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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

octubre 2017

Noche de brujas: la muerte de la madre en dos poetas, M.M y O.O

Eloísa del Mar Arenas Torresdey

 

“Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al

alba luminosa”

Alejandra Pizarnik

“La naturaleza las hace brujas…”

Jules Michelet

 

Es tiempo de cosechas, los frutos se recogen y se celebra que estamos vivas. Una atmósfera melancólica nos rodea pues los rituales para la fiesta de Todos Santos ya comenzaron. Se abren los umbrales para la visita de nuestras fieles difuntas que llegan con el viento blanco de los primeros fríos. Como es tiempo de reflexión y agradecimiento a la madre tierra, dadora de vida y devoradora cruel, me parece buen momento para hablarles de mis dos abuelas adoptivas, mis poetas brujas, las que invaden mis sueños y me murmuran al oído las palabras hechizo. Contaré un poco sobre mis encuentros con ellas, el asombro que me producen su obra y vida, y con suerte, despierte en ustedes la curiosidad lectora.

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Leer los poemas de Margarita Michelena es asomarse a lo infinito en toda su siniestra soledad, contemplar la belleza terrible de la noche que habitamos y en su música vislumbrar apenas el misterio de nuestro origen nunca revelado. Vocación de poeta, Michelena asumió su destino de inefables vuelos aperlados y descensos contemplativos, la luz de su canto entre tinieblas, su voz que nombra lo desconocido mientras lo oculta: “La poesía es el instrumento revelador por excelencia, pero la desdicha es que nunca llegas a la verdad final, absoluta, aunque aspires a ella.” (entrevista con Cristina Pacheco, p. 320). A sabiendas del designio, entre embeleso y terror, Michelena me hace ver:

Una estrella de alta combustión.

Una cosa purísima, innombrable.

La construcción de los versos de Olga Orozco es monumental y serpentina, con sus ojos inmensos, es Reina de las Sombras, la seductora de largo aliento. Su universo poético trasciendió los límites de la hoja e impregnó todo aquello que la rodeaba, para multiplicar, incansable, “las posibilidades del yo”. Magia y escritura: hizo adivinación sobre su destino con la cartomancia, los cadáveres exquisitos, las sopas de letras y las máscaras; se vistió de noche para construir castillos a las hadas, domadora de lagartos e incendios; ella es el ser lírico por excelencia, conocedora y nostálgica de su prolongación.

Primero conocí los versos de la poeta argentina, Olga me habló de la víspera de su muerte desde ultratumba pues fueron los Últimos poemas (2009) donde por primera vez escuché su voz. Al poco tiempo, comencé a leer a Margarita y recuerdo que los poemas “Dualidad” y “A mi hijo sin vida” me mostraron zonas antes no exploradas en mi experiencia lectora.

Mi primer descubrimiento, un tanto irrelevante si ustedes gustan, no deja de ser interesante y aportar, al menos, pistas sobre el espíritu de época que marcó nacimiento, vida y muerte. Ambas vivieron en dos latitudes distintas, pero casi los mismos años: M. M. nació un 21 de julio de 1917 en Pachuca, Hidalgo (celebramos el centenario de su salida a la luz “en un mundo enemigo / jubiloso y extraño”); a los 81 años murió en la Ciudad de México, un 27 de marzo de 1998 (el año entrante se cumplirán dos décadas de la “fecha oscura” sobre su frente). O.O. nació en Toay, La Pampa un 17 de marzo de 1920 (presumiendo vida y salud, pronto alcanzamos la conmemoración de sus cien años) y a la edad de 79 entró en el “sueño perdurable”, un 15 de agosto de 1999, en Buenos Aires.

En pleno término de la Segunda Guerra mundial, las dos comenzaron a publicar muy jóvenes: nuestra poeta mexicana en 1945, Paraíso y nostalgia; Orozco en 1946, un poemario titulado Desde lejos. A partir de entonces, su trayectoria poética labró gloriosos caminos lejos de los reflectores y, sin embargo, ambas fueron consideradas verdaderas poetas dentro de un ambiente literario donde los hombres predominaban.

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En Los juegos peligrosos (1962), de Orozco, hay un poema que se titula “Si me puedes mirar” en el que la hija poeta, “desamparada criatura”, habla a su madre muerta en busca de protección y guía: “Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana”. En el poema, la madre ausente habita otra dimensión inaccesible a la hija y, sin embargo, acude a consolarla en su lamento:

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,

sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,

o me ordenas las sombras,

o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado

cualquier día,

o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.

Por otra parte, Michelena escribe “Lección de cosas”, un poema en tres cantos dedicado a su hija Andrea y publicado en El país más allá de la niebla (1968). Es al inicio de la tercera parte donde la voz de la madre poeta, “inextinguible espiga”, le anticipa a su hija el suceso de su muerte. El ritmo es lento, el tono grave, versos endecasílabos y eneasílabos hermosamente dispuestos transmiten la trágica e inevitable noticia:

… Sobre mi frente

hay una fecha oscura, hay una hora

de soledad, hay una noche

aguardándome encima de los ojos

y que habrá de bajar a devorarme.

