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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

julio 2017

Saulo en el XXI

Iván Partida

 

Hace pocos días vi I Am Michael, película del 2015 dirigida por Justin Kelly en la que James Franco interpreta a Michael Glatze, un comprometido  activista por los derechos de los homosexuales que, tras creerse atacado por un mal cardiaco hereditario, decide dejar atrás la vida gay y abraza las enseñanzas bíblicas y la vida cristiana. La anécdota está basada en un caso real recogido en el artículo “My Ex-Gay  Friend” de Benoit Denizet-Lewis.

Glatze, plantea la película, fue devorado por un vacío espiritual que la vida nocturna y su relación poliamorosa no pudo llenar. La muerte tocó a su puerta en forma de falsa enfermedad y los ataques de pánico que experimentó al sentirse cerca del abismo lo llevaron a buscar respuestas en uno de los libros más conocidos de occidente. Su conversión y el seguimiento casi fundamentalista de los preceptos bíblicos lo llevó a aborrecer su orientación sexual y a “no identificarse más como gay”. I Am Michael  no plantea la historia de un hombre que se volvió feliz por encontrar a Dios, tampoco un hombre que tomó un camino equivocado al zambullirse a la vida religiosa y luchar contra sus pulsiones sexuales, más bien retrata el sentimiento de desolación que experimentan las personas sensibles, con inquietudes diferentes a las de sus contemporáneos. La vida de activismo, bares y amor humano era incapaz de repeler el temor hacia la muerte, el eros era vencido por el tánatos.

La experiencia de Michael Glatze es como la conversión de Saulo en el camino de Damasco: una voz lo detuvo y le dio un giro total a su vida.  Antes respiraba pasión por el mundo gay, pero después de la voz de la muerte, el activista sólo podía expeler fervor por lo espiritual y odio hacia los homosexuales. Probablemente Glatze probó su nueva fe al rechazar el contacto masculino, al alejarse de la felicidad de una pareja gay tomada de la mano. El protagonista es contradictorio y humano porque no rechaza todo lo carnal: se enamora de su compañera de estudios bíblicos y va de la mano por los jardines del recinto, sin embargo no lo vemos en alguna intimidad satisfactoria con mujeres. No es un asceta, pero tampoco es un mujeriego. Acaso el  mayor logro de la cinta reside en mostrarlo como un hombre atormentado, pero decidido.

Esa historia pasó en los 90’, década en que la comunidad queer se sobrepuso al flagelo de la epidemia del VIH y no detuvo su empeño en conquistar visibilidad y aceptación social. La gesta por la inclusión llevó a la instauración del gran derecho que, ciertamente, coronaba la lucha que inició el 28 de junio de 1969 en el norteamericano bar Stonewall: el matrimonio igualitario (mal llamado matrimonio gay). Una vez que el debate sobre las uniones entre personas del mismo sexo tomó su punto más fuerte en Estados Unidos en el 2008, las organizaciones más conservadoras de las naciones latinoamericanas decidieron unir fuerzas para realizar campañas en su contra: sabían que tarde o temprano los estadounidenses fallarían en contener la aprobación de ese derecho y pronto el debate comenzaría en sus territorios.

