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LEPISMA

Creación y crítica literaria

mes

octubre 2015

What else should I be, all apologies

Tengo veintisiete años, la edad justa para entrar al “Club de los 27”. Cada uno de sus miembros hizo cosas increíbles y al mismo tiempo dejaron que la vida se les escapara de formas irreales. El primero de la lista fue el excelente músico Robert Johnson, quien presumiblemente vendió su alma al diablo. Le siguieron otros como Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y la polémica Amy Winehouse, quien para muchos no debería ser considerada dentro de la lista debido a que su carrera no alcanzó a ser tan magnífica como la de los anteriormente mencionados. Dentro de la lista tampoco puedo dejar de mencionar a Valentín Elizalde, quien cumple los requisitos para ser incluido, aunque no conozco bien a bien su trayectoria.

            De entre todos los nombres el que más ha llamado mi atención es Kurt Cobain. Quizá porque pertenezco a la generación de adolescentes que forjaron su carácter mirando videos en MTV. Sus tempranas aptitudes musicales, además del divorcio de sus padres, cuando él tenía nueve años, fueron la combinación necesaria para forjar la personalidad reacia y solitaria del músico. Cobain nació y creció en Aberdeen, una pequeña ciudad de Estados Unidos. Nunca había escuchado de tal lugar hasta que hace unos años vi los documentales sobre Nirvana y la vida de su líder. No logro entender cómo es crecer en una pequeña ciudad estadounidense; por mi parte crecí en Xalapa, una capital provinciana cuyo ambiente cultural parece renovarse año con año, pero que termina siendo el mismo después de algún tiempo.

            Me pregunto qué es necesario para convertirse en la voz de una generación, cuáles son las herramientas que pueden llevar a una persona a crear, a partir del dolor, una obra de arte. El dolor de Kurt provenía del rechazo y la falta de comunicación con sus padres, del ambiente hostil que encontraba en la escuela debido a que lo consideraban un afeminado por ser delgado y rubio. Pero todos fuimos, en algún momento, víctimas de los compañeros más grandes; todos recibimos rechazo de los que se suponía debían ser nuestros amigos. Y también al llegar la adolescencia fuimos rebeldes y probamos el alcohol, los cigarros y las drogas. Entonces ¿Qué hizo diferente a Kurt Cobain de nosotros? Todos somos desechos de matrimonios fracasados, pedazos del amor y la felicidad de nuestros padres que terminó por deformarse. Somos el cariño que un día se profesaron y que otro día, sin más, terminó.

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            Simplemente Kurt era una especie de genio que supo focalizar todo aquello que le pasaba y lo puso en palabras que luego fueron canciones, canciones que en algún punto se transformaron en himnos para la juventud que no encontraba un camino al cual seguir. Lo escuchaban jóvenes cuyo destino no había sido escrito, jóvenes que podían tenerlo todo con sólo soñarlo. Cobain fue uno de ellos: cerró los ojos y soñó, pero ese sueño se convirtió en una pesadilla. Muy pronto alcanzó, junto con Krist Novoselic  y Dave Grohl, el éxito y la fama. Los rostros de Nirvana −la voz de Kurt, sobre todo−  estaban por todos lados. Ser acosado por miles de personas todo el tiempo no era compatible con su personalidad solitaria y reacia a relacionarse con las masas. Eso y convertirse en la voz de una generación, junto con la responsabilidad de un matrimonio con una mujer adicta a las drogas y ser padre de una hija recién nacida, además de su creciente adicción a la heroína, lo llevaron a derrumbarse.

            Recuerdo la primera canción que escuché de Nirvana: “You know you’re right” (parece evidente, pero siento la necesidad de mencionar que vi el video en la televisión de mi casa una de las tantas mañanas que sintonizaba MTV). Las imágenes  mostraban a un público eufórico en un concierto, a la banda sudorosa interpretando, pero sobre todo a un Kurt enfadado, escupiendo, gritando, cantando, brincando, rompiendo cosas, revolcándose en el piso, mirando con odio al público. Todo esto con un filtro rojo que acentúa el enojo de Cobain hacia ese monstruo que es la masa de gente aclamando por más.

            Poco a poco fui descubriendo más canciones de la banda y me vi a mí misma en sus acordes sencillos pero llenos de sentido al resumir no sólo el vacío de la realidad que vivía, sino también la circularidad que solemos llamar cotidianeidad. Más tarde, al aprender inglés en la secundaria, descubrí las letras, caóticas y dispersas, que en conjunto con el ritmo forman un grito de ayuda que Kurt creó para todos aquellos inconformes en busca  un sueño. Es por eso mismo que alguien atinadamente lo llamó “la voz de una generación”.

