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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

julio 2016

Callar para vivir el bonito mundo patriarcal. Amoras lésbicas presentan: remembering Tatiana de la Tierra

 “una niña emputada se hace lo que le da la gana”

“todas las lesbianas están hechas de mujeres que regresan a sí mismas.”

Tatiana de la Tierra

 

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Recuerdo tener 5 ó 6 años de edad cuando mi mirada deseosa ya se posaba sobre aquella lesbiana morena de encías negras —con seguridad fumaba mucha marihuana—; tocaba su guitarra y cantaba en las fiestas open mind a las que mis padres open mind nos llevaban a mis hermanas y a mí en la frontera norte, en Ciudad Juárez, donde nací. La transgresión de los estereotipos impuestos por la norma heteropatriarcal siempre me ha atraído. Una persona transgresora, radical, de inmediato llama mi atención. Si esa persona es una poeta lesbiana que traspasa las fronteras, entonces el encanto es sublime, porque si bien la poesía es desagradable para algunos, la poeta marrana lo es más. ¿Te incomoda? Vamos bien.

Tatiana de la Tierra nació el 14 de mayo de 1961 en Villavicencio, Colombia. A los 7 años migró con su familia a Mayami, Florida, Estados Unidos. Ahí continuó con su formación escolar; tiempo después estuvo en la Universidad de Texas, en El Paso, donde aprendió creación literaria; también trabajó y estudió en California y en Nueva York. Hablaba y escribía en español, inglés y espanglish. Se hizo lesbiana, de las marranas; le cantó, erotizada, a la tremenda papayona que tenía entre las piernas, se hizo de amoras libres y alegres; fundó revistas y escribió libros dedicados al lesbianismo. Su primera publicación fue For The Hard Ones: A Lesbian Phenomenology / Para las duras: Una fenomenología lesbiana (2002). Algunos de sus poemarios son Píntame una mujer peligrosa y Porcupine Love and Other Tales from My Papaya.

En mayo del 2012 le diagnosticaron cáncer terminal. El próximo domingo 31 de julio, una luna menguante anunciará que hace cuatro años la sirena gorda emprendió su viaje intramarino. Como la luna es muy mi amiga, la quiero acompañar con un pequeño homenaje escrito para la diosa barbuda.

A Tatiana también le gustaban las mujeres desobedientes, las feas, las cojas. Su “Oda a las lesbianas desagradables” es un canto amoroso para las mujeres desdeñadas por un sistema que, estúpidamente, nos impone ser heterosexuales, rubias, delgadas y bobas:

 

tengo ansias de una lesbiana regorda
tan grande que no cabe dentro de la puerta de Starbucks
y tienen que construir un café afuera para ella
tan gorda que se pone pulseras en los dedos
su estómago es un tambor
sus estrías son grabados jeroglíficos
es tan pesada que los platos tectónicos se mueven debajo de sus pies
tan grande que el Lago Maracaibo es su bañadera

 

Conocer las características que constituyen a la heterosexualidad, según el repaso de Nadia Rosso (2011), permite saber que el lesbianismo se rebela contra las condiciones, regulaciones y controles del Estado sobre la sociedad. Entonces, “entendemos la cuestión disidente y revolucionaria del lesbianismo” (4). Porque la lesbiana y la feminista rechazan el cuento heteronormado en el que se nos obliga a servir sexual, emocional y económicamente a los hombres, sin remuneración, sin reconocimiento alguno.

En cambio, nosotras nos reunimos, nos damos placer mutuo por tiempo indefinido, creamos grupos de trabajo, reflexionamos sobre nuestra historia vedada. Dejamos de lado a los hombres con su frágil masculinidad siempre a punto de romperse. Quiero decir que cuando estamos juntas, solas, la deconstrucción y nueva reconstrucción comienzan por puro gusto, por el placer de ser unas con otras. El siguiente poema nos recuerda que somos distintas, pero con una memoria que nos entreteje la sabiduría colectiva, esa que les provoca miedo:

PÍNTAME UNA MUJER PELIGROSA

Píntame una mujer peligrosa

una que coma culebras

una que ladre

que se peine la barba

una mujer con la vagina violada

con las tetas caídas

una que singue y goce

una que tenga cucarachas aladas

al lado de la cama

píntamela para poder mirarme al espejo.

