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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

noviembre 2014

Los zapatos de India Stoker

entrada lepisma susana stoker

Alguna vez, alguien me dijo que el cine de arte no le gustaba tanto. Pidió que le dijera uno o varios nombres de filmes que estuvieran libres de escenas cargadas de sexo. Apuntó que muchas de las veces sólo aparece la sensualidad remarcada con suavidad, pero que aún en esos casos podría decirse que hay sexo en la mayoría de las películas.
Aquel día quise ir a la cama antes, me encontraba sola en casa y el porno barato y mal grabado que había encontrado en Internet no había cumplido ninguna de mis expectativas, es decir, no me provocó nada y tampoco hizo que me durmiera de aburrimiento.Decidí a encender el televisor. Aparecieron las imágenes de una absurda película cuyo final son dos explosiones simultáneas: la de un hombre manejando su auto y la de la casa que ese mismo hombre acababa de incendiar, así termina, con fuego por todos lados. Los créditos comenzaron a enfilarse en la pantalla.
Comenzó todo con imágenes pausadas, una chica caminando en la carretera y el viento recorriendo su cuerpo delgado, su cabello negro, sus labios. Close-up a sus ojos, a su sonrisa. Puse especial atención en unas pequeñas flores blancas con manchas rojas que se movían con el viento.
Stoker (2013) es el título de la película que me hizo olvidar que era tarde y debía dormir para recuperar las fuerzas que la vida ha drenado de mí. El monólogo que abre la escena es bello no sólo por las imágenes que lo acompañan, sino también por ser una reflexión en torno a lo que implica madurar, en el sentido más apegado a la naturaleza que se puede, es decir, estar listo el cuerpo para ser algo nuevo que se enfrenta con la hostilidad del mundo.
El mencionado monólogo no sólo sirve de indicio para la trama sino que también es la perfecta descripción de lo que conforma a la protagonista en todos los sentidos:

Mis oídos oyen cosas que otros no pueden oír. Cosas pequeñas y distantes que la gente normalmente no ve son visibles para mí. Estos sentidos son el fruto de toda una vida de añorar, añorar ser recatada, ser completada. Así como una falda necesita el viento para abombarse, no estoy hecha de cosas que me pertenecen sólo a mí: uso el cinturón de mi padre alrededor de la blusa de mi madre… estos zapatos son de mi tío.
Esta soy yo.
De la misma forma que una flor no elige su color, no somos responsables de aquello en lo que nos convertimos. Sólo cuando nos damos cuenta de esto alcanzamos la libertad. Ser adulto es ser libre.

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Hasta aquí, querido lector se preguntará qué tiene que ver esta película con la Lujuria, tema que se pretende explorar durante estas semanas en el blog de Lepisma. Si tomamos la palabra en su segunda acepción, es decir, no como el deseo o actividad sexual exacerbada, sino más bien como la abundancia de cosas que se encargan de estimular los sentidos, es posible pensar que una de esas cosas estimulantes es el cine, por lo menos para una servidora.

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Así, regresando a la anécdota con la que abrí este texto, continuo diciendo que aquella noche en la que nada había alcanzado a estimular en lo más mínimo ninguno de mis sentidos, me encontré sorpresivamente con la historia de India (Mia Wasikowska), una joven que acaba de cumplir dieciocho años y comienza a despertar a la vida, a su cuerpo y a su mente. Es un personaje cuya personalidad fuerte es desgarradora desde el inicio, sin embargo hay un elemento que viene a descontrolarla por completo, no sólo con su encanto, sino también con una personalidad igual de imponente y abrumadora. Charlie (Matthew Goode) se introduce en la vida de la joven y en la de su madre Evelyn (Nicole Kidman).
Como es de esperarse, una especie de triángulo amatorio comienza a tomar forma. Es evidente la atracción que Charlie tiene por su sobrina, una atracción que parece ir más allá de lo físico, pero que no le es revelada al espectador hasta ya casi el final de la historia. Dosificadamente van apareciendo indicios de la verdadera naturaleza de Charlie, este espécimen magnífico cuya tarea es ser el guía en el viaje que India está a punto de embarcarse. La madre de India, al descubrir la atracción entre tío y sobrina no hace más que decir a su hija todo lo que un padre, en realidad, piensa en algún momento de su vida:

