Ignacio Manuel Altamirano, participaron directa o indirectamente en los sucesos que rodearon esta unión. Por estas razones, he decidido compartir un par de documentos que hallé en los Archivos Parroquiales y Diocesanos, y en el Registro Civil de la Ciudad de México, con el propósito de aclarar algunos puntos ciegos que se ciñen aún sobre este episodio de la paternidad en nuestras letras.

Estos son los hechos.

Sabemos que Manuel Acuña Narro (1849-1873) y Laura Méndez Lefort (1853-1928) sostuvieron una relación amorosa que se remonta al año de 1872, época de la que proviene el ciclo del coahuilense dedicado “A Laura”. Intermitente, la relación nunca se concretó de manera legal, aunque se puede suponer fue intensa si nos atenemos a la lectura biográfica de la obra literaria de ambos escritores. El noviazgo más bien se prolongó, asediado por conflictos económicos, malentendidos e infidelidades que ocasionaron la ruptura definitiva de la pareja en el primer trimestre de 1873: los dos hicieron público su “Adiós” en los diarios de la capital en estas fechas. Sin embargo, tuvo que ser en el interregno de una larga como tortuosa separación que Laura Méndez quedara embarazada. Esto me lo sugiere el hecho de que el menor, Guillermo Manuel Acuña Méndez, naciera el 23 de octubre de 1873, según hace constar la partida 288 del libro segundo de bautismos de hijos naturales de la Parroquia de la Santa Veracruz:

En nueve [9] de diciembre de mil ochocientos setenta y tres [1873], yo, fray Felipe Aguilera (Venia Parrochi) bauticé solemnemente en esta parroquia de la Santa Veracruz a un niño que nació el veintitrés [23] de octubre de este año, a quien puse por nombre Manuel Guillermo, hijo natural de don Manuel Acuña, difunto hace tres días, y de doña Laura Méndez. Fueron sus padrinos don Guillermo Prieto y doña Úrsula Espinoza, a quienes advertí su obligación y parentesco espiritual. Y para que conste lo firmé con el señor cura. [Rúbricas] Fray Felipe Aguilera.– Licenciado José María Antonino González.

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Tal cual se declara en el documento eclesiástico, el bautismo se realizó tres días después del suicidio de Manuel Acuña, la tarde del 6 de diciembre de 1873, en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina. Todavía más: el menor se asentó el mismo día que los amigos, Antonio Coéllar y Agustín F. Cuenca, dieron parte a las autoridades del fallecimiento. La ceremonia fúnebre que paralizó la vida en la capital mexicana se llevó a cabo al día siguiente. Guillermo Prieto sobresale en el registro como ilustre padrino del recién nacido, quien por cierto, lleva su nombre. Justo Sierra llegó a declarar que Prieto no sólo había pretendido a Laura Méndez —así lo aseguran José López Portillo y Rojas, y Francisco Nájera—, sino que éste había sido uno de los motivos más fuertes para el rompimiento de la pareja.

Las exequias por la muerte la muerte de Manuel Acuña ocuparon todos los diarios, así como las coronas fúnebres o las notas de carácter sentimental, sin que ninguna hiciera mención de su reciente paternidad. Sea como sea, este no sería el golpe más fuerte que sufriría Laura en esos días. El infante murió víctima de bronquitis el 17 de enero de 1874, poco antes de cumplir los tres meses de edad, según consta en la partida 144 del libro de defunciones del Registro Central de la Ciudad de México:

En la Ciudad de México, a las tres [3] de la tarde del día diez y siete [17] de enero de mil ochocientos setenta y cuatro [1874], ante el [ciudadano] José María Medina, juez segundo del Estado Civil, compareció el ciudadano Agustín Cuenca, natural y vecino de ésta [ciudad], en la calle de Zuleta, número diez [10], de veintitrés [23] años, soltero, periodista, el que manifestó que hoy a las tres cuartos para las seis [5: 45] de la mañana, en la referida casa, falleció de bronquitis aguda el niño Manuel Acuña, de México, de tres meses, hijo natural del finado don Manuel Acuña y de doña Laura Méndez, de Ameca, con domicilio en la referida casa, de veinte [20] años, soltera. Lo asistió el doctor Ruiz Sandoval y se inhumará en el Campo Florido, en primera clase. Son testigos los ciudadanos Miguel Quezada e Ildefonso Estada y Zenea. El primero, natural de ésta en el edificio del Seminario, de treinta y cuatro [34] años, conocido periodista; y el segundo, del mismo origen que el anterior, con domicilio en la calle Cerrada de Santa Teresa, número uno [1], de cuarenta y tres [43] años, casado, escritor público. Con lo que terminó esta acta que les fue leída, ratificaron y firmaron ante el presente juez José Ma. Medina. [Rúbricas] Agustín F. Cuenca.– Ildefonso Estrada y Zenea.– Miguel Quezada.– Es copia que certifica José Ma. Medina.

No debe extrañarnos que en el documento se dé a conocer que Guillermo Manuel fue inhumado en el Campo Florido, al igual que su padre. Tampoco que, quienes otrora fueron amistades del poeta, informaran en el registro sobre el deceso. Llama mi atención, no obstante, que Agustín F. Cuenca declarara ante el juez que compartía domicilio con Laura Méndez, en la calle de Zuleta, número 10. El famoso poeta se casaría finalmente con ella en 1877, por lo que resulta sugerente remontar hasta esta época los vínculos emocionales.

