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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

septiembre 2014

Nostalgia por Keiko

Recuerdo que la primera vez que escuché el nombre de Keiko fue cuando me adentré con mis padres en un famoso parque de diversiones del Distrito Federal. Para esas fechas el parque, cuyo nombre completo era Nuevo Reino Aventura, tenía como atracción principal un espectáculo marino con delfines y una orca. A mis cinco (¿seis?) años,  desde una grada lejana, aquello me pareció fantástico. Animales alargados arrojando agua, haciendo piruetas, con una especie de tiburón panda comiendo pescado y saludando al público.

Keiko(1976- 2003)
Keiko(1976- 2003)

Hasta hace poco supe la historia trágica de Keiko. La wikipedia y artículos sueltos por la red hablan de las condiciones que el bello mamífero vivió: desde su captura en las costas de Islandia, la venta al parque de Marineland en Ontario, hasta el diminuto tanque chilango al que fue a dar, pasando también por la fama de los noventas y su muerte en las costas de Noruega a causa de neumonía. Tuvo, como infante huérfano, varios nombres: Siggi Bent Fit, Kago, Keiko y Willy. Toda una telenovela.
Keiko fue popular en México durante esos años, pero en 1993, cuando apareció en Liberen a Willy, su fama alcanzó varias partes del mundo. A mis siete años, verla en la pantalla grande de los Multicinemas Ramírez, con subtítulos que mi padre tenía que susurrarme para que alcanzara a entender, me lleno de orgullo: un animal “mexicano” se convirtió en un actor de una película entretenida, Hollywoodense y musicalizada por Michael Jackson. Creí, a mis siete años y con mi educación, que el país se había cubierto de gloria.
Días después pedí a mis padres que me compraran una libreta de tapas transparentes con la imagen de Keiko/Willy en la portada. Jugaba con mi prima y la oración para detener a los monstruos era la misma que decía el protagonista para que la orca saltara de la bahía hacia su libertad.

liberen a willy
En 1996, la noticia de la partida de Keiko hacia Oregon me descorazonó. Seguí la marcha de Keiko en la madrugada, por televisión. Las cámaras del noticiero capturaron su larga travesía por la ciudad, la gente la despedía desde sus autos o a pie. La ficción se volvía realidad: envuelta en una especie de lona negra, llevada en un carro grúa muy parecido al de la película, humedecida a ratos con manguera, nuestra querida estrella fue depositada en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y voló lejos de nosotros. No entendía muy bien por qué se la llevaban. Al principio pensé que los gringos la hurtaban, no sabía que una campaña internacional pidió su liberación debido a las malas condiciones de Reino Aventura. Pensaba a mitad de mis clases de matemáticas, las mejores para la ensoñación, que esos malditos gringos no se habían saciado con Texas y California, querían nuestra ballena. Hice coraje un par de días y después lo olvidé.

keiko telenovela
Hace unas semanas volví a ver la película, es simple, bonita y corta. La historia idealizada de un niño perdido que encuentra a un animal solitario del que hace amigo incondicional. Yo quería un amigo como Keiko ¿Qué niño mexicano de los noventas, soñador y clasemediero, no quería una orca como amigo? A la distancia, la partida de Keiko, una fuga de talento más, nos recordó que no éramos un país del primer mundo. Con Keiko se fue nuestro pasajero orgullo. Ahora, con los años encima, siento nostalgia por ese animal que simbolizó la falsa bonanza pop de los años noventa: nuevos pesos, Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, salas de cine tipo estadio, el nacimiento de Cinépolis, caricaturas japonesas violentas en nuestras televisiones, la llegada de Los Simpson, paz y delincuencia concentrada en la capital. Finalizó la década y Reino Aventura se volvió Six Flags, se extinguieron los multicinemas, el precio de las cosas subió, el país fue cayendo poco a poco sin darse cuenta.
Al comenzar el nuevo siglo Keiko fue liberada después de muchos esfuerzos: ningún clan de orcas aceptaba a ese extraño animal civilizado. Un año después de su liberación, buscando gente con quien convivir en las costas de Noruega, Keiko murió. Me pregunto si los que la recordamos moriremos buscando lo que significó en nuestras vidas infantiles, así como ella murió buscando el contacto humano. Me pregunto si al agonizar tan lejos del continente que le dio la fama regresaron a su memoria marina todos los nombres con el que la llamaron, si escuchó su nombre, el verdadero, antes de hundirse en el olvido. Quisiera saber si regresó el sabor del agua dulce de los parques acuáticos, la imagen del precioso adolescente rubio con el que trabajó en tres películas, las luces artificiales, el flash de las cámaras; si habrá recordado a los entrenadores que la amaron y quebraron su naturaleza, si en algún recoveco guardó la gritería y los aplausos de los niños de Reino Aventura, si en su memoria, en el último instante, resplandeció aquella década de nuestra vida, aquel país que ya no es.

