Buscar

LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

mayo 2014

El miedo a pensar (experimento mono- lógico)

bacon2_med

(Esto que escribo nació de un poema de José Watanabe)

Miedo a creer que la poesía tiene sólo una verdad y que no vale la pena cuestionarla, como quien teme acercarse al espejo y no observar su reflejo.
Alguna vez una persona se enojó conmigo por pensar. No por seguir un método arcaico, ni por sostener dogmas consecuentes, ni siquiera por pretender reducir la poesía a un canto lamentable.
La gente le teme a las palabras; teme estirar el lenguaje, confrontarlo, cuestionar al que escribe. No se dan cuenta que el lenguaje no exige respeto, sino pasión. Sostengo que el momento más honesto de la literatura es cuando la pensamos, no cuando la escribimos. No es un ego el que se manifiesta. Es un deseo.
Y ahora ¿por qué escribo todo esto? Sólo es un desahogo. En estos días, ser lector de teoría literaria es casi lo mismo que ser un androide. Algo horrible debió suceder ese par de años que pasé alejado de la literatura como para que a mi regreso el mundo haya cambiado tanto como en la historia de House of M. Cuando regresé a la confrontación diaria con las letras, noté que ahora era más rico escribir y más aburrido pensar. Porque eso es la teoría literaria, palabras extrañas de lado, sólo se trata de pensar sobre lo que acabamos de leer.
Claro que pensar es algo poco popular en nuestros días. Lo que está de moda ahora es el grito y la denostación. He presenciado batallas titánicas entre la “academia” y los “intelectuales”, entre la “poesía prístina” y la “oscura teoría”. El error fue darle nombres inútiles a lo que siempre se llamó pensamiento, darle vuelta a las palabras y adorar como fariseos al diccionario de oro. ¿Por qué es necesario creer que el deleite está peleado con la reflexión? ¿Cómo podemos valorar aquello que no entendemos?
No se trata sólo de citar a Derrida porque su nombre es agudo a pesar de no tener acento; no es sólo aplicar prefijos e inventar palabras, ni poseer un pensamiento multi-interdisciplinario glocal- poscolonialista; es el miedo a pensar que se manifiesta de distintas formas: miedo tiene el que huye de todo aquello que pueda cuestionar lo que su deleite manifiesta como verdadero, un miedo tan real y absurdo como el que siente quien no tiene nada que decir y esconde su ignorancia en las palabras citadas de otro quien sí tuvo el valor de arrojar una reflexión al ruedo.
Algo muy importante en este dilema y que se ha ausentado terriblemente en los últimos tiempos es el sentido común: antes de su aparente viaje sin retorno, se podía reconocer lo útil de lo inútil en razón de que tan necesario era algo para mantenernos un día más con vida. Ese principio, a mi juicio, es exactamente el mismo que propone la reflexión literaria: siempre buscará originar una nueva posibilidad para ese ingente universo de palabras que nos confronta día con día. Lo demás es oportunismo.
Son días extraños los nuestros, ni duda cabe. Esto que escribo no es una apología a esos ermitaños de la pluma que, encerrados tras sus gafas gruesas y sus libreros atestados, siguen buscando la utilidad sistemática de los signos, las coordenadas cartográficas del verso, el carácter neoliberal de la narrativa urbana o para los que, armados con un endeble discurso sociológico, utilizan a la literatura como un mero pretexto para sus panfletos. Ellos, encerrados en sus cubículos y sus pequeños mundos de citas y números, han reducido a la palabra a ser sólo una herramienta de diversos fines, han dejado de apreciar lo que el poema puede despertar en los sentidos, destinando sus esfuerzos a una caracterización cada vez más sombría de la literatura: convertirla en una voz sin eco.
Celebro, en cambio, a los que han descubierto en la literatura una nueva posibilidad para el mundo; aquellos que parten de la fascinación del cuento, de la tristeza en un poema, de la hilaridad de un ensayo, para ofrecer una voz que se filtre en el fluir de las ideas y que se vuelva una posibilidad de interpretación, un camino hacía el deleite, una invitación a la palabra. Celebro, en fin, a aquel que supo darle su lugar al poeta como origen: “este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento –al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía-(…).”
Que la palabra, sea de quien sea, se defienda por sí misma; eso es lo único que deseo.