            Cuando yo tenía trece años me parecía que Kurt era un “señor joven” que había tomado una mala decisión al suicidarse. Pensaba que la vida no podía ser tan mala como para decidir terminar con ella, así, de tajo, con un escopetazo en la cabeza. A los trece la vida parecía plegarse como infinitas fichas de dominó, firmes, erectas, inamovibles, orgullosas de sí mismas. De repente, una cae, pero sola, no mueve a las otras, no las toca, las deja continuar en su inmovilidad. Más tarde, otras comienzan a caer y algunas apenas si alcanzan a rozar a las de junto y en ese breve contacto adquiere uno conciencia de la fragilidad que representa cada elemento que nos circunda. Aprendemos cómo algo que en su momento nos pareció inmutable puede de repente transformarse en algo totalmente opuesto. Nos damos cuenta de que no existe nada seguro ya que nos rodea la oscuridad, el vacío que está esperando para absorbernos. Es así como sabemos que la finalidad de la vida es mantener en su lugar a las fichas que quedan en pie. Las protegemos para que no caigan al vacío y para que unas no se toquen con las otras.

            Hoy tengo la edad de Kurt Cobain cuando decidió tirar todas las fichas al vacío. Comprendo finalmente que la vida puede de pronto mirarse como una lluvia torrencial cayendo sobre tu cabeza. Me doy cuenta de lo difícil que debió ser para él lidiar con la responsabilidad de ser la bandera de una generación autodestructiva. Entiendo cómo ser padre tan joven le pesaba, no sólo por la inexperiencia, sino también por el hecho de darse cuenta del mal ejemplo que sería para Frances, su hija.

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            Tengo veintisiete años y no soy la voz de mi generación. Mi generación no tiene una voz, posee múltiples y al mismo tiempo permanece en silencio. Muchos somos los que intentamos decir algo en nombre de nuestros contemporáneos, pero la realidad es otra. No somos una masa de gente homogénea, cada uno de los integrantes de esta juventud tiene puntos de vista y gustos específicos que de alguna forma hacen único a cada miembro.

            La generación sin voz o la generación de las múltiples voces;  nombres adecuados para aquello que fingimos ser.

Susana Vera

@Susarlt

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Fotografía con historia de Andrea Palma

Diego Lima
Investigaciones Literarias UV

Andrea Palma le cuenta radiante (a Xavier Villaurrutia), / que le aplaudieron el mutis. / Es Andrea de esas almas / que la gloria tiene anémicas: /apenas oye unas palmas, / cree que son las académicas.

Para la diva del cine nacional, Andrea Palma, Xavier Villaurrutia escribió además de este epigrama que Salvador Novo dio a conocer en 1965, en el suplemento cultural de Novedades, muchos diálogos memorables. Pienso en Distinto amanecer (1943), La casa de la zorra (1945), Bel Ami (1946); también lo hizo sobre el escenario de la corta temporada de El pobre barba azul (1947), comedia en que la actriz interpretó a Virginia: mujer que, según la didascalia, debía “aparecer bonita o todo lo elegante que le fuera posible”. En la pantalla del Cinema Palacio Chino, en Iturbide 21, cerca del centro de la Ciudad de México, se podía ver a Andrea Palma villaurrutear:

Cómo he esperado esa luz […] Casi no he dormido por el ansia de verla llegar, como la señal inevitable de nuestra unión. Es curioso… hubo un momento en que, mirando llegar la luz, me quedé dormida, y me vi., ¿sabes cómo? […] Caminando a tu lado por el andén de una estación. Había un tren que esperaba. Ninguno de los dos hablábamos. De pronto, nos deteníamos a esperar el momento de la partida. Yo sentía una gran dicha de verme allí contigo, frente a aquel tren que iba a llevarnos y a unirnos para siempre. Sonó la campana de la estación, y por un momento perdí la noción de todo. Quedé como aturdida. Sólo sentía como algo muy lejano que tú me besabas. Y te subías al tren sin tratar de llevarme como si así lo hubiéramos convenido y yo tampoco hacía esfuerzos por subir contigo. Luego volví a la realidad… y tú ya no estabas. Y sólo veía correr frente a mí las ventanillas iluminadas de aquel tren que te llevaba cada vez más deprisa, como en una fuga interminable. Fue entonces cuando abrí los ojos y vi que por esa ventana entraba la primera luz del amanecer.

