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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

abril 2015

Finn el humano y la restauración del héroe

 

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Durante los noventa, los productos occidentales para la televisión habían caído en un bache al que los había orillado Hanna-Barbera, por eso la explosión de caricaturas japonesas en la televisión pública mexicana (usted disculpará, el cable era muy caro en la época). Cuando la Warner Bros. Tomó las riendas de la nueva producción de caricaturas para la televisión, decidió conservar algunas estructuras básicas del humor tradicional de pastelazo, como en Animaniacs, pero pretendieron darle más profundidad a sus personajes. Así es como rescatan, por ejemplo, a Batman, que se transmitió de 1992 a 1995, en una serie donde se presenta a personajes con conflictos psicológicos y morales por momentos insalvables, que ponía en entredicho la propia moral y la supuesta sanidad mental del espectador. En esta serie se vuelve a la literariedad de los villanos, tal y como lo concibió Bob Kane, y profundizó Dennis O’Neil y Steve Englehart en los años setenta en el Batman definitivo; los productores renunciaron —creo que para bien— al Batman amigable que tenía sus correrías con Scooby Doo y que salía en el Show de Aquaman y sus amigos.

            Por esos años, en 1994 para ser precisos, Marvel Films Animation le entra al quite con la serie Spiderman, que duraría hasta 1998. La caricatura logra darle la profundidad que merece el Hombre Araña; lo salvan de la imagen que daba la horrible película de 1977 y la intrascendente serie de los ochenta. En esta serie animada por fin se presenta al personaje con sus conflictos y sus honduras, luchando contra la adolescencia, su poder y la inevitable mutación que poco a poco se va manifestando en su cuerpo, pero siempre esperanzado en el amor y en el servicio por los otros. Otra gran serie de Marvel fue X-men, que se transmitió de 1992 a 1997, donde los personajes, mutantes, se enfrentan a un mundo intolerable que pretende destruirlos a como dé lugar. Esta serie animada probablemente sea la que más contenido social tiene, pues termina siendo una alegoría sobre el racismo, la intolerancia frente a la diferencia y la falsa igualdad que proporciona la incipiente democracia de los países occidentales.

            La constante con estas series es que ninguna fue demasiado larga como para pervertir su concepción original. Fue un rescate de los superhéroes en un momento de álgidos cambios sociales, en un momento en el que la infancia se enfrentaba, sin saberlo, a una falsa pacificación occidental: la Guerra fría por fin se había salvado, la relación con oriente estaba restaurándose y comenzaba una era de globalización acelerada. Los héroes, sus valores, sus conflictos, eran más que necesarios para reconstruir el espíritu humano, para alentar a la construcción de valores en virtud de la ética personal en un mundo caótico, inmoral e hipócrita. Los superhéroes eran el modelo y nosotros sus fieles seguidores.

            En un HAY Festival en Xalapa, bef dijo que los superhéroes estaban pasados de moda, que la estética de sus cómics eran para un público viejo, que los lectores de novela gráfica estaban prefiriendo otras cosas, historias más cotidianas, menos extraordinarias. Juicio que tal vez también cuente para la televisión. Quizá sea cierto, en la actualidad los superhéroes son moda y comercio, con algún tipo de valor si se quiere, con algún tipo de sorpresa que permiten las nuevas tecnologías en el cine y con algún tipo de humanidad y compasión; pero siempre reservada sólo para los hombres extraordinarios de fuerza o inteligencia o con suerte.

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   Es por eso que en la actualidad es de destacar un producto como Hora de aventura, creado por Pendleton Ward, que apareciera primero como un corto producido por Nicktoons y Frederator Studios. Nicktoons no le veía futuro al proyecto, así que Frederator Studios decide cederle los derechos a Cartoon Network para la producción de una serie animada. A grandes rasgos, se trata de la historia de Finn y Jake, el primero es el último niño humano en un mundo posapocalíptico; el segundo es su hermano y mejor amigo, un perro mágico que puede cambiar de forma a voluntad.

