Buscar

LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

abril 2016

MI CASA ESTÁ DONDE ESTÁ MI MADRE

Pero el viajero que huye
Tarde o temprano,
Detiene su andar
Carlos Gardel

 

Recuerdo que fue una tarde de enero, poco antes de mi viaje a Buenos Aires, cuando salí de Xalapa. Debía despedirme de mi familia. No estaban muy contentos con la idea de que me fuera de viaje, aunque fuera con mi hermana. Llegué a Misantla hacia las diez de la mañana. El autobús que jugaba con las curvas de la “carretera de la muerte” (la sierra de Misantla) tardó muchas horas más por culpa de la neblina y el chipichipi. Llegué, ya no había salida de autobús para Chapachapa, el pueblo de mi madre (salían sólo tres al día, el último a las tres). Atenta a mis impulsos, desafié el frío y la lluvia. A cada paso sobre la carretera mojada sentí no que llegaba, sino que me despedía. La cabellera gris del valle era una calma. Los árboles me invitaban a respirar su manto frío. El silencio me decía allá te esperan, te gozan, te presienten. El pan recién horneado hecho paciencia tendía su mirada infinita: es la hija de Lola, les escuché decir. Renacieron en mí los días de la primera estancia en Chapachapa, hace sólo un par de años, pero fueron suficientes para reconocer mi huella animal. Un río de profundo canto le removía piedras al cuerpo. Habité en cada mula, gallina, serpiente, pirámide. La casa con la fachada de laja fue mi centro durante cinco años, cinco años apenas, pues mi centro anterior fue la horrible ciudad neoyorquina que no me decía nada y por eso tomé vuelo para mi casa. Mi madre que vivía en la casa de laja. Pronto, yo misma me convertí en la carne de esas lajas resplandecientes. Si alguien las toca, me acaricia. Si alguien las daña, lloro con ellas. Desde siempre. Desde el origen de la lluvia. Desde el nacimiento de la luz. Soy ustedes, grité: las ramas amorosas del tamarindo, los tordos todos de las chacas, los brillantes naranjales, el coralillo de desafiantes arcoíris, la sigilosa mazacuata, el dulce susurro del frijol tierno, el candor morado de la bugambilia.

Cuando abrí los ojos, una bofetada blanca invadió mi vista. Poco a poco, me asaltó el frío. Caí en el centro del invierno. Temblaba a cada paso. Detuve la prisa por conversar con la familia. Respiré hondo. Después de leves parpadeos, topé con un blanco más blanco, la niebla y el chipichipi me dieron la bienvenida a la comunidad. Alcé la cabeza para admirar su gesto de amor. Supe que era ya la noche. Todo estaba detenido. Silencioso. Disfruté un momento más el frío. Después crucé la tienda de abarrotes; le sonreí al generoso jardín de Lolita. Estoy en casa, me dije.

13059783_10207414545254299_1609880630_n

Yasmín Rojas Pérez   

Anuncios

Minuto

Son sesenta segundos, ciento veinte décimas de segundo, unos diez o quince respiros; suficientemente plano donde una mosca puede rondar por sobre tu cabeza o alrededor de ella; suficiente plano donde una emoción puede ir en incremento; primero es molestia, gradualmente va pasando por la impaciencia, la incomodidad, el inconveniente, el engorro, el incordio, el agobio, el estorbo y el fastidio hasta llegar a la contrariedad; suficiente plano donde un movimiento telúrico puede disponer las ciudades del hombre patas pa´ arriba o reducirlas al polvo del cual llegaron; suficiente plano donde los parpadeos de los ojos dan por lo menos trece distintos mundos o instantes de mundo; plano suficiente donde la pena de años se puede abatir en un abrir y cerrar de labios, como en un abrir y cerrar de hojas de un cuento donde siempre se termina feliz; suficiente espacio donde un silencio se puede abrir para siempre; suficiente espacio para un adiós; suficiente espacio donde un movimiento no previsto desemboca una sonrisa; suficiente espacio donde una ausencia se vuelve presencia y el mundo vuelve a girar de una manera que habíamos aprendido a no precisar; lugar dispuesto para un roce de viento donde se intensifican los sentidos llevándonos a un impulso de nombrar; suficiente espacio para llegar al cine, posarse frente a la taquilla para comprar el ticket (pagar y recibir el cambio) y después salir en dirección de la confitería.