¿Sabes? Con frecuencia me he preguntado por qué tenemos hijos. Y la conclusión l que he llegado es que… en algún momento de nuestras vidas nos damos cuenta de que todo está arruinado, sin remedio. Así que decidimos comenzar de nuevo y tenemos hijos, pequeñas copias al carbón a quienes podemos decir: “tú harás lo que yo no pude hacer”. “Tendrás éxito en donde yo fallé”. Porque queremos que alguien lo haga bien esta vez, pero no yo. En lo personal, no puedo esperar a ver cómo la vida te destroza.

Hasta aquí también se preguntará usted, estimado lector, si es cierta la sentencia que mi amigo dijo sobre las películas de arte y su relación con el sexo. Primero debo confesar que no sé si Stoker alcance dicha clasificación –aunque admito que el guion y la fotografía son admirables, desde mi punto de vista–; segundo, efectivamente, aquí hay escenas cargadas de erotismo, sin embargo no podría decir que son pornográficas, es más, ni a la clasificación de sexuales pudieran llegan. Todo es mostrado desde la perspectiva oscura que el deseo puede alcanzar. Y es que la tensión sexual entre India y Charlie aumenta a cada minuto del filme, sin embargo uno de los momentos en que consigue la culminación es cuando ambos están interpretando una pieza en el piano e India experimenta por primera vez un orgasmo. Su sensibilidad frente al arte y el mundo en general –pues desde el inicio ella misma afirma que su percepción de la realidad va más allá de la que una persona común y corriente tiene, recordemos el monólogo ya citado– hacen que esta sublimación del deseo busque otras fronteras.
Finalmente, India descubre que la extraña fascinación que siente por su tío Charlie se justifica no sólo por los lazos sanguíneos que los unen, sino que también él posee la misma sensibilidad frente a la realidad. Él la ayuda a encontrar tanto el camino de la sexualidad, pues hay un momento en el que después de haber asesinado, entre los dos, a un compañero de escuela de India, ella se masturba en la ducha pensando en cada detalle de esa imagen en la que se ve a sí misma mirando directamente a los ojos azules de su tío al mismo tiempo que apresa a su compañero hasta que éste expira; como el camino de la vida y sus instintos.
Así, esta película se encarga de mostrar el proceso de maduración que India lleva a cabo. Sus zapatos son el hilo conductor para literalmente conocer cada uno de los pasos que ha ido dando a lo largo de dieciocho años. En el camino tanto ella como el espectador encuentra sorpresas esperadas, pero a fin de cuentas su último par de zapatos y una pequeña araña que aparece junto con el tío Charlie son la clave para entender de qué manera cambia.

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Querido lector, si esperaba que le contara mis deseos más profundos esta vez, diré que no siempre nos deleita tanto los sentidos una imagen totalmente clara y sin tapujos. El deseo, la lujuria y la pasión también se alimentan de las cosas que se mantienen ocultas en las miradas, en los roces de la piel, en el calor del aliento sobre el oído al ser contado un secreto, pero sobre todo, en mirar desde lo lejos a los otros –entiéndase que aquellos que vemos películas somos voyeristas por naturaleza–. Creo que esta película muestra todas estas facetas del deseo y sus variantes, en lo particular, puedo decir que encontré más placer al mirar este filme en la madrugada que en los monorrítmicos movimientos de dos chicas masturbándose, la una a la otra, en un video colgado en alguna de esas páginas que usted, querido lector, visita.

Trailer de la película

Susana Vera
Twitter: @susarlt

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Reglas de tres

Una noche, hace varios años, caminé por el pasillo oscuro de una pequeña vecindad. Me detuve en una puerta ya conocida, toqué y el amante en turno de aquella época abrió y me invitó a pasar a su cuarto. Ahí nos esperaba un muchacho acostado en la cama, vestido sólo con bóxers. Miraba la televisión y cuando entramos se incorporó, saludó con una sonrisa y fue bajándose lentamente la única prenda que tenía. Su ropa interior se deslizó como mantequilla sobre un pan. El delicioso aroma de su obelisco nos inundó. Miré al amante en turno, que era mi homónimo, y también se desvistió con suavidad. Dio unos pasos y se hundió en la cama. Sonreímos los tres.

