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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

febrero 2015

Un viaje al Caribe

entrada crónica

1994

Tulum era una porción de la carretera Cancún-Chetumal con unas cuantas casas a cada lado del camino, rosticerías y un par de gasolineras para los turistas que visitaban el sitio arqueológico. Había en el “centro” del pueblo una cancha de arena donde carritos de hotdogs y hamburguesas se instalaban en las noches entre perros flacos para saciar el hambre de los lugareños. En aquel tiempo se llegaba en automóvil o autobús hasta la entrada de la antigua muralla, un tramo de carretera recta circundada por tendejones de lámina de cinc y tablas donde vendían souvenirs: artesanías de barro de la Pirámide del Sol, atípicas de la región, y camisas de algodón con estampados de Quetzalcóatl. Dentro de la ciudad había montones de piedras calizas como si las hubiera derrumbado un cataclismo. Cada quien caminaba a su gusto por los senderos que quería o bien se pegaba a un grupo de extranjeros con guías que explicaban este o aquel pormenor histórico. Lo estimulante era perderse entre los muros y los cubículos de las construcciones de piedra. Montarse en las escalinatas y ser fotografiado con el imponente azul de detrás, desde lo alto de alguna ruina.

2014

“Ya llegamos”, le digo a Randú, para sacarlo de la duermevela en que había caído cuando salimos, atardeciendo ya, de haber estado nadando en la laguna de Bacalar. La carretera de dos carriles, con amplios acotamientos para hacer rebases seguros, de repente se convierte en un boulevard iluminado con caminos laterales y camellones sembrados de palmeras, árboles y arbotantes. Veo bares, restaurantes, cafés, hoteles y gente en bermudas y shorts; mujeres paseando mascotas y hombres en patines, gente saliendo y entrando de los establecimientos.
Buscamos un hotel accesible. Lo encuentro al otro lado de la calle: parece económico, decorado con kukulkanes de papel maché en la fachada y mapas de la zona indicando los puntos de interés. Decidimos quedarnos. Ya instalados en el cuarto salimos a caminar. Corre un viento fresco empujado por las últimas corrientes de una depresión tropical que días antes amenazaba el viaje, y que cayó en forma de aguacero mientras atravesábamos la densa selva de Campeche. Encontramos un café fuera del mismo hotel y cenamos. Al otro día desayunamos en el mismo lugar. El café, con mesas en la banqueta, donde nos sentamos, es también parte del hotel y de un negocio de buceo que hace tours por el sistema de ríos subterráneos Sac Actun, famoso entre los amantes del snorkeling. La carta que nos entregan, en íntegro inglés, mezcla fotografías subacuáticas de estalagmitas y cámaras con los alimentos y sus precios. “Vamos a ir al Grand Cenote en la tarde”, le digo a Randú. Asiente. Noto que, quizás descontando al par de meseros, somos los únicos que hablamos español. El portugués, el italiano, el francés, el ruso y el chino mandarín ya se han paseado cerca de nosotros mientras comemos.
Mi primera impresión es que el sitio parece más grande de lo que era. “Esto no estaba así”, le digo a Randú y le describo qué había más o menos en qué lugar. Pagamos la cuota de recuperación al INAH, nos integramos a la fila india de hombres y mujeres caucásicos rumbo a las ruinas. El lugar tiene más edificios de los que recuerdo. Es más luminoso que como luce en las viejas fotografías, amarillas ya de sus bordes, resguardadas por mi madre en su cómoda. El aire es más puro. Parece que un gigante hubiera venido a recoger el reguero de piedras que había para sembrar campos de césped donde bien se podría jugar al golf.
“Ven, sígueme”, le digo a Randú. Lo llevo por un sendero conocido por donde había caminado, tiempo ha, tratando de no caer, pero ahora es una vía acolchada por la arena. La vegetación cierra la vista, y le pido a Randú que me siga, detrás de los árboles. Será su primera vez. Su primer vistazo. Su primera impresión: el Caribe.