¿Por qué se mantuvo en silencio la paternidad de Acuña? No lo sé de cierto. La verdad en México es singularmente difícil de documentar por el estado de nuestros archivos, hemerotecas, y reglamento de nuestras instituciones de consulta pública. Sin embargo, ante la carencia de una historiografía de nuestra literatura decimonónica, he considerado necesario armar en el terreno de lo posible un relato que de coherencia a estos hallazgos, breve encuentro de aquél que he denominado en otras ocasiones como mi oficio de tinieblas.

alimdiego.wordpress.com

[1] Pedro Caffarel, El verdadero Manuel Acuña (México: Imprecha, 1984). Véanse además Alicia Romero Chumacero, “Laura Méndez y Manuel Acuña: un idilio (casi olvidado) en la República de las Letras”, en Fuentes Humanísticas (México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2009) vol. 21, núm. 38, pp. 23-39; además de Ángel José Fernández, “Ensayo de una poética para Laura Méndez de Cuenca”, en Literatura Mexicana (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2013) vol. 24, núm. 1, pp. 45-63.

[2] Efrén Ortiz Domínguez, “Estudio introductorio”, en Agustín F. Cuenca, Obra literaria (México: Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, 2014).

Dos poemas de Frank Lima

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El Bronx

I hate the Orient in the morning. The kisses are too slow, like breaking of smallpox and the women who have three tits struggle

from one continent to another:

 

Everything trembles in this building when the lovers fuck. They

think they´re putting the salt back in the sand. And the tenants

wonder about the dogs at dawn that rest like the wind on

a gleaming taxi. Why should I leave this swamp? The showers are

relentless, and the water is always hot, as hot as the three small

closets that we have full of show worshipping the small clouds of

underwear, the butterflies of smoke.

 

 

El Bronx

Odio el Oriente al amanecer. Los besos son tan lentos como los brotes de viruela y las mujeres de tres tetas, que torpes

se desplazan de un continente a otro:

 

Todo tiembla en este edificio cuando los amantes cogen. Creen

que le están devolviendo la sal a la arena. Y los inquilinos

se preguntan por los perros que al amanecer descansan como el viento

en el destello del taxi. ¿Por qué habría de dejar este pantano? El agua

de las regaderas es incesante, siempre está caliente, tan caliente como los tres armarios que tenemos repletos de zapatos y que loan a las pequeñas nubes de ropa íntima como mariposas de vapor.

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Hotel Park (Oriente, Calle 110)

 

Mis dedos

estallando con ojos te tocan

en un mar de espumeantes

sábanas

Marco un chupetón en tus muslos

esponjosos

estampo besos gruesos

en tus labios inflamados

tu lengua chapotea en mi oído

Soy el rey del techo

 

La cama zumba de gemidos

mi nariz hormiguea

en los pelitos de ratón

de tus pechos de botella de bebé

que bailan con los resortes

de tu monte enredado

escurre el rocío de la noche

atornillado a mi lomo

como religión

 

Entonces

siniestra segundos

tapan

los relojes de arena

el hedor del amor cuelga del cuarto

como una playera sucia

nos vamos

pero charcos de vida quedan

detrás

del enchufe peludo

huele a milagro

tenemos diez y seis años

Traducción: Yasmín Rojas

 

*Los poemas forman parte del #14 de la revista El corno emplumado, correspondiente a abril de 1965.

Noche de brujas: la muerte de la madre en dos poetas, M.M y O.O

Eloísa del Mar Arenas Torresdey

 

“Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al

alba luminosa”

Alejandra Pizarnik

“La naturaleza las hace brujas…”

Jules Michelet

 

Es tiempo de cosechas, los frutos se recogen y se celebra que estamos vivas. Una atmósfera melancólica nos rodea pues los rituales para la fiesta de Todos Santos ya comenzaron. Se abren los umbrales para la visita de nuestras fieles difuntas que llegan con el viento blanco de los primeros fríos. Como es tiempo de reflexión y agradecimiento a la madre tierra, dadora de vida y devoradora cruel, me parece buen momento para hablarles de mis dos abuelas adoptivas, mis poetas brujas, las que invaden mis sueños y me murmuran al oído las palabras hechizo. Contaré un poco sobre mis encuentros con ellas, el asombro que me producen su obra y vida, y con suerte, despierte en ustedes la curiosidad lectora.

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Leer los poemas de Margarita Michelena es asomarse a lo infinito en toda su siniestra soledad, contemplar la belleza terrible de la noche que habitamos y en su música vislumbrar apenas el misterio de nuestro origen nunca revelado. Vocación de poeta, Michelena asumió su destino de inefables vuelos aperlados y descensos contemplativos, la luz de su canto entre tinieblas, su voz que nombra lo desconocido mientras lo oculta: “La poesía es el instrumento revelador por excelencia, pero la desdicha es que nunca llegas a la verdad final, absoluta, aunque aspires a ella.” (entrevista con Cristina Pacheco, p. 320). A sabiendas del designio, entre embeleso y terror, Michelena me hace ver:

Una estrella de alta combustión.

Una cosa purísima, innombrable.

La construcción de los versos de Olga Orozco es monumental y serpentina, con sus ojos inmensos, es Reina de las Sombras, la seductora de largo aliento. Su universo poético trasciendió los límites de la hoja e impregnó todo aquello que la rodeaba, para multiplicar, incansable, “las posibilidades del yo”. Magia y escritura: hizo adivinación sobre su destino con la cartomancia, los cadáveres exquisitos, las sopas de letras y las máscaras; se vistió de noche para construir castillos a las hadas, domadora de lagartos e incendios; ella es el ser lírico por excelencia, conocedora y nostálgica de su prolongación.