Iván Partida

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Noticias de actualidad

I. Queja a manera de diario íntimo

Entender la poesía siempre ha sido difícil para mí, si es que de verdad se debe entender todo aquello que ella significa e implica. Mis lecturas no han sido en su mayoría encaminadas a este tipo de creación literaria, sin embargo, puedo afirmar que los poetas que me han marcado, hasta el momento, son Baudelaire, Verlaine, Blake, Rimbaud y tal vez un poco Lorca y Huidobro. Nótese que aunque algunos gustaban de experimentar con la palabra y con las formas tenían alguna o mucha idea de lo que un poema verdadero debe tener para poder llamarse POEMA.

En la actualidad existen muchos trasnochados jóvenes, e incluso no tanto, que creen con firmeza que la VERDADERA POESÍA está en las calles, en la inmundicia, “en las azoteas”, en los cuartos oscuros de algún burdel o en el alcohol barato. Y no se equivocan, la poesía habita aquellos lugares que parecieran faltos de belleza pero que en realidad muestran la otra cara de eso que nos han enseñado que debe ser bello y sublime. Ahora bien, el problema de estos escritores que gustan de mostrar lo oculto del mundo no es su mirada perspicaz y sus ganas de decir las cosas; el problema, si le podemos llamar así, es que no tienen la capacidad y la suficiente inteligencia para exponer con palabras, y mucho menos con un sentir poético, la belleza, fealdad, dolencia, inmundicia y todo aquello que es la realidad. Miran sin prestar atención, escriben sin reflexionar mínimamente, caminan por las calles con bandera de revolucionarios-librepensadores y no pueden sostenerse a sí mismos sin el patrocinio del gobierno que consideran opresor.

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El poema no debe ser YO GRITANDO que me duele la verga después de tener sexo con las jóvenes borrachas y drogadas de una fiesta, tampoco es YO diciéndole al mundo que acabo de descubrir al firmamento brillando sobre mi cabeza, mucho menos que adoro a los actores del cine y que los quiero en mi sala para adornarla. En fin, ¿cuál es un poema que vale pena?, ¿cómo debe estar construido?, ¿cuáles poemas no son nada más que balbuceos sin sentido?

La respuesta a todas estas preguntas no las tienen los jurados de un premio, los críticos literarios de las revistas o aquellos que publican libros. Según he podido constatar, la respuesta la otorgan los lectores, aquellos que como yo acudimos a las librerías o al internet en busca de un libro que nos muestre el mundo desde ventanas inimaginables, no a través de los lugares comunes disfrazados de propuestas arriesgadas que empañan por un momento la visión para después mostrar que en realidad, fuera del performance, no hay nada: NADA.

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II. Queja a manera de estado de Facebook

Escribir es un acto de liberación en el que el autor puede dejar ir su sentir sobre cualquier idea, preocupación o sentimiento que le habite y atormente. Comúnmente se piensa que aquellos que escriben poesía son almas atormentadas, oscuras y llenas de complejos que no les permiten alcanzar la felicidad: no se equivocan al definir así a los poetas; pero al mismo tiempo, nada más alejado de la realidad.

