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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

marzo 2015

Reflexiones / proposiciones sobre el ritmo del reggaeton

Diego Lima

Quiero hablar aquí de la música de reggaeton: de aquellos cantarcillos que durante más de una década, antes de que fueran llamados por su nombre en los discos de Daddy Yankee, han dado disfrute a la gente mientras trabaja, mientras descansa. Tengo frente a mí una lista de reproducción de Youtube en que han quedado reunidos los cantares que encontré en fuentes de los años noventa, pero sobre todo, del 2000 a la fecha. No se me oculta que estas canciones son apenas una parte de lo que era el fenómeno del reggaeton: falta el contexto: falta danza kuduro; además es evidente que muchas canciones no llegué a conocerlas por su título, que no por su ritmo. Sé de sobra que las canciones que no encuentro han vuelto a formar parte de mi experiencia popular porque hay en ellas algo de sensibilidad, algo de sentir el mundo.

Daddy Yankee
Daddy Yankee

Pienso que no se vive de manera constante, no se sueña de manera constante, no se siente de manera constante. Existen cortes. Escucho el metal con furia; la bachata con alegría; el reggaeton con algo parecido al placer. Pero mejor lo expresó Claudel cuando habló de que en el Cosmos se manifiesta la intervención de la Nada, o cuando Ricky Martin cantó: pegate a los tambores… que el tiempo se nos va. Vivimos una vida en destellos, sacudidas, fragmentos, zapping, meneos de cadera, las piezas de un rompecabezas sin armar. Y como la música (como la poesía) debe ser lo más sólidamente, lo más comprometidamente, una expresión de la esencia humana, entonces se despliega al ritmo de ese metrónomo interior que llevamos en el pecho. Sístole. Diástole. El tiempo fundamental de un sonido fuerte más uno débil recordando el latido de la madre en el vientre. Los espejos como el coito resultaban abominables para Borges porque reproducían al hombre, pero ¿no son el coito como el espejo dos palabras que intentan escapar a una sola idea, la idea de la muerte? Que otros estén por la decrepitud, el reggaeton está por la lozanía, así Wisin y Yandel (W&Y) tienden algunas veces al flow yámbico:

Si yo paso por la calle
la gente me dice prrrrmmm
si lo pillo por el parque
la gente me dice prrrrmmm.

No conozco otro corpus musical, ni popular ni culto, que presente la riqueza ni la variedad de manifestaciones sobre un solo tema —quiero decir: el ligue con todas sus posibilidades— que los que conforman este género. Sobre ello podría decir algo evidente. Podría decir, por ejemplo, que en la mayoría de las canciones de reggaeton se encuentra una concepción nada cortesana del amor. Que frente a la radical seriedad de las canciones de Emmanuel contrasta el júbilo sin recato, la alegría sin tapujos, la abierta obscenidad de las composiciones de La Factoria. Pero quisiera aquí contribuir con un grano de arena al amplio estudio que hará falta sobre las constantes rítmicas de la música popular.

Se suele criticar que el reggaeton posea un ritmo monótono. No me parece del todo verdad.  En materia métrica, el género presenta un conjunto de moldes fijos como los de la poesía culta, dispuestos en dísticos, tercetos, cuartetas o silvas romanceadas. E incluso la estructura dialogada con voces femeninas que daría materia de análisis a Bajtín se encuentra en esas canciones incocebiblemente procaces.

Me dicen, mami, que esta noche tu estas al garete
dale, papi, que estoy suelta como gabete…

Más extrañas encuentro las mixturas de los siguientes versos. La ejecución musical introduce en el ritmo de la versificación un cambio importante en cuanto requiere de pausas o supresiones no sólo de valores fónicos sino semánticos. El reggaeton cuenta, pero también canta. Don Omar junto con Romeo Santos componen en hemistiquios (10 + 6, 10 + 9, 7 + 3) la siguiente estrofa de “Ella y yo”.

Dos locos viviendo una aventura castigada por Dios
Un laberinto sin salida donde el miedo se convierte en amor
Somos su marido, ella y yo.

Sospecho que la combinación de un verso con otro que tiene una sílaba menos se da tan abundantemente en el reggaetoneo que no puede ser casual. Encuentro así ritmos con un movimiento peculiar, originados por esa pequeña cojera de la estrofita que se compone en el aire. Daddy Yankee se sirve de estos ritmos en “Rompe”:

Los capos está ready… las mamis están ready…
En la calle estamos ready… yeah yeah estamos ready…
Los barrios están ready… won’t you get ready? come on!
Oh!

