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carlos LorenzoCarlos Lorenzo Hernández Muñoz

 

Es difícil hablar de ti porque, como dice tu padre, apenas comenzabas a ser.
Cuando le dijiste que querías ingresar a la Normal Rural de Ayotzinapa, él sólo alcanzó a preguntarte si era en serio que querías estudiar. No vayas a salir con que a la mitad te casas, te dijo. Él nunca pisó un salón de clases, pero sabe que el tiempo no se recupera.
De él aprendiste el oficio de albañil. Con ese conocimiento meses antes de entrar a la Normal, cuando tu mamá enfermó, erigiste una barda de 240 metros de largo por cuatro de alto junto con tu hermano Juan Daniel. Tu papá me lo cuenta orgulloso y también que cuando llegó a la Normal a buscarte, encontró en tu mochila los novecientos pesos que te había mandado el día 15. A pesar de que ya era 27 y llevabas apenas horas de desaparecido, los encontró completitos. Así de responsable eres, me dice, y se angustia por no haber salido a buscarte ese mismo día, como si hubiera servido de algo, por haberse quedado a esperar los informes de la policía, sin saber que ellos mismos eran quienes te habían disparado. Y hasta aquí llegamos tu papá y yo, tenemos que cortarle, porque su llanto ya no le deja para nada más, ni el mío seguir escribiendo.
Ya sólo te voy a contar como vi a todos en tu casa ahora que los fui a visitar. Tu mamá está triste, pero no se le acaba la esperanza de volverte a ver; tus hermanos están enojados o así se muestran ante la impotencia de no saber quien se atrevió a hacerte eso ni por qué. Ellos, al igual que tu papá, no saben dónde más buscarte y quisieran desgarrarle el rostro a alguien para que confiese, pero saben que ellos no son capaces. Tu hermanita, Beatriz, de tres años, rápido se da cuenta de que hablo de ti y me pregunta si yo le llevé la muñeca que prometiste regalarle la última vez que hablaste con ella, para la que ahorrabas los 900 pesos, supongo. Todos nos quedamos callados.

Ernesto Castañeda


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César Manuel González Hernández

HOY, 2 DE JUNIO DE 2015, MARIO CÉSAR GONZÁLEZ E HILDA HERNÁNDEZ RIVERA ESTÁN EN Sao Paulo, Brasil, como parte de la caravana de los 43 por Sudamérica. Han pasado ocho meses. Su gesto revela, aún, la incredulidad de hallarse en ese viaje sin final discernible, como en el interior de un tren sin ventanas. Han llegado hasta allí juntos con la única certeza de recorrer el mismo vacío. “Hemos perdido la noción del tiempo”, declara Hilda Legideño, otra madre que los acompaña.
César Manuel, el hijo de Mario e Hilda, practica el muay thai. Tiene el abdomen marcado y su padre quiere regalarle una membresía para el gimnasio. También sabe montar; cuidaba a los caballos y les daba de comer, incluso coqueteó con la idea de ser charro. Pero con el mismo gusto practicaba el off road, un deporte automovilístico que consiste en conducir por caminos sin pavimento. Aunque idealmente el vehículo debe ser un todo-terreno, el equipo de César Manuel participaba con carcachas adaptadas. Siempre se mostraba optimista antes de las competiciones, que abandonó al partir hacia Ayotzinapa.
Los compañeros de César Manuel en la Normal dicen, sin fingir corrección política, que es desmadroso. Quizá por eso, en tres meses, ya contaba con tres apodos distintos: Panotla, Marinela y Tlaxcalita. El segundo se lo ganó por tomar la rienda de un camión levantado con producto, que el chofer de la empresa no quiso conducir. Su padre conoce este temperamento, pero lo que testimonia con asombro genuino es la inclinación que los diferencia. “Ya lo tenía en una universidad allá en Grajales, Puebla, ya lo tenía estudiando para ser licenciado. Se salió. Me dijo: ¿sabes qué, papá? A mí no me gusta la carrera ésa. Quiero ser maestro… Se lo juro que no tengo la menor idea por qué salió mi hijo así que quería ser maestro, por qué es muy diferente a mí. No comprendo”.
¿Se imaginaron don Mario y doña Hilda visitar alguna vez los países del sur? No así, obviamente, no en estas circunstancias. Antes de la noche de Iguala, don Mario trabajaba como hojalatero en la ciudad de Huamantla, en el estado de Tlaxcala. Quién sabe si volverá a su oficio algún día. Ganaba 670 pesos a la semana. Para muchas personas, este ingreso se escucharía muy lejos de ser un salario satisfactorio, pero después de sus primeras visitas a la Normal de Ayotzinapa, durante un mitin de vuelta en su estado, don Mario no pudo menos que expresar su perplejidad por lo que vio en Guerrero. “Es otro mundo, señores. Allí se ve de verdad el México al desnudo. Es un problema que desgraciadamente nosotros como tlaxcaltecas no conocemos, no tenemos ni la menor idea de cómo está ese tipo de problemas con el narcotráfico, con lo político… Allá sí es pobreza extrema”. Del dinero que ganaba, don Mario enviaba 200 a César Manuel y otros 200 a su hija Brenda, también normalista, ella en el plantel para mujeres de Panotla, en Tlaxcala.
César Manuel descubrió su vocación luego de dos años como asesor comunitario a través del Conafe, programa cuyo propósito es proveer educación a zonas marginadas. Se trata de un joven inquieto, sociable, esmerado en su arreglo personal. Hablan sus vecinos: “No es como con los muertos que uno dice: ‘ah, era muy bueno’. El muchacho en verdad era tranquilo, alegre, amable y sobre todo sabía hacer amigos, tenía deseos de superación. Por eso se fue, muy diferente a todos sus familiares”.
No, definitivamente no es como con lo muertos. Han pasado ocho meses, pero aún no es posible saber en qué tiempo verbal hablar de él. El pesimismo y el sentido común tienden a hablar en pasado, a la resignación de un modo de enunciar que en México muchas veces desemboca en el nunca haber sido. Pero quien desaparece habita aún nuestro presente, un estadio del ser que no sigue la secuencia ordenada para el ciclo. Algo que ya no se rige por el tiempo lineal, como se trasluce en las palabras de Hilda. Alguien cortó de tajo la vieja ordenanza: naces, creces, te reproduces, mueres.
¿Mueres? ¿De verdad has dejado de ser, César Manuel? ¿Tu ausencia es una máscara de la muerte o es el espacio del que surgen las nuevas formas de lo real? Quizá nunca te haya conocido, pero me queda claro que tú no te habrías detenido en el esfuerzo. Las pérdidas te habrían impulsado a seguir adelante. Quizá pensaste alguna vez que la vida no puede ser vencida tan fácilmente. Que la libertad es una enredadera que se adapta para sobrevivir. Y no: no se trata de la vieja idea del progreso, sino de la resistencia de ciertos valores que perviven a la espera de estallar, del mismo modo en que la vegetación acaba recuperando los espacios de concreto abandonados.
Hablar en pasado facilita el trabajo del poder. “La única arma que tenemos es un micrófono”, ha dicho don Mario en Sao Paulo. Pero si hemos llegado al punto en que ya no queremos escuchar, en que no hace falta ponerle mordaza a las palabras porque ya tenemos atrofiados los oídos, si el silencio es la única vía que nos parece posible para sobrevivir, entonces ya estamos derrotados, nuestra vida es y será una desbandada, y ni siquiera importará si la rueda de la fortuna algún día se pone de cabeza y acabamos siendo secretarios de educación o economía. Cualquier acto será tan falso como las líneas de un teleprompter.
“Ya nos los mató el gobierno tres veces”, dice don Mario. Una ocasión nos los entregó en las primeras fosas, quemados; en las segundas fosas, destazados; ahora nos los quieren entregar en cenizas”. El lenguaje no puede matarlos de nuevo. Si el pesimismo encarna el dolor del pasado y ensombrece el futuro, la vida, en cambio, ama el presente y se expresa en presente. Las palabras, primera línea de batalla de ese amor, han de ser hoy más que nunca una afirmación de ella. No sólo la vida de César Manuel y don Mario, también la de todos nosotros.
César Manuel es. No nos rendiremos.

Enrique Padilla

 

LA FOTO DEL HOJALATERO

Gracias por darme chamba, le juro que no se va a arrepentir. Mire: mientras reviso su troca, échele usted un ojo a esta foto. Ya está algo maltratada, pero eso no le quita lo bonita. No me acuerdo bien quién nos la tomó, lo que sí recuerdo es ese momento, como si lo estuviera viviendo. ¿Ya la vio? Estaba bien bonito mi chavo, ahí todavía tenía su mollerita perfumada. Si usted ha tenido bebés, me va a entender: yo le decía a mi esposa que me podría pasar toda la vida oliéndole la cabecita a mi hijo (y lo sigo diciendo). Pero bueno, él ahorita ya creció, ya es todo un hombre. Y es un tipazo de a de veras: un muchacho muy guasón que se llama César Manuel. Yo lo veo galancillo al chamaco. Ha de ser porque es mi hijo, ¿verdad? Le voy a decir una cosa —y no vaya usté a pensar que soy un creído—: yo digo que mi hijo es el mejor del mundo. Sí, se lo podría firmar. Orita le cuento por qué, nada más deje que le avise a mi mujer y a mi hija que ya llegué…
Ahora sí, le sigo contando. Termino de contarle y enseguida me pongo a trabajar, ¿le parece? Bueno, fíjese que yo metí a mi chilpayate a estudiar Derecho con la ayuda de mi hermano, pero el canijo nada más duró dos semestres. Lo que pasa es que el César anduvo en la Conafe dando clases por ai: en las sierras, en las comunidades. Fue entonces que encontró su vocación. Cuando vivíamos juntos, él me contaba sus aventuras; me dijo que una vez le ofreció comida una doñita de la sierra y que él no se la aceptó porque la vio muy pobrecita: le dio tristeza quitarle lo poco que ella tuviera. ¿Ya vio cómo sí es un tipazo mi hijo?
Un día de pronto llegó y me dijo: “¿Sabes qué, pa? Voy a ser maestro”. Y yo nada más me le quedé viendo y le dije: “Ay, mi’jo. Pero va a ser dinero gastado, ¿qué le voy a decir a tu tío?”. Hasta ahí se hubiera quedado, pero yo lo veía tan entusiasmado, tan llenito de esperanzas, que me ganó el cariño y terminé por decirle que sí, que si eso quería hacer, tenía todo mi apoyo. Y corriendito se puso a investigar sobre escuelas hasta que encontró Ayotzinapa. Luego se vino para acá desde Huamantla. ¡Imagínese! Todo porque no cobran nada y hasta les dan de comer a los muchachos. La mera verdad, yo sí me arrepiento de haberle dado permiso, pero ¿cómo me iba a imaginar que pasaría esto? César me contaba que por estos lares la gente es muy buena y ya vi que sí es cierto. Todo mundo me ofrece su casa, me presta herramientas para que chambee yo. ¡Y habría usted de verlos en las mañanas! A las siete en puntito ya están tocándome la puerta: “¡Don Mario! Véngase a echarse un taco”. Bien buenas gentes, así como usted. Todo este cariño es como un bálsamo, una cobija para el frío de la ausencia.
Ahora nada más me la vivo pensando en el día que me regresen a mi niño —va usted a decir que soy un soñador—. Me imagino cómo lo voy a abrazar, a veces hasta me imagino su voz (tenía una voz muy bonita). Cambiaría todo con tal de escucharla otra vez. En las noches, cuando ya estoy en la cama con el ojo pelado por la preocupación, suenan en mi cabeza sus palabras como un caset descompuesto. ¿Sabe de qué me acuerdo mucho? De las veces en que él me contaba sus sueños. Me decía que, cuando se recibiera de maestro, iba a comprarse una casa grandota en la sierra y que la iba a llenar de animales: un gatito por aquí, un conejo por allá… ¡hasta un potrillo quería meter! A veces me achicopalo, ¿sabe usted? Y siento un vacío aquí, mire, aquí mero: en la boca del estómago. Luego creo que ya no lo voy a volver a ver y me suelto a chillar. Abrazo a mi esposa y me sumo en su pecho, pero en eso me acuerdo de que hay que ser fuertes, hay que seguir buscándolo. Quién sabe si es una necedad, pero yo no voy a parar hasta que me digan: “Mira, éstos son los restos de tu hijo”. Yo no voy a parar, le digo. Quién quita y sí regresa. Ah, pero eso sí: todo va a ser diferente si vuelve. Nada de salir solo a la tienda, nada de subirse a manejar los carros de la Marinela… Y si Dios quiso llevarse a mi niño, yo me imagino que ya está bien allá arriba, ¿no? Que ya está en una casota llena de animales en el Cielo. Que lo perfuma todo como cuando era chiquito, así como llenaba la recámara con su olorcito de bebé. Ay, mi niño… ¡Qué no daría por tenerlo entre mis brazos! Por agarrarle su manita una vez más… así, como en esta foto.

Eduardo Cerdán


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¡YO VOY A SER DE LA AYOTZINAPA!

Para su papá no ha sido fácil enfrentar la pérdida de su hijo, mucho menos en las circunstancias en que Jonás desapareció: sin despedirse, sin un cuerpo a quien honrar, sin motivos entendibles que reconforten el terrible pesar de su ausencia.
Meditabundo, a veces enjugando una lágrima, el padre continúa con la crónica labor de cría de ganado que le permite procurar el sustento a su familia y en la que Jonás participó activamente toda su vida.
Todavía recuerda aquellas conversaciones en que conminaba a su hijo a continuar sus estudios, siguiendo los pasos de su hermano mayor Benito, así como de otros familiares quienes migraron para formarse como profesores rurales, una profesión necesaria en la región guerrerense. Fue después de esta insistencia que Jonás decidió regresar a su vida académica. Atrás se quedarían dos años de ausencia escolar y de duros jornales en el campo, en ocasiones como peón con un paupérrimo salario. Las pláticas con su padre durante la ordeña y el cuidado del ganado le habían hecho entender que vivir implicaba verse a futuro en otras condiciones de vida.
A sus casi 20 años comprendió que ésta implica más que soñar al lado de su querida novia y corretear en su pequeña motocicleta. La vida es un reto que hay que enfrentar decididamente, le decía su padre. Y con esta enjundia que después reconocerían sus futuros compañeros de Ayotzi, Jonás asumía un compromiso consigo mismo y con su familia: se iría a continuar sus estudios a la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”. Dicha institución es reconocida por ser semillero de movimientos sociales que buscan la transformación profunda del estado de Guerrero y de México. Jonás compartiría diacrónicamente los espacios con guerrilleros como Genaro Vázquez y Lucio Cabañas.
Para Jonás, su pueblo natal El Ticuí ubicado en el municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero, ya le había dado todo lo que podía ofrecerle. A fin de crecer tenía que dejar atrás su pueblo, con el viejo casco de la industria textil que otrora floreció y le dio vida, pero que los ticuiseños no supieron aprovechar después de que el Tata Lázaro se las entregara funcionando al expropiarlo a migrantes españoles ahí establecidos.
¡Yo voy a ser de la Ayotzinapa!, decía Jonás orgulloso y seguro antes de emprender el viaje. Con su decisión se le abrirían expectativas, pero también crearía otras entre sus nuevos compañeros. Desde su llegada a la Normal de Ayotzi, no pasó desapercibido. Aunque es más alto, con más peso y de piel más clara, tiene un gran parecido físico con su hermano mayor, quien se encuentra estudiando en esa misma institución educativa. Por su parentesco y similitud física son apodados como “Los Benis”. Jonás tiene particularidades que lo hacen inconfundible: su voz, su complexión y su temperamento jovial y alegre que lo convierte en un estudiante echado pa’elante y aceptado entre sus compañeros.
Es del tipo de personas que siempre hace reír, porque siempre aflora en él alguna broma que desboca una risa entre quienes lo rodean. Pero esta aparente levedad esconde un ser con gran sentido social. A la pregunta: “¿Qué piensas sobre el gobierno, compañero Jonás?”, este responde: “No paisa, el gobierno nos quiere chingar…” Su voz chillona y su acento marcadamente costeño arrancan las carcajadas de los presentes, pero en el fondo sus compañeros también sienten el añejo reclamo de justicia social de Jonás y de gran parte de los mexicanos.
A Jonás se le conoce también porque nunca se da por vencido; es un luchador nato ante la vida. Aquella semana de prueba a la que fueron sometidos quienes deseaban ingresar a la Normal de Ayotzinapa, dio testimonio de ello. Por su complexión, muchos dudaban que fuera a resistir el trote y la dinámica a que fueron sometidos los postulantes. Pero en todo Jonás salió avante. Y es que el entusiasmo es una de sus grandes virtudes, lo que le permite también inyectar motivación a sus compañeros.
Su manera relajada de ver la vida también se convierte en su defecto: “Es que el Jonás no toma nada en serio”, dicen sus compañeros normalistas. Por eso se ríe cuando canta el “Venceremos”. Aún cuando cuestionan su actitud, sonriente contesta que no se está riendo.
Pero a Jonás, ese estudiante alegre y humilde, no se le ha visto desde aquella terrible noche. Ahora, después de una ausencia llorada hasta el hartazgo, Doña Yolanda, su madre, insiste, insiste e insiste. Nunca perderá la esperanza de ver nuevamente a su hijo. No comprende cómo es posible que el mismo gobierno por el que votaron no les haya dado respuesta a su grito de padres desesperados buscando su sangre y su carne. Se les hace imposible creer que ese gobierno haya dañado a sus hijos, mientras que los meros criminales andan por ahí, paseando como si nada.
El drama de la familia Trujillo González es el de otras 43, o quizá cientos y miles de familias más que han buscado a sus seres queridos debajo de piedras, en cuarteles militares, en las declaraciones vacías del funcionario en turno, en los caminos andados y cansados por dar con los hijos raptados por un gobierno miope, perdido y ensangrentado. Pero Doña Yolanda está segura de que su retoño se encuentra vivo. Por eso le manda un mensaje: “Que sepa que lo estamos esperando, que le eche ganas. Acá estamos”.

Pablo Alarcón- Cháires


miguel ángel
Hace ya mucho tiempo de aquella noche de Iguala. Luego de todos los cuestionamientos realizados a las autoridades e instituciones al respecto, quizá sea hora de voltearnos a ver y reflexionar sobre nuestro papel como individuos y como colectividad. ¿Cuántos de nosotros suponemos que al marchar, denunciar en las redes sociales y mantener una actitud crítica frente a las decisiones del gobierno estamos actuando como ciudadanos informados?
¿Es así como pensamos acerca de nosotros mismos? ¿Ciudadanos informados? ¿Entonces qué expresión podemos emplear para quien dedica su formación profesional, y eventualmente su vida, a crear un mundo mejor a través de la enseñanza y la resistencia a un mundo corrupto e inviable? Quizá podríamos usar la palabra “activista”, o quizás está muy abaratada.
¿Qué es actuar como un ciudadano informado? Quizá la respuesta está más orientada hacia lo que hacen los normalistas de Ayotzinapa mediante su pertenencia a una de las instituciones más acosadas por el Estado mexicano, y no hacia lo que hacemos nosotros, trienio tras trienio, sexenio tras sexenio, informe tras informe, esperando que nuestro autoproclamado boicot a las instituciones inútiles y los funcionarios igual de inútiles que las encabezan nos lleve a un cambio; el cual depende, a fin de cuentas, de la benevolencia de los funcionarios y está inscrito en un lenguaje hace mucho asimilado por el poder.
Y sin embargo, sí hay acciones concretas que podemos realizar. “Nos enterraron sin saber que éramos semilla”: podemos darle un sentido a la frase no sólo limitado a lo simbólico, por ejemplo averiguar qué hay en las normales rurales y traerlo a nuestra cotidianidad. Podemos revisar su programa educativo y tomar de él algo para nuestra formación o la de nuestros hijos. Podemos informarnos sobre las experiencias que guían su formación política, la dinámica de sus discusiones. Quizá una perspectiva así nos ayudaría a salir de este debate renovado en cada elección sobre anular o no votar, o votar por Morena, o por el partido que se suponga menos corrupto, o nos acercaría lo suficiente a la conclusión de que votando sólo estamos buscándole diferencias a lo que es igual; quizá entenderíamos que votar es delegar y que delegar no es hacer.
Quizá podríamos recuperar el amor de los normalistas de Ayotzinapa hacia su comunidad, no en un sentido patriótico e inútil y vacío de sentido, sino a partir de la voluntad para construir, dando un sentido para la palabra resistencia que nos resulte cercano.
El cambio está en uno mismo, dicen quienes no tienen otra cosa que ofrecer, como si repetir este mantra conjurara un mundo mejor que llegará cuando alguien deje de acusarlos por no hacer nada para que el cambio llegue. En mi experiencia, quienes esgrimen este argumento son aquellos que no ensayan el uso de medios de transporte alternativos, no conciben tener un huerto casero ni hacer algo incluso por ellos mismos para elevar su calidad de vida, aparte de la avaricia y el individualismo de todos los días. Es decir, si el cambio de verdad está en uno mismo, definitivamente no está en quienes así lo argumentan.
Pensando ya algunos durante días en Miguel Ángel Hernández, me doy cuenta de que aunque no tenga elementos para extrañar algún rasgo específico de su personalidad, alguna anécdota por evocar que me permita saber cómo era su cotidianeidad (quizá sólo compartimos el hecho de que ambos heredamos el apodo de nuestro hermano mayor en la escuela), sí conozco algo invaluable sobre su carácter: es alguien que quiere cambiar al mundo y que no se conforma con la cobardía de sólo minimizar su huella en él, sino que se atreve a adoptar una forma de vida, literalmente un modus vivendi, activamente orientado a lo que él cree.
Y como Miguel lo hiciera hace más de un año, hoy 170 jóvenes se presentaron para ser evaluados y ocupar uno de los 140 espacios que se ofertan en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos para el ciclo escolar 2015-2016. Quizá el cambio nos tiende la mano desde ellos.

Moisés Hernández

 

 

 

 

 

 

 


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Miguel Ángel Mendoza Zacarías*

 

Nunca sabremos nada. Nunca sabemos. Ni por qué, ni para qué, ni qué pensabas cuando llegaste allí. ¿Llegaste? Un clavo en el pie a los 20, cuentan tus padres, y yo escucho la grabación de esa entrevista que no contiene imágenes. Sólo se oyen sus  voces y pájaros cantando. Una fractura. Una caída de una máquina en Taxco, cuentan.

Leo que ya son ochenta los tomos que comprende la investigación. Cuántos nombres estarán allí, revueltos en su nomenclatura, revueltos como cuerpos tendidos al sol en cualquier basurero. Leo el veredicto de una verdad histórica. Cuántos adjetivos para la verdad. Histórica o revolucionaria, pero siempre oficial, de acuerdo con el bando, la bandera. El mal siempre tiene burócratas de oficio, sin importar el bando, pero ¿quién dicta la verdad? ¿Alguien que ya no tiene nombre y sólo tiene alias? ¿Alguien que transformó su nombre en el nombre de su cargo? ¿El que busca justificar, negándolo, haberte mandado allí, al matadero, en nombre de las buenas causas?

En los papeles del portafolio burócrata siempre existe una carpeta rotulada como La Verdad. Pero hay otras verdades mínimas: el temblor de tu cuerpo al cruzar la frontera para buscar a tu padre; el olor de jabones en tu peluquería; tu voz cuando cantabas “rap romántico” –recuerdan tus amigos–, o el brillo del sudor en tu rostro al terminar el ensayo con el club de danza… Fue lo último que tus padres supieron de ti: que estabas ensayando.

Oigo la voz de tu madre hablando sobre ti en presente. Oigo todos los pájaros de la que imagino tu casa. “Él es de cara espigada, con los ojos negros…” Tu nombre está escrito aquí.

*Escrito a partir de las entrevistas realizadas por Ernesto Castañeda, con los padres y amigos de Miguel Ángel.

 

Malva Flores


 

Por los caminos del sur…

 

 No se puede desandar lo andado, como decía mi jefecita, como le digo a Victoria y a mi hija. Ya cuando uno la cagó, la cagó y no queda más que asumir nuestras propias chingaderas. O cómo ve usted profe (el profe asiente con la cabeza sin voltear a ver al chofer). Las cosas como son. Pinche tráfico. Órale, cabrón, manejas como chilango (grita sin gritar, como para que su grito no salga del camión). A ver si los chavos no se desesperan (se asoma por el espejo retrovisor). Qué se van a desesperar si vienen plática y plática. Y han de andar contentos, ¿no?, golearon al Iguala. Cuando uno es joven no se le acaban los temas de conversación, menos cuando estás feliz, pero cuando uno se hace viejo, como yo, a veces nomás te quedas callado, esperando que el otro diga algo para ver si sale la plática. Eso siempre me pasa con Victoria cuando ya estoy en la casa, cenando o algo. A veces no hay de qué platicar, ni modo que le cuente de mis viajes por estas carreteras feas de Guerrero. Que según ya las iban a arreglar, puro cuento con esos hijos de la chingada, nomás se chingan el dinero y mire, los caminos llenos de hoyos. Una vez la empresa (Castro Tours) me mandó en un viaje a Ayutla, me fui por Tierra Colorada para no dar la vuelta hasta Acapulco, recién comenzaba lo de la policía comunitaria allá, había un chingo de retenes de militares y de la policía comunitaria, a cada rato nos paraban, aparte, después, me dijeron que por ese camino asaltan y violan a las muchachas y quién sabe cuántas chingaderas más. Culeros. Huevones. Y para acabarla de amolar el camino estaba lleno de baches y todo feo, pues, hasta una chingada vaca se nos atravesó y casi nos la llevamos (el chofer sonríe, el profe no). Me arrepentí de haberle dado por allá. Pero como le decía, no se puede desandar lo andado (largo silencio). Ah, que la chingada, órale, cabrón (vuelve a gritar casi como un susurro). Está cabrón el tráfico, ya ve que salir de Iguala fue una bronca, a lo mejor estaba feo el desmadre de los estudiantes. Quién sabe. Yo no me meto ni opino de eso. Qué voy a saber yo. El caso es que este pinche camino de Iguala se volvió muy pesado ya y así está también en otros lados, ya no se puede andar, yo lo he visto. Pero esos hijos de la chingada no arreglan los hoyos (otra vez, silencio largo). Igual con mi hija ya casi no hablo, ella anda en sus cosas, ya ve, los hijos crecen y se alejan. Como estos chavos que ya agarraron el camino del futbol, cambiaron a sus padres por su entrenador, sin ofender, profe (otra vez sonríe, el profe no). Así mi hija, ya tiene sus cosas, ya tiene su vida. De todos modos, como le digo, de qué chingados voy a hablar con ellas. Mi vida es simple, no me pasa nada importante, no tengo historias que diga uno que valen la pena ser contadas. Me la paso en el camino, yendo y viniendo siempre adonde digan que tengo que ir, viajo por obligación, pues. Los cuates del dominó luego me dicen que ha de ser bonito conocer muchos lugares y esas cosas, les digo que ni tanto, que si pudiera estaría más tiempo en mi casa, descansando del tráfico, de los caminos con hoyos (otra vez, silencio), de los caminos del sur, como dice la chilena aquella. Tres-uno. Pues ojalá el equipo suba a segunda división, ¿no cree? (otra vez el profe se limita a asentir con la cabeza). O que por lo menos les paguen un camión mejorcito pa’que los chavos no lleguen muy cansados a sus partidos, digo, porque Iguala y Chilpo están cerca, pero si van más lejos, a Juchitán o por allá, está cabrón, ¿no, profe? (enfrenón, sacudida de cabezas, el profe alerta, los chavos desconcertados… tensa calma… espera) Ora qué pasó, qué quieren esos güeyes (un par de segundos en silencio, el chofer no se mueve, está a la expectativa… Ráfagas de metralla golpeando cristales y lámina… El chofer intenta gritar esta vez con todas sus fuerzas, para vencer el sonido ensordecedor del metal contra el metal) ¡Aguanten, aguanten, traemos chavos!… ¡Son chavos!… ¡Aguan…

Alejandro Solano Villanueva


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Giovanni Galindes Guerrero

DESAPARECIDO

 

De chico quería ser ingeniero agrónomo, conocer la ciencia detrás del arado, de la siembra, de la tierra. Pude ser, se me daban bien las matemáticas, pero no fui. Después supe que quería ser maestro rural, como mi padre y mi hermana. A mi padre le aprendí que de maestro no se mete uno por el dinero -que siempre escaseó en casa- sino por gusto, por coraje. Porque los maestros rurales hacemos falta para evitar que la savia de la ignorancia envenene a nuestra gente.

Yo tuve mi casa allá en Tierra Caliente, en Morelos. Cinco horas la separan de Ayotzinapa, pero yo vine a la Raúl Isidro Burgos porque de estas mismas aulas salió mi padre hace treinta años, y porque Lucio Cabañas, el guerrillero, estuvo aquí.

El primer día de escuela supe que el símbolo de nuestra Normal es una tortuga. Está en el escudo, flanqueada por dos plantas verdes y coronada por un libro de hojas abiertas. Ayotzinapa viene de ayotl: tortuga. Yo me sé una fábula sobre una: en una carrera le gana a la liebre presumida, nomás con pura persistencia.