Al cierre del poema, la voz de la madre se sobrevive en las palabras y trasciende también el poema mismo en la corporeidad de la hija:

Nunca te diré adiós. Yo no podría,

viéndote, dulce hazaña del rocío,

inscrita en la belleza de las cosas,

despedirme, en la muerte, de mí misma.

Es importante señalar la sincronía en los dos poemas, aunque la hija poeta cante a su madre para revivirla en las palabras y la madre poeta cante a su hija para mantenerse viva, ambas disponen un orden de cosas en donde contemplamos la eternidad enraizada en sí mismas y conscientes de la continuidad de su sangre en los tiempos, deciden nombrar el misterio que las envuelve. Son suyos los dominios de lo poético, brujas de la palabra reaparecen apenas se las lee, nos invade su espíritu para revelarnos la fugacidad y permanencia de nuestro ser y el poderío de la madre más allá de la muerte.

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Referencias:

Michelena, Margarita. (1996). Reunión de imágenes.

Orozco, Olga. (2009). Últimos poemas. Barcelona: Bruguera.

                          (2012). Poesía completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

Pacheco, Cristina. (2001). Al pie de la letra. México: Fondo de Cultura Económico.

 

 

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Distante

Iván Partida

Aquel primero de septiembre desperté con la pesadez y los nervios del viajero novato que está a punto de salir de su país. La odisea era la siguiente: de Xalapa, Veracruz me transportaría al aeropuerto internacional de la ciudad de México, de ahí esperaría unas 3 o cuatro horas para tomar un avión que haría escala en Chile para, al cabo de otro puñado de horas, volar hasta Córdoba, Argentina.

Los aeropuertos internacionales son una torre de Babel del siglo XXI; las nacionalidades y los idiomas caminan, se cruzan, chocan, se disculpan y siguen su camino, se sientan en las mesas de fast food, beben coke, diet coke, zero coke, comen burritos-wraps vegetarianos , o se instalan con gritería infantil a rendir culto a Ronald McDonald.  En esta nueva Babel se puede llegar al cielo otorgando una hecatombe monetaria a los sacerdotes del culto aeronáutico.

Mientras esperaba el despegue cambié mis pesos por la lingua franca del mundo, el dólar. Comí un wrap y esperé. En esa mesa pasaron hombres silenciosos, una familia española con insoportables niños pequeños, una francesa de inglés rudimentario y que, apenas agotaba sus recursos lingüísticos anglosajones, se limitaba a sonreír. Acaso el mayor incidente fue escuchar a una mujer mayor, mexicana, que le contaba a otro mexicano más joven sobre los motivos de su viaje: tenía un hijo de cuarenta años con un tumor en el cerebro en alguna ciudad de España e iba a reunirse con él para ayudarlo, o quizá, pensé, para decirle adiós.

Pequeñas anécdotas sin importancia llenan el viaje: una niña vomitó y fue convocado un médico entre los pasajeros para que la revisara, cambiaron tres veces la puerta de embarque en Chile y los que viajábamos  hacia Córdoba nos convertimos en manada nómada y quejosa que se movía pesadamente de un lado a otro, jalando maletas, niños y nuestra propia masa corporal magullada por las ocho horas de vuelo. En ese pequeño incidente atestigüé en vivo la furia argentina llena de reclamo italiano mezclado con el muy hispánico “hijodeputa”. Al final, ya en el aire, todos iban calmados y en silencio mientras las turbulencias azotaban el avión en el trayecto a Córdoba.

En Córdoba Capital saltaron más las cosas parecidas a México que lo diferente. En mi primer recorrido para conocer la Universidad donde realizo la Estancia bibliotecaria vi basura producida por las jodas (fiestas) del fin de semana, gente que no respetaba los semáforos y cruzaba la calle con la destreza y seguridad de las gacelas, estudiantes jalando maletas para ir a sus pueblos o regresando de ellos, perros callejeros, vegetaciones propias de climas áridos y agrestes; me sentí como en casa, unido por ese cordón de plata que evita que el cuerpo y alma se separen durante los viajes oníricos.

Pero, claro, hay diferencias entre México y Argentina. Acá (ellos dicen “Acá” y pocas veces “Aquí”) los refrescos son gaseosas, fajar es robar y franelear es nuestro fajar, el camión se dice colectivo o bondi, mamada es pete, el hueso de la aceituna se dice carozo; el desayuno habitual consta de dos medias lunas (cuernitos pequeños), un café con leche, un jugo de naranja, una medida de manteca y una de mermelada o dulce de leche (pedir cajeta en estas tierras es como pedir panocha en México).

Anécdotas dialectales aparte, jóvenes y adultos argentinos tienen un tema pasional en su vida, incluso más que el futbol: la política. La gente por acá tiene la polémica en su sangre: peronistas, kirchenristas, macristas y otros tantos que desconozco. Acaso las heridas dejadas por la dictadura han vuelto al argentino un ciudadano preocupado por vigilar a sus gobernantes. El mexicano promedio conoce alguna cosa de política, sobre todo cuando se hacen los circos para las elecciones presidenciales; pasados esos shows mediáticos, vivimos en el descontento y en la indiferencia ante las bestias que nos gobiernan pero, sobre todo, ante la polémica política ―que no tiene mucho que ver con la grilla o las acusaciones estúpidas entre cabecillas de partidos o entre títeres contrahechos que presiden los municipios o las zonas de las grandes ciudades―, con la tradición de cada partido y sus acciones en la vida del país. Ya sea derecha o izquierda, los argentinos entran con discursos fuertes en la palestra de la política en la vida cotidiana, en la charla familiar o la lucha de las redes sociales y comentarios en foros de internet.

