En esta época extrema, los seres comunes enfrentamos la mortalidad cotidiana. Despertar, desentumir los miembros para ir al encuentro de la incertidumbre, trabajar más horas cada día, mantener los ojos abiertos, escribirnos en el cuaderno, leer poesía; todos ellos actos de resistencia. La muerte nos circunda como si fuera una esencia a la que debamos acostumbrarnos. Muerte por omisión, por insignificancia. Muerte por asesinato, muerte por compasión, muerte por elección. Vida no más que una que se dirige inevitablemente al encuentro de aquella incógnita que nos mantiene en vilo: ¿Cómo será? ¿Sentiré dolor? ¿Qué habrá después?

Alfonso Valencia decide dejar de preguntarse y empieza por asumir el negro de los silencios que prosiguen a cada pregunta. Arremete contra las oscuridades inciertas con el movimiento ondular de la metáfora, de la conversión de nuestro miedo en muerte. El espiral desciende desde una pasarela confortable, en la que nuestros emisarios se vuelven bestias combativas contra la barbarie. Combate inútil, por supuesto, pero combate al fin. Sin heroísmo ni cobardía, la perra blanca, el cocodrilo, el pájaro de alas empantanadas, todos ellos personajes de una tragedia impasible, paseantes que recorren el sendero de los huesos y las vísceras, que mastican el dolor y el miedo para convertirlos en imágenes, en canto sordo, en posibilidad de eco. Ya sólo nos queda el silencio. Las letras que resuenan en nuestro cerebro. Los pasos callados que damos al enfrentarnos al mundo que terminará por devorarnos. El silencio que también nos guía al momento de conocer el miedo y el dolor. El miedo que nos forja y que nos mantiene a nosotros de pie en esta ciudad, en este país, en este momento.

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CDG

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