12969314_10207344651066988_903388817_n
“No. 6”, Alejandro Sánchez Vigil. Serie orgánica y Geométrica.

Sin embargo, a pesar de ser un espacio, un sitio, un lugar adecuado, lo suficiente, para el vuelo de una mosca, para la molestia, para cualquier situación o acontecimiento. Sesenta segundos son sólo un instante. Un fragmento aislado en su puro devenir, con un valor y un sentido, pero falto de una sumatoria para hacer historia, quiero decir, aislado el solo acontecimiento de sesenta segundos, si bien recoge los daguerrotipos, no es un acontecimiento suficientemente grande que hable por sí solo, se observa la necesidad de una sumatoria, ya se ha dicho; se trata de una sumatoria de muchos de esos sesenta segundos, por ejemplo, si ensamblamos los diez o quince respiros, la mosca, la molestia in crescendo, el parpadeo en trece ocasiones, la sonrisa, una ida al cine y ver una película (durante la cual comeremos golosinas traídas del espacio abierto en algunos sesenta segundos de camino a la sala después de comprar los boletos de entrada) tenemos una historia; que habla más y más, y más, y más… y más… y… más… y…m… á… s… La sumatoria es armar la fábula a contar… Hablar en expansión… Hablar en agenciamiento… Hablar sumando de sesenta en sesenta, hasta la expansión de los segundos en minutos; luego en horas. Subsecuentemente serán días y así hasta la sumatoria más grande que puedas imaginar. Expandir eso que te agencias en el habla haciendo una sumatoria de segundos a minutos, una sumatoria llevada después a horas y a días. Sumar hasta hacer tan grande esa suma; grande hasta la confabulación…

Es un poco tarde, está oscureciendo, L… no se ha comunicado. R… piensa en el tiempo, en la hora de la película, la hora se acerca. Han estado esperando esta película cuando hace meses se enteraron de su proyección.

Hay un dejo de molestia en la cara de R…, ya es casi imperceptible a los ojos de la comunidad; aunque si lo conoces bien sabrás de la presencia de la molestia. La causa de su molestia es la tardanza de L…, ya quiere llegar al cine han sido muchos meses de ansiedad. R… se acerca a la ventana de su apartamento con vista a la calle, hace saltar su vista sobre la muchedumbre de la plaza buscando entre todas las siluetas, la imagen de L… En el transcurso de la acción mencionada, una mosca entra volando y da una vuelta por el apartamento como en acto de reconocimiento.

R… se aparta de su búsqueda cerrando la ventana, tras moverse, escruta de su sillón para sentarse a seguir esperando. De pronto la mosca, en vuelo inoportuno, va de lado en lado de la cabeza de R…, su molestia se va transformando en impaciencia; de grado en grado va llegando al engorro, entre esperar a L… y las vueltas de la maldita mosca a su alrededor. Esta fastidiado; tal es el grado de su contrariedad que comienza a temblar. También es atacado por un tic particular, este es el de pestañear trece veces consecutivas en intervalos de un segundo y después dejar quietos sus parpados por trece segundos. La puerta del apartamento de R… suena, él va a abrir; es L… Él sonríe, por fin podrán marcharse. Ella corresponde la sonrisa abriendo sus labios como hojas de un libro, que deja escapar un beso. Se alejan los labios; ambos sonríen, son la imagen viva de felicidad.

