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Al parecer, somos la única especie que se enamora. Nos gusta pensar que los pingüinos emperador lo hacen: su monogamia nos fascina porque entre nosotros pues nomás no. Nuestra especie ha pasado por momentos evolutivos interesantísimos: desde la hembra con muchos machos hasta nuestra contemporánea monogamia con excepciones: la tendencia evolutiva de nuestra especie apunta a la monogamia, sí, pero aún estamos tentados por la poligamia (la expansión genética, esa zorra). ¿Por qué no fuimos como los peces?: ellos no se complican: las hembras ponen los huevos en algún arrecife y los abandona; algún macho llega luego, los insemina y se va. Sin cortejos ni gastos de energía innecesarios.

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Pero no hay que dejarnos llevar por la ilusión de la fidelidad: la monogamia no es el amor, ni viceversa.
El amor es deseo y el deseo es carencia, escribe Jean-Didier Vincent, en Le coer des autres. Platón pensaba: lo que no poseemos es lo que no somos, éstos son los objetos del deseo y del amor. Resulta que el amor es un daimon, un ser atascado entre los dioses y los hombres, entre la inmortalidad y la mortalidad.
Nació el día del nacimiento de Afrodita y por eso quedó enamorado de la belleza. Es hijo de Penia (la penuria y carencia), por lo que siempre será pobre y mendigo; y de Paros (que significa “oportuno”), de quien sacó su naturaleza astuta y creativa.
El deseo en el amor se alimenta de la carencia fruto de la necesidad del otro, y esa ausencia ahoga el deseo y revela el sufrimiento: no hay amor sin sufrimiento. Está la philia, un estilo de amor sin carencia, un amor amable que nosotros emparentamos con la amistad: no se basa en la carencia, sino en la partición, el intercambio. Se trata, en estos términos, de algo más suave que el amor, pero menos generoso.

El amor sólo existe en la carencia y se vale de la astucia para erradicarla… Pero una vez superada la ausencia, saldado el deseo, la emoción amorosa se suaviza, y entonces empezamos a amar lo que deseamos, es decir, lo que no tenemos. Un círculo, vicioso o virtuoso, según desde donde se le quiera mirar.

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El ser humano es, tal vez, la especie que más energía gasta en su reproducción: ese desperdicio se llama amor: Intercambios químicos voluntarios que nos hacen idealizar nuestras uniones sexuales. Sí, porque no hay amor sin sexo: es más: el amor es la respuesta evolutiva a muchas particularidades que hacen de nuestra especie una de las más complicadas en esos terrenos: por ejemplo: somos incapaces de saber con certeza el periodo de fertilidad de las hembras, lo cual provoca que invirtamos mucho tiempo y recursos energéticos: tenemos mucho sexo sin llegar a la reproducción no porque seamos promiscuos, sino porque a esto nos condenó la evolución: a la ovulación escondida. Perdemos mucha energía, pero ganamos otra cosa: el sexo placentero y por diversión. Sí: los humanos (y otros mamíferos superiores como los delfines) somos una de las poquísimas especies que tienen sexo nomás porque sí: porque nos gusta, pues. Esto no tiene nada que ver con la promiscuidad, sino con simple evolución: si el sexo no fuera placentero y divertido, el hombre ya hubiese desaparecido de la faz de la tierra hace mucho: condenados a una cópula aburrida y sin retribuciones placenteras y con un alto costo energético y de recursos, la haríamos muy poco y sin saber bien cuándo hacerla, las posibilidades de reproducción disminuirían condenándonos a la extinción. Pero la naturaleza es sabia: nos ofreció sexo por placer: nos enfrentó en una cópula cara a cara, la verticalidad que nos lleva a ver nuestra propia imagen reflejada en el ojo del otro, lo cual crea lazos nuevos en la pareja que permiten o provocan, en todo caso, la monogamia, es decir, parejas más estables: aquellas que han sustituido el sexo cuerpo a cuerpo por el amor cara a cara, según Vincent.

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Platón creía que el amor era el creador de lo bello y verdadero: por eso es que a través del amor, en la verticalidad y en el enfrentamiento cara a cara, el hombre descubre una belleza de una naturaleza maravillosa: la belleza en sí misma.

Alfonso Valencia

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