Al final nada de eso importa, todos nos creemos poetas porque escribimos y dejamos salir nuestros sentimientos, sin filtros, sin meditarlos un poco, sin detenernos y ver si en realidad aquel acto de escribir es,de verdad, HACER POESÍA y no creer que cambiamos al mundo al trazar en la hoja unos “VERSOS” que sin metro, sin figura retórica, se intentan levantar por entre los demás poemas. Sin embargo, después de alzar el vuelo, que ha sido impulsado por el FALSO POETA, el poema cae, sin más remedio, para no volver a elevarse jamás. Finalmente, el creador de versos se vuelca sobre esa misma inmundicia de la que ha estado hablando y sobre la que cree ha dicho lo indecible.

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Ma. Susana Vera
Twitter: @Susarlt

Dostoievski no jugaba por diversión

Recientemente escuché en el radio un anuncio del gobierno federal que informaba sobre la amenaza que representan las máquinas tragamonedas para la integridad de sus consumidores, sobre todo los infantes; decía, palabras más palabras menos, que estas maquinitas podían orillar a los niños al vicio del juego, a la perdición de sus almas y, eventualmente, a la delincuencia. Claro, porque en este respecto no tiene nada qué ver la falta de oportunidades en un país donde el instinto básico de supervivencia obliga a muchas personas a tomar medidas extremas. Se puede inferir que el delito que suponen los asesores gubernamentales, psicólogos o señoras de la caridad probablemente, es el robo del monedero, que conduciría al asalto a mano armada. Imaginen la escena de los especialistas en los grupos de autoayuda en la cárcel: ¿qué te llevo a cometer tu delito?; es que desde niño fui adicto a las maquinitas, un día le robé cinco pesos a mi mamá y ya no pude detenerme; a lo que sigue una escena terrible de llanto y lamentación, ya saben, al estilo de La Rosa de Guadalupe.

maquinitas

No sólo la escena es absurda, sino que me parece una forma muy superficial de observar la situación. El gobierno federal cree que la prevención de un delito se da antes de que surja el delincuente y advierte a las mamás, que siempre son honorables y santas, que su hijo, el que le robó cinco pesos del monedero para gastarlo en un máquina china de apuestas, malditos chinos que pervierten a nuestros hijos con sus cosas paganas, es un delincuente en potencia. Este trivial anuncio no es más que una muestra de cómo se observa el mundo desde parámetros morales simples, jugando muchas veces con el prejuicio arquetípico —vicio que es igual a maldad que es igual a delincuencia—, y conformando un ideario de valores que tienden a eliminar lo que se supone pervertido o malo. Los esquemas morales restrictivos son la causa de todas las guerras modernas, ahí están los israelís bombardeo tras bombardeo; y de los regímenes totalitarios, pues hay una sola versión de lo bueno que no es discutible de ningún modo, ahí están los cristianos ortodoxos metiendo a mujeres en minifalda a la cárcel; su delito: inmoralidad.
Una de las nociones del azar como vicio probablemente venga del Nuevo Testamento, donde los romanos, con su polvo pagano en las sandalias, se jugaban las prendas del Nazareno, lo que los hermeneutas bíblicos catalogaron como una falta de respeto al designio divino, a la misión encomendada a cada hombre en la gran creación. Ponerse en manos del azar es negar la existencia de una vida limitada a una sola posibilidad, la suerte se contrapone a la certeza inútil del trabajo y del esfuerzo; como la charada que dicen los motivadores profesionales: nada pasa por suerte, hay que trabajar.