Estas son algunas de las razones que me han llevado a descubrir una de las normas más importantes que rigen el reggaeton. Su flexible, amplia combinatoriedad de ritmos que le permite la música. El reggaeton dispone de múltiples recursos rítmicos que puede suavizar según convenga a la expresión. Parece a nuestro oído que se trata de lo mismo todo el tiempo porque hemos perdido el sentido de la cantidad de golpes silábicos. Mejor dejemos que la música haga lo suyo.

 alimdiego@wordpress.com

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Niebla sobre tu cabeza

casa señorial

Mujeres limpias, discretas, saludables. La higiene es lo mejor. Se me ocurrió la idea luego de tanto visitar esos pueblos medio urbanizados durante mi chamba pasada (yo era supervisor de Telcel). Pensé que no sólo en las ciudades, allí también debía haber clientes dispuestos a pagar por un servicio de calidad. Al principio me costó atreverme a reclutar personal, pero en esos mismos municipios encontré un buen número de muchachas dispuestas. Claro que nunca las puse a trabajar en su lugar de origen. Solía decirles que era para una casa de masajes, pero desde que una vez casi me linchan, opté por explicar el negocio en detalle por medio de emails.
Me pregunto qué piensa ella, la nueva, mientras cruzamos este llano cubierto de niebla que apenas si me deja ver la luz de los faros. Le pido que me pase la franela en la guantera; ella lo hace, limpio el vaho del parabrisas. Tengo que detenerme en el cruce del ferrocarril y aprovecho para calarla. De que es bonita es bonita, casi una niña, pero bajo su blusa se adivinan unos senos que crecerán. Tuvo suerte de que la contratara yo. Otro se la habría cogido y llevado a otro país. Y más porque los Antonelli son la familia más respetada de Santa María del Progreso. Durante la época de la fábrica textil dieron el dinero para restaurar el campanario de la iglesia y construir el edificio del centro de salud. El cementerio se halla repleto de tumbas con su nombre.
No hay libramiento. Paso por una subida estrecha y luego voy cuesta abajo hasta llegar a la plaza. Ella contempla la iglesia como si nunca hubiera soñado que se hicieran cosas así. La entiendo, esa madre no se parece a las demás iglesias de por acá, es más bien como de esas películas europeas.
Pasamos de largo junto al montón de las casas. La carretera continúa descendiendo y el tiempo se ha vuelto más agradable; hace calor a pesar de la niebla. A ella le llama la atención el parásito anaranjado sobre los helechos. Llegamos frente a un portón con barrotes de hierro. Está abierto, entramos a la propiedad. Al lado del camino de lajas se ven campos de maíz; aparece luego un jardín de arbustos con flores; alguna otra me dijo que son orquídeas blancas. Freno; frente a su ventanilla se alza la casa de balcones grises como ceniza y techo a dos aguas. Bajo los aleros cantan las golondrinas. Al pie de la entrada se halla una señora gorda, con cara de criada.
La señora se acerca, me da un sobre. La joven baja del auto. Doy la vuelta y la miro hacerse pequeña por el espejo retrovisor. No es indígena pero habla náhuatl. Ni modo, fue lo mejor que pude hacer en tan poco tiempo.