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1955

La ciudad, capital del territorio, era una cuadrícula perfectamente trazada y sembrada de casas de madera de dos pisos estilo inglés, con techos de dos o cuatro aguas, pegada a la había homónima. Había sido fundada en 1898 por el vicealmirante tamaulipeco Othón Pompeyo Blanco Núñez de Cáceres, cuando llegó a la desembocadura del Río Hondo capitaneando el pontón Chetumal, fabricado en Nueva Orleáns, para dejar un establecimiento permanente cerca de la frontera con la vecina colonia británica. Pero ese día estaba siendo duramente castigada por el, quizás, más destructor de los dioses mayas y presentado con nombre de mujer, Janet.
Arrasó con las endebles casas y más que de huracán dejó la huella de un tornado que, cuentan las crónicas, succionó el agua de la bahía para después devolverla con impiedad. Se sabe de una casa que con todo y sus habitantes fue arrastrada y dejada trescientos metros más allá de donde había estado. Se registró a Janet como la peor catástrofe de la jovencísima ciudad.

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1998

Hemos venido a comprar provisiones. Hemos recorrido los estantes de San Francisco de Asís, el único supermercado. Apenas mi madre ha rescatado alimentos en conservas y mi padre algunas pilas voltaicas y clavos para asegurar las ventanas de la casa. Hemos comprado lo necesario. Somos, qué fortuna, cuatro en la casa. Con un presupuesto apretado mis padres esperan que los viáticos alcancen para estar refugiados el par de días o la semana que dure el fenómeno. Antes de regresar al pueblo para prepararnos, poner láminas en las ventanas, descolgar macetas, podar los árboles del patio, guardar agua potable en tambos, nos queda la tarde libre para hacer un paseo, el paseo dominical que habremos hecho cientos de veces cada quince días por el boulevard-bahía. Mi padre avanza lento y otros automóviles más avanzan, también sin prisa, contemplando ese mar pálido que se azota siempre en el muro de piedra, postergando la contingencia, porque, ¿podría ser la última vez que quede todo esto en pie? Los modernos edificios del gobierno estatal y federal lucen evacuados y con las ventanas tapiadas. Una tímida llovizna arrastrada por un viento lánguido parece ser la introducción al desastre. El campus de la novísima Universidad de Quintana Roo, al pie del había, en el extremo del boulevard, luce igualmente desierta, evacuada. Regresamos a casa sin completar el ritual dominical, que consistía, siempre después del recorrido, cenar pizza en un restaurante italiano e ir al cine. Pero son tiempos difíciles y quién sabe qué vaya a pasar después de Mitch, el maelström que amenaza con borrarnos del mapa.

2014

Hemos llegado al tercer punto nuestro recorrido, Chetumal. Son apenas quince años de haber estado aquí la última vez. Todo luce casi igual excepto por la oda a la megalomanía que un gobernador quiso construirse para sí, el cual luce inconcluso y abandonado. Pero entiendo el esfuerzo. Randú le toma fotos al esqueleto de acero: opacada y olvidada por Cancún, su hermana más joven y más conocida, la capital hace de vez en vez denodados esfuerzos por brillar con luz propia. Tal vez, se pensó, o pensaron, el mojón de fierros amorfos que su autor, Sebastián, había dado el nombre de “Monumento al mestizaje”, haría de la ciudad lo que la Torre Eiffel a París.
Trato de lucir animado pero esta ciudad de mi infancia luce casi intacta y es como si no me hubiera ido nunca y veo como quien ve la casa en la que ha vivido toda la vida. ¿De haber llegado Mitch, en aquel fatídico año, centenario de su fundación, y haberla sacudida desde sus cimientos, habría renacido?

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1984

“Era puro monte, había que caminar entre el monte”, cuenta mi madre, “nosotros dimos con el lugar porque nos dijeron que ahí estaba pero no encontramos ninguna señalización, hasta que dimos con las pirámides. No estaba el hotel ni nada de eso que dicen que hay ahora. Había que llegar en coche por una vereda llena de baches”.