Cuento todo esto porque la película de Kelly me hizo recordar que conocí un Saulo del siglo XXI, y creo que el contexto de luchas políticas y sociales que avivó a los conservadores tiene un papel importante. Saulo ―así lo llamaré― estaba en una página de citas popular entre los hombres antes de la aparición del Grindir. En esa época de principios del siglo XXI, recibí un mensaje proveniente del perfil de Saulo: terminamos en mi cama, no recuerdo cómo. Horas antes de caer sobre las sábanas, al verlo por primera vez, sentí un poco de temor porque no creí que tuviera más de 15 años. Saulo me mostró su credencial de elector para confirmar que lo que estábamos por hacer era legal. Durante varios años sostuve sesiones esporádicas con él, desde el 2007 al 2013 para ser exactos. De vez en cuando platicábamos por messenger, primero, y después por Facebook.  Hasta donde alcancé a ver, Saulo era un muchacho retraído que intentaba ser alegre pero siempre terminaba por caer en la melancolía; tenía mala suerte en el amor porque era delgado, enjuto, moreno, de cabello lacio, cara pequeña, nariz tosca y voz apagada. Los únicos hombres que lo tocaban eran los muchachitos de su barrio que le sacaban dinero a cambio de favores. Saulo tenía problemas en su casa por el divorcio de sus padres y el desprecio de su madre y su padrastro a causa de su notable amaneramiento. Jamás me contó sobre su vida escolar, pero creo que debió ser la misma historia. La ciencia dura y los postulados foucaultianos fueron un consuelo en el que se refugió largos años; incluso trató de predicárselos a sus padres: en algunas sobremesas leyó fragmentos de Historia de la sexualidad y de Vigilar y castigar para que entendieran, no para educarlos académicamente, sino para que lo entendieran. Aquello  fue prédica en el desierto.

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Bartolomé Esteban Murillo. La conversión de San Pablo. Museo del Prado.

Una vez lo vi de lejos, había tratado de ponerse guapo rizando sus cabellos y ajustando su ropa al cuerpo, lamentablemente el estilo no le favoreció. No sé si siguió alquilando novios, yo lo veía por mero placer al cuerpo, pero tampoco lo consideré alguien interesante, atractivo o excepcional, aunque en el fondo me agradara. La última vez que estuvimos abrazados durante unas horas en mi habitación, me comentó que estaba llevando un tratamiento antidepresivo y que le pidió a su médico alguna forma de castración química: no quería sentir más deseo sexual. Desconozco qué golpes fue recibiendo Saulo en el camino de Damasco de la vida, pero estoy seguro que algunos fueron tan duros que acabó por perder la confianza de Foucault y, sobre todo, en la comunidad a la que pertenecía. Imagino el cuadro: los gays lo despreciaban por no llenar los requerimientos mínimos de belleza, por no ser una perra que tronara los dedos al aire, por no tener dinero o habilidades verbales, por carecer del porte del macho, por tener acento de barrio y no tener pecho y abdomen montañosos. Su  familia lo despreciaba por ser el hijo débil y afeminado, la iglesia a la que iba los domingos lo condenaba cada tanto, sobre todo, imagino, cuando la amenaza de matrimonio igualitario iba acercándose como las nubes que presagian la tempestad. En medio de todo eso, del odio, la indiferencia y el dolor, Saulo fue llamado.

Sucedió lento, como la caída de la miel que se adhiere al frasco: la voz de la Iglesia católica lo llamó, lo sacó de la ruta de Damasco que lo precipitaba hacia el fin y le tendió los brazos. Saulo quizás dudó, pero al final abrió los suyos y se unió a ella. Ahora el pequeño Saulo no es más un niño: tiene un trabajo estable, su familia lo quiere, ha encontrado paz en la Institución eclesiástica, ha encontrado paz en los discursos de odio contra el matrimonio igualitario, contra la gente transexual, contra la marcha queer. El odio lo ha religado con lo más conservador de la Iglesia católica, odia con sus amigos, con sus guías espirituales, con sus compañeros en los retiros. Ama lo bello de la vida y odia lo diferente, odia y ama, se ha vuelto un cruzado de Cristo contra la herejía del siglo XXI, se ha vuelto mi enemigo. Aun así, me gusta ver vivo a Saulo, el odio lo ha salvado de su propia destrucción. En algún punto siento que también fue mi culpa, que fui parte de esa pared de carne humana con la que se topó. Por ese motivo, y por otros, no lo he abandonado. A veces platicamos, nos peleamos, nos miramos con desprecio y tristeza. Pero siempre nos miramos, como en un espejo; tal vez pensamos que el otro es una imagen de lo que pudimos ser si nuestra vida hubiera tomado en un camino distinto, si nuestro cuerpo y nuestra piel fuera diferente, si nuestras familias hubieran sido otras.

