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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

noviembre 2017

Publican el «thriller colonial» de Eligio Ancona

La noche del 25 de julio de 1792 circuló con rapidez la noticia del asesinato de don Lucas de Gálvez, Gobernador y Capitán General de la ciudad de Mérida, Yucatán. El brigadier se retiraba a la casa de gobierno a bordo de una calesa, cuando al desembocar por una esquina fue herido en la oscuridad. «¡Ah, pícaro… qué pedrada me han dado!», fueron las palabras que dirigió Gálvez a su oficial real, don Clemente Trujillo. El convoy apresuró el camino sin sospechar aún que se trataba de una herida de muerte. Tras arribar a su destino, el capitán se condujo a sus habitaciones donde retiró la mano del costado adolorido, tomando conciencia de la gravedad de la hemorragia que terminó con su vida. Toribio de Mazo y Piña fue acusado del crimen y encarcelado en el fuerte de San  Juan de Ulúa a la brevedad, pese a que pudo comprobar que no se encontraba en el lugar de los hechos. Suele decirse que el acusado lamentaba sus desgracias cada instante de la reclusión, hasta que una serie de eventos afortunados permitió se descubriesen a los verdaderos perpetradores del crimen.

El párrafo anterior parece el inicio de una leyenda colonial, aunque en realidad se trate de un extracto de noticia del finisiglo XVIII. Lógico es suponer que el tema del asesinato de don Lucas de Gálvez resultara tan fascinante para los escritores e historiadores de la península. Historia y literatura conforman en el romanticismo una suerte de binomio indisociable en donde uno forma parte consustancial del otro. Nada más natural que en el siglo XIX, el género de la novela histórica se impusiera como un doble programa narrativo e ideológico, derivado en gran medida de la necesidad de construir una identidad de lo nacional, ejecutando muchas veces una crítica severa hacia los siglos de la dominación española. Novelistas e historiadores reprendieron los vicios, abusos e injusticias por parte de la Corona y de la Iglesia: es decir, introducían una doble herejía a su visión reformista.

Justo Sierra se propuso desarrollar una novela en torno a la muerte del famoso Gobernador de la península, del mismo modo que se había ocupado en La hija del judío, del Conde de Peñalva (otro Gobernador ejecutado). Sabemos, sin embargo, que la obra nunca llegó a puerto. Semejante suerte corrió Eligio Ancona, luego de tocar a la brevedad el tema en el  Tomo V de su Historia de Yucatán, hasta que años después de su muerte fuera descubierto el manuscrito que ahora nos ocupa. Memorias de un alférez narra la historia que llevó al esclarecimiento de los verdaderos asesinos del Gobernador don Lucas de Gálvez. Por esta razón, son muchos los que han considerado la novela como la más lograda de Ancona. Esta peligrosa afirmación no ha salvado a la obra de la admiración sin reserva: más citada que estudiada, cuando no más estudiada que leída. Sea o no sea la mejor, lo cierto es que se trata de una narración cuidada en el manejo deductivo con que expone la intriga. No se trató de una novela por entregas como solían serlo en la época –una novela “escrita en las rodillas”, suele decirse– sino escrita con la paciencia de la memoria. El resultado consiste en que, a diferencia de las obras que le precedieron –desde La Cruz y la Espada hasta Los mártires del Anáhuac–, esta narrativa se aleja del romanticismo épico al estilo de Walter Scott para arribar a los lindes del realismo, rozando por momentos los límites de un “thriller colonial”.

La presente edición crítica que ha sido preparada por Manuel Sol para la colección de Clásicos Mexicanos de la UV, viene acompañada de un estudio introductorio, cronología, bibliografía e iconografía, así como una serie de notas de carácter léxico, histórico y geográfico que guían la lectura a través de las deducciones que motivaron la develación del misterio.

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* Eligio Ancona. Memorias de un alférez. México: Universidad Veracruzana (Clásicos Mexicanos, 16), 2017, 594 páginas.