De pie en el gran salón oscuro, te sientes insignificante viendo los retratos opacos de gente vestida con ropa de hace dos siglos. Por un momento casi olvidas qué podrían querer ellos de ti. Miras por la ventana y te sobresaltas al notar una carroza fúnebre estacionada junto a la casa.
La patrona te recibirá en su cuarto. Subes la escalera. Quisieras tener algo que te justificara: un padre enfermo, hijos con hambre; fue sólo que no quisiste desperdiciar tu juventud en la rutina del pueblo, deslomándote hasta la fiesta de cada año, teniendo una boda como última aspiración. La señora regordeta abre una puerta de madera oscura y olorosa, cruzas el umbral, cierra.
Estás en una recámara como de telenovela: a través de un ventanal ovalado se cuela una ínfima luz. La cama es enorme y acortinada. La patrona, inmóvil, proyecta su sombra en ella. No se ve como una anciana, debe tener unos cincuenta años. Se presenta: Giovanna Antonelli. Te pregunta cuál es tu nombre. ¿Lourdes?
Notas el bulto bajo el edredón. Doña Giovanna te dice lo que vas a ganar y lo que espera de ti: discreción y obediencia. Te promete una cantidad que te parece increíble. ¿Está bien?, pregunta. Tiemblas mientras asientes.
Empieza, pues. Se inclina sobre la cama para apartar las colchas y las sábanas, poniendo al descubierto a un hombre gordo, de rostro pálido y sin afeitar. El olor a enfermo te atemoriza. Éste es Franco, mi esposo, para él te contraté. No quieres acercarte aunque así te lo indica, te rodea la cintura con el brazo y te habla al oído con palabras suaves. Huele a lavanda. Por favor, dice, haz el amor con él, siempre le gustó hacerlo con las indias. Si te vas no hay nada. Niente, dice.
Querías conocer la vida con más colores, como se ve en la televisión. Todo es gris en la recámara, pero con lo que ganes te irás lejos. Sumándolo a tus ahorros tendrás para uno o dos meses en lo que encuentras un trabajo decente. Te acercas un poco y la madera del piso cruje bajo tus pies. Te sientas al borde de la cama. La patrona se acuesta del otro lado. Se limpia la nariz con un pañuelo. Pasas la mano por la piel áspera del patrón y lo besas, aunque todavía está un poco tibio crees que ya se está poniendo tieso. Ella aparta las sábanas. Te quita la falda y la dobla, le baja el pantalón a su esposo. Pegas tu rostro al pecho. Acuéstate junto a él. Caliéntalo, abrázalo, te dicen.
La cosa del patrón es como un caracol asustado. Póntele encima. No, quítate la pantaleta. ¿Tienes frío? Desabotónate la blusa. Quítate el brasier. Nos divertían los senos de las indias, respingados y morenos. Hazle el amor, dice ella. Miras sus ojos verdes y el rímel oscuro que los resalta. Toma el pene y te lo acomoda entre los labios de la vulva; está frío y rasposo. Muévete hacia atrás y adelante, con calma, no dejes que resbale. Tus muslos son firmes pero se estremecen con el movimiento. Arqueas la espalda y echas los hombros hacia atrás, mueves las nalgas.
Te frotas con el hombre hasta cansarte. Doña Giovanna lo nota y asiente. Ponte de rodillas, ordena. Métetelo en la boca. Siempre quiso que le hiciera eso pero a mí me da mucho asco. Te quitas de encima y aprietas el pene con los dedos. Lo sientes sobre tu lengua, ya no está tan frío. No puedes evitar rasguñarlo un poco. Después de un rato alzas la vista: ella descansa con la mirada baja y los hombros caídos.
Ya Lourdes, eso basta, puedes vestirte. Se para, toma del buró la campanilla y la hace sonar. La puerta se abre poco después. La señora gorda entra con una bandeja pero mantiene la mirada en el piso, pone la bandeja sobre el buró, y sale. La patrona viste a su esposo y lo arropa con cariño. ¿Quieres un poco de té, Lourdes? Te sirve en una tacita decorada con dibujos de rosas. Miras el vapor escapado de la tetera de porcelana, flotando sobre tu cabeza como la niebla del camino.

