Diego Lima

Luego de que Pedro Caffarel comprobara la existencia de Guillermo Manuel Acuña Méndez, el hijo de Manuel Acuña Narro con Laura Méndez Lefort ha sido materia de obligado comentario, a la hora de pasar revista por el año de 1873 en la República de las Letras: interregno donde inicia el mito de Acuña Narro, derivado en gran medida por el suicidio en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina, así como el ascenso en la carrera literaria de Méndez Lefort.[1] Otros integrantes de la sociedad literaria de la época como Agustín F. Cuenca[2], Guillermo Prieto e incluso, el propio Ignacio Manuel Altamirano, participaron directa o indirectamente en los sucesos que rodearon esta unión. Por estas razones, he decidido compartir un par de documentos que hallé en los Archivos Parroquiales y Diocesanos, y en el Registro Civil de la Ciudad de México, con el propósito de aclarar algunos puntos ciegos que se ciñen aún sobre este episodio de la paternidad en nuestras letras.

Estos son los hechos.

Sabemos que Manuel Acuña Narro (1849-1873) y Laura Méndez Lefort (1853-1928) sostuvieron una relación amorosa que se remonta al año de 1872, época de la que proviene el ciclo del coahuilense dedicado “A Laura”. Intermitente, la relación nunca se concretó de manera legal, aunque se puede suponer fue intensa si nos atenemos a la lectura biográfica de la obra literaria de ambos escritores. El noviazgo más bien se prolongó, asediado por conflictos económicos, malentendidos e infidelidades que ocasionaron la ruptura definitiva de la pareja en el primer trimestre de 1873: los dos hicieron público su “Adiós” en los diarios de la capital en estas fechas. Sin embargo, tuvo que ser en el interregno de una larga como tortuosa separación que Laura Méndez quedara embarazada. Esto me lo sugiere el hecho de que el menor, Guillermo Manuel Acuña Méndez, naciera el 23 de octubre de 1873, según hace constar la partida 288 del libro segundo de bautismos de hijos naturales de la Parroquia de la Santa Veracruz:

En nueve [9] de diciembre de mil ochocientos setenta y tres [1873], yo, fray Felipe Aguilera (Venia Parrochi) bauticé solemnemente en esta parroquia de la Santa Veracruz a un niño que nació el veintitrés [23] de octubre de este año, a quien puse por nombre Manuel Guillermo, hijo natural de don Manuel Acuña, difunto hace tres días, y de doña Laura Méndez. Fueron sus padrinos don Guillermo Prieto y doña Úrsula Espinoza, a quienes advertí su obligación y parentesco espiritual. Y para que conste lo firmé con el señor cura. [Rúbricas] Fray Felipe Aguilera.– Licenciado José María Antonino González.

Fe de bautismo de Manuel Acuña Méndez_Especial

Tal cual se declara en el documento eclesiástico, el bautismo se realizó tres días después del suicidio de Manuel Acuña, la tarde del 6 de diciembre de 1873, en su habitación de la Escuela Nacional de Medicina. Todavía más: el menor se asentó el mismo día que los amigos, Antonio Coéllar y Agustín F. Cuenca, dieron parte a las autoridades del fallecimiento. La ceremonia fúnebre que paralizó la vida en la capital mexicana se llevó a cabo al día siguiente. Guillermo Prieto sobresale en el registro como ilustre padrino del recién nacido, quien por cierto, lleva su nombre. Justo Sierra llegó a declarar que Prieto no sólo había pretendido a Laura Méndez —así lo aseguran José López Portillo y Rojas, y Francisco Nájera—, sino que éste había sido uno de los motivos más fuertes para el rompimiento de la pareja.

Las exequias por la muerte la muerte de Manuel Acuña ocuparon todos los diarios, así como las coronas fúnebres o las notas de carácter sentimental, sin que ninguna hiciera mención de su reciente paternidad. Sea como sea, este no sería el golpe más fuerte que sufriría Laura en esos días. El infante murió víctima de bronquitis el 17 de enero de 1874, poco antes de cumplir los tres meses de edad, según consta en la partida 144 del libro de defunciones del Registro Central de la Ciudad de México:

En la Ciudad de México, a las tres [3] de la tarde del día diez y siete [17] de enero de mil ochocientos setenta y cuatro [1874], ante el [ciudadano] José María Medina, juez segundo del Estado Civil, compareció el ciudadano Agustín Cuenca, natural y vecino de ésta [ciudad], en la calle de Zuleta, número diez [10], de veintitrés [23] años, soltero, periodista, el que manifestó que hoy a las tres cuartos para las seis [5: 45] de la mañana, en la referida casa, falleció de bronquitis aguda el niño Manuel Acuña, de México, de tres meses, hijo natural del finado don Manuel Acuña y de doña Laura Méndez, de Ameca, con domicilio en la referida casa, de veinte [20] años, soltera. Lo asistió el doctor Ruiz Sandoval y se inhumará en el Campo Florido, en primera clase. Son testigos los ciudadanos Miguel Quezada e Ildefonso Estada y Zenea. El primero, natural de ésta en el edificio del Seminario, de treinta y cuatro [34] años, conocido periodista; y el segundo, del mismo origen que el anterior, con domicilio en la calle Cerrada de Santa Teresa, número uno [1], de cuarenta y tres [43] años, casado, escritor público. Con lo que terminó esta acta que les fue leída, ratificaron y firmaron ante el presente juez José Ma. Medina. [Rúbricas] Agustín F. Cuenca.– Ildefonso Estrada y Zenea.– Miguel Quezada.– Es copia que certifica José Ma. Medina.

No debe extrañarnos que en el documento se dé a conocer que Guillermo Manuel fue inhumado en el Campo Florido, al igual que su padre. Tampoco que, quienes otrora fueron amistades del poeta, informaran en el registro sobre el deceso. Llama mi atención, no obstante, que Agustín F. Cuenca declarara ante el juez que compartía domicilio con Laura Méndez, en la calle de Zuleta, número 10. El famoso poeta se casaría finalmente con ella en 1877, por lo que resulta sugerente remontar hasta esta época los vínculos emocionales.

¿Por qué se mantuvo en silencio la paternidad de Acuña? No lo sé de cierto. La verdad en México es singularmente difícil de documentar por el estado de nuestros archivos, hemerotecas, y reglamento de nuestras instituciones de consulta pública. Sin embargo, ante la carencia de una historiografía de nuestra literatura decimonónica, he considerado necesario armar en el terreno de lo posible un relato que de coherencia a estos hallazgos, breve encuentro de aquél que he denominado en otras ocasiones como mi oficio de tinieblas.

alimdiego.wordpress.com

[1] Pedro Caffarel, El verdadero Manuel Acuña (México: Imprecha, 1984). Véanse además Alicia Romero Chumacero, “Laura Méndez y Manuel Acuña: un idilio (casi olvidado) en la República de las Letras”, en Fuentes Humanísticas (México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2009) vol. 21, núm. 38, pp. 23-39; además de Ángel José Fernández, “Ensayo de una poética para Laura Méndez de Cuenca”, en Literatura Mexicana (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2013) vol. 24, núm. 1, pp. 45-63.

[2] Efrén Ortiz Domínguez, “Estudio introductorio”, en Agustín F. Cuenca, Obra literaria (México: Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, 2014).

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