Nosotros no confiamos en el gobierno. Papá gobierno quiere que obedezcamos, que no pensemos, porque otros pueden decidir por nosotros, porque es lo mejor. Aquí en la escuela nos sentíamos semillas en tierra árida y pugnábamos por germinar. A mí me querían dormido, me querían callado. A mí y a todos mis hermanos-tortuga, los invisibles, los obstinados. Por eso no dudé cuando, aunque era de nuevo ingreso, me invitaron a tomar la calle, gritar, como cada año, para que recuerden que aquí estamos, que no nos han borrado. No nos han borrado. Nos han quitado las becas, nos han mermado el recurso para funcionar, hasta las plazas nos robaron, pero no nos hemos rendido. Tenemos la necedad del ayotl.

Dicen que Lucio Cabañas se disparó a sí mismo luego de que, a traición, dieran con él los militares. Que no les dio el gusto de que lo mataran. A mí también me traicionaron, pero yo no tuve la suerte de hincharme de valor frente a ellos. Papá gobierno envió a sus perros y a nosotros nos desaparecieron, de noche y sin testigos, como los cobardes. Ni entregaron nuestros cuerpos para que nos velaran. Mi madre me anda buscando, dice que le han robado todo: que hasta el miedo le quitaron. Ahora ella también anda en la calle, gritando.

Una multitud inunda las avenidas de todo el mundo y secunda a mi madre. Gente que no conocí pasa lista hasta llegar a 43 y grita mi nombre: Giovanni Galindes Guerrero. 43 de nosotros no estamos. ¿Cómo ganarle a la liebre si no dejan correr a los hermanos-tortuga?

 

Melba Sonderegger

 



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El muro transparente

Espuma de policarbonato inyectado de 3.8 mm de espesor, de eso están hechos los escudos antimotines que forman ese muro que, aunque transparente, a veces parece infranqueable.Y es que en esa pared colisionan argumentos evidentemente irreconciliables; ideologías encontradas: de frente a ella un reclamo de justicia, por detrás, la perversa simulación. Contra ese dique se estrellan cotidianamente las razones de muchos, mientras del otro lado se alistan las armas que defienden los intereses de unos cuantos, esos que se creen dueños de vida y hacienda.

            Entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014, los escudos translúcidos fueron soslayados para dar paso al más ruin de los ultrajes: el tableteo de las balas substituyó al agresivo silencio que carece de argumentos, dejando al instante seis inertes testigos; acto seguido, la voz de otros 43 era enviada a un limbo extraño, un no-lugar desde el que surgen 43 nombres que deben ser hoy reclamados por todos. Uno a uno los 43 apelativos siguen explotando contra la pared plástica; del otro lado, las impertinencias se cobijan tras ese muro diáfano y su razón de ser: la impunidad.

            Hoy me toca replicar el nombre de uno de esos 43: Luis Ángel Francisco Arzola, joven de 20 años a quien sus compañeros recuerdan como gentil y llevadero, estudiante de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero; de extracción campesina como casi todos sus condiscípulos y cuyo apodo, Cochilandia, le fue dado (cuenta su excompañero de cubículo) debido a que en una ocasión pasó una semana encargado al cuidado del chiquero: “Estuvo toda la semana dándole de comer a los marranos y así pues haciendo aseo ahí”.

Luis Ángel fue desaparecido forzadamente por la abyección reinante en un Estado que debió garantizar su integridad. En lugar de ello, la autoridad que debió protegerlo acalló su reclamo y el de sus camaradas creando una macabra lista de 43 ausencias. Las explicaciones ofrecidas tras el muro transparente siguen y seguirán sin convencer pues carecen de la más mínima autoridad moral: un alcalde coludido y emparentado con el crimen organizado, un gobernador corrupto y demagogo que negocia su tránsito hacia la impunidad; un procurador incapaz que se “cansa” ante la justa interpelación, y la más insensible y cínica de las propuestas que surge desde la máxima autoridad llamando a “superar”el dolor causado.

A 206 días de su desaparición, Luis Ángel Francisco Arzola y sus compañeros deben ser nombrados por todos los que pugnamos por una verdad histórica revestida de justicia. Mientras tanto, los 43 nombres se seguirán estrellando contra esa dura barrera de espuma de policarbonato inyectado. No por cristalina deja de resguardar la ignominia.

German Ceballos

 

 

 

 

 

 


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El derecho de los muertos

I

Por todos lados se dice: ellos son de los que les rinden culto a los muertos. Que nos divertimos con la muerte. Que los huesos los volvemos azúcar y los devoramos. Que comemos sobre las tumbas, en los panteones, y que creemos, de verdad, que los muertos vienen a visitarnos, a comer y beber en nuestras casas. Les levantamos altares. Y que se llevan el sabor de los platillos y el espíritu de los licores. Dicen que nos divertimos con la muerte, y la veneramos y la respetamos de un modo curioso: le tememos, pero no es para tanto. Que tenemos un modo folclórico de superarla, de sobrellevarla. Nuestros muertos se vuelven fotografías junto a santos alumbrados por veladoras. Y es que, al final, la muerte es nuestro único consuelo. Nuestra única esperanza. Porque si aún creemos en la justicia, es porque creemos en la muerte y en eso de igualitario que hay en ella. La justicia última, la igualdad total. Por eso la celebramos, porque se levanta por sobre toda diferencia.

II

Aún seguimos buscándole nombre a huesos milenarios, y huesos a nombres inmortales. Festejamos, aunque las certezas no son absolutas, haber hallado los restos del más grande escritor en lengua española. Y los de Nuestra Poeta. Celebramos porque creemos que los muertos tienen derecho, que los huesos no pueden ser olvidados, que no pueden permanecer anónimos adentro de la tierra. ¿Cuántos vagabundos son arrojados a la fosa común, cuántos de ellos terminan sobre mesas de disección, bautizados por estudiantes de medicina siguiendo la pista de tatuajes y señas particulares? A pesar de todo, de la ausencia de lágrimas, en algún lugar queda el registro de la muerte, las preguntas básicas: cómo, cuándo, dónde. Juan N., 20 de marzo de 1992, Plaza Juárez, Pachuca, Hgo. Hipotermia. Le faltaba el dedo índice de la mano derecha. Sólo en caso de que alguien venga a llorarle desde lejos. En caso de que alguien pregunte.

III

Los forenses hablan de la restitución de la identidad como un derecho de los muertos. Un último derecho que tenemos: ser enterrados con nuestro nombre. El padre que abre una bolsa de ceniza y sospecha que ahí no está su hijo, tiene derecho a saber cómo se llegó a esa conclusión, cuál fue el método. No es que sólo deba aceptar lo inaceptable, tragarse el dolor y sacar fuerza de un puñado de polvo: debe llorar los restos correctos. Tener la certeza.

IV

(El discurso de Clemente Rodríguez y Anayeli Jiménez,

23 de marzo 2015,

Cafe Istanbul, Healing Center,

NOLA)

 

El gobierno nos ha ofrecido un millón y medio.

No queremos dinero como ellos dicen.

Somos gente pobre.

Los queremos vivos.

(No sé si de verdad lo creen)

Como todos los estudiantes iban cantando,

haciendo ruido.

Y fueron emboscados.

Como todos los jóvenes de este país,

fueron emboscados.

(Su discurso es el del shock, ¿cómo iba a ser de otro modo?)

Se lo llevaron, le arrancaron la cara.

Sabemos que están vivos.

(Aunque, en realidad, saben tanto o tan poco como nosotros)

No sé cuántos cuerpos,

cuántas fosas clandestinas nos van a arrimar a nosotros.

Nos dijeron que superáramos el dolor.

Por ser pobres no nos atendieron.

No hay justicia.

No nos pusieron atención. Cancelaron nuestras audiencias.

Fueron 28 armas alemanas: fuimos a gritar a la embajada:

¿cómo llegaron esas pistolas a manos de policías municipales?

¿Que hasta dónde estamos dispuestos a llegar?

Hasta que se harten de nosotros.

Pero eso sería estar a favor de la injusticia,

de la muerte.

V

Van a traer mariachis para cerrar el acto. Meet & Greet The Parents. Los mexicanos lo celebran todo, ¿no? Benditos estereotipos. Lo hacen, supongo, para regalar a los padres. Por ellos. Hacerlos sentir un poco mejor. Vamos: su intención es buena. Pero qué poca madre del mariachi que toca Amor Eterno. Y luego Las golondrinas. Y el líder, el güero, la dedica. No sé si comprende de qué se trata esto del gobierno desapareciendo estudiantes.

VI

Yvonne es mexicana. Normalista. De Monterrey. Ha trabajado en Oaxaca y Chiapas. Ahora es profesora bilingüe certificada por el Departamento de Educación de Texas. Decidió acompañar a Clemente y Anayeli en su caravana por Estados Unidos. En su propio carro. Con su propio dinero. Desde San Antonio hasta Boston. Escucha y traduce: Los queremos vivos, una y otra vez. Fue el Estado. ¿Cómo traducir el terror, el dolor? Fue la encargada del pase de lista. Se le quebró la voz a medio conteo. Ella igual es madre. Sí, pero mis hijos están a salvo, en casa. Y es que cada nombre es una vida. Y 43 son tantos.

VII

Podemos seguir pensando que la justicia vendrá después: desplazarla hasta el momento incomprensible del más allá, y que alguien, superior en todos los sentidos, se encargará de ejercerla implacablemente a partir de su omnisciencia y omnipotencia. Podemos seguir creyendo que toda esa gente va a pagar cuando muera. Pero sabemos que sus muertes no serán igual de atroces, igual de injustas. ¿En qué momento permitimos que esto pasara? ¿En qué momento un joven puede ser asesinado por decir lo que piensa? Tenemos muy poca memoria. Muy pocas ganas de hacer algo.

VIII

Cuando dicen su nombre no puedo evitar pensar en lo poco que sabemos más allá de la tragedia. Magdaleno Rubén Lauro Villegas. El Magda. Tlatzala. En La Montaña. 19. Es tranquilo, el compa. No hay televisión en su casa. Familia campesina. Enseñar a los niños que no hablan español. Pura esperanza. ¿Se sigue hablando de ellos en presente, como si un nombre bastara? ¿Habrá sentido una punzada en el pecho, algún estilo de premonición, al ver el sol esa mañana? “Magdaleno, hoy cambiarás la historia de este país”. ¿Habrá sentido, pues, el llamado de su destino? Dicen que su madre anda siempre con una de sus fotos, tiene la esperanza de que alguien lo reconozca. Quiere escuchar, en la calle: “He visto a tu hijo, está vivo. No ha podido llamarte porque está muy ocupado, pero piensa en ti cuando se levanta y toma café”. ¿Está vivo? Su familia esperaba una respuesta del presidente. Uno no ve al presidente nomás para escuchar lo mismo que se anda repitiendo en las calles. Nadie sabe nada. ¿Está muerto?, ¿qué vamos a enterrar de él, nomás su nombre? Su familia evoca casos similares: en Guerrero, en los 70, tuvieron a gente encerrada en cárceles clandestinas por más de ocho años, y cuando todos los daban por muertos, aparecieron. La tristeza y la esperanza. Puede ser. Pero ni una ni otra ofrecen una certeza absoluta, ¿para dónde arrimarse? Donde sea que se encuentre, Magdaleno sabe que la crueldad no tiene límites. ¿Habrá visto el rostro de sus verdugos, o, cobardes, le vendaron los ojos? ¿Podrá ver el sol desde donde lo tienen encerrado? ¿Habrá sentido crecer las llamas? Un nombre que no puede ser arrojado al fuego. 19 años, ¿en serio? Un chingo de disparos y puras palabras de escudo. No tiren, no somos narcos. ¿Qué le gritó Magdaleno a los policías, esa noche? Ya basta, no hemos hecho nada. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Cuántas balas, cuántas palabras? Cuánta sangre vio correr antes de llegar a donde está ahora. Su padre dice que no quería conocer al presidente. Sigue preguntando por el hijo. ¿Cuánto le pagaron a los policías que los entregaron?, ¿qué se compró el que encendió la hoguera? ¿Se fueron de putas o le compraron zapatos a sus niños? ¿Ambas? ¿Por eso están en paz? El Jefe, el Mero Mero, ¿qué sabe de lumbres y de lágrimas? Ya basta, somos estudiantes, dijo Magdaleno, yo no soy una bala en mi cabeza, yo no soy el fuego que sale de mi cuerpo. Yo no soy el que buscan. No soy este dolor, no soy mis compañeros, no soy narco, no soy Magdaleno. No somos malos. No somos el futuro de este país, no somos ceniza y sangre seca en la tierra. No somos estas calaveras que se deshacen entre alambres y basura. No somos estas palabras que no sirven para nada. No somos nada. No sabemos ya ni quiénes somos. Oficial, ¿me diría su nombre antes de matarnos?, ¿me dejaría pronunciarlo antes de que dispare? No tenemos armas. Somos estudiantes. Soy Magdaleno Rubén Lauro Villegas, de la montaña, y no soy estos huesos, no soy esta ceniza. Lo dice ahora.

 

 

Alfonso Valencia


Leonel Castro Abarca:

contagiarse de esperanza

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I

Nel –así lo nombran algunos compas y parientes.

Según las redes sociales no tenemos amigos en común. Las palabras, estas que ahora se juntan, enmiendan la omisión. Enrique, Ester, Germán son mis amigos de o en Xalapa. Y ellos lo son de otros jóvenes, creadores, familias, que merced a las bondades de la escritura y el afecto, procuran atenuar distancias y silencios, haciéndonos coincidir, a Nel y a mí, en estas líneas.

A Leonel me lo acercan, además de las fotos de su muro de facebook, las voces de las jóvenes que lo guapean -“leoncito”, lo llamará una de ellas-, la de algún primo que le da carrilla–como suele hacer uno con los afectos, o estos con uno-; o la de otro pariente que manda saludos al tiempo que tributa homenaje por la cabal y decidida aceptación que las imágenes de Nel propician: “Verso!, primo, tienes pegue con las muchachas”.

Y Leonel también conjuga el verbo guapear para reconocer -él mismo- lo atractivo de alguna amiga. Además, agradece los piropos, no se engancha en responder los juicios cábulas. Esto quizá, porque como dicen sus amigos, “es una persona seria, pero”, agregan, “sí tiene sentido del humor, el camarada. Él no tiene apodo, es el Leonel.”

 

II

El 2 de diciembre de 2013, Leonel cambia su foto de perfil en un par de ocasiones. En la primera imagen viste una camiseta azul turquesa. Un color que alienta a retomar empresas con esfuerzos renovados. Se le asocia también con el conocimiento, el poder y la seriedad. En esa foto, Leonel sin exhibir una  sonrisa, la insinúa.

En la siguiente imagen que sube, posteriormente, ese mismo día, la postura es similar, si bien, entre otras cosas varía el fondo. Leonel  frente a la cámara, exhibe una mirada atenta de ojos ligeramente rasgados que escrutan. El rostro afilado, cobrizo, de nariz ancha, testimonia firmeza. El cabello negro, corto, peinado hacia atrás, de cepillo dirán algunas notas periodísticas. El gesto adusto apenas atenuado por la luz excesiva que enmarca la foto. Viste una camiseta blanca de tirantes.

En ambas imágenes, Leonel además de su juventud y su mirar detenido, atento, exhibe una frente ancha, esa de las personas prácticas, aquellas que privilegian las acciones, los hechos concretos. Nuevamente, sus amigos parecen corroborar lo anterior,“sueña con ser maestro, quiere sacar a sus padres adelante… él es campesino; ella, ama de casa… su sueño es ayudarlos, atenderlos”.

III

Vuelvo a los nombres de aquellos cofrades que celebran las fotos o bromean acerca de estas. Leo varias veces más sus comentarios, las posibles interacciones entre unos y otros; intuyo, especulo sobre lazos afectivos, familiares, de convivencia. En la imaginación le doy forma a un mundo vital, uno de sonrisas y aspiraciones, de ánimos curtidos por el trabajo y el esfuerzo, ese por ejemplo de los padres de Leonel, ese que Nel aspira a realizar para convertirse en profesor, profesional que –aconseja George Steiner– debe estar siempre contagiado de una enfermedad crónica: la esperanza.

Entonces, enfermemos todos.

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Víctor Hugo Vásquez Rentería

 

 



muerte

Blanca Montiel Sánchez

Blanca querida, perdona que te diga querida, así, con una familiaridad que seguro a ti te resultara extraña. “Ni me conocías”, dirás. Pero desde el 26 de septiembre, desde hace siete meses, pienso mucho en ti, en todos ustedes, y de tanto pensarte es que me atrevo a quererte. ¿Sabes? Creo que querer a la gente es una manera de poseerla, de retenerla. Uno puebla el mundo de puros afectos. Te escribo porque te quiero, y te quiero porque ya no estás, porque te asesinaron. Quererte y escribirte es mi manera, inútil quizá, de tenerte de nuevo, Blanca querida.
Estuve buscando por meses información sobre ti. Fue muy poco lo que hallé. Una mujer que iba en un taxi y que fue alcanzada por balas aquel siniestro 26 de septiembre en Iguala. Sólo se sabe que al otro día su hija recogió el cuerpo.
Una mujer, Blanca, tú, una madre, el taxi, las balas.
Uno querría que todas las madres murieran en sus camas, con un gesto de paz en el rostro, rodeadas por sus hijos. Uno querría que todas las madres llegaran con bien a sus casas, que allá afuera no hubiera balas entrecruzadas que te matan en cualquier momento. Uno querría que todos los hijos vieran envejecer a las madres, que todos los hijos llegaran a comer sopa caliente los domingos con sus madres, que las madres bailaran con ellos en las fiestas, que las madres fueran abuelas y jugaran con los nietos y los fueran a dejar a la escuela.
Uno querría o quisiera, más bien, porque son deseos que no se cumplen.
Todo esto me rebasa, Blanca querida, desde aquel día sueño que estoy en una alberca y el agua se llena de tierra sin ninguna razón. Sé que los sueños son así, inverosímiles como esta patria; quiero decir estoy nadando y de pronto todo el agua se transforma en tierra y me empantana; quiero decir, un día te subes a un taxi y de pronto una bala te alcanza y tus hijos se quedan esperando en la ventana, sobresaltándose cada que pasa una ambulancia.
Escribo porque no estás, con palabras que tampoco son nada, puentes transparentes hacia a ti. Hacia tantas. Blanca querida, hay muchas otras mujeres que han sido asesinadas en este país. Nuestro. Miles. Blanca, Jaqueline, Socorro, Rocío, Lizbeth, Anahí, Lulú, tantas y tantas.
La escritura es un deseo ¿sabes, Blanca querida? La manera en la que intentamos materializar las cosas. Pero también es un timo. Escribo Blanca y no estás, sigues muerta, asesinada. Escribo Blanca y no apareces, ni nieva en Tlaxcala (aquí abro un paréntesis para contarte sobre mí, querida, nunca he visto nevar, no esa nieve limpia como de película navideña en Nueva York; nunca he visto nevar y sin embargo escribo Blanca y pienso en nieve).
Pero dije que escribir es un puente transparente, un frágil e ingenuo puente transparente. Escribo Blanca y me imagino una nevada enorme. No la alberca empantanada de mis sueños, sino un campo blanco, cubierto por completo. Un campo donde todas ustedes, quienes han sido asesinadas, todas ustedes corren y se resbalan y caen en la nieve. Un campo blanco, como tú, querida, que de pronto se derrite y ustedes se levantan y aparecen.
Por eso te escribo, Blanca, porque te quiero, porque es mi manera de levantar tu voz del campo derretido, la tuya, la de ustedes. Porque quiero que regreses, porque son tiempos terroríficos, porque nos estamos quedando solos, muy solos, huérfanos.
Tuya.

Gabriela Conde


otro mene

Martín Getsemany Sánchez García

Somos ocho y el verano pasado fuimos al mar. No, yo sólo se lo digo para que vea que somos muchos. Que a mis papas les costó mantenernos de pie. Ocho bocas, señor. Tengo hermanas y hermanos y tengo un perro. Tengo una novia que no sabe que me espera, pero que lo sabrá después de esto. Ella es linda y yo, bueno… Y tengo sueños. No, si yo sólo se lo digo para que lo sepa. Por decir algo nomás, que tengo sueños, como todos, como usted, ¿no? Veníamos a botear pero ya no. No, no veníamos a eso, no. Íbamos a botear, se lo juro, por ésta, mire, por ésta. Íbamos para la capital pero ya no. Ya ve, últimamente la vida es un continuo no en esta tierra. Mi abuelita Cecilia está muy triste, ella está en una silla de ruedas que apenas y se mueve y por las noches llora. Las mujeres de Zumpango están llorando por sus hijos, ¿las escucha? ¿No? Shit… No hable, ésas también están llorando pero no son de Zumpango. No sé de donde son. Y las demás que se escuchan a lo lejos también lloran pero nadie las escucha. Aunque sea hágalo por mi abuelita Cecilia, para que no este triste en esa silla. Ella me está esperando. Por lo que más quiere, hágalo. Yo me acuerdo que leí que si uno hace algo por lo que más quiere se le regresa. Es la ley del universo. ¿Como dijo? No, pues a mí también, así como usted dice nomás que con otras palabras (ya empiezo a dudar de la ley del universo). Ándele, pa’ que se le regrese. Mi mamá está bien preocupada y yo no quiero estar aquí. No tiene caso. ¿Ya escucho? Dicen que nos van a sacar. ¿Ya nos llevan? Ay, qué bueno porque ya quiero ver a mis hermanos. Cuando salgamos de aquí los voy a invitar a todos a comer a Zumpango. Yo invito. Nomás que al gordo lo contamos por dos. A ti también te voy a invitar, Frijolito, a Julio. Bueno, a todos. Todos están invitados a mi casa. Usted también señor. Les voy a enseñar a mi perro, les voy a enseñar todo y los voy a llevar a la playa. El verano pasado fuimos con mi familia a la playa, hasta nos llevamos al perro. A ver caminen porque nos vamos. Joshivani, camina. Jonás, camina con cuidado que aquí está bien oscuro. Vamos ahí, adonde está la luz.

Estrella del Valle


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Nadie toca ni un instrumento

Cutberto Ortiz Ramos

La historia de Cutberto Ortiz Ramos es una historia colectiva que comenzó hace más de 50 años, incluso antes de que iniciara la guerra sucia y un grupo armado desapareciera a su abuelo materno, Felipe Ramos Cabañas, así como a otros familiares en un cobarde intento de sofocar el descontento social. La vida de este Cutberto es otro ejemplo de la rabia y la represión que se vive en este país: los desafíos de los desprotegidos, los olvidados, de aquéllos que luchan cada segundo por cubrir sus necesidades más primarias y no ser devorados por aquel delirio que llamamos progreso.
Cutberto y su familia provienen de Atoyac de Álvarez, municipio donde nació Lucio Cabañas. Estudiaba en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, quería ser maestro para enseñar a los demás y mejorar sus condiciones de vida. Tenía un semblante muy duro. La foto de su credencial de estudiante, que circula por todos lados y que la gente lleva a las manifestaciones, muestra a un joven muy serio con una mirada inexpresiva, pero todos sus compañeros cuentan que era una persona muy alegre a la que le era fácil socializar. Le gustaba contar chistes de Bob Esponja e imitaba a la perfección la risa de este personaje. Sus amigos le decían el Komander porque aseguran que tenía cierto parecido con el cantante de corridos.
Cutberto era uno de los 43 estudiantes que estuvo presente durante los hechos ocurridos la madrugada del 26 de septiembre en el municipio de Iguala, Guerrero.
Decir que la historia se repite sería incorrecto, sería pensar que alguna vez hubo un cambio, que en algún momento el pueblo de Guerrero y de México dejó de sufrir la violencia del Estado. Nuestra historia no se repite, nuestra historia se perpetúa. Las condiciones de vida en el país nunca han dejado de ser precarias, el trabajo en el campo no ha dejado de ser menospreciado y el Estado mexicano continúa siendo una simulación. Decir que la historia se repite sería admitir que nada podemos hacer para cambiarla.
La memoria es nuestra mejor arma. Cutberto Ortiz Ramos y sus compañeros no son sólo nombres en una interminable lista, son hermanos no se han ido del todo, que están aquí para recordarnos que debemos seguir luchando.
Cutberto era parte de una banda familiar de música de viento y tocaba el trombón. Hoy su trombón está guardado, toda la banda está parada. Nadie toca ni un instrumento.

J. E. Meneses


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Julio César López Patolzin

 

 

Julio César López Patolzin, originario de Tixtla, Guerrero, tuvo que esperar hasta cumplir 24 años para acceder a la educación superior. Aunque en México a esa edad gran parte de los estudiantes terminan sus estudios profesionales, no fue así en su caso, pues la escasez de recursos económicos de su entorno familiar se lo había impedido. Por ello, Julio César se mantuvo ocupado durante los primeros años de su juventud trabajando en labores agrícolas.

Julio amaba mucho a su familia. En particular, sentía un cariño especial por su padre y le dio mucha tristeza cuando él enfermó de diabetes. En una ocasión, se le ocurrió sorprenderlo haciéndole un regalo: lo llevó a una zapatería en Chilpancingo y le dijo que escogiera el modelo que más le gustara. Su padre se sintió apenado porque no tenía suficiente dinero, pero Julio pagó los zapatos con el sueldo que había recibido al trabajar en el jornal durante varios días. Ese día, Julio observó que la mirada de su padre tenía un brillo especial, el de la gratitud.

Julio quería agradecerle porque con su ejemplo aprendió a trabajar la tierra, afrontando todas las dificultades que conlleva trabajar el campo con pocos recursos. Así supo que en México se debe sembrar con grandes esperanzas: es un juego de azar que a veces rinde y otras deja pura pérdida. Julio supo labrar la tierra en todas las etapas del ciclo agrícola: preparación del terreno, siembra y cosecha. Aguantó trabajando los bochornosos días bajo el sol resplandeciente.

            Aunque el dinero que Julio obtenía era poco, compartía sus ganancias con sus padres. En ocasiones les invitaba los tacos. Le gustaba ver a sus familiares contentos. Tenía ganas de juntar dinero para comprar un tractor y que trabajaran en el campo con más facilidad.

Julio César aprendió mucho de agricultura, de la siembra y de la cosecha, pero él quería sembrar algo más que semillas, verduras y legumbres. Anhelaba cultivar conocimiento en sí mismo para después sembrarlo en otras personas.

 A pesar de desvelarse leyendo y haciendo sus tareas de la escuela, acompañaba a su padre para trabajar en la milpa familiar desde las tres de la madrugada. Se iban juntos a cortar elotes, llenaban varias arpillas para vender. Para que él pudiera ir a la escuela su familia tenía que hacer muchos sacrificios. Julio era consciente de esto: una vez, en un ejercicio escolar, le pidieron que escribiera cuál era su principal motivación para estudiar. Él sin dudarlo dijo que era porque sus papás, al ser campesinos, eran de escasos recursos. Por eso él era disciplinado y le ponía mucha atención a sus maestros durante las clases, todo para sobresalir y algún día ayudarlos. Los compañeros de la Escuela Normal Rural describen a Julio como un muchacho callado, al que no le gusta echar relajo pero que siempre es agradable. Nunca le pusieron apodo, lo llaman simplemente “el Julio”.

Julio César tenía 25 años cuando desapareció. Desde entonces, su familia ha emprendido una intensa búsqueda para localizarlo. Lo quieren de regreso sano y salvo, lo esperan impacientes porque él es el hijo que más ayuda, el hermano solidario, el sobrino respetuoso, el vecino trabajador. Su madre sueña cada noche que él va a tocar la puerta en cualquier momento, que le va a pedir la cena y va a dormir en la cama que ahora está vacía, reservada sólo para él.

Sus familiares lo buscan, recorren cada vereda, cada indicio que les proporcionan, y lo seguirán haciendo por el amor que le tienen, porque sienten en su corazón que sigue vivo y los necesita. Su padre ha prometido que no se quitará los zapatos que Julio le regaló hasta que lo encuentre y lo tenga de vuelta en casa.

 

Referencias:
1.-Colectivo Universitarixs libres. (2014).“Ahora los 43 son mis hijos, padre de normalista desaparecido en Ayotzinapa visita SLP”. Youtube. Vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=OUt11sHa0sk[accesada el 31 de marzo de 2015]
2.-El Heraldo (2014) Arriba a la capital potosina exposición pictográfica de los normalistas desaparecidos. Redacción de El Heraldo, 7 de diciembre de 2014. Página web: http://elheraldoslp.com.mx/2014/12/07/arriba-a-la-capital-potosina-exposicion-pictografica-de-los-normalistas-desaparecidos-2[accesada 1 de abril de 2015]
3.- Martínez, Paris. (2014). Iguala: Los normalistas que le faltan a Ayotzinapa y al país entero (tercera parte). Nota publicada en: “Revista Animal Político”. 10 de octubre de 2014.  Página web: http://www.animalpolitico.com/2014/10/iguala-los-normalistas-que-le-faltan-ayotzinapa-y-al-pais-entero-tercera-parte/[accesada el 10 de octubre de 2014]
4.- Morales, Alberto; Pigeonutt, Vania. (2014). “Me duermo esperando que mi hijo toque la puerta”. El Universal. 3 de noviembre de 2014. Página web:http://m.eluniversal.com.mx/notas/nacion/2014/-8220me-duermo-esperando-que-mi-hijo-toque-la-puerta-8221-219942.html [accesada el 4 de abril de 2015]
5.- Rosagel, Shaila. (2014). Padres de los 43 endurecen: “Queremos en la cárcel a Aguirre, a los Abarca y a Peña”. Nota publicada en: “SINEMBARGO.MX”. 9 de diciembre de 2014. Página web: http://www.sinembargo.mx/09-12-2014/1188153 [accesada el 9 de diciembre de 2014]
6.-Shoichet, Catherine; Romo, Rafael. (2014). “Mexico's 43 missing students: Who are they?” CNN. 14 de noviembre de 2014. Página web:http://edition.cnn.com/2014/11/14/world/americas/mexico-missing-students-vignettes/ [accesada el 5 de abril de 2015]

  Rosario Hernández

 

 


 

 

ESCRITURA DE JORGE ANÍBAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1

noshicieron bajar

desdeel costado izquierdo

a la manada de cobre,

con los tobillos ardiendo

con las manos en el nudo

delbien,

salvamos

el vapor, la luz desnuda

de los faros

2

corrimosla plancha de concreto

los autobuses solos

avanzamossu quejido hidráulico

3

nunca

me habían rodeado

tantas chamarras sucias,

tantas camisas huérfanas de corbata,

tantas uñas luctuosas

4

pasó tres veces diferente, y                          mira

ahí estábamos, una, caminando                 nos llevaron el piso

sin vocación para la angustia                      con su cacho de razón

entre la multitud de curiosos                     y en las paredes se presencian

que miran indiferentes los incendios,

es difícil que imagines lo que llega           no la fragua del cristo en mata

a ser las luces que bailan dentro de          de las tuberías

una pila de humo, y el humo                         ni la pintura volada

como un intestino angélico,                         o el sarro

la santidad gástrica de las

eclosiones, la destreza                             una cosa concha y puerca nomás

subcutánea para las imperfección

(…)                                                                          (…)

 

aquello                                                                vergüenza habría de darnos

que no duele pero parte                           la poca angustia que nos da

           

Roberto Culebro


 

julio cesar mondragon

El corredor que no pudo ser maestro

I.