El poeta Stéphane Mallarmé, muchos siglos después, refiere en uno de sus más grandes poemas: “Un golpe de dados jamás abolirá al azar/// Jamás/ aunque bien lanzados en circunstancias/ eternas” y esta misma idea luego la retoma César Vallejo, otro siglo después, llamando jugador a Dios: “Dios mío, prenderás todas tus velas, /y jugaremos con el viejo dado. /Tal vez, ¡oh jugador!, al dar la suerte /del universo todo, /surgirán las ojeras de la Muerte, /como dos ases fúnebres de lodo.” Imaginemos por un momento que la suerte del destino esté ordenada por un golpe de dados, habría certeza sobre nada, hoy podríamos vivir el momento más glorioso y mañana encontrarnos con la muerte en el desayuno. Pasa.
El azar, la no convicción, la apuesta cotidiana sobre nuestras propias decisiones, rige, de uno u otro modo, nuestra propia existencia. Le tememos a la incertidumbre; antes nos refugiamos, como especie, en que dios hacía una sentencia basado en un plan divino; hoy fingimos, y la supuesta libertad de las sociedades modernas democráticas nos hace creer, que nuestras decisiones, nuestro trabajo, nuestros valores nos han acercado a la certeza del futuro. ¿Acaso podemos asegurarlo cuando nos preguntamos por qué a mí, si todo lo hice bien, o cuando imaginamos los hubiera de todos los días?
Dostoievski llevó al límite esta idea más que ningún otro hombre, al grado tal que en su obra se puede observar una vuelta al clásico determinismo trágico. En mi opinión, Dostoievski supo que el hombre estaba destinado a mantenerse en este gran tapete de juegos al que llamamos existencia, a apostar con las fichas de su propia vida y a perder inevitablemente. Aunque es una constante en su obra, se puede apreciar particularmente en El jugador, donde, incluso, se plantea una utopía llamada Rouletemburgo, haciendo una alegoría del espacio como ruleta en el que se puede apostar por un número u otro, pero donde la bola a veces no cae en nuestra casilla. Está armada como una menipea en pos de la verdad, más allá de la concepción moral de un problema. El azar, en esta novela, quiere ser una negación del determinismo —la mujer que se tiene que casar con el francés para asegurar su futuro—, pero los personajes ya están determinados por el azar, por la circunstancia, por la decisión de la apuesta. El personaje principal, al final, ni siquiera se puede quedar con la chica, a pesar de haber ganado una fortuna en la ruleta; tuvo suerte en el juego, pero la vida se le niega: un golpe de dados jamás abolirá el azar.
Es curioso el caso de esta novela, pues Dostoievski escribió El jugador porque necesitaba dinero, ahogado, precisamente, en deudas de juego. Para muchos críticos esta obra forma parte de su producción menor, pero vale la pena hojearla con mayor cuidado.
Los señores del gobierno federal, desde su moral retorcida, pueden negarse a que los niños apuesten en las maquinitas —no en el Caliente, éste está protegido— pero por más que lo intenten no abolirán la sensación de libertad que permite una apuesta, a pesar de las consecuencias, a pesar de perderlo todo, a pesar de estar sometidos por el azar siempre. Dostoievski no jugaba sin apostar, porque es aburrido, porque eso nos destina a la certeza, al ocio de los días. Entonces, voy con mi resto…

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Alejandro Solano Villanueva

Esos reductos de invocación llamados clásicos

-¿Cuál era esa canción?
– Otra vez poniéndome en vergüenza.

Hace algunos días dictó la casualidad que recordara mi cariño filial a un libro en específico: Rojo y Negro, escritor por un tal Henri Beyle que prefirió llamarse Stendhal al volverse escritor. Recuerdo haberlo leído en mi adolescencia, arrobado por el placer y la melancólica simpatía que despertaba en mí su protagonista, un cínico joven que busca reafirmar su identidad al tentar a una Madame al pecado del adulterio.
Alentado por este recuerdo lo busqué de nuevo entre mis libros. No lo encontré, como normalmente no encuentro muchas cosas que he ido perdiendo a fuerza de insistir en mudarme de ciudad en cuanto la vida me presenta la oportunidad. Registré mi biblioteca: exigua, por decir lo menos, mucho más tratándose de la de alguien que supone vivir por las letras(o tal vez no, hay escritores que piensan que la letra sólo les pertenece a ellos. Una disculpa por mi osadía, en ese caso). Puedo señalar diversas razones para que mi biblioteca rivalice en tamaño con la de cualquier cafetín de medio pelo: falta de dinero, de serenidad al momento de administrarlo, dos mudanzas importantes o el miedo a comprar un libro que sé que al final tardaré mucho en leer (no le digan acumulación, mejor bibliofilia).
Al final son pocos los que me acompañan, pero caigo en cuenta que los conozco de una manera natural: no hablo del olor a viejo y putrefacto, ni del rasgado tafilete rojizo que estaba tan de moda en los setenta. Me refiero a su interior: conozco el recorrido de su sangre, los blancos de sus márgenes, las anotaciones esporádicas e incluso esos dobleces que socorren a la memoria. Estos libros son el testimonio de una vocación, de varias noches de sueño y caída: allá está Altazor, cayendo infinitamente al lado de Morirás lejos, sentencia que expresa el poder de Las palabras y las cosas, perdidas entre los muchos secretos enterrados en La isla del tesoro, que cede un mapa para encontrar El libro por venir, aquel que tal vez esté escrito desde El corazón de las tinieblas, palpitante y oscuro como los cielos de las Cumbres borrascosas, un espacio que sofoca los intentos por persistir más allá de La insoportable levedad del ser, que significa una incansable sucesión de Crimen y Castigo, sólo comparable con el penar de Ulises y del cual únicamente se puede obtener la Libertad bajo palabra.


