Diana Velázquez Vera

Cuando niña, el esperar año tras año cuál sería la próxima entrega que Disney me tendría deparada a mí y a otros niños, era el único consuelo para muchas decepciones infantiles. Disney prácticamente no tenía competencia a la vista y varias de las animaciones no producidas por el ratón gigante pasaban con más pena que gloria, sobre todo en el sector comercial.

A pesar de lo anterior, películas como El gigante de hierro, Había una vez un bosque o Titan A.E., son algunos ejemplos de que no necesariamente una pobre recepción en taquilla las convierte en malas películas, todo lo contrario. Al ser un producto de calidad, se esperaba que hubiesen sido apreciadas en su momento como era debido; no obstante, somos eternos testigos de que el renombre de un estudio de animación sigue siendo de gran importancia a la hora de consumir cine, y en los 80´s y 90´s si una película animada no era de la factoría Disney tenía siempre un futuro incierto.

Otra de las razones a las que se puede atribuir este fracaso económico era que se alejaron del molde tradicional a la que Disney tenía acostumbrado a su público, donde las tramas, aunque fuesen oscuras (Pocahontas o el Jorobado de Notre), eran más llevaderas al agregarles una canción y unos cuantos patiños que aligeraran los momentos crudos de la historia. Sin embargo, muchas películas demuestran que siendo niños entendemos a la perfección la crueldad, la injusticia y la muerte misma, y que estas situaciones son también parte de la vida. Es por ello que algunas de esas pequeñas joyas siguen en nuestra mente, por el impacto que nos causó en una primera instancia al tocarse temas que ningún filme tradicional de Disney se atrevió: como la lucha un tanto obscura de ciencia vs naturaleza que posee la película El secreto de NIMH o la desolación ante la soledad que siente la protagonista de El último unicornio, siendo la búsqueda de sus iguales lo que mueve la trama.

La realización de esta última fue un trabajo conjunto entre el ahora desaparecido estudio japonés Topcraft (fundado gracias a raíz de que 50 creativos decidieron abandonar Toei, uno de los más importantes estudios de animación japonesa hasta la fecha) y Rankin/Bass Productions, el primero era el encargado de la animación y el segundo mandaba los guiones e historias por encargo a dicho estudio. Esta alianza genero clásicos animados de gran recepción en nuestro país, dentro y fuera del ánime, como Thundercats, Mazinger Z o Gatchaman, también conocido como Fuerza G.

Terminada la colaboración entre ambas compañías, el estudio nipón continuó produciendo, pero sus obras no fueron conocidas en el mercado occidental hasta la llegada de Nausicaä del Valle del Viento, dirigida por Hayao Miyazaki y bajo la producción de Isao Takahata y Toru Hara. El resultado fue un éxito tanto en taquilla como en críticas, siendo además la piedra angular sobre la que se erigiría el Studio Ghibli, nombre con el que Miyazaki y Takahata designarían posteriormente al estudio.

Bajo una nueva forma de trabajo basado la calidad de las historias, la recién formada casa animadora construía las bases para que en un futuro sus historias adquirieran el reconocimiento a nivel mundial a pesar de no contar con los enormes presupuestos de otros estudios como Disney, Dreamworks o Pixar. Ghibli se apega al estilo anime; el dibujo, guión e historia distan bastante de lo que estaba acostumbrada la audiencia de finales de los ochentas y a lo largo de los noventas. A pesar de ver limitada su audiencia únicamente a su país de origen mayoritariamente, Ghibli fue adquiriendo renombre, siendo fuente de inspiración para animadores reconocidos, como John Lasseter. En el año 2002 (dos años después de su estreno en Japón) llegó el éxito internacional con El viaje de Chihiro, dirigida nuevamente por Miyazaki. Los numerosos premios recibidos, entre ellos el Oso de Berlín y un premio de la Academia por la mejor película animada, fueron un factor determinante para su proyección en cines a nivel internacional.