Matar a una persona es como matar a toda la humanidad.

II.

Julio César Mondragón Fontes (Tenancingo, 1992) soñaba en voz alta. De pequeño jugaba con Afrodita, su madre, a que se recibía como licenciado en educación primaria: “¡Bravo, bravo, lo lograste!”, le decía animosa a su chiquillo. Fue un sueño compartido que duró más allá de la infancia. Nunca reprobó una materia en la Escuela Primaria Gabino Vázquez, ni tuvo que presentar exámenes extraordinarios en la Telesecundaria Federal de San Simonito o en Colegio de Bachilleres de Tecomatlán. Julio César sabía que estudiar era el único camino que tenía para escapar de la pobreza.

 

Afrodita se convirtió en la jefa de familia tras separarse de su esposo. Del pueblo de Acatzingo se mudó, junto con sus hijos Julio César y Lenin, a Tecomatlán, a la casa de sus padres. Allí, Julio César se crió entre el canto de los gallos y el paisaje dominado por el monte verde oliva y árboles domesticados. Su abuelo le enseñó a sembrar y cosechar aguacate. Ayudaba a su madre a hacer arreglos florales para eventos escolares, salones de fiestas o para la iglesia del barrio; vendía chocolates y dulces de azúcar glas, se alquilaba como ayudante de albañilería, hacía leña para cocer el chicharrón de cerdo que su mamá vendía y también trabajó un tiempo como guardia de seguridad. Con tan sólo 4 años de edad ya era consciente de las carencias económicas familiares, por eso no exigía nada.

 

III.

Julio César estudió un año en la Normal de Tenería y en un baile conoció a Marissa Mendoza, estudiante de otra escuela normal. Se siguieron la pista por Facebook y juntaron sus manos como si fuera un caracol. Julio César se fue a vivir con Marisa al DF y rentaron un pequeño departamento por la zona de Observatorio. Todos los días, como una especie de rezo, Afrodita les pedía a sus hijos que no fueran a salir como su padre, que no dejaran hijos regados, que tenían que ser responsables con sus mujeres… Julio César comprendió, al cargar por primera vez a su bebé, que la vida es apenas un milagro. Fue tanta la felicidad que sintió que le iba explotar el corazón. Los ojos de su pequeña Melisa eran su aire. Sólo la pudo disfrutar un par de semanas. Julio César decidió retomar sus estudios para ofrecerle un futuro con certezas a su niña y realizó el examen para ingresar a la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, mejor conocida como la Normal de Ayotzinapa. En ese lugar se formaron Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, maestros que encabezaron movimientos guerrilleros en las décadas de 1960 y 1970, y que fueron aplastados por los gobiernos autoritarios del PRI.

 

“Ya ves, hago todo lo que me dices”, le dijo contento Julio César a Afrodita al anunciarle que regresaría a las aulas para ser maestro de primaria. Su madre y su tío Cuitláhuac lo apoyaron incondicionalmente, porque sabían que la vida era cada vez más competida y los empleos escasos y mal pagados. “Mijo, mientras yo tenga fuerzas, siempre te voy apoyar”.

 

El 13 de septiembre de 2014, la señora Afrodita se trasladó a la Normal de Ayotzinapa a una reunión de padres de familia. Conoció el pueblo de Tixtla donde se ubica la rural y le pareció un lugar muy tranquilo, bonito y sin vándalos. Pero Julio César le confesó que Guerrero era muy peligroso, que la violencia era la regla cotidiana, y quería desertar. Afrodita le propuso cambiarse cuando quisiera a la Benemérita Escuela Nacional de Maestros, en la Ciudad de México; o retornar a la Normal de Tenería. En ese momento, Afrodita regresó contenta a casa, porque observó un buen ambiente escolar y sus compañeros estimaban a su hijo, mejor conocido como el Chilango. Después todo pasó: el cielo se volvió gris y la niebla cayó sobre el pueblo.

 

V.

Afrodita nunca imaginó que ese sábado sería la última vez que vería a ese joven inquieto y lleno de fortaleza, que corría 16 kilómetros regularmente de Tecomatlán a Tenancingo, era como un maratonista. En cada cumpleaños, Afrodita procuraba juntar dinero para regalarle un pastel y unos shorts para sus carreras. Julio César medía 1.76 metros de estatura y le encantaba andar en bicicleta y perderse bajo la lluvia. Escuchaba a todo volumen rolas de rock, cumbias y cantaba a todo pulmón canciones de Vicente Fernández y Bronco. En algún momento su madre llegó a pensar que su verdadera profesión sería corredor o arqueólogo, porque coleccionaba objetos prehispánicos, collares de barro y cosas de aspecto antiguo que encontraba en sus caminatas por el monte.

 

VI.

Sólo en México la policía acribilla y secuestra a sus futuros maestros. El 26 de septiembre de 2014, a las 21:30 horas, Marisa recibió una llamada de Julio César y le contó que los estaban baleando sin piedad, su voz desapareció. Al día siguiente, su cuerpo inerte fue localizado en las calles de Iguala. Lo torturaron y desollaron su rostro. ¿Quién pudo cometer un acto tan inhumano, tan terrible? El horror.

 

Afrodita se pregunta porqué hay gente tan vil y cobarde. Sólo piensa que habrá justicia divina, porque al gobierno no le interesa cómo asesinaron a su hijo, simplemente no le interesan los pobres. “Sentía morirme, pero le he pedido a Dios que me ayude. Es un dolor multiplicado, abismal, a veces me siento responsable de su muerte. Si Guerrero era peligroso, porqué no lo saqué de ahí. Recuerdo que esos días decía ‘Dios mío, qué triste es ser pobre, mira lo que me pasó’”.

El 29 de septiembre se realizó el funeral de Julio César, y la familia Mondragón Fontes agradeció la solidaridad de mucha gente que acudió al panteón para recordar al joven de 22 años, a pesar de que se celebraba la fiesta del santo patrón San Miguel Arcángel.

 

El instante se congela cuando Afrodita pronuncia el nombre de Julio César. Llora, se desahoga, respira. Nombró así a su primogénito por el emperador romano, quería un nombre significativo, poderoso. Trata de consolarse diciendo “que hubiera pasado si…” Nada funciona. Hace poco se enteró que también el emperador Julio César fue asesinado de una manera infame. No quiere pensar en el destino oscuro o en las malas coincidencias, pero se hace muchas preguntas y no hay respuestas. Acepta que es una locura no querer aceptar la muerte de su hijo. Como un ritual, Afrodita visita todas las tardes el monte verde oliva, ahí donde los árboles producen música de acuerdo al viento, porque ese paisaje le devuelve la imagen de su muchacho.

 

 Moisés Castillo


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Luis Ángel Abarca Carrillo

—Yo le voy a echar las ganas del mundo —le dijo a su madre, la señora Metodia Carrillo Lino, hace mucho. Estaban en la casa, que era pequeña y pobre. Que lo es aún. Que está en San Antonio, municipio de Cuautepec, en la Costa Chica de Guerrero.

Él estaba decidido a terminar la secundaria, y lo hizo.

Luego también estuvo decidido a terminar el bachillerato. Y lo hizo.

Luego dijo:

—Me voy a ir a una escuela cerca de Tixtla.

—No, mijo, no te vayas —dijo doña Metodia.

—No, mamá. Me voy a ir porque tengo que seguir adelante. Quiero ser maestro. Para ayudarla a usted. Usted que ha trabajado para sacarnos adelante a mis hermanos y a mí. Y yo ya no quiero que usted trabaje. Ya está grande.

Estos recuerdos aparecen en el sueño de Luis Ángel. Es un sueño largo, profundo. Un sueño como una casa con muchos cuartos. Luis Ángel lo ha tenido muchas veces. Entra a un cuarto, y luego a otro y a otro. Termina y vuelve a comenzar. A veces el sueño da la impresión de ser como las pesadillas que trae el cansancio, y a veces la de ser como un sueño de fiebre. En cualquier caso es espeso, prolongado. Imposible de abandonar.

Luis Ángel quisiera abandonarlo. Quisiera despertar y no puede. Hace un esfuerzo.

—Mamá, dicen que allá no se paga —dijo—. Nomás vamos a gastar lo de los pasajes. Dicen que hasta de comer les dan.

El sueño lo arrebata. Le quita el recuerdo de que intentaba despertar. Otra vez está en los primeros días de la escuela rural. Mira los murales en las paredes. Lee las consignas y empieza a comprenderlas. Escucha las voces de sus compañeros. No habla mucho. Hay muchas cosas nuevas a su alrededor.

Pasó sus semanas de prueba en la Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa, y entró como alumno de primer año. Tenía diecisiete. Tal vez los tenga todavía.

O tal vez ya cumplió dieciocho. La última salida que recuerda: a Iguala, fue el 26 de septiembre, casi un mes antes de su cumpleaños.

Pero es que de pronto le parece que ha estado muchos años dormido. Dando vueltas de un tiempo a otro. Con los ojos cerrados.

Antes de la escuela sembró. Antes trabajó de peón. Día que no tenía clase, tenía que trabajar. Le gustan el futbol, la música, pero apenas hay tiempo. Se alquilaba para trabajar con los vecinos porque el dinero no alcanzaba jamás. Cuando supo que lo habían aceptado en la escuela estaba ayudando a su padre, el señor Donato Abarca Beltrán, en la encierra de varios animales.

—Yo siento que sí vamos a poder —le dijo a él y a doña Metodia—. Si ya pudimos en Bachilleres, ahora acá con mucho más razón. No se paga. Sí vamos a poder.

Y se fue.

El sol pegaba como pega ahora, del otro lado de sus ojos. ¿O es fiebre? De pronto cree que le dieron un golpe. En algún momento. Tal vez está privado, nada más, y pronto va a despertar, y es sólo que no puede despertar.

En la escuela se sembraba también, y se trabajaba duro. Pero la meta era distinta. No nada más vivir al día. La meta era enseñar y actuar. Acción política. Acción contra el mal gobierno, que es el responsable de que apenas haya tiempo.

Entró en la Casa Activista, que es comité donde se puede entrar a recibir formación política. Luis Ángel conversaba con sus compañeros y se abría un poco. Hablaban de muchas cosas. Era un muchacho flaco de bigote ralo y orejas grandes. Era serio. No tuvo mucho tiempo para acostumbrarse a todo lo nuevo que le estaba pasando.

—Ven, Amiltzingo —le dijeron. Ese era su apodo. Ahora no recuerda por qué.

Tampoco recuerda si tenía más planes. Primero tenía que obedecer. Dejarse hacer la novatada y salir con los compañeros mayores a la actividad que les indicaran. A Iguala.

A veces, Luis Ángel tiene la impresión de que este sueño no es un sueño. Que es la muerte: que la muerte es volver a visitar todos los recuerdos de la vida, para siempre, y en especial los más terribles. No es lo que le decían de chico que fuera el cielo. Ni el infierno. Aunque tampoco ha tenido tiempo de decidir si realmente cree todavía, o en qué. Tal vez sea el infierno.

La salida en los autobuses prestados a botear y buscar más autobuses. Aquí, a este día, regresa siempre. El trayecto para un lado y para otro.

—Aquí no se puede. Mira, no nos dejan. De regreso a Tixtla.

El segundo intento por la tarde. La noche. El conductor que sale de uno de los autobuses y deja encerrados a sus ocupantes. La policía que empieza a llegar. La policía que empieza a disparar.

La policía que no deja de disparar. Y luego lo otro. ¿Un golpe? ¿Unas manos que lo arrastran? ¿Alguien que lo sube a otro camión? ¿Los gritos en la noche? ¿Las voces de miedo en la noche?

Pero no.

Porque ahora vuelve, de nuevo, a la conversación con su mamá. Vuelve a decir:

—Me voy a ir a una escuela cerca de Tixtla —y sabe que después, tarde o temprano, vendrán de nuevo la inscripción en la escuela, el viaje, la iniciación, Iguala, el autobús, los gritos, los balazos, el miedo de los policías que no se detienen y que quisieran matar a todos. Y lo otro. Lo que apenas quiere ver. Los últimos momentos que recuerda.

Más allá apenas se puede ver. Es mirar a través de párpados cerrados, que no pueden abrirse. Es estar encerrado. O muerto. Todo es impreciso. Todo es húmedo y lleno de dolor, de miedo como nunca antes había sentido. De horror que se lleva a las palabras.

Tal vez sea un horror que espere pacientemente allá, en el mundo. Que espera a que Luis Ángel despierte.

Pero no.

Incluso aunque esos recuerdos sean los últimos, Luis Ángel quiere estar vivo. Así lo decide ahora, como lo ha decidido muchas otras veces. Quiere despertar. Quiere despertar y seguir en el mundo. No importa que sea herido. No importa que sea prisionero o torturado. Quiere estar vivo. Quiere volver con su gente. Quiere salir de la pesadilla y estar vivo.

—Yo le voy a echar las ganas del mundo —dice, como una promesa. Está decidido.

—No, mijo, no te vayas —dice doña Metodia.

Igual que cuando terminó el bachillerato.

Y Luis Ángel piensa que tampoco se negaría a volver a este momento. A la casa tan pequeña y tan pobre, en Cuautepec. A su mamá, preocupada. A su papá y los hermanos que no se han marchado. A la vida que parecía abrirse un poco. A la vida que era como una puerta pesada, una puerta mal hecha, que con trabajos, con muchos trabajos, pero sí se dejaba abrir un poco. Sí dejaba una rendija. Hacia el futuro.

Pero no.

El pasado no se puede cambiar. Después de este momento vienen todos los otros. Y Luis Ángel se da cuenta de esto.

Y luego olvida dónde está ahora, y olvida que está soñando, y olvida todo lo que vendrá, y otra vez dice lo que dijo entonces. Lo que dijo siempre:

—No, mamá. Me voy a ir porque tengo que seguir adelante.

 

Alberto Chimal


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David García Evangelista

Aquel sería un fin de semana espectacular y David lo sabía desde que despertó. Iguala, una piedra más en el camino. Nada que no pudiera solventarse. Estaba más preocupado por los partidos del sábado. Clásicos y más clásicos: en Alemania e Inglaterra. Sería una mañana dignamente futbolera. Despertar temprano y rastrear en roja directa el Derby de Merseyside; recién terminado prenderle a la tele para no llegar tarde al clásico del Ruhr, para acabar una bella tarde con la guerra civil del Norte de Londres. Tres partidos a morir, confrontaciones entre enemigos eternos. El que tocaba el viernes no era clásico sino un triunfo predecible. La de Iguala era una victoria cantada.

No le gustaba pensar en las chivas. Lo mejor de ellas estaba en Europa. Chicharito anotando en el Madrid. Vela, el incomprendido, luciéndose en La Real. Él sí lo entendía. Sabe bien lo que significa la desobediencia en el campo. El profe Rentería ya lo había sentenciado: “ni una más. Cuando es pase es pase. No se puede volar sin caminar, chamaco.” Era un buen hombre el profe pero no entendía el fútbol como él. El cuerpo técnico siempre destacaba su disciplina táctica, pero era al momento clave del toque o el disparo cuando el titubeo se presentaba. La banca era su amiga por esos días pero ya era tiempo de dejarla. Por eso corrió más que nadie por la banda izquierda en el entrenamiento del miércoles. Sería titular, ya lo sabía. Entendía el poder seductor de la banca: desde ella se puede aprender a anotar más que en la confrontación con el cristo enguantado. Sí, lo sabía. Cuando en la banca observas al otro fallar, entiendes que sólo necesitas perspectiva. Pero no todos la saben apreciar. En el campo no abunda el tiempo para pensar; ahí se trata de decidir, de sentir el movimiento del balón antes de patearlo, se trata de desobedecer.

Era más fácil pensarlo, eso sí. Hasta aquel viernes. Su primer partido como titular era el primer paso. De la tercera a Coras. De ahí se llega a Chivas, según le habían contado. A él no le importaba. A pases o a goles llegaría a primera. Por eso le pidió a su mamá que lo acompañara a la misa previa al partido. Ella, la de la música, la del amor. “Se lo dedicaré”. Era un gol cantado, como la victoria. Tras la misa, la besó con secreta complicidad.

 

II

Una victoria cantada. Facundo, orgulloso director deportivo de los Avispones de Chilpancingo, se levantó sonriente tras el silbatazo final. Había presupuestado un triunfo pero el uno a tres en Iguala era más de lo que pudo haber imaginado. Pensó rápidamente en el zurdo que el profe acababa de poner de titular. Conocía lo difícil que es encontrar a jugadores de esa naturaleza, encarando siempre con cabeza levantada, pasando o incursionando diagonales entre los centrales. Un extremo como de esos que ya no nacen. Se lamentó no haber grabado el partido. Cosas de mercenarios, siempre se decía. Pero esa noche había sido especial.

La tradición imponía que tras las victorias el equipo cenara una de esas comidas que aderezan la alegría. Fueran pizzas o hamburguesas, la noche les pertenecía. Luego recordó el suelo que pisaba. Iguala era uno de esos lugares que se marcan con equis rojas en todos los mapas. Había escuchado feos rumores: narcos, balaceras, policías, retenes, violaciones. De todo podía suceder si la oscuridad los alcanzaba paseándose más de la cuenta. Por ello prefirió posponer la cena hasta llegar a Chilpancingo; ahí será lo que ellos quieran.

El equipo subió al autobús, enfadado por aquella cena que se hacía del rogar. Facundo contó las cabezas con audífonos y, tras ver subir al profe Rentería, animó al chofer para que arrancara. “Métele mi Barcel, que ya hace hambre.” Se sentó en la primera fila, como siempre, y dejó que la voz del locutor radial lo adormeciera.

El Barcel conducía con tranquilidad, pendiente siempre de que la carretera no se volviera ni muy oscura ni muy iluminada. Ambas cosas eran mala señal, pero hasta el momento la tenue candidez de los faros lo tranquilizaba. La carretera, semivacía, se iluminaba sólo por las luces del autobús y las del taxi que iba pocos metros detrás de ellos. Apagó la radio cuando las noticias empezaron a ser preocupantes: varias balaceras, levantones, camiones tomados. Todo ese mismo día. Levantó la mirada y vio las camionetas en horizontal, obstruyendo el camino, haciéndole señales para que se detuviera. No pensó demasiado. Antes de ver las primeras detonaciones alumbrar esos rostros inexistentes, decidió salirse del camino. “No se va a poder. Traigo niños, futbolistas. Nada tienen que deber por acá.” Uno de los cuatrocientos disparos pegó en su nuca.

III

Las detonaciones habían hecho que el autobús terminara sobre un costado. Al ver al profe Rentería con las manos ensangrentadas, Facundo ordenó a todos que se tiraran al suelo. Alzó la mirada y alcanzó a ver a David, de pie y con la mirada extraviada en algo que ya no pertenecía a este mundo. Dos segundos después estaba en el suelo, con el abdomen lleno de sangre y los ojos desmesuradamente cerrados. Las detonaciones se convirtieron en risas y mentadas de madre. Facundo supo que había que moverse; sacaron primero al zurdito y al profe por las ventanas y les dijo a todos los muchachos que corrieran lo más lejos, hasta que llegaran al plantío y ahí se volvieran a tirar al suelo. Tomó entre sus brazos a David y trató de calmarlo con palabras que no tenían significado alguno. Su cuerpo era terriblemente liviano.

Facundo dejó de correr cuando sintió que las luces se habían apagado por completo. Observó algunos ojos entre las milpas y depositó en el suelo al zurdito. La camiseta amarilla se había tornado carmesí  entre las manos de David que seguían apretando con poca fuerza. Tomo el teléfono y llamó a todos los números de emergencias de este mundo. Le pidieron calma y detalles. Contestó a todo con otra voz; al colgar, empezó el interrogatorio

¿Por qué?

Varios días después, uno del gobierno le dijo que todo fue una confusión.

 

IV

Reflejadas en los destellos de la ventana, sintió las ilusiones de la onceava escaparse con el gol de Marioni, para luego verlas regresar con el hombro milagroso del Maza. Recordó con alegría el gol que la abuelita del Bofo nos regaló a todos y a San Oswaldo levantar esa copa que se había negado a sonreírles casi diez años. Gritó de nuevo el gol de Chicharito frente a Francia mientras las carcajadas de los sicarios le recordaban las vuvuzelas sudafricanas que no pudieron detener el penal que Cuauhtémoc anotó frente a Lloris.  Trató de sonreír pero sintió ese ardoroso nudo en el estómago, casi tan parecido al que sintió cuando Wesley Sneijder empató ante México un partido que debimos haber ganado. Unos segundos después clamaba “no era penal” mientras otro balazo, ahora de Huntelaar, lo envolvió en un manto caliente y le obligó a cerrar los ojos y apretar las manos contra el abdomen mientras resguardaba unos cuantos hilos de conciencia para regresar a un lugar al que sólo él podía entrar.

 

Sobre la muerte David nunca supo gran cosa.

De la vida sólo una, la más importante.

(“Tu mamá siempre te va a querer”)

Supo también que, al morir, lo enterrarían con su uniforme y los zapatos del debut.

Recostado entre los vidrios esparcidos por el suelo del autobús, apretaba los ojos tratando de adivinar los resultados del sábado. ¿Le alcanzaría a Liverpool para ser campeón al fin? Era difícil vaticinarlo. De lo único que estaba seguro es que Gerrard anotaría frente al Everton.

“Ese cuate siempre mete goles en los partidos importantes”.

Tal como David lo había hecho unas horas antes de partir.

 

José Antonio Manzanilla Madrid


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Yo no soy Jonás Trujillo González

 

¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?

Jonás 4-11

 

 

 

La tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre pareces decirme y yo digo tu nombre como se dice cualquier cosa, apenas te conozco no sé nada pero qué manera de lavarse las manos para decir     me duele para decir que en tu nombre y el de otros somos todos   que nos pesa y nos mide   que la muerte es       este espacio en blanco como escritores níveos  colgándonos un nombre sobre el cuello para pagar la cuota de las buenas consciencias

Las aguas me (nos) rodearon el alma      estoy sentado y tengo todo, estoy sentado y no me falta nada  Lo entendí de a poco  pedazo por pedazo

Si te soy del todo honesto escogí tu nombre al azar      porque ahora son un símbolo      dijeron       porque ahora son zonas transparentes del terror       dijeron      si te soy honesto veo tu foto y no me dice nada  y nada te devolverá la vida pero podremos dormir tranquilos

 hemos pagado

somos buenos

ya escribimos

hemos pagado

pero podremos dormir tranquilos

ya salimos a las calles

lo hicimos “todo”

pero podremos dormir tranquilos   porque Jehová hizo levantar un gran viento en el mar y hubo una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave (carne)

pero al final no pasó nada.

José Pulido

 



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ORACIÓN DE LA MONTAÑA

 Aquí, pareciera que todo es vasto. La luna llena se desprende entera y se desparrama en el ombligo de la tierra. Las montañas son una con los mares y los ríos, los desiertos y los llanos; todo pareciera que los mares se beben las estrellas y que los hijos todos tienen una luna para tomársela a sorbos como se toman el amanecer las libélulas.

No todo es música que ilumina la paz. No es lo mismo el canto de los pájaros de la montaña y el canto de los pájaros de  la ciudad. Las palabras tienen el aliento del viento negro, porque los signos nos señalan cruces de cedros sagrados que nuestros ojos no abrazan.

Las montañas no pueden beberse el olvido, después de mirar la señal en la palma de la mano. Quizá los colibríes ya no son verbo, sino ceniza. Los montes no beben, lloran y el rocío salpica la palabra y canta.

¿En dónde estás hijo?

¿En dónde te encuentras?

¿Dónde estás José Eduardo Bartolo Tlatempa?

Pronuncio tu nombre por los cuatro caminos

Pronuncio tu nombre por los cuatro vientos

para que el viento bueno me responda,

para que el buen camino me diga

en qué piedra tu pie se tropezó.

¡Ven hijo!

Que tu espíritu hable y me diga

en qué pozo obscuro te encuentras,

o que fuego despreciable quema tu voz

o que viento de obsidiana quiebra tus huesos

o que tierra cubre la luz de tus ojos.

Ven, José Eduardo Bartolo Tlatempa,

Tu sombra te nombra,

levanta tu cuerpo,

no dejes que el miedo te aplaste.

Si te extraviaste en un recodo,

si te extraviaste en las colinas,

si estás enredado en los brazos del agua,

si la niebla te ha perdido,

si los hombres te asfixiaron

con puñales de muerte;

¡Ven! Que tu espíritu

sea la cruz de la ceiba sagrada

para que los pájaros

repitan tu canto.

 

El viento camina cansado, encorvado sube a la montaña. Los pájaros de vestimenta obscura cantan el Ave María y quieren que el silencio con sus alas de cuchillos lunares abra los pechos de los hombres nacidos sobre las piedras.

Estás aquí, y esto ha hecho enojar a alguien que es dueño de los vientos envidiosos, asesinos.

¡Ven hijo, no te espantes!

José Eduardo Bartolo Tlatempa,

aquí estamos. Aquí,

como la primera piedra

que sirve de asiento o para tropezarse;

somos la piedra y la página

donde se escriben los signos

que la muerte cubre

con sus alas en cruz.

Solamente el tiempo

con el soplo natural del viento,

descubre la señal tatuada

en el viento bueno, en el viento nefasto.

Juan Hernández

 

 


 

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Daniel Solís Gallardo: Fuiste el primero en caer

Fuiste el primero en caer. Anochecía pronto en tu vida, te dieron un tiro por la espalda allá en Iguala. Tú no estás desaparecido, pero encabezas la lista de nombres de tus compañeros de Ayotzinapa.

Antes del viernes, habías llamado a tu casa, hablaste con tus padres: Inés Gallardo y Jaime Solís, les dijiste que tal vez irías a casa para el fin de semana pero no llegaste. No eres un criminal, habías ido a Iguala a botear, tu misión era recolectar recursos para mantener el funcionamiento del internado al que te incorporaste para el ciclo escolar 2014-2015.

Tenías 18 años. Contigo cayeron dos compañeros más: Diosir Guerrero y Aldo Gutiérrez Solano.

Llegaste a la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa porque querías ser maestro como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. La escuela fue fundada en 1926 en Tixtla, por ahí han pasado infinidad de jóvenes de todas partes de la república con la misma ilusión que tú: ser maestro.

Tu padre te acompañó a presentar el examen de admisión a la Normal Isidro Burgos. Esperaste 15 días para conocer los resultados. Te colocaste en el lugar 73 de 300 aspirantes que como tú presentaron el examen. Pasaste las demás pruebas: te visitó el comité de la escuela en tu casa y te hicieron estudios socioeconómicos.

Dice tu madre que saliste de casa con la “mochila llena de ilusiones”; te acompañó a la central de autobuses, te besó y te dio la bendición. Dijiste que le ibas a echar ganas y prometiste cuidarte. Después de ese día ya no te vio más.

Entraron 140 alumnos en tu generación. Pasaste una semana de prueba en la normal y aguantaste aunque algunos compañeros regresaron a casa. Querías ser maestro como tu tío, en tu casa ser maestro se volvía una tradición. Te gustaba el ejemplo que te daban. Querías ser el primer profesionista en tu familia y dar ejemplo a tus dos hermanos menores.

Te decían El Borre por tu cabello rizado y abundante.

Cuando se refieren a ti, dicen que eras trabajador, reservado y optimista. Muy amiguero. Tus profes te recuerdan travieso, pero también buen estudiante y participativo, tenías buena conducta.

Ayudabas en tu casa. Trabajabas en vacaciones como albañil y mesero. Querías apoyar para construirle una casa a tus padres y cambiar esas maderas y láminas entre las que creciste.

Te gustaba el fut, no parabas de jugar. Era tu vicio. Jugabas hasta tres partidos al día. Jugaste muchísimo antes de irte a la normal, pensabas que ya no habría tiempo, pero fuiste seleccionado para jugar en el equipo de Ayotzinapa.

Ya no hubo más partidos.

Volviste a casa después tu muerte, te esperaban tu familia y tus amigos.