Mi biblioteca es entonces una radiografía: dispone cada uno de mis órganos vitales, de mis afinidades intelectuales, las perversiones difuminadas, las empresas imposibles. Reflejan el crecimiento y la necedad de un espíritu cínico y precoz. Una esperanza, marchita pero nunca muerta, de que la poesía, esa que no tiene géneros, puede ser la respuesta a las interrogantes silenciosas que conducen a todo hombre a las grandes decisiones, a la locura, al crimen o al amor.
Son pues, mis clásicos personales: esos momentos y declaraciones que definen nuestra vida y se materializan sin perder un ápice de simbolismo. Se vuelve pertinente ahora una aclaración: no ignoro lo que del concepto clásico han dicho voces como las de Sainte-Beuve, Eliot o Calvino, pero mi reflexión no se dirige hacia aquellas profundidades. Me concentro, más bien, en la recuperación de la belleza desde las intenciones más íntimas e improbables. La belleza es un privilegio difícil de encontrar, buscarla es un trabajo feroz y desgastante, encontrarla es una experiencia límite, tanto como la primera lectura de nuestro libro favorito: es el no retorno metafísico invocado en la más mundana de las acciones.


Pienso ahora que puedo estar siendo excluyente. La belleza, afortunadamente, no está restringida a la poesía, por lo cual la experiencia del clásico va más allá del campo literario y del arte mismo. Reniego de ese pensamiento de aristócrata intelectual, aquel que asume que la belleza sólo existe en la gran cultura, se bebe desde el mármol y el clavecín, desde el estómago de un barítono y los talones de una bailarina. La belleza existe en todo lo que define nuestra felicidad: La taza de café cargado por la mañana, el plato de arroz con frijoles a finales de quincena, el nervio de un domingo de Guadalajara- América, la Cumbia sampuesana y hasta Las casas de madera: expresiones del frenesí, del paroxismo que valida nuestros sentidos. Los clásicos nos definen porque regresamos a ellos con la seguridad de encontrar paliativos para nuestro dolor y respuestas para los enigmas silenciosos.
Me permito terminar con un acto de iconoclasia y citando a Jorge Luis Borges, quien bien supo entender su papel a la hora de definir el concepto al que me he referido: “clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.”

No estoy seguro de los clásicos de Borges; sé que su pensamiento se dirigía sobre todo a la literatura y a los grandes libros que iniciaron al hombre en el mundo. Sé también, por otra parte, que su definición me describe esa sensación, acaso inconsciente y culposa, que me invade al escuchar las siguientes líneas:

Las casas de madera
Se agrietan con el aire
Y a mí, si no regresas
Un día van a enterrarme.

“Misteriosa lealtad”. Palabras tan ciertas hoy como cuando fueron escritas.

José Antonio Manzanilla Madrid

El caso Megadeth (elogio de la interpretación)

A Nayeli Olmedo, que me conoció
como un músico en retiro.

3, 2, 1… launch the Polaris!

