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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

agosto 2015

Nostalgia por Los Simpson

A principios de la década de los noventa mexicanos la emisora Tv Azteca se había convertido en una competencia firme contra el monopolio de la comunicación encarnado en Televisa. La televisora se arriesgó a transmitir programas violentos en su barra de caricaturas matutinas del fin de semana (Saint seiya– bajo el nombre de Los caballeros del Zodiaco– en 1992, por ejemplo)  e introdujo poco a poco series y programas que tocaban temas tabú, como la producción brasileña Confesiones de adolescentes o el talk show TKE. La competencia emularía esa propuesta al introducir animaciones sangrientas y con referencias sexuales, como  Dragon Ball en 1995 y Ranma ½ en 1997.

En aquellos años de “destape” en la oferta televisiva, una de las caricaturas pioneras de Tv Azteca (y en general de toda la televisión pública de nuestro país) fue Los Simpson, transmitida por primera vez en 1991 por Azteca 7. La llegada de la familia Simpson y los hilarantes habitantes de su ciudad, los temas que plateaban y la forma de resolverlos, causó furor en todo el país.

Recuerdo que me uní a esa fiebre ya tarde, a mediados de los años noventa y gracias a unos primos que me permitían ver a escondidas algunos capítulos. Mis padres no consideraban apto que viera la serie porque era “para adultos”. Y no es de extrañar, la sociedad mexicana en la que habían crecido, los años sesenta y setenta, estaba temerosa de perder los pocos valores que le quedaba. Así, ver en una caricatura a una familia vulgar, con un padre obeso, bobo y gruñón, un niño problema cercano a convertirse en un vándalo y una pléyade de vecinos con todo tipo de actitudes (homosexualidad, alcoholismo, bestialismo, problemas con la figura materna, etc, etc.) resultaba perturbador; pero no porque fuera enfermizo y torcido, sino porque era real y cercano.

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La clave del éxito de las aventuras de los Simpson consistía en plantear situaciones cotidianas, incómodas, a veces un tanto descabelladas y patéticas, con una postura crítica pero comprensiva y hasta esperanzadora. Así, podemos ver la tremenda soledad de una maestra de escuela que es engañada sentimentalmente por su alumno mediante cartas falsas, una mujer solterona que se relaciona sentimentalmente con un hombre que se acuesta con peces y que sólo la usa como tapadera, un alcohólico con una bella voz y una imbecilidad etílica que raya en la inocencia, o un millonario sin corazón que, a la manera del ciudadano Kane, conserva un símbolo del pasado infantil en un objeto simple. Todas esas historias (que pudieran parecer dramones en potencia) eran resueltas de una manera humorística, elegante y con una idea similar: recuperar hasta el final la dignidad del personaje. La maestra se alivia del desencanto por medio de una carta comunal que escribe toda la familia alrededor del sofá, Selma decide no entrar al mundo de caretas y fingimientos de la farándula y se separa de Troy McClure, Barney recibe el premio del Festival de Cine de Springfield y el señor Burns logra recuperar, ya como cyborg, a su querido osito Bobo en un mundo post apocalíptico.

Los Simpson no eran una caricatura encerrada en sí misma, aunque el pueblo creció en cada temporada y terminó conteniendo todo un universo. Las múltiples referencias a la cultura popular, sobre todo a las películas icónicas de la tradición fílmica norteamericana y a figuras importantes de la farándula y la política de su país, magnificaron su capacidad de insertarse en la memoria colectiva de una nación y, posteriormente, de una generación global. Los Simpson eran la vanguardia de la crítica ácida de una sociedad harta de las familia modelo perfectas, harta de temas y problemas fantasiosos o naifs.