2014

“Creo que por aquí no es”, le digo a Randú. Pero los hoyos en la carretera me hacen sospechar que vamos en el camino correcto. No puedo acelera más de 20 km/h sin dar un volantazo que nos saque de un bache cuando ya caemos en otro. Consulto la hora y me siento arrepentido de habernos desviado del camino. De pronto aparece un letrero rústico de un resort de una gran cadena hotelera. “Entonces sí vamos bien”, le digo a Randú. Cientos de baches más llegamos a un descampado, circundado por altas palmeras silvestres. Me siento en un plató de una película hollywoodense de la Metro cuya historia sucede en el antiguo Egipto.
“Ya llegamos”. Pagamos el boleto al INAH. Caminamos un pequeño tramo, abovedado de árboles. Vemos las primeras ruinas. Leo un cartel: Kohunlich, vocablo derivado de dos palabras inglesas, cohoon y ridge, “lomerío de corozos”. No es maya. Fue descubierto por un anglosajón a principios del siglo XX. Estuvo, ciertamente, intacto por siglos. Ningún conquistador dio con la ciudad y solo la vegetación la preservó. El sitio luce esplendoroso. El espacio entre los palacetes está cubierto de césped. Me intrigan los edificios, no son pirámides, pero ¿qué le piden a los castillos medievales?
Tomo fotografías. Randú y yo caminamos hacia la vegetación. Un mono aullador se escucha entre los árboles. Nos guarecemos del sol bajo las palmeras y el llanto del mono aumenta. Puede estar cerca. O demasiado lejos. O puede venir entre las copas y salirnos de improviso. Su llamado queda en segundo plano cuando aparecen en el suelo, cerca del muro exterior de un edificio, dos lechuzas blancas. Yacen juntas, inertes, boca arriba, con las alas extendidas. ¿Qué pudo haberlas matado, al mismo tiempo, y dejarlas casi intactas? Misterio.
Caminamos. Falta algo, le digo a Randú. Recuerdo la vieja fotografía. Estoy sentado, y no tengo ni un año de nacido, en las piernas de mi madre y detrás de ella lucen los famosos mascarones de estuco. ¡Si es lo principal del sitio, los mascarones! Nos grita un empleado del parque. ¡Al fondo, pasando las palmeras! Exactamente allí, detrás, donde pensé que terminaba el recorrido, un edificio gobierna Kohunlich desde lo alto de una colina. “Todo esto redondo que se ve puede ser la base de la pirámide”, dice Randú. Y no lo dudo, pues la forma de la montaña no luce natural. Subimos. Es un palacio escalonado, clásico, piramidal. A cada lado lo cuidan esos pétreos rostros, impertérritos. Tomo fotografías. Me siento en el mismo sitio donde me cargó mi madre y le pido a Randú que me fotografíe. Cuando reviso la toma caigo en cuenta que, treinta años después, no tiene gracia. No sería justo mostrarla.
“Vámonos”, le digo a Randú. Bajamos corriendo y a grandes pasos llegamos al coche. El camino de vuelta a la carretera federal luce corto, o es la prisa. Pocas horas de luz natural para el regreso.

BUEN VIAJE. VUELVA PRONTO.

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Gustavo Méndez Martínez

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Crónica del 14

El 14 de febrero del 2014 descendía por una avenida que divide en dos la ciudad. Apenas hoy, haciendo memoria, he notado la curiosidad de la fecha. Ese día estaba consciente de la atmósfera rara que cubría las calles. Eran casi las diez de la noche y varios grupos de hombres y mujeres jóvenes caminaban de aquí para allá, ruidosos y vivos. Los restaurantes de la avenida presentaban una extraña epidemia: corazones rojos en sus ventanas, brotando como sarampión. Detrás de aquellos adornos recortados con prisa y esmero, había parejas tomadas de la mano. En un lugar de sushi, había un hombre y una mujer conversando; por la apertura de sus labios y lo bajo de sus miradas supuse que susurraban. Detrás de ellos, en perfecto encuadre, tres mesas con tres parejas que hablaban y se besaban. Todos eran guapos, los cubría buena ropa, celulares pulidos como joyas descansaban cerca de sus codos.