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Es noche descubrí la dinámica de los tríos. Aprendí sobre la marcha el delicado balance que se necesita para no estropear el encuentro de tres deseos. En ese caso mi amante consiguió al otro y en cierto modo los tres éramos desconocidos. A homónimo lo había visitado un par de ocasiones, pero sólo nos recuerdo tirados en su cama, devorándonos. No sabía nada más de él.
En todo caso, cuando cada miembro del trío conoce poco del otro, existe una libertad que debe ser usada con sabiduría. Concentrarse demasiado en un solo cuerpo puede acarrear la disolución de todo. Es como una buena conversación: nadie puede brillar demasiado y nadie puede guardar silencio por largo tiempo. Lo aprendí cuando homónimo nos miró con hambre: habíamos tardado demasiado besándonos, poniéndonos a horcajadas uno sobre el otro. Miré a homónimo y ahí estaba solo, dolorosamente erecto en una esquina de la cama. Me arrojé sobre él y pudo ingresar de nuevo a la dinámica.
Un trío necesita cortesía y el deseo equitativos; son básicos para que todo llegue a buen puerto. Recuerdo que en esa ocasión, nadie se había podido desfogar adecuadamente; al final, me acosté entre los dos y sin palabras se arrodillaron a mi derecha y a mi izquierda. Comenzamos a trabajar en el placer. Los jadeos se aceleraron en diferentes momentos, y como un coro, nos volcamos sobre mí.

Otro día hubo un segundo trío. Los tres, de nuevo, apenas si nos conocíamos. Pero las cosas funcionaron de forma distinta. Uno de los integrantes estaba reticente, parecía asustado, como si no supiera que iba a pasar. Primero jugamos verdad o reto, con un previo acuerdo que suprimía las verdades y sólo dejaba los retos. Primero una ronda de titilante desnudez: un cinturón, una camisa, una trusa. Cada cual se quitaba la piel falsa del textil bajo mandato del otro. Los tres nos quedamos desnudos. Después otra ronda: una boca sobre la mía, mi mano sobre un sexo, un sexo dentro de alguien. Un gemido, un jadeo, un movimiento de tres. De pronto, el chico no quiso seguir. Nos pidió que nos besáramos, lo hicimos, pidió un 69 y lo tuvo. Ya ahí fue donde las cosas se torcieron. Mientras nos anudábamos como serpientes vi que comenzó a masturbarse. Mi compañero se despegó de mí y le dijo: “no te estamos haciendo un video wey, ven”. Lo acostó, abrió sus muslos a besos y mordiscos y entró en él con furia. Yo reptaba entre los dos, oliendo el sudor de sus espaldas, lamiendo los brazos, mordiendo los dedos, reclamando labios y manos libres. Al final, el reticente se vino y yo fui acostado. Mientras el otro balanceaba sus caderas y mordía mi cuello, el reticente nos miraba tratando de despertar su erección en una esquina de la cama.
Las cosas no funcionaron porque uno de los integrantes trató de controlar a los demás. Cuando se hace con desconocidos, todos necesitan comprometerse y formar parte del acto. Si alguien se desprende y quiere fungir como voyeur, el delicado equilibrio se viene abajo y se está haciendo cualquier otra cosa menos un trío. Porque en general la dinámica de estos encuentros depende de la repartición justa del mando y la sumisión. Ser esclavo y amo al mismo tiempo.