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La serie logró introducir lo cotidiano al universo de la ficción de manera efectiva: calles sucias, indigentes, parejas en sus dormitorios, la infidelidad, problemas escolares, la oficina, la tienda de la esquina, la corrupción política y policial, los robos, la violencia fanática de los pueblos pequeños, la belleza del jazz en la noche, el deseo de ser perfectos en una sociedad que no lo es, el dolor de perder a un amigo, los hermanos que se pelean en navidad… en fin, los dilemas de todos los días y los dilemas de toda una vida, como el cambio de hábitos alimenticios y la elección de una fe que logre confortar a un individuo. Los Simpson no sólo “recreaban” los problemas cotidianos, los incorporaban a sus historias, los reflexionaban con humor y le devolvían al espectador un punto de vista que si bien en ocasiones caía en lo moralizante, siempre era producto de una postura ética sólida que buscaba una posibilidad distinta de afrontar la vida.

Lamentablemente Springfield y sus habitantes tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Aún no sé desde qué temporada, pero Los Simpson han perdido su esencia y su chispa. Ahora presentan una visión desencantada de la vida y la sociedad, sus personajes han pasado de graciosos y  torpes a ser totalmente esperpénticos. Sus historias ya no tienen la solidez de antaño, pues los minutos se pierden en chistes largos, que no abonan a la trama y que la hacen perder sentido, ritmo y estructura. Rara vez hay una postura moral, rara vez hay una crítica certera a los problemas de la actualidad. Por más que tratan de adaptarse, parece que la vida cotidiana y la caricatura se han divorciado. El mundo que creó el señor Groening allá por los noventa se ha devorado a sí mismo y ha caído en un callejón sin salida.

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Resultado de los nuevos tiempos, de las nuevas modas, Los Simpson tratan de emular a South Park o American Dad y resultan (si uno ha conocido sus inicios) de una gran ridiculez. Peor aún, los habitantes de aquel poblado rural y urbano, pequeño e infinito, han muerto hace varios años y ahora caminan como muertos vivientes sin rumbo, atrayendo nuevos adeptos que ya no son capaces de adivinar la antigua gloria de Springfield en medio de la podredumbre. Ver la serie es ver un mundo en ruinas.

Siento mucha nostalgia por ellos, por las risas y los momentos geniales frente al televisor a las 8 de la  noche de lunes a viernes antes de acostarse. De todo lo que se ha perdido en el pasado Lisa, Bart, Marge, Maggie y Homero son de los personajes que más me duelen. Me duelen no porque se hayan ido, sino porque están todavía aquí y los veo como sombras de lo que fueron.La familia Simpson le dio muchísimo a Matt Groening; ojalá él se apiadara de ellos.

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Iván Partida

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EL CINE DE LUCHADORES Y LA AGONÍA DE LA ESPERANZA

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Mi primer ídolo de los encordados fue Máscara Sagrada. Mi padre se esforzaba por traer a la casa películas de luchadores que encontraba en un local de intercambio de VHS, en uno de esos filmes fue donde conocí a quien también fuera identificado como el Tigre Blanco. Poco después de haber visto una película donde hacía equipo con Atlantis y Octagón, si no mal recuerdo, mi ídolo se presentaba en la desaparecida Arena Toluca. Los niños de ahora no pueden experimentar la sensación de observar en vivo, en carne y hueso, a los héroes de sus películas favoritas; a lo mucho ahora hay botargas, terribles imitaciones. Nosotros, los herederos de la ética y la estética del pancracio, los vimos de frente, existentes, palpables. Entonces todo lo que observábamos en las películas se traspasaba a la realidad, la ficción nunca fue tan real, tan viva. Los valores del bien estaban representados en una figura enmascarada que podía ser cualquiera, incluso nosotros mismos. El mal siempre era vencido, aun cuando se presentaba en forma de horribles pesadillas de la vida real, como traficantes o delincuentes, el bien siempre terminaba imponiéndose. Esos enmascarados nos proporcionaban algo que agoniza en el ahora: esperanza, fe.