Quizá sería preciso aclarar que la cita no la hago por divagación ni mucho menor capricho: lo hago simplemente para avisarles que hace poco, mientras navegaba en el marasmo del archivo hemerobibliográfico de Conaculta, llegó a mis manos no la botella de Simbad ni la barcaza de Jonás, sino más bien, un mal conservado barco de papel impreso el 18 de noviembre de 1943. Y se criticará mi falta de consideración filológica, pero desconozco tanto el nombre de la publicación como del redactor de la nota que tengo el descaro de citar a continuación, in extenso. Esto no tiene importancia. Lo que me interesó del recorte fue encontrarme de pronto con la imagen de Xavier Villaurrutia al lado de Andrea Palma, seguida de la brevedad cablegráfica con la que algún reporter desconocido reseñó el estreno en la capital del famoso filme de Julio Bracho. La fotografía de los modelos que miran en direcciones contrarias lleva por título: «El dialoguista y la actriz de Distinto amanecer».

Xavier Villaurrutia y Andrea Palma
Xavier Villaurrutia y Andrea Palma

Tengo el impreso en mis manos. Pienso: «era otro México». 1943 fue un año que se deslizó nerviosamente exaltando el ánimo de los capitalinos, luego de que la nación le declarara la guerra al Eje Berlín-Roma-Tokio, porque los submarinos alemanes hundieron frente a las costas de Florida, un par de petroleros (expropiados a la misma Alemania, durante los heroicos tiempos del presidente Cárdenas). En la Ciudad de México, los adolescentes que hacían el Servicio Militar Obligatorio, acudían al Zócalo para desfilar en las principales calles, avenidas, plazas. Por las noches, la Secretaría de Guerra iniciaba, tan lúdicos como ingenuos, simulacros y apagones que duraban media hora más o menos, interrumpiendo toda labor y claro, funciones de teatro y cine. Fascinantes noches oscuras, en que la gente se sentía parte de un Nocturno, o del oscuro desfile de carnestolendas.

Este es precisamente el contexto en que se desarrolla Distinto amanecer. Nada de fortuito hay en que el México de los apagones aparezca retratado en la secuencia inicial de Bracho, que se estrenó el 18 de noviembre de 1943. Escrita a partir de la obra teatral “La vida conyugal” de Max Aub, el filme contó con diálogos de Xavier Villaurrutia y música de Raúl Lavista. Tal como afirma el reportero de la nota, Bracho maduraba desde hacía mucho tiempo la idea de hacer una película al lado de su hermana menor, y prima de Dolores del Río, Guadalupe Bracho Pérez Gavilán, mejor conocida en el cine de oro como Andrea Palma, o como la primera diva de México y del cine latinoamericano. Luego de una prolongada discusión financiera con los inversionistas de Films Mundiales, los papeles principales quedaron a cargo de Andrea Palma (Julieta), Pedro Armendáriz (Octavio), Alberto Galán (Ignacio Elizalde), y Narciso Busquets (Juanito).

En medio de la exaltación política, patriótica, financiera (y también xenofóbica), veo al reporter desconocido mientras escribe esta nota que transcribo:

Está ya próximo el estreno de “Distinto Amanecer”, la más reciente superproducción de “Films Mundiales”, dirigida por Julio Bracho. A la exhibición privada que fue ofrecida la semana pasada a los periodistas ha sucedido una tempestad de comentarios, de alabanzas y de elogios.

En los círculos cinematográficos no se habla de otra cosa, y entre los periodistas la opinión ha sido [sic] unificándose en el sentido de que se trata de la película cinematográfica de mayor altura y más fina calidad que se haya hecho hasta ahora en México.

Uno de los elementos de mayor valía con que se contó para la factura de “Distinto Amanecer” fue el dialoguista, Xavier Villaurrutia, uno de los ensayistas, novelistas, poetas y dramaturgos… [ilegible: roto] sólido prestigio… [ilegible: roto] han sido traducidas a varios idiomas y son estimadas entre las más valiosas de la joven generación mexicana. Cuando Julio Bracho, a principios de este año, en la ciudad de Nueva York, concibió su película, solicitó la colaboración de Villaurrutia para resolver y dialogarla, aprovechando, además, algunas sugestiones dramáticas del autor hispanosemita Max Aub.