¿Por qué, si la homosexualidad masculina incomoda, el lesbianismo lo hace aún más? Una camina por las calles tomada de la mano de una mujer que contra-ama (Nadia Rosso) y la mayoría de las miradas que se reciben son de hostilidad. Dos mujeres besándose en un espacio público despiertan extrañeza, por decir lo menos. Esto, por una parte, sucede porque apenas, a principios del siglo XX, la orientación sexual hacia personas del mismo sexo se consideraba una patología. Las ficciones de Freud todavía están presentes, si el sexo oral (masculino o femenino) se consideraba una perversión, por no tratarse del acto exclusivamente reproductivo, podemos comprender el tamaño del prejuicio hacia las lesbianas. Además de ser mujeres, con todo lo que esto representa para un sistema heteropatriarcal, somos lesbianas o bisexuales o transgénero o transexuales, travestidas. Cantineras, putas, bibliotecarias, atletas, choferes. No tenemos cabida para la historia de la humanidad porque ha sido contada mayormente por hombres.

Así pues, resulta una gozadera mostrarse amorosa con otra mujer frente a la cara del machismo que siempre está tratando de enemistarnos. Como señala Norma Mogrovejo:

Exteriorizar la identidad lésbica significa declarar una pertenencia [“la lesbiana reclama su poder” dice la poeta], y asumir una postura específica en relación con los códigos sexuales. No existe identidad en sí ni para sí, sino solo en relación con el “alter”. La identidad es el resultado de un proceso de identificación en el seno de una situación relacional. La lesbiana sólo existe y se reconoce en y para su otra (2013).

Para Tatiana de la Tierra, ser lesbiana es un arte en tanto metamorfosis constante, como lo dice su poema “El arte de mariposear”:

lo que parecía ser la realidad se deshace: el ataúd es una cueva de placer, la manzana es una bomba, el globo del ojo es una mandala.

la deconstrucción de los significados comunes y corrientes le abre camino al cambio, si el ataúd es una cueva de placer ¿no será bienvenida la muerte? si una manzana es una bomba ¿debería consumir una en el desayuno? si el ojo es una mandala ¿será que la paz interna se encuentra en los centros de los ojos?

Me reconozco en ti, Tatiana, me miro en tu espejo.

Eloísa del Mar Arenas Torresdey

Referencia:

Rosso, Nadia. (2011). “El cuerpo lesbiano en la propuesta política contramorosa” en el II Congreso Internacional El cuerpo en el siglo XXI, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México.

 

Referencias electrónicas:

http://delatierra.net/

http://poetassigloveintiuno.blogspot.mx/2012/08/7355-tatiana-de-la-tierra.html

http://laseleccionesafectivascolombia.blogspot.mx/2009/01/tatiana-de-la-tierra.html

http://normamogrovejo.blogspot.mx/2016/02/mi-nombre-es-tatiana-de-la-tierra-y.html

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Nostalgia por la noche

Iván Partida

Durante cuatro años me perteneció  la noche. Más bien: durante cuatro años nos perteneció la noche. Llegué al Estado de Veracruz a principios del siglo XXI, cuando la gente del puerto dejaba sus casas abiertas en plena noche para recoger el viento fresco del golfo, cuando las tiendas abrían hasta 10 de la noche, cuando los universitarios podían caminar por las calles de Xalapa en la madrugada y su mayor peligro era pescar un resfriado, cuando el suceso más terrible era ver arder Nueva York el 11 de Septiembre en la comodidad de la sala.

Tanta tranquilidad me  hacía sentir la maravilla del extranjero que se topa con nuevas e imposibles costumbres. Venía del Distrito Federal (ahora Ciudad de México), en donde la noche era larga y llena de terrores. En aquella época parecía que todo lo malo, que toda la podredumbre de este país se contenía en esa ciudad: asaltos, robos en los camiones, contaminación, tráfico infernal, ciudades dormitorio que hacían palidecer en su extensión a las favelas brasileñas, más robos, más gente, más tráfico.

Vivía en una delegación peligrosa, cerca de la salida de la ciudad, y cuando la noche caía paseaban pandillas, drogadictos y perros enormes por las calles. Desde el ventanal de mi casa podía verlos intermitentemente, cazando. Una vez a mi madre le apuntaron con una pistola porque sorprendió desde las alturas a un hombre robando un carro. Por ello todas las casas son pequeñas fortalezas de barrotes, candados y gruesos seguros metálicos.

Cuando llegué a estudiar al puerto, me encontré con una noche tibia, de yodo y murciélagos, de parejas ocasionales, de compadres gritones y motocicletas en la lejanía. Después, al tocar  tierra en Xalapa, la capital del Estado, la noche me fue entregada poco a poco, a sorbos rápidos, como la primera cerveza. Desde al 2004 hasta el 2008, todos los que vivíamos en esta ciudad caminábamos con tranquilidad, con asaltos ocasionales en ciertas zonas, pero nada fuera de control. Así vivimos muchos durante esa temporada de bonanza: dos piernas y un par de billetes era todo lo que necesitábamos para que la noche fuera nuestra.