            En esta serie podemos observar claramente la restauración del héroe, pero no desde la visión del superhéroe, con sus superpoderes y sus altas virtudes; sino desde el héroe literario y hasta mítico; el hombre común pero con cierta consigna divina que pasa diferentes pruebas para llegar a enaltecerse y exaltar los valores de la humanidad. Finn está basado en el modelo clásico del héroe, tentado siempre por las instigaciones mundanas, pero poniendo por encima de todo su deber, aún a pesar del fracaso y de la soledad, aún a pesar de la muerte y del olvido.

            La tierra de Ooo —que es lo que quedó del planeta después de la Guerra de los Champiñones, como se le conoce a la catástrofe nuclear que acabara con la mitad del mundo y con la humanidad, de donde mutaran todas las criaturas que lo habitan— es un mundo divido en reinos, con estructuras de poder en donde las princesas, el Rey Helado y el Conde Limón Agrio gobiernan a un puñado de subalternos que corresponden a una especie de genotipo: la Dulce Princesa gobierna el dulce reino, el Rey Helado gobierna en el reino de hielo, etc., ligando a la caricatura a la estructura social de los relatos medievalista sobre el Rey Arturo, por ejemplo, o el Mío Cid.

En esta estructura de poder, Finn y su hermano Jake no corresponden a ningún reino, pues están solos en el mundo; su individualidad los hace especiales en una sociedad mutada y, precisamente, la normalidad de Finn, su humanidad sin ningún cosa especial, es lo que lo hace extraordinario: su arrojo, su espíritu en lucha, su alegría, su nobleza y su constante búsqueda de la felicidad a través del amor y de la aventura, del descubrimiento de algo nuevo y extraordinario, es lo que lo hace un personaje complejo. Cuando se enfrenta al fracaso, a la duda, a la tristeza, es capaz de seguir luchando por él y para los otros. El personaje, sin embargo, no siempre puede triunfar y ante la derrota y la muerte de los aliados no queda sino el aprendizaje y el camino hacia el futuro.

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En las primeras temporadas Finn basa su conocimiento sobre heroísmo en el Enchiridion, que viene de una larga tradición de manuales sobre caballería, magia o teología; tiene sus orígenes en Grecía y se retoma en la Edad Media. Uno de los más famosos es el Enchiridion militiis Christiani, o Manual del caballero cristiano, de Erasmo de Rotterdam. Finn obtiene este primer manual al enfrentarse al Minotauro, en él se contienen todos los secretos mágicos de Ooo para ser un héroe, pero además, con las gemas de las princesas, puede ser un portal a un universo en el que se encuentran seres místicos, como dioses.

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Digamos que este libro y la bestia mítica de otros tiempos, El Lich, son los vehículos de su primera formación como héroe clásico, sus aventuras lo dirigen a salvar a los habitantes de los reinos y todo lo bello y bueno de ver. Pero a partir de la aparición de su padre humano, que es su némesis total, el héroe toma un tinte más moderno, más humano, la lucha ya no es con un ser exterior que pretende destruirlo todo ni con una fuerza maligna, sino es consigo mismo, con sus fantasmas y sus frustraciones, con su soledad y la constante presión que encarna el otro humano existente, su padre: un ser vil, egoísta e inmoral. Finn, ese ser a todas luces apolíneo, se da cuenta que él viene de una raza innoble, inmunda: de la humanidad. Finn al final es un modelo de esperanza en un mundo que ha perecido por causa del egoísmo y la maldad de la propia humanidad. Finn al final es un héroe.