Con el diálogo fino, correcto, lleno de sugerencias, de Xavier Villaurrutia, la actriz Andrea Palma, que había permanecido alejada de la pantalla, retorna triunfalmente, y se pone de golpe en la primera fila entre nuestras actrices dramáticas, anotándose un triunfo de vigorosos perfiles.

El estreno de “Distinto Amanecer”, la película distinta y excepcional, está anunciada para el jueves próximo en el Cinema Palacio.

A propósito de un primer libro de cuentos

[Leí este texto en la presentación de El confeccionador de deseos, de Aniela Rodríguez, en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Hidalgo, y no es una reseña, ni siquiera un comentario. Se trata, en todo caso, de una serie de ideas que me despierta la lectura de una autora joven, de su primer libro de cuentos y su relación con el propio ejercicio literario. ¿Qué hay en un primer libro?, ¿para qué se escribe? ¿Por qué nos condenamos a esta maldita profesión de escritor?]

Escribir es desgarrarse, y eso es complicado. Tienes una idea, empiezas. Pronto te das cuenta que no es tan fácil. Que no basta un sentimiento o una idea aparentemente originales. Que hay algo más allá que arde y nomás no se sabe cómo sacarlo, cómo apagarlo. Es fácil, pueden pensar los que creen que saben. Esos farsantes que ponen en sus tarjetas de presentación o en sus perfiles de internet: Escritor. Soy escritor, ¿neta?, pregunto escéptico, siempre. Ser escritor es cómo se enfrenta uno al mundo, cómo encuentra uno verdades incluso ahí donde aparentemente no hay más que un árbol y un pájaro y una nube que parece, ¿qué?, ¿un cocodrilo?, ¿un perro comiéndose a un gato? Escribir es una declaración. Es partirse la madre, porque siempre se compromete algo que, en el fondo, uno nunca estuvo dispuesto a dar por otro lado. Hay más de nosotros en lo que escribimos que en lo que declaramos abiertamente. Y eso puede ser doloroso. Y peligroso.

Uno puede pensar: bastan buenas ideas para escribir. Buenas ideas como las que encontrarán en este libro, cuento tras cuento. Historias que escapan a eso que escuchamos en todos lados. A lo que vemos en televisión. A lo que leemos en Facebook y en las citas de Coelho y Cortázar que postean nuestros amigos cultos e inteligentes. Aniela sabe imaginar y ese es un buen paso en la dirección correcta. Un buen inicio, pues. Pero cuando uno quiere ser escritor, uno de verdad, cuando en uno late esa necesidad, ese deseo, las buenas ideas no bastan. Las buenas ideas no bastan para hacer cuentos. A la literatura no le basta la imaginación que crea pueblos, leyendas, personajes y manías. No. Cuánta gente se ha acercado, feliz, increíblemente feliz, diciendo: Oye, tengo una buena idea para un libro. Y uno los mira: Ternurita, si eso bastara. Si bastara sólo eso. Porque no es sólo contar algo que creemos que nadie ha contado (y eso es una ilusión del ego que cree en la “originalidad”) sino saber contarla. Hacer como si de verdad fuera una historia nueva. Lo difícil está en contar una historia y hacerlo como si nadie antes lo hubiera hecho, como si a nadie se le hubiera ocurrido. Los escritores engañan, que nunca se les olvide eso. Mienten como nadie. Lo hacen tan sutilmente que caemos en la trampa y les creemos. De verdad. Y eso, contrario a lo que pudieran pensar, es una virtud. Y esa virtud está en el libro de Aniela. Esto lo he leído antes, creemos cuando empezamos el libro. Y sí, puede ser: nuestros primeros libros, nuestros primeros intentos literarios, nacen del asombro y la admiración que siembran en nosotros los grandes. Vemos en ellos las últimas venas del boom, las reglas de Poe, las teorías de Piglia, los consejos de Hemingway. Y el lector lo sabe, lo intuye. Entonces, empezamos leyendo: De un lado estaba él, Abundio, y del otro estaba yo, Marcela… y decimos, esto ya lo he leído. Creo que sé para dónde va esto, porque vemos extraterrestres dibujados en vasos de unicel y chicas que muerden el borde de las copas. Pero luego surge el auténtico oficio, el por qué Aniela está ahora aquí y no en la escuela intentando comprender alguna inútil teoría literaria: una forma de contar que es distinta. Una voz propia. Una voz que es apenas una semilla, pero que sorprende porque no se deja llevar por el impulso generacional que todo lo echa a perder con el internet y la brevedad y la insulsa banalidad del YOLO. Una voz que transgrede porque es distinta. Porque se da la oportunidad de mirar hacia atrás sin miedo. Porque es una voz que, a pesar de ser joven, se arriesga y gana.