En el cortejo fúnebre tus compañeros te llevaron en hombros vestidos con el uniforme del equipo hasta el cementerio. Te dejaron un balón firmado y cubrieron la caja con sus playeras, tu familia puso tu uniforme y tus tenis.

Llovía el cielo.

Tu madre no ha recibido un sólo centavo por ti y repite: “mi hijo no tiene precio”.

Querías ser maestro y dar lecciones en el salón de clase, pero empezaste por dar lecciones a la patria. No debías morir. Tus compañeros no debieron desaparecer.

Daniel: ¿Lo volverías a hacer?

 Alejandra del Castillo / @baronesarampant


 

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Christian Tomas Colón Garnica / él quiere, pero lo frenaron / regresar con vida / Está pegado al pecho del Niño Jesús/ a Guerrero.

 

 

En el paraje/ de aquí salió la esperanza / cuñada vivienda / y es el miedo de no saber / esperemos.

 

 

 

Nadie está ganando.

 

 

Christian se fue a Ayotzinapa,/ se encuentra protegido por la Ley, / desde el 26 de septiembre / Cristian Colón inició sus estudios/ donde también estudian otros tres oaxaqueños/ la agresión con armas de fuego / se encuentra en Iguala, Guerrero, en espera de los resultados/no perecederos y envasados / y a otras personas que viven idénticas circunstancias.

 

 

 

ii

Ayer recordé una imagen pero no sé de quién era / Tengo dos lagos en la cara / a veces uno alimenta al otro / la sombra de un ave pasa / me di cuenta que era un periódico tendido en el aire / tantos miles de muertos, decía / muerte en las fronteras, decía / anochecía y las calles estaban desiertas / en contra de la gravedad me los llevé hacia adentro de la ciudad que es lo mismo que decir que me los llevé hacia el centro de la noche / pero no había ciudad / sólo espacios abiertos, y luego uno que otro edificio / que bien pudieran alimentar su estatura con uno y otro a la distancia / una parvada los conecta con sus sombras y sus ojos encendidos / recuerdo en la foto una forma humana / tal vez un niño para ser más dramáticos / amontonado / una forma humana que se diluía por efecto de un riachuelo donde el periódico descansaba

 

Entre espacio y espacio hay un espejismo / de edificios / hay un espejismo de mirlos o dhalias negras en rocío / puede que no sea un espejismo sino el reflejo de dos lagos bajo un cielo escampado / o tal vez el espejismo sea la sombra de un galope perdido, es decir, un galope sin su equino / leí que el futuro es el establo de donde parte el miedo / por eso me siento en la banqueta a ver flotar dos trasatlánticos en una nada de agua / como soles ahogados / a esperar un potro sin aliento que pensaba alcanzarme antes / en resumen, una fábula

 

Pero lo que más recuerdo es esa imagen / la trayectoria que deja la información se abre y se cierra en el mismo instante en que el objeto se traslada / México /no un polvo cualquiera / ni el muerto entre los sexos / un polvo olvidado entre fuentes vacías / esa palabra quebrada entre los dientes / esa palabra un polvo verde que recordaba su madera o su pierna / la boca repitiendo un manantial muy cerca del ano / un espejismo, claro, claro / digámoslo así /había fiestas al degollar el cielo y bañarnos en la sombra de su sangre

 Amado Peña

 


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Vivir y nada más

Carlos Iván Ramírez Villarreal. In memoriam.

Dedicado a la señora Socorro Villareal

y el señor Margarito Ramírez: campesinos.

Mi nombre es Carlos Iván Ramírez Villarreal. Estoy muerto. Aún así quiero decirles algo.  Queda claro para mí, como clara es el agua, que no perderé más tiempo de mi vida reflexionando si la violencia es algo propio o ajeno de la naturaleza humana. Tampoco si es que debo o no ser un sujeto social  pacífico según la ideología en turno, las leyes o reglas o normas en turno, según la moral en turno. La violencia nos llegó a la cabeza. Y nos la quitó. No quiero más pensar en la violencia, pero la violencia existe. Y creo que debemos decir las cosas como son. Creo que la violencia la genera el sistema en que vivimos. Si analizo bien el sistema en que vivo, me doy cuenta que a lo largo de mi vida, las consignas que más me han aparecido de frente pidiendo ser atendidas como paradigma de conducta, han tenido que ver, necesariamente, con la preservación a ultranza de cierto status quo de una clase, de unos cuantos mexicanos. Un estado de jerarquía desigual, injusto, insoportable de seguir llevando, en el que algunos (coincidentemente los que profieren las consignas antes mencionadas), gozan, usufructúan,  de alguna manera u otra, casi siempre ilegal, del mismo. Es decir, de una jerarquía sobre el otro, una posibilidad fáctica de pasar por encima del otro.

Me queda claro que pienso así, yo Carlos Iván Ramírez Villarreal, que estoy muerto pero sigo pensando así, porque no me interesa seguir haciendo las cosas de la misma manera (es decir, respetuosamente), y porque quiero ahondar cada vez más en una curiosidad que tengo desde que comencé a estudiar en esta escuela Raúl Isidro Burgos: ya habiendo resistido una y otra vez, habiendo cursado sino varios caminos de la política (la denuncia en la plaza pública, mediante una postura crítica, de los políticos y sus partidos, el ejercicio cada vez más comprometido de mi ciudadanía),  ¿se ha logrado algo? ¿hemos cambiado algo? ¿nos han escuchado? No. ¿Qué sigue? Si la violencia no es o no debe ser una función social real:  ¿cuál es el camino a seguir?

Y yo no quiero que se me malentienda pero yo, Carlos Iván Ramírez Villarreal, asesinado, quiero que se entienda perfectamente que quiero ver, estoy tratando ver, con toda la fuerza sólo lo importante, velar sólo por lo digno de existir. Pero no puedo. Es muy duro ver que la gente empobrece, es vejada y muere y nadie hace nada. Por ejemplo, yo no puedo más con la realidad, es decir, que la  violencia en este territorio, en este país (el lugar donde ha vivido mi familia, donde yo nací), se ha torcido en una zona de guerra, una patria de holocaustos, y que es vital para mí, algo religiosamente sanguíneo, que vea qué pasa. No me puedo hacer de la vista gorda. Es necesario que yo, como ciudadano, meta mi cabeza y mis manos en ello.  Porque hay que hacer algo. Y es muy difícil. Porque veo que este territorio (mío en estricto sentido, que sustenta mi patria), es ahora una pocilga de guerra. Es una tierra de sangre y muerte porque ha existido a lo largo del tiempo un grupo de humanos que lo han cercenado, lo han podrido, lo han aniquilado a placer, a su antojo, para la conveniencia de los suyos y sólo de ellos, y ellos. Y ellos, que son los políticos, y los policías, y los rateros, y los secuestradores, y los violadores, los asesinos, los que me mataron, son para mí, los enemigos que hay que perseguir hasta su confinamiento para evitar su multiplicación, perseguir hasta su exterminio.

Y aunque sé que afirmar a estas alturas del siglo XXI es difícil no sólo para mí (Carlos Iván Ramírez Villarreal, que  fui asesinado cruelmente por todos estos seres venidos del infierno), sino para todos, pueda parecer algo temerario, pueda considerarse una postura estúpidamente ingenua o definidamente terrorista, me considero firme para empecinarme en mis ideas sin engancharme ya con los adjetivos que por dicha postura me suministren. Porque todos los que nos sintamos vivos debemos identificar sin demora, con toda seguridad y con todo el peso de la Justicia Real, que los principales enemigos son ellos, toda esa bola de mamíferos que se han venido reproduciendo dentro del aparato formal de los gobiernos pasados y presentes, locales o federales, convirtiéndose en una plaga terrorífica, un pandemónium. Y más que nadie los falsos educadores, que han destruido nuestra cultura, otrora majestuosa, desbordada y comunicada con el universo abierto, con la divinidad a la que cada quien quiera integrarse. Ellos constituyen la plaga más peligrosa, la peor gangrena, la septicemia del hombre de estas tierras. Ellos y los que con ellos están. Sus cómplices. Ellos son los peores.

Por eso yo, Carlos Iván Ramírez Villarreal, que fue muerto por gente del mismo gobierno, pagada por el gobierno, por estos políticos, y policías, animales oscuros del demonio, quiero proponer así, que una vez identificados estos animales que digo, los enemigos más terribles, conformemos por fin escuadrones organizados para expulsarlos del territorio común, antes solar, o por lo menos maniatarlos, boicotearlos, limitar seriamente sus emisiones destructivas. ¿Cómo? Justo como ellos nos lo han negado. Y bueno, nos han dicho que la violencia sólo genera violencia (aunque ellos la destilan, la monopolizan y dispersan su uso a discreción), por eso no podremos hacerlo con violencia, porque sólo nos van a matar. Por eso es que tenemos que hacerlo mediante ejercicios decididos que la nulifiquen de cualquier forma. No bélicamente si es que no podemos, no sabemos o no queremos, pero sí de una manera que ya no obedezca robóticamente el cumplimiento de sus reglas. Yo por mí levantaría campamentos contra los que han matado todo. Para tomar justicia en propia mano. Yo Carlos Iván Ramírez Villarreal, que fui asesinado, esa es la verdad, asesinado con otros cientos, miles de mexicanos por este universo del mal sobre la tierra, me haría justicia de propia mano y sin miramientos. Actuaría justo como ellos lo han hecho por generaciones: ojo por ojo, diente por diente. Pero no se puede. Tal y como ellos han derrumbado las piedras de nuestro país, esa cultura de la que hablo y nos perfilo un rostro y nos dio una voz. Pero no se puede. No nos dejan. Tal y como ellos han demacrado y tasajeado ese rostro. Pero no podemos hacer eso.  Y yo me pregunto, ¿acaso ellos, los enemigos, los falsos educadores, los políticos de mierda se detuvieron un momento al robarse las arcas del pueblo, a exterminar uno a uno a sus adversarios de ideas, a matar miles de humanos que no embonaban en su forma de ver el mundo? ¿Acaso ellos, insisto, se detuvieron a pensar, un segundo siquiera, si es que acribillar a un país por cincuenta años dejaría las secuelas que estamos pisando y oliendo todos los días en esta cloaca que es ahora nuestra casa? No, no lo creo. O mejor dicho, definitivamente no y, mejor aún, categóricamente: no. No se detuvieron a pensar. Sólo a matar. Y violar. Y secuestrar. Pura muerte nos han dado. Y yo quiero que eso nunca va volver a suceder. Yo quiero que eso no pase más en nuestras narices. Y eso no pasará si nuestros escuadrones no se dejan llevar por el confort y el miedo. Nunca más, si levantamos el grito, este país será, una era más, un destino contado. Nunca más pasará eso si acabamos con este poder que solamente ha sido efectivo en proveer difuntos.

Y bueno, luego me dicen mis amigos que soy muy idealista: “Carlos Iván Ramírez Villarreal, ya bájate de las nubes, Carlos Iván Ramírez Villarreal, pon los pies sobre la tierra, todo seguirá igual”, me dicen. Y bueno, tal vez tienen razón, ahora ya estoy muerto por no hacerles caso. Y bueno, si calibro de nuevo del estado de las cosas, la diferencia de pesos y medidas entre los contrincantes en esta guerra que debemos entablar, por supuesto que me doy cuenta que la guerra no es justa. Pero, ¿cuándo lo ha sido? No lo sé. Lo que sí sé es que el enemigo más rico y poderoso se ha incrustado en el alma de nuestro pueblo (la televisión es el escenario donde se lleva a cabo la dictadura perfecta), y es ya, si se quiere ver así, un insecto encarnado en nuestras propias mentes, ha hecho de nuestras manos un muñón y más triste todavía, de nuestros pulmones un saco de arañas, de nuestros huevos y nuestros ovarios puro saco vacío, pura nada. Por eso los más jóvenes siguen diciendo que esta tierra es de ciegos y que aquí no pasa nada. En el vacío es que se lucha, aquí por ejemplo, en Iguala, donde no hay nada, en el aire enrarecido de la falta de interés por el bien común, el espacio en blanco acumulado por no vivir como dios manda. Mis maestros me han dicho que ahí es donde peleamos, en el sinsentido de los discursos vacíos, en el eco que reproduce, sin cesar, la pantomima de hermandad que hemos puesto en escena como cierta, en donde todo es relativo, casi irreal.

Me dicen: “Carlos Iván Ramírez Villarreal, date cuenta, la guerra no es justa. Date cuenta. Y además no tienes amigos, nadie te ayudará. No hay más opositores erguidos, luchadores fornidos ante el cataclismo, el holocausto del país. Somos un ejército mermado, tullido. Somos un ejército de fantasmas”, es lo que me dicen, todos los días, en las aulas. Me dicen los maestros que estamos heridos de lenguaje y que eso es lo mismo que estar heridos de muerte. Y yo creo que tienen razón. Creo que muchos de nuestros mejores hombres han sido convertidos en Hombres Mono. Homínidos que no hablan, que han palidecido de su inteligencia, raquíticos de sueño, que no podrán ya levantar la voz ni siquiera en defensa de su propia existencia. Ellos deben ser, lo lamento, caídos al costado del camino que hay que dejar dormir para salvar a otros. Sin reprocharles la falta de fe, la falta de salto de fe, de vehemencia para la guerra diaria. Porque hay que asumir que el enemigo les ha arrancado a muchos las palabras, se ha llevado al carajo las palabras del español que habitaba libre en este valle, en nuestras montañas, en nuestras costas. Yo digo que está muy difícil que podamos detener el paro cardiaco del habla. ¿La gente volverá a gritar? Yo no lo sé, repito, guarecido en mi pequeña trinchera. No lo  sé. Yo sí voy a gritar. Eso sí lo sé. Como me llamo Carlos Iván Ramírez Villarreal y estoy hecho un cadáver, que yo no habré de ceder. No. No es posible que yo me arredre. Me lo repito para creerlo, aquí sumido en esta parcela de realidad. Ya no es posible sustraerse a lo que estamos viendo, lo que se está viviendo. No si uno quiere quedarse aquí, en el lugar donde nació, el lugar donde se han dado nuestros aires de familia, donde aprendimos a caminar, a hablar, a escribir, en donde nos enamoramos por primera vez, en esta la ahora región más nauseabunda del orbe.  No me arredro porque me di cuenta, muy tarde y lo lamento, que si la violencia es entendida como el uso de la fuerza contra el humano con la idea de sacar de él algo que no quiere dar libremente (además de amenazarlo con infligirle algún tipo de dolor físico, psíquico o moral), los que han provocado y ejercido la violencia desde siempre, de manera criminal para el beneficio diabólicamente sectorial, son esos enemigos que hemos detectado y dicen dirigir las riendas de mi país y nos cobran por ello. Por deshacer todo. Y como me dicen mis maestros no sólo ellos, los políticos, los falsos educadores, sino como dije antes los que los han alimentado, protegido, es decir, también los empresarios y los intelectuales. Ellos también son el enemigo.

Entonces es lo que quiero decirles. A mí, Carlos Iván Ramírez Villarreal, asesinado por el estado, la violencia no me va. Respeto a quien da su vida para salvarnos, pero eso no me va. Pero creo que sí es necesario cambiar. Creo que no debemos buscar la resistencia sino el ataque. Hay que formar escuadrones que fuercen a los destructores a liberar a sus oprimidos. Todo esto sin que diga yo que hay que matar. Lo que sí digo es que hay que hacer todo menos eso. Alto al fuego y alta la paz. A cambio de su vida los enemigos deben detenerse, saber muy bien que les decimos: “No”. No a su propaganda y no a su ideología. No al consumismo y su depredación voraz, es decir: no a la nueva y podrida dizque revolución industrial. Sí, por el contrario a la toma de conciencia. A mí me gustan los ríos. Sí a los ríos de conciencia.  Que diga cada grupo sus sueños, cuáles son sus simbolismos, religión, lenguaje, arte, ciencia, leyes, medios de comunicación, educación. Que no es otra cosa que la restauración espiritual del pueblo. Yo quiero que no haya más muertos. Que haya más ciudadanos. No más damnificados sino seres vestidos de luz. En el nuevo ciclo de vida todas las clases deben hallarse en estado de gracia por su nueva formación humanista. Me imagino, y no me importa soñarlo en público, hordas de tribus rejuvenecidas, reproduciéndose. Yo confío, como mis maestros y mis amigos normalistas, aquí o de otros lados, que es posible sanar. Que se pueden recobrar las fuerzas. Que es posible que nos dejen de matar. Yo eso es lo que quiero y les digo a los políticos y los que tienen dinero: déjenos de matar. Por favor, yo Carlos Iván Ramírez Villarreal, que fui asesinado como otros miles de mexicanos, les pido que los dejen de matar. Es mejor vivir.  Vivir y nada más.

Antonio Calera Gobret


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El corrido de Shaggy Everardo Rodrìguez Bello, estudiante normalista de Ayotzinapa

Voy a cantar un corrido

Señoras, señores, niños,

de México al mundo entero,

de muerte hablamos los vivos,

gran dolor, suma tristeza

brota de ojos aguerridos.

 

El brazo armado se alista

y rompe en septiembre negro

con esta ausencia imprevista

de estudiantes normalistas;

son jóvenes perseguidos

de la rural socialista.

 

Everardo Rodríguez Bello,

es el nombre de uno de ellos,

de apodo le dicen Shaggy,

tiene veintiuno de vida.

Nació en Omeapa, ¡Guerrero!

Cabildo: Tixtla, ¡Guerrero!

Su cama ahora está vacía,

no hay quien duerma en ella más,

su milpa está muy crecida,

no hay quien tome el fruto ya;

si a mí me duele Everardo

¿Cómo a su sangre será?

 

Una cosa sí les digo:

queremos que vuelvan vivos.

Esto fue crimen de estado

y nosotros no olvidamos.

Juicio político a Aguirre

y a su cámara, castigo.

 

Este corrido se acaba,

pero antes les pido, amigos:

recuerden a Shaggy, vivo,

cuidando de la igualdad:

que si tenemos tortillas,

también tengamos cobijo.

 

Ya me despido señores,

señoras, niñas y niños,

gran dolor, suma tristeza

brota de ojos aguerridos.

 

Eloísa del Mar Arenas Torresdey


julio-cc3a9sar-ramc3adrez-navaREQUIEM POR JULIO CÉSAR RAMÍREZ NAVA

“Balearon a unos alumnos.

Vine a apoyar a los muchachos.

Estoy bien mamita, no te preocupes”.

Pena, indignación, rabia, impotencia, honda tristeza y profundo sopor son las diferentes reacciones ante el recuerdo de un joven mexicano de 23 años que vio truncada su existencia por la brutalidad y vileza de las autoridades que dieron muestra de la barbarie en la que estamos viviendo. ¿Cómo encontrar un paliativo para transitar en este duelo que nos lacera en la conciencia a todos los que hemos sido testigos de la atrocidad de nuestro desvencijado país? Es difícil encontrar un bálsamo. Quizá el único consuelo posible sea el verbalizar esta congoja para que sea la palabra misma quien se encargue de instaurar en la memoria de todos nosotros esta dura verdad, que no puede ni debe ser mitigada por la indiferencia, la ignorancia ni la falta de conciencia ciudadana.

La historia se escribe generalmente con sangre, con batallas que emulan la heroicidad de personas que desafían la adversidad y luchan contra la injusticia. El caso de Julio César Ramírez Nava no ha de ser la excepción. Un joven que abrazaba el sueño de “querer hacer algo con su vida” como lo expresaba su madre. Un espíritu solidario nato que quería ir a las comunidades lejanas, trabajar con los niños y darles herramientas que les permitieran encarar la vida. Quién diría que antes de terminar sus estudios, este joven estudiante daría prueba con hechos contundentes de lo que era desafiar el destino.

Vislumbrar la claridad ante lo tenebroso de esta pesadilla es ardua labor. Tal y como un espectáculo carnavalesco, pues las figuras que intervinieron son una mueca grotesca de esa autoridad tan vilipendiada que nos tiene en sus manos, pues en una noche de aquelarre, estas figuras irrumpieron en la ciudad de Iguala. En una cacería de brujas indiscriminada, los policías municipales, protagonistas de esta masacre, siguieron, emboscaron y balearon a unos estudiantes que desesperadamente corrían por las calles, buscando refugio.

El 26 de septiembre quedará marcado en la memoria histórica como una noche sangrienta. A casi cincuenta años de la matanza de Tlatelolco, México reconoce que así como el 2 de octubre no se olvida, desafortunadamente, esta nueva fecha se revestirá de luto nacional y lejos de olvidarse, emula el dolor de un país que ha sido estrujado una vez más. La diferencia ahora es que no sucumbimos ante el dolor y hemos arremetido contra la indiferencia. Si Julio César Ramírez Nava en un acto solidario, sale a ayudar a sus compañeros cuando oye la balacera, sin pensar que la muerte lo estaba esperando, no podemos menos que erguirnos en una indignación colectiva que enarbole un clamor de justicia y de protesta. El silencio no es una alternativa.

El saldo oficial tal como lo reportan los medios sólo da una versión de la historia. Los silencios que afloran en este discurso que se mantiene en la complicidad con el Estado, lejos de ocultar lo que conviene callar, permiten que se vaya revelando una historia saturada de mentiras, hipocresías y traiciones.

 

El viernes 26 de septiembre, cerca de las 21:00 horas (local), decenas de normalistas llegaron a Iguala, donde fueron atacados y perseguidos por policías municipales. Éstos los llevaron a su cuartel y de ahí, con ayuda de agentes de Cocula, los trasladaron a Pueblo Viejo, donde presuntamente los entregaron al grupo delictivo Guerreros Unidos. A 43 días de esto, aún se desconoce dónde están 43 estudiantes.

Seis personas fallecieron a raíz de los hechos del 26 de septiembre: los normalistas Daniel Solís Gallardo, Julio César Ramírez Nava y Julio César Mondragón, el menor David Josué García Evangelista, jugador del equipo de futbol Avispones, el chofer de autobús Víctor Manuel Lugo Ortiz y Blanca Montiel Sánchez, una mujer que viajaba en un taxi durante el ataque de los policías de Iguala.

 

Julio César Ramírez Nava, alumno del primer grado de la licenciatura en Educación Básica de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, el tercer abatido en Iguala durante la noche del 26 de septiembre, es un nombre que alude a nuestra convulsa realidad mexicana. Brindarle este reconocimiento al acto solidario en el que la muerte lo atrapa no es un deseo vano de mitificar su figura y colocarle los oropeles del heroísmo. Simplemente es rendirle el respeto que se merece por encarnar la valentía con que salió a la defensa del estudiante presa de la injusticia. En esos minutos en que su espíritu taciturno pero indomable salió a desafiar al enemigo, logra ocupar un lugar en la historia nacional, una realidad compleja, llena de contrariedades y paradojas insondables, de ironías quevedescas y amargos sinsabores. Empero, muestra también que en ocasiones la muerte del inocente es el detonador necesario para que los testigos de esta aparente derrota sigamos en la lucha por reconstruir un país que se nos resquebraja cada vez más. Julio César Ramírez Nava descanse en paz, que nosotros como mexicanos todavía no podemos ni descansar ni estar en paz.

 

 

Hemos aprendido desde entonces que la única verdad, por encima y en contra de todas las miserables y pequeñas verdades de partidos, de héroes, de banderas, de piedras, de dioses, que la única verdad, la única libertad es la poesía, ese canto lóbrego, ese canto luminoso.

 

 

José Revueltas. Carta a Octavio Paz desde Lecumberri.

CÁRCEL PREVENTIVA, 19 DE JULIO DE 1969.

 

 

Chihuahua, Chih., a 25 de febrero de 2015.

Mónica Torres Torija


ángel navarrete


José Ángel Navarrete González

Donde quiera que estés te voy a ir a buscar.
Emiliano Navarrete

Tuve un sueño: éramos rocas de un río llenas de musgo. Nos juntábamos para ser fuertes y recibir las corrientes de agua. Veíamos pasar peces, cangrejos, tierra, basura y recuerdos donde aparecías como un niño y me dabas un abrazo.
En esas aguas escuché una voz, levanté mis ojos, porque las piedras también tienen ojos y, de pronto, vi tu rostro en un papalote: volabas. Luego ya no eras un rostro sino dos, después cuarenta y tres y luego eras el rostro de todos. Desde arriba nos llamabas y te seguíamos. Al final regresabas de nuevo a mi lado.
Metidos e inquietos nos sujetábamos a los papalotes y caímos en un lugar desconocido. Éramos dos barquitos de papel en un charco de lluvia. Allí anidaban diminutos bichos amigables, algunos nos mordían y otros más traviesos se subían en nosotros dispuestos a emprender un viaje incierto. Yo veía el concreto por donde pasábamos y me recordaba mis días de trabajo, tan lejanos hoy.
Deseosos por recorrer esas calles de cemento viejo, nos hicimos dos bicicletas. Yo iba tras de ti; corrías rápido y empujabas un balón de futbol con tu llanta delantera. Nadie te alcanzaba porque estabas lleno de alegría, de ganas por llegar, de aprender, deseoso de ser y crecer.
De pronto, el sueño nos volvió a la realidad. Despertamos. Nos vimos las manos y caímos en cuenta que ya no éramos piedras, papalotes ni barquitos de papel o bicicletas, pero tampoco hombres. Somos dos árboles que crecen en una llanura con raíces viejas que reverdecen en septiembre. Al abrir los ojos me di cuenta que habían pasado dieciocho mil días y tú ya habías crecido, estabas lleno de fe y de voluntad.
Al vernos nos reconocimos y pronuncié tu nombre, Pepe, hijo que lleva mi rostro. Me hablas y te contesto, respiras y te escucho, me miras y alcanzo a ver tus ojos de ayer, de antier, de hace dos semanas, de hace tres meses y arrastro esa mirada en mis ramas, la columpio y me hace reír. A veces me gritas. Tu voz se hunde hasta las raíces, se alarga en tu tronco verduzco, las palabras se cuelan en las hojas, se enredan en ellas y terminan por salir del pico de un pájaro azul que anida en una de tus puntas.
En todo ese sueño me llené de sabiduría, de perseverancia, de palabras, de voces desesperanzas y vueltas a la fe por ti. Veo mis ramas y están más largas y pesadas, listas para cargar nidales de donde salga tu voz por más de veintiséis mil años. El número me hizo despertar.

Sandra Martínez


Emiliano Gaspar de la cruzLos exilios de Emiliano Alen Gaspar de la Cruz

A sus padres, por guardar aún la esperanza.
A Carlos, donde quiera que se encuentre.

Sietemesino: primer exilio
Señala el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia cuatro acepciones para exilio: a) “Separación de una persona de la tierra en que vive”, b) “Expatriación, generalmente por motivos políticos”, c) “Efecto de estar exiliada una persona”, y d) “Lugar en que vive el exiliado” (s.v. exilio, DRAE). De esas cuatro formas, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz ha vivido cada una a sus 23 años. Su primer exilio inició cuando, a tan sólo siete meses de gestación, fue expulsado del vientre materno por complicaciones en el último trimestre del embarazo. Su madre tuvo que dar a luz a Emiliano, para luego verlo encerrado en una incubadora durante varias semanas, lejos de sus brazos y caricias. Sus padres lo esperaban con ansias, pues era el primogénito. Lencho, así le llaman cariñosamente ellos y sus dos hermanos menores, nació en Omeapa en 1991. La naturaleza le había impuesto su primer exilio, pues había sido “separado de la tierra [vientre cálido]” en que habitaba antes de tiempo, antes de completarse su formación, antes de que sus defensas alcanzaran a desarrollarse, antes de que maduraran sus pulmones. Los siguientes años de Lencho se encargaron de recordarle este carácter.
El “efecto de estar” exiliado (la tercera acepción del DRAE) también fue consecuencia de ser sietemesino. Al ser sacado del vientre materno antes de que sus pulmones maduraran, fue un niño muy enfermizo. El frío y el mal temporal hacían que se resfriara seguido. El invierno era la peor época para Lencho, pues era casi seguro que se enfermara por las pocas defensas que tenía. Su débil salud hizo que reprobara dos años de la escuela, aunque eso no lo detuvo para seguir asistiendo y soñar con ser un profesor de primaria, que enseñara a los niños de su comunidad. Desde muy pequeño y a pesar de sus debilidades tuvo amor por el trabajo, solía lavar marranos para ganarse unos pesos y dárselos a su mamá. Tenía gusto por los animales del campo y a medida que fue creciendo aprendió las labores de la tierra; solía sembrar maíz, cosecharlo y desgranarlo. Quien ha desgranado maíz sabe lo costoso y rudo que es; tengo manos pequeñas y las veces que lo hice en casa de mi abuelo para que mi tía pusiera el nixtamal, me salieron un par de callos; pero las manos de Lencho, a fuerza de la experiencia, se hicieron fuertes pronto: podían desgranar suficientes mazorcas para ayudar con el gasto de la casa.
Con el tiempo, y un poco de vitaminas y cuidados, el niño enclenque de primaria se volvió un hombre fuerte, de carácter, hasta atractivo, que después de cursar la secundaria y bachillerato, no dudó en comentarle a sus padres que quería irse a estudiar a la Escuela Normal de Ayotzinapa. Y aunque al principio sus padres no estaban de acuerdo, pues preferían que estudiara en otra escuela, decidieron respetar la decisión de su hijo. Ese fue, pues, el inicio de su segundo exilio.