En septiembre de 1990, Megadeth dio a conocer el cuarto álbum de su carrera musical bajo el sello de Capitol Records: Rust in peace. La obra maestra del trash, no sólo llamaría la atención de la crítica por ser un producto completamente intelectual de Dave Mustaine, sino por mostrar una nueva alineación en la batalla: tanto Jeff Young como Chuck Behler habían dejado la banda, dado la deplorable convivencia durante la gira de So far, so good, so what! (1988). Nick Menza fue contratado casi de inmediato para tocar la batería durante los conciertos aunque por meses, por muchos meses, Mustaine siguió buscando el guitarrista líder para la agrupación. Las sesiones incluyeron un par de músicos independientes: canadienses o norteamericanos, no importaba: había que trasladarse, perderse encontrarse: tocar. Muchos de ellos lo hacían en L.A.; algunos otros, incluso, ya habían interpretado para Ozzy. Y perdona, Dimbag (las historias más notables también pueden caricaturizarse) pero hay quien menciona también un par de sesiones sin éxito con el Texas Gunslinger.

Que Megadeth buscaba un músico conforme a la visión particular de Mustaine era cierto, pero que Marty Friedman mostrara a este una manera de dirigir hacia algo desconocido esa visión no lo es menos: el gusto por la simpleza, el gusto por lo ingenioso (que es lo mismo) han existido, siempre. ¿Por qué lo digo? La versión remasterizada del disco en 2004, contiene los demos con Chris Poland en la guitarra líder (el primero de la banda); con labor filológica es posible advertir el paso de la expresividad de la técnica al encuentro con la sensualidad, del origen al abandono de las fórmulas clásicas. No existe obra de arte sin colaboración del demonio, pero lo contrario es igualmente cierto.

Rust in peace

En el momento en que Capitol Records realiza el lanzamiento de Rust in peace, Megadeth es una banda que ha dado el paso de la (pos)modernidad a la modernidad: no la negación sino la afirmación de sí mismos. El trash metal es un género que abandonan de manera paulatina otras bandas en el horizonte musical, incluido, no podemos olvidarlo, su némesis Metallica (quien para estas fechas se dispersa del progresivo …And justice for all (1989) para caer en la versión mercantilizada de la complacencia); se fortalece el grunge en las esquinas; MTV is in the house; Parental advisory no miente. Por frívolo que parezca el contexto del inicio de los noventa tampoco podemos olividar que significa el final de la guerra fría. Pensando en lo anterior podríamos retomar un síntoma deplorable de la cultura: el del artista que decide asombrar al público, incapaz de soñar, incapaz de abrir los cinco sentidos en el abismo de lo sublime. ¿Excepciones? El acenso de Pantera, el auge del género en latinoamérica.

No quiero (no puedo) afirmar que Megadeth sepa hacia dónde se dirige en este momento de la composición. Pero canciones como “Holy Wars… the punishment due”, “Hangar 18”, “Tornado of souls”, o “Rust in peace… polaris”, muestran una pasión más allá de la técnica: en su disco se encuentran de manera sublime los tres grandes estimulantes agotados de la modernidad (siguiendo a Nietzche): lo brutal, lo artificioso, lo ingenuo. El disco adquiere pronto dimensiones teatrales en cuanto predispone una forma de originalidad o firma entre estos elementos: eso que después del Dark side of the moon se llamó música conceptual es aquí conciencia de forma: pero de forma profunda, aunque en ese adjetivo vivan mundos. La exaltación de las vocales nerviosas en Mustaine; la anarquía aparente (sólo aparente pues nunca se abandona a la decadencia) de las frases musicales de Friedman; el bajeo ronco, a veces ahogado en “Poison was the cure” o “Dawn Patrol”, además del histrionismo bélico de la percusión en casi todas las composiciones, buscan expresar el logro de un efecto, la transmisión de una idea análoga solamente al lenguaje de la literatura de la guerra fría. Ciertamente existe en este universo la intervención del puto caos: (pum) el silencio, (pum) el silencio…

Resistiendo al control de la reproducción gratuita de la música en Internet, puede encontrarse la versión remasterizada del álbum en cuestión. Dejo al fiel lector una liga para que lo escuche más allá de mis prolegómenos: la música como todo arte no debe reducirse a otro discurso. Sólo diré al Dios del rock: “May all of our nuclear weapons rust in peace”.

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