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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

agosto 2017

El arte para Andrey Tarkosvki: anhelo por el ideal

Víctor Hugo López Ortega

 

El arte nace y se afirma ahí donde existe una sed insaciable e intemporal por lo espiritual[i]

 

Andrey Tarkovski, uno de los más reconocidos cineastas a nivel internacional. Además de sus obras cinematográficas sumamente destacables, dejó como herencia al campo artístico en que se desenvolvió una serie de textos magníficos incluidos en el libro Esculpir el tiempo. El primer capítulo aborda los comienzos del Director ruso, el segundo -el cual se detallará en este escrito- tiene como título El arte, anhelo por el ideal, en el que el cineasta expone, de manera breve pero muy concreta, lo que entiende por arte, en específico por “arte cinematográfico”, concepción que sin duda se ve reflejada en cada una de sus películas y brinda una pauta para una mejor apreciación de las mismas.

Para definir cuál es el fin último del arte como tal, el ruso se plantea inicialmente tres preguntas: ¿Por qué existe el arte? ¿Quién lo necesita? ¿Alguien de hecho lo necesita? Inmediatamente la asociación remite a pensar en el poeta y en todo artista, sin embargo, al involucrar a todos los interesados en el arte, ya comienza a considerarse la figura del “consumidor” de arte, es decir, quien lo percibe y aprecia sin haberlo creado, así como aquellos que están implicados en relaciones de comercio de las obras de arte.

Tarkovski asume que el fin del arte “es explicar, al artista y a los demás, por qué se vive, cuál es el sentido de la existencia. Explicar a la gente la razón de su existencia en este planeta o, si no explicarlo, al menos preguntarlo”.[ii] Se refiere al arte sólo como creación, a aquel cuya finalidad principal del creador radica en hacer una obra de arte, y excluye momentáneamente al que tiene como principal objetivo ser vendido.

Inmediatamente incluye referencias a Adán y Eva funcionan para poner en escena el cómo tras haber mordido la manzana del Árbol del Conocimiento, la humanidad quedó “condenada a buscar la verdad perpetuamente”[iii]. La historia bíblica es muy conocida y la seriedad que a nivel de premisa le da Andrey Tarkovski, reflejan el conocimiento del cineasta ruso sobre la religión -presente en varias de sus películas- así como sus creencias. De esta verdad en falta que no cesa de buscarse, deriva la ciencia y una pluralidad de disciplinas y prácticas que tienen como objetivo elaborar un discurso que aclare los misterios del universo, siendo uno de los más grandes la existencia y naturaleza del hombre.

Andrey tiene la idea de un hombre con un “yo” en desarrollo, siempre buscando vincularse con un “universo exterior”, y es la búsqueda de esta unión un factor que influye en la eterna insatisfacción del hombre, una búsqueda que si bien, no brinda respuestas, sí logra evidenciar la carencia de un “yo pleno”. En esta tarea el arte y la ciencia son medios para apropiarse del mundo en busca de una verdad absoluta, teniendo en la tarea de “descubrir” una gran similitud, mas la diferencia que se establece entre ambas es que el arte no sólo descubre, también crea. De esta manera, para Tarkovski el cineasta establece dos formas de conocimiento: el científico y el estético.

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Una vez demarcado el campo artístico dentro de lo estético, se describe el quehacer del artista, el cual se expresa a través de imágenes, las cuales “mantienen una percepción del infinito: lo infinito dentro de lo finito, lo espiritual dentro de lo material, la inmensidad a través de la forma[iv]“. Cumpliendo estos requisitos, el arte se convierte en “un símbolo del universo”. A pesar de que el infinito no puede ser materializado, se puede crear una ilusión a través de la imagen, siendo esta la imagen artística, logrando aludir lo absoluto por medio del acto creativo, y sobre todo, como señala y remarca Tarkovski, a través de la fe, tema recurrente en filmes como Stalker, El sacrificio y Nostalgia. A su vez, el arte funciona como una forma del lenguaje que permite a los hombres intentar comunicarse entre sí, dando cuenta de su realidad. El arte, alejado de beneficios prácticos como la ciencia o su propio comercio que beneficia monetariamente, se trata de sacrificio, siendo este sacrificio la realización de la idea de amor. Andrey critica al artista moderno, quien ya no quiere hacer ningún sacrificio, quien ya no quiere ser un servidor en deuda -la función del artista es crear, antes que vender- y ve en el artista moderno una crisis que lleva a perder el sentido que el arte otorga a la vida humana. Si “la verdadera afirmación del yo sólo puede ser expresada mediante el sacrificio”[v], traduciéndose como acto de amor, no sacrificarse es olvidarse de la esencia del arte. Respecto a la idea de “sacrificio” retornará en capítulos posteriores, dotándola de un sentido más religioso y haciendo claras alusiones a su último filme, que ya desde aquí puede pensarse.