Alejandro Solano Villanueva

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El ingeniero Garza

¿Tendría que correr, pensar en sus hijas, mandar un recado a la casa, remangarse la camisa, tirarse al suelo, esconderse en algún lugar de la fábrica, en definitiva, huir? No está en el espíritu del ingeniero Garza. Nunca había evitado una pelea. Porta con orgullo su cicatriz en el pecho y portarla es importante. Fue una pelea en una discoteca. Había tenido que defender a su novia, que no llegó a ser su mujer. Por lo que casi muero, se dijo el ingeniero Garza. Su graduación salió publicada en los periódicos. Ahora no es tiempo de pensar en nada; hay que esperar aquí, en la oficina, bebiendo café del termo que le mandó su mujer. Sólo eso, el café. El desayuno lo preparó la criada. Una vieja señora, la criada. Huevos fríos, frijoles insípidos y tortillas de harina de bolsa. Es irónico, si lo pensaba. Y realmente el ingeniero Garza lo había pensado un poco, apenas cuando desempacaron en Chetumal para trabajar en la nueva fábrica azucarera “Lic. Luis Echeverría Álvarez”.
Gracias a Dios llegaron justo después de la inauguración. El ingeniero Garza no quería saber nada de inauguraciones ni soflamas oficiales ni saludos de manos ni sobadas de culos. Quería trabajar, ya, lo antes posible. Se mostró irritada y molesta, su mujer. Ella había pensado en salir en los periódicos, que se hablara de ellos en Monterrey. El ingiero Garza le hizo saber a tiempo que estaban y estarían por muchos años a miles de kilómetros del norte, aunque extrañara las tortillas de trigo. Una debilidad debía tener. Ella no sabía hacerlas. Sólo preparar café soluble y echarlo a un termo. Así que aprendió a acostumbrarse al papel bond que los lugareños compraban en la tienda. “Si a Roma fueres…”, decía su madre, que en paz descanse. ¿Era tiempo para pensar en esas cosas? Hernández está afuera de la oficina. Se truena los dedos. Pone nerviosa a una las secretarias.
-Ya están por llegar, ingeniero, ¿qué va a hacer?
-¿Hacer? Nada. Que vengan.
Hernández entra y sale de la oficina del ingeniero Garza, mientras él bebe su café. Normalmente, en una mañana perfectamente normal, habría recorrido media fábrica y repartido todas las instrucciones del día. Habría leído informes y habría subido a supervisar, con los contratistas, la reparación de las calderas. Así que, dadas las circunstancias, aprovecha para sentarse en su oficina y beber.
-¿Hablará con ellos?
Hernández, qué ingenuo. El capitán se hunde con el barco. ¿Nunca ha leído sobre el Titanic, compañero?
La secretaria del ingeniero Garza llora. Intenta trabajar pero en realidad llora. La telefonista contesta y hace llamadas sin parar. Es inútil, piensa. Ha llegado el contador, “el Mago” Gutiérrez. Saluda a Hernández. Consuela a la secretaria. Trata de razonar con el gerente. Precisamente, contesta Garza, porque soy el gerente. Una respuesta no muy satisfactoria según el balance de la situación que ha hecho el contador Gutiérrez. Garza le dice que se vaya. O que se quede. Habrá espectáculo. Vaya que sí. Gutiérrez se esfuma.
¿Huir como las ratas, compañero? Dice para sus adentros el ingeniero Garza. Hernández parece que le adivina el pensamiento.
-Por atrás de la bodega, ingeniero. Ándele.
-¿Ya se fueron mis hijas y mi mujer?
-No, ingeniero. Se niegan a moverse si no saben que ya se fue.
“Ya” es demasiado tarde, piensa. Están en el pueblo, con los machetes por delante, destellando al sol. Machetes sin filo que de igual forma chispean en el pavimento. Vendrá a pie, el contingente. Conozco a su líder. Parecía una persona razonable. Él, pero no sus segundos ni sus terceros, muchos menos lo serán todos los demás. Se encoge de hombros. A pesar de todo, el café parece tener mejor sabor que antes.

