Alejandro Solano Villanueva

 

Bestialidad del hombre

 

Hace un par de semanas realicé un ejercicio sobre el narrador testigo con mis alumnos. Palabras más, palabras menos, ésta fue la situación que les plantee: estamos parados frente a la ventana y vemos que un perro está cruzando la calle, cuando de repente escuchamos que un coche viene a toda velocidad; inevitablemente, atropella al perro. ¿Cómo contamos la historia si sólo somos testigos? Cuando terminé de formular la pregunta, noté que la mayoría de los adolescentes que estaban en el salón me miraban con desprecio, algunos, incluso, mostraban un franco desencajamiento, una congoja legítima en sus rostros. Pregunté cuál era el problema y una de ellos me dijo: “es que por qué un perrito, profe, pobrecito. Es una pobre vida inocente”. Yo alegué que daba igual, que sólo era un ejemplo para analizar cómo funciona la visión del narrador testigo. Otro compañero reviró —y probablemente fue lo que más me sacó de onda—, dijo que eso era cruel, incluso como ejemplo; concluyó: “no podemos, mejor, matar a una persona… Seguro es más justo, porque cruzó la calle sin fijarse y, pues, es consciente de sus actos… El pobre perrito, no”. Una mayoría abrumadora aplaudió el razonamiento. Como en mi adolescencia, la campana del cambio de hora me salvó de llevar esa discusión más lejos.

Me pregunto cuáles fueron los parámetros bioéticos que consideraron mis alumnos para llegar a la conclusión de que vale más la vida de un perro imaginario que la de un hombre imaginario. Puede ser que solamente se trate de un arranque de ternura provocado por la violencia de la escena. Me pregunto si esa lógica podría trasladarse a la realidad. Yo quiero creer que no y sin embargo el mundo me demuestra lo contrario.

Tengo algunos amigos animalistas que intento respetar en el límite de la cordura. Una vez, en una reunión, una chica declaró abiertamente que ella preferiría —incluyendo la hipérbole— mil veces ayudar a un perro callejero que a un vagabundo, argumentando que el segundo está en esa condición debido a las decisiones que tomó en su vida. Si seguimos esa lógica, el mal del hombre, para ser despreciado por los otros, es la razón; la que se nubla cuando cruzas o la que te condena cuando decides vivir a expensas de la calle.

En los chicos hay una evidente falta de madurez social y emocional. La mayoría de ellos viene de casas con una cierta estabilidad económica que los obliga a vivir en una burbuja, no contactan con el mundo que está más allá de las plazas comerciales o las rejas de las zonas residenciales donde habitan. El segundo juicio es el reflejo de puro y vulgar egoísmo. Eso no quiere decir que ambos casos no estén relacionados, sino que el segundo parece un resultado del primero. Las personas que lanzan sentencias de ese tipo no alcanzaron a formar un juicio empático que los conectara con la realidad humana que está justo frente a sus narices. Supongo que se debe a que muy dentro de ellos hay una especie de deuda o revancha contra la propia humanidad que los ha herido y les ha fallado en un grado tal que es imposible considerar que alguno menos afortunado valga la pena. O quizá los estoy justificando de más y sólo se trata de indiferencia, negación o ceguera. Aun así, estas personas se enmascaran en una supuesta altitud moral, una falta total de mezquindad para con todas las criaturas de la tierra, excepto las de su misma especie, claro.

Mis alumnos, en fin, remarcaron la actitud que describió Roberto Louis Stevenson en el siglo XIX: “Me vi muy alterado por los ladridos de un perro, animal que temo más que a cualquier lobo. Un perro es notablemente más bravo, y además está respaldado por el sentido del deber. Si uno mata a un lobo, recibe ánimos y parabienes; pero si mata a un perro, los sagrados derechos de la propiedad y el afecto elevan un clamor y piden reparación”.

Perros-y-sus-amos

Humanización de la mascota

No tengo nada contra los perros, incluso me llegan a parecer simpáticos. Cosa que no me pasa con los gatos. Mi problema es con la especie humana, es decir, los dueños de los perros que no hacen más que llenar sus vacíos existenciales con la vida de esas criaturas. Los visten, los miman, los malcrían para evitar vestir, mimar y malcriar a sus propios hijos o, peor, para llamarlos hijo, bebé, mi vida. A mí me parece que éstos son los verdaderos abusadores de sus propias mascotas. Le arrancan su perrunidad a los perros para volverlos cuasi hombres, cuasi ángeles, cuasi dioses. Perrolatría, lo llama Javier Marías.

Almas ausentes de propósito en la vida, como pensara Sartre, vuelcan su ansiedad en seres a los que siempre podrán tener sometidos a su voluntad, en seres que no se revelan ante la excesiva comodidad (quién no quisiera vivir como un chihuahua de París Hilton). Dueña del espacio, la mascota se vuelve ídolo en tierra de creyentes. Y así es como la razón que condena al vagabundo, se vuelve idolatría de la bestia, del Otro al cual se obliga a ser un semejante: humanización de la mascota, bestialidad del hombre. ¡Ay de aquél que cuestiona su dogma… Ay de aquél que injurie a sus ídolos!

Anuncios