            Aunque la historia de la lucha libre en México se remonta, como deporte organizado —antes había sido un espectáculo teatral y de carpa—, a 1933 con la creación, por Salvador Luttherot González, de la Empresa Mexicana de Lucha Libre, no es sino hasta 1952, por su creciente popularidad, cuando el pancracio pasa de los encordados a la pantalla grande. Cuatro son las películas que se estrenan ese año: La bestia magnífica, Huracán Ramírez, la comedia con Resortes: El luchador fenómeno, y fue el debut del que probablemente haya sido el más importante personaje de esta estética, Santo, en El Enmascarado de Plata.

En ese momento era un propuesta muy vanguardista que buscaba no sólo modernizar el cine mexicano, sino también indagar en motivos diferentes a los propuestos por el que ahora llamamos “cine de oro”, que no pasaba de ser una visión romántica del mexicano, del charro bravío, bigotón y honorable, con sus diversas variantes. Cine que siempre estaba en boga de una propuesta moral, de la construcción de una identidad nacional con base en sombreros, caballos e historias lacrimógenas. Muy parecido al proyecto literario decimonónico encabezado por Ignacio Manuel Altamirano. En 2005, salió a la luz el libro de fotografía Espectacular de lucha libre, donde Lourdes Grobet, la autora, dice para La Jornada: “Las luchas son un ritual, un acontecimiento lleno de energía, es lúdico, divertido, catártico […] si el teatro campesino nos mostró el México profundo en el campo, la lucha libre muestra el México profundo en la ciudad”

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El cine de luchadores se enmarcaba en la avanzada de una estética que pretendía mostrar un mundo mucho menos idealizado. Sus tramas ya no se encuentran en las enormes haciendas de la provincia, sino en la ciudad. Tampoco hay que confundirse, no se trata de Los olvidados o El ángel exterminador, no de esa envergadura, pues. Al principio sí fueron historias realistas, en La bestia magnífica dos hermanos se vuelven luchadores porque son muy pobres, pero llega “la intrusa” —interpretada por la bellísima Miroslava—, como en aquel cuento de Borges, que termina por mostrarnos el viejo motivo arquetípico de Caín contra Abel; en Huracán Ramírez está el desafío del hijo que quiere ser luchador, contra el padre que sí lo es, pero que no permite que su descendiente se arriesgue, por lo que el hijo adopta la identidad secreta del Huracán Ramírez, desafiando a la autoridad, hasta que se enfrenta con su padre en el cuadrilátero. Muy dramático el asunto. Aunque las historias de los luchadores en esencia son simples, tenían un poder muy fuerte de identificación con la masa, no sólo por la acción que proporcionaban los encuentros entre buenos y malos, sino también, con el tiempo, en el horizonte de la imaginación, que se transformaba en el encanto de la sorpresa.

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  El cine de luchadores permite que la fantasía y la ciencia ficción se manifiesten en el cine mexicano. La nave de los monstruos (1960), donde aparece el gran Piporro, es considerada la primera película de ciencia ficción en México. El cine de luchadores no tardaría en adoptar algunas de estas formas estéticas para proporcionar atmósferas más terroríficas sobre el mal. Es así como la estética pulp —argumentos de distintos géneros de la ficción como la ciencia ficción, el horror, suspenso, acción, romance y fantasía en los que intervenían elementos de carácter lascivo como la violencia y el erotismo, concentrándose en las variantes de la ficción de explotación, como el abuso de mujeres por parte de extraterrestres o niños abusados por deformes o monstruos grotescos— se desarrolla en el cine mexicano. Se trata de una forma de metaforizar, de crear alegorías sobre la realidad; este cine trae a colación villanos grotescos que horrorizan por sus posibilidades, incluso en la identificación directa con la existencia cotidiana. Y del otro lado está el héroe que se esconde tras la máscara, el bien representado por un símbolo de esperanza, que era el luchador más allá de la arena, más allá incluso que la fantasía.