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Entra un grupo de cinco, junto con el líder, en silencio, sin machetes, y como quien entra a una capilla de la Virgen de Guadalupe, se quitan los sombreros. Las secretarias se abrazan y lloran juntas. Hernández se petrifica en un rincón. Lo ignoran como a un mueble. Toman al ingeniero Garza de los brazos y lo escoltan hacia la entrada del edificio gerencial.
-Se lo advertimos, mi inge. Yo no quería llegar a esto, pero ya sabe usted muy bien cómo son estas cosas.
Le dice el líder, una persona razonable.
El ingeniero Garza camina. Lleva el último sorbo del café en la boca. Quizá sea el último sabor que tenga de casa, de la cocina donde desayunan sus hijas. El contingente y el condenado avanzan hacia los inconformes, productores de caña, los menos. Agregados políticos, todos los demás. El líder apenas regentea una hectárea pero ha cosechado más en el fango de la política que en el noble negocio de la azúcar, piensa el ingeniero Garza. Tal vez no sea momento de pensar.
Recordar, quizá sí. La calle que da acceso a la fábrica de pronto es una plaza, ocupada por la vanguardia del mitin. Es una pena. Habíamos mandado pintar los bordillos de la banqueta para las fiestas patrias. Nunca se había visto esto tan limpio. ¿Acaso importa ahora? Yo había hecho todo lo posible. Mil llamadas, telegramas y solicitudes por correo. Vuelos chárter a las oficinas de la Ciudad de México. ¿Algún día se habría de solucionar esta crisis? Pensó en renunciar, el ingeniero Garza. Mencionó Belice como posible nuevo destino en una comida con sus suegros, hará unos tres meses. Nadie vio venir la sorpresa. No lo había mencionado ni con su mujer. Las niñas podrán estudiar con los Legionarios de Cristo, en Chetumal, como siempre has querido, se apresuró a asegurarle a ella. ¿Por qué, qué pasa?, preguntó. El ingeniero Garza no respondió. En su determinación estaba quedarse aquí, en el sureste. Los ingenios beliceños eran una buena opción, pequeños pero siempre en producción. Pero no para ella, que no concebía vivir rodeada de negros. Amenazó con regresar a Monterrey con las hijas. Pero ahora qué, ni pueden salir de la colonia, se ríe en silencio el ingeniero.
El contingente lo escolta a una palmera del camellón. Lo amarran con sogas de plástico, de pie, asegurándose que no se pueda sentar. La turba enfurecida se congrega alrededor. Enmudecen al ver un hombre viejo, pálido y gordo, con ojos de cerdo sentenciado, clamar por agua y empapado de sudor.
-Se va a morir, grita una mujer.
-Sean cristianos, grita otra mujer, perdida entre la muchedumbre.
El líder, una persona razonable, comisiona a las dos mujeres para cuidar al ingeniero Garza. Una le seca la frente y otra le da de beber agua de la llave.
Enfermé. Quizá fue la única que vez que estuve enterrado en una cama de hospital, por dos semanas, reponiéndome. Mi madre venía a verme. Mi padre sólo cumplía. Se presentaba sí, como quien se presenta al trabajo, pasaba lista, regañaba a las enfermeras, viejas inútiles, contradecía al personal de guardia. Se iba. Y eso era todo. Él retornaba presto ¿tranquila la conciencia? a sus múltiples obligaciones. Pero mi madre siempre estuvo conmigo. Me bañó y ella prefería darme de comer en lugar de las enfermeras. Dormía aquí, cuando mi padre lo permitía, aunque él pensara que sus cuidados habrían de ablandar mi espíritu. Un viejo conservador. Fue la única vez que tuve noción del paso del tiempo. Cada dos horas no faltaba un médico, una enfermera, pare revisar si podía seguir vivo.
He pasado el día y sigo vivo, dice el ingeniero Garza. Es apenas un susurro que escapa de sus labios cuarteados por el sol y la sal del sudor. Una de las mujeres voltea a verlo pero permanece callada, atenta a las determinaciones del líder, quien se había pasado la tarde arengando a la turba. También impidió que Hernández, su asistente, se acercara. Ni el contador Gutiérrez logró llegar hasta él. Un grupo de hombres lo persiguió, por varias calles, a punta de machetes y lo amenazaron con colgarlo de una grúa si regresaba.
¿Qué es lo que quiere esta gente? Le había preguntado su mujer, hace no muchos días. Ya habían lanzado su ultimátum a la empresa (habían escrito “ultínimun” en la hoja mecanografiada), pero el líder le había asegurado que ellos eran razonables, “acciones políticas para esperanzar a la gente.” Así se había expresado, el líder. Pero el ingeniero Garza no tenía ninguna garantía. Podían esperar, si no. ¿Si no?, pensó el ingeniero. No hay dinero, don Anastasio, no hay, le dijo.
-Entonces ya veremos, mi inge.
Pero, ¿habíase visto? Nunca en el pueblo una muchedumbre como esta. Obreros desempleados, amas de casa, niños en bicicletas y perros en los huesos, atraídos por el aroma de dos reses sacrificadas y destazadas ahí mismo, cocinándose desde la mañana en enormes pailas de bronce, productores montados en caballos que entran y salen, vendedores de chicles, frituras y refrescos fríos que se pasean, congregada en torno al hombre que sigue atado al árbol sin haber pedido comida ni aceptado lo que le ofrecieron las mujeres. Por la tarde llega el cura del pueblo y oficia una misa y pide por la resolución del conflicto. Por la noche llega de Chetumal una comisión del gobernador y dialogan. Cuando se van, el ingeniero Garza permanece amarrado. Se había dormido, detenido por los amarras, colgando la cabeza. Tiene picazones de mosquitos, que sus celadoras no se preocuparon por espantar. La piel blancuzca ahora luce como puesta en una parrilla, carne a medio término, roja y con ámpulas. Así había amanecido después de pasar su primera noche en la selva, en la novísima colonia para trabajadores de los empleados de confianza, un sector del asentamiento de amplias y arboladas casas separado de la colonia obrera por una cerca circundante. Su mujer se había sorprendido de encontrar acá, tan lejos, casas como las de los suburbios texanos, de una planta y con techos altos y a dos aguas. Un amplio patio al frente y atrás para los niños, donde podían dejar sus juguetes y cochera para dos o tres autos. Tardes debajo del framboyán, recostado en su mecedora de fierro, con una bebida en la mano y escuchando las estaciones de radio de Belice. ¿Es una buena opción, terminar en el extranjero, en un país diametralmente opuesto? Parece que sólo busco alejarme de mi padre, pensó, aquella tarde, al salir del trabajo, cuando de las oficinas de la Ciudad de México le habían informado que debía resistir, sin importar qué. No es fácil, después de casi veinte años de servicio, habiendo llegado como supervisor y ahora gerente general, no tener ninguna garantía.

