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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

junio 2015

Postales

cantina

Aquella esquina de bajada tenía dos entradas, una por la avenida y otra por la calle. Era un cuarto con tres mesas y sus sillas, unos cartones de cerveza apilados en un rincón y un congelador que se mantenía lleno de hielo picado con un picahielo. Allí estaba bebiendo el panadero a las 2 de la tarde cuando entró Javier.
Verlo y nublarse la vista con una cortina roja por aquel que hacía ostentación de tener a su mujer, una indígena de baja estatura que andaba casi descalza.
Javier llegó para empezar a reír y hacer burla de los cuernos.
El cornudo se apoderó del picahielo y lo introdujo como si fuera una mariposa en el vientre, del lado del hígado. Un piquete único del que brotó un pequeño géiser muy veloz cuyo riego empezó a ponerse casi negro. Quiso escapar para evitar otros piquetes y se aventó hacia la puerta, donde cayó de bruces en el último escalón de “La Gasolina”, aquella infecta cantinucha.
Con uno fue suficiente para ya no poder levantarse. La Cruz Roja no levanta muertos. Tuvo que venir la funeraria para meterlo a la caja. Era el joven hijo que usaba camioneta nueva de la ferretería de la familia.

Esta urbe de las aguas minerales sigue siendo una encrucijada entre tres estados: Puebla, Oaxaca y Veracruz. Ahí confluyen Miahuatlán, Tlacotepec y Caña Morelos. Hace 59 años sucedieron dos cosas en el mismo lugar: Avenida Independencia antes de llegar a Reforma.
Un medio día caminaba para la casa cuando me detuve unos instantes sin saber por qué. Me quedé observando un autobús Flecha Roja que abandonaba la ciudad a poca velocidad y en la canastilla, que en ese entonces portaban en el techo, iba el cobrador afanándose por terminar de sujetar unos bultos. Al momento que dirigí la vista hacía él un bulto cayó al suelo quedando inmóvil en el pavimento. Lo vi gris oscuro, del mismo color que tenía el cielo en esos momentos, como cuando va a venir una lluvia repentina, abundante y de corta duración.
No era un bulto, era el infortunado cobrador que allí permaneció unos minutos sin dar señales de vida hasta que llegaron los miembros de la Cruz Roja. La causa de su desplome fue el encuentro con unos cables de energía eléctrica. No supe más.
Otro día, venía mi padre del trabajo, también al medio día, cuando al llegar a ese crucero encontró al sobrino Luis parado con una bicicleta en las manos. Le tuvo que explicar lo que lo había detenido el agente de tránsito por no haber sabido circular correctamente. En la casa se rieron porque el primo estaba sudando y colorado como tomate.

torreon de cañas

Llegando al cerro de “La Pila” me llamó la atención que se hubiera instalado la estatua ecuestre que representa a Francisco Villa. Me pareció impropio reconocer a un asesino, secuestrador y bandido. Un ejemplo: exigió recompensa de 500 mil pesos oro por la vida de Miguel Jurado y además que le transmitiera la propiedad de la hacienda de “Canutillo” porque le gustaba rete harto.
A pesar de recibir el rescate entregado por la familia de Jurado, lo asesinó en el camposanto de Torreón de Cañas.

Las tabaqueras iban a “La Prueba” de Balsa Hermanos para trabajar en el despalille, ahí frente al Ciriaco Vázquez, donde concurría Isabel cuando tuvo un pleito con la Caguama por defender a María Esther Tassinari, aquella que había sido atacada por la poliomielitis cuando niña. Por suerte la situación no pasó de algunos empujones y jalones, porque si hubieran llegado a los arañazos y jalones de pelo no hubiera faltado una subrepticia daga que quizá hubiera mandado a las dos al hospital o a una al cementerio.
Bendito sea Dios que se tuvieron miedo porque eran de gran tonelaje.
Estos hermanos propietarios iban anualmente a la Junta Central de Conciliación y Arbitraje para la revisión contractual. Llegaban vistiendo finas guayaberas de lino irlandés, que era el único entonces, carísimas. Comparecían por la parte patronal, enfrentando a la representación obrera encabezada por Gustavo Huerta, gordo, bigotón, parsimonioso, socarrón, traje gris, corbata azul, representante de los empleados de comercio.
En el día presente esa construcción de dos plantas está sin techos, sólo se conservan las paredes que se están cayendo a pedazos, en la parte alta hay siete hoyos donde estuvieron las ventanas por Miguel Lerdo y nueve por la Ave. Hidalgo, iguales hoyos sin restos de construcción. Ni recuerdo de “Balsa Hnos.” y su gran instalación: las sales de trabajo, las bodegas de hoja de tabaco, de producto terminado y las habitaciones de la familia propietaria, a las que se tenía acceso por una escalera monumental.
Las construcciones fueron abandonadas porque la familia se acabó o los herederos que quedan se aburrieron de esas casas que habían pasado de moda. Los materiales se van deteriorando, más en esas ciudades tan húmedas… manantial en la arena… pluviosilla…