casas señoriales

Enrique Padilla

OVNIS del espejo

Because it’s a great big white world
And we are drained of our colors…

M. Manson. “Great Big White World”

ovnis en el espejo

El encargo era escribir un poema. Porque sí, porque se acercaba la navidad, porque necesitaban hacer el ridículo y publicarlo. Porque era un regalo para los lectores. Porque en Redacción también se pueden escribir cosas amables. Eso decía el memo que usó para prender el calentador de agua.
Lentamente notó la soledad colándose por las ventanas, empañadas de tanto estar cerradas a la mirada. Las cortinas escondiendo un legajo impreciso del flujo, a veces constante, a veces vacilante, de palabras que pudieran servir como salida de ese remanso inexplicable de depresión en el que había empezado a transformarse su vida. La casa empieza a llenarse de cosas. De ella había adquirido un gusto por los materiales que conforman el hogar de nuestra palabra, el cuarto propio en el que se resguardan los poderes que nos deslindan parcialmente de los días. El departamento, antes inusualmente blanco de tan vacío, era un bosque ahora. Sus estanques eran espejos dispersos en medio de las habitaciones, con el más grande manando de una de las puertas del armario. Recordaba la superchería de sus compañeros de la oficina, que le recomendaban no tener nunca un espejo en la habitación y cubrir los demás con una manta los días de tormenta eléctrica. Reía de buena gana frente a ellos, intentando explicarse las razones de su ridiculez.
Lo que no les decía era que, en cierta forma, creía en esas improbables situaciones. Largo tiempo pasaba observándolos, mientras iniciaba su tránsito para avecindarse por tiempo indefinido en su cabeza. Ante ellos se observaba mientras escribía, impaciente, emulando a sus héroes. Recordaba ese sentimiento, mezcla de esperanza y decepción, que había nacido en su pubertad al leer libro tras libro sobre extraterrestres. Observaba el cielo nocturno, jubiloso de creer que cada esfera brillante estaba tripulada; soñaba con encuentros casuales con los grises, negando con obstinada ignorancia los argumentos científicos que volvían estériles sus esfuerzos. Los veía mofarse en sueños, con sus grandes cabezas grises con enormes ojos negros, científicos feroces que buscan siempre acabar con el misterio que impregnaba su rostro cuando escuchaba hablar de las apariciones en El Escorial, del piloto Pacheco Pérez y de la Puerta del Cielo. En ese momento los OVNIS eran un delirio accesible, la infancia necesitada de misterios se acomedía en cierta forma con él, pues no había más que alzar la vista y esperar. Las luces saludaban entonces al afanoso cosmonauta que imaginaba variadas cotidianidades para aquellos visitantes.
El padre alentaba al delirante joven. Los libros sobre la luna, revistas de lo paranormal, Expedientes Secretos X, Conexión Atlante y demás parafernalia de fin de siglo, se volvieron el lecho de sus fantasías. Recordaba una extraña revista que había sustraído de una fiesta en casa de algún tío bigotón: entraba en el cuarto del primo relamido del cabello, quien coleccionaba comics en inglés y pepsilindros. Sobre la pila de infinitos colores se imponía una sola palabra: Enigmas. Debajo de ellas, un cintillo: del hombre y el universo. Un hombre llenaba una esquina de la portada: bajo sus barbas se leía (intenta recordar) “dirigida por el Dr. Fulano del Oso”. Aquel nombre lo inquietó. Mucho después se enteró de su muerte con genuina tristeza; siempre duele cuando se muere una pieza de la infancia. En ese entonces no había muerto: era el conductor de la barcaza. A su remo, conoció el placer por lo insólito, por las letras que ahogan la certeza, por el inocente aplomo con el que aceptamos la incomprensión del mundo, nuestra necesidad por ser ajenos a las fuerzas que nos circundan. Conoció de esa manera al hombre Pez de Cantabria, el estremecedor relato de J. J. Benítez, quien en exclusiva mundial confesaba haber contactado con un humanoide a los seis años, además de las apariciones del diablo en El Escorial y un espeluznante caso de teleportación en Barcelona.
De entre todos los artículos recuerda, todavía ahora, sentado frente a ese testarudo espejo inmóvil, el reportaje sobre los suicidas de la Puerta del Cielo (“Muerte en la puerta del cielo”), una secta religiosa que creía en ascender a una etapa superior de existencia a través de la muerte auto- infligida. Por esas fechas, un cometa (no recuerda bien el nombre pero sí que estaba compuesto por dos palabras) iluminaba los cielos y detrás de él, la nave que los trasportaría aguardaba. 39 personas se suicidaron para abordar. ¡Cuántas veces salió por las noches, intentando verlos en su viaje! los imaginaba, sentados ordenadamente, sus cabezas casi rapadas, hombres y mujeres confundidos por esas pelucas asexuadas. Los tenis Nike desatados, comodones en sus trajes púrpura con negro, anhelando convertirse en algo diferente. Todavía sale por las noches, observa el cielo, saluda con diligencia. Envidiando.


Habitaban el espejo, según la errática fantasía de la oficina. “No te burles de lo que no crees ni quieres entender”. “Las mamás saben”. “Es parte de nuestra idiosincrasia”. Por un momento les siguió el juego: observaba esos ojos, las arrugas, la línea que se reía en su frente. Levanta la mirada y observa las once exactas. Asomó el rostro entre las cortinas, exhalando para desempañar las ventanas. La noche se tragaba los autos de la avenida y a los perros ruidosos. La pequeña luz roja de una antena desconocida rompía el plano y animaba al cielo. Inmóvil, intrascendente. Corrió de nuevo la cortina y fue al baño, sorprendido por una erección inexplicable. La recuerda parecida a ellas, la vio reírse al lado de esos otros rostros jóvenes que sonreían al hablar de su inminente final. Ella pudo haberlo hecho. Me habría invitado. La metafísica de sus aventuras nunca había trascendido el papel, pero estaba seguro, con firme e inexplicable devoción, que ella habría partido. ¿Dónde estaría en esos días de 1997?
Siempre terminaba ligeramente avergonzado al hacerlo. Continuó escribiendo con las manos húmedas.