José Antonio Manzanilla Madrid

Anuncios

El legado de lo banal

atlante

Para don Alfredo

El pasado trece de abril observé al Atlante caer en sus aspiraciones de seguir en la Primera División del fútbol mexicano. Para muchos de los testigos de mi depresión, se trató de un episodio banal, de una exageración simplona; se preguntaban cuán importante podría ser el papel del fútbol en la vida de un hombre cualquiera con aspiraciones medianamente posibles. La respuesta es obvia, pero incomprendida. Supongo que es culpa del exacerbado discurso sobre la “conciencia social”, de los miles de anónimos que se quejan en el Facebook desde el Starbucks; que hay cosas más importantes, que si los problemas del medio oriente, que si el precio de los limones, que si los perros sin hogar, que si el petróleo, la pornografía y Juan Pablo II, y, desde luego, el clásico que si el fútbol es el opio del pueblo. No quiero decir que el fútbol sea súper trascendente para la nación, pero supongo que juntar firmas para que nos dejen seguir bajando porno gratis tampoco lo es; no quisiera confundirlos, no quiero marcar a mi afición por el Atlante como una cualidad metafísica del ser, como los que se creen agnósticos porque van a clases de yoga; sólo creo que se trata de uno de esos eventos que por su naturaleza superficial puede ocultar aristas más profundas y más dolorosas de las que se dejan ver en la piel sana y la ropa limpia.
Hace no mucho, fui con gran parte de mi familia a un partido del Atlante en la Bombonera de Toluca. Todos, con nuestras playeras, intentamos alentar al equipo, unirnos con esa pequeña masa de gente en una sola encomienda: apoyar a los Potros de Hierro. A pesar de que el equipo perdió, salimos divertidos, pues había sido un buen partido, además de que los noventa minutos que habíamos pasado juntos, alejados del bullicio de la vida cotidiana y del horrible silencio de la oficina llena de artículos de académicos pretensiosos, eran más importantes que el propio resultado; no importa, dentro de ocho días se tendrá otra oportunidad. Ahora ya no, pero quizá algún día.
Cuando me vine a Xalapa, ese rito de sentarse cada fin de semana frente al computador —todo es culpa de Sky y de los que cobran los derechos— a ver los partidos del Atlante me conectaba de algún modo con un bloque de mi memoria que sólo estaba reservado para ese instante, ese momento infantil cuando por noventa minutos mi padre se acostaba en la cama de su habitación a ver el partido y yo con él, recostado en su brazo, aprendiendo lecciones sobre estrategias y honor en el juego; ese día de enero cuando los Reyes dejaron una playera azulgrana y un balón; el momento en que recibí de mi padre un par de playeras viejas, una bandera y un libro de poesía sobre los paisajes de Ayutla.
El pasado trece de abril comprendí que se trataba de lo que los latinos llamaban legado, del latín lex, que se trataba de otorgar la ley a alguien para que la transmitiera a su vez y ésta no muriera de olvido. En este caso no se trata de una ley, pero funciona en el terreno axial, incluso, el legado de mi padre se mantiene silencioso pero presente, como la memoria misma, como el poemario de San Juan de la Cruz que me regaló a los doce años, como el propio universo; siempre en constante cambio pero, paradójicamente, siempre el mismo.
Albert Camus dice en su texto “Lo que le debo al fútbol”: “después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí con el RUA no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes”. Dicho esto, me parece justo darle un valor más dimensionado a lo obvio, a lo banal. Probablemente todo lo que somos, lo que predicamos desde nuestras cúpulas civilizatorias sea el legado de algo tan superficial como absurdo, tan bárbaro —como dice una amiga feminista, amante de los gatos— como vestir los colores del equipo de fútbol y gritar, voz en cuello, un gol o llorar amargamente la derrota.

Alejandro Solano Villanueva

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