Primero conocí los versos de la poeta argentina, Olga me habló de la víspera de su muerte desde ultratumba pues fueron los Últimos poemas (2009) donde por primera vez escuché su voz. Al poco tiempo, comencé a leer a Margarita y recuerdo que los poemas “Dualidad” y “A mi hijo sin vida” me mostraron zonas antes no exploradas en mi experiencia lectora.

Mi primer descubrimiento, un tanto irrelevante si ustedes gustan, no deja de ser interesante y aportar, al menos, pistas sobre el espíritu de época que marcó nacimiento, vida y muerte. Ambas vivieron en dos latitudes distintas, pero casi los mismos años: M. M. nació un 21 de julio de 1917 en Pachuca, Hidalgo (celebramos el centenario de su salida a la luz “en un mundo enemigo / jubiloso y extraño”); a los 81 años murió en la Ciudad de México, un 27 de marzo de 1998 (el año entrante se cumplirán dos décadas de la “fecha oscura” sobre su frente). O.O. nació en Toay, La Pampa un 17 de marzo de 1920 (presumiendo vida y salud, pronto alcanzamos la conmemoración de sus cien años) y a la edad de 79 entró en el “sueño perdurable”, un 15 de agosto de 1999, en Buenos Aires.

En pleno término de la Segunda Guerra mundial, las dos comenzaron a publicar muy jóvenes: nuestra poeta mexicana en 1945, Paraíso y nostalgia; Orozco en 1946, un poemario titulado Desde lejos. A partir de entonces, su trayectoria poética labró gloriosos caminos lejos de los reflectores y, sin embargo, ambas fueron consideradas verdaderas poetas dentro de un ambiente literario donde los hombres predominaban.

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En Los juegos peligrosos (1962), de Orozco, hay un poema que se titula “Si me puedes mirar” en el que la hija poeta, “desamparada criatura”, habla a su madre muerta en busca de protección y guía: “Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana”. En el poema, la madre ausente habita otra dimensión inaccesible a la hija y, sin embargo, acude a consolarla en su lamento:

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,

sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,

o me ordenas las sombras,

o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado

cualquier día,

o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.

Por otra parte, Michelena escribe “Lección de cosas”, un poema en tres cantos dedicado a su hija Andrea y publicado en El país más allá de la niebla (1968). Es al inicio de la tercera parte donde la voz de la madre poeta, “inextinguible espiga”, le anticipa a su hija el suceso de su muerte. El ritmo es lento, el tono grave, versos endecasílabos y eneasílabos hermosamente dispuestos transmiten la trágica e inevitable noticia:

… Sobre mi frente

hay una fecha oscura, hay una hora

de soledad, hay una noche

aguardándome encima de los ojos

y que habrá de bajar a devorarme.

Al cierre del poema, la voz de la madre se sobrevive en las palabras y trasciende también el poema mismo en la corporeidad de la hija:

Nunca te diré adiós. Yo no podría,

viéndote, dulce hazaña del rocío,

inscrita en la belleza de las cosas,

despedirme, en la muerte, de mí misma.

Es importante señalar la sincronía en los dos poemas, aunque la hija poeta cante a su madre para revivirla en las palabras y la madre poeta cante a su hija para mantenerse viva, ambas disponen un orden de cosas en donde contemplamos la eternidad enraizada en sí mismas y conscientes de la continuidad de su sangre en los tiempos, deciden nombrar el misterio que las envuelve. Son suyos los dominios de lo poético, brujas de la palabra reaparecen apenas se las lee, nos invade su espíritu para revelarnos la fugacidad y permanencia de nuestro ser y el poderío de la madre más allá de la muerte.

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Referencias:

Michelena, Margarita. (1996). Reunión de imágenes.

Orozco, Olga. (2009). Últimos poemas. Barcelona: Bruguera.

                          (2012). Poesía completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

Pacheco, Cristina. (2001). Al pie de la letra. México: Fondo de Cultura Económico.

 

 

Distante

Iván Partida

Aquel primero de septiembre desperté con la pesadez y los nervios del viajero novato que está a punto de salir de su país. La odisea era la siguiente: de Xalapa, Veracruz me transportaría al aeropuerto internacional de la ciudad de México, de ahí esperaría unas 3 o cuatro horas para tomar un avión que haría escala en Chile para, al cabo de otro puñado de horas, volar hasta Córdoba, Argentina.

Los aeropuertos internacionales son una torre de Babel del siglo XXI; las nacionalidades y los idiomas caminan, se cruzan, chocan, se disculpan y siguen su camino, se sientan en las mesas de fast food, beben coke, diet coke, zero coke, comen burritos-wraps vegetarianos , o se instalan con gritería infantil a rendir culto a Ronald McDonald.  En esta nueva Babel se puede llegar al cielo otorgando una hecatombe monetaria a los sacerdotes del culto aeronáutico.