Justo un día antes de mi llegada hubo protestas en varias ciudades del país, incluida la Nacional de Córdoba, por el retorno de un fantasma que se aferra en la memoria colectiva de esta nación: el caso Santiago Maldonado. Desconozco los detalles, sólo sé que era un artesano y tatuador que desapareció durante un operativo de represión a la comunidad indígena de los mapuches, quienes reclamaban la propiedad de tierras en la provincia de Chubut, bajo la ocupación del Grupo Benetton (el de la ropa). La imagen de Maldonado y el escándalo que ha significado su desaparición, el reciente descubrimiento de su cadáver en las aguas del río Chubut, la autopsia y los reclamos por una versión oficial de los hechos que “no acaba de cerrar”. Las protestas por su muerte y los manejos poco claros son las llamadas de atención de una ciudadanía que no ha olvidado el terror de las bombas de la plaza de mayo en 1955, la furia del grupo guerrillero Montoneros que ejecutó al  expresidente Aramburu en 1970, o la sublevación que seis años después instalaría el terror fascista tras el derrocamiento de Isabel Perón con el Proceso de Reorganización Nacional. La ciudadanía argentina joven conoce el miedo por boca de los padres, de los hermanos, porque, en ocasiones, hay ramas amputadas en su árbol familiar, en el de un amigo o de un conocido; por eso no puede ser indiferente a la política, a las disputas del poder y los cambios ideológicos de su sociedad. Cerrar los ojos ante la política sería callar y conceder la posibilidad de otro infierno.

Otra cosa de Córdoba: hace mucho no sentía la seguridad de caminar a medianoche por la calle, de no leer en los periódicos sobre decapitados y temer encontrar la muerte en una balacera azarosa. Crimen y puñaladas hay por todos lados, como buen mexicano que soy no dejo de mirar de reojo a la persona que va detrás de mí, trato de caminar por las calles más iluminadas y concurridas y guardo mis objetos de valor lo mejor que puedo.

En este lugar tan distante, a 6,650 kilómetros más o menos de la ciudad donde vivo, he encontrado a gente que me ha tendido la mano y me ha hecho sentirme menos solo, menos ajeno de todo lo que me rodea. El hostal donde vivo (jóstel, pronuncian acá) es un sitio de vivienda y paso de gente variada, por ejemplo, en estos casi dos meses que he vivido como pensionado en un cuarto de nueve camas conocí a dos venezolanos, un colombiano, un gringo al que le robé la cama en una borrachera furiosa, a un chileno, un ecuatoriano, una española, y un brasileño. Quizá más nacionalidades que no recuerdo, porque a veces los extranjeros duermen una noche, unas horas apenas, y desaparecen con la luz de la mañana.

No siempre hay aventuras graciosas en esta vida comunal que llevo en Córdoba, una semana me tocó dormir con un mitómano que decía que era cardiólogo, radiólogo, infectólogo y economista, y que estaba dispuesto a contarle su vida a todo ser vivo que tuviera el infortunio de mirarlo a los ojos más de cinco segundos; los ojos de ese hombre, natural de Buenos Aires, buscaban gente distraída para atacar: una vez desperté, giré la cabeza a la derecha y vi como el hombre me miraba fijamente, así que corté la comunicación dándole la espalda y regresando al sueño. En esa misma época una muchachita chilena que estudiaba medicina se instaló un par de días en la cama baja de la litera donde duermo, ahí creó en un minuto un ecosistema de ropa, libros, maquillaje y perfumes que desbordó los límites de su colchón e invadió las camas vecinas. La chilena, supe después, había sido expulsada de otro lugar y no tenía a donde ir, al final pudo más la cordura y le pidieron que se fuera al cabo de tres días. Ella, aferrada, duró en el hostal hasta el último minuto que pudo, se escondió en la terraza primero, cuando la descubrieron, dijo que iba a recoger sus cosas, se agazapó en las sombras del cuarto de nueve camas y comenzó a doblar sus playeras de tal forma que tardó una hora más. La chica se fue a las ocho de la noche, cargando sus maletas, supongo, y buscando algún otro incauto que le diera asilo. El tercer personaje de esa época dura fue una mujer que cargaba un demonio y que pretendía exorcizar con litros de cerveza, era desalentador ver bajo su cama las caguamas vacías y  ella arriba, dormida, como en un nido de vidrio opaco.

La vida nómada tiene muchas aventuras, pero no me gustaría seguir ese camino, soy un hombre árbol y cada trasplante significa un proceso doloroso del que tardo en recuperarme. A estas alturas extraño mi hogar, mi familia, mis amistades, a mi novio y mi poder adquisitivo, para mí la vida en Argentina es una vida distante, vivida por otro; acaso mi cuerpo está aquí, con los estudios, las fiestas, las aventuras, pero mi alma está allá, en mi hogar, en la casa materna frente al mar, en el frío lluvioso de la montaña xalapeña, en un país que se desmorona y al que estoy unido por un precioso hilo de plata, a pesar del dolor, a pesar de la distancia.

