Alejandro Solano Villanueva

 

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Vivimos en una era de hedonismos, en la cual se cree que cada cosa que hagamos debe estar motivada por el placer. En las escuelas donde he tenido la oportunidad de trabajar, siempre me dan la responsabilidad de contagiar a los alumnos el “placer de la lectura”. Los pequeños incautos lo saben e incluso se niegan a leer algo que “no les guste”, es decir, que no les produzca goce. Éste suele ser su argumento más recurrente para no leer cierta novela o empaparse de ciertos temas: “es que eso no me gusta, no lo disfruto”. Lo entiendo. Yo mismo he dejado novelas a la mitad porque simplemente no me entran, no las entiendo o, cayendo en la justificación más ramplona, me aburrieron o “no me gustaron”. El placer intelectual es difícil de formar (sí, se forma, no es natural); supongo que en ello influye la personalidad, incluso el carácter y la sensibilidad, mucho más en un mundo que ofrece pequeños oasis de placer material todo el tiempo: comprar cosas que nos gustan o nos satisfacen, por ejemplo, o los logros en los videojuegos o el consumo de comida chatarra. Todos disfrutamos esos pequeños oasis. En un mundo capitalista, incluso los intelectualoides y los hipsters disfrutan comprando ediciones de colección, acetatos o remasterizaciones de productos supuestamente elevados. En el orden llano de las cosas, no es más que consumismo.

Sin embargo no es mi intención aquí discurrir sobre el placer intelectual, sino de la forma de goce más salvaje y natural: el placer sexual. Yo no sé si haya una forma de educarlo, lo que sí es cierto es que a todos nos llega cierta edad en la que descubrimos que nuestras partes íntimas tienen una función diferente a la de orinar. Creo que desde antes lo presentimos, pero, por alguna razón, nos limitan la información, empezando, claro, por los padres de familia, las normas sociales mojigatas e hipócritas y, finalmente, las escuelas. Entonces caemos en una paradoja: en una era de hedonismos, nos negamos a hablar del sexo como placer con los adolescentes.

Aún manejamos estructuras de pensamiento en las que les decimos a los chicos que la sexualidad es estrictamente reproductiva y que tiene la finalidad de conservar el legado familiar o social. Y se pone peor: hay muchas zonas de México y del mundo en el que se arreglan matrimonios por conveniencia, en el que se trueca a las chicas por una vaca o un pedazo de tierra; se les destina a la miseria, a la obligación fundamentalista de cargar a las crías, de ser guardianas del hogar, anteponiendo su propia felicidad.

Cuando digo esto, se piensa inmediatamente en las zonas marginadas del país; pero, en un mundo que nos dirige, que nos coarta moralmente, la supuesta libertad de elección no es más que dirección castrante: “puedes casarte con quien quieras, pero que no sea feo o gordo”; “tu novia no es alguien que le presentarías a tus papás”; “sólo puedes acostarte con alguien a quien amas”; “recuerda que una señorita que se respete no va a esas fiestas y usa esas minifaldas”; “masturbarse es malo… El niño dios te está viendo…”.

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En una de las escuelas donde trabajé, la maestra que impartía las clases de sexualidad era terriblemente moralista y mojigata; incluso -voy a decirlo-  muy ignorante, lo cual le producía todo tipo de prejuicios. Una vez hablé con ella: me dijo que utilizaba el método del ritmo con su recién adquirido esposo porque no quería embarazarse tan pronto. Sentí pena por sus alumnos. Imaginen: la maestra de sexualidad recomendando el método del ritmo y despreciando el uso del condón y tantos otros métodos anticonceptivos que hay en el mercado y en los cuales se debe orientar a los jóvenes.

Los alumnos tomaron sus enseñanzas -supongo porque no tenían otras-  como regla de vida. Uno dijo una vez: “el mejor método anticonceptivo es la abstención”. Lo cuestioné, le plantee el siguiente orden de ideas: fiesta loca, peda, chica guapa que te pela… ¿abstinencia? Según él: “autocontrol”. Para él, la respuesta más lógica era negar sus propios impulsos sexuales. Cosa que no hará. Espero que para entonces ya sepa sobre el adecuado uso del condón. En el mismo grupo había una chica más sensata que dijo: “pues yo creo que el autocontrol existe cuando yo te digo que sí, que va, pero no hasta que te pongas un condón, por más ganosa que esté”. Ojalá así sea, ojalá que esos chicos disfruten su sexualidad, su juventud, que descubran y juzguen por sí mismos. La apuesta es que sea de manera informada, aunque, como ya se vio, no siempre se les dé la información correcta.

Hablar de otros enfoques de la sexualidad, como la homosexualidad, el placer de las filias o la pornografía, está completamente censurado. Se supone que hay una edad en la que deben tratarse esos temas. ¿Cuándo?, pregunté, nadie nunca me ha respondido eso; ¿Quién debe hablarles? Los padres viven atemorizados con la idea de que sus hijos descubran que pueden ser seres sexualmente activos, incluso niegan sus propios impulsos para no darle un mal ejemplo (volvemos a lo moral) a sus hijos. Eso produce mundos ideales, utopías, en los que el padre solo siente deseos por la madre o a la inversa, aunque en el fondo se sientan terriblemente acomplejados, castrados, infelices.

Los chicos, ávidos de respuestas, van a buscarlas al internet. Y entonces descubren la pornografía. Sí, señor, señora, su hijo ve pornografía. Inmediatamente vienen los juicios, el terror, los gritos, hasta el psicólogo: “Señor, mi hijo es un pervertido”. El chico sólo está descubriéndose, se da cuenta que tiene sensaciones nuevas, que siente impulsos, que le gusta su compañera de salón o su amigo de natación; que su cuerpo cambia y los de su alrededor también; que los besos de la novia son más chidos que los de la madre; que en los sueños ya no hay caramelos. Incluso hay un canal español llamado PornoEducativo que atiende las dudas más recurrentes de manera explícita: masturbación, relaciones sexuales seguras y hasta filias. En medio de todo esto está el chico solo, preguntándose qué le pasa. En el camino del descubrimiento, él o ella se masturban un poco, porque descubre que la sexualidad no necesariamente es reproductiva y que se siente bien dejándose llevar por sus impulsos. Pero eso usted ya lo sabe.

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En fin, quién soy yo para juzgar cómo criamos a la juventud. Los chicos de ambos géneros y de diferentes orientaciones sexuales hablan conmigo porque no se sienten seguros hablando en casa, porque sienten inmediatamente la fusta moral y la distancia entre él y sus padres. Es que ellos no entienden, profe. Tampoco es que yo entienda mejor el mundo. Siempre procuro no ahondar, porque no me corresponde, pero no dejo de escucharlos, eso ya los hace sentir mejor, más seguros.

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