Mientras esperaba el despegue cambié mis pesos por la lingua franca del mundo, el dólar. Comí un wrap y esperé. En esa mesa pasaron hombres silenciosos, una familia española con insoportables niños pequeños, una francesa de inglés rudimentario y que, apenas agotaba sus recursos lingüísticos anglosajones, se limitaba a sonreír. Acaso el mayor incidente fue escuchar a una mujer mayor, mexicana, que le contaba a otro mexicano más joven sobre los motivos de su viaje: tenía un hijo de cuarenta años con un tumor en el cerebro en alguna ciudad de España e iba a reunirse con él para ayudarlo, o quizá, pensé, para decirle adiós.

Pequeñas anécdotas sin importancia llenan el viaje: una niña vomitó y fue convocado un médico entre los pasajeros para que la revisara, cambiaron tres veces la puerta de embarque en Chile y los que viajábamos  hacia Córdoba nos convertimos en manada nómada y quejosa que se movía pesadamente de un lado a otro, jalando maletas, niños y nuestra propia masa corporal magullada por las ocho horas de vuelo. En ese pequeño incidente atestigüé en vivo la furia argentina llena de reclamo italiano mezclado con el muy hispánico “hijodeputa”. Al final, ya en el aire, todos iban calmados y en silencio mientras las turbulencias azotaban el avión en el trayecto a Córdoba.

En Córdoba Capital saltaron más las cosas parecidas a México que lo diferente. En mi primer recorrido para conocer la Universidad donde realizo la Estancia bibliotecaria vi basura producida por las jodas (fiestas) del fin de semana, gente que no respetaba los semáforos y cruzaba la calle con la destreza y seguridad de las gacelas, estudiantes jalando maletas para ir a sus pueblos o regresando de ellos, perros callejeros, vegetaciones propias de climas áridos y agrestes; me sentí como en casa, unido por ese cordón de plata que evita que el cuerpo y alma se separen durante los viajes oníricos.

Pero, claro, hay diferencias entre México y Argentina. Acá (ellos dicen “Acá” y pocas veces “Aquí”) los refrescos son gaseosas, fajar es robar y franelear es nuestro fajar, el camión se dice colectivo o bondi, mamada es pete, el hueso de la aceituna se dice carozo; el desayuno habitual consta de dos medias lunas (cuernitos pequeños), un café con leche, un jugo de naranja, una medida de manteca y una de mermelada o dulce de leche (pedir cajeta en estas tierras es como pedir panocha en México).

Anécdotas dialectales aparte, jóvenes y adultos argentinos tienen un tema pasional en su vida, incluso más que el futbol: la política. La gente por acá tiene la polémica en su sangre: peronistas, kirchenristas, macristas y otros tantos que desconozco. Acaso las heridas dejadas por la dictadura han vuelto al argentino un ciudadano preocupado por vigilar a sus gobernantes. El mexicano promedio conoce alguna cosa de política, sobre todo cuando se hacen los circos para las elecciones presidenciales; pasados esos shows mediáticos, vivimos en el descontento y en la indiferencia ante las bestias que nos gobiernan pero, sobre todo, ante la polémica política ―que no tiene mucho que ver con la grilla o las acusaciones estúpidas entre cabecillas de partidos o entre títeres contrahechos que presiden los municipios o las zonas de las grandes ciudades―, con la tradición de cada partido y sus acciones en la vida del país. Ya sea derecha o izquierda, los argentinos entran con discursos fuertes en la palestra de la política en la vida cotidiana, en la charla familiar o la lucha de las redes sociales y comentarios en foros de internet.

Justo un día antes de mi llegada hubo protestas en varias ciudades del país, incluida la Nacional de Córdoba, por el retorno de un fantasma que se aferra en la memoria colectiva de esta nación: el caso Santiago Maldonado. Desconozco los detalles, sólo sé que era un artesano y tatuador que desapareció durante un operativo de represión a la comunidad indígena de los mapuches, quienes reclamaban la propiedad de tierras en la provincia de Chubut, bajo la ocupación del Grupo Benetton (el de la ropa). La imagen de Maldonado y el escándalo que ha significado su desaparición, el reciente descubrimiento de su cadáver en las aguas del río Chubut, la autopsia y los reclamos por una versión oficial de los hechos que “no acaba de cerrar”. Las protestas por su muerte y los manejos poco claros son las llamadas de atención de una ciudadanía que no ha olvidado el terror de las bombas de la plaza de mayo en 1955, la furia del grupo guerrillero Montoneros que ejecutó al  expresidente Aramburu en 1970, o la sublevación que seis años después instalaría el terror fascista tras el derrocamiento de Isabel Perón con el Proceso de Reorganización Nacional. La ciudadanía argentina joven conoce el miedo por boca de los padres, de los hermanos, porque, en ocasiones, hay ramas amputadas en su árbol familiar, en el de un amigo o de un conocido; por eso no puede ser indiferente a la política, a las disputas del poder y los cambios ideológicos de su sociedad. Cerrar los ojos ante la política sería callar y conceder la posibilidad de otro infierno.

Otra cosa de Córdoba: hace mucho no sentía la seguridad de caminar a medianoche por la calle, de no leer en los periódicos sobre decapitados y temer encontrar la muerte en una balacera azarosa. Crimen y puñaladas hay por todos lados, como buen mexicano que soy no dejo de mirar de reojo a la persona que va detrás de mí, trato de caminar por las calles más iluminadas y concurridas y guardo mis objetos de valor lo mejor que puedo.