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“Todo es una representación”, pensé de pronto. La gente que pasaba en grupos, los enamorados con globos colgando en medio de una noche extrañamente templada, la gente del restaurante. Parecían coordinados para entrelazar los dedos, para mirarse, para llevar el alimento a sus bocas, para detenerse espontáneamente en la acera y darse un beso. Creí que todo era teatral, deliciosamente artificial, pero no por ello falso. Tal vez teatral no sea el adjetivo adecuado para lo que percibí aquella noche, ni para lo que sucedió después.
Caminé hasta el centro, me senté frente a un Bancomer y esperé. A los pocos minutos apareció mi cita. Tenía una cara algo infantil, pestañas largas y una nariz respingona. Al reconocernos nos acercamos y extendimos nuestras manos; pensé escuchar la voz enrarecida, melosa y un tanto aseñorada de ciertos hombres afeminados que he conocido a lo largo del tiempo, pero en este caso escuché un “hola qué tal” común y corriente, un poco grave y con leve acento de la costa. Intercambiamos palabras y decidimos ir a un bar llamado El submarino.
El bar tenía un estética grunge que atraía lo más variopinto de la juventud local: te servían en vasos de plástico de color chillón y orinabas en una pileta alargada a la altura de las rodillas. En ese sitio Morgan, que así prefirió que lo llamara, me contó cosas que no me había platicado en nuestras frugales pláticas por skype: estudiaba biología marina en el Puerto, pero era de Xalapa y se estaba dando unos meses de descanso antes seguir con sus estudios. Me contó anécdotas de la escuela y la vida en el mar, hablamos sobre videojuegos, películas y cosas por el estilo. Le sorprendió que hubiera jugado casi todos los Final Fantasy: “no conozco muchos gays que sean gamers”, me dijo y atracó su rodilla junto a la mía. No supe en el momento si fue un descuidó o algo deliberado, pero no me moví. Después de un rato me preguntó si quería ir con él y unos conocidos suyos a un antro gay cercano.
Nos acercamos al lugar y me dijo que si me podía presentar como su novio por esa noche. Sonreí, más divertido que conmovido y le dije que sí. Él sonrió también, me confesó que tenía la seguridad de que aceptaría: “no quitaste la rodilla”, fue lo último que escuché antes de sentir su mano asiendo la mía para conducirme al interior.