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Bañarse en las aguas del Erdre

 

~Yasmín Rojas

 

“Pálida por la frente

Sobre los huesos fina

Triste en las sienes

Fuerte en las piernas

Blanda en las mejillas

Y vibrante

Caliente

Llena de fuegos

Viva

Con una vida ávida de traspasarse,

Tierna

Rendidamente íntima

Así era tu piel

Lo que tomé

Que diste”

-Idea Vilariño

 

 

Una ciudad al noroeste de Francia con edificios antiguos y algunos modernos, con  automóviles, tranvías, embarcaciones, personas, elefantes mecánicos e historias, cientos de historias, de sueños, alegrías y tristezas.

Ella lo visitó en su embarcación. La de madera en forma de Tipi. Justo frente a la parada “Motte Rouge”. Le dijo que quería conocer su barca. Era una excusa. Sabía lo que pasaría, mas no advertía que sería tan pronto. Tampoco se resistió.

Toca. Él le abre. Cruzan el puente para entrar a la sala. Está tan nerviosa que no le pone atención a la barca, sino a la hermosura de él: sus labios, sus ojos verdes, su frente, su piel. Se quita el bolso. Comienza a hablar de todo y de nada para ocultar los nervios. Él la besa. La toca. Sorprendida, ella se deja llevar. Besa su cuello, es pálido, tiene espinillas. A sus veinticinco años, aún tiene las marcas de la adolescencia. Lo toma entre sus brazos. Algo se apodera de ella, un ardor recorre todo su cuerpo hasta llegar a  sus manos. Ahora es ella quien precisa las reglas.

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“Goza, Gerard . Sufre también”. No soporta las cosquillas. Le pide que no lo haga pero ella no se detiene. Continúa sobre su camisa, en los pezones. No las aguanta. Se vuelve a quejar. “Todo menos cosquillas”, implora. Él no sabe de la inquietud que recorre el cuerpo de ella cuando contempla su inocencia. (Esta noche voy a convertirte en hombre, aquí frente al puente, sobre el río.) No es virgen, lo sabe. Pero las europeas que han estado con él desconocen los senderos de su cuerpo.

“¿Por qué tanta aprehensión?”

“¡Putain! tengo mucho que leer para mi clase esta tarde, guapa”

“Uffff, ya deja de pensar en las obligaciones”.

Tiembla. Está perdido, desorientado. Preocupado. Quizá asombrado porque ella lo llama. Tiembla ante la mirada de la mujer. Cierra los ojos, se deja guiar por ella. No se niega al perfume de su cuerpo. La toma.

La llama. Acude. Esquiva su mirada. Su cabellera descansa su desasosiego entre las torneadas piernas de ella. Esos rayos de sol cuando los dedos de ella transitan hacia su frente, sus pestañas, su pecho inquieto, joven, firme ante su aliento y sus besos. Cierran la luz de sus miradas. Se abandonan al estremecimiento de los cuerpos.

Sierpes tenues, los dedos de él se amoldan al tobogán del cuello femenino, transpiran. No se mueven, pero en el umbral de su vientre el Erdre deslumbra colores.

“Debo contenerme”. Lleva su cuerpo hacia el centro, hacia el recuerdo de haber nacido mujer y él, hombre. La embarcación es movimiento. El ombligo, punto para el encuentro. Ya, sorprendido más no tímido, se abandona a las decisiones de ella. Inhala. Exhala. Su cabellera busca a dios en las pupilas de la amada, desciende a dios en las profundidades. Ya está al alcance de sus dedos. Su desnudez requiere paciencia.

Su cadena. Debe quitarle la cadena con delicadeza. Es un tesoro de la India. Se la quita. Después, uno a uno, los botones de su camisa negra ceden ante el giro envolvente de sus dedos. Le sorprende la fragilidad de su piel. No hay defensa en él. Nada lo protege. Es transparente. Es sólo poros. No hay dique para este amor. Está rendido, limpio, quebradizo.