En este lugar tan distante, a 6,650 kilómetros más o menos de la ciudad donde vivo, he encontrado a gente que me ha tendido la mano y me ha hecho sentirme menos solo, menos ajeno de todo lo que me rodea. El hostal donde vivo (jóstel, pronuncian acá) es un sitio de vivienda y paso de gente variada, por ejemplo, en estos casi dos meses que he vivido como pensionado en un cuarto de nueve camas conocí a dos venezolanos, un colombiano, un gringo al que le robé la cama en una borrachera furiosa, a un chileno, un ecuatoriano, una española, y un brasileño. Quizá más nacionalidades que no recuerdo, porque a veces los extranjeros duermen una noche, unas horas apenas, y desaparecen con la luz de la mañana.

No siempre hay aventuras graciosas en esta vida comunal que llevo en Córdoba, una semana me tocó dormir con un mitómano que decía que era cardiólogo, radiólogo, infectólogo y economista, y que estaba dispuesto a contarle su vida a todo ser vivo que tuviera el infortunio de mirarlo a los ojos más de cinco segundos; los ojos de ese hombre, natural de Buenos Aires, buscaban gente distraída para atacar: una vez desperté, giré la cabeza a la derecha y vi como el hombre me miraba fijamente, así que corté la comunicación dándole la espalda y regresando al sueño. En esa misma época una muchachita chilena que estudiaba medicina se instaló un par de días en la cama baja de la litera donde duermo, ahí creó en un minuto un ecosistema de ropa, libros, maquillaje y perfumes que desbordó los límites de su colchón e invadió las camas vecinas. La chilena, supe después, había sido expulsada de otro lugar y no tenía a donde ir, al final pudo más la cordura y le pidieron que se fuera al cabo de tres días. Ella, aferrada, duró en el hostal hasta el último minuto que pudo, se escondió en la terraza primero, cuando la descubrieron, dijo que iba a recoger sus cosas, se agazapó en las sombras del cuarto de nueve camas y comenzó a doblar sus playeras de tal forma que tardó una hora más. La chica se fue a las ocho de la noche, cargando sus maletas, supongo, y buscando algún otro incauto que le diera asilo. El tercer personaje de esa época dura fue una mujer que cargaba un demonio y que pretendía exorcizar con litros de cerveza, era desalentador ver bajo su cama las caguamas vacías y  ella arriba, dormida, como en un nido de vidrio opaco.

La vida nómada tiene muchas aventuras, pero no me gustaría seguir ese camino, soy un hombre árbol y cada trasplante significa un proceso doloroso del que tardo en recuperarme. A estas alturas extraño mi hogar, mi familia, mis amistades, a mi novio y mi poder adquisitivo, para mí la vida en Argentina es una vida distante, vivida por otro; acaso mi cuerpo está aquí, con los estudios, las fiestas, las aventuras, pero mi alma está allá, en mi hogar, en la casa materna frente al mar, en el frío lluvioso de la montaña xalapeña, en un país que se desmorona y al que estoy unido por un precioso hilo de plata, a pesar del dolor, a pesar de la distancia.

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe

Enrique Padilla

 

Me gusta mi cuerpo. Me gustaría que tuviera un poco más de músculo, no porque lo necesite (la vida de un escritor/traductor exige poco de las potencias físicas) sino porque no soy inmune al mandato social que, más allá de exhibir una buena salud, hace del cuerpo atlético el símbolo de una condición “más deseable”. También, si lo recorro de arriba abajo, encuentro más mejoras posibles, que puedo identificar con otros tantos preceptos culturales. Me gustaría, por ejemplo, ser más alto, o que la barba de mis mejillas fuera más tupida. Pero mi cuerpo, dentro de lo que cabe, es un buen cuerpo de 34 años, magro, funcional, relativamente sano y cuya resistencia, puesta a prueba de tanto en tanto, a veces me sorprende.

Esta conformidad, si no se le puede llamar aceptación, con la carne que me deparó la genética, no es algo que haya llegado fácilmente. Parte de mi familia es demasiado católica y aún recuerdo ese día incómodo, al comienzo de la pubertad, en que mi padre me sorprendió masturbándome. Recuerdo poco del sermón que siguió, pero sí, en definitiva, la enseñanza de que la masturbación “te quita la gracia de Dios”. Es una historia divertida para contar en una borrachera, pero no lo fue el año y medio, más o menos, que pasé combatiendo los impulsos de mi sexualidad adolescente, sintiéndome derrotado cada vez que cedía, la triste sensación de triunfo cuando conseguía disciplinarme y parar antes de llegar al orgasmo. Por fortuna, la diosa de la verdadera gracia obra por caminos frívolos. Hojeando con sana curiosidad las revistas “para mujeres” que alguien había dejado en casa (creo que fue Elle, pero podría haber sido Vanidades) llegué a un artículo sobre la masturbación femenina. Allí se hacía hincapié en que el cuerpo de una mujer puede sentir deseo y satisfacerlo por sí misma, puesto que se trata de algo saludable y natural. Razoné, con lógica urgente de púber, que si eso estaba bien para las lectoras de esas revistas (las señoras corteses, clasemedieras, bienintencionadas, que eran amigas de mi mamá) entonces, en definitiva, estaba bien para mí.