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-Ah, qué mi Garza. Qué fácil es trabajar cuando hay dinero, ¿verdad?, le había dicho un jovenzuelo, recién graduado, que formaba parte de la junta directiva del grupo dueño de la fábrica
¿Qué saben ellos? De esta saldremos, si acaso vivo mañana. Quizá sería buena idea vender los tambos de pintura. Eran veinte que Gutiérrez, el contador, el malabarista, el mago, se había encargado de dejarlos fuera del inventario. Se venderían en Belice, le confió Hernández, o en Blue Creek, con los menonitas, buenos negociantes. No le gusta ponerse en posición de riesgo como para saber todos los detalles de la transacción. Es la circunstancia que lo orilla a preocuparse por la ortodoncia de María Isabel, su hija mayor, a punto de entrar en la preparatoria. Su mujer debe ir a consulta médica a Chetumal, dentro de dos días. Quizá la operasen de un par de quistes. ¿Listo para dejar tanto por hacer? Se olvidó de darle cuerda al reloj de su madre, que en paz descanse. Se había prometido mantenerlo en funcionamiento. Cada tres días, antes de dormir, sacaba de su cajón de la cómoda la cajita forrada de satén donde lo guardaba y le daba cuerda. Cuando lo requería, le ajustaba la hora, que de un tiempo acá mostraba un retraso de tres segundos. El reloj que ella ocupaba para tomarle el tiempo a lo que se estuviera cocinando en el horno, mientras él permanecía agazapado al borde de la mesa, la nariz polveada de harina, mirando a su madre y sus criadas. ¿Se acordaría su mujer de hacerlo por él? No ha pagado la tarjeta de crédito, de eso está seguro. ¿O haría ella o las niñas un acto semejante como el de él por su madre? Tendrían su vida propia y sus propios rituales. No podía culparlas si lo olvidaban rápido. Quizá eso es lo que debía pasar. Se casarán y yo seré un viejo mueble, un retrato amarillo en la recámara, algo incómodo como el sol que nos pega en la cara, cuando sale oculto tras la nube y te dice, estás vivo, realmente vivo.
-Denle agua a este cuate. Muévanse, dice un hombre al ver a las cuidadoras dormidas al pie de la banqueta.
La cabeza del ingeniero se alza casi por acto reflejo. La luz diurna lo ilumina como un santo de yeso, sin pintar. Abre los labios cuando una de las mujeres le ofrece un trapo húmedo. Él saca la lengua y chupa del trapo. Suelta unos quejidos ininteligibles. Ignora que la colonia de los empleados de confianza ha estado bloqueada. Que su mujer y sus hijas no pudieron salir. Que incluso los manifestantes cerraron la llave alimentadora del agua.
Nadie se ha largado ni se ha movido en el tercer día. Suerte que amanezca el ingeniero.
Por la tarde baja un helicóptero con un funcionario de gobierno. Es el secretario particular del Gobernador. Planta un pie en el suelo y ya están ahí los periodistas, que llegan ese mismo y único día. Transmite el pesar del señor Gobernador. Se acerca al líder e intercambian un abrazo. Promete, habla, proclama. Recibe el aplauso de los productores. Abraza niños. Se toma fotos con las señoras. Se acerca a las pailas. Come en un plato de plástico, así, de pie, como quizá nunca antes lo había hecho. Esto es una pena. Hay que pensar en la actividad económica de la región. No podemos permitir que los dueños le hagan esto al pueblo. Escupe el funcionario, con un megáfono. Termina con otro gran aplauso. Reparte besos y se sube a su helicóptero. También se van los periodistas. Uno que otro lleva la foto del hombre que ha estado amarrado a una palmera y que no ha comido desde hace tres días.
El líder y su pequeño grupo se alejan de la muchedumbre. Uno lleva un maletín negro que había bajado del helicóptero, cuando las cámaras de los periodistas enfocaban hacia el funcionario que hablaba. Otro abre el maletín y cuenta los billetes. Los demás asienten. El del maletín se sube a una camioneta de doble cabina, negra, con caballos dorados en sus patas traseras, las crines al vuelo, adornando las puertas. El líder arenga. Le aplauden. Matan otras dos vacas.
-Muchas gracias, mi inge. Ya ve que todo se puede, le dice el líder, una persona razonable.
Después de comer, los productores guardan sus machetes, sus pailas, y ya montados o a pie, o ya en camionetas, despejan la entrada a la fábrica de azúcar.
Una ambulancia recoge los despojos del ingeniero Garza.