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Un miedo sólido e infantil. En presencia de un payaso, de Ingmar Bergman

 

Víctor Hugo López

 

Life’s but a walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon the stage

And then is heard no more. It is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury,

Signifying nothing.

(Macbeth, Escena V, Acto V)

 

En una escena de la película Fanny y Alexander (1982), el pequeño protagonista es castigado luego de hacer pública su fantasía de ser vendido a un circo. La escena es autobiográfica, como lo son muchas en la vasta filmografía de Ingmar Bergman (1918- 2007): en una ocasión el pequeño Ingmar, impactado por el Circo Schumann, confiesa a uno de sus compañeros de escuela que sus padres lo han vendido al circo y pronto abandonará la escuela para convertirse en acróbata. La confesión pasó de su compañero a sus padres y a la profesora; el castigo fue severo. De esta vivencia Bergman extrae una pregunta: “¿Por qué un niño de siete años siente el deseo de abandonar el hogar y ser vendido a un circo?”[i]

El Circo Schumann llamó la atención del pequeño Bergman por sus colores, su música de orquesta, los animales y la fantasía de trabajar junto a una joven de la que se había enamorado tan solo al verla pasar sobre un enorme caballo blanco. También de este mágico encuentro con el circo, el director sueco guardó un amargo recuerdo, el temor a los payasos, el cual describe con una breve frase: “los payasos me inspiraban miedo y parecían enloquecidos”.

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Fanny y Alexander fue la última película que Ingmar Bergman realizó para la pantalla grande, pero su trabajo continuó con películas para la televisión, elaboración de guiones y obras de teatro. En 1997 aparece la película En presencia de un payaso; Bergman, cercano a los ochenta años de vida, confiesa no saber si será su último trabajo, el cual refleja, además de su madurez como realizador, la pasión del director por el teatro, la música y el cine. La película tiene como tema central la muerte.

En 1957 apareció El séptimo sello, una de las obras más reconocidas de Bergman y uno de los grandes clásicos del cine mundial. La Muerte cede al capricho del cruzado Antonius Block y acepta jugar ajedrez, regalándole con esta última partida, la oportunidad de reflexionar sobre sus últimos movimientos en el tablero y en la vida. La Muerte es un personaje con un rostro pálido que denota una penetrante seriedad aún en sus ligeras sonrisas, con su vestido negro y su guadaña. Cuarenta años después, en En presencia de payaso, Bergman vuelve a mostrar una imagen de La Muerte; esta vez es una mujer vestida de payaso, inquieta, burlona y por momentos desquiciada.


 

En presencia de un payaso inicia mostrando en letras blancas sobre un fondo negro, un fragmento de La tragedia de Macbeth de William Shakespeare, en específico, las palabras que el Rey expresa cuando se entera que Lady Macbeth ha muerto (Escena V, Acto V). Posteriormente se borran las letras y aparece el protagonista Carl Akerblom internado en un hospital psiquiátrico, dejando caer la aguja sobre un disco para activar el fonógrafo y deleitarse con las primeras notas de “Der Leiermann” (El organillero) de Franz Schubert, último lied de su obra Winterreise (Viaje de invierno). En el poema de Wilhelm Müller -musicalizado por Schubert-  un hombre mira en las calles del pueblo a un organillero que a pesar del inmenso frío que le entumece los dedos y de que nadie quiere escucharlo, continúa dando cuerda a su organillo e ignora las adversidades; el hombre lo mira y concluye:

Viejo extraño,
¿Voy contigo?
cuando yo cante mi canción
¿me acompañarás con tu organillo?

En la película, el tema acompaña la aparición del payaso, manifestación de La Muerte. Cuando éste se presenta ante Carl Akerblom él sabe de quién se trata, reacciona con miedo, se aferra a su cama como un niño asustado, pero es capaz de mantener un firme y breve diálogo con el pícaro payaso que desaparece en la penumbra. En sus Memorias, Ingmar Bergman describe su miedo a los payasos y resume su miedo a la muerte como “un miedo demasiado sólido e infantil”.