Bacanal

Me presentó con amigos y conocidos. Cuando les dijo que era su novio lo miraban extrañados un instante, hacían una mueca de entendimiento o despreocupación, después me sonreían. La noche fue deslizándose bajo los pies y poco a poco Morgan tomaba más confianza. Primero rodeó mi espalda con su brazo, después una caricia, un beso rápido en la mejilla; al final, nos besábamos en nuestros asientos. En medio de aquel combate me pidió que mirara alrededor. Sus amigos y conocidos, aunque llegaron solos, ya se besaban con desesperación entre ellos o con algún desconocido. “Mira eso”, me dijo, “se ve que a ese wey no le gusta el que se agarró para fajar, mírale la cara de resignación y cómo chupa de la botella antes de volverlo a besar. Se ve que les dimos hambre”. Morgan había dado en el clavo. Nuestra representación de un noviazgo incipiente les otorgó un deseo salvaje por querer, hambre de amor. Eso fue lo que sentí en la calle, antes del encuentro con él; todo era un ritual, una representación ritual, un acto que databa de muchísimos años y que continuaría después de mi muerte. Me sentí como un sacerdote de Eros, dirigiendo una bacanal. Cada beso que daba a Morgan repercutía en los otros como ondas temblorosas que deja una piedra en el agua al caer. Él se divertía y yo experimentaba el poder de hacer vivo lo artificial, de explotar el hambre de los desconocidos, su soledad. Me vi parándome sobre la mesa, colocando la botella de cerveza entre mis piernas, mientras Morgan la sostenía, escancié su contenido en las bocas abiertas de nuestros nuevos discípulos, de los envidiosos adoradores que creían en la belleza de nuestra inexistente relación. Después del trago se dirigían con su improvisado acompañante y lo devoraban buscando algo que les faltaba en la vida; el calor y la cerveza les hacían creer que lo habían encontrado, aunque fuesen sólo unas horas. Daba rabia y desaliento verlos así, famélicos y admirando. Creo que me vi en ellos, recuerdo que meses atrás una ligera decepción amorosa me tenía intranquilo, deseoso, anhelante. Pude ser ellos, en algún instante de mi vida fui ellos, contemplador de la dicha ajena, capaz de extender la lengua para recibir el sudor de los que se besaban y probar el regusto salobre del amor, sus más puras heces. Y heme allí, amamantándolos con chorros de cebada, dándoles el pan de los labios copulando.
Morgan y yo salimos antes de que cerraran, fuimos a mi casa. Mientras nos desvestíamos me dijo: “oye, quiero decirte que… pues que tengo novio”. Una pesada carga abandonó mi espalda: se acababa el sacerdocio, los deberes con la fantasía del día del amor, y sencillamente nos disfrutaríamos; le dije que ya lo intuía y nos dedicamos al cuerpo hasta el amanecer.
Ese fue el 14 de febrero del 2014, la noche en que fui espectador y partícipe del ritual del día de los enamorados. No era necesario sentir, sino creer que sentíamos, valernos de la condición artificial de ese día de restaurantes, corazones rojos de cartón, chocolates, flores y cursilería para explorar otro lado de nuestra vida: disfrutar la libertad que se nos ofrece una noche al año. Entendí que ese es el San Valentín de nuestra época, una representación de los anhelos inculcados por la sociedad, una ceremonia antigua y revestida de plástico que nos preserva del odio y la desesperanza, o que nos arroja a ellos. Es nuestra decisión.

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Iván Partida

La irrealidad de lo real

Dedicado a todos los que piensen diferente a mí

Era diciembre del año 2001, yo tenía 12 años y estaba formada en la fila del cine esperando para entrar a la sala y ver El señor de los anillos: la comunidad del anillo. Por aquellos días no contaba con un espíritu crítico, que no es que ahora lo haya desarrollado, pero por lo menos veo con los ojos más abiertos la realidad. Y así, con la corta edad que tenía disfruté las tres horas de película con tal intensidad que era imposible creer que para ver la continuación tendría que esperar un año.
Una de las cosas que más captó mi atención aquella noche de estreno fueron las tomas panorámicas y aéreas de los paisajes neozelandeses que Peter Jackson nos regaló a mí y a los cien espectadores de la sala. La historia, sin duda, transcurrió de tal manera que en ningún momento me aburrí, o eso es lo que mi cerebro, catorce años después, recuerda. En resumen: salí a las tres de la mañana de la sala de cine tan emocionada que no podía creer que un universo así existiera. Más tarde, no recuerdo cómo, pues no usaba el internet por aquellos días, supe que Lord of the Rings era una adaptación al cine de unos gordos libros. Confieso que nunca sentí deseos de leerlos: primero, por aquellos años yo no era una lectora conformada (lo que sea que eso signifique) y segundo, estaba segura de que si iniciaba ese viaje no terminaría de leer los libros nunca.

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Los años siguientes vi Las dos torres (2002) y El retorno del rey (2003), como correspondía. De esas dos la que más detesto es la segunda entrega, por alguna extraña razón fue aburrido ese segundo capítulo. Sin embargo, el año pasado decidí revisitarla y me di cuenta de que no es tan “mala” como creía, lo más probable es que mi concepción del mundo mejoró, o empeoró, y ahora me “casi” fascinó el filme. Finalmente, la última entrega es bella por cerrar de una bonita manera todas las aventuras, sin embargo, mi preferida es y será por siempre La comunidad del anillo. Esto último posiblemente tiene relación con la manera en que impactó mis sentidos el cumulo de imágenes y sonidos que entraron a través de mis ojos y oídos, muchas de ellas haciendo uso de sets naturales y otras creadas de forma digital, debo admitirlo.