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe

Enrique Padilla

 

Me gusta mi cuerpo. Me gustaría que tuviera un poco más de músculo, no porque lo necesite (la vida de un escritor/traductor exige poco de las potencias físicas) sino porque no soy inmune al mandato social que, más allá de exhibir una buena salud, hace del cuerpo atlético el símbolo de una condición “más deseable”. También, si lo recorro de arriba abajo, encuentro más mejoras posibles, que puedo identificar con otros tantos preceptos culturales. Me gustaría, por ejemplo, ser más alto, o que la barba de mis mejillas fuera más tupida. Pero mi cuerpo, dentro de lo que cabe, es un buen cuerpo de 34 años, magro, funcional, relativamente sano y cuya resistencia, puesta a prueba de tanto en tanto, a veces me sorprende.

Esta conformidad, si no se le puede llamar aceptación, con la carne que me deparó la genética, no es algo que haya llegado fácilmente. Parte de mi familia es demasiado católica y aún recuerdo ese día incómodo, al comienzo de la pubertad, en que mi padre me sorprendió masturbándome. Recuerdo poco del sermón que siguió, pero sí, en definitiva, la enseñanza de que la masturbación “te quita la gracia de Dios”. Es una historia divertida para contar en una borrachera, pero no lo fue el año y medio, más o menos, que pasé combatiendo los impulsos de mi sexualidad adolescente, sintiéndome derrotado cada vez que cedía, la triste sensación de triunfo cuando conseguía disciplinarme y parar antes de llegar al orgasmo. Por fortuna, la diosa de la verdadera gracia obra por caminos frívolos. Hojeando con sana curiosidad las revistas “para mujeres” que alguien había dejado en casa (creo que fue Elle, pero podría haber sido Vanidades) llegué a un artículo sobre la masturbación femenina. Allí se hacía hincapié en que el cuerpo de una mujer puede sentir deseo y satisfacerlo por sí misma, puesto que se trata de algo saludable y natural. Razoné, con lógica urgente de púber, que si eso estaba bien para las lectoras de esas revistas (las señoras corteses, clasemedieras, bienintencionadas, que eran amigas de mi mamá) entonces, en definitiva, estaba bien para mí.

Debo agradecer a los editores de Elle, por tanto, un significativo vuelco en mi desarrollo, pero no puedo pasar por alto el papel que ese tipo de revistas, junto con tantos mecanismos ideológicos similares, han tenido en el diseño de un patrón de cuerpo para ambos sexos. No me detendré en lo que ello ha significado para la imagen y la sexualidad de tantas mujeres, porque no me corresponde y porque esa crítica la han hecho mejores plumas que la mía, desde Alfonsina Storni hasta Margaret Atwood. Lo que quiero apuntar es que el cuerpo de los hombres está sometido también a opresiones y que, en la medida en que escapa del molde de la virilidad hegemónica, patriarcal y heterosexual, se ve rechazado de una manera más sutil, pero no menos perniciosa, que el cuerpo femenino. Quisiera dejar bien clara mi postura: esto no es una competencia, no se trata de un refrito del argumento “pero los hombres también sufren”,  no puedo acabar de imaginar lo que debe ser para una mujer ser constantemente juzgada por su físico. Tampoco puedo abordar, por falta de argumentos y experiencia, la relación que un hombre con una orientación sexual distinta de la heterosexualidad, en el amplio espectro del género, establece con su cuerpo. Quiero hablar de la serie de imperativos que mutilan la relación que muchos hombres tenemos con nuestro cuerpo, el lastre que ello impone sobre la imagen que nos formamos de nosotros mismos y las consecuencias, con frecuencia bastante nocivas, que tal cosa tiene sobre nuestra conducta.

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe ser fuerte, impenetrable, capaz de cargar cosas pesadas (tengo un amigo que se agravó una hernia intentando demostrarlo). Debe ser, o haber sido, al menos, antes de la proverbial lastimadura de rodilla, bueno para algún deporte. Sus hombros deben ser anchos. El vientre, de preferencia marcado, no debe abultarse. También, por supuesto, debe resistir el alcohol. No sólo eso: debe aguantar la ingesta de gran cantidad de sustancias sin perder el dominio de sí. Un hombre debe ser alto: cualquiera que mida menos de 1.70 corre el riesgo de desarrollar complejo napoleónico. La voz ha de ser profunda. La quijada, cuadrada; caso contrario, una barba abundante es la mayor defensa y afirmación de la propia hombría. El bigotito a lo Cantinflas es motivo de burla. También tener tres o cuatro pelos en el pecho. En cuanto al tamaño del miembro, bueno, ya se sabe. Y si agregáramos a lo anterior las exigencias aparejadas con las cuestiones raciales, nacionales… sería el cuento de la masculinidad nunca acabada de emascular.