La nada del insomnio me regala
una breve llama de vergüenza
culpable e insana
que se derrama entre mis manos.

No es tanto el pudor de una batalla
a la que le falten enemigos o juramentos.
Es más el viejo abrigo que adolece
de triste recuerdo cuando obtengo
el cáliz de la soledad desnuda.

En estrépito me desprendo de las dudas
al final, nada queda en este muro
del que nacen oscilantes negaciones
que se empeñan en borrar
la superficie lánguida del espejo.


Recuerda que con ella casi nunca hablaba de poesía. “El mundo es poesía -le decía-  pero no se explica a través de sus líneas. Sola, se construye uno nuevo ¿Mejor? Probablemente. No te puedo explicar lo que siento cuando leo un verso, aunque puedo sentirlo mejor que cualquier cosa. Pero si te narro mi cuerpo, ¿no desearías tocarlo, aun sólo con las palabras? Sientes el ritmo de las líneas tapizando cada imagen, impregnándolas de vida. La voz modulando sus cortes, sus tropiezos. Los versos no tienen lugar fuera de mi cabeza. Me apropio de ellos, me vuelvo parte de su credo.”
“Por eso narro. Porque la poesía es hermosa pero egoísta. Por eso narro. Porque quiero que me toques cuando leas mis mensajes -Marguerite Duras hubiera dicho cartas-. Yo no escribo cartas. No leo poemas en voz alta, no escribo a menos que esté sola.”

Hermosa pero egoísta. Nunca le creyó.

No te llamaré poeta y desconfiaré de tu palabra.
Mira, al final, son ellas las que se imponen
al juicio postergado, a la lluvia nutritiva
que invita al ojo a seguir su camino
sin proferir reclamo, sin allanar el silencio.

Desconfiaré de la tuya y colocaré en la vidriera
los añicos pacifistas
de la indolencia que mueve las manos
invocando a la voz de los muertos
y los que dejaron de nacer.

Y los que dejaron de nacer
a través de la mirada firme del papel
del inconveniente reconocimiento
de lo bajo que uno se observa
cuando la sombra no alcanza a cubrir ningún verso.


El chorro se mezclaba con el corte volviéndose un ojo inquietante. Siente como fluye a su antojo. “Qué dirán ahora en la oficina.” Resopló, mientras el agua removía algunas astillas que no querían salir. Desperdigado por el suelo, por fin el espejo le respondía con sinceridad.
Recoge ruidosamente los pedazos de cristal. Abre la puerta del patio y los desecha en el gran contenedor que invita a las alimañas a ser parte de sus días. Vuelve a lanzar la mirada al cielo. La luz roja sigue ahí, sin parpadear siquiera por regocijo. La mueve con los dedos, sintiendo una extraña calma que borra el malestar que le produce el no saber nada de ella. Ya no es importante. Otra vez observa el rostro de grandes ojos, de piel gris, de cabello rojo, de zapatos bajos, la nariz un poco grande, los labios pequeños, los senos grandes; de risa estruendosa, de manos firmes y uñas cortas. Hacia ella viajaban esas luces ¿por qué otra razón existirían? Ellos no podían explicarlo, ocupados en mantener el rumbo correcto, navegando entre ese negro insondable. El espejo fue innecesario.


Había leído que el próximo cometa que podría observarse desde la tierra fue nombrado Lovejoy. Entró a la casa sonriéndole a la ironía.

enigmas

José Antonio Manzanilla Madrid

Ah, qué jijos de la chingada

Los mexicanos somos “guadalupanos, revolucionarios y marxistas “, decía de forma irónica mi profesor de Derecho Positivo Mexicano de la prepa. Claro, nos podemos mentar la madre los unos a los otros, pero si alguien se atreve a ofender a la “madrecita morena” está condenado al desprecio de los demás miembros de la comunidad. La cosa es que el mexicano, como lo trató ampliamente Octavio Paz en su Laberinto de la soledad, en su abandono, en su sentimiento de huérfano de la chingada, intenta aferrarse con uñas y dientes a lo que se ha construido como un tipo idealizado de mexicano: bravío y cortés, como en las películas de charros; y fuerte y de piel bronceada, herederos de los genes indígenas de los tlaotanis, dicen.