El “joverrante”: segundo exilio
Muchos estudiantes, me incluyo entre ellos, alguna vez hemos sido separados de nuestros hogares, de nuestra tierra, de nuestras familias, para buscar una escuela que nos prepare, que desarrolle nuestros talentos y haga crecer nuestros sueños, que nos haga unos profesionistas; regularmente, esas escuelas prometedoras están en lugares distantes. De esos mismos estudiantes, pocos son los que tienen el privilegio de acudir a una institución prestigiosa, con profesores renombrados, con el material y los edificios adecuados; la mayoría de los estudiantes que han emigrado tienen que adaptarse a las circunstancias y estudiar donde sea posible, donde quizá la escuela no tenga tanto renombre, donde los profesores no formen parte del top ten nacional y donde las condiciones materiales no sean las idóneas; pese a ello, será aquí la destreza del estudiante, su entusiasmo, su voluntad, sus aptitudes, en suma, sus virtudes, las que harán realmente la diferencia y las que lo harán destacar en ese mundo profesional donde quiere desempeñarse.
Esos “muchos estudiantes” forman parte de un grupo que he llamado el de los “jóvenes errantes sin escuela superior (y superior) in situ”, o simplemente los “joverrantes”; esos jóvenes son exiliados, pues han sido separados “de la tierra en que viven” por algún agente externo (llámese pobreza, centralismo, rezago, etcétera) para estudiar en otra localidad o ciudad; han sido expulsados de su lugar de origen con la intención de buscar un mejor futuro. Estos jóvenes confían y creen que la educación puede cambiar sus vidas, las de sus familias, las de su sociedad, las de su pueblo, estado y país. Emiliano es un “joverrante”, un exiliado que cree en las bondades de la educación, que salió de Omeapa para Ayotzinapa, seguro de que era la mejor opción para convertirse en profesor (su sueño) y, al mismo tiempo, para seguir ayudando a sus padres con las labores del campo, que podía realizar cuando saliera de clase. Aunque Emiliano había sido aceptado en la Normal de Tenería (Estado de México), su principal preocupación, después de su formación académica, era el bienestar de su familia, por eso no dudó en irse a estudiar a Ayotzinapa.
Así, se desplazó de su cómoda y familiar patria (Omeapa, Guerrero) para venir a un lugar desconocido: Ayotzinapa. Se convirtió en un “expatriado” en su propio país (segunda acepción de exilio del DRAE); la salida de su patria, ese lugar donde había nacido, no se debió a motivos políticos, sino académicos. Pese a que dejaba su hogar, puso todas sus energías para cumplir con lo que le pedían en la escuela, para tener un buen promedio y ser un mejor ciudadano. Una vez que entró a la Normal, se inscribió en la Casa Activista. Quería luchar por sus derechos y por los de otros.
Su entrega al estudio hizo que sus compañeros lo bautizaran como “El Pilas”, porque, según ellos, es “bien bueno” en la escuela y no es “relajista”, es decir, es listo, aplicado, responsable, disciplinado, algo serio, y cree que la educación lo sacará de pobre, a él, a su joven pareja, a sus padres y hermanos. Lo sacará de la pobreza intelectual en el que vivimos muchos mexicanos y de la pobreza material, esa que estruja numerosos cuerpos y estómagos a diario. Cree que la educación puede erradicar la ignorancia, ayudar al necesitado, en fin, hacernos más humanos.
A las tareas escolares, sumó sus tareas domésticas y campiranas: siguió sembrando y cuidando de sus animales, así como lavando su ropa y preparando su comida. Le gustaban tanto las gallinas que aprendió a vacunarlas para que no se le enfermaran; además de ello, cuidaba y atendía dos caballos que eran las niñas de sus ojos. Emiliano le hace honor a su nombre (del latín aemiliānus: trabajador), pues es un hombre laborioso tanto en la escuela como en su casa y el campo.

El secuestro: tercer exilio
Esta parte de la historia de Emiliano es la que la mayoría de los mexicanos conocen. El 26 de septiembre de 2014, mientras realizaba actividades para obtener mejores condiciones materiales e intelectuales para sus compañeros normalistas, fue secuestrado. Aquí inicia su tercer exilio, pues fue arrancado de Omeapa, de Ayotizinapa, de sus maestros, de sus amigos, de sus padres y de sus hermanos. El lugar en que vive ahora Emiliano es el exilio, un exilio que a veces pareciera perpetuo (ésta es la cuarta acepción de exilio del DRAE).

¿El silencio: cuarto exilio?
Aunque haya sido separado, alejado, desterrado e ignoremos su paradero, Emiliano sigue presente en la memoria y en los corazones de sus allegados, de personas que lo conocieron y trataron, e incluso hay quienes sienten empatía por él sin haberlo conocido. A pesar de ello, hay quienes se esfuerzan en hacernos olvidar su estado de exiliado, de violentado, de arrancado, se esfuerzan en hacernos pensar que el silencio y el olvido es la mejor manera de superar la tragedia que ha ocurrido a Emiliano. ¿Será el silencio y el olvido la solución a esta tragedia? La respuesta inmediata es no, de ninguna manera, éste no es el camino a seguir.

Dolores Hidalgo, Xalapa, Veracruz,
29 de diciembre de 2014
Estela Castillo


israel caballeroIsrael Caballero Sánchez

El verde agua de Atliaca cae y se corre
en canales que incitan al maíz.
Tierra de agua, de gente viva, de hojas
tan verdes de tan vivas que imposible
pensar siquiera que algún día fueran
insurrecta ceniza, sueño, olvido.

Israel Caballero Sánchez —joven
de agua, de Atliaca, de la vida verde—,
has sembrado en los ojos de tu Mélanie
un anhelo tan vivo como el tuyo,
tan verde, irrefrenable, irresistible
como el aroma fresco de mañana.

Querrán el agua detener, ahogar.
¿Pero cómo se puede ahogar al agua
si es el agua la vida misma, verde?
Corre e incita a la vida nueva, surge
a borbotones y descansa nunca.
La vida no descansa, pues… Será.

Sandro Cohen


 

Israel Jacinto Lugardo
Israel Jacinto Lugardo

El Chukyto

Todavía escucho los primeros disparos y sigo sin creer lo que pasó, un compañero sobre el pavimento inmóvil. Estaba asustado y no podía ni mover mis brazos. Todo parecía ser falso, esperaba que el joven sobre el suelo se pusiera en pie y se subiera al autobús en el que venía junto con los otros estudiantes. No comprendía, pero intenté mantener la calma y esperar a que todo se solucionara, a final de cuentas no era la primera vez que las autoridades nos atacaban y nos intimidaban.
Le dije a mi madre que yo quería ser maestro, como mis hermanos, para ir a las escuelas rurales a enseñar; ese es el fin de la escuelas normales: formar profesores que vayan a las zonas marginadas y enseñen a los niños a leer y a escribir; de alguna forma darles las herramientas necesarias para que día con día se superen ellos mismos. Ser maestro es un trabajo muy importante y delicado porque en tus manos está el hacer que una persona aprenda a superarse a sí misma; pero el trabajo en una escuela rural es aún más complejo, porque no sólo se le tiene que enseñar a una persona a superarse, sino que tiene que luchar contra las consecuencias de la marginación y la falta de atención que el gobierno tiene hacia este tipo de personas. Mi madre creía que lo que yo quería hacer no iba a funcionar, pero igual confió en mí y me dejó intentarlo y es por eso que ahora soy un estudiante de primer semestre en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.
Un día cualquiera, unas horas después de pasado el mediodía, mientras caminaba, en mi cabeza no dejaba de decirme cosas: alguien tiene que hacerlo, no podemos dejar que se nos olvide esa fecha, porque hacerlo sería borrar el recuerdo de todas esas personas que murieron a mitad de la plaza a manos del gobierno. Debemos demostrar que todavía nos duele, no podemos dejar que a los nuevos mandatarios se les olvide lo que hicieron sus antecesores, para que no cometan los mismos errores, para que estén conscientes de que el pueblo mexicano ha luchado todos estos años y, aunque parece que las cosas no han cambiado, no nos hemos cansado de hacerlo, cada uno desde su trinchera, haciendo lo que mejor sabe para mejorar este presente ensangrentado. Es por eso que quiero ser maestro y voy a ir a las escuelas rurales a enseñarles a los niños y adolescentes lo que sé, ayudarles a superarse y ser mejores personas, y a que no olviden días como el 2 de octubre.
Eso pensaba antes de encontrarme con mis compañeros, es 26 de septiembre y como cada año, hemos decidido salir a recolectar dinero para viajar al DF y unirnos a las marchas por la matanza de Tlatelolco. Mientras me acerco al punto de reunión, donde ya se notaban personas reunidas, escuché la voz de algunos que decían: “ahí viene el Chukyto”; nunca me pareció el apodo más agradable que pudiera recibir una persona ni mucho menos que fuera a serme de gran ayuda para conseguir alguna novia en el pueblo, pero supuse que sería más fácil acostumbrarme a él que luchar contra la popularidad que adquirió en tan poco tiempo; así que para todos aquellos que me conocieran después de mi segundo bautizo, yo sería el Chukyto. De todos modos hubo personas que siguieron llamándome por mi primer nombre, tal vez por falta de confianza o por simple lástima, pero lo hacían: “Hola, Israel, qué bueno que llegaste”. Ése es mi verdadero nombre, Israel Jacinto Lugardo, en honor a mi padre, que hace varios años se fue a los Estados Unidos a trabajar, para mantener a mi madre, a mis hermanos y a mí, y darnos el privilegio de estudiar y poder ser alguien en la vida.
Mientras terminaban de llegar los demás compañeros, nos preparábamos para salir a botear y juntar el dinero necesario; no es fácil conseguir dinero suficiente para llevar a tantas personas en un viaje al DF y traerlas de regreso, pero el motivo es más que suficiente para intentarlo. Creía que todo iba a estar bien, aunque estaba nervioso por ser mi primer año participando en una colecta como ésta. Los experimentados me tranquilizaban diciendo que no iba a ocurrir nada malo. Pero estaban equivocados.
Unos minutos después, tal vez horas, todo parecía estar enredado, hasta el tiempo. Recibí la llamada de mi hermano que me preguntó si estaba bien, yo le dije que sí, pero que un compañero estaba muerto. Nosotros los del camión en que viajamos, el tercero, estábamos acorralados por la policía y luchábamos para que no entraran a nuestro autobús, pero rompían las ventanas y trataban de sacarnos, nos aventaron bombas de gas lacrimógeno. Todo parecía que nos iban a asfixiar hasta el desmayo para después cuando pudieran entrar, nos asesinarían igual que a mi compañero y nos dejarían tirados sobre el pavimento. En esos momentos recibí una última llamada de mi hermano Ricardo, pero no pude decirle casi nada ya que el gas me estaba asfixiando, yo apenas podía hablar y él se dio cuenta porque me colgó sin decir nada. Yo creí que me iba a desmayar y que los agresores me matarían ahí sin remordimientos, pero no, su plan no era matarnos sobre la carretera y dejarnos ahí, inmóviles. Una vez que estuvimos abajo de los camiones intentando recuperar el aliento, los oficiales nos capturaron y nos taparon la cara; entre los jalones y los empujones nos golpearon sin que nosotros pudiéramos defendernos.
Recuerdo que mientras íbamos en el camión, sin saber todavía lo que nos esperaba, llegué a pensar que todo estaría tranquilo y podríamos unirnos unos días después a la marcha, íbamos a regresar a casa y seguir con nuestra lucha de todos los días. Despierto todos los días con los recuerdos de mis padres y mis hermanos, y espero que ellos estén bien; sé que han de estarla pasando muy mal y me gustaría hablar con ellos para decirles lo mucho que los quiero y lo mucho que me gustaría abrazarlos una vez más. En las noches me duermo con el temor de aquellos balazos que iniciaron todo y que desde entonces no dejan de retumbar en mis oídos. Hay tardes en las que me quiero arrepentir de haber ido en esa misión por el 2 de octubre y quisiera regresar el tiempo, y hacerle caso a mi hermano Ricardo cuando me pidió que no fuera a Iguala a recolectar dinero, pero es inútil arrepentirse de algo que ya pasó. Yo decidí ir en este viaje, así como decidí que iba a enseñarle a alguien en algún momento de mi vida; estaba decidido a sembrar una semilla que daría frutos en este país corrompido y masacrado y sé que lo voy a hacer; en algún punto de la historia y en la mente de alguna persona, el Chukyto va a ser recordado por lo que hizo.

Guillermo Nataliel Meneses Sosa


Doriam González Parral
Doriam González Parral
Jorge Luis González Parral
Jorge Luis González Parral

Guerreros en Hojas Blancas

I
(Doriam, ensimismado, y Jorge Luis, alerta, dibujan en hojas blancas arrancadas, se espían sus dibujos, se cubren para que el otro no vea. Doriam lleva pants flojos a la cadera y camisa grande de americano; Jorge Luis, camisa blanca con botones abiertos y pants escolares).

Jorge Luis: Me la vas a pelar con el Veggeta.
Doriam: Me llevan los Fe—Derales,
Jorge Luis: ¿Qué?
Doriam: no todos Cree—cemos en las mismas como-didades
Jorge Luis: Vamoh a salir adelante, papá.
Doriam: K-da—K-b-za es mundo A-Parte
Jorge Luis: la tuya, que es mundo chico como frijol de siembra. Cabemos tú, yo, Leidy, Martín y Tadeo, pero aunque te echemos agua y tierra, nomás creces del corazón, kínder.
Doriam: A-V-C’s nuestro entorno obliga a Sa-K-R fuerzas donde las oportunidades son Es-K-sas,
Jorge Luis: ¿Cómo quedó tu Goku?
Doriam: solo el fuerte sobrevi-V,
Jorge Luis: Como en dragonball.
Doriam:entenderás cuando T encuentres en esta posición
Jorge Luis: Hermano, ¡despierta! (Pausa) Te esperé pa’ que salgamos juntos.
Doriam: Estoy cantando.
Jorge Luis: ¿Eh?
(Pausa)
Doriam: ¿Tienes crédito?
Jorge Luis: pedí 20, pero mamá no tenía dinero.
Doriam: Trata mandar mensaje; di dónde estamos, adónde nos llevan.
Jorge Luis: ¿Y dónde estamos? ¿Adónde nos llevan?
Doriam: Eh… es…
Jorge Luis: Se está acabando la pila.
Doriam: Eh… es…
Jorge Luis: Se apagó, Kinder.
Doriam: Eh, es… escóndelo. (Pausa) Eh… es… Farruko.
Jorge Luis: ¿Qué?
Doriam: Lo que estoy cantando.
Jorge Luis: estás hablando, pueh.
Doriam: cantando con palabras rotas.
Jorge Luis: Ahora en la normal no se van a quedar los sueños en palabras, va’ ver.
Doriam: Sin dinero, uno aunque tenga sueñoh, nada más no lo platica, ¿por qué? porque uno no hay dinero. Sí, primero echarle ganas aquí, y en adelante, después, si quiero otra cosa, pues ya, ¿verdad?
Jorge Luis: ¿y después?(Pausa) Nos amordazan, “cállense hijos de la chingada, ¿se querían meter con nosotros? ¿querían ser hombrecitos? Ora se aguantan.” Y aguantamos, como dragonball.
Doriam: Para que se nos quite, dijieron.
Jorge Luis: “Muy gallos ¿no?”
Doriam: ¿y después?
(Pausa)
Jorge Luis: lo que quieras.
Doriam: yorreggeaton como Farruko.
Jorge Luis: Y yo cortar el cabello, a mi y a mis amigos, pero primero hay que aprender a enseñar o a ver, ¿qué tiene ser maestro?
Doriam: Sabe que me gusta echarle las ganas al estudio, pero imagine mis letras en videos de canciones o sus dibujos.
Jorge Luis: Ves que dibujo mejor.
Doriam: Decía pa’ ayudarte.
Jorge Luis: Ni se entiende lo que escribes.
Doriam: No tengo error, falta de ortografía. Voy bien, solo hace falta un piquito.
Jorge Luis: ¿Un piquito?
Doriam: Corazón y letras pa’ que no se den cuenta; esah no entienden los brutos.
Jorge Luis: ¿Cómo yo?
Doriam: Como Goku. (Le muestra su dibujo).
Jorge Luis: ¿Y esos pelos?
Doriam: Es su nuevo look.
Jorge Luis: Parece salido de bañar.
(Pausa, respiración, ahogo).
Doriam: Nos empapan, cubetazo de agua helada.
Jorge Luis: “Órale putos, bájense”:
Doriam: No es agua.
Jorge Luis: Huele como a…
(Doriam inspira).
Doriam: Al puro estyle, no entiende de peinados porque solo piensa futbol.
Jorge Luis: Con lana se entiende. Va’ ver como viene lo bueno.
Doriam: Nos van a castigar. Eso viene. (Dobla y esconde su dibujo).
Jorge Luis: ¿Por?
Doriam: Por estar donde no.
Jorge Luis: ¿Expresando?
Doriam: Dibujando guerreros en hojas blancas.
Jorge Luis: No sabíamos de otra.
Doriam: Estar echando a dañar las hojas.
Jorge Luis: Allá habrá de sobra.
Doriam: También fuego.
Jorge Luis: ¿Qué traes?
Doriam: lo que se escucha.
Jorge Luis:¿Sabe qué necesita? Agua pa’ regar su cerebro-frijol, kínder.
Vamos al río con Martín, ándele. Traemos sucias las ideas.
Doriam: Yo quiero raparme pa’ no tener que lavarme, y gritarle al cielo que ya soy hermano grande, que tengo limpia la conciencia y la coraza humilde. Vaya usteh a bañar, que mañana empieza nuestro sueño normal.
(Pausa)
Jorge Luis: Los de la escuela, aquí de la normal, ya tenían amenaza, sabían que esos que ya no nos querían ver par’allá, y los muy idiotas nos tuvieron que mandar.
Doriam: ¿Pa’ qué nos mandaron?
Jorge Luis: Ellos mismos se andan tronchando ahí, de que habían tenido amenaza.
Doriam: El comité, principalmente, el que nos mandó, ese tiene la culpa.
Jorge Luis: Si no aparecemos nunca, ellos van a tener la culpa.

II
(Doriam y Jorge Luis se bañan desnudos en el río).
Doriam: Queríamos evitar el sol, rayo caliente que ciega la vista y quema la piel; y por huir del campo, al campo nos volvieron. Huir del sol nos volvió transparentes. ¿Me pasas el jabón, hermano? ¿Cómo nos ensuciamos? Sentados nos enseñaron a pensar de nuevo, a entender el juego. A ver, deja entender, ¿cómo dicen que funciona el capital? Nos cubren con tierra negra, cae encima el abismo con el poder de la Sierra. Hermano, ¿te das cuenta? Caímos, nos cayeron y seguimos cayendo sin detenernos; nos ca, ca, nos cazaron. Entramos apenas ayer y apenas ayer… Buenas, compas, esta es su bienvenida, este el patio, atrás su cuarto; ahora los llevo, no tomen fotos, las cartas a nosotros y se las enviamos; somos familia y compas, sus camaradas; estos sus pupitres, naranjas, y el piso de su cuarto alfombrado, ahí las ventanas, ese el comedor. Aquí, además de comer, hacemos las juntas. Aquí, además de juntarnos, platicamos y se hace consenso; se decide el futuro, pero ustedes no van a platicar, van a escuchar y a hacer, pero pronto les tocará: involucrarse y participar. (Pausa) ¿Esta nuestra manera? ¿Nuestra voz? ¿Así nos involucraron? ¿Así tocó participar? ¿Qué respondes, hermano? Aquí cuidamos la causa. ¿Cuál? Salir adelante con la fuerza de todos y los nombres de nadie. ¿Por qué no recuerdo sus nombres? ¿Cuántos éramos? Vinieron por nosotros, y nosotros, como perrito alegre, fuimos corriendo; sin cenar ni nada. Estábamos sembrando, hasta con huaraches nos fuimos, ándele, ándele, que ahí está el autobús. Pasaron lista al subir; también cuando al bajarnos; éramos… Cuarenta y…. Cuarenta y algos olvidados del mundo y el gobierno. ¿Cuál gobierno? ¿Cuál mundo? ¿Habías salido de aquí? ¿Cuándo? ¿Adónde? ¿Cuántos días? ¿Te acuerdas, hermano? ¿Cuántos días antes de que pasara? ¿Un mes, dos, tres? Si antes te hubieran aceptado, si no me hubieras esperado o si me hubiera quedado dibujando, seguiríamos rayando guerreros en hojas blancas. ¿Puedes oírme, hermano? Necesito una hoja en blanco para empezar de cero. Quiero salvar al planeta, como Gokú y como Vegetta. Ese peinado me lo hiciste, con muchos picos para que fuera valiente. ¿Lo fui? Hermano, ora que nos removieron, ¿vas a seguir cantando románticas? ¿te van a extrañar tus novias y tus amigos? ¿Podrán ellos decir nuestro nombre y color favorito? ¿Podremos nosotros? ¿Cuál nombre? Me dicen Kinder. ¿Estás seguro de que yo era Doriam? No quiero quedarme chaparro; quizá dé el estirón. Si siguen echándonos tierra encima y bañándonos en ríos, tendré que alargarme como sombra y resonar como eco. ¿Para qué salimos a Iguala? ¿Qué ganábamos con dar la cara esa noche? Pero ellos sabían, tenían amenaza e igual nos mandaron. Perdón, no es traición a la causa, es que, eh, eh… en este río se olvidan las cosas. Por botear terminamos boteados. Espera. Tengo algo que decir: esa mañana, era julio 15, en la que fuimos pa’ la normal, y esa noche era 26, en la que no volvimos a la normal. Dime que vivo, mírame, di que ves mi K-B-Z y en ella mi rostro de maíz, mirándote.
Jorge Luis: Tú eras, más bien, tímido; no te venía que hubieras ido a esa escuela; no eras rebelde, chamaco. ¿Te obligué? (Pausa) Toma, échate agua en la cara; a ver, deja ya de imitar al Farruko porque mamá se enoja, péinate presentable. Algún día vas a tener que dejar de ser Kínder, ¿no? Hacerte hombre y conseguirte mujer. Échate el pelo hacia tras, normal, como yo, como Martín, igual y la virgen te hace el milagrito. Eso. Así te ves galán. (Pausa) Ven, vamos a casa; nos esperan para comer.
Doriam: Yo quiero ser diferente, no ser normal, ser recordado por mi corazón de jamaica, no por mi rostro, carnal.
Jorge Luis: Tranquilo. Nos van a sembrar y va’ ver como germinamos, frijolito.

Xavier Villanova


Saúl Bruno García
Saúl Bruno García

Bajo el sol del sur

Le decían el Chicharrón… yo no lo conocía, aunque pude haberlo hecho. Lo pude haber topado cualquier día, bajo el tibio sol del sur. Pude haberlo visto bajo la sombra de cualquier árbol, mientras regresaba del campo, cerca del mar o a mitad de cualquiera calle. Lo pude haber topado en algún pasillo de cualquier prepa, de cualquier escuela, dibujando alguna caricatura, algún hombre-lobo lobo-hombre.
Que después de la Normal quería estudiar diseño gráfico, me contaron. Yo no lo conocía, pero pude haberlo hecho. Pude haberle mandado una solicitud de amistad por Facebook, pude haberle dicho que a mí también me gustan las maquinitas y la música electrónica, que yo también crecí con las milpas, que mi piel es también morena, que también quiero ser maestra y que mi risa también era carcajada abierta.
Yo no lo conocía, pero sí conocía sus ganas, las ganas que seguramente tuvo de salir… siempre salir, salir de casa, salir del pueblo, salir adelante, salir victorioso, salirse con la suya… salir del autobús al último, con la chamarra rojinegra, con el miedo descendiendo por la frente, por las manos, por tus dieciocho años… sólo salir.
Me dijeron que le faltaba un dedo, que se le había quedado atorado en un molino. Un dedo anular. A esta tierra mía, a este sur cálido y frío le falta más que eso, le falta un hijo, un estudiante, un maestro, un campesino, un hermano, le falta un hombre. A esta tierra mía que también era de él le falta el pan de cada día, le falta el aliento, le falta justicia… aquella que quedó atorada en el enorme molino del Estado.
Yo no lo conocía… pero pude haberlo hecho, en cualquier levantón, en cualquier fosa, en cualquier rincón, bajo el sol del sur.

Xóchitl Juárez


Luis Ángel Francisco Arzola

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De chalán a maestro

Observar árboles, el cielo, las nubes es parte de mi trabajo y mi vida. Pararme en la carretera a comer en algún puesto de comida es algo que aprecio. Platico poco con la cocinera. Siempre hago la misma postura: veo un punto fijo como si estuviera pensando en algo importante, pero lo que hago es escuchar y observar. Aprendo de ella y de las personas que ahí están. Me imagino mi vida viviéndola ahí. Sueño con ganar suficiente dinero para hacerme de un lugar así. La verdad es que si quisiera podría vender mi auto y empezar mi vida que escucho e imagino, pero sin auto no podría conocer el sueño de nuevos proyectos.

Llego al pueblo de La Tinaja en Veracruz, hago mi trabajo en un par de días y tengo (por necesidad) que regresar a Guanajuato. El amanecer del tercer día es bonito y decido que regresaré por un nuevo lugar, donde los paisajes sean diferentes. La necesidad de regresar no me quita las alas. Una desviación me lleva a Cuautla; otra a la famosa Autopista del Sol, que no conozco, entonces es válido tomarla. No me gusta tanto que sea una autopista y me quite posibilidades de parar a observar y escuchar.
En una caseta donde estaba a punto de tomar la “libre”, una señora que vende botanas (papitas hechas por ella, plátanos fritos, palomitas) en una canastota me pide ride; le pregunto adónde va y me dice: “a la siguiente caseta”. La decisión la tomó ella, nos vamos por la de cuota, o sea la autopista, pero ahora platicando.
Me cuenta sobre sus hijos (dos niñas y un niño), me habla de su esposo que se alquila de albañil o jornalero, y ahora se encuentra en Querétaro como jornalero. Mientras habla me imagino el recorrido que hace cada uno de los días de la semana, del mes y de los siete años que lleva haciendo esto. Me dice que su marido gana setecientos pesos a la semana, y les manda quinientos pesos; con eso y lo de ella, puede comer, comprar útiles escolares y ropa usada o a crédito para ella y sus hijos. Es una mujer alegre, luchona y soñadora. Me cae muy bien.
La dejé en la caseta, me regaló mi bolsa de plátanos fritos. Y seguí mi viaje. Entrando a Chilpancingo mi auto se empieza a botar las velocidades. Y eso me asusta, entonces tengo que parar lo más pronto que se pueda. El impulso de la carretera, más la inclinación a mi favor, me llevan a un taller mecánico.
Tengo un nudo en la garganta, empiezo a contar mentalmente el dinero que tengo en la tarjeta de débito. Tal vez no me alcanzará. Calculo que no será algo sencillo. En ese momento volteo a mi derecha y veo en la ventana un chavo que ronda en los 18 años. No sé si su sonrisa aligera mi susto con brinco incluido.
– ¿En qué le puedo ayudar?
–Ay cabrón. Perdón, me asusté. No sé qué le pasa, se botan las velocidades

La cara del chavo me asusta. ¿Por qué no vendí el carro y me compré una cocina económica en la carretera, o una canastota?

El chavo entra y sale del auto. El cofre abierto. Una tablita con ruedas debajo del auto. Mientras hablo por teléfono para avisar que a Guanajuato llegaré posiblemente un día más tarde, el chavo casi gritando debajo del carro me corrige:
–No creo que mañana quede listo, pero haré lo que pueda.

Se llama Ángel, Luis Ángel Francisco Arzola, y eso lo sé porque tiene una libreta abierta y puedo ver su nombre, y pude escuchar a un señor decirle “Luis” y llevarse con su autorización una llave de 3/4, y una señora le llamó “Angelito” cuando le dejo un plato de flautas llenas de consomé.
–¿Eres mecánico?… bueno, digo ¿eres buen mecánico?… o sea ¿sabes de cajas de velocidades?
–Estoy estudiando, sí le sé, pero ahorita que venga el maestro él ya lo arreglará, yo sólo se lo estoy dejando listo para que se lleven la caja de velocidades arreglar o a cambiar, según como esté la caja por dentro.
–¿Cuánto cuesta una caja nueva?
Por su cara me doy cuenta de que tal vez tendré problemas para pagar algo así y que él tampoco sabe.

Luis Ángel desarmó casi todo el motor y lo bajó. Estamos sentados esperando a su jefe; él me cuenta que hace un año presentó examen de admisión en una Normal Rural (la Raúl Isidro Burgos). Me platica que no se quedó después de haber pasado el examen; que tuvo una semana de pruebas donde los ponen a trabajar en cosas de campo. Luis Ángel es mar, para él el mar es vida; es de Ometepec, come muchas pescadillas y ceviche acompañado de un pescadote del tamaño de dos cajas de velocidades.
Mientras habla y habla me dice que es serio, que no le gusta platicar mucho, pero me entero que va a volver a presentar el examen de admisión, porque le está gustando la idea de ser maestro. Que ahora estudia mecánica y no cobra un peso en el taller mecánico, porque es un taller donde lo que aprende en la escuela lo practica aquí. Que cuando estudiaba la preparatoria aprendió a manejar, y entonces era estudiante y chofer.
Está oscureciendo, ambos vemos mi carro con el motor abajo y perfectamente desarmado. El maestro mecánico no llega y el carro está casi al pie de la carretera. Luis Ángel recibe una llamada.
–Hermanita, estoy todavía en el taller, te encargo que me hagas de cenar rico…
Luis Ángel me mira de reojo y yo mientras me imagino a su “hermanita” cayendo al suelo por alcanzar un sartén. Él concluye:
–Voy a llevar a un cliente, haznos de cenar a los dos.
–¿Y mi carro? – le digo como protesta.
Recogemos las piezas en el orden que él las puso. Casi cargamos el carro para acomodarlo entre el acotamiento y el taller. Cerró con un par de candados y soltó a tres perros bastantes ladradores. Caminamos por la orilla de la carretera.
–Voy a regresar a Ayotzinapa –me dice–, voy a presentar el examen y si me quedo, seré maestro de escuela. No hay de otra. Uno necesita una licenciatura para ayudar a mis padres y a mi hermana.