Son ya desnudez. Hombre y mujer. Muerde sus pequeñísimos pezones. Cuenta, una a una, las fronteras hacia su interior. No hay temor. Unión. Están, sin darse cuenta, por encima de los estremecimientos. Apoya su espalda sobre la cama; es gozo en descenso hacia sus labios. Las manos sujetadas a sus hombros. Cómo mira a una mujer ofreciéndole sus dos frutos; cómo acuna su boca cada una de las sorpresas nunca imaginadas, venidas desde el trópico. “Las europeas no tienen pechos”, dice. Toma sus manos, las pone sobre sus pechos, luego recorren su cintura.

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Por fin, están unidos, sus manos tiemblan y se hunden en la curva generosa de las nalgas. Bebe, después, el aire caliente de su boca. Marfil a marfil, el deseo canta. Sus senos lo invaden y la luz de sus ojos verdes estalla en maravillas. En las vegas del Erdre. “Por fin estás contigo y en mí”. Y la premura, el ansia de fragmentarse  les amenaza. Se desboca, brinca. Aspira a romperse en agua. Y ella lo detiene.

Su cintura, la de él. Son el centro del calor. “¡Bésame! ¡Merde! Penétrame. Entra en mí. Sal. Sudemos para que salga el sol del Erdre. El sol que aún no he visto en este lado del mundo pero dices, existe. Toma de mí el valor para convertirte en hombre. Tómame y conviérteme en mujer. Anda. Mírame encima de ti.” Cabalga segura, paciente, plena de ternura. Buscan el centro de su origen; la fortaleza, buscan.

“Je t’aime”.

Callan. Abren su piel, el sonido de los poros, la suavidad de la erección: las luminosas lajas del orgasmo silencioso se dan.

“Moi aussi, je t’aime”.

Olvidaron cerrar la ventana de la embarcación. Mientras sus risas navegan las aguas agitadas del Erdre, la ventana dona su frío viento. Nantes es lluvia y frío esta noche. Mas no para ellos. En su gozo, sólo el río y su música, el colorido diverso de los peces, los patos y las mariposas, las pequeñas olas arribando a los márgenes. Porque este río también se mide por olas, por soles y por alas.

“Anda, Gerard, descansa.” Se abandonan al azoro de descubrirse atados a su desnudez. Acurrucan sus sorpresas; duermen felices.

“Dios, por qué el frío.” El frío deposita su amanecer entre las aguas del río. Saben que todo terminará pronto. Lo hablaron desde el primer día, pero decidieron continuar y se volvió caricia el gris del cielo, y fuego el frío. La ventana, claro. Abierta. Aunque no se daban cuenta. El silencio está siempre presente. No saben si es mañana o tarde pero sonríen. El fresco dulce de ese viento les devuelve su calor.

“Gerard, Gerard”

Atado a su nombre, el roce de sus labios. Su brazo es firmeza sobre su vientre, sobre su diminuta cintura aún húmeda. Despierta completamente. El frío ingresa a la embarcación, a las cobijas. El rumor de sus besos se instala poco a poco, levemente, en lo frágil de su cuerpo. Ascienden sus labios por la cordillera de su cuello. Le instalan brisa. Cada línea de sus dedos conversa con su cabellera. Son fortaleza y ternura ahora. Les nacen colores. ¡putain! Nace la música. Pececitos en torno del vientre.

“Sigue, sigue. Más abajo. Hacia el origen. Nos encontraremos también”.

Dagas amorosas abren surcos. Corre el agua. Deposita el amanecer su sonrisa. Los labios se abren. Se besan. Y es ausencia el cuerpo, sonido la mujer, grito la pareja. ¿Dónde el vientre? El Erdre “¿dónde me has guardado el alma? ¿Cuándo se alejó el frío y se alojó el calor en mi interior?” Contenta la entrepierna. Feliz el beso de la mujer. Viva el alma del hombre. El surco estalla luminosidades. Ya no dagas de frío. Ella voltea hacia la ventana, ve el verde puente, las aguas inquietas y se acuerda de su tierra.

El Erdre, todo el mundo debe bañarse en las aguas del Erdre.

 

 

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