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Buzonxalapa.com

Bajo esa oscuridad conocí varios lados de la humanidad: gente que prefiere morir de hambre y comprar ropa en Liverpool, gente caníbal, gente deslumbrante, gente confundida, gente generosa, gente enloquecida; conocí el sabor de los hombres después de haber fumado, después de haber tomado, después de haber llorado. Conocí mis límites y rompí mis fronteras; experimenté la independencia hedonista de la vida nocturna que compartí con toda una generación, que aún comparto con algunos que conocí en esa temporada de estrellas y neón.

No sabíamos que ya todo se había desplomado. Bastó una pequeña noticia que sonó fuerte, el secuestro del hijo de un empresario de artículos deportivos en el Distrito Federal, para que escucháramos los fragores de una guerra silenciosa que ya no podía callarse. La horda narco nos tomó por sorpresa y en un par de años la guerra de los cárteles se volvió la guerra de México, y pasamos de ciudadanos a carne de cañón.

Por temporadas creemos que la noche es nuestra; todo el tiempo hay recordatorios de ese error. Uno de los más contundentes sucedió el 22 de mayo de este año, en un antro de la pequeña capital de Veracruz. Una masacre nocturna que resulta más infame que la ocurrida en el  bar Pulse de Orlando, en Estados Unidos. En menos de una semana, sabíamos la cantidad exacta de muertos en Orlando, hubo cobertura especial, pudimos ver los rostros de los asesinados, conocer sus historias, recopilar el proceso de shock y de duelo de los sobrevivientes, incluso nos enteramos de las intimidades de Omar Mateen, autor de los asesinatos.

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Nypost.com

Aquí hubo  habitual silencio, apenas si se sabe los nombres de las víctimas, que, además se caracterizan veladamente como narcotraficantes que murieron en un ajuste de cuentas. Para conservar esa versión, las otras víctimas han sido borradas. Prácticamente ningún diario[1] registró (o se le permitió registrar) más allá de una aproximada cifra oficial: entre 4 y 6 muertos, y 12 heridos[2]. Según testigos, al igual que en el Pulse de Orlando, la sangre en el piso hacía resbalar a los que buscaron escape[3]; también señalan que los  atacantes dispararon a quemarropa en un lugar amplio, pero cerrado, en el que se encontraban más de 200 personas[4]. Condiciones similares en Estados Unidos, en donde un solo hombre  logró 49 víctimas. Según las fuentes oficiales, en el ataque al bar Madame en Xalapa sólo murieron unos cuantos. Los moños negros que florecieron en varias puertas de la ciudad los días siguientes fueron, supongo, triste coincidencia.

Y aun así, lo peor no es silencio, lo peor es el escarnio de las víctimas en comentarios de periódicos en línea. Todos se pueden resumir en: fue su culpa por no quedarse en sus casas, por estar en antros, por salir a divertirse en un fin de semana cercano a las elecciones. Su error fue querer tener la noche. Al igual que personas maltratadas, creemos que merecemos golpizas y humillaciones, es nuestra culpa por una mala mirada, un comentario fuera de lugar, por ocupar un lugar que no nos corresponde, el lugar de los ciudadanos libres; en eso se resume comentarios del tipo: “¿para qué salen, no ven cómo están las cosas?”.

La noche ya no es nuestra, es de la horda, de un Dios terrible con tantos nombres y brazos como instituciones podamos recordar; no hay forma de recuperar la noche, sólo robarle migajas, no hay forma de vivir otra vez con puertas y ventanas abiertas, arrullados por el viento del golfo, de caminar por las calles sin temor; si no morimos en el intento debemos considerarnos afortunados.

A pesar del dolor sordo en la sociedad xalapeña a causa de la masacre, recuerdo una viñeta del día posterior a los acontecimientos. Me reuní con una pareja que es poco dada a las muestras de cariño en público, rara es la vez en que los he visto de la mano o besándose. Ese día, cuando se vieron, se abrazaron en medio de la calle, como si hubieran estado ahí, en medio de las balas, y hubieran salido con vida ― Supongo que todos, en algún punto, sobrevivimos porque ese día no se ocurrió ir allí―. Se abrazaron largo rato, aliviados, liberados del miedo a la mirada ajena y hundidos en una nueva forma de terror que algunos apenas comprendemos. Al verlos supe que la noche ya no era nuestra, y me pregunté por cuánto tiempo seremos dueños del día.

 

[1] A excepción de esta entrada del diario electrónico Regeneración: http://regeneracion.mx/autoridades-mienten-mas-de-20-muertos-en-antro-gay-de-xalapa-fuertes-imagenes/

[2] http://regeneracion.mx/cuanto-valen-tus-muertos-una-masacre-en-antro-gay-en-mexico-paso-desapercibida-rt/

[3] http://www.imagendelgolfo.com.mx/resumen.php?id=41132064

[4] http://www.sinembargo.mx/24-05-2016/1664218

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