Pero me he enredado un poco en otras cosas, porque lo que quiero explicar aquí es que odio El hobbit. Desde la aparición de Un viaje inesperado (2012) sentí que había perdido inútilmente un pedazo de mi vida al verla. El 3D, en vez de otorgar una experiencia inolvidable, logró que entendiera lo mucho que valoro las películas con escenarios reales, es decir, no recreados mediante artilugios de la era digital; construidos para aparecer en la película y no “construidos” sobre una estúpida pantalla verde. Esto último puede ser discutido, pues es cierto que los artistas encargados de dibujar y organizar esos universos son verdaderos profesionales y su trabajo puede llegar a ser considerado una obra de arte, sin embargo, en el caso de esta película dicho trabajo no alcanza tales magnitudes.

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De las siguientes dos, La desolación de Smaug (2013) y La batalla de los cinco ejércitos (2014), no puedo mejorar opinión, a pesar de haberlas “disfrutado” en 2D. La historia, en definitiva, no avanza; se estanca a momentos y de pronto nada tiene coherencia. La trama parece atascarse en situaciones que bien podrían ser resueltas con rapidez, pero al parecer los guionistas y el director las alargan tanto que se vuelven reiterativas. Todo, de verdad todo, está lleno de efectos especiales. En su afán por causar el efecto de realidad logran lo opuesto; tan irreal se ve lo que aparece en la pantalla que me da la impresión de que si alguien en la sala de cine llega a estornudar o hacer un movimiento brusco se caerá todo el falso escenario sobre el que se mueven los actores. De estos últimos no puedo decir mucho, pues también me parece que no alcanzan a mostrar su talento en lo más mínimo, mucho menos estar a la altura de lo que algunos de ellos hicieron en Lord of the Rings.
Yo extrañé las hermosas tomas de Nueva Zelanda y repudié (repudio) las digitales imágenes de montañitas llenas de pasto, lo mismo va para el irreal piso sobre el que caminan los actores y todo aquello que intenta emular a la realidad y no llega ni a copia. Aunque aquí es donde los amantes del cine, los verdaderos estudiosos de séptimo arte, gente que se cree más inteligente que yo o personas que sólo quieren jorobar me dicen que incluso los escenarios “reales” de las trilogía de El señor de los Anillos no son tan REALES como a mí me lo parecen, pues finalmente el mero hecho de pasar a través de la lente y proyectarse en una pantalla le quita todo elemento real o verdadero. Déjenme decirles que tienen toda la razón, pero piensen por un momento cuál película lograr conmoverlos más, dejarles algo dentro y no sólo un montón de imágenes relucientes.

Llega a tocarme más profundamente una película como Los puentes de Madison (1995) –y no por el elemento romántico-cursi de la historia– cuyas tomas son pensadas de tal manera que crea fotografías impresionantes, incluso de algo tan simple como la cocina de una casa totalmente gringa. Para Susana (perdón aquí por hablar de mí en tercera persona, pero al parecer está de moda y me quise sentir incluida en algo) el arte debe mover algo dentro del pequeño corazón, mente, alma, espíritu o cuerpo del espectador. Causar “algo”, la famosa catarsis y no ese sentimiento de hastío y desencanto que sufrió durante las tres entregas de El Hobbit. También, la autora se adelanta a las críticas y responde: el hecho de que no le guste al público una pieza de arte también forma parte de la experiencia estética, pero El Hobbit no es precisamente una obra de arte. Ahora bien, estas ideas tampoco son una queja sobre la mala adaptación, pues como ya mencionó Susana, no ha leído ninguno de esos libros, son terrenos en los que prefiere mantenerse al margen, como con Harry Potter, pero no se comentará esto último aquí.

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Susana Vera
Twitter: @Susarlt

Sobre la barbomancia

Pueden llamarme Diego pues he recibido todos los sobrenombres: judío, amish, grunge, hippie… Nací hace veintisiete años luego de que Maradona anotara con intervención divina en el mundial de México 86. Pueden llamarme Diego, el que desde hace un más de un lustro practica la barbomancia. Y fuera lo que fuere, me pasaría la vida entera dedicado a provocar las confidencias del soñador sin remedio, si no es porque últimamente, he descubierto una moda más sobre el uso de la barba: la moda lumbersexual.