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Como resulta lógico, la gran mayoría de los hombres no podemos satisfacer semejante lista de requisitos. Vale la pena preguntarse cuántas guerras se originan, cuánta competencia idiota, a partir de la consciencia de la imperfección de nuestros cuerpos. En qué medida buscamos compensar lo que natura non dio supliéndolo con poder, dinero, verbo, gracia, o bien, “experiencia del mundo”, “saber hacer las cosas”, un motor potente y ruidoso, pura terquedad disfrazada de tenacidad: cómo chingados no.

Ahora, aun si nuestra masculinidad alcanza cierto grado de equilibrio entre lo que el cuerpo es y las muletas culturales que lo sostienen, también debemos lidiar con algo a lo que podría llamarse “culpa laica”: la vergüenza de que nuestro cuerpo no sea lo que la cultura occidental dominante dice que debe ser. Y más todavía: que el pene aparezca muchísimo menos en las series y en los filmes en comparación con los desnudos femeninos (o incluso que los culos de los actores de Hollywood) tácitamente apunta a que en el órgano masculino hay algo sucio, indeseable, que no se puede admitir. Como si, por el solo hecho de tener pene, ya hubiéramos nacido con una mancha original. Cuántos hombres, cuando se muestra un miembro en una pantalla, se ven impelidos a volver un poco la cabeza o a manifestar un cierto grado de cómica repugnancia, como si la misma cosa no les colgara entre las piernas o tuvieran que recalcar de ese modo que no son putos, que ver un pene no les produce el menor deseo. Qué paradoja: subrayar nuestra masculinidad expresando asco por la parte del cuerpo que más define esa misma masculinidad.

La culpa se acentúa con la edad: si no se es George Clooney, el cuerpo de un hombre de más de 50 años parece algo por fuerza repugnante. Sentir todavía deseo: un despropósito, un no resignarse a aceptar la decadencia inevitable, como si la sexualidad tuviera fecha de vencimiento. Y aquí juega un papel también la cuestión de la clase. En comparación con los torsos de los influencers de Instagram, la imagen que los Donald Trump, los gobernadores y empresarios y senior executives del mundo deben tener de su físico no puede ser muy halagadora. La forma en que encuentran aceptación para su cuerpo es la compra de favores sexuales o, como en el caso de Harvey Weinstein, el ejercicio brutal y descarado de su poder. ¿Es de sorprender, entonces, que tantos hombres como ellos se rehúsen a cuestionar o perder sus privilegios, con los costos sociales, morales, económicos, psicológicos que ello implica? Por el contrario, esa posibilidad queda lejos del alcance del cuerpo del obrero, del jodido que trabajó toda la vida y no pudo o no supo garantizar, para su madurez, el beneficio de esa aparente aceptación. Ojo: esto no es una justificación para tantas conductas que desembocan, como se ha puesto cada vez más de relieve, en la violencia contra la mujer. Pero antes de llegar, necesariamente,  a ese tema, quisiera dar todavía un paso intermedio.

Franz Fanon, al hablar de cultura y racismo, afirma que no es posible someter a los hombres a la servidumbre sin inferiorizarlos y que el racismo no es más que la explicación emocional, a veces intelectual, de esa inferiorización. En consecuencia, lo normal, en un sistema colonizador, no es la tolerancia, sino el racismo; el racista, no es la excepción, sino la regla. De manera análoga, en un sistema donde la sexualidad masculina se estimula con exceso, a la vez que se le imponen tantas restricciones sobre su propia sexualidad, lo normal es la producción en masa de acosadores. Sin una educación para abordar y aceptar el cuerpo femenino porque los hombres no abordamos ni aceptamos la naturalidad de nuestro propio cuerpo, los actos de los violadores, los eyaculadores del transporte público, los exhibicionistas de la calle, los machitrolls de redes sociales y los golpeadores de mujeres, se presentan como una necesidad de imponer, penetrar, afirmar la primacía de su cuerpo, obligar al mundo a concederles un lugar, siquiera la mirada o la repulsión del otro, aunque sea por la fuerza. Voy a insistir en que esto no es una justificación: por el contrario, es un lamento. El cuerpo masculino que ejerce la violencia pierde su capacidad creadora, renuncia a la diferencia que lo hace único en relación con las demás personas, diluye el poder de su piel, sus músculos, sus proporciones, en el rostro unificador de la destrucción; desperdicia, en síntesis, la fuerza que reside en su cuerpo para crear una identidad, una forma original de relacionarse con los otros cuerpos y con el mundo.

Dicho lo anterior, quisiera acercarme ahora a la cuestión de la violencia contra la mujer. Yo no soy quién para tirar línea ni creo que una sola persona o grupo, de ningún género o corriente de pensamiento, pueda aportar una solución única e indiscutible a lo que es un problema terriblemente arraigado y complejo. Lo que puedo decir es que, al menos en parte, dicha solución pasa por liberar al cuerpo de los hombres de los preceptos morales, ideológicos, capitalistas, que lo deforman. Crear una forma de la masculinidad menos nociva para todos implica aceptar que el cuerpo de un hombre puede ser vulnerable, permeable, sensible y limitado, que puede encontrar sosiego en la renuncia a penetrar, conquistar, someter. Este cambio de perspectiva no es responsabilidad de “las mujeres”, ni tampoco, en forma exclusiva, de “los hombres”.  De lo que se trata, en realidad, es de una suma de ideas, y así, las fuerzas capaces de influir en la resultante son las fuerzas capaces de crear un nuevo imaginario de lo real: el periodismo, el arte, el derecho, la educación, la psicología, el cine, los programas sociales.

