Diego Lima

Quienes pugnan porque el arte, para serlo realmente, deba tener un contenido, pensarán que es un deber del arte tenerlo para no encontrarse vacío. Es posible hablar de un contenido artístico en el arte sin miedo de caer en la tautología, o en la expresión de “segundo grado”, como se dice en el álgebra. Pero también de un contenido educativo, político o religioso; aunque lo que cada quién conciba con eso, pensaba Jorge Cuesta, “cada quién lo sabe”. Lo cierto es que el arte es quien lo ignorará siempre, pues su más grande virtud es su indiferencia por su contenido. No en vano hablaba Paul Eluard en su poema “La invención” del arte de vivir: el arte de fumar, el arte de gozar, el arte de torturar, el arte de razonar, el arte de razonar bien, el arte de ser abuelo… el arte de amar. No hay actitud humana que no admita esta precisión, que no admita este mejoramiento. Si el arte es destreza, arte es excelencia, por lo que nos referimos a la capacidad de hacer algo mejor que como usualmente se hace. Por esta razón, también la lengua, también la filosofía, son materias del arte mientras exista quienes en su dedicación a ello, cumplan con su objeto mejor que como otros lo hacen. En otras palabras, lo diré así: un artista de la enseñanza es aquel que posea la mejor manera de practicarla; es el mejor maestro. Un artista del amor es el mejor amante, como un artista pintor es quien hace la mejor pintura. Pero qué decir de esa forma del arte que no es específicamente política o religiosa, sino del pensamiento. ¿Es que existe un arte de dudar?

La sensación que domina nuestra vida es, en general, la de no entender el mundo en el que estamos. Desasosiego; no sentirse firme en ninguna parte; pegar un brinco e instalarse en una paradoja. Es tan vertiginoso el cambio en los órdenes sociales, espirituales, políticos, literarios, religiosos, históricos, etcétera, etcétera, que hoy, más que nunca, nos hace falta detenernos a reflexionar; darnos cuenta de que habitamos un mundo hecho de afirmaciones suspendidas en el vacío. Para esto se requiere muchas veces de una duda cotidiana, punzante aunque amena; no exactamente el cuestionamiento intelectual sino la zozobra vital que nos brinde las condiciones para poner en entredicho las inercias sociales; que nos ofrezca una guía no ortodoxa para cruzar la existencia sin tantas confusiones. Este es precisamente el tema del libro que presentamos en la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU 2018).

El arte de dudar, la más reciente obra de Óscar de la Borbolla, publicado bajo el sello editorial de Grijalbo (México, 2017), es un compendio de reflexiones brevísimas que ponen al escrutinio casi cualquier tema: desde lo más cotidiano de las frases o las exclamaciones populares hasta las verdaderas minucias del lenguaje; desde la intimidad de la conciencia donde se revela nuestro miedo ante la muerte hasta las esquirlas que ha dejado la Ciencia en su búsqueda de lo real, de lo verdadero. Luego de repasar con nuestra mirada este libro es difícil no preguntarnos si en la época de lo “políticamente correcto” se ha vuelto un tabú criticar a la democracia; si son en verdad útiles los diccionarios para comprender el lenguaje o son más bien un producto del absurdo; si son semejantes los silencios que no dicen nada, a los que dicen «nada». ¿Toda certeza es aparente, del mismo modo en que la libertad –como decía André Gide– es una sucesión de cárceles? ¿Hoy es el mañana del ayer? ¿El deseo es tan deseable? Son éstas algunas de las dudas presentes en esta colección de ensayos compactos que nos ayudarán a comprender el mundo contemporáneo. Pero hago mal en llamarlos “ensayos compactos”: apenas lo hago, me percato de que he querido evitar un problema de indeterminación genérica. Cierto que estos son ensayos en cuanto se percibe en ellos al escritor repasando una idea; desarrollando un concepto; lo vemos hilvanar el discurso sobre la marcha. Pero a todo esto de dudar, ¿son sólo esto, realmente?

Confieso que soy un diletante en temas de filosofía, pero me atreveré a ensayar una respuesta.

Ha explicado Foucault que, en el mundo clásico, los griegos solían practicar una suerte de autoexamen, una hermenéutica de ellos mismo, un cuidado de sí. Para hacerlo, solían coleccionar fragmentos, pedazos, apuntes con las frases de sus maestros. Los hypomnemata fueron en tiempos de la República una especie de cuadernos de uso personal. Se difundieron sobre todo en las clases letradas, como anotadores de una vida, constituyendo en más de un sentido una memoranda individual. En los hypomnemata se anotaban meditaciones, ocurrencias, pasajes de libros, frases, relatos sobre sucesos que se habían presenciado o leído. Unas veces terminaban por convertirse en “borradores para textos más elaborados”; eran, pues, una especie de “escritura sobre la marcha”, donde asentaban memorias sobre lo hecho, lo leído, lo escuchado, las calles recorridas, las caras olvidadas e incluso lo que debería hacerse en un futuro próximo. Eran, en suma, una suerte de vínculo entre la moral y la ética, entre lo privado y lo público, entre el sujeto y los otros. Una guía para pensar, para sentir, pero sobre todo para vivir.

Este libro –declara Óscar de la Borbolla en el prefacio– es el residuo de la etapa más conflictiva de su vida: a su caos personal sirvió de fondo un momento histórico caracterizado por la incertidumbre, la desesperanza y el cambio vertiginoso en todos los órdenes. Explica que las breves reflexiones que lo componen aparecieron semanalmente en el periódico virtual SinEmbargo y constituyeron un madero para mantenerlo a flote. Corregidas, articuladas, las ofrece a quienes desean detenerse a reflexionar sobre los asuntos más preocupantes de hoy y de todos los tiempos: el sentido de la vida, el estado del conocimiento, el deseo, la comunicación, la felicidad, el valor de nuestros actos, la razón, la realidad, el tiempo, el engaño, la memoria, la identidad.

Enhorabuena por este arte del buen dudar que nos lega uno de los escritores más apreciados en este campo.

El arte de dudar_portada
Óscar de la Borbolla. El arte de dudar. México: Grijalbo, 2017.
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