Sus ojos brillan al platicar. Le escuchaba entusiasmado y ganoso. Es un niño, es un niño que acepta la vida como si fuera un joven de 26 años. Yo me entusiasmo con su charla, hasta quiero estudiar para ser profesor. Él esta en la etapa del entusiasmo y al menos sabe que será profesor y mi carro, no sé, él ya lo dejó “presto” para su jefe.
Llegamos a la puerta de su casa. Su hermanita nos abre la puerta. La niña trabaja en una papelería por las noches, nos hizo la cena y se tenía que ir a trabajar. Ella, al igual que su hermano, trabaja y estudia. Ella estudia historia en la Universidad de Guerrero. Le da un golpe en la cabeza a su hermano con un nuevo cuaderno que ella le acaba de comprar. Se despiden.
Luis Ángel tiene la certeza de que volver a la Normal Rural le dará todo: casa, familia, aprendizaje, futuro. Le va a dedicar el título a su hermana, y a sus papás, claro. Quiere regresar un día a Ometepec en un auto y con un título. Me dice, nuevamente, que él es una persona seria, que no le gusta hablar mucho, que prefiere hacer a decir.
Su teléfono suena. El mecánico le dice que regrese yo para que autorice poner una caja de velocidades usada. No me puedo quedar a cenar. Me despido y nos damos la mano. Me da tristeza el despedirme, tengo un hueco que me dejó él después de tantos sueños y metas por hacer.
Esa misma noche regresó a Guanajuato. Pienso en Luis Ángel, en su hermana. No sé porque la sonrisa nace desde lo profundo de mi estómago. Luis Ángel es un chavito que sueña entusiasmado. Veo las estrellas mientras conduzco y tengo la impresión de que ese cabezón pasará su examen y de chalán se vuelve maestro en un abrir y cerrar de ojos… cuatro años por 365 días y noches son 2,920; cerrar y abrir de ojos. Le creo, su felicidad me contagia. Le agradezco mucho que hiciera casi todo para que yo ahora fuera camino a mi hogar.
Un año después la inercia de la vida me lleva a Ayotzinapa. Lo que sucedió me hizo llegar hasta aquí. Hay muchas personas que van y vienen. Busco a Luis Ángel. Nadie me razón de él. “¿Cómo le apodan?”, me pregunta un chavo. No sé. Camino cerca del portón de la salida de la Normal, siento pesar y miedo. Veo sin ver varios nombres escritos en un recién piso firme. Veo su nombre, su pueblo. Levanto la mirada y observo a su hermanita. Camino hacia ella. Ella involuntariamente deja caer dos lágrimas de sus ojos. Y aquí sigo, sin ser nadie en su vida, sigo esperándolo y buscándolo.

Enrique García Meza


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Adán Abraján de la Cruz

Yo soy Érica de la Cruz Pascual, esposa de Adán. Él y yo nos conocimos en la prepa Emiliano Zapata 29, en Tixtla. Él tenía 17 años, y yo, 18. Yo no quería a los hombres. Nunca había tenido novio. Vengo de una familia con un papá borracho. Adán se ganó mi cariño. Me gustó cuando lo vi jugar fut. A mí me gusta mucho el deporte; quedé en la selección de fut. Y nos hicimos novios. Como quedé embarazada nos casamos por el civil. Creo que yo quería liberarme de mis papás, y para que les alcanzara más el dinero para mis tres hermanos. Mi primer hijo se llama José Ángel Abraján de la Cruz, tiene ocho años. Mi hija es Allison, de 3 años.
Los dos dejamos la escuela, pero Adán se puso a estudiar la prepa abierta. De lunes a viernes trabajaba, y el sábado se iba a la escuela. La terminó y un año después le llegó su certificado. Yo me quedé en segundo de prepa. Él nunca me dejó trabajar. Me decía: “Yo te traje para mantenerte. Mi prioridad son ustedes”. Adán es amoroso con sus hijos, conmigo también. Siempre nos recibía con un abrazo. Nunca tuve problemas, nada difícil. Le gusta tocar la guitarra. En las fiestas del pueblo, él se metía en la mojiganga gigante para ir bailando por las calles. Cuando ya no me quedaba mi ropa, él me la pedía para que se vistiera de mujer, tapada la cara con una máscara, como se acostumbra que lo hagan los hombres de por aquí. Ya casados, yo me iba a jugar fut. Nomás me decía: “Ahorita te alcanzo”. Y llegaba después con mis niños.
Era peón de albañilería. Además, sabe todo lo de la milpa; también a mí gusta. Juntos nos fuimos a sembrar; con todo lo que ha pasado no hemos deshojado la mazorca. En Ayotzi ayudó a sembrar tapayola, una flor para el día de muertos, olorosa, amarilla. Y también terciopelo, tercio, como le decimos. Desgraciadamente, ya no la cosecharon. La tuvieron que cosechar los de segundo y tercero. En nuestro caso, él sembró terciopelo. Ni sus padres ni yo la tocamos; sus hermanas la cosecharon y la vendieron. Dejamos de hacer muchas cosas porque tenemos que andar de aquí para allá. La milpa la tuvimos que encargar. Mi papá le ayudó a mi suegro a pizcar.
Yo lo vi el jueves, un día antes de que se desapareciera. Tuve una reunión en la escuela de mi hijo. Mi hijo me dijo: “Mamacita hermosa, mi papi ya llegó”. “Dile que me espere. Si no me encuentra, dile que nos vemos mañana”. Adán se había ido enfermo a la escuela porque tenía infección en la garganta. Él nos había visitado y se fue a jugar fut. Atravesando la carretera, está un deportivo. Llegué a la casa y no lo encontré. Busqué debajo de la cama. “Ay, ni modo, ya no lo vi”. Cuando escuché que abrieron la puerta, oí sus tacos, tum-tum, subiendo la escalera. Que me paro y me da un abrazo. “Me voy a bañar. Tengo 15 minutos para llegar a Ayotzi”. Le alisté su ropa. Nosotros vivimos a media hora de Ayotzi, caminando. La combi te lleva en 15 minutos.
El viernes ya no sé nada. El habló dos veces con su concuño Ricardo, que está en un comité de Ayotzi. Adán se escuchaba muy agitado: “¡Nos están disparando. Queremos apoyo porque nos vienen siguiendo!”. Salió en su ayuda una camioneta Urban, la que también balacearon. Eran las ocho y media de la noche. Pero antes, ya le había mandado un recado a Isabel, mi cuñada, y ella me dijo: “Erica, mi hermano dice que se le mande recarga. Y que yo le pregunté a Ricardo si siempre los van a dejar salir el viernes. “Yo extraño a mis niños y quiero estar con ellos”. Porque iba a haber una marcha, y era posible que les dieran una semana para irse a su casa.
Cuando pasó todo esto, mi hijo empezó a tener problemas en la escuela, los niños le decían:
—Ángel, tu papá ya no va a aparecer. Eres puto porque lloras.
Mi hijo es bien claridoso. Le hemos dado la confianza de que nunca se calle. La maestra ya le había agarrado coraje porque mi niño, desde el primer año, le había dicho:
—Ya no la quiero. No me gusta cómo me da clases.
En las calificaciones le bajó a siete; él es de arriba de nueve. Y ya no quería ir a clases. Yo, del diario, del diario, tengo que revisarle cuadernos en la casa.
Yo fui a reclamarle a la maestra:
—Maestra, no se vale; ya habíamos quedado. Que usted iba a ver que a mi hijo no le dijeran cosas que le lastimaran el corazón. Usted sabe por lo que estamos pasando. A mí, esas pendejadas no me gustan. Y, sin embargo, le vale madre.
—Ah, pues si no le gusta aquí, cámbielo.
—Usted no tiene hijos. No me sirve como maestra. Y sí, lo voy a cambiar adonde lo comprendan.
La maestra es muchacha vieja.
Adán no quería estudiar porque no quería que yo trabajara.
—No, chaparra. Ve cómo están de sanos los niños. Me los vas a descuidar.
—No voy a descuidarlos. No quiero que estés preocupado por el dinero cuando estudies.
Su papá le dijo:
—Ira, hijo, haz los exámenes. Si te quedas, bien. No hay problema, aquí vamos a ver que no les falte nada. Tú, échale ganas. Tú eres el ejemplo de tu hijo.
Y ya, se fue una semana de prueba y no venía a casa. Se siente feo porque nunca nos había dejado. Nos hacía llamadas hasta de cinco veces al día.
Mi hijo está afectado, la verdad. Pero él recuerda lo que le dijo su papá: “Hijo, estoy estudiando para que sigas mi ejemplo y seas un buen profesionista”.
En cambio, la niña lo toma como juego. Cuando vamos a Ayotzi, donde están los pupitres, va a donde está su retrato y lo abraza y lo requetebesa: “Ay, mi papito chulo. Mi papito se perdió y va a regresar mañana”. En cambio, el niño desde el principio preguntaba: “Mi papito no llega. ¿Por qué?”. Los vecinos empezaron a llegar a la casa. “Mamá, ¿por qué te vienen a ver?”. Y el niño escuchó cuando alguien dijo: “Adán desapareció. Lo agarraron los policías de Iguala”. Y sin que nos diéramos cuenta, agarró un periódico y lo leyó. Y después no podía controlar el llanto. Yo no sabía qué hacer para calmarlo. Lo dejé llorar toda esa noche. Al día siguiente les dije a mis suegros:
—Yo ya no quiero ver gente aquí. No quiero ver periódicos. Voy a platicar con mi hijo.
Le expliqué cómo estaban las cosas. El sí lo comprendió:
—¿Te acuerdas de lo que me dijo? Que cuando él no estuviera, yo me iba a quedar como el hombre de la casa.
Y me abraza cada vez que me ve triste:
—Mamacita, no llores, que papá va a regresar pronto. ¿No te acuerdas del dicho? “¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos!”.
Ya por eso no lloro delante de él. Ni una lágrima más.
En una manifestación de Acapulco, mi hijo andaba con una cartulina que dice: “¡¡¡Papá!!! ¡¡¡Aguanta la prueba. Aquí te estamos esperando!!! Mi mamá, mi hermanita y yo”.
Mi niño escuchó que mucha gente no quiere a los normalistas. Mi suegra le dijo a una señora:
—Ya quiero ver qué haría usted si le desparecen a un hijo.
Ese día, mi suegra le preguntó a mi hijo por qué estaba gritando tan fuerte:
—A ver si nos escuchan los malos y nos lo regresan.
Si Adán nos viera desanimados, nos diría:
—¡Arajo, miren nomás! Están haciendo sufrir a mis hijos.
Mi esposo tiene ojos color café claro. La foto que todos conocen se la tomó para inscribirse a Ayotzi. Mi niño se parece mucho a su papá. El 2 de enero, Adán cumplió 25 años.
Empecé a trabajar cuando él entró a Ayotzi. Cuido a una niña, de seis a nueve de la mañana. Hago aseos; cosas así, en Tixtla. Estamos viviendo con mis suegros porque nos iban a casar por la Iglesia el 20 de diciembre; nos iban a dar un pedacito para vivir, aquí en el barrio El Fortín. Compramos todo para la fiesta. El vestido, no. Y pasó esto y ya no se hizo nada. Todas las noches rezamos en mi casa, donde hemos hecho un altar con los santitos que nos prestan los vecinos. Al principio, iba mucha gente a los rezos; hoy nomás la familia. Pasan los meses y no sabemos nada. Lo seguimos esperando porque nos hace falta.

Josefina Estrada


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Me pregunto por qué
Al doblar una esquina cualquiera
Encuentro tu candor sorprendido.
Juan Gelman

José Ángel Campos Cantor:

Compañero, no me conoce, pero rondamos los mismos años de nacidos en una patria de muchas patrias como México.
Por tu padre, un campesino hermoso que todos los días carga en su pecho tu rostro y adonde sea va cantando y contando y escribiendo en nuestras bocas tu nombre, hoy sabemos tu afición por el futbol y la cumbia.
Te imagino alegre, sonriente y entusiasta ante la vida. ¿Cómo no va a ser así? ¿Qué cara se le puede poner, si alguna espiga de esperanza se te preñó cuando trabajabas? Como una niña, cuestionó la dura faena bajo el sol que tienen por enmienda los campesinos pobres de nuestro país.
Pareciera que el mismo sol, el mismo que te curtió la piel y los puños, ese mismo a veces inclemente y las más, cómplice necesario para la vida, alumbró tus anhelos. Llegado el momento. anunciaste tu decisión de retomar los estudios. Te propusiste empezar por la preparatoria abierta, (“¡ya grande!”, dice tu padre, reconociendo tus 33 años y la responsabilidad de un hombre casado y con una hija de nueve años).
Tuviste que estar muy decidido para quitar con tu machete la maleza. Es posible que tu hija y tu compañera de vida, Blanca, con quien estabas esperando ya a tu segunda estrella, hayan sido la fuerza para no renunciar a lo imposible.
Conocer, mirar, sentir, comer todos los días la pobreza, las escasas alternativas para los jóvenes, la desigualdad, la injusticia, la vida dura, te tuvo que haber dado la fuerza del coraje para construirte unas alas grandes, muy grandes, que en poco tiempo te condujeron a la Normal Rural, en Ayotzinapa. No llegaste solo, pues igual que tú llegaron otros muchachos de alas semejantes y con la misma hambre de seguir siendo mejores en un país que no ofrece nada a nadie, de no ser por aquellas y aquellos que luchan por una vida justa, libre y digna.
Pasaste la semana de pruebas y te asignaron el número cuarenta en la lista de los nuevos integrantes. Te imagino pelón, como les dicen a los de nuevo ingreso, y las bromas que se desataron ese día, y los siguientes en los que también se dedicaron a ser hermanos, hijos de la misma tierra. Nada más consecuente entre ser campesino y prepararse para ser maestro.
Tu padre no exagera cuando habla con orgullo de ti. Él mismo dice que nunca le respondiste, refiriéndose a que nunca le rezongaste como solemos hacer los hijos cuando se nos olvida que nuestros padres, la gente mayor son como de faroles que todo el tiempo nos iluminan con su experiencia y amor. Es de ellos de quienes heredamos los principios que en las circunstancias cotidianas y decisivas de la vida, nos definen.
Otra referencia de tu buen carácter y empatía, son tus amigos, tus camaradas, como se dicen entre ustedes, sabiendo que no es cualquier jerarquía. Alguno de ellos comenta que aunque eres mayor, echas bromas. Les das consejos, estás para ellos cuando así lo necesiten, lo que nos regala la imagen de un buen hermano mayor.
Sé de tu estatura, porque te veo caminar como un gigante que se mueve de sol a sol.
Te pienso y te sigo hablando, pero tú nada me dices. Estás pensando también, pero tú con la mirada fija. Fuera de cualquier frivolidad. No hay una duda que te distraiga.
Dudo que no haya alguien que durante los últimos cuatro meses no se pregunte qué fuerza los llevó a empeñarse en estudiar lejos de su familia, y saltan las sugerencias de aquí y allá. Pero cuando miro tus pupilas ciertas y fijas, y trato de enfocarlas con las de tu padre, parece que estás indicando lo que a muchos nos cuesta ver, sobre todo si se ignora lo que es amanecer sin nada en las manos, más que con carencias cada día más hondas.
Es posible que no logremos ver lo que tú sí miras, a sentir lo que tú sientes, pero nos das la sugerencia de posar los ojos para intentarlo. Tal vez así podamos ver más allá de los dolores que nos imponen, más allá de las desgracias que nos aplastan, más allá de la desesperanza que al fin es un mal, como el miedo que los de arriba han intentado que respiremos para ahogarnos, para inmovilizarnos, para dejar de creer en la tierra, en el aire, en el sol, en la luna, en la lucha que en tiempos como estos, lacerantes y desiertos, se hace fuego.
Tu segunda hija brilla como la primera de nueve años, Blanca, tus padres, tus camaradas y millones de hermanas y hermanos que día a día nacemos desde la rabia y la esperanza, te esperamos, José Ángel. Te necesitamos.
Como los buenos maestros, tú nos has puesto una gran tarea, una que a muchos les parece imposible; es más, se burlan y esquivan fingiendo olvido, porque es más cómodo, en cambio otros la llevan consigo, ya la empezaron a hacer en las calles, en sus escuelas, en sus casas, en sus barrios, en las montañas, con un puño, con una letra, con un grito, con la pala y el azadón, y con todo lo que se ocurre y puede.
La tarea que nos dictas tú y tus 42 camaradas, tú y Julio Cesar, tú y 23 mil más, tú y las mujeres de Juárez, tú y nuestros hermanos centroamericanos, tú y tantos tú, no es sencilla, porque escribiste en nuestras conciencias que no bastará la búsqueda, tu búsqueda, que es ya irrenunciable, sino que habrá que transformar de raíz las geografías de la impunidad para escribir una patria con las palabras justicia, libertad y dignidad.
Llevará su tiempo, costará más lucha, más esfuerzos, más organización, unidad, perseverancia para que no nos gane la desesperación, esperanza para que no nos quedemos sentados a esperarla, coraje para no cegarnos y no quedarnos en el rencor y la impotencia.
La tarea, maestro Campos, maestro Cantor, es grande. Espero contribuir con un poco: hay futuro mientras lo defendamos con ternura, con tu mirada cierta y fija.
Te dejo un fuerte abrazo.

América del Valle


 

marco antonio

Carta a Marco Antonio Gómez Molina

Xalapa, Veracruz. Enero del 2015

Marco:
Desde hace un tiempo he estado pensando cómo escribirte, qué decirte. Han pasado casi cuatro meses desde que te secuestraron e intentaron borrarte y, aunque la situación está como para ponerse a llorar, he decidido escribirte una carta. Quizá no tenga mucho sentido pero siento que es la forma más honesta de hablar de ti; establece un lazo y nos acerca, es mi intento por flanquear la pared de confusión y espanto que el gobierno de México ha construido a tu alrededor.
Estás ausente porque arbitraria e injustamente te hicieron desparecer y eso, a pesar de la distancia y del desconocimiento que hay entre tú y yo, duele muchísimo. Es injusto y es ilógico. Inaceptable. El gobierno y los criminales responsables de tu desaparición y la de tus compañeros normalistas, así como de los muertos del 26 de septiembre, están apostando por el olvido, esperando que sus medias explicaciones y su incompetencia sean borradas por el tiempo, pero se han topado con un mar de personas que se oponen a ello y que, con fotos y escritos donde siempre aparece el número 43, se rehúsan a echarlos de la memoria. Sin embargo, sus caras y sus nombres poco a poco se difuminan en esa cifra para aquellos que no los conocemos más que por su ausencia, por lo cual, se ha buscado un grupo de personas para que recupere cada una de las vidas que están detrás de esas fotos y esos textos, escribiendo y fijando de otra forma en nuestros recuerdos que ustedes eran/son personas.
La dinámica de este proyecto fue: escoger el nombre de un normalista desaparecido, investigar sobre él y escribir algo que destacara su individualidad. ¿Sabes por qué te elegí a ti? En un reportaje leí que uno de tus amigos te describe como alguien alegre, que hacía reír a los demás echando desmadre, y eso, que se oye tan normal o sencillo, si quieres, fue determinante. Me caíste bien por tener buen humor. No sé cómo eran tus bromas ni de qué clase eran tus chistes, pero hacerlos era una particularidad de tu persona. Me llamó la atención que todos los que hablaban de ti lo mencionaban y me animé a escribirte.
Después de eso, el proceso para saber de ti fue complicado. No había forma de que yo fuera a tu casa a preguntar cómo eras, pero Ernesto, un compañero de la facultad, fue hasta Iguala y pudo entrevistar a tu familia. Gracias a eso tuve material para escribirte esta carta. Luego, me pasó el número de tu hermano Luis y hablé por teléfono con tu mamá, doña Angélica; al principio me dio mucha pena hablarle porque me preguntaba cómo iba a abordar el tema con ella, ¿qué le podía decir?, ¿cómo le podía preguntar de ti, su hijo, que obviamente duele? Ella me calmó, amablemente me dijo que no tenía por qué tener pena y accedió a contestar mis preguntas sin problemas.
Tu mamá me dijo varias cosas, entre ellas que te gustaba el espinazo, que cuando podían lo compraba porque tú se lo pedías, que también te gustaba el queso pero que a veces no podían conseguirlo ya que no hay tiendas cerca de tu casa. Me contó cómo te empeñaste en seguir estudiando después de estar en el Conalep, presentaste para la Normal y fuiste aceptado y, aunque no me dijo que fueras necio, me dio la impresión de que esa era una de tus cualidades de las que son entre virtudes y defectos. Me dijo que sabías echar tortillas, que la ayudabas lavando los platos o haciendo la comida, que a veces ponías música y bailabas. Me contó, también, de una vez que, cuando eras chiquito, fuiste a vender gelatinas que ella había hecho y te orinó un perro porque no lo viste al estar distraído con tus trastes, que lloraste cuando tus hermanas se rieron de eso pero que aun así seguiste saliendo a venderlas cuando te explicó que de ahí salía el dinero. Tu hermano, por otro lado, cuenta cómo lo levantabas todas las mañanas; lo ha dicho varias veces y pienso que es una de las cosas que más extraña. Me imagino que es parte de esas pequeñas cosas que no notamos cuánto nos importan hasta que ya no están y me duele imaginarme ese vacío matutino que ahora lo acompaña todos los días. Menciona que se hacían bromas entre ustedes y que, aun cuando había cierta distancia, se llevaban bien; que cuando él no entendía algo, tú, como hermano mayor y futuro maestro, le explicabas lo que hacía falta; que eras bueno en matemáticas y en física y te gustaba mucho el rock.
Entre lo que me dijeron ambos puedo imaginarme tu carácter; por un lado eras serio y reservado, Luis dice que algunas personas pensaban que eras enojón porque no les platicabas mucho; pero por otra parte, eras relajado y divertido. Tu mamá me confirmó que frente a los demás te mostrabas callado y tímido, pero que una vez que había confianza, te relajabas y hacías muchas bromas. No obstante, hay cosas que no podré saber de ti, como por qué te decían Tuntún o cómo era tu voz; es como si hubieran construido un vacío a tu alrededor que sólo puede eliminarse con tu presencia, la cual no debería faltar pero no está, y es inevitable que me ponga triste pesando en todas esas cosas tuyas que tu mamá y tu hermano ya no tienen y no sé si podrán recuperar.
No sé, Marco, me gustaría que esto fuera una carta normal y que nos hubiéramos conocido más por azares del destino que por una situación tan tensa y penosa como ésta. Es difícil expresarte cómo me siento ahorita; acabo de ver una imagen que dice ‘en mi casa sí tenemos memoria, nos faltan 43 y miles más’ y me siento abrumada porque es cierto, no son sólo 43 pero creo que tú lo entiendes. Hay demasiados muertos, demasiados desaparecidos, demasiada violencia. Ahorita estamos hablando de ustedes, los normalistas de Ayotzinapa, pero al mismo tiempo estamos hablando de todos los demás que han sido víctimas de la violencia del narco y del gobierno, los estamos sintiendo a través de ustedes y de nosotros mismos al escribirles. Si te soy sincera, me he preguntado varias veces por qué, cómo; hasta ahora no he encontrado respuesta.Es inexplicable que la gente desaparezca, no debería pasar, nunca, jamás. El problema es que sigue pasando y el hoyo en el corazón cada vez se hace más grande. Me animo pensando que cada vez hay menos gente dispuesta a tolerarlo, que va abriendo los ojos al horror aun cuando éste es demasiado grande, sistemático y frecuente. En este proyecto hay mínimo 50 personas, 43 por cada uno de ustedes más 7 por cada una de las personas asesinadas el mismo día de su desaparición, que también están trabajando y pensando en ustedes aun cuando no haya respuesta, rescatándolos de las noticias y poniéndolos en papel, escribiéndoles así como yo te estoy escribiendo a ti. Es decir, ustedes no están solos, ni los otros desaparecidos, ni los familiares de todos ustedes ni los que escribimos esto y eso es bueno; ayuda a rellenar poquito a poco ese hueco en el pecho contra el que luchamos todos los días.
Al final de la llamada con doña Angélica, ella me dijo que gracias por acordarme de ellos, y yo le contesté que cómo no me iba a acordar y, bueno, creo que se lo dije medio raro, pero lo que quería decirle es que te tengo muy presente a ti, a ella y a tu hermano Luis, a tus compañeros, a sus familiares, a los desaparecidos.
Con cariño:

Mariana Lara Banuet


benjamín ascencioBenjamín Ascencio Bautista

Quizá el infierno sea una metáfora de la impotencia.
José Edmundo Clemente

Benjamín Ascencio Bautista nació en Alpoyecancingo, una de las cuatro rancherías más importantes entre las 35 pertenecientes al municipio de Ahuacotzingo, que en náhuatl significa “encino amarillo” y que, en el pasado, fue conocido como Buenos Aires. Se ubica en la zona de la montaña de Guerrero, en una región llena de cavernas y sótanos. Su población, cerca de 20 000 habitantes –mestizos, nahuas y tlapanecos– se dedicaba sobre todo a la agricultura y al tejido de palma, a la molienda de la caña para fabricar piloncillo y a la elaboración de mezcal, antes de que llegara el narcotráfico.
El próximo 8 de abril cumplirá 20 años, tiene dos hermanas y es el de enmedio. En la lista de los 42 desaparecidos ocupa el número ocho. Su signo es Aries, como el mío, por lo que debe tener una voluntad férrea y una gran energía para llevar a cabo lo que se propone. Su madre, Cristina Bautista Salvador, se fue al otro lado en compañía de su marido para ganar dinero y dar a sus hijos una vida mejor, porque el ranchito que trabajaban ya no daba para más. Dejaron a los niños al cuidado de sus abuelos. Cuando volvieron,sus hijos ya eran adolescentes.
Juan Bautista Melchor, el abuelo que lo adora y vive el infierno de su ausencia, recuerda cómo cuando niño lo ayudaba llevando agua a la parcela o azadoneando, “aprendiendo las cosas de la tierra”. Él le enseñaba a arar, pero al niño, desde que aprendiera el alfabeto, le gustaba más escribir, hacer surcos en el papel, sembrar letras. “Todo el tiempo hasta que llegaba la noche se la pasaba duro y dale con el lápiz en el cuaderno”, recuerda en entrevista con Blanche Petrich. Analfabeto, su abuelo admiraba las planas como se mira un cuadro y lo dejaba soñar entre los renglones que le quedaban más derechitos que los surcos.
En cuanto pudo se metió como promotor al Conafe y le tocó ir a las comunidades de Chilapa. Ahí nació su pasión por enseñar y su decisión de irse a Ayotzinapa, porque allí podía estudiar sin tener que pagar nada. Fue a presentar el examen de ingreso y quedó; no había razones para regresar y sí urgencia por aprender, a sus padres ya iría a visitarlos en sus primeras vacaciones. En Ayotzi, le pusieron el Comelón porque un día, de los pocos que estuvo en la Normal, durante una conferencia, se acabó todas las galletas que había en una mesa.
La ficha de Benjamín que la PGJ ha colgado en la Red, junto a la de los demás desaparecidos de la Normal Rural, está hecha con tanto descuido que en el rubro del sexo dice “femenino”, en la misma página en que junto a su nombre puede verse su fotografía: un joven mexicano (podría ser mi nieto), moreno, de mirada limpia y pelo hirsuto, de cejas anchas y bien marcadas (aunque en el rubro “cejas” su ficha ponga: “semipobladas”).
En Ayotzinapa se encontró con muchos jóvenes como él, hijos de la miseria y de las recientes luchas populares de Guerrero, el estado más pobre y más combativo de nuestro país. Quieren ser maestros para enseñar el alfabeto allí donde haya más necesidad. Primos hermanos, carnales, de los estudiantes de medicina de la Universidad Intercultural de Atliaca, Región de la Montaña, que después del 26 de septiembre cuidan de la salud de los padres de los 43. También del abuelo de Benjamín que se ha movilizado hasta Ayotzinapa.
Su madre también está en la lucha. El 26 de enero, en la marcha del Distrito Federal, toma la palabra, después de la Conferencia televisada del Procurador General de la Republica, Jesús Murillo Karam, quien sostiene la tesis del asesinato: “Haremos actividades hasta que nos entreguen a nuestros hijos”, dijo ella. “Nosotros hemos llorado, no porque aceptemos que ya están muertos, sino porque los extrañamos, extrañamos su voz, su abrazo de hijos, eso es lo que nos pasa: estamos desesperados y lloramos por eso”.
Su abuelo, callado, todavía se pregunta si quienes lo tienen le darán de comer, si lo harán sufrir.