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El último trío es el que más recuerdo, porque la estrategia fue indispensable para evitar tormentas. Aquella madrugada (la noche, siempre la noche) conocí a una pareja: Cástor y Pólux. Hombres tranquilos, trabajadores, sin ánimos de impresionar. Los encontré en una página de citas. Desde el principio establecimos las leyes de los encuentros: No podíamos trabar rudo combate por separado, no podíamos vernos fuera de su casa, no estaban buscando un tercero en su relación, yo sería bienvenido siempre que quisiera.
Vimos unos capítulos de Mazinger Z mientras cenábamos. Después, una película de artes marciales en la computadora. Tenían un colchón enorme donde nadábamos los tres. Ahí, en ese mar de mantas nos quedamos dormidos. En alguna hora que no recuerdo, sentí una mano en la espalda, acariciando. Después una boca en el cuello. Giré la cara para encontrarla. El beso despertó a Pólux, que dormía junto a Cástor y dijo “ven”. Cástor se levantó y me introdujo entre los dos. Fue caer en una tormenta de carne. La pareja se cerró sobre mí, lamiendo, empujando su erección, tocándome y tocándose, como si lograran atravesar el cuerpo para encontrarse en algún punto de mis entrañas. Sensaciones por todos lados, no sabía en qué parte de su cuerpo concentrarme y simplemente dejé que hicieran. Cuando la tormenta amainó, le pedí a Cástor que besara a Pólux, luego pedí una boca sobre mi sexo y otra sobre la mía. Aceptaron. Después me hinqué y ambos me siguieron. Les sugerí un beso de tres, sugerí que cogiéramos sobre Cástor, luego sobre Pólux. De pronto, me di cuenta que si se es nuevo entre una pareja, te vuelves una especie de amante doble, y puede sugerir y pedir, con cierta contención, que la pareja cumplan posturas y pequeñas fantasías. Después de varios años ya saben donde tocar al otro, conocen su olor, la textura de su saliva, el sabor del su semen. Al entrar en esa dinámica el tercero se vuelve un obscuro objeto de deseo. Los participantes esperan renovación, sorpresas, y están dispuestos a obedecer y complacer. Sin embargo, hay que tener cuidado en no entrometerse demasiado, besar el tiempo justo, penetrar con el deseo repartido, tratar de volcarse fuera de cualquiera, a menos que lo pidan; porque la más leve muestra de favoritismo podría acarrear el fin.
Al día siguiente me llevaron el desayuno a la cama, y observé desde un rincón como liberaban su eterno erotismo matutino. Me sentí frente a una pecera, estudiando la intimidad de dos especies ajenas y a la vez familiares.
Los tríos son como una primera vez otra vez porque muestran una nueva forma de ver el mundo y entender el cuerpo y el erotismo. El sexo en grupo es muy aleccionador.

Iván Partida

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¡Buscamos imágenes lujuriosas!

Universidad Veracruzana
Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias
Maestría en Literatura Mexicana
Lepisma. Creación y crítica literaria

CONVOCAN

A diseñadores, ilustradores, fotógrafos artistas plásticos y visuales al concurso “Lujuria en una imagen”, cuyos ganadores formarán parte del segundo número de la revista Lepisma: Lujuria.

lujuria para concurso

MECÁNICA DEL CONCURSO:
1-Los interesados deben subir la foto o imagen con la cual deseen participar al muro de Facebook de la revista Lepisma. Creación y crítica literaria
2-Sólo se aceptará una foto por participante.
3- A la imagen deben agregarse nombre del autor, nombre de la imagen o foto, correo de contacto y de twitter (sólo en caso de tener una cuenta). Las imágenes o fotos deben ser originales e inéditas y deberán tener un mínimo de resolución 300 dpi, en formato jpg.

DE LOS GANADORES
Un jurado calificador determinará las cinco mejores fotos. Los ganadores se harán acreedores a un paquete de libros, constancia de participación y pasarán a la final para determinar la imagen de portada del número Lepisma: Lujuria (Las cinco fotos ganadoras serán incluidas en la publicación).
Cinco ganadores más serán determinados por el número de likes que consigan durante el lapso de tiempo que dure la convocatoria. Los ganadores se harán acreedores a un paquete de libros, constancia de participación y publicación en el mismo número. Sólo serán tomados en cuenta los likes que se den en la página de facebook de Lepisma.
La convocatoria queda abierta desde la aparición de esta convocatoria hasta el 15 de diciembre de 2014.Los ganadores se darán a conocer públicamente el 20 de diciembre del 2014.
Cualquier duda, comentario o cuestión no considerada en esta convocatoria puede dirigirse al comité organizador en el correo electrónico lepisma@uv.mx, en twitter en @RevistaLepisma o en Facebook en facebook.com/lepismarevista

