La noche del 25 de julio de 1792 circuló con rapidez la noticia del asesinato de don Lucas de Gálvez, Gobernador y Capitán General de la ciudad de Mérida, Yucatán. El brigadier se retiraba a la casa de gobierno a bordo de una calesa, cuando al desembocar por una esquina fue herido en la oscuridad. «¡Ah, pícaro… qué pedrada me han dado!», fueron las palabras que dirigió Gálvez a su oficial real, don Clemente Trujillo. El convoy apresuró el camino sin sospechar aún que se trataba de una herida de muerte. Tras arribar a su destino, el capitán se condujo a sus habitaciones donde retiró la mano del costado adolorido, tomando conciencia de la gravedad de la hemorragia que terminó con su vida. Toribio de Mazo y Piña fue acusado del crimen y encarcelado en el fuerte de San  Juan de Ulúa a la brevedad, pese a que pudo comprobar que no se encontraba en el lugar de los hechos. Suele decirse que el acusado lamentaba sus desgracias cada instante de la reclusión, hasta que una serie de eventos afortunados permitió se descubriesen a los verdaderos perpetradores del crimen.

El párrafo anterior parece el inicio de una leyenda colonial, aunque en realidad se trate de un extracto de noticia del finisiglo XVIII. Lógico es suponer que el tema del asesinato de don Lucas de Gálvez resultara tan fascinante para los escritores e historiadores de la península. Historia y literatura conforman en el romanticismo una suerte de binomio indisociable en donde uno forma parte consustancial del otro. Nada más natural que en el siglo XIX, el género de la novela histórica se impusiera como un doble programa narrativo e ideológico, derivado en gran medida de la necesidad de construir una identidad de lo nacional, ejecutando muchas veces una crítica severa hacia los siglos de la dominación española. Novelistas e historiadores reprendieron los vicios, abusos e injusticias por parte de la Corona y de la Iglesia: es decir, introducían una doble herejía a su visión reformista.

Justo Sierra se propuso desarrollar una novela en torno a la muerte del famoso Gobernador de la península, del mismo modo que se había ocupado en La hija del judío, del Conde de Peñalva (otro Gobernador ejecutado). Sabemos, sin embargo, que la obra nunca llegó a puerto. Semejante suerte corrió Eligio Ancona, luego de tocar a la brevedad el tema en el  Tomo V de su Historia de Yucatán, hasta que años después de su muerte fuera descubierto el manuscrito que ahora nos ocupa. Memorias de un alférez narra la historia que llevó al esclarecimiento de los verdaderos asesinos del Gobernador don Lucas de Gálvez. Por esta razón, son muchos los que han considerado la novela como la más lograda de Ancona. Esta peligrosa afirmación no ha salvado a la obra de la admiración sin reserva: más citada que estudiada, cuando no más estudiada que leída. Sea o no sea la mejor, lo cierto es que se trata de una narración cuidada en el manejo deductivo con que expone la intriga. No se trató de una novela por entregas como solían serlo en la época –una novela “escrita en las rodillas”, suele decirse– sino escrita con la paciencia de la memoria. El resultado consiste en que, a diferencia de las obras que le precedieron –desde La Cruz y la Espada hasta Los mártires del Anáhuac–, esta narrativa se aleja del romanticismo épico al estilo de Walter Scott para arribar a los lindes del realismo, rozando por momentos los límites de un “thriller colonial”.

La presente edición crítica que ha sido preparada por Manuel Sol para la colección de Clásicos Mexicanos de la UV, viene acompañada de un estudio introductorio, cronología, bibliografía e iconografía, así como una serie de notas de carácter léxico, histórico y geográfico que guían la lectura a través de las deducciones que motivaron la develación del misterio.

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* Eligio Ancona. Memorias de un alférez. México: Universidad Veracruzana (Clásicos Mexicanos, 16), 2017, 594 páginas.

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