A lo largo de este ensayo he procurado ser honesto.  Con el mismo espíritu, necesito decir que no escribí estas líneas para acusar a otros y lavarme de culpa: bien conozco las actitudes perjudiciales con que he lastimado a distintas mujeres a lo largo de mi vida y que han contribuido a forzar estereotipos sobre mis amigos y compañeros. A ellas y ellos, les pido disculpas. Pero a los hombres que están leyendo estas líneas, especialmente, quisiera decirles que nuestro cuerpo es viril sea cual sea su forma. No dejemos que patrones insertados en nuestra cabeza cuando éramos más vulnerables nos lleven a desperdiciarlo. Un esfuerzo individual puede transformar la inercia de lo social, pero lo más importante: el agradecimiento por lo que nuestro cuerpo es quizá conduzca a lo que puede ser: un acto de apertura.

Trouble will find me: el streaming de la vida

José Antonio Manzanilla Madrid

 

I have only two emotions

careful fear and dead devotion

The National

En nuestros tiempos, la posesión de bienes lúdicos se ha vuelto un concepto en el que los claroscuros poco a poco han terminado por definir a las personas. El consumidor cotidiano se enfrenta con la necesidad de balancear los deseos con las necesidades, siendo estas últimas las que, por una regla que la mayoría del tiempo es dictada por nuestra endeble economía, determina el rumbo que debe seguir el contenido de nuestros bolsillos.

El ejemplo que soy: en 2006, año en el que me inicié en ese arte magnifico que es el de “administrarnos”, abracé la práctica del coleccionismo. Admiré mis libros y me procuré algunos, conocí el concepto de la librería de viejo y del bazar de intercambios; me fascinaba visitar esos lugares donde lo mismo encontraba casettes de Las Ardillitas de Lalo Guerrero, que sinfonías completas de Beethoven en esos discotes negros que ahora vuelven a estar tan de moda. Era un paraíso nostálgico en el que, naturalmente, me sentía feliz. Y mi economía no sufría demasiado.

Encontraba otro tipo de tesoros: casettes de Super Nintendo a precios irrisorios, consolas antiguas que ya no pertenecían a este tiempo, figuras de acción, tazos, tarjetas de los Monstruos de Bolsillo…las posibilidades eran infinitas, y cada visita al tianguis la realizaba con la fe del que va en busca de un alimento espiritual. Al llegar a casa y regocijarme al ver los tesoros conseguidos, no podía dejar de pensar en las historias detrás de los artículos: qué motivó a sus dueños a deshacerse de ellos, si fue por necesidad o por descuido, si estuvo fuera de sus manos, si perdieron su valor afectivo, si nunca lo tuvieron, si fueron reemplazados o despojados a la fuerza, si su dueño aún vive o ya está muerto, si los años compartidos fueron de felicidad o de tristeza.

Luego pensé que la respuesta podría ser mucho más sencilla: a veces no tenemos espacio para las cosas y debemos desecharlas. Los juguetes sirven sólo para los niños y, cuando crecen, se vuelven innecesarios. La tecnología detrás del vinilo murió y ya no renacerá. Lo mismo que el VHS, la Atari 2600, las cámaras analógicas y los View Masters pertenecieron a un mundo diferente al que nos enfrentamos ahora. El cinismo me hizo suyo en esos días.

Así fue como yo también comencé a ceder en mis empeños y reduje drásticamente mis pertenencias: las películas dejaron de ser parte de los libreros y me convertí en un hackerman para descargarlas; la música, que tantas carpetas ocupó en mi vieja pc de la adolescencia, ahora la encontraba en esas rockolas virtuales que conocimos con nombres tan variados como Jango o Grooveshark. Llené de archivos pdf mi memoria y dejé de obsesionarme con las prospecciones de antaño. Fui devorado por el monstruo tecnológico. Porque, en efecto, no podemos ya negarnos a nuestros implantes digitales: yo mismo poseo varias cuentas de streaming diferentes: desde Netfflix, Crunchyroll, EA Access, Xbox Game Pass, Claro Video, Spotify y Chivas TV, tengo acceso diario e inmediato a miles y miles de contenidos, y si lo extendemos a los otros archivos que la red ofrece de manera legal e ilegal, podemos subir los números a millones. La simulación de poseer algo que ni siquiera podemos tocar.

 


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Aquellas bestias que nos definen desde adentro no pueden ser eliminadas, y tarde o temprano se liberan de las prisiones en donde las abandonamos. Mis preguntas seguían siendo las mismas: al releer ese viejo ejemplar de Asterix que una vez encontré en un bazar, cubierto por la pátina del tiempo, con las páginas rayadas con lápiz y el nombre “MARI” escrito varias veces en sus márgenes, quise ver de nuevo a Mari, leyendo o inventándole historias a los dibujos, imaginándola perdida entre las referencias históricas, viéndola crecer de la mano de las historietas y los cariñositos (una estampa de Corazón Valiente adorna la contraportada).