-Agua.
-¡Ya despertó!, gritó una tía lejana. Una Garza.
Había escuchado a su padre soltar un quejido. Bebió agua que le dio su tía. Lo lamentó por él, que ya no podía hablar, ni regañar a las viejas inútiles del hospital, en Mérida, donde lo habían traído en ambulancia aérea. En cambio, se limitó a golpear el suelo con el bastón. Era lo único que quedaba de él, su mirada perdida.
Extrañó a su madre.
Su mujer pasó un día. Apenas habló con el médico pretextó la importancia de la educación de las niñas. También lo visitó el joven miembro de la junta de administración del grupo dueño de la fábrica, cuando se enteró que Garza había recuperado la conciencia. Lo alabó por su valor. Le entregó un diploma por sus años de servicio. Le prometió una compensación, al oído. Se marchó, no sin antes volverlo a salpicar de alabanzas.

El ingeniero Garza llega a la oficina. Un gran ramo de flores y una canasta navideña, fuera de temporada, con enlatados y whiskies importados, yacen en su mesa, amarrados con un gran moño azul cobalto. Le dice a su secretaria que mande llamar a Hernández.
Hernandez se materializa en la puerta.
-Llévate esto y dáselo a Méndez, le dice a Hernández
-¿Méndez?
-Sí, al jefe de instrumentación. Y tráeme a Gutiérrez.
A los pocos minutos llega Gutiérrez (contador, malabarista, mago), listo para hacer con los libros de contabilidad un acto de magia.

Gustavo Méndez Martínez

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