– ¡Vámonos al cine! Se está haciendo tarde, la película ya va a empezar, dice R…, ya con su semblante más calmado y sonriente. Llegan al cine, van directo a la taquilla y piden sus boletos. Después se dirigen a la sala pero hacen parada en la confitería. Él pide unas palomitas con sal, ella pide unas con mantequilla y también un par de paquetes de chocolates confitados en forma de botón de camisa, unas aguas carbonatadas de sabor cola. R… paga y se mueven rumbo a la sala, entran en ella buscando en la oscuridad la forma de llegar hasta el frente esperando encontrar los asientos desocupados exactamente a la mitad de la primera fila primera… Llegan a esta; la suerte los correspondió, encuentran los dos asientos de la parte media de ésta fila. Se sientan dispuestos a disfrutar la película. El rollo suena y la imagen cinematográfica se proyecta sobre la pantalla. R… y L… comen palomitas; pasan los previos y la película comienza, mientras que por la mejilla de R… se asoma una lágrima.

…Tenemos una suma de muchos sesenta segundos… tenemos una historia…tenemos una imagen, almacenada en el cerebro como un recuerdo; esa historia se sumará a otras historias y estas historias sumadas se sumarán a otras, sumando y sumando historias para fabular el mundo, para hacer con todas ellas una memoria.

Ricardo Paredes Prior

Las Raperas: transfeminismo latinoamericano

“¿Quién va a detenerte,

la muerte, la edad o la idea,

quién va a detenerte, quién va a detenerte,

la muerte, la edad o la idea?”

Sara Hebe

  1. Espacio público, de adentro para afuera

Haber crecido en uno de los barrios bravos de Ciudad Juárez me ha ligado estrechamente con las expresiones artísticas contraculturales de la frontera. Aunque mi infancia fue protegida por una burbuja clasemediera privilegiada, crecí rodeada de cholas y cholos que se reunían en las esquinas. Las paredes de mi barrio muestran sus placas, sus calles les pertenecen. Los terrenos baldíos eran reapropiados por ellos para hacer sus watekes pachucos. La estética chola noventera la tengo grabada en mi mente, sobre todo la de ellas: arracadas grandes y redondas, ropa holgada masculina, copete de antena parabólica, cabellos largos recogidos casi al final por una dona gruesa de terciopelo, bocas pintadas de colorete oscuro, cejas delineadas, ojos negros, brillantes y ligeramente enrojecidos. Caminar entonado, cadencioso.

Ahora puedo decir, mis respetos para las cholas, esa, siempre despertaron mi admiración de niña de familia, pura obrera jaladora, esa, “póngase trucha”. Porque los cuerpos tirados en la calle por las sobredosis, las casas abandonadas que funcionan como “picaderos”, los tatuajes de lagrimita, las patrullas y los balazos, forman parte de la vida en la frontera. En un lugar donde la muerte azota cotidianamente, el graffiti y el rap se convierten en formas de resistencia, en gritos de escape necesarios.

¿Qué hace del rap un arma de protesta contra la violencia? ¿Que no es responder en el mismo tono? La violencia no puede detenerse con más violencia, puede decirse sin pensar demasiado en el asunto. Pero esa combinación de letras incisivas, con ritmos que van al compás de los latidos acelerados del corazón, congregan a toda una comunidad violentada que se defiende codo a codo para darse identidad con la rima, la clave en caló, la pista de base y contar todo aquello que las clases privilegiadas prefieren ignorar.

  1. El rap y los latidos de rabia que pulsan nuestras venas

El rap es el género poético-musical que relata la vida del barrio, es sumamente político, pues la gente del barrio sabe muy bien cómo se mueve la “autoridad”. Los portavoces que lo abanderaban eran los hombres. También las mujeres han retomado este género como una manera de liberarse de los entornos violentos.

Ya no estamos en los noventa y la modernidad da vueltas sobre sí misma. Las mujeres feministas hacen aparición en la escena del rap y entonces el acto se expande, pues sus cuerpas raperas son el espacio político por excelencia, disparan directo al pensamiento y destruyen la “lógica asesina” del sistema opresor.

La transgresión de los estereotipos impuestos es una de sus características, para “(des)hacer el género” –como diría Judith Butler (2004)- (de)construyen esas formas rígidas en las que se nos fuerza a “ser”, para mostrar otras diversas maneras de estar/amar y refundar nuevas identidades.