Debo agradecer a los editores de Elle, por tanto, un significativo vuelco en mi desarrollo, pero no puedo pasar por alto el papel que ese tipo de revistas, junto con tantos mecanismos ideológicos similares, han tenido en el diseño de un patrón de cuerpo para ambos sexos. No me detendré en lo que ello ha significado para la imagen y la sexualidad de tantas mujeres, porque no me corresponde y porque esa crítica la han hecho mejores plumas que la mía, desde Alfonsina Storni hasta Margaret Atwood. Lo que quiero apuntar es que el cuerpo de los hombres está sometido también a opresiones y que, en la medida en que escapa del molde de la virilidad hegemónica, patriarcal y heterosexual, se ve rechazado de una manera más sutil, pero no menos perniciosa, que el cuerpo femenino. Quisiera dejar bien clara mi postura: esto no es una competencia, no se trata de un refrito del argumento “pero los hombres también sufren”,  no puedo acabar de imaginar lo que debe ser para una mujer ser constantemente juzgada por su físico. Tampoco puedo abordar, por falta de argumentos y experiencia, la relación que un hombre con una orientación sexual distinta de la heterosexualidad, en el amplio espectro del género, establece con su cuerpo. Quiero hablar de la serie de imperativos que mutilan la relación que muchos hombres tenemos con nuestro cuerpo, el lastre que ello impone sobre la imagen que nos formamos de nosotros mismos y las consecuencias, con frecuencia bastante nocivas, que tal cosa tiene sobre nuestra conducta.

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe ser fuerte, impenetrable, capaz de cargar cosas pesadas (tengo un amigo que se agravó una hernia intentando demostrarlo). Debe ser, o haber sido, al menos, antes de la proverbial lastimadura de rodilla, bueno para algún deporte. Sus hombros deben ser anchos. El vientre, de preferencia marcado, no debe abultarse. También, por supuesto, debe resistir el alcohol. No sólo eso: debe aguantar la ingesta de gran cantidad de sustancias sin perder el dominio de sí. Un hombre debe ser alto: cualquiera que mida menos de 1.70 corre el riesgo de desarrollar complejo napoleónico. La voz ha de ser profunda. La quijada, cuadrada; caso contrario, una barba abundante es la mayor defensa y afirmación de la propia hombría. El bigotito a lo Cantinflas es motivo de burla. También tener tres o cuatro pelos en el pecho. En cuanto al tamaño del miembro, bueno, ya se sabe. Y si agregáramos a lo anterior las exigencias aparejadas con las cuestiones raciales, nacionales… sería el cuento de la masculinidad nunca acabada de emascular.

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Como resulta lógico, la gran mayoría de los hombres no podemos satisfacer semejante lista de requisitos. Vale la pena preguntarse cuántas guerras se originan, cuánta competencia idiota, a partir de la consciencia de la imperfección de nuestros cuerpos. En qué medida buscamos compensar lo que natura non dio supliéndolo con poder, dinero, verbo, gracia, o bien, “experiencia del mundo”, “saber hacer las cosas”, un motor potente y ruidoso, pura terquedad disfrazada de tenacidad: cómo chingados no.

Ahora, aun si nuestra masculinidad alcanza cierto grado de equilibrio entre lo que el cuerpo es y las muletas culturales que lo sostienen, también debemos lidiar con algo a lo que podría llamarse “culpa laica”: la vergüenza de que nuestro cuerpo no sea lo que la cultura occidental dominante dice que debe ser. Y más todavía: que el pene aparezca muchísimo menos en las series y en los filmes en comparación con los desnudos femeninos (o incluso que los culos de los actores de Hollywood) tácitamente apunta a que en el órgano masculino hay algo sucio, indeseable, que no se puede admitir. Como si, por el solo hecho de tener pene, ya hubiéramos nacido con una mancha original. Cuántos hombres, cuando se muestra un miembro en una pantalla, se ven impelidos a volver un poco la cabeza o a manifestar un cierto grado de cómica repugnancia, como si la misma cosa no les colgara entre las piernas o tuvieran que recalcar de ese modo que no son putos, que ver un pene no les produce el menor deseo. Qué paradoja: subrayar nuestra masculinidad expresando asco por la parte del cuerpo que más define esa misma masculinidad.

La culpa se acentúa con la edad: si no se es George Clooney, el cuerpo de un hombre de más de 50 años parece algo por fuerza repugnante. Sentir todavía deseo: un despropósito, un no resignarse a aceptar la decadencia inevitable, como si la sexualidad tuviera fecha de vencimiento. Y aquí juega un papel también la cuestión de la clase. En comparación con los torsos de los influencers de Instagram, la imagen que los Donald Trump, los gobernadores y empresarios y senior executives del mundo deben tener de su físico no puede ser muy halagadora. La forma en que encuentran aceptación para su cuerpo es la compra de favores sexuales o, como en el caso de Harvey Weinstein, el ejercicio brutal y descarado de su poder. ¿Es de sorprender, entonces, que tantos hombres como ellos se rehúsen a cuestionar o perder sus privilegios, con los costos sociales, morales, económicos, psicológicos que ello implica? Por el contrario, esa posibilidad queda lejos del alcance del cuerpo del obrero, del jodido que trabajó toda la vida y no pudo o no supo garantizar, para su madurez, el beneficio de esa aparente aceptación. Ojo: esto no es una justificación para tantas conductas que desembocan, como se ha puesto cada vez más de relieve, en la violencia contra la mujer. Pero antes de llegar, necesariamente,  a ese tema, quisiera dar todavía un paso intermedio.