En el hospital, Carl conoce al Profesor Vogler, con quien comparte pláticas aceleradas sobre Schubert y la Condesa Mizzi. Carl Akerblom sale del hospital y reúne a su novia, al profesor Vogler y a una actriz para realizar un ambicioso proyecto titulado “La primera y única película del mundo hablada en vivo”. La película tiene como argumento a Schubert en sus últimos días y en su lecho de muerte.

Sobre esta base se desarrolla En presencia de un payaso. Dando paso a las peripecias del grupo involucrado en el proyecto y que acompañan a Carl Akerblom en lo artístico y en lo personal. Para el caballero cruzado en El séptimo sello, se trata de jugar una partida que sabe será la última, de mostrarse fuerte en sus últimos movimientos en presencia de La Muerte; para Carl Akerblom, un viejo que se asusta como niño en presencia de un payaso y que no tiene el mínimo interés de lanzarle un reto, sólo se trata de seguir su pasión como artista.

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[i] Las citas a Ingmar Bergman y las referencias a su vida aparecen en su libro La linterna mágica. Memorias (1987)

 

Prioridades

Alejandro Solano Villanueva

 

Bestialidad del hombre

 

Hace un par de semanas realicé un ejercicio sobre el narrador testigo con mis alumnos. Palabras más, palabras menos, ésta fue la situación que les plantee: estamos parados frente a la ventana y vemos que un perro está cruzando la calle, cuando de repente escuchamos que un coche viene a toda velocidad; inevitablemente, atropella al perro. ¿Cómo contamos la historia si sólo somos testigos? Cuando terminé de formular la pregunta, noté que la mayoría de los adolescentes que estaban en el salón me miraban con desprecio, algunos, incluso, mostraban un franco desencajamiento, una congoja legítima en sus rostros. Pregunté cuál era el problema y una de ellos me dijo: “es que por qué un perrito, profe, pobrecito. Es una pobre vida inocente”. Yo alegué que daba igual, que sólo era un ejemplo para analizar cómo funciona la visión del narrador testigo. Otro compañero reviró —y probablemente fue lo que más me sacó de onda—, dijo que eso era cruel, incluso como ejemplo; concluyó: “no podemos, mejor, matar a una persona… Seguro es más justo, porque cruzó la calle sin fijarse y, pues, es consciente de sus actos… El pobre perrito, no”. Una mayoría abrumadora aplaudió el razonamiento. Como en mi adolescencia, la campana del cambio de hora me salvó de llevar esa discusión más lejos.

Me pregunto cuáles fueron los parámetros bioéticos que consideraron mis alumnos para llegar a la conclusión de que vale más la vida de un perro imaginario que la de un hombre imaginario. Puede ser que solamente se trate de un arranque de ternura provocado por la violencia de la escena. Me pregunto si esa lógica podría trasladarse a la realidad. Yo quiero creer que no y sin embargo el mundo me demuestra lo contrario.

Tengo algunos amigos animalistas que intento respetar en el límite de la cordura. Una vez, en una reunión, una chica declaró abiertamente que ella preferiría —incluyendo la hipérbole— mil veces ayudar a un perro callejero que a un vagabundo, argumentando que el segundo está en esa condición debido a las decisiones que tomó en su vida. Si seguimos esa lógica, el mal del hombre, para ser despreciado por los otros, es la razón; la que se nubla cuando cruzas o la que te condena cuando decides vivir a expensas de la calle.