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Llama la atención que los rasgos que con frecuencia asumimos en nuestra conciencia colectiva como “auténticamente mexicanos” sean cosas que surgieron de la herencia de lo “no nuestro”, como el mariachi, que es originalmente de raigambre española, o la música de banda estilo El Recodo, que surge de la llegada de la polca con Maximiliano y compañía, o “Guadalupe”, que se desprende de una composición árabe que significa “río escondido” (pero como para los predicadores españoles éramos como moros: pecadores, lascivos, morenos y furiosos, se les hizo fácil bautizarla así). Podríamos seguir enumerando cosas que poco a poco nos irían dando muestras de que no somos lo que presumimos ser, más bien estamos sometidos al valor que le damos a esas cosas y, por tanto, a la construcción que debería hacerse el mundo de nosotros; cómo deberían vernos los gachupines invasores o los pinches gringos o los apestosos franceses. Y no es que nuestro orgullo nacional sea una farsa, más bien es que no acabamos de comprender (“pero es que la masa no tiene conciencia”) que el “nosotros” se vale del tipo, que se vuelve estereotipo y arquetipo, y que los demás nos juzgan de la misma forma en que nosotros lo hacemos: basados en la construcción imaginaria del otro en comparación con el nosotros; por eso creemos que los ingleses andan en esmoquin siempre o que todos los jamaiquinos oyen reggae y fuman marihuana.
Nos encargamos de llevar al tipo, que confundimos con “identidad”, a todas partes: en los mundiales de fútbol o en los grafitis de las calles de Los Ángeles; nos hace sentir menos solos, menos huérfanos, es el cordón umbilical que nos une al útero terrenal de donde hemos salido. Nadie se atreva a atentar contra la bolsa maternal, porque surge la bestia, el supermexicano, bigotón y a caballo como caudillo villista, que todos llevamos dentro.

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En los últimos días se dieron tres casos interesantes:

I. ALEJANDRO G. IÑÁRRITU O EL SÍNDROME DE LA MEDALLA DE TODOS

Birdman es una extraordinaria película (he de confesar que se ha vuelto una de mis favoritas), pero el triunfo del director mexicano en los Óscares no es un logro nacional, como el chovinismo patrocinado por el Estado charro nos quiere hacer creer siempre. Cuando un mexicano gana en cualquier cosa, en cualquier parte del mundo, inmediatamente todos los sectores oficiales pretenden colgarse de la medalla, como se dice en la jerga deportiva. El caso de este director mexicano es un tanto diferente, ya que se atrevió a usar un foro público e internacional para criticar tanto al Estado mexicano como para hacer una petición de justicia y respeto al Estado gringo. Lo cual no le dejó espacio de acción a los parásitos caza medallas. Las felicitaciones fueron sobrias y casi aisladas; parecían más bien defensas a lo que González Iñárritu había criticado; como el patético tuit que sacaron desde las oficinas centrales del PRI o la casi nula mención por parte del gobierno mexicano al respecto. La palabra de un hombre con tanto peso mediático reabrió la caja de Pandora de la cultura en México y al quedar exhibido el sector oficial, no hubo mariachis tocando “Cielito lindo” ni banderas tricolor ondeando en el Ángel de la Independencia. Y no es que el orgullo nacional se haya ido al traste, aunque los líderes políticos de este país hubieran querido que el director de cine sacara un sombrero, bigotes y su tatuaje de la morenita del Tepeyac para celebrar, sino que González Iñárritu (con todo su peso mediático), en veinte segundos, propuso un cambio de paradigma nacionalista, como lo han intentado otras voces en otras latitudes, Poniatowska, por ejemplo. El premio no le pertenece más que a él y a su equipo de trabajo, y sin embargo cuando dijo su discurso se quedó como un halo de victoria en sus espectadores, como una fraternidad que nos une al mismo útero.

