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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

abril 2014

El cinematógrafo o la generación de la mirada

Hace un par de semanas vi la poco taquillera pero entretenida película de Fernando de Fuentes ¡Vámonos con Pancho Villa!, estrenada el 31 de diciembre de 1935. La filmación de la misma costó a Clasa Films Mundiales la exorbitante suma de un millón de pesos por lo que el Gobierno de Lázaro Cárdenas tuvo que rescatar de la inminente quiebra a la casa productora. En consecuencia el Estado se convertiría en el dueño indirecto de la opera prima de Fuentes. Protagonizada religiosamente por Antonio R. Fraustro, la película relata la historia de un grupo de arrieros (los “leones de San Pablo”) que se unen a la comitiva de Pancho Villa, mostrando a su paso los bemoles de la lucha armada. “¿Este es el pago a un soldado de la revolución? ¿Este es un ejército de hombres o una tropa de perros?” Tras un ligero examen del filme es posible percatarse de la actuación del escritor Rafael M. Muñoz interpretando a Martín Espinoza (con cigarrillo en mano), además de la participación de Silvestre Revueltas (no mencionado en los créditos iniciales) como el pianista que interpreta “La cucaracha” en una cantina de Torreón.

Curioseando en el internet, me encontré con que se trata de la primera película censurada por parte del Estado mexicano. Patrocinada de manera indirecta, no resistió la censura del presidente Cárdenas quien pensó que el desenlace era demasiado violento para el público. Mutatis mutandis, el nuevo final (panorámica del destierro nocturno de su protagonista) es considerado actualmente una de las críticas más desoladoras a los ideales base de la revolución mexicana.

Frente a este panorama de evidente tendencia nacionalista, lo que llamó mi atención es que se tratara del tímido debut de Xavier Villaurrutia en el medio cinematográfico. Todo parece indicar que hacia principios de la década de los años treinta, el sonámbulo de los Contemporáneos iniciará una serie de colaboraciones como guionista o asesor de libretos que durará hasta un par de años antes de su muerte en 1950. De acuerdo con Miguel Capistrán, la participación de Villaurrutia detrás de cámara puede rastrearse en por lo menos once películas. Si bien es cierto que los miembros de Contemporáneos tuvieron reticencia con la llegada del cine sonoro a México (ahora el sonido les hace temer no escucharse a sí mismos: “nos tendrá fuertemente atados a la tierra… tendremos que oír el llanto que antes imaginábamos solamente…”) no es difícil pensar en la oportunidad económica que ahora representaba una industria novedosa, financiable, pero sobre todo, escapista, tras los recurrentes ataques públicos por parte de la fracción nacionalista en 1932 sobre la homosexualidad de varios de los intelectuales de la época (léase la generación Pellicer / Novo / Villaurrutia).

El cinematógrafo era un verdadero refugio de esa “calle de miradas” que los asediaba desde prácticamente todos los medios impresos. “Por ahora estamos condenados a la expresión oral”, escribe nuestro poeta a Eduardo Luquín. La pantalla mostraba un mundo poblado por fragmentos, ángulos, long shots, como su poesía nocturna. En compañía de Julio Bracho, viejo conocido del Teatro de Orientación, Villaurrutia elaboró diálogos para películas como Distinto Amanecer (1943), El monje blanco (1945), La mulata de Córdoba (1945), Que dios me perdone (1948). Tengo noticia de su apoyo en la dirección de actores de talla internacional; es el caso de Lina Montes, Joaquín Pardavé, Pedro Armendáriz (padre), Andrea Palma, María Félix, Ernesto Alonso, Fernando Soler, Ignacio López Tarso, entre muchos otros. Y si aún nos preguntamos si los Contemporáneos son contemporáneos de veras nuestros, el resultado de esta empresa sería el reconocimiento del premio a “mejor guión adaptado” de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (es decir, el Ariel) en 1948. El estudio detallado de los Contemporáneos y el cine sigue en espera, sin embargo, no es difícil imaginar que para Xavier las imágenes en la pantalla representaban un viaje sin salir de la sala: una vez más, lo importante era trasladarse, perderse, encontrarse: viajar.

 Diego Lima

VillaurrutiaDe izquierda a derecha: Rodolfo Usigli, Dolores del Río, Frida Kahlo, Adolfo Best Maugard, Xavier Villaurrutia, Felipe Mier, cerca de 1945. © Archivo Diego Rivera y Frida Kahlo, Banco de México, Fiduciario en el Fideicomiso relativo a los Museos Diego Rivera y Frida Kahlo.
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¿De- generaciones?

Formo parte del grupo de gente que creció durante los noventa y lo más difícil de nuestras vidas fue (y quizá lo seguirá siendo durante algunos años más) que al finalizar el siglo XX nos dijeron que el mundo se iba a terminar, que bestias diabólicas circularían por las calles y nadie encontraría la salvación. Al final nada pasó, seguimos respirando en el siglo XXI e incluso estamos ya en su segunda década.
Aunque no nos guste tenemos que admitir que la tecnología no es algo natural en nuestra cotidianeidad: no entendemos bien cómo usar un smarthphone e instalar una impresora es la tarea más complicada que se nos puede presentar; en ese sentido somos viejitos sin arrugas que nos asustamos cuando se traba el ordenador y creemos con firmeza que si contestamos el teléfono celular mientras está conectado explotaremos esparciendo nuestros sesos por las paredes. Las nuevas generaciones no tienen esos problemas, para ellas es normal lidiar con la tecnología; incluso no ven a las redes sociales como un ente alejado de la realidad, esa es su realidad y es parte de su vida, no hacen esa diferenciación que en nosotros pesa: soy una persona en la vida real y otra en el mundo virtual.
Somos amantes de la materialidad de las cosas, unos cursilones cuando se trata de tener entre las manos algo que apreciamos. Vale más para nosotros un disco comprado en la tienda que una canción bajada de i tunes; preferimos leer un volumen usado del Quijote que leerlo a través de la frialdad de la pantalla. Desconfiamos de las compras por internet y de las grabaciones que contestan cuando lo que queremos es que en atención al cliente un ser humano nos diga qué pasa con nuestros electrodomésticos.
A pesar de esto, muchos de nosotros perdemos la cabeza cuando el Whatsapp se cae: es como si de momento nos hubieran sellado las ideas y nada pudiera salir de nuestras bocas. Decir “hola” frente a frente ya no está de moda, mirarnos a los ojos mientras conversamos nos aterra, sujetar la mano de una persona mientras se le dan los buenos días es la acción más anticuada que nuestros abuelos nos heredaron.
En fin, escribo esto en el ordenador pero comencé bosquejándolo a mano, en una vieja libreta que atesora ideas, recuerdos y demonios que posiblemente no vean la luz nunca. Valoro la materialidad del mundo más que mis sobrinos, eso sí, menos que mis padres.
No formo parte de ninguna generación porque al parecer llegué tarde al mundo, de acuerdo con mi familia, pues todos mis primos tienen entre cincuenta y treinta y cinco años. Por lo tanto, vivo en un pequeño mundo que me construí, ahí la temporalidad no existe. Es algo así como un oasis donde muchas edades se cruzan y me mezclan para ser una sola. Ese “pequeño” espacio se llama [inserte aquí el nombre de su cosa, lugar, estado de ánimo o sabor favorito].

Susana Vera

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