valle de orizaba

Agustín Pérez

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A Lepisma, en su cumpleaños

Lepisma. s. m. Género de insectos ápteros. Familia de los nematodos cubiertos de escamas semejantes a las de los lepidópteros. Coloquialismo. Comején o pececillo de plata. Lepisma. Tipo de insecto del orden de los tisanuros cuyo tipo es el género que le da nombre. Suele confundirse con las polillas. Lepisma: revista digital de la zona centro del estado de Veracruz.

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En alguna de las polémicas que se han desatado vía Facebook, la poeta Malva Flores escribió que las revistas literarias en México conforman un episodio importante de la historia de la literatura: un episodio lleno de discusiones, sin el cual, difícilmente podremos comprender nuestra situación actual. Gran parte de la historia de la literatura mexicana es la de las empresas editoriales que le permitieron sobrepasar los límites del círculo en que fue concebida. Este se trata, pues, de un episodio de la historia que atañe a las revistas literarias en México; un episodio de la historia de las generaciones literarias; un episodio de la historia de las relaciones entre los intelectuales con la academia, y, finalmente, un episodio de otra historia igualmente tormentosa: el de la literatura en la era digital.

Comentaré en esta ocasión un apartado, casi una nota al pie, si se quiere, de esa historia contemporánea que toca a las publicaciones digitales.

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Lepisma. Creación y crítica literaria es una publicación electrónica semestral elaborada por los estudiantes de la Maestría en Literatura Mexicana del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana. Fundada en 2014, la revista ha centrado sus intereses en la literatura, las artes y su relación con la cultura y la sociedad. El proyecto se concibe desde el principio con una nómina de protagonistas que conforma el consejo editorial: José Antonio Manzanilla Madrid (Director), Alejandro Solano Villanueva (Secretario General), Alfonso Valencia (Corresponsal en Estados Unidos), y Diego Lima (en el área de Relaciones públicas). Habrá que mencionar al niño Marco Antonio Larios, quien no está más con nosotros, pero que nos contagió desde un principio del deseo por elaborar una publicación de alumnos hecha no sólo para los alumnos.

Pensamos en elaborar una revista que abriera las puertas a investigadores, críticos, estudiantes, practicantes de las artes digitales, escritores profesionales, jóvenes, diletantes, público en general, bajo la línea común de la creación o la crítica. Esta disyuntiva lepismenea que parece recordar algún precepto de Baudelaire nos habla de sus dos actitudes vitales: imaginar con sentido crítico cuando no, ejercer la crítica con algo de imaginación. Nuestra publicación sería la little review: juvenil, avezada, irreverente, que entendería la creación como un instrumento crítico, como una continuación de las discusiones con sus amigos o consigo misma. La decisión de crear una revista a la que nadie podría reprocharle su estilo tiene una explicación generacional: los miembros fundadores teníamos menos de treinta, pero hacía tiempo que habíamos dejado atrás los veinticinco. Y aquí en confianza, ¿quién podría reprocharnos? ¿Quién lee en estos días las publicaciones minoritarias o la legión de empresas digitales que circulan en la red? Mejor lo había dicho Cuesta: “Nosotros no creíamos envenenar a nadie, menos a los colegiales que por regla general odian tanto la palabra escrita”.