Escribe Aniela:

Allá arriba, donde dicen que Dios reposa sus parcelas, las nubes advertían un crujir infrahumano. Mis manos simulaban ser las mismas dos anclas de hace tiempo. Tu boca, un maléfico gajo de sandía resplandeciente al sol de las primaveras añejas; yo ya no supe si te nublaba el llanto o blandías una carcajada…

O, al inicio de otro cuento:

A Sara la sepultaron un día de marzo cuando era difícil mirar al piso sin sentir que se quebraba. Su rostro era el de un conejillo de indias que ignora cuándo deberá entrar a la caja de experimentos. El pueblo iba en coro; lo encabezaba la vieja Remedios que, con un rosario en la mano, separaba las cuentas que, de tan antiguas, se le iban desmoronando entre los dedos.

Una voz que se fragua, propia, les digo.

confeccionador

Hay de dos al momento de escribir: o escribimos librescamente, es decir, en un ejercicio medio incestuoso en el que suponemos que lo literario ha de surgir de la lectura de los clásicos o de actualizar las grandes temáticas de la literatura. Quiero decir, es un modo de escribir a partir de la lectura, de cómo nos impactan los libros. Imitamos sus formas, sus temas, e intentamos hacer algo nuevo con todo eso. Creamos, entonces, libros que nos contarán historias sabidas y que revelarán al lector un mundo hecho de palabras, de inteligencia pura, de emociones estandarizadas.

Y hay otro modo en donde la literatura nace de adentro. ¿Qué quiere decir esto?: literatura que nace de la vida, de la experiencia personalísima que sabe encontrar su punto y lugar en el lenguaje, a través de una prosa honesta y fuerte. Piensen: ¿cómo podría surgir un texto como La muerte del padre, sin haber vivido la real o simbólica, no importa, de nuestro propio padre? Quiero decir: la literatura nace de la experiencia, de la vida perra que nos come y no nos deja en paz. Del sufrimiento, de la tristeza, de la imposibilidad de amar de verdad, del odio, del rencor, de la maldita necesidad de vivir, de un fuego que arde aunque no queramos. Escribimos, ¿para qué? ¿Para demostrar que hemos leído lo suficiente?, ¿para demostrar cuán inteligentes somos y nuestra capacidad de recrear lugares en los que ni siquiera hemos puesto un maldito pie? Afortunadamente, el libro de Aniela no tiene esas pretensiones. En la cartografía de la creación, su libro encuentra el punto justo: un equilibrio entre la asimilación de nuestras tradiciones (yo leo a García Márquez, a Rulfo y escucho a un narrador que parece ser un híbrido entre Cortázar y Sada, en sus justas dimensiones, claro) y una honestidad que se levanta por sobre cualquier escritor de su generación, que se pone al tú por tú con muchos que dicen saber pero no. Su registro va de la oralidad rural a lo más abyecto, de la elegancia de un dandi que cumple deseos a toda costa, a la prostituta de partido político que arde sin remedio.

Uno no puede ser escritor nomás a ratos, desgraciadamente. Es una maldición. Escuchen, alguien lo ha dicho de modo impecable:

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrono de los ladrones,

dadme a su tiempo —os ruego— una pequeña tabaquería

con las cajitas relucientes

apiladas con esmero en los estantes

y el cavendish suelto y aromático

y el fuerte shag,

y el rubio Virginia

en hebras bajo el vidrio reluciente de los mostradores,

y una balanza no muy engrasada,

y las putas que entran a cambiar una o dos palabras al pasar,

a soltar un insulto, y arreglarse un poco el pelo.

Oh Dios, oh Venus, oh Mercurio, patrono de los ladrones,

prestadme una tabaquería

o instaladme en cualquier profesión

excepto esta maldita profesión de escritor,

en que uno necesita su cerebro todo el tiempo.

Pound, Erza, siempre tan certero. Aniela, quiero creer, ha sido atrapada por esta maldita profesión, para bien de muchos. Celebremos leyéndole su primer libro y esperemos lo que venga, que no tiene más que madurar y crecer, crecer y crecer.

Alfonso Valencia

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