Las putas de nuestro corazón

Las prostitutas
Ángeles de la Guarda
de las tímidas vírgenes:
ellas detienen la embestida
de los demonios y sobre el burdel
se levantan las casas de cristal
donde sueñan las niñas

José Juan Tablada

Tenía diecisiete años. En un arranque de complicidad, tomamos un camión y llegamos al Dandy’s Men’s Club. Uno de mis amigos estaba enfermo del peor de los males adolescentes: tenía el corazón roto. Decía Mark Twain que todos los males del hombre comienzan con el primer amor, después de eso todo es decadencia; se conoce de una vez y para siempre el placer, la gloria y el dolor. Fue la primera vez que visité un table dance y fue la primera vez que sentí el peso del pecado en mi cuerpo, no porque no me hubiese excitado en otras ocasiones, con la pornografía, con los primeros roces cuerpo a cuerpo, carne a carne, sexo a sexo con mis compañeras de la prepa; sentí el peso del pecado porque tenía en mi conciencia la noción de lo inmoral, de la prostituta como el camino directo al escarnio público, a la destrucción del alma, al infierno. Un escalofrío recorrió mi espalda, llegó a mi cuello y casi me hace perder la razón cuando los labios de la dama se acercaron a mi oreja por primera vez, olía a perfume celestial, a esencia de nubes y sol… Sus labios expulsaron aquellas palabras, que aún entre sueños escucho, “Me llamo Esmeralda, papi, y estoy para servirte”… Después, el silencio, su voz había alimentado mi cuerpo, el cerebro mandaba señales caóticas, el corazón no dejaba de avivar la llama que crecía en mi rostro y bajaba hasta la entrepierna. Y luego, nada, tenía diecisiete años; el otro amigo nos gritó que no nos alcanzaba para comprar una botella, ni siquiera una chela. Esmeralda me miró decepcionada y sólo me regaló un beso en la mejilla que me alcanzó para varios días de masturbación inocente.

Santa (1932)
Santa (1932)

Ocho años después, el señor M., mi compañero de juergas, sufrió la peor de las enfermedades del joven adulto moderno: tenía el corazón roto; aquella mujer de la que se enamoró no alcanzaba a observar más allá de la barrera de la amistad, de la frontera del favor a cambio de un manoseo furtivo, de una nalgada pueril y un “jiji” provocador. Esa noche, el señor M. había confesado un sentimiento más profundo, un deseo más allá de la carne. Imbécil. El silencio era su único aliado y lo sacrificó para nada. Ya habíamos ido en otras ocasiones al Éxxxtasis, ya no sentía el peso del pecado en mis hombros, los tables se volvieron parte de mi vida, un lugar en el que podía estar y ser, no el que finges cada día en la oficina o frente a tus alumnos, me refiero a un ser más autentico, más parecido a como debería pintárseme en un retrato. Sin embargo, esta visita era diferente, el cadenero lo supo y dio sus condolencias al señor M., los meseros lo supieron y nos pusieron portavasos de cortesía, las chicas, santas sin velo, lo supieron y lo arroparon como Dido a Eneas. El señor M. conservaba su mirada perdida en el vacío, sus ojos llorosos y semblante decadente; no hablábamos, no había necesidad. Entre las sombras, con una canción de los Black Eyed Peas de fondo, apareció Violeta, santa sin velo y sin hábito. Después de varias visitas, El señor M., como buen Herodes, le ofreció la cabeza del profeta y, si quería, la de todos los bautizados. Fuimos varias veces más, pero lo único que mi amigo consiguió fue su número de teléfono y un no te enamores de mí, yo no puedo enamorarme de nadie: otra vez tenía el corazón roto.

Me gustaba ir solo al Exxxtasis, tomarme unas copas, observar el show de la carne que se desarrollaba frente a mis ojos. No sólo el desfile de las bellezas danzantes, artistas de la seducción, sino a las lenguas y los cuellos, a las nalgas y los penes en los pequeños sillones de cuero, al ritual que le exigía Manuel M. Flores a Mercedes, su puta, en aquel viejo poema:

¡Qué bella estás, Mercedes! ¡Me sofoca
el vértigo letal de las delicias,
tus besos de mujer queman mi boca,
la angustia del placer son tus caricias!