Siguiendo una comparación kafkiana adoptamos el nombre de Lepisma: insecto milimétrico, nocturno, que se alimenta del moho,  polvo o azúcar. Organismos presumiblemente diminutos, pero que si se les olvida, si se les deja crecer, invaden bibliotecas enteras. Una visita a la Wikipedia nos informó sobre su actividad más que documentada. “Se sabe de cierto que las lepismas prefieren los libros de literatura clásica (aunque se les ha visto, en casos raros, en la sección de contemporánea).” Nos gustaba pensar que nuestra labor como analistas literarios era semejante a la de estos voraces colegas: compañeros lectores desde Aristóteles hasta Joseph Conrad. Esta revelación tuvo que ocurrir la tarde de un jueves en la casa del niño Larios, donde discutíamos entre potros de alcohol sobre la necesidad de hacernos de un nombre que fuera, a la vez, característico de nuestra labor pero también de la ciudad en que coincidíamos a falta de Ilión.

La verdadera cuestión en la agenda era decidir sobre el soporte que vendría mejor a la revista. Como siempre sucede en México, la dificultad de promover recursos económicos en las instituciones públicas para imprimir los ejemplares fue el motivo que llevó a Lepisma a centrar su interés en las plataformas digitales. Esta libertad emancipaba la revista de la burocracia con la que debe lidiar cualquier publicación que se reconozca a sí misma como “perteneciente a un posgrado”. No sé si el lector lo sepa, pero en México son escasas las publicaciones de alumnos universitarios (elaborada por alumnos, quiero decir), que tengan el logo de la institución a la que pertenecen sin reparo de censura. “Los hombres no pactan con los leones”, dice Aquiles interpretado por Brad Pitt, en Troya. Sea como sea debo confesar que la simpatía de la revista por el medio digital se fortaleció cuando caímos en cuenta de que la dotaría de la suficiente autonomía para tomar decisiones con respecto a temas, tonos, géneros, periodicidad, formato visual, difusión, postura política, entre muchos otros aspectos.

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Presentación de Lepisma 1. Generaciones. FOTO DE ARCHIVO

En marzo de 2014 apareció en el blog de la revista Lepisma, la convocatoria del primer número que tuvo por tema, Generaciones. Si se consulta el archivo de la página a mano izquierda del banner puede leerse la primera entrada. Posiblemente, por semejantes circunstancias a las que André Breton denominaba “azar objetivo”, me percato de que esta entrada es de mi autoría. No me queda más remedio que citarme:

Si la literatura no es un escape de la realidad sino un encuentro con ella, 2014 será un año determinante para conocer los caminos que recorrerá el binomio indisociable “vida / literatura” en el nuevo milenio. Prueba de ello es el centenario del nacimiento de Octavio Paz (1914-1998), celebración acompañada del ocaso de grandes poetas intelectuales desde José Emilio Pacheco hasta Leopoldo María Panero. Si los hados nos favorecen, la culminación de un ciclo generacional (la de aquellos escritores nacidos antes de 1950) vaticina el surgimiento de caminos inhóspitos pero inevitables en nuestras letras, del mismo modo que a la muerte de Rubén Darío una nueva generación de jóvenes se formaba en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria…. el tema del primer número de Lepisma. Creación y Crítica Literaria surge como una interrogante frente a nuestro tiempo.

Luego del primer número de Lepisma vino la segunda convocatoria con el tema Lujuria que aumentó la respuesta de nuestros seguidores. ¿Qué otra palabra puede invitar a los más jóvenes a la lectura? Se convocó a ilustradores mediante concursos vía Facebook. Se realizaron encuestas literarias con su debido premio (dicen que cachamos a alguien que contestaba varias veces con seudónimo). En variadas ocasiones he escuchado a José Manzanilla disertar sobre aquello que adelanta en alguna nota editorial sobre esta primera época. El poco o mucho éxito de la revista se debe a que nuestra diversidad era uniforme, cada uno de los colaboradores de la misma está compuesto por diferentes horizontes que se cruzan en algunos momentos, se distancian en otros, pero nunca dejan de comunicarse. Si revisamos los índices de la revista Lepisma… podemos confirmar que el eclecticismo gremial advertido por el Jefe Manzanilla se volvió el “estandarte de nuestra cepa”.

***

Lepisma “Literatura en la era digital”. Año 2 núm. 1 (enero-junio 2015) está en puerta. En el ejemplar se discutirá el problema de la literatura en la era digital, sus nuevos medios de expresión o difusión; prácticas como la creación de plataformas digitales de edición, e-books, la elaboración de la llamada literatura electrónica, el rescate digital de archivos, el papel del diseño editorial, el arte visual y el arte digital en la literatura, así como la relación que se establece entre la literatura y las redes sociales, además del valor literario del cómic, la novela gráfica y la narrativa de los videojuegos. Un número para todos nosotros, a condición de que todos nosotros seamos más de unos cuantos.