En este sentido, la comprensión de la imagen artística implica además de la aceptación estética, la percepción del sacrificio, provocando un impacto emocional aun cuando el receptor no esté de acuerdo con el punto de vista del autor, porque en la imagen artística el artista “nos revela su mundo y nos fuerza a creer en él o a rechazarlo como algo inútil”.[vi]

Tarkovski menciona sin profundizar la idea del poeta como portador de la imaginación de un niño.[1] Esto lo toma como pretexto para posicionar al poeta no como filósofo ni científico, sino como alguien que toma parte de la creación del mundo, mas no de su simple descripción e interpretación. Referente al arte cinematográfico, Andrey Tarkovski comienza a mostrar su postura que servirá como base a su idea del “Director” como un artista cuyo trabajo fundamental es “esculpir el tiempo”. Una vez habiendo introducido lo que entiende por arte y por imagen artística, señala que en el cine lo fundamental es hablar “a través de las imágenes vivas y no de argumentos”,[vii] teniendo como consecuencia la persuasión emocional, siendo que “la imagen existe como una manera de aprehender la realidad a través de la voluntad”.[viii]

El cine no ha existido siempre, y el ruso lo tiene presente, cuestionándose al respecto el porqué existe el cine y los motivos que llevan a las personas a las salsas para mirar las películas. Sus reflexiones sobre este tema las desarrolla de manera más minuciosa en el capítulo tres, titulado El tiempo impreso. Previamente, se limita a establecer una relación entre el cine y la literatura, siendo dos artes que se dedican a tomar elementos de la realidad y organizarlos, pero mientras para la literatura es necesario usar “palabras para describir el mundo”, el cine no requiere utilizarlas, menciona el cineasta: se nos manifiesta directamente[ix]. Hace referencia a Luis Buñuel -artista ampliamente admirado por Tarkovski- para mostrar ejemplos de cómo la imagen se convierte en un símbolo, e inclusive la obra de un Director, adjudicándole al español un cine que representa el “anticonformismo”, y del lado de la literatura, plantea la posibilidad de pensar en dos personajes de Cervantes como símbolo de la nobleza (Don Quijote) y del sentido común (Sancho Panza), buscando sustentar que una imagen común es un símbolo, pero una imagen artística es un símbolo universal, como los claros referentes de Cervantes que han trascendido a nivel internacional.

La noción que Andrey Tarkovski tiene sobre el arte es notoria en cada una de sus películas, de igual manera los principios que enuncia respecto a la labor del artista cinematográfico. Entiende el cine como un nuevo principio estético propio del siglo XX, como arte que busca ampliar las experiencias vitales de una persona, persuadirlo emocionalmente, y estando de acuerdo o no con lo que cada Director plasma en sus obras -porque siempre es válido estar en desacuerdo con el autor- cuestionarlo respecto a la posición del hombre en el universo, haciendo presente la eterna duda de la existencia y naturaleza del ser.

Tarkovski defiende un cine muy particular, el ahora popularmente llamado “cine de autor” y por muchos también “cine de arte”, que en la actualidad llega a agruparse hasta con el cine independiente y experimental que de alguna manera escapan a los estatutos de algunas grandes producciones norteamericanas que tienen como principal objetivo entretener en un promedio de dos horas al espectador, a tal grado de dividir una obra en dos, tres, cuatro u ocho partes para continuar con el formato de duración al que se ha adecuado la audiencia y tener un mayor impacto en taquilla. Esto tan característico del cine actual, no lo enunció el cineasta ruso, sin embargo, parecía vislumbrar el futuro de este cine, siendo un fuerte crítico en su momento.

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Evidenció el crecimiento y aceptación desmedida hacia el cine al que llamó “superficial” por no realizar ese “sacrificio” de amor que se traduce en arte, y por estar repleto de clichés, recurrir a la repetición, en lugar de construir símbolos propios que busquen convertirse en simbolos que hagan referencia a los universales y, sobre todo, cuestionar al espectador. Así, Tarkovski vivió su carrera cinematográfica defendiendo una postura, la de asumir la cinematografía como un medio para crear arte, criticando el cine destinado únicamente a la producción de obras para el ocio; convencido de que el cine debe ser “un medio para explorar los problemas más complejos de nuestro tiempo”.[x]

 

  • Todas las citas son tomadas de: Tarkovski, A. (2013) Esculpir el tiempo. México: UNAM, Centro Universitario de Estudios Cinematográficos

[1] Sigmund Freud aborda el tema de la creación literaria desde la perspectiva del psicoanálisis en su texto de 1908 titulado El creador literario y el fantaseo.