II. EL CHISTE DE SEAN PENN O EL LLORIQUEO DE LA SUAVE PATRIA

En esa misma ceremonia de entrega de premios, el actor Sean Penn dijo antes de entregarle el Óscar al mexicano, más o menos, “¿quién le dio a este hijo de puta su tarjeta de residente?” Aunque González Iñárritu se lo tomó con gracia, en un amplio sector de la comunidad nacional hubo un efecto contrario, de repudio, de molestia. Los temas de migración se han vuelto delicados, sobre todo en las últimas semanas, pues la policía ha matado a dos migrantes mexicanos. Incluso es extraño que la SRE no haya pedido disculpas diplomáticas o algo así, como suelen hacerlo por nimiedades, pero no por ofensas magras, como la muerte de estos dos compatriotas.
La molestia del chiste del actor gringo por parte de la sociedad me parece absurda, sobre todo cuando hay un claro sentido irónico en sus palabras, además de que nos remite a la sentencia de “con la vara que mides…”: en México mueren centroamericanos todos los días o se mantienen en este país en las condiciones más denigrantes, o sea, dime de qué presumes…

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El chiste se suma a un montón de pseudofensas que han alterado el orgullo nacional. Uno de los más recientes, en 2011, fue la burla de los conductores de Top gear, de la BBC de Londres, cuando se burlaron del deportivo Mastretta MXT, de fabricación mexicana; lo llamaron “tortilla” y se burlaron del auto a partir de los cualidades estereotípicas mexicanas: obesos, flojos, irreponsables, etc.; esto alteró a la masa nacionalista y de inmediato la SRE pidió que hubiera una disculpa pública por parte de los conductores y el gobierno inglés. Chiquilladas de “él me pegó primero, por eso lo acusé”. Otro caso fue el de la caricatura francesa Captain Biceps, en la que uno de sus villanos era Le Mexicain; un personaje que quería implantar la “revolución de la siesta”, destacaba su flojera y su violencia villanesca. Qué creen, también la SRE le entró al quite. Cuando leí sobre este asunto me acorde mi maestra de primaría, una buena, moral y anciana mujer, que nos prohibía ver a Speedy Gonzales, porque le parecía ofensiva la forma cómo se retrataba a un personaje mexicano, en particular el mejor amigo de Speedy, Lento Rodrigues. Problemas diplomáticos sin asunto ni beneficio. Esfuerzos ridículos por salvaguardar la dignidad nacional. Lloriqueos de nenes que aún no han sido destetados, que aún no han madurado.

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III. CONCLUSIÓN O JUAN PABLO II EN EL ESTADIO AZTECA

José Joaquín Blanco, en su antología El lector novohispano, rescata un poema satírico que funciona como defensa contra otra sátira que atacaba a la Nueva España, dicen las dos primeras cuartetas:
Viene a España por el mar salobre
A nuestro mexicano domicilio
Un hombre tosco, sin ningún auxilio,
De salud falto y de dinero pobre.
Y luego que caudal y ánimo cobre,
Le aplican a su bárbaro concilio
Otros como él, de César y Virgilio
Las dos coronas de laurel y robre.

La noción de identidad nacional no se da sino hasta muchos años después de la independencia, ni entre los indígenas ni en la Nueva España existía tal noción. Hay un proyecto en el siglo XIX para construir y fijar, de algún modo, los valores del ser mexicano. Si se nota, en el poema se puede observar esta construcción imaginaria, que los mexicanos somos amables y ayudamos al pobre, y somos tan nobles que cuando nos damos cuenta ya nos fregaron y se van hablando mal del país. Nos creemos esa ilusión, esa utopía, ese lugar feliz de nuestra personalidad.
Creo que por esto es por lo que causó tanta molestia el comentario de Francisco I, cuando calificó de “mexicanización” el aumento de la violencia, delincuencia y narco en Argentina. Nos casamos con la utopía, no estamos dispuestos a aceptar lo feo; que nuestro país no es un ejemplo de civilización, estado de derecho, respeto a los derechos humanos, etc. Hace algunos años, un presidente mexicano uso el término “colombianización” para describir lo que comenzaba en México; hoy nos ofendemos porque alguien más usó la misma lógica para advertir el cambio. El país, como Estado, se volvió una sinécdoque de violencia, narcotráfico y caos. Inmediatamente, en un acto hipócrita, la SRE exigió una explicación y una disculpa diplomática. Seguramente hubiéramos preferido un concepto de “mexicanización” como el de Juan Pablo II, con su sombrero de charro y diciendo voz en cuello, en el Coloso de Santa Úrsula, “Yo soy mexicano”.

entrada costeño mex 6Alejandro Solano Villanueva

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