Ester Hernández Palacios


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Jesús Jovani Rodríguez Tlatempa

María Concepción Tlatempa llega por fin al Zócalo. Es la quinta vez en cuatro meses, o la sexta, o la octava. No importa. Ella y los demás llevan desde septiembre caminando. Cada vez tienen menos dinero para mantenerse en la búsqueda, pero nunca tuvieron lo suficiente. Sienten que la gente los odia por ocuparles las calles, pero de todos modos marchan. Saben que el presidente no les va a hacer caso, pero igual insisten. Es una lucha hecha de peros. Como todas. Como todo lo que han hecho desde que dieron a luz en esa tierra ingrata. Los surcos sin lluvia y el pueblo sin gente y la autoridad sin pudor y el narco sin topes y. Y sus hijos se metieron de maestros para quitar sines. (Ya nadie se acuerda que el suyo por poco no, que el suyo por poco y fue médico). Y ahí estuvieron, gastando los huaraches y las voces y las ganas. Y aquí están ellos ahora. Porque les dijeron que para que algo se oiga se tiene que decir en esta plaza. Pero es la zona del perro.

Desde el helicóptero se ve todo color de hormiga. Están nuestros hombres, claro; pero del otro lado hay un muladar de colores que no me gusta para nada. Se alcanzan a ver los tubos y los palos. Las botellas que encienden. ¿De dónde salieron todos ésos? Tengo que dar la orden pronto y me entra un miedo de aquéllos. El piloto no se tiene que dar cuenta. Nadie se tiene que dar cuenta. Pero tengo que dar la orden y me estoy cagando.

Al jefe le gusta cómo opero. Desde la primera marcha lo dejé impresionado. Reducí a uno de esos escuincles yo sola. Le metí el escudo en la boca hasta que dejó de patalear. Ni en la julia volvió a abrir el pinche hocico. Hoy tengo al Pelón a mi derecha y al Ratón Pérez a mi izquierda, y sé que están rezando. Yo no tengo miedo. Muero de ganas por reventar a madrazos a esa bola de güevones.

Manotas preparó las molotov bien chido, la neta. Pero la idea de prender las barricadas fue mía. Que vengan los pinches puercos. Los trotskos y los unamos ya se abrieron, van corriendo hacia Pino Suárez. Pero nosotros nel, nosotros nos quedamos hasta el final. Pinches puercos, acá los estamos esperando los que sí tenemos güevos.

María Concepción pasa frente a catedral. (No se les ocurre que es un buen muchacho, misa los domingos y confesión los jueves). Oye los cohetes y le preocupa que lo tomen como provocación. Le preocupan esos muchachos y lo que sus madres estarán mordiéndose en casa. Como cada marcha. Llegan, habla, siente que todos la están escuchando, que se emocionan con ella, que se enojan cuando se indigna, que el conteo y el reclamo son unánimes. Luego llegan otros, o son los mismos, y desquitan la rabia a patadas y pintas. (El suyo no es así, al suyo nunca le interesó la política). Ahora unos tiran cohetes y el resto se estremece porque ya sospecha a los granaderos.

Tenemos los ojos fijos en las siluetas de los generales en el centro de la calle. Algo grita el Gral. Reyes y cabalga repentinamente. Junto a mí, el Cnel. Morelos da la orden. Disparamos. Disparan. Casi todos los curiosos caen acribillados. El Gral. Reyes azota contra el empedrado. El Gral. Villar vuelve a nuestras filas, herido de un hombro. Algo avanza desde el otro lado. Son muchos, y vienen armados con una suerte de escudos transparentes. Arremeten contra los civiles que aún quedan en pie.

El Ratón Pérez recibió un tiro en la rodilla y se retuerce como el marica que es. Nadien nos dijo que estos cabrones venían armados. Pero ni madres que me rajo. Corremos con los escudos al frente, pa’ que no nos chinguen más plomazos. Casi todos llegamos al final de la cuadra y empezamos la madrina. Es bien distinto pelear contra culatazos y bayonetas, me cae. Aquí un cabrón sacó una espadota y tuve que meterle el escudo en el ojo pa’ que no me rebanara.

Los teteotzin entran a la plaza dirigidos por Tonatiuh, que se ve hermoso con su escudo dorado, del color de su barba. Estamos bailando, estamos cantando, estamos festejando la veintena. Los tambores se detienen: Tonatiuh y los suyos los han silenciado, han cercenado los brazos de los tañidores.

El altavoz no ha parado, porque no van a callarlos. (No podía callarlo cuando su Ame se llevó el campeonato). Van hacia la acampada frente a la PGR, donde dicen que dijeron que pueden continuar con su protesta. Ella no entiende esto de las protestas organizadas, con permisos, firme aquí y allá y se hace responsable de los daños. (Jamás un daño, pero hay que ver qué responsable es su hijo). Cuando los primeros en saltarse el papeleo son ellos. Si por eso está aquí, por eso vinieron desde donde vinieron. A la zona del perro. Aquí todos gritan y corren. (Qué difícil imaginárselo a las cinco de la mañana, con sus Nike que fueron su único capricho, diario a las cinco para no perder el ritmo). Los policías están agarrando parejo, uno pasa a su lado correteando a un muchacho que trae en la mano un libro de Vasili Grossman. (No le cuesta recordarlo leyendo cualquier cosa, siempre le ha agarrado gusto al estudio). Pero no son los únicos.

Ni madres que me iba a mover de aquí, teníamos bien asegurada la barricada. Hijos de la chingada, apenas me voltié y ya habían partido en dos al Manotas con una pinche macana gigantesca. Así que le estrellé la molotov en la jeta. Comenzó a arder el cabrón. Agüevo. Pero del otro lado llegaron otros encuerados a madrearse con los puercos que se encontraban. Yo acá arriba nomás reparto tubazos de lo lindo. Van a ver de qué tamaño la tenemos los del Cuadro Negro Anarquista. Sean quienes sean.

(Ya se perdió el Churro en donde el perro, ya se nos perdió Jesús Jovany. De entre todos éstos ninguno que sepa de sus dos hermanos y su sobrina. De las tardes que ha pasado trabajando con los tíos, con los abuelos, con cualquiera que le encarge pintar una casa, cosechar un rábano. No oyeron los consejos a su hermana, no te cases, estúdiale más, mejor, no vieron la mueca con la que le dijo que estaba embarazada, no sintieron la mano que le revuelve el poco pelo a la niñita que acabó aceptando. El Churro no está aquí, no lo hallamos con su bolsita de papas en la mano. No podemos constatar que prefiere los churrumáis a la bebida, y que por eso prefiere quedarse solo y llevársela tranquila. Se nos perdió el Churro, no lo tenemos por ningún lado. Que nos lo devuelvan).

No se ve nada, ni siquiera desde acá arriba. Hay mucho humo. Huele a pólvora y a copal. Cada que enciendo el walkie-talkie entra estática, así que ahora tengo el botón apretado y grito órdenes como degenerado. Grito que usen la fuerza, que no se escape ninguno, que el Estado tiene que imponer el orden a toda costa. Ya se me pasó el miedo. El piloto me dice que me agarre bien, que viene algo de la derecha. Un helicóptero militar pasa rozándonos y se pierde hacia el norte. Se oyen tiros en Tlatelolco.

Hugo López Araiza Bravo
31 de enero de 2015


 

cristian alfonso socorro toxtli
Christian Alfonso Rodríguez Telumbre (Socorro Toxtli)

Todos los nombres de la esperanza

Está en algún lugar suspira la tierra. Ayer la lluvia lavó todas las penas pero han quedado surcos, pequeñas fisuras de las cuales brotarán parcelas nuevas; otros mañanas verán al presente y preguntarán por su nombre. Está en alguna parte, con su playera que tanto le gustaba, pensando que hay otro Christian de su mismo nombre en las salas de justicia, reclamando que las leyes deben ser escritas como poemas; por la mano piadosa del pueblo. Un día entrará la mañana a través de las ventanas y de las puertas de Ayotzinapa, entrará como bailando y tendrá su rostro, la enorme entereza de su figura. Hasta el momento hay un Christian esperando y otro pensando, pero existe uno más. Un Christian parecido a los otros dos, que ni está esperando en las salas de justicia, ni tampoco anda pensando en algún rincón de la memoria. Este Christian con la mirada serena, con la voz de Tixtla, anda en las marchas caminando junto a ti y junto a mí. Está en alguna parte efectivamente, en el reclamo de los maestros, en los huaraches cuando suben a la montaña. Está allí donde las manos se juntan unas con otras. Su nombre se escribe en las paredes de Iguala, reclamando en moldes casi perfectos que la esperanza no se agota, es un mapa que debemos descifrar pacientemente. Estos tres Christian confluyen en uno solo, una sola figura que circula por todas partes. Las tortugas entran y salen del río y van todas juntas, a donde va una van todas. La tarde está cayendo, la mañana se niega a morir. Raúl Isidro Burgos y Rodolfo A. Bonilla traen unos papeles en la mano, al parecer el terreno ha sido cedido para construir una escuela. El río de calabazas brota como una fuente andaluza. Estos tres Christian confluyen en uno solo, una sola figura que aparece también en esos papeles. No son sólo documentos, son vida plena, son cuarenta y tres que van todos juntos. Es Christian Alfonso Rodríguez Telumbre hijo de Clemente, hermano de todos nosotros, que está en algún lugar. Mañana se repartirán las tierras y dejará la hacienda de ser hacienda, mañana nos miraremos de manera más clara y brotarán nuevos poemas, mañana que es hoy y que también es esta noche. Sabremos no rendirnos y seguir pidiendo justicia por Christian, por aquél muchacho que soñaba con ser maestro; la esperanza tiene muchos nombres y todos son tu nombre: Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, nombre que ha quedado también en esta prosa que ya viene siendo verso.

Andrés Piña


Felipe Arnulfo Rosas (Dionicia)
Felipe Arnulfo Rosas (Dionicia)

Felipe

San iwian xyauh. Ihkon ohtlipan tipanos inchan mopadrinos, xkintlahpalosnoka. Yaipan Iwahlan, ipan un Normal, chikawak xtekiti. Xkilnamiki tlin moneki tikinpalewis monan, moknih iwan mowes.*

Así siempre me despide papá: San iwian xyauh. Vete con cuidado. Él sabe que a mis veinte años de edad ya sé cuidarme. Pero lo entiendo. Tiene presente —siempre lo tendrá— lo que le pasó a mi hermano: lo mataron hace dos años. Lo mataron para robarle sus animales de campo. Nunca encontraron al culpable. Nunca se hizo justicia. Esto me enojó y me frustró, pero preferí actuar con prudencia. Es triste tener que callar ante un hecho tan injusto y doloroso, pero ustedes saben que la inseguridad, el crimen a mansalva y la impunidad son cosa de todos los días en mi región… ¿y en cuál no?, me pregunto.

Yo pude haber corrido la misma suerte. Así como mi hermano lo hacía, yo también trabajo el campo. Mi padre me enseñó a hacerlo desde niño. Cultivo la milpa… muelo la caña… arreo el ganado… Sólo que yo, con el esfuerzo de mis padres y el mío propio, he tenido la oportunidad de estudiar y, en ese sentido, de salir de casa, de dejar el campo (sólo lo trabajo cuando vengo de vacaciones)… Pero, en fin, a lo que quiero llegar es a que pude haber corrido la misma suerte de mi hermano.

Luego, papá me dice: Ihkon ohtlipan tipanos inchan mopadrinos, xkintlahpalos noka. Si en el camino pasas a casa de tus padrinos, salúdalos de mi parte. Es lo que siempre hago cuando voy de casa a Ayutla: a medio camino hago un alto en casa de mis padrinos. Salgo de Rancho Ocoapa a las seis de la mañana y a eso de las once ya estoy con ellos. Siempre me invitan a almorzar y sé que ahí me espera un caldito de res. Mi madrina sabe que es una de mis comidas favoritas y me la prepara con gusto. La verdad, le queda muy sabroso. Además, mi padrino siempre está escuchando La Sureña, donde ponen corridos, música ranchera, música regional, la música que a mí me gusta. Pero aunque siempre es un placer saludarlos y gozar de su hospitalidad, no es mucho el tiempo que me detengo en casa de ellos. Si quiero llegar a Ayutla de día, debo reanudar el camino a la mayor brevedad posible.

Yaipan Iwahlan, ipan un Normal, chikawak xtekiti. Xkilnamiki tlin moneki tikinpalewis monan, moknih iwan mowes.Ya en Iguala, en la Normal, échale ganas a tus estudios. Recuerda que tienes que ayudar a tu madre, a tu hermana y a tu cuñada. Papá sabe que eso hago: echarle ganas. No me es fácil. Para sacar adelante mis estudios tengo que trabajar. Lo hago desde hace varios años. Así es como saqué la secundaria y la preparatoria y así es como estoy sacando mi primer año de Normal. Ayudo en las casas a cambio de comida y alojamiento. Vendo pan. En fin, veo cómo le hago pero salgo adelante.

Y sí, sé que debo ayudar a mi madre, a mi hermana, a mi cuñada y a mi padre. Pero también quiero ayudar a las personas de mi comunidad y a las que viven en zonas marginadas, especialmente a los niños. Por eso estudio la Normal bilingüe. Rancho Ocoapa, como ustedes saben, es una comunidad bilingüe: se habla el náhuatl y se habla el español. Me gusta que el náhuatl se siga hablando. Creo que es una manera de conservar nuestra cultura. Pero también hay analfabetismo: el veinte por ciento de los adultos son analfabetas. Cuando termine la Normal, me gustaría regresar a Rancho Ocoapa para ayudar a que todos aprendan a leer y escribir.

Luego de dos jornadas de viaje, ya estoy en Iguala, en mi cuartito. Ha comenzado a anochecer. Prenderé ocote para estudiar y hacer mis tareas. Después, iré a misa de ocho. Hoy no ayudaré al padre Gonzalo. Hoy sólo quiero ir a dar las gracias. Y a prometer, como me lo pidió mi padre, que me cuidaré. Me cuido, pero prometeré que lo haré. Porque una cosa sí les puedo asegurar: mis padres, mi hermana y mi cuñada me esperan de regreso en Rancho Ocoapa.

 

* Agradezco a Miguel Figueroa la traducción al náhuatl de este párrafo.

Agustín del Moral


José Luis Luna Torres (Letizilla)
José Luis Luna Torres (Letizilla)

JOSÉ LUIS LUNA TORRES, AMILZINGO, MORELOS, 20 AÑOS

(Lo digo en voz alta)

Deberías decirme ¡presente! para que yo conociera también tu voz, esa de pato que tus compañeros dicen que tienes, y no nada más tu cara seria de cejas pobladas de la foto que circula en todas partes. Pero aún así, sin haberte visto antes, no me olvido, te juro que no me olvido porque el eco de tu madre, Macedonia Torres, escúchalo muy bien, resuena: “Yo no me voy a ir de aquí hasta que encuentren a mi hijo, hasta que esté bien, vivo lo agarraron y vivo lo queremos” y lo repito como si yo fuera tu madre, con el coraje que ella guarda, pero quizá sin el valor que ella sostiene.
Veinte añitos, apenas tenías veinte añitos. Yo a tu edad pensaba que me había comido el mundo y tú buscando cómo ayudar a doña Macedonia que se quedó vendiendo cacahuates, alegrías y demás en Amilzingo. Y que ahora quieren que compre olvidos, verdades dudosas, resignaciones al dos por uno. Cómo, si ni dinero tiene para regresarse a su casa; pero para qué, si de todas maneras, regresaría incompleta.
Que voy a saber yo de Amilzingo, de ser madre, de estar desaparecido, de no saber dónde estoy y si me buscan, si nunca he querido salir de la ciudad. Pero tú sí, verdad, José, tú trabajaste duro el campo para tener zapatos con qué llegar lejos y no nada más a la Normal. Sabes, apenas y tengo papá, es un modo de decirlo, pero mi mamá también me decía que ella iba a ir juntando dinerito cuando entré a la facultad, como doña Macedonia te dijo cuando te ibas para Guerrero. Las cosas que aprendí ahí, si te contara, José, pero yo no quería aprender a escribir para esto, para narrar historias tristes que hablaran de ti, lo digo mirando tu foto para que se me grabe tu cara nada más por si un día te topo caminando en alguna calle, saludarte, tranquilamente porque todos dicen que no echabas desmadre. (El desmadre que está hecho el mundo, José, si vieras.)
Pero todo esto es lo poquito que se sabe de ti, de tu carácter serio, callado, de tus ganas de irte para salir adelante (¿qué chingados es adelante ahora?), lo que ha dicho tu madre, tus compañeros de Ayotzinapa, tus hermanas, Marisol y Pascuala, tampoco te olvides de ellas. A mí me gustaría mirar esos ojos rasgados como algo real, tomar tu mano en un saludo y platicar bajo el sol, por si ambos tenemos frío. Y es que últimamente hace más frío en este país, un frío de médula, de muerte lenta. Aun así, José, yo espero que jamás hayas sentido un calor exagerado, como de fuego calcinante.
¡Ay José! Cuántas cosas que preguntarte. ¿Sí jugabas a las canicas, como dice doña Macedonia? Cuéntame cómo es tu casa en Amilzingo, cuántas plantas tienes, ¿se parecerán a las de mi mamá? Que dicen que te gustaba volar papalotes, ¿hiciste uno alguna vez? Yo jugaba con esos en el llano de mi casa junto a mis hermanos cuando era niña. Me dicen que trabajaste en los sembradíos de amaranto, entonces tú si conoces cómo se sienten esas flores suavecitas, descríbemelas, José, déjame sentirlas con tus palabras como si las tuviera en mis manos. Deja salir tu voz de todas partes, José.
Dime más cosas. Te gusta la música, Pato, así te decían tus amigo ¿no? Déjame que te diga Pato yo también ya de tanto que te hablo y te hablo. Ojalá me contestaras porque hay una canción que quiero ponerte. Es de los Fabulosos Cadillacs, ¿los escuchaste alguna vez? Dice: quiero ver amanecer, pero del otro lado ver amanecer, pero que alguien se quede aquí para saber si yo sigo vivo! Y aquí está tu madre, tus hermanos, tus compañeros de la Normal, no únicamente los de Ayotzinapa, también los de Tenerías, adonde buscaste entrar antes de lograrlo en la Normal Isidro Burgos y los de otras más en todos lados. Yo también sigo aquí, junto a todos, digo todos porque ya nadie quiere ser un número más en tanta lista sin respuesta. Entonces todos, José, seguimos aquí para saber si tú sigues vivo, ya nada más te falta contarnos cómo es el amanecer en Amilzingo o en cualquier otra parte que tus ojos vean.

Ximena Cobos Cruz


julio cesar mondragon

 

 

Te llamas Julio César Mondragón

Yo soy el descarnado, el desollado
Vivo. El sin rostro, al que arrancaron los ojos
Y arrebataron de los brazos de su amada, joven madre
Yo soy el muerto vivo, ni vivo ni muero
Soy tu padre, soy tu hijo soy tu patria, tu país ensangrentado
Yo soy aquel que pena para siempre por ti y por sus padres
Yo soy aquel que duerme en una fosa helada inencontrable
Soy las cenizas ardientes en el río, las cenizas gritando, el río llorando
Soy tu conciencia pura hasta los huesos, tu lucidez más alta
Como pira que no es pira que no expira
El hijo predilecto del señor de la muerte, del Mictlán
El niño consentido de la vida para darle vida a tu futuro
Pues ya nunca me olvidarás, jamás dejarás de recordarme
He venido de lo más lejos hasta ti, he regresado
Pues he abierto el inframundo
Soy tu memoria verdadera, la del glorioso pasado,
Soy tu memoria recuperada para siempre
Soy tu viaje más profundo, soy tu horrendo y trágico presente
Pero soy tu futuro luminoso y tu esperanza
Soy el hijo consentido del Mictlán que ha querido renacer
Para alumbrarte en tu camino más oscuro
Soy el sacrificio luminoso de la estrella
La que arde en una hoguera para ti
Soy el retorno, el retoño de la vida más hermosa, más brillante
Soy el Señor de Xibalbá, soy brujito, soy los gemelos triunfadores
Que superaron el infierno de esta vida
El señor Quetzal, el espíritu inmortal de la serpiente
Y de tu patria, el que retorna siempre de la muerte
Soy el rayo y su serpiente, soy su águila y su Ser
El puente del cielo y de la tierra
Soy el señor verdadero de la vida y de la eternidad
El símbolo encontrado de una extraña grandeza perdida
Que no obstante está por renacer con plenitud
Con mi voz más profunda, con mi canción más hermosa
Con mi silencio estentóreo, con mi sueño completo
Con mis ojos más hondos,más llenos de Vacío
Más plenos del Todo, que por siempre muy abiertos
Más allá del tiempo y del espacio, te verán
Y velarán por ti y te guiarán
Con la sublime luz del más allá.

Víctor Toledo


Jorge Álvarez Nava (Marco Velasco)
Jorge Álvarez Nava (Marco Velasco)

Hay algo sencillo y exacto cuando se despierta a los diecinueve años en un colchón viejo, pero con el cuerpo nuevo, alerta y relajado. Jorge despertó con lucidez tranquila el día que desapareció. Eso imagino. Creo que Jorge Álvarez Nava, el Chabelo, que toca la guitarra y tiene una cicatriz en el ojo, despertó el 26 de septiembre en el cuarto que compartía con sus compañeros. Se ató las agujetas de los zapatos. Se cepilló los dientes y echó relajo. Eso imagino. Me he inventado ese recuerdo irrelevante para extrañarte un poco y poder sentir menos vergüenza al oír a tu padre. He visto a don Epifanio, herido, inmenso. “Donde quiera que estés, quiero que sepas que siempre fuiste un ejemplo para mí”. Te grita. Sé que ambos tienen los mismos ojos y el mismo cuerpo robusto forjado en el campo. Te imagino con un machete desnudo entre el maíz dorado. Te imagino observándote en el espejo esa mañana. Te compusiste el cabello humedeciéndolo un poco. Entonces, recordaste alguna tarea inútil y te sentiste definitivamente alegre.

(alguien que te quiere de vuelta)

Claudia Morales


Marcial Pablo Baranda (Lowon)
Marcial Pablo Baranda (Lowon)

Marcial Pablo Baranda

“Los hijos de la gente de Acahualinca no nacen por hambre
Y tienen hambre de nacer para morirse de hambre”
Leonel Rugama

I
Marcial tenía 20 años cuando sucedió lo del 26 de septiembre en Iguala, yo también tenía 20 años cuando lo supe.
Marcial y yo tenemos 20 años, porque no puede hablarse de los ausentes como si ya hubieran fallecido, porque los ausentes conservan la misma edad hasta que regresan, y es entonces que el tiempo corre de nuevo. Quienes los esperan son quienes envejecen, pero más rápido. ¿Por cuánto tiempo Marcial tendrá 20 años? ¿Por cuánto tiempo estará desaparecido?

II
Si Marcial no hubiera sido mexicano y en su lugar… tal vez, nicaragüense, quizá no hubiera desaparecido. Hace 30 años sí porque a los muchachos de 20 años se los llevaban al servicio militar, los separaban de sus familias y regresaban convertidos en piedras, en matas de plátanos dentro de cajas de pino que nadie tenía permitido abrir, pero las madres sabían que esos no eras sus hijos, porque los cuerpos macerados no pesan igual que las piedras; pero no había manera de averiguar dónde estaban aquellos muchachos –o al menos eso decían– y con algo tenían que llenar los ataúdes, pero eso fue hace 30 años, ahora no, si él fuera nicaragüense no hubiera desaparecido, o quiero pensar que no. Trabajaría en una maquila por un mísero salario, o en alguna plantación bananera con los hijos de las víctimas de aquel agroquímico de la Fruit Company, esos que tienen las manchas blancas en la cabeza y se mueren jóvenes; su mamá tendría cáncer de útero y su papá no sería su papá porque quedó estéril en los setenta. Marcial sería de Chichigalpa, o de El Viejo en lugar de Xalpatláhuac. Tocaría la misma música que tocaba allá en la Costa Chica porque en el Pacífico de Nicaragua es idéntica. Cortaría caña hasta morirse de insuficiencia renal, pero no desaparecería. Si Marcial fuera nicaragüense tarde o temprano se marcharía como se marchan todos, para no morirse de hambre. Su mamá esperaría su llamada, porque él le dijo que la llamaría en cuanto llegara, pero no llamaría, y no se sabría nada de él y muchos dirían que está muerto, porque muchos dicen que a México sólo se va a morir; pero puede que no, puede que haya cruzado la frontera, la brutal frontera, puede que este herido o que la policía o alguno de esos narcos sanguinarios que salen en las telenovelas y los noticieros lo haya agarrado; pero no hay como saberlo, y entonces Marcial estaría desaparecido. Sus familiares no sabrían a quién llamar o donde buscar, sólo les quedaría esperar y suponer. Llorarían de a ratos, de a largos ratos, y se preguntarían unos a otros ¿Por qué desapareció Marcial? ¿Quién podría hacerle daño si él es un buen muchacho, casi un niño? Y su mamá no sabría de razones porque lo único que ella quiere es a su hijo de regreso.
Si Marcial fuera nicaragüense estaría desaparecido en México, como muchos mexicanos.

III
Dicen que el tiempo no avanza, o al menos no como nosotros lo suponemos. Está ahí, siempre está ahí (sin estar) estático, nuestra conciencia es la que se mueve. No existe ni futuro, ni pasado, sólo el presente, y por tanto Marcial desapareció en el presente, en este continuo presente en el que aún no ha regresado, pero también hay otro presente, el presente en el que sí está, en el aún no se ha ido. Alguna vez escuché que hay manera de volver al pasado, a ese otro presente, pero yo no sé de esas cosas. ¿Y si el constante presente no es otra cosa que los espacios de la memoria en los que atesoramos los recuerdos de los muchachos de 20 años que no han regresado y que esperamos?

Fátima Villalta (Nicaragua, 1994)


 

aldo gutierrez solano
Aldo Gutiérrez Solano

Zumbido

A mí no me da miedo la muerte, muerte es no hacer nada. Yo por eso la escuela, los partidos, porque hay que moverse. La muerte debe ser una explosión en la cabeza, luego un zumbido largo, infinito.

No nos apunten, no estamos armados. Es lo que siempre les decíamos a los uniformados, porque a los otros no puedes hablarles, esos nada más te tiran y ya, sin dejar que les hables, sin hablarte. Sí, me llamo Aldo, quiero decirles, ¿en dónde están mis compañeros?
Un día normal es de calor, de campo. A veces cuando vamos a jugar vemos camionetazas pasar en friega, buscando balazo, con tipos chuleándose a las muchachas, burlándose de las mujeres, de los niños, provocando a los hombres.
La gente en el pueblo está harta. Por donde quiera los ojetes causan desmadre. Mis hermanos se hacen de la vista gorda, nadie quiere desmadre. Yo por eso mejor la escuela, para ser alguien, trabajar con los chavitos. Y de todos modos mi ma lloró cuando le dije que me iba. Son dos horas y feria de camino, ma, de todos modos, estar aquí es lo mismo que morirse, si no sales de aquí no haces nada.
No nos apunten, no estamos armados. Pero nos bajaron a madrazos y uno ya sabe que esto es cuestión de resistir, como le hacemos todos los días allá, aguantar o la otra opción es esconderse, que de cualquier forma, no es garantía de seguir respirando. Y uno aguanta, trabaja y va a la escuela, hace boteo hasta que empiezan las detonaciones y pam pam pam pero a mí no me da miedo la muerte porque esa habita en mi pueblo y sus alrededores y allá no hay a quién arrimarse y tiiiiii un zumbido que no termina.
Calmados, no estamos armados, es más, somos de primero. Traigan una ambulancia, que hay un compañero que se está muriendo. Pero morirse es darle chance a los culeros, morirse es no opinar, morirse es dejarse escupir, dejarse violar, morirse es que te desplacen de tus tierras, morirse es ver cómo arrastran por el camino al compadre de tu papá o cómo el hermano de la mamá de tu vecino amanece en el campo, a punto de reventar como los perros muertos sobre la autopista, nomás que en vez de atropellado, baleado, y no poder hacer nada.
Mi papá no chistó. Anda vete, siempre haces lo que quieres. Eso pensaría pero no lo dijo, nomás me abrazó. Por la que siento más feo es por mi mamá, que llora sin sollozos, que llora sin gemidos porque uno de sus hijos se le va. Pero regreso, ma, no llore que se le sube el azúcar, a ver si el otro domingo vengo y me va a ver jugar. Cuando salga de la normal voy a dar clases y me la llevo de aquí. Y mi mamá no chista tampoco, sólo oigo el zumbido, largo, interminable. Mejor prendan la luz.
Un día común es de mucho calor, gente metida en su casa, niños que van a la escuela, los adolescentes ya menos, ya para qué, aquí creces rápido, aquí creen que estudiar los deja igual, aquí los que pueden, los que tienen, ni siquiera estudiaron, aquí es la ley no del más fuerte sino el del más ojete. Y yo quiero ayudar, ser alguien. Los chavos ya para qué, lo malo es que no les quedan muchas opciones. O uniformados o en la mierda que es casi lo mismo. Aquí sólo unirse a la comunitaria, o de maestros, que de cualquier forma no tienes garantía, aunque es bueno lucharle, no rendirse antes de tiempo.
Sigue el zumbido y esas personas que vienen y dicen mi nombre. Yo quiero saber dónde están todos, a dónde se los llevaron o si están aquí al lado mío, con las manos y los pies vendados, pero como está oscuro ni ellos ni yo sabemos, no nos damos cuenta que podemos estar juntos. Sigue el zumbido y esa gente que viene y me pica con el dedo en el pecho y yo les digo, que no, que me dejen. Pero ellos no me oyen. ¿En dónde están mis compañeros? Grito. Y sigue el zumbido. Que alguien me diga dónde están mis compañeros, dónde mis papás, mis hermanos, mi hermana. Por favor, que alguien prenda la luz.