            El público mexicano, acostumbrado al realismo moralista del cine anterior, pronto adoptó el cine de luchadores como una posibilidad estética que lo sorprendía, que lo maravillaba, que lo lanzaba más allá de sus propias expectativas y que lo arrebataba, aunque sólo fuera por unos minutos, de la realidad de todos los días. Como creación artística, ofrecía el goce de la imaginación; como armado alegórico daba esperanza al espectador, porque no importaba qué tan horrible, espantosa o grotesca fuera la forma del mal, el bien siempre se iba a imponer sin ningún truco especial, sino con la fuerza de la voluntad, que quedaba representada en el pecho desnudo de los luchadores, en la batalla cuerpo a cuerpo, a puño limpio. Al final, en este país de eterno crecimiento, era la voluntad del bien lo único que nos quedaba para sobreponernos, para mantenernos vivos.

            Llámeme idealista, si así lo quiere, pero Blue Demon, Santo, Huracán Ramírez, Mil Máscaras, etc., proporcionaban un tipo de esperanza que está más allá de la ficción, que se vuelve símbolo. Como tal, la máscara oculta el rostro del hombre, pero en el escenario, en la tragedia y la comedia, la máscara aludía las expresiones más profundas del ser, despersonalizaba los sentimientos para hacerlos públicos y así llegar al punto de la catarsis: la identificación podía ser de cualquier espectador y podría llegar a lo más profundo de su alma; el mensaje era para todos, pero el sentimiento que proporcionaba la máscara era exclusivo, único. Por eso no es extraño que Nietzsche pensara que todo espíritu profundo necesita una máscara. Así, el luchador enmascarado se vuelve un remanso en un océano de rostros deformes, terroríficos, muecas que acaso no son más que facciones de nuestras propias caras.

            En 1991 aparece la que podría ser la última película de luchadores, que es más bien parodia, homenaje. La leyenda de una máscara presenta, a manera de novela negra, las obsesiones que hay detrás de las caretas que todos utilizamos y los valores que se mueven en función de una sociedad que ha permitido que sólo gobierne el rostro: la corrupción, la injusticia, el monstruo que miramos con atención en los noticieros, entre micrófonos, pregonando la verdad. Con la muerte del Ángel Enmascarado, en la película, muere la fe y sólo queda la duda, la desazón.

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¿Acaso no nos hace falta el Santo, el Huracán, el símbolo, la esperanza? Roland Barthes, en su libro Mitologías, ofrece una visión sobre el catch, la lucha libre inglesa, que nos devuelve al gusto por la perfección del mito, que nos separa de la violencia de la cotidianidad, de la realidad infame:

Es el único deporte que ofrece una imagen tan exterior de la tortura. Pero aun en estas circunstancias lo que está en el campo de juego es sólo la imagen, el espectador no anhela el sufrimiento real del combatiente, se complace en la perfección de la iconografía. La lucha no es un espectáculo sádico: es solamente un espectáculo inteligible.

Estos, nuestros pequeños mitos, son lo que nos mantiene con una esperanza firme en que hay algo más allá de la realidad que por un instante se vuelve sueño, ilusión. Adoptemos la máscara, observemos como el mal sí se puede vencer, antes de que lo real nos absorba hasta la médula de los huesos. Aunque se haya estado contra la lona, siempre se puede dar la campanada en la tercera caída.

Alejandro Solano Villanueva

This is not a love story

Most days of the year are unremarkable, they beging and they end with no lasting memories in the betwen; most days have not impact on the curse of our live…

-500 days with Summer

Recuerdo la primera vez que vi en televisión Cruel intentions (1999), tenía quince años y no estudiaba porque mis padres decidieron sacarme de la escuela por un tiempo para evitar que volviera a ver a mi novio de la secundaria. Por aquellos días comencé a leer en forma algunas novelas del siglo XIX y la otra parte de mi tiempo la dividía entre mirar y escuchar videos de mtv y ver películas. Así fue como una noche descubrí a un puñado de personajes que cambarían mi concepto de la vida y del amor.