Franz Fanon, al hablar de cultura y racismo, afirma que no es posible someter a los hombres a la servidumbre sin inferiorizarlos y que el racismo no es más que la explicación emocional, a veces intelectual, de esa inferiorización. En consecuencia, lo normal, en un sistema colonizador, no es la tolerancia, sino el racismo; el racista, no es la excepción, sino la regla. De manera análoga, en un sistema donde la sexualidad masculina se estimula con exceso, a la vez que se le imponen tantas restricciones sobre su propia sexualidad, lo normal es la producción en masa de acosadores. Sin una educación para abordar y aceptar el cuerpo femenino porque los hombres no abordamos ni aceptamos la naturalidad de nuestro propio cuerpo, los actos de los violadores, los eyaculadores del transporte público, los exhibicionistas de la calle, los machitrolls de redes sociales y los golpeadores de mujeres, se presentan como una necesidad de imponer, penetrar, afirmar la primacía de su cuerpo, obligar al mundo a concederles un lugar, siquiera la mirada o la repulsión del otro, aunque sea por la fuerza. Voy a insistir en que esto no es una justificación: por el contrario, es un lamento. El cuerpo masculino que ejerce la violencia pierde su capacidad creadora, renuncia a la diferencia que lo hace único en relación con las demás personas, diluye el poder de su piel, sus músculos, sus proporciones, en el rostro unificador de la destrucción; desperdicia, en síntesis, la fuerza que reside en su cuerpo para crear una identidad, una forma original de relacionarse con los otros cuerpos y con el mundo.

Dicho lo anterior, quisiera acercarme ahora a la cuestión de la violencia contra la mujer. Yo no soy quién para tirar línea ni creo que una sola persona o grupo, de ningún género o corriente de pensamiento, pueda aportar una solución única e indiscutible a lo que es un problema terriblemente arraigado y complejo. Lo que puedo decir es que, al menos en parte, dicha solución pasa por liberar al cuerpo de los hombres de los preceptos morales, ideológicos, capitalistas, que lo deforman. Crear una forma de la masculinidad menos nociva para todos implica aceptar que el cuerpo de un hombre puede ser vulnerable, permeable, sensible y limitado, que puede encontrar sosiego en la renuncia a penetrar, conquistar, someter. Este cambio de perspectiva no es responsabilidad de “las mujeres”, ni tampoco, en forma exclusiva, de “los hombres”.  De lo que se trata, en realidad, es de una suma de ideas, y así, las fuerzas capaces de influir en la resultante son las fuerzas capaces de crear un nuevo imaginario de lo real: el periodismo, el arte, el derecho, la educación, la psicología, el cine, los programas sociales.

A lo largo de este ensayo he procurado ser honesto.  Con el mismo espíritu, necesito decir que no escribí estas líneas para acusar a otros y lavarme de culpa: bien conozco las actitudes perjudiciales con que he lastimado a distintas mujeres a lo largo de mi vida y que han contribuido a forzar estereotipos sobre mis amigos y compañeros. A ellas y ellos, les pido disculpas. Pero a los hombres que están leyendo estas líneas, especialmente, quisiera decirles que nuestro cuerpo es viril sea cual sea su forma. No dejemos que patrones insertados en nuestra cabeza cuando éramos más vulnerables nos lleven a desperdiciarlo. Un esfuerzo individual puede transformar la inercia de lo social, pero lo más importante: el agradecimiento por lo que nuestro cuerpo es quizá conduzca a lo que puede ser: un acto de apertura.

Trouble will find me: el streaming de la vida

José Antonio Manzanilla Madrid

 

I have only two emotions

careful fear and dead devotion

The National

En nuestros tiempos, la posesión de bienes lúdicos se ha vuelto un concepto en el que los claroscuros poco a poco han terminado por definir a las personas. El consumidor cotidiano se enfrenta con la necesidad de balancear los deseos con las necesidades, siendo estas últimas las que, por una regla que la mayoría del tiempo es dictada por nuestra endeble economía, determina el rumbo que debe seguir el contenido de nuestros bolsillos.

El ejemplo que soy: en 2006, año en el que me inicié en ese arte magnifico que es el de “administrarnos”, abracé la práctica del coleccionismo. Admiré mis libros y me procuré algunos, conocí el concepto de la librería de viejo y del bazar de intercambios; me fascinaba visitar esos lugares donde lo mismo encontraba casettes de Las Ardillitas de Lalo Guerrero, que sinfonías completas de Beethoven en esos discotes negros que ahora vuelven a estar tan de moda. Era un paraíso nostálgico en el que, naturalmente, me sentía feliz. Y mi economía no sufría demasiado.

Encontraba otro tipo de tesoros: casettes de Super Nintendo a precios irrisorios, consolas antiguas que ya no pertenecían a este tiempo, figuras de acción, tazos, tarjetas de los Monstruos de Bolsillo…las posibilidades eran infinitas, y cada visita al tianguis la realizaba con la fe del que va en busca de un alimento espiritual. Al llegar a casa y regocijarme al ver los tesoros conseguidos, no podía dejar de pensar en las historias detrás de los artículos: qué motivó a sus dueños a deshacerse de ellos, si fue por necesidad o por descuido, si estuvo fuera de sus manos, si perdieron su valor afectivo, si nunca lo tuvieron, si fueron reemplazados o despojados a la fuerza, si su dueño aún vive o ya está muerto, si los años compartidos fueron de felicidad o de tristeza.

Luego pensé que la respuesta podría ser mucho más sencilla: a veces no tenemos espacio para las cosas y debemos desecharlas. Los juguetes sirven sólo para los niños y, cuando crecen, se vuelven innecesarios. La tecnología detrás del vinilo murió y ya no renacerá. Lo mismo que el VHS, la Atari 2600, las cámaras analógicas y los View Masters pertenecieron a un mundo diferente al que nos enfrentamos ahora. El cinismo me hizo suyo en esos días.