Este singular estado de cosas me induce a algunas reflexiones sobre la barbomancia, a mi juicio, oportunas, que presentaré de manera mensual en este blog de Lepisma (querida barba, lo que sobre todo me gusta de ti es que no perdonas).

I. Prolegómenos a toda barbomancia del porvenir

Barbomancia: sustantivo, femenino. Del latín barba(ae), pelo que nace al hombre en las mejillas, y en la parte superior e inferior de la boca; y del prefijo mancia, arte, práctica o recursos de la adivinación. La barbomancia es la disciplina de dejar crecer la barba por lapsos prolongados de tiempo. Su origen probablemente se remonta a la antigüedad clásica: hay indicios de ella entre los sumerios. Los barbomagos pugnan por la existencia de una relación proporcional entre la extensión de la barba, y el conocimiento del mundo de las ideas. Rimbaud no miente: es incorrecto decir yo pienso, sería mejor decir se me piensa, como la barba de los santos (perdón por el juego de palabras). Su medio de expresión privilegiado es la oralidad: la barbomancia sospecha que ninguna verdad pude ser transmitida mediante la escritura, aunque ésta ha permitido su pervivencia hasta nuestros días.

Para ser barbomago es necesario haber nacido barbado. De lo anterior se infiere que la barbomancia no es una secta, ni una moda, ni un club.

La barbomancia es una circunstancia (@JMBG300 dijo alguna vez).

La primera regla de la barbomancia no es no hablar de la barbomancia.

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Que la barbomancia va más allá de una moda era algo sabido por los antiguos. Entre los griegos se portó como sinónimo de virtud cuando no de virilidad (cómo distinguir al león macho sino por la melena). Y aunque Alejandro Magno vivó obsesionado con los afeites, Diógenes Laercio, en sus Diez libros sobre las vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, escribe sobre la moral imitable de los antiguos bardos. ¿Cuándo llegará, señores lógicos, la hora de los nuevos filósofos?

Los judíos tenían prohibido casarse con sus hermanas, tatuarse en honor a los muertos y rasurarse completamente el rostro… así lo ordenó la Ley de Moisés. Ésta era la conquista pretendida. Roma, antes de caer, percibió netamente articuladas las costumbres del imperio. Así se impuso con las debidas precauciones de Cicerón (Philosophum non facit barba!). Y ciertamente no se creyó en su valor profético.

En la Hispania medieval pervivió la práctica de la barbomancia. Mantenían dicha honorabilidad en la barba porque habían escuchado las voces de la divinidad. Tocar la barba del enemigo fue sinónimo de grande ofensa, así lo prueban los romances del Mío Cid. La escolástica sirve a Fray José de Sigüenza para asegurar que San Jerónimo tuvo desde temprana edad las barbas crecidas, como signo de la virtud, templanza e ingenio dado por deseo cósmico.

Pedro IV de Aragón, prohibió las barbas falsas hacia mediados del siglo XIV. Fue a principios del reinado de Carlos V que se introdujeron en España las barbas “a la tudesca” frente a las rapadas “a la romana”. Esto se debía a cierto pudor moral del que todavía no se desprendía la península. Por entonces floreció un pintor flamenco llamado Juan de la Barbalonga de quien se dice la tenía de más de media vara de longitud.

Poco importa la anterior historia abreviada de la barba sin la ilustración consiguiente. Preocupémonos tan sólo de practicar la barbomancia. Desde el sentido particular que nosotros le damos, se entregaron a la meditación de la barbomancia Don Quijote, Hamlet, e incluso el Jesucristo del evangelio de Marcos (el espíritu adquiere ilimitadas extensiones en que se manifiestan sus deseos).

Descartes fue barbomago a su manera, por la vía del espíritu, más según creo, ¿no hubo más que uno…?

Diego Armando Lima Martínez

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