Quiero terminar este escrito, resumiendo que en el primer año de trabajo se sumaron algunos nombres a la nómina de columnistas semanales: Iván Partida, Enrique Padilla, Susana Vera, los más recurrentes. Tenemos lectores que comentan religiosamente las entradas semanales. Tenemos haters. Se han agregado pestañas al blog como el de la sección denominada “43: la vida detrás de cada nombre” en el que se ha dado voz a las víctimas del impune caso de Ayotzinapa; o el Coloquio “La literatura en la era digital” que la revista organizó en el Ágora de la ciudad de Xalapa, Ver., del 20 al 22 de mayo de 2015. Todas actividades que no han hecho sino enriquecer un proyecto editorial en el que sigo reconociendo el espíritu generacional que lo vio nacer.

Es cierto: tenemos mucho camino por recorrer. Las dificultades que debe sortear esta publicación para sobrevivir son la urgente necesidad de un editor comprometido, así como de una respuesta ante la incógnita de la Esfinge. ¿Qué pasará con Lepisma cuando los miembros del consejo, salgan de la Maestría? ¿Habrá revista? No lo sé de cierto, de lo que no cabe duda es que nuestro trabajo ha rendido frutos. Hace un momento preguntaba sin tanta retórica como parece, ¿quiénes son los lectores de una revista digital? Bueno, si las estadísticas no nos engañan, nuestra publicación cuenta con muchos lectores de habla hispana. Al momento que escribo estas líneas (5: 45 am, del 21 de mayo de 2015), Lepisma. Creación y Crítica Literaria tiene 7548 visitas, 4096 visitantes, aunado a decenas de comentarios en su blog oficial; supera, además, los 1000 likes en Facebook y unas cuantas centenas de seguidores en Twitter.

Seguro con estos datos, Lepisma no formará parte de la historia de las revistas literarias más importantes del nuevo milenio. No lo hará, aunque quizá sí llegue a ser parte de otra historia: la historieta de las revistas más jóvenes del momento. ¡Ay Baudelaire, cuánta razón tenías! Es necesario ahondar en el golfo de lo desconocido, para encontrar lo nuevo.

Diego Lima
flm

Nostalgia por Burger Boy

Hace tiempo hubo una cadena de comida rápida que fue el Mc Donald’s mexicano, o eso quiso ser. Su nombre: Burger Boy. Aquellos restaurantes servían hamburguesas y desayunos un tanto infames. Uno no iba allí por la comida, sino por el olor a maple artificial, mantequilla derretida y desinfectante; uno iba allí para comer en mesas tipo gabinete, con respaldos acojinados, con una barra en medio de color blanco con motas grises que simulaba el mármol. Uno iba allí para bajarse los huevos revueltos con tocino, los hot cakes, los frijoles refritos sin sabor y sus dos piezas triangulares de pan blanco con un buen vaso de jugo de naranja (maná de azúcar y colorante) o una malteada de chocolate mientras escuchaba en una enorme y cromada rockola los éxitos de 1990 y años anteriores. Así, Michael Jackson, Fey, El nene consentido de Dinosaurios, entre muchos otros productos musicales, ayudaban al cliente a digerir mientras experimentaba la nueva modernidad en México. Nuestro país ya contaba con una cadena de comida rápida propia con un nombre en inglés, con desayunos prefabricados siguiendo la receta gringa y con una rockola que le daba un aire bobalicón, tierno y trasnochado de los años cincuenta.