Resulta curioso que antes uno pensaba que estaba destinado a encontrarse con cierta película, pues la televisión y la programación determinada por los directivos del canal hacían que uno fuera incapaz de elegir qué ver. Esa película que al español fue traducida como Juegos sexuales está basada en una novela titulada Les liaisons dangereuses escrita por  Pierre Choderlos de Laclos en 1782. En la novela los protagonistas son una pareja de amantes que se dedican a presumir, el uno al otro, sus conquistas; en el filme aparecen dos hermanastros cuya vida sexual es digna de ser documentada, por lo menos en el caso de Sebastian Valmont, quien lleva un diario sobre sus aventuras sexuales.

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Centrémonos en la película; Kathryn y Sebastian son dos adolescentes adinerados viviendo lujosamente en Nueva York cuya única diversión es hacer miserable la vida de los demás. Ambos son el resumen de una década de liberación y locura juvenil, adictos al sexo, el alcohol y las drogas. Es verdad que no se trata de la mejor producción cinematográfica de todos los tiempos: las actuaciones no van más allá de ser buenas y cumplen con la expectativa: entretener al público. Lo interesante de Cruel intentions es cómo a finales del siglo XX logra mostrar, a través de la vida de Kathryn el hastío y el intento de liberación que ella pretende llevar a cabo. Rompe los esquemas por completo: ni ella es la dulce dama que las veinticuatro horas del día hace lo correcto (de acuerdo con los esquemas establecidos por la sociedad respecto al comportamiento femenino) ni Sebastian, su hermanastro, termina siendo un macho mujeriego que utiliza a las mujeres.

Destaca la historia de Sebastian, quien había sido el típico adonis descontrolado hasta que el amor, a través de Annette, cambia por completo los parámetros que habían regido su vida; Pasa de ser un hombre a quien los sentimientos de nadie le importaban, a estar completamente loco por Annette. Valmont renuncia a esa vida decadente y vacía  para estar con el amor de su vida, con esa persona ideal. El amor lo transforma y lo hace un hombre nuevo. Y una vez que se da cuenta de que el amor es la única manera de librar el abismo que se está abriendo frente a sus ojos, decide enviar una carta a su enamorada explicando a detalle la clase de persona que es y cómo a través de ella ha logrado redimir el camino:

Querida Annette:

No sé qué podría decir para rectificar el daño que te he causado. La verdad es que la única vez que he sido feliz, fue contigo. Mi vida entera ha sido una broma. Me jactaba de disfrutar del sufrimiento ajeno, bueno, finalmente me salió el tiro por la culata: tuve éxito hiriendo a la primera persona que he amado.

Te envío mi posesión más valiosa, mi diario. Por mucho tiempo lo consideré mi tesoro, una sórdida colección de mis conquistas. Si quieres saber la verdad léelo, por favor. No más mentiras.

Por favor, dame otra oportunidad, estoy deshecho sin ti.

Y así fue como una simple película que estaba siendo transmitida una noche del 2001 cambió por completo la concepción del mundo que tenía hasta ese momento. Fue ahí cuando en mi mente germinó la idea de que había alguien indicado para mí y, cuando lo encontrara, aquella vida que se desplegaba sin fronteras encontraría un lugar estable al cual poder regresar. Ese sueño adolescente se fue borrando de mi memoria hasta que años más tarde conocí, por casualidad, la historia de “El chico, Tom Hansen, de Margarte Nueva Jersey [que] creció creyendo que nunca sería feliz, de verdad, hasta el día que conociera a “la indicada”. Esta creencia provenía de una temprana exposición al brit pop y de una mala interpretación de la película El graduado”. Ese chico es el protagonista del filme 500 days with Summer (2009), película que terminó por encaminar mis ideas sobre las relaciones y el amor.