El éxito de El viaje de Chihiro remite a variados factores: el ritmo con el que se cuenta la historia, el factor de identidad que una niña pequeña despierta en sus pequeños espectadores, además de la fácil identificación de elementos que tuvo con el clásico cuento de Alicia en el País de las Maravillas, lo que hace de El Viaje de Chihiro una película que se puede comprender con base en ideas literarias y cinematográficas ya cimentadas, siendo la trama de sencilla comprensión en público de todas las edades.

news_photo_56169_1407103217

Además de la popularidad lograda con una sola película, la distribución de las que le siguieron creó nuevos fans que desconocían las producciones de Ghibli hasta ese entonces. Con ello se podría pensar que el futuro del estudio estaba asegurado. Sin embargo, las películas que llegaron después de El Viaje de Chihiro no gozaron del éxito económico que ésta tuvo; ejemplos tales como Haru en el reino de los gatos, La colina de las amapolas o Cuentos de Terramar no llegaron a ser proyectadas en la gran pantalla. Otras como El increíble Castillo Vagabundo, Ponyo o El viento se levanta, lograron llegar a las salas con una distribución limitada y su duración en cartelera también fue corta.

Es probable que esto fuese algo que el mismo estudio auguraba, haciendo de sus últimas producciones experiencias más intimistas, ligadas a la introspección -en el caso de El viento se levanta-  y a la contemplación de la animación misma en La princesa Kaguya. La primera dirigida por Miyazaki y la segunda por Takahata, siendo esta última la que marca un punto y aparte para la animación a pesar de ser la figura de Miyazaki la que se ve más ligada a Ghibli.

La princesa Kaguya es un experimento en sí misma, algo  a lo que la audiencia de estos días no está acostumbrada debido a la fuerte influencia de la animación moderna; se auguraba un fracaso seguro. Retorna a lo básico al remitirnos a la técnica conocida como ukiyo-e y, más que mostrar una aventura o un sueño por conseguir (dos temas constantes en los que se enfoca el cine animado actual) se centra sobre la vida misma, la llegada y la despedida de una princesa que nunca perteneció a este mundo.

15540445_1682782698405136_32061147_o

El fracaso puede resumirse en dos factores: el alto costo de su producción y los años invertidos en el proyecto, comprensibles al ver cada fotograma realizado a mano de tal forma que pareciese impresa en un libro de cuentos. La técnica de animación puramente tradicional de Takahata nos habla de un cineasta que nada a contracorriente de la animación actual misma, no sólo occidental sino también japonesa. La primera inmersa casi por completo en el uso del CGI (Computer-generated imagery) y la segunda en el anime, que se distancia de las historias centradas en el ser humano mismo para abrirle paso a lo fantástico con historias cada vez más alejadas de la cotidianidad. Otra razón es el ritmo de la historia, lenta y sutil, cuyo punto álgido es la desesperación de la princesa al huir de una vida que rechaza. No hay dragones, castillos, brujitas simpáticas o malvadas, tanukis que asustan a los humanos, o vecinos mágicos, es sólo una chica que huye. No hay más. Incluso aquellos que eran seguidores del Studio Ghibli en occidente no vieran en esta película esos elementos que eran característicos de los creadores de Totoro.

En lo visual asemeja a una tablilla hecha en su momento por maestros de ukiyo-e como Hokusai o Hiroshige. Takahata retoma algunas de las técnicas que utilizó en Mis vecinos los Yamada, perfecciona sus trazos y se aleja de la majestuosidad de La tumba de las luciérnagas para volverse más abstracto e impresionista, utilizando una paleta de colores reducida y bordes blanquecinos. No es una técnica por completo novedosa, ya que recuerda ligeramente a Tale of Tales, la animación rusa de Yuriy Norshteyn, por su reflejo de las emociones del personaje a través de los trazos.

Dicho lo anterior y más allá de sus méritos técnicos, es también una película que narra con melancolía el final de una era, un cuento que metafóricamente critica los métodos de las sociedades, a través de las costumbres del Japón feudal; el arco emocional de la protagonista guarda relación con los temas y desilusiones a las que el propio estudio se ha enfrentado.Pareciera que la historia de Kaguya fuera un homenaje hacia todas las ideas y personajes maravillosos que salieron de los recintos del estudio. Se trata de un retorno hacia lo mínimo, hacia la calma que guarda nuestro centro interior. Un final que no garantiza un nuevo inicio, pero que cierra con belleza una etapa brillante del arte cinematográfico contemporáneo.

15403032_1682782838405122_1299206775_n

Anuncios