Volví a inventarle historias a mis viejas posesiones y reflexioné lo frágil que era mi caja de caudales: bastaba una caída de conexión para sumirme en la oscuridad; mi vida era una constante sucesión de streamings y de vacíos, pues nada de lo que se reproduce en tiempo real me pertenece, sólo “accedo” a él. Tal palabra, pensé, no podía definirme.

Así fue como, auxiliado por la compañía amorosa de ciertos cómplices, pude recuperar el tiempo perdido, y volver a hundirme en la búsqueda de los tesoros olvidados. Algunos seguían perteneciendo al mercado de la segunda mano y la oportunidad. Otros ya habían sido revalorados por el mercado imparable y, bajo el sello de “vintage”, empezaron a venderse como artículos de lujo. Tales circunstancias sólo espabilan los sentidos del prospector, y nos mueve a buscar más allá de lo evidente, como diría el buen León-O.

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Todo empezó con Lena Dunham

No sólo lo viejo ha regresado a mí. También desperté un gusto por la aventura de la compra de lo desconocido, y ahí es donde encuentro otro de los riesgos que aderezan la vida del prospector: en el mundo digital no accedemos a nada más que a un archivo, pero si compramos una película, un cómic, un libro, un CD musical, somos dueños incluso de sus texturas y sus olores, y de ellos podemos desprender invocaciones y epifanías, encuentros fortuitos, relaciones vitales y, por supuesto, profundas decepciones.

Así llegué a The National, un grupo que hasta hace poco era totalmente desconocido para mí. Tras mi feliz reencuentro con los Red Hot Chili Peppers, entro a la zona musical de Mixup más seguido. En algún vistazo rápido me encontré con su mirada: ya había escuchado una de sus canciones hace un par de años, cuando aún disfrutaba de las bondades de la televisión por cable (otro de los desterrados por la invasión digital), pero no fue hasta hace dos meses que reparé en ellos de manera por demás elaborada: buscando series nuevas para distraerme encontré una llamada Girls, creada por una chica llamada Lena Dunham. Me pareció en extremo simpática y divertida(la serie no tanto, aunque tenía momentos), por lo que busqué diversos contenidos sobre ella, entre los que destacaba su participación como conductora invitada de SNL. Ahí, le tocó presentar a la variedad musical, un grupo de hombres de triste aspecto, bien vestidos y mal rasurados; tocaron una canción que en poco tiempo se volvió en una compañera tanto como una obsesión.

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Supe que ese disco tenía ya un par de años circulando así que fui a la tienda de discos con pocas esperanzas. Para mi fortuna, el álbum estaba ahí, más barato que una película del Studio Ghibli. Mis ojos se toparon con el de la fotografía de Bohyun Yoon, hipnotizándome. Por menos de 150 pesos pude llevarme a casa y escuchar las trece canciones que sugieren una vida perdida y reencontrada (y de la que escribiré próximamente), mientras disfrutaba el librito que traía consigo, admirando las pinturas y las letras que el material compartía. La experiencia del placer melómano es difícil de describir, pero fácil de recordar.

 Solazarnos con nuestras adquisiciones puede parecer trivial y ominoso en una época de carencias y desigualdades, pero en esos pequeños triunfos radican los alicientes que nos permiten salir a enfrentarnos a la vorágine del mundo; con las historias que encontramos y compartimos con nuestras cosas, nuestros libros y música, nuestros amigos y amantes. Los compañeros de nuestra vida llegan a ella de muy diversas maneras: a veces muy temprano, a veces demasiado tarde. Pero siempre, si se vuelven parte de nosotros, nos acompañarán hasta el final del tiempo.

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Monstruos

Susana Vera

@Susarlt

 

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Nunca he creído en los monstruos. Cuando era pequeña nada me daba miedo además de que mi mamá se fuera y no regresara, pero todos los niños temen eso. Solía jugar por la noche en medio de las plantas y árboles que hay en la casa de mis papás. Inventaba historias y tenía muchos “amigos”, todos ellos producto de la imaginación fértil de la niñez, la cual no se limitaba al ser yo hija única y habitar un hogar que por esos tiempos me parecía enorme e interminable: recorrerla era una aventura cada día, siempre encontraba un rincón para explorar. Todos los días había diferentes pistas para unir y un nuevo misterio por resolver se daba lugar a cada momento.

            Como decía, nunca creí que los monstruos existieran, aunque debo admitir que gracias a una de mis niñeras El coco me asustaba algunas veces, sobre todo cuando comenzaba a caer la noche, a pesar de que en mi mente no tenía una imagen clara de cómo lucía; cuando a mitad de la noche dejaba la tibieza de mi cama para ir al baño y caminaba lento, tropezando con las pilas de libros que mi papá aún tiene sobre el piso de toda la casa, entre la penumbra solía sentir la mirada de alguien siguiendo mis torpes movimientos. Estaba segura de que El coco aparecería en cualquier momento y me llevaría con él, entonces jamás me atrevía a voltear la mirada, él estaba detrás de mí y si echaba un vistazo, por breve que éste fuera, le daría fuerza para lastimarme.