En los chicos hay una evidente falta de madurez social y emocional. La mayoría de ellos viene de casas con una cierta estabilidad económica que los obliga a vivir en una burbuja, no contactan con el mundo que está más allá de las plazas comerciales o las rejas de las zonas residenciales donde habitan. El segundo juicio es el reflejo de puro y vulgar egoísmo. Eso no quiere decir que ambos casos no estén relacionados, sino que el segundo parece un resultado del primero. Las personas que lanzan sentencias de ese tipo no alcanzaron a formar un juicio empático que los conectara con la realidad humana que está justo frente a sus narices. Supongo que se debe a que muy dentro de ellos hay una especie de deuda o revancha contra la propia humanidad que los ha herido y les ha fallado en un grado tal que es imposible considerar que alguno menos afortunado valga la pena. O quizá los estoy justificando de más y sólo se trata de indiferencia, negación o ceguera. Aun así, estas personas se enmascaran en una supuesta altitud moral, una falta total de mezquindad para con todas las criaturas de la tierra, excepto las de su misma especie, claro.

Mis alumnos, en fin, remarcaron la actitud que describió Roberto Louis Stevenson en el siglo XIX: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación”.

Perros-y-sus-amos

Humanización de la mascota

No tengo nada contra los perros, incluso me llegan a parecer simpáticos. Cosa que no me pasa con los gatos. Mi problema es con la especie humana, es decir, los dueños de los perros que no hacen más que llenar sus vacíos existenciales con la vida de esas criaturas. Los visten, los miman, los malcrían para evitar vestir, mimar y malcriar a sus propios hijos o, peor, para llamarlos hijo, bebé, mi vida. A mí me parece que éstos son los verdaderos abusadores de sus propias mascotas. Le arrancan su perrunidad a los perros para volverlos cuasi hombres, cuasi ángeles, cuasi dioses. Perrolatría, lo llama Javier Marías.

Almas ausentes de propósito en la vida, como pensara Sartre, vuelcan su ansiedad en seres a los que siempre podrán tener sometidos a su voluntad, en seres que no se revelan ante la excesiva comodidad (quién no quisiera vivir como un chihuahua de París Hilton). Dueña del espacio, la mascota se vuelve ídolo en tierra de creyentes. Y así es como la razón que condena al vagabundo, se vuelve idolatría de la bestia, del Otro al cual se obliga a ser un semejante: humanización de la mascota, bestialidad del hombre. ¡Ay de aquél que cuestiona su dogma… Ay de aquél que injurie a sus ídolos!

Guillermo Manuel Acuña Méndez

Diego Lima

Luego de que Pedro Caffarel comprobara la existencia de Guillermo Manuel Acuña Méndez, el hijo de Manuel Acuña Narro con Laura Méndez Lefort ha sido materia de obligado comentario, a la hora de pasar revista por el año de 1873 en la República de las Letras: interregno donde inicia el mito de Acuña Narro, derivado en gran medida por el suicidio en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina, así como el ascenso en la carrera literaria de Méndez Lefort.[1] Otros integrantes de la sociedad literaria de la época como Agustín F. Cuenca[2], Guillermo Prieto e incluso, el propio Ignacio Manuel Altamirano, participaron directa o indirectamente en los sucesos que rodearon esta unión. Por estas razones, he decidido compartir un par de documentos que hallé en los Archivos Parroquiales y Diocesanos, y en el Registro Civil de la Ciudad de México, con el propósito de aclarar algunos puntos ciegos que se ciñen aún sobre este episodio de la paternidad en nuestras letras.

Estos son los hechos.

Sabemos que Manuel Acuña Narro (1849-1873) y Laura Méndez Lefort (1853-1928) sostuvieron una relación amorosa que se remonta al año de 1872, época de la que proviene el ciclo del coahuilense dedicado “A Laura”. Intermitente, la relación nunca se concretó de manera legal, aunque se puede suponer fue intensa si nos atenemos a la lectura biográfica de la obra literaria de ambos escritores. El noviazgo más bien se prolongó, asediado por conflictos económicos, malentendidos e infidelidades que ocasionaron la ruptura definitiva de la pareja en el primer trimestre de 1873: los dos hicieron público su “Adiós” en los diarios de la capital en estas fechas. Sin embargo, tuvo que ser en el interregno de una larga como tortuosa separación que Laura Méndez quedara embarazada. Esto me lo sugiere el hecho de que el menor, Guillermo Manuel Acuña Méndez, naciera el 23 de octubre de 1873, según hace constar la partida 288 del libro segundo de bautismos de hijos naturales de la Parroquia de la Santa Veracruz:

En nueve [9] de diciembre de mil ochocientos setenta y tres [1873], yo, fray Felipe Aguilera (Venia Parrochi) bauticé solemnemente en esta parroquia de la Santa Veracruz a un niño que nació el veintitrés [23] de octubre de este año, a quien puse por nombre Manuel Guillermo, hijo natural de don Manuel Acuña, difunto hace tres días, y de doña Laura Méndez. Fueron sus padrinos don Guillermo Prieto y doña Úrsula Espinoza, a quienes advertí su obligación y parentesco espiritual. Y para que conste lo firmé con el señor cura. [Rúbricas] Fray Felipe Aguilera.– Licenciado José María Antonino González.

Fe de bautismo de Manuel Acuña Méndez_Especial

Tal cual se declara en el documento eclesiástico, el bautismo se realizó tres días después del suicidio de Manuel Acuña, la tarde del 6 de diciembre de 1873, en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina. Todavía más: el menor se asentó el mismo día que los amigos, Antonio Coéllar y Agustín F. Cuenca, dieron parte a las autoridades del fallecimiento. La ceremonia fúnebre que paralizó la vida en la capital mexicana se llevó a cabo al día siguiente. Guillermo Prieto sobresale en el registro como ilustre padrino del recién nacido, quien por cierto, lleva su nombre. Justo Sierra llegó a declarar que Prieto no sólo había pretendido a Laura Méndez —así lo aseguran José López Portillo y Rojas, y Francisco Nájera—, sino que éste había sido uno de los motivos más fuertes para el rompimiento de la pareja.

Las exequias por la muerte la muerte de Manuel Acuña ocuparon todos los diarios, así como las coronas fúnebres o las notas de carácter sentimental, sin que ninguna hiciera mención de su reciente paternidad. Sea como sea, este no sería el golpe más fuerte que sufriría Laura en esos días. El infante murió víctima de bronquitis el 17 de enero de 1874, poco antes de cumplir los tres meses de edad, según consta en la partida 144 del libro de defunciones del Registro Central de la Ciudad de México:

En la Ciudad de México, a las tres [3] de la tarde del día diez y siete [17] de enero de mil ochocientos setenta y cuatro [1874], ante el [ciudadano] José María Medina, juez segundo del Estado Civil, compareció el ciudadano Agustín Cuenca, natural y vecino de ésta [ciudad], en la calle de Zuleta, número diez [10], de veintitrés [23] años, soltero, periodista, el que manifestó que hoy a las tres cuartos para las seis [5: 45] de la mañana, en la referida casa, falleció de bronquitis aguda el niño Manuel Acuña, de México, de tres meses, hijo natural del finado don Manuel Acuña y de doña Laura Méndez, de Ameca, con domicilio en la referida casa, de veinte [20] años, soltera. Lo asistió el doctor Ruiz Sandoval y se inhumará en el Campo Florido, en primera clase. Son testigos los ciudadanos Miguel Quezada e Ildefonso Estada y Zenea. El primero, natural de ésta en el edificio del Seminario, de treinta y cuatro [34] años, conocido periodista; y el segundo, del mismo origen que el anterior, con domicilio en la calle Cerrada de Santa Teresa, número uno [1], de cuarenta y tres [43] años, casado, escritor público. Con lo que terminó esta acta que les fue leída, ratificaron y firmaron ante el presente juez José Ma. Medina. [Rúbricas] Agustín F. Cuenca.– Ildefonso Estrada y Zenea.– Miguel Quezada.– Es copia que certifica José Ma. Medina.