[i] Ibidem, p. 45

[ii] Ibidem, p. 43

[iii] Idem

[iv] Ibidem, p. 44

[v] Ibidem, p.46

[vi] Ibidem, p.48

[vii] Ibidem, p. 56

[viii] Ibidem, p. 62

[ix] Ibidem, p. 69

[x] Ibidem, p. 89

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Élites y piojos

Alejandro Solano Villanueva

En la literatura, en el arte en general, en la crítica literaria y artística —me atrevo a decir que en la vida misma— hay una tendencia recurrente a delimitar las obras de acuerdo con un canon específico. Todos lo hemos hecho. Apelamos a lo “clásico” como mero modelo de comparación. Desde ese horizonte suelen hacerse juicios de valor no siempre favorables para la obra o para el autor. Los que nos dedicamos a esto, nos mentimos aludiendo la completa objetividad de nuestro juicio; nos justificamos con nuestros conocimientos supuestamente superiores en cuanto a teorías y modelos canónicos, parloteamos con un montón de conceptos grandilocuentes y ambiguos; para acabar la faena, recurrimos a lo “clásico” de tal modo que pruebe nuestro punto de vista. Así es como nos concebimos, como una especie de élite dentro de la cultura o de las letras o de las artes. Y la verdad es que muy pocos de nosotros sobrevivimos a la prueba del tiempo, que no es más que la trascendencia del pensamiento, es decir, terminamos sucumbiendo ante los juicios de una élite que está por encima de nosotros mismos. Al final, fingimos que siquiera estamos cerca de ella, pero en el fondo sabemos que no es así. Los más cínicos se rinden. Los demás acaban de becarios.

            Hace poco me invitaron a un bar en Xalapa a escuchar un tributo a Caifanes. No soy fan ni nunca lo he sido, pero sucumbí a la presión social. En la entrada del lugar hay una placa que dice, parafraseando, claro, “si a ti te gusta el reaggetón, la bachata, la banda… y todas esas mamadas, este lugar no es para ti. Aquí sólo se admite a auténticos roqueros, quienes conocen el auténtico valor de la música, bla, bla, bla.” Personalmente, desde antes de entrar, me sentí agredido, no porque sea un ferviente seguidor del reaggeton, sino porque me parecía que esa placa establecía un nivel de elitismo. En automático, todas las formas de música popular eran denostadas, así como sus seguidores, quienes, con la misma lógica, no conocen ni aprecian la verdadera música. Incluso adentro del lugar siempre me sentí incómodo: el mesero no nos quiso atender porque no teníamos reservación, los tragos eran caros y de poca calidad, había mantas insistiendo en el elitismo del rock. Una monserga. La banda tocó bien, hay que aceptarlo. Eso no le quitó lo mamón al lugar.

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Casi al final de la noche, un cover de Juan Gabriel le da al traste al elitismo. La gente canta a todo pulmón, celebran la composición popular. Lo cual puede tener dos lecturas: por un lado, la gente ahí presente cree que esa canción tiene mayor valor porque es una versión roquera; por el otro, puede que se trate de una reacción festiva no esperada por el elitismo, una reacción de la masa que se siente identificada con el cantante popular, con la composición en sí, independientemente de que sea rock o cualquier otro ritmo o género musical.

            En todas nuestras estructuras sociales hay élites. En la mayoría de las personas hay una tendencia a acercarse a ellas de algún modo. Lo observo con mis alumnos, por ejemplo, quienes compran su café en el Starbucks. Para ellos no es importante el producto en sí, sino el establishment, los puntos sociales que supuestamente ganan por comprar en esa y no en otra tienda de café —considerando que en Xalapa hay mucho mejores cafeterías—, es decir, con ese acto que parece minúsculo ellos logran acercarse un poco a la élite social a la que aspiran. Piénsese también en la política, por ejemplo; por más luchas sociales, por más movimientos ciudadanos, por más gritos y manifestaciones, hay un sistema que prohíbe que cierto tipo de personas accedan al sistema político, que puedan ser elegidas. Es triste cuando un movimiento social no es más que un intento por acercarse a la élite. Caso del movimiento “Yo soy 132”, del cual ya sabemos en qué acabó.

            Si algo he aprendido en estos años es que ni el mar es democrático, como alegaba Neruda —ahí están las playas privadas—; ni la muerte, como recita el dicho popular —hay de velorios a velorios, de nichos a nichos, de tumbas a tumbas—. Creo que lo único verdaderamente democrático, que no atiende élites ni riquezas son los piojos, sí, los piojos. Pregunte en cualquier escuela privada. Los piojos siempre están ahí para recordarnos que al final de cuentas sólo somos criaturas en el mundo.

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