            Cuando fui más grande ya había aprendido de memoria el camino al baño y no era necesario que intentara ver entre la semioscuridad por donde iba. En cuanto salía de mi habitación cerraba los ojos muy fuerte y la memoria hacía el resto; al llegar al baño encendía la luz y podía abrir los ojos sin temor. Cuando iba de regreso el mismo ritual ocurría, pero sólo al llegar a mi cama y envolverme en la calidez de las cobijas me sentía a salvo.

            No recuerdo cómo pase de niña a la odiosa adolescente que fui hace unos años, mucho menos viene a mi memoria cómo fui cobrando conciencia y me volví la adulta que soy ahora. El tiempo avanzó rápido y con tristeza me doy cuenta de cómo dejé pasar muchas cosas sin valorar su significado y su peso en mi existencia.

            Hace unas semanas, mientras peinaba mi cabello, escuché un fuerte ruido dentro dl librero (un mueble con paredes y puertas de metal). De inicio pensé que había dejado mal acomodados los libros y que la gravedad había hecho su trabajo, así que no le tomé mucha importancia. Después, una noche, un golpe fuerte me hizo salir del sueño, sé que me quedé despierta un rato porque el vaso con agua que pongo junto a la cama antes de irme a dormir estaba vacío, debí beber toda el agua y no lo recuerdo porque mi conciencia estaba más cerca del mundo onírico que de la realidad.

            Ese mismo día, ya de mañana, encontré la puerta del librero abierta. Lo más probable es que la noche anterior olvidara cerrarlo con llave. Me sorprendió encontrar mi libro favorito fuera de su lugar, salido hasta la mitad de entre la perfecta fila de libros que lo acompañaba. Con emoción lo tomé y lo leí sin detenerme. Recordé que mis papás me lo regalaron cuando salí de 3° de primaria, lo envolvieron en un papel rojo que tenía por adornos unos corazones blancos. No olvido que abrí con cuidado el regalo, vigilando no romper la envoltura y más tarde la usé para forrar un cuaderno que terminó por convertirse en una especie de diario que al mismo tiempo contenía notas de ficción.

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            El libro era El Principito. Quizás sea infantil decir que es mi libro favorito, pero así es. Pasados algunos días, volví a escuchar un ruido dentro del librero, me acerqué y encontré otra vez el mismo libro fuera de su lugar. Esta vez lo leí en voz alta, como si le estuviera leyendo a la niña que solía jugar de noche en la casa de enormes dimensiones y árboles. Al terminar la lectura me di cuenta de que en algún punto la imaginación dejó de construir mundos en los que todo era posible y donde yo podía ser feliz. Fue en ese momento en el que supe que me había convertido en una adulta aburrida y rutinaria (¿acaso hay otra forma de ser adulto?).

            Después de esa noche, de nueva cuenta comencé a mirar el mundo con los ojos infantiles de siete años. La imaginación comenzó a trabajar y mis amigos imaginarios vinieron de visita a mi nueva casa. Es curioso: ellos siguen siendo niños y me dicen que mi cuerpo cambió, que mi voz es diferente, pero de alguna manera con ellos siento que el tiempo no ha pasado.

El último mes de mi vida ha sido el mejor de todos desde que era pequeña. Mis antiguos amigos se han encargado de regresarme la alegría. Hace dos semanas que no voy al trabajo y siento que poco a poco he dejado de ser adulta, he ido olvidando qué es la responsabilidad y lo cotidiano. Lo primero que transformé de mi casa fue el interior, compré muchos juguetes y la comida sana fue reemplazada por dulces, eso es lo que mis amigos me pidieron y como se han portado tan bien conmigo debo complacerlos. Cuando estoy con mis amigos no necesito nada, ni siquiera comer o dormir.

            Me pregunto si todo lo que tenía cuando era niña regresará a hora, no solo me refiero a mis amigos, sino también a mis temores. ¿Será posible que El coco venga de nuevo? No importa, estoy con mis amigos y nada me puede pasar a su lado, lo malo es que ahorita salieron a jugar y no me llevaron.

            Ojalá no me hubiera comido la última dona de chocolate, mis amigos se enojaron porque no la compartí y me dejaron sola en la casa, como castigo. Quisiera que ya regresaran porque hace unos minutos escuché de nuevo golpes dentro del librero. No creo que un libro se haya caído porque está vacío. Mis amigos al ver mis aburridos libros dijeron que debía tirarlos a la basura y quedarme sólo con uno. Así lo hice y sólo resguardé El Principito.

            Tengo miedo de levantarme del sillón, el ruido comienza a escucharse fuerte. Parece que alguien está dentro del librero y lucha por salir, incluso puedo ver, desde aquí, como comienza a doblarse el metal de las paredes del mueble. No sé qué es lo que está ahí, pero parece que está muy enojado, ojalá no pueda salir. Espero que mis amigos regresen pronto para que juntos podamos defendernos de aquello que intenta escapar del librero. Repito: nunca he creído en los monstruos pero, cuando era niña, El coco me daba miedo.

 

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