No voy a mentir, que ya muchas mentiras he dicho en las clases de literatura, también participaba y me divertía y me emocionaba estar ahí, viviendo en un lugar donde se me aseguraba un espacio en el infierno. A veces, harto, cansado de que los días grises de Toluca sólo siguieran pasando, me limitaba a platicar con las chicas. Es más, llegué a ser tan familiar para ellas, que ya me decían el profe y se sentaban a mi lado, a veces a cambio de una copa pequeña que tardaban hasta dos horas en tomarse. No hay chamba, profe, cuénteme un cuento, recíteme un poema, cómo son sus alumnos, dónde va a ir en navidad.
Una vez, Alexis llegó a sentarse junto a mí y me invitó un par de cervezas a cambio de que dijera que estaba con ella, pichándole tragos, seduciéndola, pues un viejillo patán a huevo la quería llevar a un privado, pero era un pequeño ser asqueroso, un Carajo que se había escapado de las ficciones de Revueltas. Evidentemente accedí, estuvimos largo rato hablando de su familia que se encontraba en Michoacán; de sus estudios en Comunicaciones; de sus dos niños y de lo cercano que estaban los Reyes Magos, no me gustan las pistolas de juguete, me dijo, pueden confundir a los niños; de los dos padres de sus críos que ofrecieron todo pero que desaparecieron sólo así, sólo como si nada; de su sueño de bailar un día en un table de Mazatlán. Es curioso, porque cuando la volví a ver, fue en el noticiero matutino, estaba en una manifestación en el Distrito: les habían cerrado los tables del DF y del Estado de México, que todas eran obligadas a ejercer su profesión, que eran víctimas de la lascivia de un mundo inmoral… Puro argumento moralino de las hipócritas hermanas de la caridad que dirigen las buenas conciencias de este país de máscaras éticas. No hubo el apoyo de ningún sindicato ni de asociaciones civiles… Nadie apoyo su causa.

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Julián Herbert, en su novela Canción de tumba (2011), cuenta las vicisitudes de la madre por el camino de la prostitución: lo que tiene que observar un infante; las abyecciones de un mundo que no sólo abusa de ellas, sino que además las juzga, la condena que sufre desde el torremarfilismo de la moral docta del buen cristiano. Aún así, Herbert no deja de manifestar a lo largo de las páginas, que hay algo auténtico, vital, honorable en ese mundo que queremos soterrar sólo porque no lo comprendemos, sólo porque lo juzgamos desde el prejuicio.
Para la mayoría de la gente es más fácil pretender desaparecer el problema. No se puede negar, ni obviar, que la trata de personas por causas de prostitución es una terrible verdad que azota, sobre todo, a los países más pobres. Destruir el mundo de la prostitución, eliminarlo sin un análisis sustancial, no va a detener éste ni otros problemas relacionados: se condena a las prostitutas (os) a un mundo ilegal, al submundo del comercio ilícito, que se fortalece ante una sola línea de oferta y demanda que sólo pueden cubrir los traficantes. Decidimos verlo todo en blanco y negro, en bueno y malo, cuando hay una serie de matices que están más allá de la tajante etiquetación moral. Se necesitan regulaciones, protección a la mujer (y al hombre) que decide dedicarse a la prostitución, respeto a una profesión que por considerarla inmoral no es menos digna y honorable.

entrada costeño 1
En fin, después de que le rompieran el corazón al Señor M., bebimos hasta las seis de la mañana del siguiente día. Recuerdo que las últimas canciones que escuchamos fueron “Maldito sea tu nombre” de los Ángeles del infierno y “Vendedora de caricias” del Panteón Rococó; entonces comprendí que se trataba de algo más, que la “modernidad” o “posmodernidad” o como su gana se les dé llamarlo, no había superado en nada a los hombres de otros tiempos, que siempre estaremos hermanados con los Dumas, los Vargas Llosa, los Kawabata, los Baudelaire, los Darío, los Maupassant, los Tablada, los Benedetti, los Sabines y todos aquellos que le hayan cantado una vez, una sola vez a las putas que se han quedado en nuestro corazón, como el humus para el amor socialmente aceptado. Pues como dice el Enano de Pär Lagerkvist:

El amor es algo que muere y cuando muere se pudre, pero puede servir de humus para un nuevo amor. De modo que aquel amor ya muerto continúa viviendo una vida secreta en el nuevo amor, y así nos hallamos con que el amor es inmortal.