No debe extrañarnos que en el documento se dé a conocer que Guillermo Manuel fue inhumado en el Campo Florido, al igual que su padre. Tampoco que, quienes otrora fueron amistades del poeta, informaran en el registro sobre el deceso. Llama mi atención, no obstante, que Agustín F. Cuenca declarara ante el juez que compartía domicilio con Laura Méndez, en la calle de Zuleta, número 10. El famoso poeta se casaría finalmente con ella en 1877, por lo que resulta sugerente remontar hasta esta época los vínculos emocionales.

¿Por qué se mantuvo en silencio la paternidad de Acuña? No lo sé de cierto. La verdad en México es singularmente difícil de documentar por el estado de nuestros archivos, hemerotecas, y reglamento de nuestras instituciones de consulta pública. Sin embargo, ante la carencia de una historiografía de nuestra literatura decimonónica, he considerado necesario armar en el terreno de lo posible un relato que de coherencia a estos hallazgos, breve encuentro de aquél que he denominado en otras ocasiones como mi oficio de tinieblas.

alimdiego.wordpress.com

[1] Pedro Caffarel, El verdadero Manuel Acuña (México: Imprecha, 1984). Véanse además Alicia Romero Chumacero, “Laura Méndez y Manuel Acuña: un idilio (casi olvidado) en la República de las Letras”, en Fuentes Humanísticas (México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2009) vol. 21, núm. 38, pp. 23-39; además de Ángel José Fernández, “Ensayo de una poética para Laura Méndez de Cuenca”, en Literatura Mexicana (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2013) vol. 24, núm. 1, pp. 45-63.

[2] Efrén Ortiz Domínguez, “Estudio introductorio”, en Agustín F. Cuenca, Obra literaria (México: Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, 2014).

Dos poemas de Frank Lima

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El Bronx

I hate the Orient in the morning. The kisses are too slow, like breaking of smallpox and the women who have three tits struggle

from one continent to another:

 

Everything trembles in this building when the lovers fuck. They

think they´re putting the salt back in the sand. And the tenants

wonder about the dogs at dawn that rest like the wind on

a gleaming taxi. Why should I leave this swamp? The showers are

relentless, and the water is always hot, as hot as the three small

closets that we have full of show worshipping the small clouds of

underwear, the butterflies of smoke.

 

 

El Bronx

Odio el Oriente al amanecer. Los besos son tan lentos como los brotes de viruela y las mujeres de tres tetas, que torpes

se desplazan de un continente a otro:

 

Todo tiembla en este edificio cuando los amantes cogen. Creen

que le están devolviendo la sal a la arena. Y los inquilinos

se preguntan por los perros que al amanecer descansan como el viento

en el destello del taxi. ¿Por qué habría de dejar este pantano? El agua

de las regaderas es incesante, siempre está caliente, tan caliente como los tres armarios que tenemos repletos de zapatos y que loan a las pequeñas nubes de ropa íntima como mariposas de vapor.

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Hotel Park (Oriente, Calle 110)

 

Mis dedos

estallando con ojos te tocan

en un mar de espumeantes

sábanas

Marco un chupetón en tus muslos

esponjosos

estampo besos gruesos

en tus labios inflamados

tu lengua chapotea en mi oído

Soy el rey del techo

 

La cama zumba de gemidos

mi nariz hormiguea

en los pelitos de ratón

de tus pechos de botella de bebé

que bailan con los resortes

de tu monte enredado

escurre el rocío de la noche

atornillado a mi lomo

como religión

 

Entonces

siniestra segundos

tapan

los relojes de arena

el hedor del amor cuelga del cuarto

como una playera sucia

nos vamos

pero charcos de vida quedan

detrás

del enchufe peludo

huele a milagro

tenemos diez y seis años

Traducción: Yasmín Rojas

 

*Los poemas forman parte del #14 de la revista El corno emplumado, correspondiente a abril de 1965.

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