Tzuyuki Flores Romero


Jorge Antonio Tizapa Legideño (Claus López López)
Jorge Antonio Tizapa Legideño (Claus López López)

Jorge Antonio Tizapa Legideño

El pasado 11 de enero fue un día de cumpleaños muy triste para la señora Hilda Legideño Vargas. Su hijo Jorge Antonio no fue, como hace cada año, a verla, a abrazarla, a llevarle chocolates y flores. Es un buen hijo, es un buen muchacho, dice una y otra vez la madre, en conversación telefónica, con una voz fuerte y clara, aunque algo debilitada por la pena.
Tampoco las fechas navideñas fueron días de fiesta para ella. El 24 de diciembre, los padres de los estudiantes normalistas ausentes, cuyo paradero aún se desconoce, se concentraron en las cercanías de la residencia presidencial de Los Pinos, pese al atroz frío capitalino, muy lejos de las regiones templadas o calurosas en que habitan. El 26 de nuevo se manifestaron, recorriendo el paseo de la Reforma hasta el monumento a la Revolución.
Hilda Legideño es delgada y menudita, en una de las fotografías luce casi más pequeña que la pancarta en sus manos con la imagen de Jorge Antonio. Pero sin duda es una mujer muy fuerte, que crió sola a sus tres hijos, pues desde que eran niños el padre, como tantos otros, se fue a trabajar como plomero “al otro lado.” Ella no se queja, dice que el señor ha estado pendiente y cuando puede manda dinero; que está enterado de la desaparición del estudiante, pero no le es posible venir. De tres hijos, Jorge Antonio es el de en medio, antes que él llegó una hermana y después un hermano.
La señora Legideño formó parte de la comisión de padres que, acompañados por el titular de Derechos Humanos en Guerrero, se entrevistaron el 29 de septiembre con el comandante del 27 Batallón de Infantería para indagar sobre la situación de sus hijos.
En la foto de la ficha gubernamental que da cuenta de su “desaparición”, la misma que se ha reproducido en algunos carteles, el rostro moreno de Jorge Antonio tiene forma de óvalo; lleva muy corto el cabello negro y lacio. Sobre la nariz ancha y los labios gruesos, destacan sus ojos oscuros, enmarcados por cejas semipobladas, que definen una expresión muy seria, entre reposada y adusta.
Hilda cuenta que tiene “un hoyito en la mejilla”, pero ese detalle apenas se puede apreciar en las escasas fotografías con que contamos. Tampoco dejan ver los retratos la alegría de vivir oculta tras esa sobria apariencia. Alegría que no pudo ser vencida por el entorno guerrerense marginado, adverso y violento en que la familia ha vivido siempre. Alegría que la madre reitera: es sociable, amiguero, le gusta mucho cantar y bailar; es bromista –“pero no pesado”. Como a sus amigos, le encanta comer tacos y pizza, acompañados por refrescos. Para su aniversario –el 7 de junio cumplió 20 años–, pidió a su madre que le preparara fiambre, una comida típica de fiesta en Tixtla, hecha con carne de res, pollo, chorizo y carne de puerco servidos sobre una cama de lechuga.
Jorge Antonio dejó los estudios un tiempo. Ese lapso entre un bachillerato que no se completó y el inicio de su preparación como maestro fue una transición a la vida adulta, pues descubrió el amor y el trabajo.
Muy enamorado y correspondido, construyó una casita de lámina cerca de la de su madre, para vivir con su novia. La pareja, con el paso del tiempo “dejó de entenderse”, al decir de Hilda, y resolvió separarse. Quedó una niñita que ahora tiene año y medio. “Es un padre cariñoso”; la foto en un celular sostenido por Hilda muestra a Jorge Antonio, con un gesto suavizado, llevando en sus brazos a una bebita muy linda, con grandes ojos oscuros semejantes a los suyos. La pequeña Naomi luce graciosa con su gorra tejida.
Durante el tiempo de la convivencia en pareja, el joven tuvo que afrontar las responsabilidades de la vida laboral. Se empleó como chofer de una urban por la ruta que va de Tixtla a Atliaca: “le encanta manejar, aprendió muy pronto y antes tuvo motocicleta”.
Mientras iba al volante Jorge Antonio disfrutaba escuchando y entonando canciones populares. Comparte con sus cuates el gusto por la banda sinaloense “El Limón, De René Camacho”. Una banda que interpreta tonadas diversas; tanto baladas amorosas como otras que cuentan de los sembradores de mota obligados a huir del ejército; todo en un lenguaje coloquial, a veces soez. También comparte con los amigos el gusto por esas crónicas urbanas que son las canciones de Armando Palomas, de Aguascalientes. “El Palomas” fusiona rock, cumbia, mariachi, huapango y son veracruzano, y se burla de todo lo establecido con una libertad que encanta a los chavos. Un gusto muy personal de Jorge Antonio son las canciones infantiles, como el Patito Juan, por lo que algunos amigos, en broma, le decían “el niño”. “Le gusta mucho la música, a veces graba canciones en una memoria para mí”, relata la madre.
Cuando se separó de su compañera, Jorge Antonio entró a la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos. Fue rapado, como parte de las novatadas, y se integró de lleno a las labores de la escuela. Tomaba parte en las tareas agrícolas cotidianas, ya que los estudiantes normalistas rurales siguen perteneciendo a la comunidad campesina. Una vez, sembrando, él y un amigo, exhaustos, se quedaron dormidos sobre una piedra y no despertaron sino hasta que estaba oscuro. Fueron apodados “los perezosos”, cuenta Hilda. El estudiante se concentraba en sus materias y participaba de las actividades políticas inherentes a este colegio. La nueva etapa de la vida del estudiante Jorge Antonio se interrumpió por el horror del 26 de septiembre.
Desde esa noche, Hilda Legideño Vargas no ha parado de buscar a su hijo. Atravesada por el dolor pero sostenida por su amorosa obstinación y su creencia en que aún puede haber justicia, espera el regreso de Jorge Antonio.

 Edith Negrín


Bernardo Flores Alcaraz (BEF)
Bernardo Flores Alcaraz (BEF)

Soy Bernardo Flores Alcaraz y me dicen el Cochiloco

La columna de campesinos avanzaba, cargada de comida, sarapes, chiquigüites, mecates, tirinchas y todos los utensilios necesarios para vivir y trabajar durante más de dos semanas en la cosecha del café. Nardo Flores, con los huaraches bien ceñidos, seguía recio el paso de su padre. “Ahora ya no es como antes” dice, pero el recuerdo se asoma vívido en las comisuras del rostro del padre incansable. “Ahora” y como entonces, con sombreros y huaraches, Nardo y su hijo mayor Bernardo se encaminan a la huerta de café. En un tramo, a la orilla del pueblo, se cruzan con una iguana que forma parte del mismo verdor que los cerros escarpados. Para Bernardo, quien ha dedicado sus ratos libres a la caza del reptil, es evidente su presencia. Sin hacer un ruido o movimiento brusco saca la resortera del morral de palma, estira el cuero, mira sobre el objetivo con un solo ojo y dispara. La piedra atina de muerte al animal y Bernardo corre contento a recogerla, pues ahora tendrán qué cenar al llegar al cobertizo.

El General sostiene el periódico con ambas manos, ojea de vez en vez detrás de los cristales percudidos que penden de la nariz en gota. Al fin, planta los brazos con vehemencia, la mesa retiembla en sus pilares mientras su hermano Juan Caballero Aburto, dueño y gerente del Diario de Acapulco, espera impávido. “Arréglalo, esos cívicos comunistas no se saldrán con la suya”, resuella el Uniforme, mientras se acomoda los bigotes ralos que escurren sobre la tenue carne rosada, quemada por el sol de Chilpancingo. Afuera, la parentela fiel aunque incapaz desfila por las principales plazas de Guerrero y en todo el estado un puñado de señores de la tierra desandan el camino iniciado en Mochitlán, bajo el árbol de zapote prieto, que proclamó el reparto agrario y la no reelección del dictador Díaz.

Al centro de la milpa se encuentra Bernardo. Admirado, observa, tienta, posee las mazorcas de maíz tiernas. A la vez que crecían las matas, crecía el afán del campo en aquel que se estaba haciendo hombre. De momento, Bernardo vuelve sus manos hacia sí y las mira con las palmas apuntando al cielo. Los surcos que las atraviesan respiran tierra con olor a verdad y los callos deformes le enseñan un camino de libertad. Desde enero, él y su padre comenzaron a hacer el tlacolol* en el monte grande para que las lluvias no alcanzaran la siembra. Antes con chapón, hoy con pesticidas, limpian las siembras. Con “líquidos” muere el monte poco a poco, mientras que en los tiempos de Don Nardo, con el manejo del machete despiadado, se chaponeaba la maleza desde el ras.

El maestro Lucio Cabañas articula las primeras oraciones en el mitin que transcurre en tensa calma. La policía judicial está al acecho desde que empezaron las protestas de padres de familia y profesores contra el despotismo de la directora de la Escuela Primaria “Juan N. Álvarez” en el centro Atoyac. Un elemento de la policía se acerca al maestro normalista, egresado de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en 1963. Forcejean en el aire. Un tiro. Es la orden para abrir fuego contra los asistentes al mitin. Dos tiros. El profesor escapa y el mitin se torna desbandada. Tres, cuatro, cinco decenas de tiros. La plaza arde de miedo y coraje, algunos se enfrentan a la policía. Provienen de la plaza pero también de los techos de las casas aledañas de caciques y pistoleros del gobierno de Raymundo Abarca Alarcón. “Que nos maten a uno siquiera”, condenaba en tono desafiante el maestro Cabañas, presagiando su paso a la clandestinidad, y los cinco muertos se llamaron motivos.

El canto del guaco y la chachalaca anunciaron una mañana cálida en San Juan de las Flores, donde Bernardo creció junto a sus hermanos. Las faenas del campo siempre le entusiasmaron, tanto la cosecha como el cuidado de los escasos animales que adquirió su padre con mucho esfuerzo. Sin embargo, el observar a su madre y a otros profesores rurales como ella, le inspiró sembrar algo más que semillas de maíz, frijol y calabaza. Desde muy chico, se dio cuenta que su pueblo vivía tiempos de “vacas flacas”. La injusticia, la ignorancia, la pobreza y la marginación habían prevalecido como estructuras implacables. Así, ambas simientes desembocaron en el pensamiento de Bernardo quien había tomado la determinación de estudiar para maestro rural en Ayotzinapa.

“No encontramos a Marcelino”, dice su esposa con los ojos ahogados. Don Nardo Flores desconoce por qué se llevaron a su tío paterno Marcelino Flores Zamora, originario de Corrales del Río Chiquito quien fue detenido-desaparecido por soldados pertenecientes al 50º Batallón de Infantería un mes después de que el senador Rubén Figueroa se diera a la fuga del campamento de la guerrilla del Partido de los Pobres, que lo había secuestrado en mayo por “millonario y carrancista”. La estrategia contraguerrillera del Estado mexicano se extendía a través de la “Operación Atoyac”, en la que el grupo armado aún recibía apoyos. Las comunidades costeñas se cubrieron de terror verde olivo. Los elementos militares que se encontraban en Guerrero sumaban 24 mil y en julio desataron “un infierno” en las cercanías de Río Chiquito. La sierra fue bombardeada y la comunidad toda fue desplazada ante el saqueo y los incendios provocados por los militares, augurio punzante de que el infierno no habría terminado para la familia Flores.

“Recordar es volver a vivir”, sentencia Don Nardo con voz justa, y Bernardo se hace presente en los ojos candorosos de su padre que braman el regreso del hijo que le han robado. “Un infierno” vivió la familia Flores Alcaraz tras enterarse de los ataques contra los normalistas de Ayotzinapa a través de los medios de comunicación. Al principio, la credencial con sangre de su hijo anunció su muerte, pero su ausencia se confirmó después del peregrinaje nefasto por las frías camas del Semefo, los hospitales y el cuartel militar. Ello negaba el fin trágico del joven que en su segundo año pasó a formar parte del comité de lucha de su escuela. A la fecha, el cuerpo de Bernardo sigue ausente, pero su espíritu se presenta con las palabras de su padre. De datos oficiales provienen acusaciones contra Bernardo por su supuesta colaboración con Los Rojos, pero a la familia eso no le inquieta pues tienen claro que se emiten desde las altas esferas de la vileza y la depravación. “Recordar es volver a vivir” y por las brechas floridas o al borde de una fosa pútrida, yace la figura tenue de su existencia.

Diana Ávila Hernández

* Del azt. tlacolole, sementera, que significa sembrado o siembra, cuya etimología es tlacolli, cosa entortada, torcida; y tlacoloa, que significa ir redondeando alguna parte. Del náhuatl tlácollotl, residuo, ahechaduras. Tlácotl–itlacollo, residuo de vara, de tallo, cuya raíz tlacolli o tlaculli significa basura, barredura. En agronomía se conoce como “sistema de roza, tumba y quema”.


 

 

 

Jhosivani Guerrero de la Cruz (Anita Bartolini)
Jhosivani Guerrero de la Cruz (Anita Bartolini)

La desaparición de Martina de la Cruz

Por el tiempo en que los frutos del campo dejaron de proveer sustento a los campesinos y las cosechas morían antes de nacer, la gente dejó de labrar y se fue lejos a conseguir sustento para sus familias. No a un lugar más acogedor, ni siquiera con mejores suelos: cruzaron la frontera donde el viento árido les arranca los sombreros y les grita que se vayan de ahí. Cuando Jhosivani nació, su padre ya miraba una nueva tierra para trabajar, sin importarle que no fuera suya. Se fue con algunos de sus hijos mayores para el otro lado, a cultivar jardines verdes, como de ensueño, que no producen frutos pero ilusionan con dar para comer.
Desde su soledad en Omeapa, Martina de la Cruz observó atentamente la cabecita de cabellos erizados que día a día se asomaba más allá de lo que sus jóvenes ojos podían alcanzar. En el pueblo los hombres desaparecían como dientes de león. Jhosivani lo sabía y clavaba sus ojos en el Norte. Había días en los que corría esperando encontrar algo que lo dejara quedarse con su madre, pero todo se había terminado, su única esperanza era abandonar la casa. Contempló la posibilidad de acompañar a su hermano Iván en Estados Unidos, trabajar como jardinero y ahorrar para el regreso triunfante, algún día, a Omeapa; pero ese no era el plan que la familia tenía para él. Debía estudiar y luego volver a su pueblo, de eso se encargaría toda su familia. Querían un maestro, uno bueno, no como los que les mandan de lejos y no hablan más que español y desean irse a los pocos días de llegar.
Martina recuerda a su muchacho rebelde. Deseaba irse a estudiar a Puebla, pero el dinero no alcanzó y aceptó probar con la Normal Rural que está en Ayotzinapa, ahí mismo en Guerrero.

 

 

Parece que le gusta, aunque no han pasado muchos días desde que entró en la escuela los cambios son notables, hay algo en las palabras de sus maestros y compañeros mayores que lo hace ver la vida de un modo diferente. Durante el último fin de semana que pasó en casa hizo mejoras en su hogar, sin que se lo pidieran. Su madre observa cómo toma las riendas de su vida y empieza a convertirse en un hombre responsable, le sonríe orgullosa mientras se contiene para no acariciar su cabeza.

La vida estable que Martina apenas experimentaba se volteó cuando le dijeron que a su hijo se lo había quitado la policía, sin darle razón para ello. Declaraciones contradictorias, pistas falsas de un juez que también es parte coludida con el narco en un país que los empuja, a ella y a Margarito Guerrero, a la búsqueda frenética para encontrar a su hijo.

–Tu hijo apareció, está muerto y debes reconocerlo… Ve a verlo–. Dice el hombre de bata blanca y arrugada.

Junto con su esposo, Martina destapa el cuerpo en el Semefo: no hay rostro, arrancaron la cara, quisieron borrar su identidad. Pero ella sabe quién es su hijo y el pobre joven que descansa de la tortura en esa cama de metal no es su pequeño, sus manos no caben en las suyas cuando entrelaza sus cálidos dedos con los del muchachito sin vida. –Este no es mi hijo–, dice después de acomodar tiernamente la mano del joven. –Mi hijo sigue vivo– y se retira del lugar dejando un poco de su calor en la mano que acaba de soltar.
A casi tres meses de su desaparición, en Nochebuena cuelga una esferita roja con un mensaje para el muchacho: “Donde quiera que estés, que Dios te tenga. Espero que estés bien. Aquí tu familia te quiere, te estamos esperando.” Martina contempla el árbol del patio de la Normal. No fue al Zócalo de México a pelear, ella se quedó para esperar un milagro como los que les ocurren a los gringos en navidad. Sueña despierta en la sillita de metal con la foto de su hijo entre las manos, hasta que escucha que una persona pregunta a un reportero: – ¿Y usted que anda en esto, sabe algo?– El silencio es la respuesta al milagro que Martina esperaba. De vacío y dolor se llena su corazón; pero el dolor era el menor de sus males y no la detenía. Ahora es distinto, su compañero en la soledad y abandono ha desaparecido.
En su vigilia Martina ve correr al pequeño entre las gallinas, como veía a sus otros niños hacerlo. Al mayor le gustaba mucho alimentarlas con tortilla dura, el sonido de los picotazos lo divertía. A él lo mataron del otro lado el año en que Jhosivani cumplía los trece. Cuando murió pensó –mijo, mejor se hubiera quedado aquí–. A los diecisiete años Jhosivani estaba parado junto a ella cuando les fueron a avisar que habían matado a dos más de sus muchachos. Los vio como en sueños recogiendo con cuidado los huevos de las gallinas ponedoras y burlándose uno del otro cuando resultaban picoteados por alguna. Los mató el narco, el crimen organizado, los malos, y se preguntó qué hubiera pasado si estuvieran con su padre cuidando jardines ajenos en Estados Unidos. Las tres muertes arrancaron partes de Martina de la Cruz, las heridas sanaron pero la cicatriz punzante duele todos los días. Su esposo, don Mago, se quedó en Omeapa junto con ella para aminorar el dolor. Cuando les avisaron de la desaparición de los normalistas, su hijo Iván regresó del otro lado para buscar a su hermano y corroborar que su madre siguiera allí. En seis años su sonrisa aparecía con menor frecuencia, sólo Jhosivani le sacaba de vez en cuando una carcajada que en ocasiones acababa en unas cuantas lágrimas. Era el compañero de Martina, la razón para que ella se levantara todos los días luego de las tres pérdidas sufridas; todos se esforzaban por salir adelante y unían esfuerzos para que al menos el más chico tuviera la educación que ellos no alcanzaron.
En enero Martina camina entre la multitud dolida, sus ojos contemplan el vacío en las manos de las madres que caminan como ella reclamando la presencia de sus hijos. Mira su mano derecha y recuerda como su pequeño la sujetaba con fuerza al regresar de la escuela, cómo la agitaba cuando le pedía algo con desesperación. Su mano izquierda deja de importarle, a veces duele, a veces la boca le sabe a cobre, pero eso se va cuando piensa en el retorno de su niño. Su trenza se va acortando sin que ella pase tijera alguna por su cabello, los kilos de su cuerpo son cada vez menos, las suelas de los zapatos se adelgazan con las marchas. Cada vez que sopla el viento y no trae noticias de Jhosivani, desaparece un pedacito más de Martina.
Hoy Martina se levanta por la mañana y al mirarse al espejo no encuentra respuesta.

Hazel H. Guerrero


Antonio Santana Maestro (Frida)
Antonio Santana Maestro (Frida)

Antonio Santana Maestro

Se llevaron al héroe,
Y corpórea y aciaga entró su boca en nuestro aliento.

César Vallejo

Querido Antonio: hace unas semanas recibí un papel con tu nombre y el de tu madre, líneas más abajo un teléfono… Tras guardarlo en mi bolsa varios días, decido marcar, mientras lo hago mis manos tiemblan y mi voz se esconde, pienso unos segundos qué le diré a tu madre. ¿Qué se le dice a la madre de un desaparecido?
Nunca contestan, imagino entonces nuestro diálogo, yo le diría que soy Alejandra Méndez, que a mis padres y a mí nos arrebataron a mi hermana hace cuatro años, que seis balazos atravesaron su cuerpo, que no está sola, que el lamento de la llorona también se oye en mi casa. Y quisiera saber: ¿dónde está Antonio Santana Maestro?
Ella contestaría que eres un hijo hermoso de ojos pequeños y labios gruesos, buen estudiante, inteligente. Que tus compañeros del grupo de política te apodan el Copy por tu extraordinaria memoria, que eres respetado y querido. Que al final de la noche te espera en casa, que así como te llevó nueve meses en su vientre, hace ya 20 años, así te llevaría en sus entrañas hasta la muerte. Que te oculta en el corazón con las manos grandes estrujando, te guarda, te vigila, como papel con tus datos, porque no desaparecen a los que se llevan, porque no se van, se quedan con nosotros.

Antes de colgar le diría, tal vez ya, con la voz saliendo, que en tu nombre llevas tu destino. Habías nacido para ser maestro, hermoso joven de tez morena y canto aguerrido… Ahora iré a cantar al campo, a gritar tu nombre: ¡Antonio! ¿Dónde estás Antonio Santana Maestro?

Alejandra Méndez


Abel García Hernández (Ana Luisa)
Abel García Hernández (Ana Luisa)

Abel y yo tenemos una mancha tras la oreja derecha
que ha sido vista por pocos. Ninguno de los dos
puede ver su mancha en el espejo.
Se necesita de alguien más que vea desnudo el cuerpo,
te señale y diga: tienes un lunar, tienes una mancha tras la oreja derecha.
Pero si la oreja está maltrecha. Si te mandan a matar.
Si te arrancan los dientes y las uñas y los brazos.
Si te entierran en pedazos y dejan a la hierba trabajar,
trabajarte. Deshacerte. Hacerte mancha tras la oreja del mundo.
Alguien habrá de señalarte:
Abel García, un amor sin objeto. Un corazón sin dueño.
Un hambre de cocolmeca. Una carrera en la sierra.
Estas palabras terrosas
y una pregunta muy vieja que viene desde otros pueblos:
¿Dónde está la juventud, sigue en el ataúd,
Sigue en las fosas?

Abel tiene una mancha tras la oreja derecha.
Abel tiene un país que lo mira y lo señala.

¿Y dónde está la juventud,
sigue en el ataúd?

Reyes Rojas


Abelardo Vázquez Peniten (Beatrix G. de Velasco)
Abelardo Vázquez Peniten (Beatrix G. de Velasco)

Te llamabas Abelardo, el tercero en la lista,
Gustabas del futbol y hablar mil cosas,
“Abe”, te llamaban con la A y la B
Encabezando las letras,
Sabio y respetado ya a tus diecinueve.
Bondadoso también, como cordero,
Fue tu luz de bondad, que es la más alta,
Y discierne hasta en llamas el sendero.
Justo eras, dicen,
Resguardándoles a todos ese sitio
Del que con golpes de fuego te expulsaron.
¿Por qué los jóvenes como tú no
No pertenecen ya al mundo?
¿Dónde quedaron tus ojos
Para encontrar el agua entre las piedras?
¿Dónde los jóvenes que son los que descubren
Otras palmas del ser en el desierto,
O como pulir un alba
Renovada en lo incierto? …
Jóvenes, que debieran ser tan sólo amados,
Escuchando su interna luz
Como a un gran poema.
“Abe”, a ti te decían, inicio, eras ya de abecedario.
Para darle a este mundo mundos nuevos,
Y entregar tu claridad a ciegos.
¿Dónde está tu corazón ya calcinado?
Fue cementerio del día, Ayotzinapan.
“Abe” te decían,
La crueldad contra Abel, te infringieron,
Tú que debías ser sol en letras,
Tú que debiste ser tan sólo amado.

Verónica Volkow


Alexander Mora (Ros)
Alexander Mora Venancio (Ros)

 

de cara al que no está qué cara pones
la cara blanca de la ausencia
la cara cara de la querencia
cara de Carcará, ave de presa

hablarle al que no está
creer que escucha
espejismo, oasis hablar
la ilusión ondula
hablarte a ti mismo cuando el otro no está

quiero decir que Alexander todavía está
en el lenguaje
lenguaje que apresa una desaparición
lenguaje que dice la desaparición

Alexander Mora, primer identificado de los que ya no están
de los 43 de Ayotzinapa
el lenguaje no sabe lo que dice
el lenguaje sabe más lo que no dice

el lenguaje sabe: el crimen fue en Iguala *
si eso sabe, lo brutal, eso es la identificación, la sed
desierto por delante con un punto negro
ese punto señalado si le acercas la cámara
punto cisne bajo la patraña blanca
entraña cisne para las aves de carroña
aves del ver carroña

el desierto iguala porque el mar traga

ese nombre tiene que ver con la igualdad, la desaparecida
todo difiere luego del crimen de Iguala
diferida la justicia, diferida la injusticia

imposible poesía la de una vida joven truncada
vida de Alexander Mora
sin metafísica de la muerte, sin mito de la muerte joven
mito de los elegidos para morir jóvenes
la verdad: vida arrancada
vida arrancada todavía verde, no madura, del árbol de la vida
de las plantas, de las ramas, de los huertos, de los canteros
de los berros a la orilla de la autopista de cuota a Guerrero
de la Calzada de los Muertos, hacia el otro lado, el huitlacoche

un joven de 19 años no tiene más que la vida
si le quitas la vida le quitas todo
lo que llegó a ser sumado a lo que tal vez sería
dividido entre la certeza y la incógnita

había una suspensión alrededor de su nombre
suspensión del nombre Alexander Mora
fue el primer identificado Alexander Mora
ya no hay ninguna suspensión

el lenguaje no sabe lo que dice
el lenguaje sabe más lo que no dice
en eso -en parte- se parece a un pueblo:
no hay salida donde dice silencio

 

 

 

 

*“el crimen fue en Granada”: Federico García Lorca

(por Alexander Mora)

Eduardo Milán


Mauricio Ortega Valerio (Rosi Aragón Okamura)
Mauricio Ortega Valerio (Rosi Aragón Okamura)

Mauricio Ortega Valerio

Desaparecido. Del prefijo des y raíz latina apparescĕre.

El prefijo des denota negación o inversión del vocablo simple. El verbo intransitivo aparecer significa manifestarse o dejarse ver causando sorpresa o admiración; también es usado pare referirse a algo que ha sido encontrado o hallado. Así, se concluye que desaparecido es el adjetivo calificativo para señalar que un objeto, persona o cosa ha dejado de manifestarse o hacerse presente, y la posibilidad de que se encuentre perdido u oculto.

¿Datos?
Mauricio Ortega Valerio. Dieciocho años. Primer año de Licenciatura. Cara ovalada, nariz chata, labios gruesos, mentón oval, cabello negro, ojos pequeños. Lo demás sin dato.
¿No hay más?
No hay más.
¿Mauricio? ¿Nada? Escucha, es el silencio insistente de la pérdida. El silencio de cuando sabemos que algo está, pero no sabemos dónde. Podemos buscar afanados en encontrar, pero tal vez alguien – tal vez algo- mueva las piezas que borren sus huellas.
¿Mauricio?
No, así no. Tienes que decirle Espinoza, como lo apodaban.
¿Así como el de las canciones?
Sí, así como el de las canciones. ¿No te acuerdas que trae el bigotito?
¿Y cómo voy a saber que es él? Aquí traigo la foto pero, ¿y si no lo reconozco?
Tranquila. Mira, tú platica con él. Deja que te hable del campo, de la escuela, de que entró a Educación Artística. Que te cuente cómo la pasaba en las comunidades, que lo recibían bien y que enseñaba varias cosas, que le gusta la danza. Que estaba estudiando para maestro bilingüe.
Dile que también nosotros bailamos de a ratitos con la esperanza.
Le digo. Pero no me responde. Le digo que en casa esperan a que regrese para que les siga enseñando a bailar. Hay muchas cosas que todavía no ha enseñado, cosas que hacía cuando salía a la comunidad. Y le grito, porque sé que por ahí alguien pudo haberlo escondido bajo sus faldas.
Háblale tantito. A lo mejor responde.
¿Mauricio? Dice tu padre que eres muy responsable, que avisabas siempre qué hacías y a dónde ibas, que siempre supieron bien tus actividades de la escuela, que te reportabas al menos cada tres días. Y hay un cúmulo de tres días infinitos en las espaldas de quienes te conocen. Oye, tu tío también te busca. El tío con quien viviste durante tus años de secundaria y bachillerato; porque así es a veces, hay que dejar el hogar por perseguir los sueños.
¿Por qué no responde?
Algo le ha de estar tapando la boca.
Hay que decirle que vuelva.
No puede volver, él nunca se fue. Nos lo tienen que regresar.
Dile que su ausencia se nota.
Ya lo sabe. Sabe que hace falta en su aula, en el campo, en la cría de los chivos, en el corte de café y la cosecha de la mazorca. En el par de muebles que están en la casa de Malinaltepec, la casa de sus padres, los que se maravillaron con la destreza adquirida en un par de años en esa carpintería de Ayutla.
Dile que eso van gritando las voces, y yo sólo voy apuntando los datos perdidos que deja su existencia.
Oye Mauricio, una esperanza, muy chiquita, va empujando el rumbo de quienes te buscan. Porque quien escuchó tu voz, la sigue escuchando ahora. Porque no te has ido, porque hasta arriba de las cuarenta y tres fotografías en blanco y negro se lee DESAPARECIDOS.

Virginia Sánchez (Visago)

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