Así fue como yo también comencé a ceder en mis empeños y reduje drásticamente mis pertenencias: las películas dejaron de ser parte de los libreros y me convertí en un hackerman para descargarlas; la música, que tantas carpetas ocupó en mi vieja pc de la adolescencia, ahora la encontraba en esas rockolas virtuales que conocimos con nombres tan variados como Jango o Grooveshark. Llené de archivos pdf mi memoria y dejé de obsesionarme con las prospecciones de antaño. Fui devorado por el monstruo tecnológico. Porque, en efecto, no podemos ya negarnos a nuestros implantes digitales: yo mismo poseo varias cuentas de streaming diferentes: desde Netfflix, Crunchyroll, EA Access, Xbox Game Pass, Claro Video, Spotify y Chivas TV, tengo acceso diario e inmediato a miles y miles de contenidos, y si lo extendemos a los otros archivos que la red ofrece de manera legal e ilegal, podemos subir los números a millones. La simulación de poseer algo que ni siquiera podemos tocar.

 


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Aquellas bestias que nos definen desde adentro no pueden ser eliminadas, y tarde o temprano se liberan de las prisiones en donde las abandonamos. Mis preguntas seguían siendo las mismas: al releer ese viejo ejemplar de Asterix que una vez encontré en un bazar, cubierto por la pátina del tiempo, con las páginas rayadas con lápiz y el nombre “MARI” escrito varias veces en sus márgenes, quise ver de nuevo a Mari, leyendo o inventándole historias a los dibujos, imaginándola perdida entre las referencias históricas, viéndola crecer de la mano de las historietas y los cariñositos (una estampa de Corazón Valiente adorna la contraportada).

Volví a inventarle historias a mis viejas posesiones y reflexioné lo frágil que era mi caja de caudales: bastaba una caída de conexión para sumirme en la oscuridad; mi vida era una constante sucesión de streamings y de vacíos, pues nada de lo que se reproduce en tiempo real me pertenece, sólo “accedo” a él. Tal palabra, pensé, no podía definirme.

Así fue como, auxiliado por la compañía amorosa de ciertos cómplices, pude recuperar el tiempo perdido, y volver a hundirme en la búsqueda de los tesoros olvidados. Algunos seguían perteneciendo al mercado de la segunda mano y la oportunidad. Otros ya habían sido revalorados por el mercado imparable y, bajo el sello de “vintage”, empezaron a venderse como artículos de lujo. Tales circunstancias sólo espabilan los sentidos del prospector, y nos mueve a buscar más allá de lo evidente, como diría el buen León-O.

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Todo empezó con Lena Dunham

No sólo lo viejo ha regresado a mí. También desperté un gusto por la aventura de la compra de lo desconocido, y ahí es donde encuentro otro de los riesgos que aderezan la vida del prospector: en el mundo digital no accedemos a nada más que a un archivo, pero si compramos una película, un cómic, un libro, un CD musical, somos dueños incluso de sus texturas y sus olores, y de ellos podemos desprender invocaciones y epifanías, encuentros fortuitos, relaciones vitales y, por supuesto, profundas decepciones.

Así llegué a The National, un grupo que hasta hace poco era totalmente desconocido para mí. Tras mi feliz reencuentro con los Red Hot Chili Peppers, entro a la zona musical de Mixup más seguido. En algún vistazo rápido me encontré con su mirada: ya había escuchado una de sus canciones hace un par de años, cuando aún disfrutaba de las bondades de la televisión por cable (otro de los desterrados por la invasión digital), pero no fue hasta hace dos meses que reparé en ellos de manera por demás elaborada: buscando series nuevas para distraerme encontré una llamada Girls, creada por una chica llamada Lena Dunham. Me pareció en extremo simpática y divertida(la serie no tanto, aunque tenía momentos), por lo que busqué diversos contenidos sobre ella, entre los que destacaba su participación como conductora invitada de SNL. Ahí, le tocó presentar a la variedad musical, un grupo de hombres de triste aspecto, bien vestidos y mal rasurados; tocaron una canción que en poco tiempo se volvió en una compañera tanto como una obsesión.

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Supe que ese disco tenía ya un par de años circulando así que fui a la tienda de discos con pocas esperanzas. Para mi fortuna, el álbum estaba ahí, más barato que una película del Studio Ghibli. Mis ojos se toparon con el de la fotografía de Bohyun Yoon, hipnotizándome. Por menos de 150 pesos pude llevarme a casa y escuchar las trece canciones que sugieren una vida perdida y reencontrada (y de la que escribiré próximamente), mientras disfrutaba el librito que traía consigo, admirando las pinturas y las letras que el material compartía. La experiencia del placer melómano es difícil de describir, pero fácil de recordar.

 Solazarnos con nuestras adquisiciones puede parecer trivial y ominoso en una época de carencias y desigualdades, pero en esos pequeños triunfos radican los alicientes que nos permiten salir a enfrentarnos a la vorágine del mundo; con las historias que encontramos y compartimos con nuestras cosas, nuestros libros y música, nuestros amigos y amantes. Los compañeros de nuestra vida llegan a ella de muy diversas maneras: a veces muy temprano, a veces demasiado tarde. Pero siempre, si se vuelven parte de nosotros, nos acompañarán hasta el final del tiempo.

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