Bienaventuradas las pobres en espíritu porque de ellas será el reino de los cielos…

Alejandro Solano Villanueva

Posed with nothing on except the radio

En casi todas las sociedades, escribió Bertrand Russell, el filósofo inglés, ha prevalecido respecto a las cuestiones sexuales, una actitud contradictoria. El amor (esa metafísica del cuerpo femenino), es prácticamente el tema principal de la poesía, las artes, la vida íntima de la polis; aunque ningún sistema ideológico o económico contemporáneos lo integraría dentro de sus prioridades. He aquí un hecho verdadero: las palabras de Russel sobre la libertad sexual nos suenan tan conservadoras, como a él mismo le pareció la sociedad victoriana. Justo allí, donde se denuncia una contrariedad  moral, lo que existe es una contrariedad de la voluntad. La libertad de amar, para ser libertad, debió estar unida al deseo del cuerpo.

Sin abusar de las licencias literarias, presentaré como si fueran primicias —puesto que curiosamente, las imágenes son todas identificables— tres fotografías, herencia de una época, cuando la mujer no eran sólo el boom del mercado, sino la belleza de la línea o la cultura de la democracia. Las palabras de Plauto no se equivocan: Pulchra mulier nuda erit quam pulcrata pulchrior (una mujer desnuda es más bella, que vestida con el lino más fino).

***

Nos ha quedado una imagen de ella desnuda, pero no una de ella despeinada. Conocemos la historia de las fotografías. Edward, llena de ternura repito tu nombre, pues pronunciarlo, de algún modo, me acerca a ti en esta noche en que me encuentro sola, recordando… a veces temo no soportar un placer tan grande. Tina Modotti (1896-1942) se encuentra recostada en el techo del departamento de Edward Weston (1886-1958), durante alguno de sus encuentros amorosos hacia 1924.

Tina Modotti (1924)
Tina Modotti (1924)

Weston había conocido a “Tinísima” en Los Ángeles, un par de años previos a su arribo a México, previo al comunismo, previo a la afectación cardíaca que terminará con la vida de Tina a bordo de un taxi. Esto no ha sucedido aún, pero nos ha quedado esta imagen de ella que revela detalles vitales. Si, embriagarse de deseo, anhelar satisfacerlo y al mismo tiempo temerlo, postergarlo, tal vez sea la forma más sublime del amor. Weston no era ni amante ni pervertido, sino contrarevolucionario y místico.

Tina Modotti (1924)
Tina Modotti (1924)

En algunas fotos de Weston podemos encontrar las relaciones ocultas entre sexo & cine (ella había sido actriz de cine mudo; él, productor asociado); asimismo entre sexo & celos (Lupe Marin acusaría en público a Tina de ser la amante de Diego Rivera). No es fortuito que el fotógrafo la reproduzca siempre tumbada en el suelo, los ojos cerrados, el cuerpo arqueado que parece apenas soportar el sopor de la tarde. Tina me ha llamado a su habitación, nuestros labios se han encontrado por primera vez desde Año Nuevo. Ni una mirada, ni una sonrisa: profunda melancolía.

En diciembre de 1924 Weston vuelve a Estados Unidos. Si pudieras no regresar. Tú me conoces, yo te conozco. ¿De qué sirven las palabras entre nosotros dos? Ninguna otra imagen de Tina retrata de forma tan profunda su relación con México: la impostura telúrica de quien ha nacido para el vuelo. Ningún otro México podría haber retratado su relación con Weston.

Tina Modotti (1924)
Tina Modotti (1924)

Diego Armando Lima Martínez

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