burger boy
En ese lugar comencé a soñar despierto. Ahí con una hamburguesa de escurriente mayonesa y pepinillos resbaladizos, veía la Ciudad de México tras los amplios cristales. Había Burger Boy por todas partes. Recuerdo uno debajo de un puente cerca del metro Pantitlán, mientras comía observaba la mugre milenaria acumulada en la superficie metálica de los pilares que sostenían la estructura, la telaraña oscura de los cables de luz y sus correspondientes tomas ilegales que alimentaban los puestos irregulares de tacos, tortas, ropa y baratijas; las casas de cartón de los indigentes, la muchedumbre que se apelmazaba para obtener un lugar en el microbús, los niños y jóvenes limpiacoches que franeleaban y bromeaban al mismo tiempo.
Ahora que lo pienso con distancia, tal vez aquello me parecía un zoológico del que, en unas horas, me haría partícipe: también subiría a un microbús, haría mi trayecto en metro tomado de la mano de mi madre, llegaría a mi casa y vería la tele. Sólo que no sabía que el animal del zoológico era yo. El Burger Boy fue el hábitat de una especie que se fue extinguiendo sin que nadie lo advirtiera, la clase media.
En esos momentos parecíamos muchos, vigorosos, con un poder adquisitivo suficiente para gastar nuestros nuevos pesos en comida falsamente gringa que nos refrendaba como un país del primer mundo, como una nación capaz de tener pizza y refresco para la cena en vez de tostadas de pata, pan y café. La clase media quería ser como las familias de las películas ochenteras, reunidos en torno a cajas abiertas de comida rápida, con bebidas burbujeantes, con muebles de madera y fierro, colores un tanto chillones en el tapiz de los sofás, con alfombras bajo nuestros pies; imaginándonos fuera de la Ciudad de México, del país de México, imaginándonos en algún sitio de Estados Unidos: Nueva York, en la calurosa y agreste Texas, en las montañas de Colorado o algún punto de Miami.

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Tal vez por eso, cuando vino el gran MC Donald´s con su payaso naranja y sus cajitas felices, una muchedumbre de capitalinos hizo filas de horas y horas para sentarse a comer en el primer establecimiento fundado casi a finales de los ochenta. Después de aquella temporada maravillosa para Ronald, sus establecimientos proliferarían como una plaga deliciosamente artificial. Los clasemedieros dejaron atrás la versión mexicana de los restaurantes de comida rápida, pensando, tal vez, que la grasa y el colorante de Mc Donald´s nos volvían contemporáneos de todos los hombres. Además, la calidad de la comida ya se había dormido en sus laureles. Burger Boy no estaba a la altura de la competencia, ni siquiera cuando despertó, remodeló sus locales y mejoró el menú. Ahí es cuando entro yo, sentado en uno de sus gabinetes, comiendo la mejor época de una franquicia que, desesperada, trató por todos los medios de conquistar a sus clientes. Fue como una gastada meretriz que se arregla para su último cliente, como una estrella que brilla con intensidad antes de morir. Para 1996 Burger Boy cerró sus puertas porque se había transformado en símbolo de una modernidad que ya nos quedaba chica; o como diría David Leavitt: una fotografía amarillenta del futuro.
Eso era el Burguer Boy, eso era la aspiración mexicana clasemediera antes que todo se viniera abajo. Me imagino ahora con mi pepsilindro cubierto de imágenes de Los Locos Adams, rebosante de refresco, contemplando el puente sucio, o la bien adoquinada y hermoseada calle de Insurgentes, o la parte central de alguna de las plazas comerciales de las que era asiduo, con el primer número de los Simpsons Comic en mi asiento, terminándome la inagotable Pepsi, soñando con regresar el próximo fin de semana para comer lo mismo, escuchar lo mismo y oler ese toque de maple, mantequilla y desinfectante que me calmaba los nervios. Me veo allí, ajeno a la extinción de mi especie, cuando mis compañeritos del Instituto de sacerdotes medían la valía de los otros por las marcas que usaban, Nike, Adidas, Levis… nuestra preocupación era vestir con ropa de Liverpool, Fabricas de Francia o cualquier otra tienda que pudiéramos encontrar en Galerías Coapa, Plaza Universidad y demás centros comerciales; calcar a la perfección a algún Caballero del Zodiaco y estar al tanto de Dragon Ball. Nuestras familias citadinas tenían preocupaciones más duras, pero similares. Ahora la agonizante clase media se preocupa por subsistir, por no sufrir extorsiones, secuestros y porque sus hijos no sean violados y dejados en algún páramo para que las fieras los devoren. Ya no proliferan los Burger Boy, sino las casas de empeño, que absorben todo lo que conseguimos a lo largo de las décadas.
Pero eso está muy adelante, en un mundo totalmente distinto, con un yo que no tiene nada que ver conmigo; sigo comiendo, mirando, en una meditación de azúcar y triglicéridos. No me doy cuenta que soy el último cliente del último establecimiento, que sólo esperan a que termine mi bandeja para demoler el lugar y comenzar de nuevo.

Iván Partida

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