La teoría se comprobaba: si Hansen había encontrado a su chica ideal, no por casualidad sino porque el destino así lo había indicado, el destino en algún momento pondría en mi camino al indicado. Ese fue el inicio de mi recorrido por incontables “Summers”, que igual que la chica de la película aparentaban seguridad y enamoramiento hasta que un día, de la nada, decidían que era tiempo de ser “sólo amigos”.  Seguía en mí la idea infantil de que el amor, cuando llegara, cambiaría todo.  Mucho tiempo después, igual que Sebastian Valmot, encontré por casualidad y no por el destino al indicado.

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“Just because a cute girl likes the same bizarre crap you do, that doesn’t makes her your soul mate” le dice su hermana a Tom Hansen cuando él le explica que Summer y él están hechos el uno para el otro. En esa frase se resume lo que en realidad es eso que llamamos amor: nos enamoramos de nuestra media naranja, de la mitad que nos hace falta, pero no alcanzamos a ver que en realidad no se trata de completarse con el otro. Se trata de ser un individuo que encuentra alguien para compartir detalles de la vida sin fusionarse con el otro, sin perder la individualidad.

Tampoco es el destino quien erige el camino sobre el que andamos. Las personas y los eventos que suceden ocurren por casualidad, sin que haya un guion escrito a menos, claro está, que se trate de The Truman show (1998). Lo mismo que estamos haciendo y sintiendo hoy por esa persona indicada en realidad lo estaríamos sintiendo por cualquier otra persona a la que también llamaríamos “la indicada”. Les voy a dar un ejemplo contundente que son libres de rebatir: cuando estamos con nuestra pareja decimos que nadie nos había hecho sentir así, que tiene una peculiar forma de mirarnos, tocarnos; se presenta cierto lenguaje corporal que ocurre sólo con nuestra pareja y con nadie más se presentaría de forma tan armoniosa y perfecta. Hasta aquí supongo que estamos todos de acuerdo.

Pero tengo algo que contarles y que posiblemente cambiará su perspectiva sobre esa comunicación perfecta que tienen con su pareja: mi exnovio y yo habíamos terminado hace un par de semanas y las coincidencias (que no el destino) nos llevaron a la misma fiesta esa noche. Al final terminamos hablando, pero sin caer en el coqueteo tradicional de las ex-parejas que se reencuentran. Él por su parte ligó con una chica de la fiesta y comenzaron a bailar, las cosas entre ellos se pusieron más personales e inició la ceremonia del coqueteo. En ese momento me di cuenta de que aquellos movimientos, miradas y caricias que creía sólo para mí y que sólo entre nosotros sucedían porque éramos el uno para el otro, en realidad eran falacias. Lo vi mirándola y sonriendo exactamente igual que lo había hecho conmigo semanas atrás, incluso tocó su mentón igual que lo hacía conmigo justo antes de besarme. Finalmente la besó, tomándola del rostro y mordiendo su labio inferior. Todo este cúmulo de imágenes que se sucedían frente a mí hicieron que me viera a mí misma en esa otra chica; entendí que todas esas cosas que creemos únicas porque las hacemos con nuestra pareja en realidad son nuestras y las repetiremos con quien sea, cuando sea. El destino y la búsqueda del alma gemela, esos ideales sobre los que posamos nuestros sueños, en realidad no existen.

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A pesar de la lección de vida que tuve aquella peculiar noche sigue pesando en mí la presencia de Cruel intentions, en la llegada del ser que me convirtió en mejor persona y a través del cual he podido centrar por completo mi vida. En su caso, queridos lectores, la mejor recomendación que les puedo ofrecer es bajo ninguna circunstancia dejarse influenciar por las películas holliwoodenses, al final uno termina creyéndose un personaje de ficción y no se da cuenta de que la realidad funciona de formas diferentes. Además, hay muchas “almas gemelas” esperándonos allá afuera, sólo hay que elegir una al azar.

Susana Vera

@Susarlt

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