12939657_10209049425813205_1587448479_n

  1. Cantan las cuerpas transfeministas

Para ellas, rapear significa disparar la voz en protesta contra el sistema patriarcal, capitalista, autodestructivo. Sus letras las cantan con la fuerza del legado femenino, son las defensoras de la vida en la tierra y transgreden la imposición de estándares jurídicos al mostrar las “diversas existencias”, pues lo absolutamente “legal” les es siempre insuficiente. Ellas son mujeres militantes, las poetas del barrio, que comparten arte, lucha y generan lazos, a veces, más fuertes que los vínculos consanguíneos.

Al lado de muchas otras mujeres, son activistas que cantan por y para nosotras. Ya no solamente pertenecen a la frontera sino a toda Latinoamérica y puedo decir que a la munda entera; donde hay injusticia, hay una rapera manifestándose. Mencionaré a Mare Advertencia Lírika, zapoteca de Oaxaca, México, quien se preocupa por las limitantes ideológicas que, sobre todo a las mujeres, nos impiden abrir nuestras potencialidades al máximo, también señala lo que afecta directamente a toda la población sin importar el sexo biológico; Ali Gua Güis, la “Jarochilanga” de Veracruz, México, a quien no le importa lo que pienses acerca de ella, nos dice: “Hey, ni técnicas, ni rudas, tan solo luchadoras en el rait de la hermosura, envuélvete en periódico, mira ya madura, estamos resistiendo porque el mundo tiene cura. Mujeres pisoteadas, hechas una cagada, pasan los siglos y seguimos basureadas, esclavas de la puta manada y si decimos algo somos brujas y malvadas. Sisteras, carnalas, cabronas, armadas de lírica explosiva, de música pesada, suena profundo puerto de la casa, México, Argentina… yo vivo en Guatemala”.

De Argentina suenan fuertes Sara Hebe, “antes que histérica, histórika” y Miss Bolivia “la torta, yegua, negra, warrior, queen del barrio, vos sabés. La combineishon me ceba y por eso voy a agitarla otra vez. Torta, yegua, negra, warrior, queen del barrio”.

De mis predilectas es Caye Cayejera, del Ecuador, quien desafió al Estado al contraer matrimonio con Jessica, una chica transgénero: “Mi masculinidad, mi feminidad, en un solo cuerpo inexplicable, esta es mi realidad forzando lecturas sociales. Somos indomables, libres, incatalogables, nuestras existencias superando absurdos límites […] Transfeminismo contra instituciones patriarcales. Este es el encuentro que fisura la estructura. Un vínculo afectivo que cuestiona la cultura. Somos más diversos que lo que dice el cura. Júntate conmigo y empecemos la ruptura”.

  1. La salida, las convicciones

¿Qué nos une en la diversidad? Luchar contra una necropolítica, una lógica feminicida, una política del terror. No podemos decir que las causas de las mujeres raperas son solamente denunciar la violencia de género, su lucha es rizomática, es la defensa de nuestra vida en la tierra, de todos aquellos que no se quieren ver, los que son “less-than-human” (2004: 2): niñas y niños prostituidos, ancianos abandonados, las personas objetos del racismo, familias enteras en la miseria, migrantes atrapados en una ciudad que usa sus cuerpos y los aprisiona, prostitutas esclavizadas, reinos animales exterminados por compañías que colonizan el espacio para extraer recursos naturales, que convierten en millonadas y silencian el grado de destrucción al que estamos expuestos, pagan lo que no tiene precio.

Esta reflexión está dedicada a las asesinadas por su particular lucha, como Berta Cáceres; estas palabras van para sus hijas, Berta y Laura, quienes nos enseñan perfectamente dónde radica su fortaleza: “altos ovarios haciendo escuela” –me dice Miss Bolivia- en pie de lucha contra el machismo que “anula mi autonomía” –me responde la Caye Cayejera.

Eloísa del Mar Arenas Torresdey

Referencias-

Butler, Judith. (2004). Undoing gender. New York/London: Routledge.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